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El gato de Schrödinger

 Serie de artículos publicados en el diario “El Faro”

ÍNDICE

  ¿Qué hace un gato como tú en un sitio como éste?

  Fútbol

  Los gilipollas

  Cojonudos

  Me sucede lo que pienso

  Teoría del mezquino

  Lo mismo no es lo mismo

  Silencio cómplice

  Píldoras de la felicidad

Sefarditas

Siete experimentos que pueden cambiar el mundo

¿QUÉ HACE UN GATO COMO TÚ EN UN SITIO COMO ESTE?

No es mi intención hablar (al menos por el momento) de la mascota ni del animal de compañía de nadie. Ciertamente, el gato de Erwin Schrödinger, un importante físico cuántico nacido en Viena en 1887, es un gato al que no se puede ignorar, un gato famoso, nombrado, traído y llevado, un gato muy diferente de todos los gatos, pues si éstos se caracterizan por tener siete vidas, la singularidad del gato de Schrödinger es que puede vivirlas simultáneamente. No, no estoy loco ni Schrödinger era un mago. Schrödinger era un hacendoso científico, pero claro... ¡cuántico! Shrödinger encerró a su gato en una caja en la que había un frasco de gas venenoso (¡no, no, tampoco era un asesino!), preparado para destaparse si un contador Geiger detectaba la desintegración radiactiva de un átomo que tenía el cincuenta por ciento de probabilidades de desintegrarse. ¿Y por qué hizo Schrödinger esta cosa tan atrabiliaria, tan peligrosa para un pobre minino? Simplemente para demostrar que, si no se abría la caja, nadie podía saber lo que había sucedido. Es decir, que todo cuanto acaece, depende del observador. Sin él, nada existe. Schrödinger era realmente modesto porque, en su experimento, las posibilidades de que su gato siguiera vivo o hubiera muerto eran del cincuenta por ciento. Pero su experiencia sirve a muchos científicos para remontarse más lejos y expresar que existen múltiples universos paralelos, pero que es precisamente el sujeto, con su acto de observación, el que determina uno de ellos. Es decir, sólo existen en realidad ondas, vibraciones, energía. La materia la creamos nosotros. Hasta los físicos subatómicos más realistas no tienen más remedio que admitir que todos los pensamiento, palabras o actos que dejamos de ejecutar, continúan en otros universos. De esta forma se irían generando en la vida de una persona infinitos universos, lo cual, multiplicado por el número de los seres vivientes y hasta no vivientes que habitan en la tierra, daría lugar a billones y billones de universos. Si lo reducimos a nuestros sufrido gato (lo de sufrido lo digo porque está condenado a no salir nunca jamás de su caja), tenemos que está vivo y que está muerto, y que las dos cosas son verdad. O, como hemos dicho antes, que goza de siete vidas, pero todas a la par.

El gato de Schrödinger se erige ante nosotros, pues, como un testimonio de la profundidad y complejidad de la vida, así como del tiempo, abriendo ante nosotros fantásticos caminos, múltiples explicaciones e infinitas perspectivas. Nuestra vida cobra más que nunca el tinte de la aventura y del riesgo; merece más que nunca la pena vivir, pues somos los artífices de algo único e irrepetible; y, puesto que todo depende del observador, si aprendemos a mirar con una mirada nueva, todo a nuestro alrededor cambiará. Nunca mejor que desde esta cosmovisión puede verse la vida como una obra de arte, con sus miserias y grandezas trascendidas por el sentido. Nosotros elegimos el rumbo, aunque no sepamos con certeza si la mar estará agitada o en calma.

Los artículos que aparecerán a partir de ahora semanalmente en estas páginas, estarán imbuidos de tales presupuestos. De ahí que el célebre gato de Schrödinger, con su estado de incertidumbre en su sempiterna caja, nos sirva para bautizarlos. Desde la amplitud de miras que nos proporciona su ambiguo estado, seremos críticos con la etapa epigonal que vivimos; señalaremos sus tópicos, sus coerciones, sus lacras, abogando por el paradigma que inagura el mentado experimento, al tiempo que mostramos una realidad que se extiende con una infinitud desconocida y un hombre que reina en su interior, dueño nuevamente del universo y, por lo tanto, con la ineludible necesidad de conocerse a sí mismo.

Gregorio Morales

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FÚTBOL

Todo es fútbol estos días, aunque la expectación inicial haya ido dando paso en España al desencanto. Pero ese desencanto forma tanta parte del fútbol como la alegría. Uno y otra son producto de la identificación que hace el espectador con uno de los equipos contendientes. Siempre he admirado (y envidiado) esa capacidad de identificarse con algo que está más allá de uno mismo y, en lo cual, uno mismo no puede intervenir para nada. Quizá porque estamos acostumbrados no nos lo planteamos, pero viene a ser algo así como unir la suerte de uno (y, por tanto, el humor, la dicha, la tranquilidad) al tiempo atmosférico, y ser felices o infelices según los cambios aleatorios de éste. En realidad, así se hizo en la Antigüedad: El tiempo era Zeus.

Recuerdo el malhumor de mi padre, socio del Granada durante toda su vida, las tardes en que el equipo perdía; se volvía circunspecto, nervioso, misántropo, suspicaz... Sin embargo, cuando el equipo ganaba, era un turbión de campechanía y locuacidad. Podía tener sus problemas y éxitos personales, pero éstos nuncan influían en su estado de ánimo de los domingos. Ni el hecho de un ascenso o un aumento de sueldo lo alegraba si la tarde en cuestión perdía el equipo. Ni siquiera el paro (estuvo parado durante todo un año cuando mis hermanos y yo éramos pequeños) lo entristecía si llegaba a ganar el Granada. Y la cosa, con los años, se ha hecho mucho más drástica: Partidario del Real Madrid, siente tanta emoción cuando éste se enfrenta al Barcelona, que es incapaz de contemplar el partido en directo. Antes bien, programa el video para grabarlo y, mientras, se consume en silencio, atormentado, con el deseo de escuchar uno de esos gritos unánimes clamando gol que rajan tabiques y distancias. Cuando calcula que ha acabado el encuentro, marca como un condenado a muerte el número de teléfono de mi hermano:

-¿Quién ha ganado? ‑pregunta todo tembloroso con un hilo de voz.

-¡Papá, el Real Madrid!

Entonces, la vida vuelve a derramar sobre él todos sus dones. Aspira a bocanadas el oxígeno, cuya falta antes lo consumía. Sus labios se abren en una sonrisa universal.

-¡Ya lo decía yo! ¡He oído que han marcado un gol!

Trota por la casa como un caballo en libertad. ¡El mundo es perfecto, está bien hecho! Se sienta en su sillón como un rey en su trono, toma el cetro del mando a distancia y el vídeo, obediente, se pone en marcha. El partido desfila ante él como si no hubiera pasado el tiempo. Siente la emoción pospuesta, pero no la angustia. ¡Va a ganar el Real Madrid!

Sí, admiro está forma de salir de uno mismo, de proyectarse, una de las pocas maneras modernas que quedan de sentir el éxtasis colectivo. No de otra forma gozaba el egipcio el día de la resurrección de Osiris. No de otra forma se entristecía el hombre medieval en los días rituales de la pasión y crucifixión de Cristo. Independientemente de su destino personal, la dicha o la desdicha de uno y otros se hallaba ligada a acontecimientos exteriores, ajenos a la voluntad individual. Dios, en su capricho supremo, podía ser fasto o nefasto, y el hombre debía acatar la suerte o las desgracias que le concedía. Como Job, paciente en la desdicha continua y sin renegar nunca de su Dios, de la misma forma que quien es forofo de un equipo no reniega nunca de él (aunque lo insulte, aunque le eche en cara todos los males...).

El fútbol es la pervivencia de las religiones colectivas en el mundo contemporáneo. No somos los dueños de nuestro destino, sino que éste viene determinado por los dioses.

Ya entre los indios centroamericanos (mayas, aztecas) el juego de pelota tenía este carácter sagrado: El campo era visto como una representación de la tierra y los contendientes, de las fuerzas del bien y del mal; la arbitrariedad de los resultados, como una señal del capricho de los dioses; el partido era contemplado con temor religioso, esperando secretamente, con angustia muy parecida a la de los aficionados de hoy, que el dios decretaría el resultado favorable para la tribu; pero es que, además, el juego de pelota era necesario para la misma existencia del Universo: Mientras la pelota se moviera entre los equipos, la Tierra seguiría su curso normal... Exactamente igual que hoy: ¿Acaso no colapsaría el mundo si no existiera el fútbol? El hombre no puede vivir sin religión ni éxtasis. Nada desaparece; sólo se transforma.

Gregorio Morales

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LOS GILIPOLLAS

Hace unos días realizaba una excursión (ahora se le llama trekking) con un amigo por la sierra de la Alfaguara cuando, buscando la famosa Fuente Fría, nos equivocamos de camino y salimos a una interminable carretera rural. Perdidos, respiramos por fin cuando vimos acercarse a tres ciclistas con bicis de montaña.

-¿Por dónde se va a Fuente Fría? –le pregunté al primero de ellos. Pero, para mi estupefacción, pasó delante de mí como si mi pregunta hubiera sido una ligera insinuación del viento. ¡Y lo mismo hicieron el segundo y el tercero!

Me quedé detenido en la carretera, pensando si no me habría convertido en un ser invisible.  Poco después, lo comprendí: Probablemente llevaban un cronómetro y no quisieron detenerse por no restarle ni un segundo a su marca habitual. “¡Serán gilipollas!”, no pude por menos que exclamar. Cuando el espíritu tradicional de la montaña, para todos aquellos que amamos el trekking, ha sido siempre el de la camaradería, el de la ayuda, estos gilipollas se lo cargaban de un plumazo con su actitud. Pegaban en la montaña como un sueco en una plaza de toros.

El mundo está lleno de estos gilipollas, los cuales campan por sus respetos. En la intimidad suelen ser buenas personas, un poco tontas, de amistad fácil y superficial; lo último quizá se deba a su dificultad de tener amigos duraderos, debido a que el ejercicio constante de la gilipollez aleja de ellos a toda persona que se precie mínimamente. Recuerdo hace unos meses cuando, al salir de una reunión, uno de mis compañeros, muy gracioso él, le dirigió unas palabras irónicas por la espalda a un transeúnte con pinta de cateto que se había cruzado con nosotros. El transeúnte las oyó y se volvió enfurecido.

-¿Qué dónde compro la ropa? ¿Qué soy digno de la pasarela Cibeles? –caminó hacia nosotros con los puños como enseña. Era una bestia humana, capaz de hacer papilla al mismo Sylvester Stallone. Para mi sorpresa, se dirigía a mí. ¡Creía que era yo quien le había dirigido las afectuosas palabras! Me zampó un puñetazo que me hizo caer de bruces y, sin esperar respuesta, se abalanzó hacia mí. Yo miraba al verdadero causante de todo esperando que dijera de una vez “No ha sido él; ¡he sido yo!”, pero estas palabras no se escucharon en ningún momento. Como me parecía mezquino acusarlo, no tuve más remedio que enfrentarme al Sansón. Ni qué decir tiene que acabé en la casa de socorro. El gilipollas que provocó el estruendo no me dio siquiera las gracias. Se reía. ¡Se reía!

Esta es otra característica del gilipollas: No tiene dignidad ni pudor naturales y es capaz de hacer pasar por normales las mayores humillaciones o rebajamientos. Por ejemplo, puede cambiar de opinión en dos segundos sin sentirse avergonzado por ello. Es proverbial lo que me pasó hace unos años en Irlanda: Íbamos a hacer una excursión en bicicleta por los alrededores de Dublín, pero las opiniones eran encontradas; un amigo y yo defendíamos una ruta, mientras el resto defendía otra. Por fin se decidió que habría dos rutas. Justo cuando acababa de apuntarme y de pagar los correspondientes emolumentos a la organización del tour, mi pretendido compañero me espeta:

-No voy a hacer esa ruta. Creo que es mejor la primera. Va más gente.

¡Y ante mis atónitos ojos, se apunta a la ruta que momentos antes habíamos estado atacando! “¡Dioses del Olimpo, libradme para siempre de los gilipollas!”, clamé, claro que sin esperanza alguna de que esto sucediera de verdad, como me han venido demostrando los años transcurridos desde entonces.

Esta es otra regla: Entre dos principios, el gilipollas siempre es fiel al más innoble, al más rácano, al más vegonzoso. Así, entre dos amigos, elegirá siempre al de más baja catadura moral; entre dos acciones, siempre la más vil. Uno de los hitos más grandes de la gilipollez que recuerdo obedece a este principio: Cierto reporterillo se enfadó conmigo y, como resulta que yo estaba suscrito a su diario, no se le ocurrió otra cosa que entrar fraudulentamente en el ordenador de la empresa y darme de baja. Sin aviso. Sin recibo. También sin devolverme el dinero. Por cierto, que, como ya cuenta Azorín que hicieron con él, también dejó de citarme en sus crónicas, de llamarme a sus saraos, de reseñar mis libros. ¡Pobre gilipollas!

Al haberse perdido el modelo de lo que debe ser un hombre o una mujer, los gilipollas proliferan en estos tiempos. Cualquier acción en la que interviene un gilipollas, está arruinada de antemano. El único antídoto es éste: Considerar que toda gilipollez es irreparable y que todo gilipollas resulta irrecuperable, por lo que es mejor zafarse de una y otro cuanto antes. Al fin y al cabo todo camino tiene obstáculos. Nadie se pone a discutir con una piedra que encuentra en el camino. Simplemente, la sortea o la retira.

Gregorio Morales

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COJONUDOS

Paco y yo, con diecisiete años, nos escapamos de casa durante el verano del 69 para irnos a Gerona. En el viaje de estudios del curso anterior, durante nuestra estancia en Madrid, habíamos conocido a unas chicas de Olot y estábamos poseídos por el deseo de volver a verlas. Naturalmente, no teníamos un duro. Aún recuerdo el dinero que llevaba en el bolsillo: Mil pesetas para un viaje que habría de durar unos quince días. No nos quedaba más remedio que hacer auto-stop. Era un domingo luminoso y los coches partían de Granada hacia la playa. De vez en cuando, alguien nos reconocía y no pitaba con sorna. ¡Dos chicos “bien” cargados con macutos y haciendo auto-sptop! Un taxi nos paró. En la parte trasera se sentaba un negro fornido  que chapurreaba malamente tres palabras en castellano. Llegados a Almuñécar, el taxista le exigió el importe. El negro abrió la maleta y cientos de revistas pornográficas estallaron ante nuestra atónita mirada. ¡Quería pagarle al taxista con ellas! Mientras Paco y yo nos escabullíamos sigilosamente, taxista y pasajero discutían... Anduvimos con la bronca de fondo, cada vez más airada, hacia la gasolinera, donde nos paró un coche francés. Ya no tendríamos que hacer auto-stop en todo el trayecto. El conductor, Alain, era un profesor que daba clases en Marruecos y regresaba a pasar las vacaciones en su país. En el transcurso de las horas, intimamos con él. Comíamos juntos. En las paradas de descanso, íbamos a la playa. Aunque era de un pudor tan exquisito, que nunca quiso dormir en la tienda de campaña que Paco y yo llevábamos, y lo hacía fuera, al aire libre, en un saco de dormir. Tenemos varias fotos con él, por lo que su rostro no se me ha borrado aún. Alain nos dejó justo en Olot y prosiguió su viaje hacia Francia. Hablaba el español muy bien y nos había llenado el camino de historias, de anécdotas... Sabiendo el poco dinero que manejábamos, nos invitó varias veces. ¡Tío cojonudo!

Si en un artículo reciente hablaba yo de los gilipollas, no tenía más remedio que contrapesarlo con otro donde resaltar la figura de los cojonudos que, aunque parezca increíble, son más de lo que parece. Cojonudos son aquellos que, en el momento preciso realizan la acción oportuna; aquellos que, cuando la situación lo requiere, dan desinteresadamente algo de sí; quienes demuestran una amistad por encima de calumnias, tropiezos y adversidades; quien vuelve airosos unos instantes de angustia o de peligro; quien da calor en un momento de hundimiento... Mientras los gilipollas agrían todo aquello cuanto tocan y son la miseria de la condición humana, los cojonudos transforman la realidad que nos rodea en algo que merece la pena ser vivido, alzando lo humano a una dignidad sobresaliente.

Lo cojonudo puede surgir de una mera palabra, de una mera acción puntual. Hace poco, mi mujer y yo buscábamos una mesa en un concurrido restaurante al aire libre. Íbamos con la niña pequeña y arrastrando el cochecito. Como suele ocurrir, no había ni una sola mesa libre. En ese momento, un hombre se acercó hacia nosotros.

-¿Estáis buscando mesa?

Asentimos.

-Tenemos reservada una, pero nos vamos. Podéis ocuparla. ¡Como vais con la niña! Está a nombre de Ángel Díaz.

Entonces reparé en que aquel que me estaba hablando era Ángel Díaz Sol, el durante mucho tiempo hombre fuerte del PSOE de Granada. Teniendo en cuenta lo mucho que yo he criticado al PSOE, ¿se trataba de una revancha, de un responder con un favor a mis críticas (la cual es la mejor forma de las venganzas)? No creo... Ni él probablemente me conocía ni mucho menos podía imaginar que lo reconociera yo. No dijo ni siquiera completos sus apellidos... Fue simplemente un gesto generoso, es decir, un gesto cojonudo.

Pero tal vez no estaría escribiendo esto si otro gesto del mismo tipo no me hubiera salvado hace unos años. Caminaba por las inmediaciones del estadio de futbol de Dublín, donde se celebraba uno de esos encuentros que turban a todo un país. Sin esperármelo, una pandilla de tíos me rodeó vituperándome con frases para mí ininteligibles e, inmediatamente, los puños comenzaron a golpearme. Era tal mi estupefacción, que mi cuerpo no pudo siquiera rebelarse y caía como un pelele de un sitio a otro... En ese momento, uno de mis agresores se llegó hasta mí y se interpuso ante los puños de los demás. ¡De súbito me estaba defendiendo! Comenzó a dar voces y a increpar a sus compañeros... Éstos fueron desistiendo paulatinamente, hasta marcharse... como si no hubiera ocurrido nada conmigo. “¡Qué tío más cojonudo!”, pensé aliviado entonces. “¡Se ha atrevido a enfrentarse a sus propios compañeros!” Sin duda se sintió conmovido por mi renuncia a defenderme... ¿No le debo probablemente la vida, que habría perdido en lo que prometía ser una brutal e incomprensible paliza? Sí, estoy seguro de que se la debo. Los cojonudos son como los ángeles. De pronto, cuando menos nos lo esperamos, se aparecen ante nosotros para echarnos una mano en la dificultades del camino.

Gregorio Morales

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ME SUCEDE LO QUE PIENSO

Hasta ahora, los científicos consideraban la conciencia como un mero epifenómeno de nuestra biología, es decir, como una función que sólo por casualidad sirve para que nos cuestionemos sobre nosotros y el mundo. Algo así como si una persona desarrollara alas para librarse de los insectos o para abanicarse contra el calor y sólo secundariamente se diera cuenta que también le sirven para volar

Pero los últimos descubrimientos científicos, llevados a cabo en Gran Bretaña y Estados Unidos, están dando al traste con tan extendida teoría. Por fin se ha demostrado, de manera rigurosamente científica, que la mente influye en la materia. Así, repetidos experimentos han concluido que el stress (algo que sólo se puede considerar mental) debilita el sistema inmunológico (que sólo se puede considerar físico). Parece una bagatela, pero estamos ante un suceso de vital importancia: ¡Nada más y nada menos que la primera prueba de una relación que la humanidad ha intuido desde lo más remoto de los tiempos!

¿Qué es entonces antes, la materia o la mente? Según la primera teoría, evidentemente la materia; según la segunda, parece que no hay más remedio que darle la primacía a la mente. Claro que esta disyuntiva entre el huevo y la gallina viene de una falsa división: Considerar que la mente y la materia son distintas. Pero hace tiempo ya que se viene sosteniendo la hipótesis de que ambos no son sino dos manifestaciones de un algo común que todavía desconocemos. Así, el físico cuántico Eddington, para referirse a la materia de que está hecho el universo, le aplica el calificativo de “mental”. Es decir, la materia sería por sí misma inteligente, con lo que queda abolida la tradicional distinción entre el magma estúpido de las cosas y la inteligencia del hombre. Una verdadera revolución. ¡Ahora resulta que hasta las piedras piensan (o, más específicamente: Las partículas de que están compuestas)!

Pero no han sido sólo los físicos cuánticos quienes se han dado cuenta de que la materia hace gala de una extraña inteligencia. También lo han hecho psicólogos como Carl G. Jung. Así, para éste la materia es “psicoide” y puede comportarse según lo que entendemos comúnmente por materia o relacionarse intrínsecamente con el pensamiento. Prueba de lo segundo son lo que se han dado en llamar “sincronías” o coincidencias significativas y acausales.  Por ejemplo, voy por una calle, pienso en un amigo y, acto seguido, me encuentro con él; o me hallo angustiado, dándole vueltas a un problema, abro el periódico o una revista ¡y allí se habla de mi problema y se me ofrece una solución!

Las sincronías serían, pues, la demostración psíquica de que el pensamiento se imbrica en la materia, y al revés. Otra demostración la constituiría lo que se conoce como “visualización creativa”: Si tengo una enfermedad, puedo visualizar con el pensamiento cómo es atacada, deglutida y eliminada, produciéndose esos mismos efectos en el cuerpo; si quiero tener una casa con unas características determinadas, me la represento en la mente y, al cabo del tiempo, habrán de ofrecérseme diversas oportunidades con viviendas semejantes a las que he pensado...

De nuevo, la física cuántica viene a apoyar esta tesis que, en un principio, se nos antojaría delirante: Schrödinger, el dueño de nuestro querido y travieso gato, sostiene que es el hombre quien, con su observación, crea la realidad, seleccionando de los múltiples universos paralelos, justamente el que nos rodea. Dicho de manera simple: Nuestro pensamiento crea el universo que habitamos. ¡No puede haber mayor influencia de la mente!

Caminamos a pasos agigantados hacia este conocimiento subversivo, que para sobrecogimiento nuestro, nos hace autores de cuanto nos sucede y vuelve estremecedoramente ciertas frases como “Nos convertimos en lo que tememos” (Kaplan Williams), “El futuro se prefigura a largo plazo en el inconsciente” (Jung), “Buscabas el fardo más pesado y te encontraste contigo mismo” (Nietzsche), “A usted le perjudica tener un voluntad excesiva; cree que lo que no haga no habrá de realizarse” (E. Herrigel)...

Lo más sobresaliente de todo no es la corroboración de que nuestro pensamiento determina nuestra vida, sino que quien realmente la dirige es “una parte de ese pensamiento”, es decir, las partes inconscientes, nuestros temores, nuestras ansias, nuestros deseos inconfesados... por lo que, para que una persona se convierta en dueña de su destino, no tiene más remedio que aprehender su propia oscuridad. Al final, no hay más posibilidad que penetrar en el oculto magma que da forma tanto al pensamiento como a la materia. Sólo los que lo han hecho, pueden decir realmente en voz alta: “¡Me sucede lo que pienso!” De ahí la urgencia y la necesidad de conocernos a nosotros mismos. ¡Qué extraña paradoja la de que, para vivir mejor, no se nos inste ahora a buscar dinero, sino a penetrar en la vasta selva que nos habita, a conocerla en la medida de lo posible y a traer algunos de sus tesoros a la civilización de la conciencia!

Gregorio Morales

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TEORÍA DEL MEZQUINO

Todo es carencia en el mezquino, falta, cero. El mezquino es un eunuco que quiere hacer eunucos a los demás. En el mezquino, todo es pequeño. Vive en un mundo pequeño. Sus gustos son pequeños. Sus ideas son pequeñas, tópicas, cansinas, adocenadas.

Para el mezquino, sus semejantes están divididos en buenos y malos. En los primeros están sólo aquellos que son tan mezquinos como él. En los segundos, todos los demás. El mezquino entabla sistemáticamente una denodada lucha contra los malos. Su titánica tarea consiste en reducir los grandes sistemas a esquemas inanes, las grandes ideas a inofensivas concepciones, el amor y el erotismo al sexo, la libertad a la burocracia, el mérito a la antigüedad, la sabiduría a la lección aprendida.

Como los vaqueros del oeste, el mezquino lleva siempre consigo un lazo, que dirige sistemáticamente contra aquello que lo desborda, con la moralizante finalidad de achicarlo, reducirlo, prensarlo. Que ve a alguien más alto que él, lo envuelve en su lazo corredizo para exprimirlo en un enano; que escucha ideas nuevas, las agarra con su lazo y las voltea hasta catapultarlas muy lejos de él; que tiene a su lado a alguien creativo y original, trata de apresarlo con la siniestra máquina de la burocracia, guillotina donde se cercena cualquier esperanza.

El mezquino siempre tiene en su boca frases como “es la ley”, “la ley lo dice”, “nuestro deber”, “la profesionalidad”...

El mezquino rumia amarga envidia, a la cual convierte en motor de su actuación. Que alguien gana un premio, el mezquino levanta la veda contra él. Que alguien escribe un libro, el mezquino propala en su honor los más deleznables rumores. Que alguien próximo sale en televisión (¡en su televisión!), el mezquino llama en su ayuda a su ejército mojigato y emprende contra el osado una santa cruzada.

El mezquino pisotea las virtudes, el trabajo bien hecho, lo positivo, pero enarbola como un ultraje contra la humanidad cualquier mínimo error de los demás, un lapsus, un paso en falso...

El mezquino se refocila en su hipocresía: Lo oiréis alabar en público la libertad, la democracia, la tolerancia... siendo como es su enemigo más acerbo.

El mezquino sueña secreta e inconscientemente con haber sido un familiar de la Inquisición, reductora máxima con el fuego divino de cualquier desviación. Como los familiares inquisitoriales, el mezquino esgrime una beata mansedumbre mientras su víctima padece las torturas más humillantes.

El mezquino habla con voz pausada y lenta, vocalizando sus palabras y dando la apariencia de ecuanimidad, sensantez y mesura. Pero en el fondo de su agónica lucha, se agita siempre la tragedia: Pues, a pesar de sus inicuas estratagemas, de sus lazos, de sus calumnias, de su burocracia, no puede ni podrá impedir jamás que las nuevas ideas se expandan, que el mérito sea reconocido, que la creatividad gane a la inercia, que la libertad haga estallar los grilletes que el teje como araña laboriosa.

Al final, los mezquinos han quedado siempre como el ludibrio de la historia, pequeñas rémoras que han servido para acrisolar e intensificar el valor nuevo y cambiante de la vida.

Gregorio Morales

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LO MISMO NO ES LO MISMO

Hace veinte años, el policía Alberto Insúa fue junto a otros números a detener a un sospechoso. Era en Madrid, en el barrio residencial de El Viso. El asunto: Pornografía infantil. Se suponía que aquel día la casa estaba repleta de vídeos incriminadores. Se había obtenido la preceptiva orden judicial, por lo que el registro resultaba de trámite. El Citröen GS camuflado se detuvo a un metro de la entrada, y de él descendieron cuatro números. Eran las doce de la noche. Números y conductor franquearon la verja de un chalecito y se detuvieron ante la entrada. Uno de ellos pulsó el timbre. Silencio. Largo rato de espera. Nada... Nueva pulsación del timbre. Nada...

-Hay que forzar la entrada ‑musitó el teniente con un juego de ganzúas en la mano.

Una vez en el interior y sólo iluminados por la penumbra de la calle, les sorprendió el lujo que se desprendía de todo. Grandes lámparas, esculturas, cristaleras repujadas, lienzos originales, una enorme y surtida biblioteca... Ascendieron sigilosos unas escaleras repletas de vanos donde se asentaban obras de arte, y recorrieron dormitorios, cuartos de baño, estudios... hasta encontrar la sala de montaje. Cientos de vídeos se apilaban unos sobre otros desde el suelo hasta el techo. Cerciorados de que no había nadie en la casa, cerraron los postigos y encendieron la luz: Pantallas de televisión, una moviola, varios magnetoscopios... En un rincón de la mesa de montaje, una cámara fotográfica. Insúa la tomó en la mano y la examinó ávidamente. Desde la adolescencia, había sido aficionado a la fotografía. Se percató por el contador de que el carrete estaba tan sólo iniciado y, sin planteárselo dos veces, hizo una fotografía de la sala. Luego de su compañeros. Luego de sus acciones: Cómo encendían unas de las televisiones, tomaban un vídeo al azar, lo introducían en el magnetoscopio y las consabidas imágenes pornográficas aparecían ante ellos: Una chica que no sobrepasaría los once años masturbaba a dos adolescentes... Asqueado, salió de la habitación y se dedicó a fotografiar los rincones lujosos, las esculturas, los lienzos, las lámparas, algunos de los valiosos ejemplares de la biblioteca... Semanas más tarde, cuando el responsable de todo ‑un reputado catedrático de universidad‑ había sido ya detenido, Insúa hizo revelar las fotos, encontrándose que, junto a las que él había tomado, aparecían varias instantáneas de menores desharrapados, sucios, esqueléticos, habitantes sin duda de lo más sombrío de Vallecas o de Vicálvaro, y futuras estrellas de los filmes pornográficos... Como se hace después de toda operación policial, montó las fotos junto a los objetos incautados. Era tal el contraste entre la pobreza de los chicos y chicas retratados y el lujo de la mansión del proxeneta, que los espectadores sentían una cuchillada. Las fotos impactaban. Hasta el punto de que una galería las pidió para mostrarlas. Y así se hizo. Alberto Insúa fue calurosamente felicitado por uno de sus superiores, un teniente coronel muy culto, y ascendido.

Pasaron veinte años. Insúa no volvió a hacer ninguna fotografía más en acto de servicio. Hasta aquel día. Había estado fotografiando a sus nietos y, por una de esas ironías del destino, en vez de dejar la cámara sobre la mesita del cuarto de estar, se la echó al bolsillo de la guerrera. Ahora era él quien capitaneaba al grupo. Una pandilla de colombianos tenía secuestradas a varias mujeres en un piso de Lavapiés y las prostituían. En la comisaría se había recibido una angustiosa y anónima denuncia. Tenían que registrar el piso y corroborar que la denuncia era cierta.

El sol daba de lleno por entre las callejas y no había inmigrante que no los mirara como a enemigos. Arribaron al bloque en cuestión, sostenido por grasientas vigas de madera sin las cuales se habría derrengado, y subieron los desgastados y oscuros escalones. Los pisos estaban abiertos. Penetraron en uno de ellos... ¡para encontrarse sólo con un puñado de niños que no superaban la decena! Solos, abandonados; amodorrados los unos, llorando los otros... A Insúa se le partió el corazón.

-¡Mirad lo que hay más arriba! ‑ordenó a sus subordinados mientras, sin pensarlo siquiera, se sacaba del bolsillo la cámara compacta y comenzaba a fotografiar a los indigentes. ¡El contraste con sus nietos, lozanos, bien alimentados, alegres, movería a la sociedad! No pudo evitar recordar el éxito de sus fotos varios lustros atrás...

Se oyó un disparo. Luego dos, tres, cuatro... Pero Insúa, ajeno a todo, continuaba como un poseso haciendo fotos.

Llegaron refuerzos. Insúa, sin comprender nada, sintió las esposas cerrarse sobre sus muñecas.

-¿Qué pasa? ‑gritó.

Los tratantes, refugiados en el piso de arriba con las mujeres, habían asesinado a uno de sus compañeros, quienes a su vez habían repelido la agresión... Un baño de sangre. Algunos de los niños habían perdido a sus padres... Ahora su superior era un individuo joven que sólo leía la sección de deportes de los periódicos. Insúa fue acusado de abandonar a los suyos en el momento decisivo y se le degradó. Lo que prometía ser una jubilación feliz se convirtió para él en amarga vejez.

Lo mismo nunca es lo mismo.

Gregorio Morales

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SILENCIO CÓMPLICE

Irán. Una maestra está dando su clase diaria a los pequeños. De pronto se oye un tumulto en los pasillos. Hay voces y gritos. Los pasos se acercan con una rapidez enloquecida. Varios hombres con el rostro cubierto irrumpen en el aula. Al verlos, la maestra trata de huir. Pero uno de ellos la prende del cabello mientras de un tajo hunde en su garganta una herrumbrosa navaja.Entre chorros de sangre y convulsiones, la maestra cae degollada al suelo. Los niños, aterrorizados, lo han contemplado todo. ¡Pero no pasa nada! ¡Sólo se ha segado una mala hierba!

Por desgracia, no es un hecho aislado. Muchos cientos de mujeres son víctimas diarias del fundamentalismo islámico. Su pecado: Trabajar, pensar en voz alta, leer un libro, ver una emisora de televisión occidental, no llevar velo...

Miles de mujeres se han visto obligadas a abandonar sus trabajos y a refugiarse atemorizadas en lo más recóndito de las casas. El más mínimo derecho les está negado. Las niñas no pueden ir siquiera a la escuela. Y para aquellas heroínas que se atreven a desafiar los santos preceptos de los iluminados, todos los días se preparan cruentos escarmientos como éste.

Las feministas protestan con razón por las desigualdades en el trabajo, por la violencia en el hogar, por las agresiones... Los partidos políticos abogan con razón por la igualdad entre hombre y mujer, y tratan de discriminar positivamente a la última ampliando sus cuotas de participación...¡ Pero unas y otros parecen sordos, ciegos, a cuanto está ocurriendo a tan sólo unos cientos de kilómetros! ¿Cómo es posible que semejante conculcación de los derechos humanos no eche a las calles en clamorosa protesta a todos los ciudadanos del mundo civilizado? ¿O es que son menos derechos por tratarse de mujeres? ¿O es que por ser mujeres del llamado tercer mundo son menos mujeres?

No comprendo este silencio cómplice que implica un tácito desprecio hacia aquello que no sucede en el marco de nuestro pequeño y feliz mundo.

La historia se repite: Si Hitler alcanzó tanto poder, se debió a la indiferencia culpable de sus vecinos. ¡Aquello parecía no ir con ellos!

La diferencia con otras actuaciones contemporáneas es flagrante: Que los serbios y los kosovenses entran en guerra, interviene la ONU. Bien, muy bien. Que hay posibilidad de juzgar a Pinochet por sus crímenes, se organizan manifestaciones de apoyo a esa posibilidad. Bien, muy bien. Que un periodista extranjero es secuestrado por la guerrilla, se ponen en marcha todos los gobiernos y embajadas para liberarlo. Bien, muy bien. Pero asesinan a una mujer árabe ante sus alumnos y hay silencio. Asesinan a una chica por no llevar velo y hay silencio. Las en otro día profesoras de universidad, escritoras, intérpretes, mujeres de negocios... se han retirado bajo amenazas a un apartamiento más aciago que el de un riguroso convento de clausura hace siglos, y hay silencio. Silencio. Silencio. Nadie osa alzar la voz. Nadie impele a los ciudadanos a humillar a los verdugos. Ningún organismo oficial habla de intervención ni de liberación de las mujeres amenazadas.

Claro, ya lo sabemos: “La mujer con la pata quebrada y en casa”. Ja, ja, ja... “¡Lo que están haciendo estos machos!”. Y frente a esta secreta complacencia de muchos hombres occidentales que querrían ver a sus mujeres de la misma manera, la vista gorda de las feministas, absortas en su titánica lucha de equiparación con el hombre, lo que les consume todo su tiempo, toda su energía.

Ninguna institución puede alzarse jamás sobre el sufrimiento de una clase o de un género. La esclavitud en el mundo antiguo impregnaba el inconsciente colectivo de una depauperada tristeza. Todo se paga. En la aldea global de hoy, cuanto sucede a miles de kilómetros, repercute inmediatamente en todas partes. El mundo occidental nunca realizará su sueño de justa equiparación de derechos entre hombre y mujer mientras sigan ocurriendo cosas como las que están ocurriendo en ciertas partes del mundo islámico. Hay que descubrir a los asesinos, denunciarlos, juzgarlos. Hay que hacerles saber por la reacción del mundo que nunca lograran erigir sus países sobre la base de esclavizar a la mitad de sus habitantes. Hay que enviar allí a las CIAS, a los CESID, a las KGB, para luchar contra los criminales. Y hay que acabar liberando a las mujeres insultadas, pisoteadas, erradicadas de la vida social y encarceladas.

Me da terror nada más pensar que yo pudiera ser una de estas mujeres. Habrían acabado con mi vida. Porque vegetar no es vivir. Sin el reto de crecer intelectualmente junto a los demás, hombre, mujeres, jóvenes y viejos, la existencia no tiene sentido.

La fuerza mísera de los cobardes está tratando de acuchillar la para ellos temible fuerza del espíritu. No podemos permitirlo. Si vencen, hay un ejército de fundamentalistas también entre nosotros esperando su oportunidad.

Gregorio Morales

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PÍLDORAS DE LA FELICIDAD

Ya no es sólo la viagra. Es también la píldora para vencer la timidez. Y anuncian otra contra la gordura, a la que ya han comenzado a llamar “de la felicidad”... Desde luego, resulta lamentable la estupidez a la que ha llegado el ser humano. Por una parte, la píldora contra la timidez siempre ha existido: Se llama alcohol (o hashish, o coca...). También existen en el mercado cientos de píldoras adelgazantes. Pero es que, además, la máxima estupidez proviene de la concepción del ser humano como una mera máquina en la cual basta echar una sustancia para que se comporte de una determinada manera. Se trata de una concepción ramplona y obtusa, en consonancia con estos tiempos que han erradicado de los hombres y mujeres todo lo genuinamente humano. Las pastillas sustituyen a la voluntad, al perfeccionamiento, al crecimiento interior, es decir, a lo que Jung denomina “individuación”. Es como el turismo organizado, que escamotea el riesgo, la aventura y el descubrimiento del viaje. Estos pobres científicos nos consideran un amasijo de células a las cuales hay que administrar la droga correcta para el comportamiento deseado.

Es patético comprobar cómo subsiste aún el paradigma científico mecanicista del siglo XIX, ignorando con culpable estulticia los avances que desde entonces han realizado la psicología profunda y la física subatómica. Por ello, nuestro gato está perplejo. Él sabe que el único modo  permanente de curar la timidez es avanzar en el camino de la individuación. Cuanto más individuados, más nosotros, y, por tanto, mayor asertividad y menor timidez. Una asertividad llena de tolerancia y que es todo lo contrario de la arrogancia insultante del adolescente o la victimista del energúmeno. Mucho me temo que, como el alcohol, lo único que logren esas píldoras sea la autoafirmación fatua y desbordada de quien antes ha tenido encarcelados todos sus impulsos.

¿Qué sucederá cuándo se deje de tomar la píldora? ¿Quien ha llegado a ser audaz volverá a convertirse otra vez en apocado? Sospecho que peor aún: Pues cuando algo no se conquista por los propios medios, la consecuencia al perderlo es una regresión. De modo que quienes dejen la píldora no retornarán al estado del que partieron, sino a la impotencia de la infancia. ¡Pero hay ya demasiado Peterpanes en este mundo para que aún les añadamos más!

Lo mismo sucede con la píldora contra la obesidad; en la mayor parte de los casos, la gordura es producto de hábitos de alimentación viciados, los cuales, a su vez, son una muestra, por una parte, de que el individuo no es dueño de sí mismo, de que no se domina hasta el punto de poner coto a sus costumbres dañinas, y, por otra, de que sufre carencias afectivas, vitales, profesionales. En resumidas cuentas: Quien tome la píldora para combatir la timidez o la obesidad, estará poniendo un parche en su vida y soslayando las verdaderas (y más inquietantes) causas.

No puedo dejar de sospechar que este romo y decimonónico mundo científico que produce semejantes parches, constituye el amparo de elementos facciosos de la sociedad, que ahora han determinado sustentar su dominio sobre la base de la extensión de drogas legales. Cuando más lejos creíamos la sombra de una dictadura mundial, vuelve a echársenos encima la amenaza de “un mundo feliz”. Jamás habría imaginado en mis tiempos jóvenes que reivindicar la infelicidad podía convertirse en un acto revolucionario. Pues bien, desde este mismo momento, reivindico, pido, invoco la infelicidad. Quiero llegar a ser yo mismo entre equivocaciones. Quiero la imperfección que se deriva de la práctica de la libertad. Quiero la imperfección en la que se genera toda heterodoxia. ¡Que no me hagan feliz y estilizado!

Gregorio Morales

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SEFARDITAS

Lorca afirmaba que era en Hispanoamérica donde había aprendido a valorar a España. Y es que tanto la España que él vivió como la que vivimos hoy son Españas mezquinas, cegatas, vueltas de espaldas a su propia importancia. Puede que esta incapacidad para reconocer los valores propios y el servilismo hacia todo lo que viene del extranjero, no sean sino un castigo por la soberbia ejercida en los siglos XVI y XVII. Pero no cabe duda de que vivimos en un país provinciano, cateto y colonizado. Se nota en todo, porque la vida es un holograma. A mí me basta con coger un suplemento literario cualquiera: Las mejores entrevistas, las mejores glosas son para los escritores extranjeros. Ni la libertad ni la creación ni la originalidad se le suponen a uno nacional, de modo que, si tiene la desgracia de encarnar alguna de estas características, está condenado al silencio. Sin duda, los editores de estos suplementos se creen muy cosmopolitas, muy versados, muy internacionales, cuando en verdad están dando un testimonio de rancia catetez e impregnándolo todo de crasa estulticia. Un país que no sabe reconocer lo nuevo, lo original, lo verdaderamente creativo que surge en su seno, es un país condenado al fracaso. ¡Es este mismo país que expulsó a los sefarditas, ajeno a que de este modo se hacía el haikiri! De ignorancias de este tipo viene la miseria actual. Por ello se me parte el corazón cuando escucho hablar o cantar a un sefardita en el viejo y entrañable castellano. Ellos son el símbolo vivo de cuanto España ha tirado y sigue tirando por la borda. Los oígo cantar y expresarse diseminados por todo el mundo y el llanto se me acogota en la garganta. ¡Qué infame país! Y, sin embargo, frente a la afrenta, ellos replican con el amor de nuestra lengua, transmitida celosamente de generación en generación, aún hoy, cuando los medios de comunicación son como una marea que lo arrasa y uniformiza todo. Siguiendo a estos sefarditas a través de Turquía, Nueva York, Polonia, Holanda Marruecos... siento de verdad lo que fue España y lo que, si no hubiera profesado tanta megalomanía, habría podido ser. A menudo, la diferencia entre un país de chichimosca, como el nuestro, y un gran país, radica en muy pequeños matices que crean a la larga divergentes espíritus. Uno de esos matices es justamente la incapacidad de verse a sí mismo, de aprehender lo valioso. Los países que tienen esta carencia viven hundidos en su propia miseria y son colonizados hasta en el pensamiento por los países temerarios, audaces, que creen en el valor de las ideas. La mayor parte de nuestros intelectuales, y fundamentalmente los de la capital del país, se hallan colonizados hasta el tuétano. Si se habla de algo nuevo, tiene que haber aparecido antes en Time o en cualquier otro medio extranjero. Sólo entonces abrirán sus avispados ojillos, aunque siempre con una mueca de reserva. ¡Ellos saben más! ¡Ellos están de vuelta de novedades! Claro que si la novedad no está avalada por el extranjero, entonces es que ni escuchan. Les basta con exhibir una sonrisa cachazuda, de superioridad, y cerrar sus castos oídos. ¡Como que a ellos los va a engañar alguien! ¡Como si no se supiean todas las artimañas de la competencia! Sí, en España sigue siendo un delito el talento. Estos intelectuales son los mismos que expulsaron a los moriscos, aunque se vistan de las galas más progresistas. Son los mismos que recelan de la ciencia, de la psicología, de la filosofía modernas. ¡País de mentecatos! Quisiera abominar de él, decir que esa herencia no va conmigo porque yo soy descendiente de aquellos a quienes obligaron por la fuerza a convertirse al cristianismo y cuya industriosidad y fecunda heterodoxia tiraron también por la borda... Quisiera decirlo, pero sería un subterfugio, porque he sentido en mis propias carnes la cerrazón insensata del stablishment hacia la estética cuántica. He sentido en mis propias carnes la reserva recriminadora del beato, hostil a cuanto pueda sacarle de sus contadas casillas. Hasta donde esperaba encontrar acogida, me he topado con la duda sarcástica, que es el modo en que los tontos rechazan lo que no entienden. A la hora de la verdad, el mundo intelectuald de este país es unánime: Rechazo feroz de lo nuevo; sólo mediocre tiene aceptación. A veces fabulo con la vuelta a España de los que fueron expulsados, con la existencia, junto a la del viejo intelectual o cristiano viejo, de los espíritus verdaderamente cosmopolitas y universales y que, por ello mismo, sienten un renovado interés por cuanto sucede a su lado, apoyando con su entusiasmo hasta la más inverosimil quimera. Sueño que viven con nosotros quienes, por ejemplo, creyeron posible la construcción del canal de Panamá y la apoyaron económicamente (sabido es que los españoles siempre la creyeron algo imposible). Pero la realidad es la dura realidad. Los intelectuales viejos mandan en este país, condenando a los pocos renovadores a convertirse en nuevos sefarditas. Los países miserables siempre repiten su propia historia.

Gregorio Morales

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SIETE EXPERIMENTOS QUE PUEDEN CAMBIAR EL MUNDO

Estos días se reúnen en Granada, en clamoroso congreso, científicos y divulgadores de la ciencia, para tratar justamente de esto, de cómo hacer partícipe de los nuevos descubrimientos al público en general. Pero el congreso huele a excesivo conservadurismo, como todo lo que tiene lugar en Granada, ciudad ya no sólo conservadora por excelencia, sino podrida en las aguas de lo más reaccionario. Desde luego, la prueba de que ideología y ciencia no sólo no están reñidos sino que van a la par, es este modo estrecho y pacato de mirar el hecho científico, poniendo un cinturón de castidad a todo aquello que transgrede los límites admitidos, bien científicos, bien literarios o filosóficos. Los responsables de tal evento creen estar haciendo historia y poniendo a Granada en un destacado puesto internacional, mientras que, en realidad, están realizando un ejercicio de lesa ceguera, de refrendamiento del más antiguo y deteriorado paradigma, que el paso del tiempo se encargará de señalar flagrantemente.

Frente a semejante vetustez, quiero reivindicar la osadía de científicos como Rupert Sheldrake, el brillante acuñador de la teoría de los “campos morfogenéticos”, cuyas ideas, de haber surgido en este hermoso pedazo de tierra, habrían sido masacradas, pisoteadas, ridiculizadas... ¡y, por supuesto, el “inmundo” de Sheldrake no habría sido invitado al congreso!

Sheldrake, haciendo trizas ese periclitado paradigma, plantea siete experimentos cuyas hipótesis, si se confirman, darán un vuelco revolucionario a la ciencia actual. He aquí las siete áreas propuestas:

a) La facultad de algunos animales domésticos de anticipar el retorno de su dueño a casa, aunque se produzca de una manera intempestiva o no regular. ¿Cómo pueden saberlo? ¿Se trata de algo olfativo? ¿Es debido a esas “mínimas pistas inconscientes” que van dejando los otros moradores de la casa? ¿O hay algo más?

b) La habilidad que tienen las palomas mensajeras para encontrar una dirección precisa. ¿Cómo lo hacen? ¿Se debe a una imagen fotográfica del entorno? ¿Su localización tiene que ver con la casa o con el destinatario? ¿Realizarían su misión igual de efizcamente en caso de que su objetivo fuera móvil?

c) La compleja estructura comunitaria de las termitas. Se ha comprobado, por ejemplo, que si destruimos algún elemento en su hormiguero y luego dividimos éste por la mitad, impidiendo al modo de un muro de Berlín la comunicación entre uno y otro lugar, las obreras de ambas partes restauran lo dañado con una precisión milimétrica, de modo que, quitando la separación, las dos “obras” coinciden como las piezas de un rompecabezas. ¿Cómo reciben las órdenes? ¿Cómo se comunican entre ellas?

d) Nuestra tendencia a apercibirnos de cuándo alguien nos está mirando por detrás. ¿Se trata realmente de algo psíquico? Sheldrake plantea un interesante experimento, que propone realizar a todos los interesados, y cuyos resultados pueden enviársele para ser tenidos en cuenta en la investigación, lo que hace añicos el concepto elitista de la ciencia.

e) La sensación que tienen las personas a las que se les ha amputado un miembro de que éste sigue vivo, de modo que puede producir dolor o dicha, como si pudiera ser maltratado o acariciado. Este hecho, y siempre que la amputación haya sido repentina, ocurre universalmente. ¿Se trata de actitudes cerebrales adquiridas o existe un cuerpo sutil debajo de éste? Que un científico de la categoría de Sheldrake llegue a plantearse semejante posibilidad, demuestra hasta qué punto desprecia la “decente” opinión de los ortodoxos.

f) La validez de la constante universal de la gravedad como una verdadera constante. Sheldrake demuestra cómo esa pretendida “constante” ha ido variando a través de los siglos y también de las últimas décadas, haciendo patente ante nuestros ojos que, en verdad, no parece existir ninguna constante y que ésta es producto de las sumas y divisiones estadísticas de los científicos. En su opinión, no se trata de errores de medición, sino de que todo en el universo fluctúa y cambia. Por ejemplo, ¿sabían que la velocidad de la luz ha sido también diferente en diferentes momentos, y que cada vez que se realizan mediciones se obtiene un resultado distinto?

g)El efecto que los puntos de vista de los científicos puede tener sobre su experimentación, hecho que, a estas alturas, está ya demostradísimo, bien sea por la creación de falsas teorías que confirman las expectativas, bien por la ocultación de datos que se antojan “inesperados” y “desagradables”.

Y bien...¡ahora que los reaccionarios se rasguen las vestiduras! ¿Qué estaba divulgando el congreso de Granada sino lo que ya ha sido divulgado hasta la saciedad? Estos señores siempre irán a la zaga de todo, si no es que, peor aún, con sus simples actuaciones no constituyen una inmensa rémora para la extensión de la ciencia del futuro y de sus inevitables consecuencias en la filosofía, la literatura y el arte.

Gregorio Morales