HIROSHI
SUGIMOTO
Muchos de los rasgos que considero propios
del arte del futuro se hallan condensados en la exposición fotográfica
que del japonés Hiroshi Sugimoto exhibe la fundación La Caixa
de Madrid. Sorprende ver cómo, tratándose de un fotógrafo, éste se aleja
radicalmente del realismo. Para Sugimoto, la verdadera realidad se encuentra
en el orden plegado de las cosas, en un magma informe donde se incuba
todo. De ahí su sublime serie de mares diurnos y nocturnos de toda la
tierra. En los últimos, uno no puede evitar ver la sopa cuántica de
la que se ha originado todo; en los primeros, el albor de la vida terrestre
parece resultar inminente. En unos y otros se contienen la igualdad
y la diferencia, es decir, eternidad y tiempo: Por una parte, las leyes
irrecusables que fundan los cimientos del Universo; por otra, las alteraciones
que edifican sobre ellos la creación visible. La amplia serie de fotos
de las esculturas del templo budista de Sanjusansagen, que parecen todas
ellas iguales siendo completamente diferentes, ilustran aún mejor cuanto
acabamos de decir.
El arte de Sugimoto ha nacido,
pues, para mostrarnos la eternidad a través de la entropía y, en este
camino, realiza una inversión copernicana del tiempo. La intención de
la fotografía tradicional sigue siendo la de captar la instantánea,
el momento decisivo en el alocado fluir del tiempo. Henry Cartier‑Bresson
puede ser uno de los representantes más destacados de esta corriente.
Pues bien, en las series de cines cubiertos o al aire libre, Sugimoto
actúa al modo contrario: Deja el obturador de la cámara abierto mientras
la pantalla exhibe la película, lo que se resuelve, una vez que la fotografía
está revelada, en un blancor sobrenatural, numinoso de ésta. El verdadero
mundo parece comenzar sólo tras ella, mientras a su alrededor flota
el tiempo ordinario (vemos, por ejemplo, el trayecto de los aviones
o de la luna), es decir, el tiempo que todos estamos obligados a padecer.
Frente a él, como si allí residiera nuestro destino, la pantalla encierra
la totalidad, el tiempo que contiene todos los tiempos.
Pero Sugimoto no sería ese artista
del futuro si, además, no recuperara el sentido en la inefable (e irreal)
verdad que nos rodea. Cierto: Todo se engendra en un magma ignoto; el
tiempo es probablemente una ilusión nuestra. Pero el hombre no puede
renunciar por ello a su aventura. El hombre tiene la tarea de interpretar
cuanto le rodea, aunque desde los nuevos presupuestos científicos sepa
que lo que hace es reflejarse a sí mismo. No existe la mirada objetiva.
Nuestra mirada condiciona cuanto vemos.
Esta unión, por una parte, de
sentido, y, por otra, de subjetividad, se encuentra en las series de
Sugimoto tituladas Dioramas y Museos de cera. En los primeros,
el fotógrafo reconstruye la realidad con objetos de los museos de Historia
Natural, interpretando el principio de los tiempos. Resulta escalofríante
ver su montaje de los hombres de cro‑magnon o de neardenthal,
o su reconstrucción del fondo de los mares primitivos; en todos los
casos, el espectador concibe que la realidad no pudo ser de otro modo;
tiene la certeza de estar asistiendo a una imagen genuina de las épocas
pretéritas.
En la serie de los museos de cera,
Sugimoto se sirve de sus rígidas figuras y efectistas escenas para para
plasmar sus hipótesis de los hechos históricos, mostrándonos, en una
conjunción de macabros motivos, hasta qué punto la creatividad del hombre
conlleva también la crueldad.