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CONSILIENCIA (CONSILIENCE)

Gregorio Morales

¡Extraña palabra! La emplea el entomólogo americano Edward O. Wilson (Alabama, 1929) para referirse a la unidad de las ciencias, y viene, como casi todo en los últimos tiempos, del término inglés (intraducible al castellano) consilience. En su último libro, La unidad del conocimiento (publicado en España por Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores), Wilson postula saltar por encima de las aparentes barreras que dividen a las ciencias para hacerlas consilientes, es decir, unirlas en un todo complejo que seguiría principios y terminología idénticos, desde la física y la química, pasando por las ciencias naturales y la biología, hasta los problemáticos campos de la sociología, la economía, la literatura y el arte. En sus páginas, Wilson ofrece claros y precisos ejemplos de qué modo y bajo qué criterios podría producirse tal consiliencia.

A pesar de lo que se pueda creer, Wilson no es desde luego un hombre moderno. Como científico, parece anclado en el siglo XIX, impregnado hasta los tuétanos del mecanicismo newtoniano y de las más salvajes teorías darwinistas sobre la evolución, incluidas ingenuidades que los científicos actuales habían ya descartado o revisado. Resulta significativo que, en un libro de casi quinientas páginas, Wilson no nombre ni una sola vez la física subatómica ni mucho menos aquellas de sus investigaciones que han puesto en la picota el orden racional, lógico y causal de la ciencia tradicional. En su visión naïf de la realidad, Wilson piensa que cuanto nos rodea tiene una existencia objetiva, que el hombre puede conocer y cartografiar (esta palabra llega a ser obsesiva en el libro) no sólo cuanto le rodea, sino también la mente, las ideas, el psiquismo. Todo, desde la partícula más infinitesimal al más complejo hombre, funciona para él como una precisa máquina, por lo que, en opinión suya, si conocemos sus mecanismos, podremos explicar absolutamente todo, incluidas las emociones, la creatividad o la supuesta espiritualidad humanas.

Puede que el relativismo en el que nos encontramos haga parecer revolucionaria o contestataria la visión de Wilson, pero ésta es sencillamente demodée, simplista y de un positivismo que induce a compasión. Y sin embargo, sí que hay algo nuevo y terriblemente actual en su visión, y es la misma idea de consiliencia. Los profundos y constantes descubrimientos en los diferentes campos hacen necesaria su unidad, primero como un modo de ayuda recíproca entre unas ciencias y otras, y, segundo, como una necesaria teoría común que impregne el conocimiento total. ¡Y la novedad llega hasta su aplicación a la literatura y a las artes! Wilson no duda en ningún momento de que esto pueda hacerse. “La mayor empresa de la mente”, dice, “siempre ha sido y siempre será el intento de conectar las ciencias con las humanidades.” Y añade: “Si el mundo funciona realmente de manera que fomenta la consiliencia del conocimiento, creo que la empresa de la cultura acabará por caer dentro de la ciencia, y, en particular, las artes creativas.” No hay dudas al respecto cuando señala: “Ni las ciencias ni las artes pueden estar completas sin combinar sus puntos fuertes respectivos. La ciencia necesita la intuición y el poder metafórico de las artes, y las artes necesitan la sangre nueva de la ciencia.”

¡Y esto mismo es lo que llevamos diciendo desde hace varios años un grupo de escritores, poetas y artistas plásticos! El libro de Wilson apareció en Estados Unidos en 1998. De la misma fecha, es mi obra El cadáver de Balzac, donde abogo por esa unión y señalo los puntos fundamentales en que puede darse. Pero mi primera conferencia, aquella en que postulé cuáles habrían de ser los principios que informaran una estética científica, fue impartida el 9 de  junio de 1995, en el congreso de Valencia “La diferencia posible”. Y lo digo porque este país es tan miserable y está tan colonizado culturalmente hablando, que, tras haber sido vejado por mis ideas, ahora que comienzan a sostenerse por prestigiosos entendidos, posiblemente ya no nos pertenecerán más ni a mí ni a ninguno de los que valientemente están experimentando con ellas. España es tan mentecata, niega tanto la valía de sus ciudadanos, que no me cabe la menor duda de que si Wilson nos visitara, sería acosado por los medios de comunicación, y que aquellos que con ofendida dignidad nos negaron y nos siguen negando el pan y la sal, suspirarían por poder entrevistarlo. Miopía, estulticia... Sólo en asuntos como éstos, en que de verdad se pone en el tapete una idea moderna y revolucionaria, se ve que la ceguera es algo general del país, y que la practican todos, independientemente de su ideología o clase social. Tirios y troyanos rezuman pereza intelectual.

Hace poco, con ocasión de la presentación en Granada del Grupo de Estética Cuántica, un periodista nacional le decía impotente a uno de sus miembros que había planteado el asunto en la redacción y que no había interesado para nada. El programa “Imaginaria” de Canal Sur incluyó unos segundos sobre el mentado grupo... ¡en el contexto de un programa de humor! Es decir, chanzas, denigración o... sospechoso silencio. Demasiado sospechoso silencio.

Pero el mundo sigue avanzando. Y la realidad de la unión entre ciencia y artes resulta cada día más imparable y apabullante. Para acabar con palabras de Wilson (puesto que las nuestras siguen escandalizando): “No existe ninguna barrera entre el mundo material de la ciencia y las sensibilidades del cazador y el poeta.”

Es decir, consiliencia.

Publicado en el diario Ideal, miércoles, 29 de julio de 1999

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