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ESCANDALIZADOS

Gregorio Morales

Yo creía que las cuestiones sexuales ya no suscitaban escándalo hasta que, con motivo de la salida de mi antología erótica El juego del viento y la luna, participé hace unas semanas en el programa televisivo de Julia Otero. En él expresé que, frente a la palabra latina fellatio, yo prefería la castellana mamada, la cual, además, se halla ya documentada en los procesos inquisitoriales del siglo XVII. Pues bien, una cosa tan nimia no sólo provocó el escándalo pudibundo de mi contertulia (Lucía Etxebarría), sino el de numerosos espectadores, hasta el punto que, desde entonces, hay personas que han dejado de saludarme.

Me he percatado con pasmo de que la legión de mojigatos, hipócritas y santurrones existe en todos los tiempos y también en éste,al que yo consideraba de vuelta de candideces y rasgamiento de vestiduras. Ahora veo cómo siempre hay dispuesta al golpe de pecho una legión de beatos y cantamisas. La misma que se ha alzando en armas en Francia contra las bellísimas fotos de Bettina Rheims y Serge Bramly, en las cuales se parafrasea fotográficamente hablando la vida de Jesús. Ahí está esa modelo crucificada y con corona de espinas que nos sirve en portada el último número de Photo, y que para los fariseos cristianos es piedra de toque de sus arrebatadas iras, olvidando que si alguna vez ha existido un hijo de Dios, tiene forzosamente que haber sido hombre y mujer a la vez, como lo somos cada uno de nosotros. De la misma forma que fue un hijo quien expió los pecados de la humanidad, podría haber sido una hija.

¿Que la foto rezuma erotismo? Cierto. ¿Pero no ocurre lo mismo con los crucificados más famosos que conocemos, los de Gregorio Fernández, los de Martínez Montañés, o el Cristo de Velázquez?

Todo es viejo. No somos los primeros en nada, ni siquiera en la provocación o en la irreverencia. Hemos visto cómo a la fellatio ya se la denominaba en el siglo XVII mamada. Tampoco Bettina Rheims y Serge Bramly han roto moldes con su bella crucificada. Felicièn Rops ya la había pintado ciento veinte años antes (1878) y, además, de una forma aún más indecorosa, pues en su obra la carne triunfa esplendorosa y radiantemente. Quien se alza sobre la cruz de Rops es el puro deseo erótico, hasta el punto de que el INRI es sustituido por un significativo EROS, y la corona de espinas por una de flores.

Los surrealistas fueron herederos directos del sacrilegio como provocación y elaborada forma artística, y así lo utiliza Bataille en su Historia del ojo, cuyos pasajes más obscenos transcurren dentro de una iglesia y tienen a un salaz cura por protagonista. Algo semejante hace Benjamín Peret en El vizconde Pajillero de los Cojones Blandos, donde parafrasea lascivamente las ceremonias religiosas. Dos siglos antes, durante la Ilustración, ya había actuado así Claudio Enrique de Fuzée con sus Ejercicios de devoción del caballero Enrique Roch.

Frente a estos testimonios, las fotos de Rheims y Bramly palidecen. Son púdicas, contenidas, timoratas. La belleza es fría, el erotismo, parnasiano. No hay verdadera provocación ni revolución en ellas. No son tampoco producto de un artista osado que se enfrenta a la sociedad, pues, de hecho, están pensadas para gustar a la sociedad. Que nadie se extrañe, por tanto, de que se haya gastado en su ejecución el dinero de una superproducción cinematográfica. Parece que estamos ante el montaje fotográfico más caro de la historia.

Todo en las fotos de Rheims y Bramly esta hecho para contentar a las almas castas y ortodoxas. Ni siquiera se deja ver el sexo de la mujer crucificada, cosa que, sin embargo, sí hace Felicièn Rops. Por ello, no logro entender el escándalo producido. Trato de indagar en las razones y, de súbito, me percato de que el arte ha sido siempre un reflejo de la sociedad en que nace. ¿No representan estas fotos a la sociedad presente? Debe de ser así. En ese caso, estaríamos ante una sociedad más cerrada, más anquilosada y pacata que nunca. La carne es objeto de martirio y no de triunfo gozoso como en los tiempos de Fuzée, de Rops o de Bataille. No practicamos el sexo, por lo que éste nos desborda en forma de suplicio y reconvención. La mujer de Rops, en fotografía, habría sido inmediatamente censurada. Así que para una sociedad conformista se necesita un pequeño escándalo, un escándalo también conformista. Las fotografías de Rheims y Bramly son la ración mínima de escándalo que cualquier sociedad necesita para sobrevivir. Significan sólo un leve toque para que lo rancio (que lo impregna todo) no acabe por pudrirse gangrenando a su paso hasta el más microscópico rincón.

El Faro, 8 de enero, 1999