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Gregorio Morales - "Y Hesperia fue hecha"

Y Hesperia fue hecha

Sinopsis de la obra

La crítica ha dicho

Capítulo XIII

SINOPSIS DE LA OBRA

En una escritura que va desde la seriedad hasta la ironía, el humor o la parodia del mundo clásico, la presente novela nos describe un país lleno de sombras y luces, de esfuerzo y fatalidad, donde las cosas acaban y se reinician constantemente como si se tratara de un punto que fuera a la vez principio y final de un imaginable pero palpable círculo. Maravillosos y alucinantes sucesos nos conducen de un lugar a otro de Hesperia, énclave fantástico que, sin embargo, se asienta sobre la superficie real de la península ibérica. En su centro, se alza el Iberolimpo, donde, separados de sus súbditos y al amparo de lujosísimas y soberbias mansiones, habitan los dioses.
Varios son los elementos que conjuga el autor en esta singladura narrativa: se apodera de mitos clásicos y nacionaliza parte de ellos, inventa nuevos mitos, mitologiza pasajes de la historia española, da vida a pinturas o grabados, etc. El resultado viene a ser un relato lleno de disparatadas y mágicas aventuras y de esperpénticos personajes, pero del que no podemos alejar la sospecha de que, tal vez, todo él no sea en el fondo sino un espejo terrible que nos reflejara la histriónica faz de nuestro destino común.

LA CRÍTICA HA DICHO

“Una primera gran novela (...) Una historia fantástica de España o Hesperia recreada con elementos de la mitología griega, que protagonizan dioses y héroes que ahora se llaman Braojos Chirlipín, Borticón, Rebolledo Martín, etc. Pero no es un cuento chino ni mucho menos. Desde las primeras páginas nos arrebata la constante provocación erótica, la sensualidad y el dinamismo de esas enervantes jornadas históricas, la referencia implícita a un pasado de anatemas y exclusiones.”

José Tono Martínez, Night
“Una estructura mítica en la que se sintetizan las constantes históricas de este país. Bajo los hechos fabulosos, bajo los sucesos extraños y portentosos, late una divertida e irónica reflexión sobre nuestra historia y nuestro futuro como pueblo. Y Hesperia fue hecha es una obra sumamente original en el panorama de la narrativa actual: original en su concepción, en sus situaciones, en su lenguaje...”

Purificación Correa, Ideal

CAPITULO XIII

Los deleitosos pasatiempos divinos

Aplastada la subversiva acción de la Getairía gracias al beneficioso loto, Borticón se sintió inundado de paz. La más completa dicha volvió a anidar en su pecho. Pudo al fin desechar las lacerantes preocupaciones que le habían embargado y dedicarse al disfrute de todo lo que era suyo, de sus campos, de sus palacios, de sus sirvientes o de su amada Nemesia.

           Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en escuchar música en la frondosidad de sus bosques. Se arrellenaba entonces con indolencia en el césped viridiana y acogedor, rodeado en todo momento de Angelote, Idor, Tripudio, Ferrólvidos y Alagosqui. El grupo se dejaba acariciar por el dulce son de las liras y de las flautas, tañidas y manejadas de forma experta por hermosas diosas. Se sentían a gusto envueltos en la sembra umbrosa y protectora, tejida por entrelazadas ramas de los más diferentes árboles y adonarda por flores de tonalidades varias y bizarros arbustos. La nota exótica entre tan exuberante vegetación la constituía el banyán, un ficus salvaje de tronco retorcido y aéreas raíces, que era la especie preferida por Borticón, aquella a la que más amaba y a la que no dejaba de contemplar, entregado al mismo tiempo al fluir de sus pensamientos. Pero también crecían otras especies debidas a su gusto particular, que no había dudado en traer de sus huertas desde los más oscuros confines, por más que la presencia de una repugnara a la de otras. Estaban, por ejemplo, el elegante magnolio junto al almencino –cuya verde hoja mimetizaba la silueta de la esbelta llama-, las acacias de todas las clases y fragancias, junto a los chopos, las encinas, los nogales, los sauces o los plátanos. La urdimbre esmeralda de unos y otros elevaba un tapiz aéreo por el que escasamente penetraba el sol; y contrastando con el verdor imperante, las flores del estreptocapo lanzaban al aire su grito de violeta cobalto –o bien de pétro hematites rojo-, las begonias eran puntos luminosos de coralina destellante, o bien de sangre bullente, los helechos pellea –con su verde cristal y sus circulares hojas- se enroscaban alrededor de la madera arborífera, como espejo traslúcido de la alfombra sideral...

           En otros momentos, era Nemesia la que atraía por completo la atención del monarca. Sabía ingeniárselas de modo que el interés de éste nunca decayera. Imprimía a su cuerpo un atractivo irresistible, intensísimo, lo cual, unido al hecho de que se inventaba las más originales y excitantes prácticas amorosas, permitía comprender que, nada más verla, una sofocante fiebre sexual se apoderara de Borticón. Se salía entonces el pobre de sí, y ya era sólo un cuerpo convulso y estremecido, traspasado de continuo por eléctricos zimbronazos de goce. Como aquel día en que, tras un largo y placentero vuelo por todo el Iberolimpo, decidieron descansar sobre un inmenso campo de amapolas, tan abigarrado y luminoso que más bien parecía un tapiz de rubíes. Allí, extenuados por el calor y la fatiga, se despojaron de todas sus ropas, abandonándose a la recírpoca desnudez. No tardaron en sentirse atraídos ante la vista de sus carnes palpitantes. Se entregaron, pues, poco a poco, tranquilamente, a los besos y escarceos. Los regueros de sus mutuas salivas sobre sus cuerpos eran como circuitos de refrigeración que desafiaban a la calina reinante. Nemesia alalrgó la mano y tomó un puñado de amapolas con las que acarició todo el cuerpo de Borticón sin olvidar resquicio alguno, por lo que el sexo se le endureció y levantó como un inmenso y altivo animal. Hacia él llevó la hermosa inmortal las carmíneas flores e inició unas suaves caricias. Pasaba con delectación las amapolas por cada una de sus partes: tan pronto se detenía en el bálano desnudo, cubriéndolo con sos bermellones y frescos pétalos, tan pronto surcaba la base cavernosa y pétrea, o bien cosquilleaba dulcemente los turgentes y temblorosos testículos. Después, el contacto se fue haciendo más duro, más violento: ya no posaba imperceptiblemente los pétalos sobre el pellejo de la verga, sino que los aplastaba y estrujaba contra él, impregnándolos en el choque de su tinta rojiza, convirtiéndolos paulatinamente en zumo sangriento, en líquido incandescente extendido a lo largo y ancho del príapo. Borticón no pudo resistir por mucho tiempo aquel satánico contacto; en un abrir y cerrar de ojos, su enorme miembro fue un surtidor intermitente de yeso líquido; el esperma dejó gotas blanquísimas entre las láminas de las flores que aún restaban intactas, mezclándose igualmente con el yodo de los pétalos reventados. Nemesia jadeaba de ansiedad y se puso a restregar histéricamente el espeso líquido por sus esponjosos pechos.

           Borticón fue entonces incapaz de continuar por más tiempo en su actitud pasiva. Con velocidad supersónica –el pene aún erecto, el semen goteando- tumbó a su mujer sobre la alfombra vegetal y la penetró con violencia febril. Se revolcaron con libertad, caprichosamente, embadurnándose con el color de las amapolas, refocilándose como cerdos al observar el sangriento y homicida matiz que iban adquiriendo sus desnudos cuerpos, profiriendo alaridos de gusto cuando el esperma o la criptina segregados por los respectivos sexos atemperaban los violentos y carmesíes reflejos... A veces, Borticón sacaba su miembros –chorreante y duro- y, como un loco, como un poseso, introducía pétalos por la vulva de su amada, o se los pasaba por la cara dándoselos a besar, o se los restregaba por los pletóricos y tumescentes senos... Fue memorable este día, no sólo por el placer tan brutal del que disfrutaron los dos, sino porque en él, según parece, Nemesia quedó embarazada. Luego, pasado el tiempo reglamentario, tuvo un hermoso niño (cuyo futuro parecía muy prometedor en opinión de los adivinos) al que llamaron Prasupada. Prasupada sería, desde el mismo momento en que Nemesia fue consciente de llevarlo en su vientre, el nuevo objeto de sus desvelos y preocupaciones. Jamás había tenido sentimientos maternales y lo únicos que le había importado, como aquel magnífico día en que hizo el amor sobre las amapolas, era disfrutar y ser admirada en toda ocasión por sus divinos compañeros. Pero el hecho de que en su interior se gestara un nuevo ser, le hacía verlo como una prologanción de sí misma, como si ella se escindiera en dos personas semejantes, y así trasladaba a la otra parte el amor que a sí misma se tenía.

           En este transcurrir tranquilo, había momentos especiales, patentizados exteriormente por la forma en que el monarca movía los dedos de la mano derecha. Como cuando Borticón se retiró con la camarilla a su divino palacio. Una escalinata de calcita cristalina condujo a los dioses hacia un apacible y variopinto salón, en el cual estaban presentes multitud de tonos y colores. Aquella habitación, lugar donde el monarca y sus incondicionales se reunían, era de forma octogonal, surcada en su contorno por un ininterrumpido lecho que, al absorber los rayos de luz filtrados por las claraboyas, despedía intenso color granate; una mesa dorada se levantaba en medio de la estancia, repleta de manjares y de alimentos de los que manaba agradables aromas; las paredes estaban decoradas profusamente, de forma barroca y retorcida, no quedando ni un solo resquicio libre del adorno; dibujos geométricos, trazados con las más diferentes líneas y matices cromáticos, cubrían las diversas superficies; en las intersecciones de los muros se abrían sugerentes hornacinas, donde estaban situados riquísimos perfumes; en el suelo marmóreo se abrazaban el celeste tranquilo de la aguamarina con el azul intenso de la azurita. El conjunto era un arco iris de intensidad y color, rezumando tonos e impresiones contrapuestas y cegadoras (tan sólo apagadas tenuemente por la acogedora penumbra).

           Allí, en aquel divino y embriagador cubículo, penetraron Borticón y su grupo, recostándose relajadamente sobre los blandísimos lechos. Una música envolvente surgió de algún lugar. Idor tomó una bellísima ánfora y comenzó a verter su espeso contenido en las copas de topacio de cada uno de los reunidos. El  líquido inundó rápidamente sus cuerpos; las conciencias comenzaron a sincerarse y las bocas arrastraron palabras momentos antes atajadas. Un vaho alcohólico y espiritual se adueñó progresivamente de la habitación. Idor, espoleado por aquella atmósfera, se puso a cantar retórica y pomposamente:

           -¡Oh sinuosos muslos de diosa virginal! ¡Oh tersa carne rosicler y purpúrea! ¡Oh matemática y eterna perfección de las líneas recortadas y sutiles, curvadas proféticamente para rerdondearse en el sitio perfecto, justo centro, llama de amor, dolor placentero en entrañas profundísimas, hoja cuyo eje conduce por los senderos del éxtasis!

           -Muy inspirado estás tú hoy –masculló Borticón-.  ¿Dónde has aprendido eso, tan ignorante e iletrado como eres?

           -En asuntos del sexo no se les escapa nada –bromeó Alagosqui.

           Y Angelote, excitado igualmente, quiso remedar el canto erótico de su compañero:

           -¡Relieves macizos de carne dúctil y al mismo tiempo rígida! ¡Lunas perfectas y brillantes que derraman su luz plateada por muslos sensuales y gruesos! ¡Oh relámpagos atrayentes que en el interregno dejáis una leve línea oscura que pide a gritos ser penetrada por el rayo fulminante del pene divino! ¡Deliciosa avalancha de blanca electricidad, catarata de estrellas lácteas y seminíferas, saliva acariciante del pecho que jadea!

           -¡No digas más estupideces! –atajó el  dios jefe-. Hoy es un día feliz y no debemos rompernos la cabeza con trabalenguas y cosas por el estilo.

           Y mientras decía esto, repiqueteaba con sus dedos en la mesa. Sucesivamente, sus compañeros se fueron fijando en aquella acción y el terror se apoderó de sus rostros. Aquel era un día de tecleo, según el término acuñado por Alagosqui para designar las jornadas en que Borticón se encontraba con un ánimo especial. Con un ánimo que se hacía palpable de manera gráfica al verle lanzar sobre cualquier superficie, una y otra vez, los dedos de la mano derecha. Ánimo patentizado en una actitud voluble hasta el paroxismo, totalmente incomprensible e inescrutable. Por eso, el temor era la norma general en los que  le rodeaban. No sabían qué podía ocurrir... Todo era posible y nada estaba seguro. Lo imprevisible y lo repentino ascendían a norma total.

           -Sí –volvió a repetir el dios supremo-. Hoy, en este momento, no quiero complicaciones de ningún tipo. Ansío que el pensamiento vague libre a través de lo común y lo conocido. Dejémonos embriagar por la sencillez del tópico y de lo manido... A ver, Alagosqui, habla del amor de modo llano y plebeyo.

           Alagosqui, asustado por si se le escapaba algo que no gustara al monarca, dijo:

           -Abrirse de vulva que muestra un líquido pastoso y lubrificante goteando por los rizados y límpidos cabellos que la rodean y adornan; crica al descubierto por la que se otea el rojo y placentero interior; clítores luciente que crece progresivo, simbolizando el goce potencial. Falo poderoso que se aproxima erguido –tal vez hambriento-, embalsamado por la vaselina preseminífera. Momento fulgurante en el que los dos órganos tan sólo levemente se rozan, rasgarse aún más de la vagina escarlata, suave penetrar del pene gozoso...

           Borticón soltó una tremenda carcajada y, dirigiéndose a los otros dioses que le hacían compañía, preguntó:

           -¿Sabéis lo que está diciendo?

           -No –respondieron a coro y atemorizados, conscientes de que era día de tecleo.

           -¿Ves, estúpido Alagosqui? ¿Observas cómo tus frases han sido confusas e ininteligibles? ¡Fuera de aquí antes de que mi ira se acreciente y no puedas contarlo!

           Mientras Alagosqui salía a toda prisa de la habitación, su rey volvió a esbobar un beatífico gesto y continuó repiqueteando sobre la mesa.