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SINOPSIS
DE LA OBRA
En una escritura que va desde la seriedad
hasta la ironía, el humor o la parodia del mundo
clásico, la presente novela nos describe un país
lleno de sombras y luces, de esfuerzo y fatalidad, donde
las cosas acaban y se reinician constantemente como si se
tratara de un punto que fuera a la vez principio y final
de un imaginable pero palpable círculo. Maravillosos
y alucinantes sucesos nos conducen de un lugar a otro de
Hesperia, énclave fantástico que, sin embargo,
se asienta sobre la superficie real de la península
ibérica. En su centro, se alza el Iberolimpo, donde,
separados de sus súbditos y al amparo de lujosísimas
y soberbias mansiones, habitan los dioses.
Varios son los elementos que conjuga el autor en esta singladura
narrativa: se apodera de mitos clásicos y nacionaliza parte
de ellos, inventa nuevos mitos, mitologiza pasajes de la historia
española, da vida a pinturas o grabados, etc. El resultado
viene a ser un relato lleno de disparatadas y mágicas aventuras
y de esperpénticos personajes, pero del que no podemos
alejar la sospecha de que, tal vez, todo él no sea en el
fondo sino un espejo terrible que nos reflejara la histriónica
faz de nuestro destino común.
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LA
CRÍTICA HA DICHO
Una primera gran novela (...) Una historia
fantástica de España o Hesperia recreada con elementos de la
mitología griega, que protagonizan dioses y héroes que ahora se llaman
Braojos Chirlipín, Borticón, Rebolledo Martín, etc. Pero no es un cuento
chino ni mucho menos. Desde las primeras páginas nos arrebata la constante
provocación erótica, la sensualidad y el dinamismo de esas enervantes
jornadas históricas, la referencia implícita a un pasado de anatemas
y exclusiones.
José Tono Martínez, Night
Una estructura mítica en la
que se sintetizan las constantes históricas de este país. Bajo los hechos
fabulosos, bajo los sucesos extraños y portentosos, late una divertida
e irónica reflexión sobre nuestra historia y nuestro futuro como pueblo.
Y Hesperia fue hecha es una obra sumamente original en el panorama
de la narrativa actual: original en su concepción, en sus situaciones,
en su lenguaje...
Purificación Correa, Ideal
CAPITULO
XIII
Los deleitosos pasatiempos divinos
Aplastada la subversiva acción de la Getairía
gracias al beneficioso loto, Borticón se sintió inundado de paz. La
más completa dicha volvió a anidar en su pecho. Pudo al fin desechar
las lacerantes preocupaciones que le habían embargado y dedicarse al
disfrute de todo lo que era suyo, de sus campos, de sus palacios, de
sus sirvientes o de su amada Nemesia.
Uno de sus pasatiempos favoritos consistía
en escuchar música en la frondosidad de sus bosques. Se arrellenaba
entonces con indolencia en el césped viridiana y acogedor, rodeado en
todo momento de Angelote, Idor, Tripudio, Ferrólvidos y Alagosqui. El
grupo se dejaba acariciar por el dulce son de las liras y de las flautas,
tañidas y manejadas de forma experta por hermosas diosas. Se sentían
a gusto envueltos en la sembra umbrosa y protectora, tejida por entrelazadas
ramas de los más diferentes árboles y adonarda por flores de tonalidades
varias y bizarros arbustos. La nota exótica entre tan exuberante vegetación
la constituía el banyán, un ficus salvaje de tronco retorcido y aéreas
raíces, que era la especie preferida por Borticón, aquella a la que
más amaba y a la que no dejaba de contemplar, entregado al mismo tiempo
al fluir de sus pensamientos. Pero también crecían otras especies debidas
a su gusto particular, que no había dudado en traer de sus huertas desde
los más oscuros confines, por más que la presencia de una repugnara
a la de otras. Estaban, por ejemplo, el elegante magnolio junto al almencino
cuya verde hoja mimetizaba la silueta de la esbelta llama-, las
acacias de todas las clases y fragancias, junto a los chopos, las encinas,
los nogales, los sauces o los plátanos. La urdimbre esmeralda de unos
y otros elevaba un tapiz aéreo por el que escasamente penetraba el sol;
y contrastando con el verdor imperante, las flores del estreptocapo
lanzaban al aire su grito de violeta cobalto o bien de pétro hematites
rojo-, las begonias eran puntos luminosos de coralina destellante, o
bien de sangre bullente, los helechos pellea con su verde cristal
y sus circulares hojas- se enroscaban alrededor de la madera arborífera,
como espejo traslúcido de la alfombra sideral...
En otros momentos, era Nemesia la que
atraía por completo la atención del monarca. Sabía ingeniárselas de
modo que el interés de éste nunca decayera. Imprimía a su cuerpo un
atractivo irresistible, intensísimo, lo cual, unido al hecho de que
se inventaba las más originales y excitantes prácticas amorosas, permitía
comprender que, nada más verla, una sofocante fiebre sexual se apoderara
de Borticón. Se salía entonces el pobre de sí, y ya era sólo un cuerpo
convulso y estremecido, traspasado de continuo por eléctricos zimbronazos
de goce. Como aquel día en que, tras un largo y placentero vuelo por
todo el Iberolimpo, decidieron descansar sobre un inmenso campo de amapolas,
tan abigarrado y luminoso que más bien parecía un tapiz de rubíes. Allí,
extenuados por el calor y la fatiga, se despojaron de todas sus ropas,
abandonándose a la recírpoca desnudez. No tardaron en sentirse atraídos
ante la vista de sus carnes palpitantes. Se entregaron, pues, poco a
poco, tranquilamente, a los besos y escarceos. Los regueros de sus mutuas
salivas sobre sus cuerpos eran como circuitos de refrigeración que desafiaban
a la calina reinante. Nemesia alalrgó la mano y tomó un puñado de amapolas
con las que acarició todo el cuerpo de Borticón sin olvidar resquicio
alguno, por lo que el sexo se le endureció y levantó como un inmenso
y altivo animal. Hacia él llevó la hermosa inmortal las carmíneas flores
e inició unas suaves caricias. Pasaba con delectación las amapolas por
cada una de sus partes: tan pronto se detenía en el bálano desnudo,
cubriéndolo con sos bermellones y frescos pétalos, tan pronto surcaba
la base cavernosa y pétrea, o bien cosquilleaba dulcemente los turgentes
y temblorosos testículos. Después, el contacto se fue haciendo más duro,
más violento: ya no posaba imperceptiblemente los pétalos sobre el pellejo
de la verga, sino que los aplastaba y estrujaba contra él, impregnándolos
en el choque de su tinta rojiza, convirtiéndolos paulatinamente en zumo
sangriento, en líquido incandescente extendido a lo largo y ancho del
príapo. Borticón no pudo resistir por mucho tiempo aquel satánico contacto;
en un abrir y cerrar de ojos, su enorme miembro fue un surtidor intermitente
de yeso líquido; el esperma dejó gotas blanquísimas entre las láminas
de las flores que aún restaban intactas, mezclándose igualmente con
el yodo de los pétalos reventados. Nemesia jadeaba de ansiedad y se
puso a restregar histéricamente el espeso líquido por sus esponjosos
pechos.
Borticón fue entonces incapaz de continuar
por más tiempo en su actitud pasiva. Con velocidad supersónica el
pene aún erecto, el semen goteando- tumbó a su mujer sobre la alfombra
vegetal y la penetró con violencia febril. Se revolcaron con libertad,
caprichosamente, embadurnándose con el color de las amapolas, refocilándose
como cerdos al observar el sangriento y homicida matiz que iban adquiriendo
sus desnudos cuerpos, profiriendo alaridos de gusto cuando el esperma
o la criptina segregados por los respectivos sexos atemperaban los violentos
y carmesíes reflejos... A veces, Borticón sacaba su miembros chorreante
y duro- y, como un loco, como un poseso, introducía pétalos por la vulva
de su amada, o se los pasaba por la cara dándoselos a besar, o se los
restregaba por los pletóricos y tumescentes senos... Fue memorable este
día, no sólo por el placer tan brutal del que disfrutaron los dos, sino
porque en él, según parece, Nemesia quedó embarazada. Luego, pasado
el tiempo reglamentario, tuvo un hermoso niño (cuyo futuro parecía muy
prometedor en opinión de los adivinos) al que llamaron Prasupada. Prasupada
sería, desde el mismo momento en que Nemesia fue consciente de llevarlo
en su vientre, el nuevo objeto de sus desvelos y preocupaciones. Jamás
había tenido sentimientos maternales y lo únicos que le había importado,
como aquel magnífico día en que hizo el amor sobre las amapolas, era
disfrutar y ser admirada en toda ocasión por sus divinos compañeros.
Pero el hecho de que en su interior se gestara un nuevo ser, le hacía
verlo como una prologanción de sí misma, como si ella se escindiera
en dos personas semejantes, y así trasladaba a la otra parte el amor
que a sí misma se tenía.
En este transcurrir tranquilo, había
momentos especiales, patentizados exteriormente por la forma en que
el monarca movía los dedos de la mano derecha. Como cuando Borticón
se retiró con la camarilla a su divino palacio. Una escalinata de calcita
cristalina condujo a los dioses hacia un apacible y variopinto salón,
en el cual estaban presentes multitud de tonos y colores. Aquella habitación,
lugar donde el monarca y sus incondicionales se reunían, era de forma
octogonal, surcada en su contorno por un ininterrumpido lecho que, al
absorber los rayos de luz filtrados por las claraboyas, despedía intenso
color granate; una mesa dorada se levantaba en medio de la estancia,
repleta de manjares y de alimentos de los que manaba agradables aromas;
las paredes estaban decoradas profusamente, de forma barroca y retorcida,
no quedando ni un solo resquicio libre del adorno; dibujos geométricos,
trazados con las más diferentes líneas y matices cromáticos, cubrían
las diversas superficies; en las intersecciones de los muros se abrían
sugerentes hornacinas, donde estaban situados riquísimos perfumes; en
el suelo marmóreo se abrazaban el celeste tranquilo de la aguamarina
con el azul intenso de la azurita. El conjunto era un arco iris de intensidad
y color, rezumando tonos e impresiones contrapuestas y cegadoras (tan
sólo apagadas tenuemente por la acogedora penumbra).
Allí, en aquel divino y embriagador
cubículo, penetraron Borticón y su grupo, recostándose relajadamente
sobre los blandísimos lechos. Una música envolvente surgió de algún
lugar. Idor tomó una bellísima ánfora y comenzó a verter su espeso contenido
en las copas de topacio de cada uno de los reunidos. El
líquido inundó rápidamente sus cuerpos; las conciencias comenzaron
a sincerarse y las bocas arrastraron palabras momentos antes atajadas.
Un vaho alcohólico y espiritual se adueñó progresivamente de la habitación.
Idor, espoleado por aquella atmósfera, se puso a cantar retórica y pomposamente:
-¡Oh sinuosos muslos de diosa virginal!
¡Oh tersa carne rosicler y purpúrea! ¡Oh matemática y eterna perfección
de las líneas recortadas y sutiles, curvadas proféticamente para rerdondearse
en el sitio perfecto, justo centro, llama de amor, dolor placentero
en entrañas profundísimas, hoja cuyo eje conduce por los senderos del
éxtasis!
-Muy inspirado estás tú hoy masculló
Borticón-. ¿Dónde has aprendido
eso, tan ignorante e iletrado como eres?
-En asuntos del sexo no se les escapa
nada bromeó Alagosqui.
Y Angelote, excitado igualmente, quiso
remedar el canto erótico de su compañero:
-¡Relieves macizos de carne dúctil y
al mismo tiempo rígida! ¡Lunas perfectas y brillantes que derraman su
luz plateada por muslos sensuales y gruesos! ¡Oh relámpagos atrayentes
que en el interregno dejáis una leve línea oscura que pide a gritos
ser penetrada por el rayo fulminante del pene divino! ¡Deliciosa avalancha
de blanca electricidad, catarata de estrellas lácteas y seminíferas,
saliva acariciante del pecho que jadea!
-¡No digas más estupideces! atajó
el dios jefe-. Hoy es un día
feliz y no debemos rompernos la cabeza con trabalenguas y cosas por
el estilo.
Y mientras decía esto, repiqueteaba
con sus dedos en la mesa. Sucesivamente, sus compañeros se fueron fijando
en aquella acción y el terror se apoderó de sus rostros. Aquel era un
día de tecleo, según el término acuñado por Alagosqui para designar
las jornadas en que Borticón se encontraba con un ánimo especial. Con
un ánimo que se hacía palpable de manera gráfica al verle lanzar sobre
cualquier superficie, una y otra vez, los dedos de la mano derecha.
Ánimo patentizado en una actitud voluble hasta el paroxismo, totalmente
incomprensible e inescrutable. Por eso, el temor era la norma general
en los que le rodeaban. No sabían
qué podía ocurrir... Todo era posible y nada estaba seguro. Lo imprevisible
y lo repentino ascendían a norma total.
-Sí volvió a repetir el dios supremo-.
Hoy, en este momento, no quiero complicaciones de ningún tipo. Ansío
que el pensamiento vague libre a través de lo común y lo conocido. Dejémonos
embriagar por la sencillez del tópico y de lo manido... A ver, Alagosqui,
habla del amor de modo llano y plebeyo.
Alagosqui, asustado por si se le escapaba
algo que no gustara al monarca, dijo:
-Abrirse de vulva que muestra un líquido
pastoso y lubrificante goteando por los rizados y límpidos cabellos
que la rodean y adornan; crica al descubierto por la que se otea el
rojo y placentero interior; clítores luciente que crece progresivo,
simbolizando el goce potencial. Falo poderoso que se aproxima erguido
tal vez hambriento-, embalsamado por la vaselina preseminífera.
Momento fulgurante en el que los dos órganos tan sólo levemente se rozan,
rasgarse aún más de la vagina escarlata, suave penetrar del pene gozoso...
Borticón soltó una tremenda carcajada
y, dirigiéndose a los otros dioses que le hacían compañía, preguntó:
-¿Sabéis lo que está diciendo?
-No respondieron a coro y atemorizados,
conscientes de que era día de tecleo.
-¿Ves, estúpido Alagosqui? ¿Observas
cómo tus frases han sido confusas e ininteligibles? ¡Fuera de aquí antes
de que mi ira se acreciente y no puedas contarlo!
Mientras Alagosqui salía a toda prisa
de la habitación, su rey volvió a esbobar un beatífico gesto y continuó
repiqueteando sobre la mesa.