EROTISMO
E INDIVIDUACIÓN
La conducta licenciosa de Gyatso, el sexto
dalailama, escandalizaba a sus fieles, quienes fueron a quejarse. Gyatso
los recibió en la terraza de su palacio.
-Tengo amantes como vosotros ‑reconoció-.
¿Pero acaso creéis que poseer a una mujer es lo mismo para mí que para
vosotros?
Se acercó al borde de la terraza,
se sacó el miembro y orinó. El chorro cayó a la calle, ascendió y volvió
a introducirse por donde había salido.
-Haced lo mismo ‑le dijo
a su estupefacto auditorio‑, y si no sois capaces, comprended
que mis juegos con las mujeres son diferentes de los vuestros.
O sea, que si dos personas van
por el mismo camino, no implica que vayan al mismo sitio. Uno puede
gozarse en la intensidad y deseo que proporciona el erotismo, pero,
como en el caso de Gyatso, puede utilizarlo también como una palanca
para alcanzar otras realidades. Así lo ha hecho siempre, por ejemplo,
el tantrismo, con el propósito de lograr la unión con la divinidad.
Pero no deseo ir hacia algo tan
lejano para el hombre occidental. El erotismo es un camino que conduce
a múltiples lugares. Puede, por ejemplo, servir para conocerse a uno
mismo, para hacer aflorar en nosotros esa parte única e irrepetible
que no tiene ningún otro ser humano, la parte que más debemos utilizar
en favor de los demás.
¿Y cómo se conoce uno a sí mismo?
Para mí es paradigmática la novela china Jou Pu Tuan (Esterilla
de oraciones de carne), escrita por Li Yü a mediados del siglo
XVII. En ella, el protagonista ansía desaforadamente la belleza y el
placer de las mujeres, y a la consecución de ese objetivo dedica muchos
años, logrando las cortesanas más hermosas y lúbricas. Únicamente no
puede conseguir a la que dicen es la más bella y experimentada de todas,
la cual se ahorca antes de que él entre en su alcoba. Cuando la contempla,
repara en que es su primera esposa, a la que había abandonado muchos
años antes.
Desengañado, comprendiendo que
la mujer más irresistible había sido justamente aquella de la que había
gozado en primer lugar, el protagonista se corta el miembro y se retira
a un monasterio. En este momento, cobra sentido el título de la obra:
La mujer ha sido la esterilla de carne en la que el protagonista
ha orado. Es decir, su eros ha sido en realidad un camino de ascesis.
De súbito, el protagonista descubre su ceguera, causante de una ambición
desproporcionada y de un viaje tautológico, circular: Como los que están
perdidos en el desierto, no ha ido a ninguna parte y todo su caminar
ha resultado baldío. El erotismo le ha servido para conocer su infatuación
y, al conocerla, se ha liberado de su yermo interior. Ahora le esperan
nuevos paisajes y tesoros. El final de la obra no es sino una parábola:
El verdadero erotismo reside en nosotros. No hay que buscar en otros,
hay que buscar en nuestro interior.
He aquí la tragedia erótica del
hombre moderno: Busca en los demás lo que no sabe vislumbrar en sí mismo.
Como no ahonda en la fuente recóndita, proyecta un pobre erotismo sobre
los demás, el cual se agota a las primeras de cambio, obligándolo a
una continua peregrinación semejante en todo a la del protagonista del
Jou Pu Tuan. Curiosamente, erotismo y fidelidad están mucho
más unidos de lo que nos imaginamos, pues sólo quien ha descubierto
el volcán del que manan todas las energías, puede pasar muchos años
con una sola mujer u hombre. Y es que, cuando abraza al otro, lo envuelve
en su propio río de fuerza, de lascivia, de deseo, un río que anega
y arrastra en su corriente todopoderosa hacia la comunión con el cosmos.
Así que podemos conocernos por
tests psicológicos, o por los sueños, o por el conductismo, o por el
psicoanálisis, pero el camino más directo y más efectivo es el del erotismo.
¿Qué amo? ¿Qué busco? ¿Qué anhelo? ¿Cómo me aman? ¿Qué características
tienen mis amores? El erotismo es arte y es cultura. Por lo primero,
nos sentimos embargados de placer; por lo segundo, ampliamos nuestro
campo de experiencia. Así que también se puede ser analfabeto en erotismo
y es, desde luego, uno de los analfabetismos más terribles de la contemporaneidad.
De ahí paradójicamente que los elementos más nimios se hallen erotizados,
mientras el corazón del hombre está seco como una higuera maldita.
En definitiva, cuanto más profundizamos
en nuestro erotismo, más nos conocemos. Y cuanto más nos conocemos,
más eróticos somos.