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| Gregorio Morales, El amor ausente,
Granada, La General, 1990 |
CAPÍTULO
PRIMERO
¿He
conocido alguna vez el amor? Sé que esa palabra mueve el mundo, las vidas
el arte, ¿pero encierra un contenido? Quizá sea una palabra mágica que
pervierte todo aquello que toca, una palabra que con sus sola presencia
hace enloquecer, pero una palabra vacía a fin de cuentas, algo que se
sirve de otras realidades para engrandecerse a sí mismo. Acaso el amor
no consista sino en un conglomerado de sustancias espúreas, unidas en
torno a una nada por nuestro inconsolable deseo. Aunque también sería
posible que respondiera a una existencia, que fuera algo tal y como nos
lo cuentan los libros, por más que yo no lo haya conocido, que no haya
venido a envolverme y a ofrecerme esa trascendencia que dicen confiere
a sus posesos. A no ser... ¿pero era aquello verdaderamente amor? ¡Qué
amor más extraño si es que en algún momento llegó a serlo! Mi último guión,
en el que tantas energías había puesto, fue rechazado por la productora
y, descorazonado, aturdido, sin comprender exactamente las causas, decidí
tomarme unas vacaciones, pasarlas en una ciudad que hubiera visto diversas
edades, edades de apogeo y de derrota, de euforia y de tristeza, como
si desease enterrar mi desconsuelo con el desconsuelo de otros hombres,
mostrarme patentemente que lo que queda tras el desastre o el triunfo
es siempre el vacío, las ruinas decrépitas de lo que fue, de modo que
así mi fracaso adquiría otra dimensión, se volatilizaba y se hacía relativo
en lo relativo. Este yo herido que tanto me dolía, dejaría de serlo al
deambular por donde se le antojase, al perderse y dejarse llevar por las
ensoñaciones, conducido por el capricho y la casualidad, arrojando algo
de su vida en los sitios por donde le arrastrara el azar, palpándolo todo
como si, al igual que los amantes, debiera acariciar la piel de las calles,
única forma de saber de quien nos seduce, de penetrar en él y de crecer
con una intensidad pareja a la que nos incendia. Porque, en el fondo,
lo que yo buscaba era algo que nunca hubiese conocido, un amor o una ciudad
ante cuya presencia anclar mi naufragio, con cuyos paisaje recuperar la
fascinación aletargada, olvidar todas aquellas cosas que me habían desecado
durante tantos años de lucha baldía en una ciudad en la que, nunca insistiré
lo bastante, había flotado a la deriva, conducido a merced de las corrientes,
las modas, las relaciones, los flashes, siempre en persecución de lo que
sólo es posible conseguir en la sombra, porque no se engendran la vida
y el pensamiento donde mana la luz, sino en la soledad y en las tinieblas,
y un hombre y una mujer retirados del mundo son el origen de nuestra vida,
y la noche y el sueño, el lento goteo de nuestras miserias, el origen
del pensamiento.
Iría
a Roma, pensé, sabiendo que la elegía sin ajado esnobismo ni candidez
de turista, sino como podría haber elegido cualquier otra ciudad que hubiera
visto pasar razas, edades, alegrías, miserias, riquezas y ruinas, y que,
a pesar de todo, pudiera ser amada pasionalmente, con esa pasión que a
la vez que nos lanza fuera de nosotros es un requisito para recuperarnos
cuando hemos sido deshechos por la existencia.
No deseaba
grupos turísticos,ni hoteles ni agencias, sino vivir en un sitio cualquiera,
ser uno más de sus habitantes, jugar a que pertenecía a él, creer que
durante el resto de mi vida le seguiría perteneciendo, pues, al igual
que con los amantes, a una ciudad no se la conoce mientras no se convive
extensamente con sus días, hasta que no aprehendemos su hastío, sus obsesiones,
sus mezquindades y megalomanías. Es fácil deslumbrarse ante la primera
visión de la hermosura, pero ya no lo es tanto el que ese deslumbramiento
continúe cuando nuestras manos han acariciado muchas veces la piel amada.
Necesitaba
perderme y ser molestado de una forma salvadora por la vida. Nada hay
para curarnos en la desazón como dejar que el fragor irrumpa en nosotros,
que cale en nuestros huesos, abrirse al ruido y a las molestias del existir,
de las que codiciosos de una intimidad agarrotante huimos generalmente,
y para eso necesitaba un apartamento donde mezclarme con vecinos, con
el portero, con tenderos, donde el teléfono amenazara con sonar a destiempo
quebrando sueños, un sitio donde, si lo deseaba, aburrirme una noche ante
la televisión mientras la ciudad permanecía a mi lado dulcemente ignorada.
Aunque no se me escondía que, siendo sólo para un mes y con el escaso
presupuesto que debía manejar, me iba a ser difícil conseguirlo.
Hice
todas las gestions que estuvieron en mi mano y, como había previsto, no
encontré lo que buscaba. Los pocos apartamentos con que logré contactar
tenían precios desmesurados y, además, formaban parte de cadenas que se
alquilaban por semanas a ejecutivos, justo lo contrario de mis propósitos.
Los ambientes internacionales, por su uniformidad, llevan siempre consigo
el tedio y las formas vacías, y yo ansiaba huir de todo aquello. Descartados
pues los lugares de alto standing, estaba resignado a irme a un
hotel que encontré en el ramillete de ofertas de una guía para turistas
poco bollantes, cuando recibí una llamada que iba a cambiarlo todo.
-¿No
querías ir a Roma? me espetó Fernando nada más descolgar el auricular.
Días antes le había comentado mis intenciones-. Una amiga deja su apartamento
por unos meses para rodar una película.
-¿Tú
crees que...? le pregunté con mal contenida ansiedad. Sentía como
si el destino hubiera venido a buscarme, como si, ya que no me había sido
favorable en lo que con tanta vehemencia perseguía, quisiera ahora reparar
el agravio con un inesperado regalo. Así de caprichoso es el azar. Nos
escamotea lo que deseamos manifiestamente y , con pequeños pasos que ni
siquiera advertimos, nos conduce hacia rutas por las que, desengañados
o impotentes, habíamos desistido de transitar.
-¡Por
eso te lo digho, chorlito! me respondió-. Lo alquila. Le hablé de
ti.
Expresándose
ahora con tranquilidad, en ese su tono que entre bromas ambos denominábamos
benévolo, me puso al corriente de todo. El piso se hallaba en una
zona residencial. La chica se llamaba Mariazel Santiago. Era una actriz,
novia del hijo de Jocelyne Ducret, la que había sido famosa estrella en
los años sesenta y que aún seguía siendo una de las mujeres más bellas
y deseadas del mundo del cine.
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