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La literatura ante el nuevo siglo

CIENCIAS MÁS LETRAS

“El arte será cada día más científico, del mismo modo que la ciencia se volverá cada día más artística. Las dos cosas se reencontrarán en la cima después de haberse separado en su base.”

“Cuando estudiamos problemas verdaderamente fundamentales es cuando esperamos encontrar respuestas bellas. Creemos que si preguntamos por qué el mundo es como es, y luego preguntamos por qué la respuesta es la que es, al final de esta cadena de explicaciones encontraremos algunos principios simples de belleza irresisitible.”

Pero aún va más lejos al afirmar que ni él ni sus compañeros aceptarían una teoría como final “a menos que no fuese bella”.

La ciencia, pues, se hace artística. Después de haberse tenido que enfrentar a paradojas como el “principio de incertidumbre” de Heisenberg o el de “complementariedad” de Bohr, o a las aparentes contradicciones del “pensamiento borroso” de Kosko, comienza a considerar a la literatura como un método más de conocimiento.

Los novelistas y poetas, por su parte, adoptan poco a poco el nuevo paradigma científico. Ocurre en todo el mundo, también en España, aunque con mayor lentitud y renuencia por parte de nuestros intelectuales, que, debido a la dictadura, tuvieron que permanecer (sin otro remedio) anclados en teorías que el mundo comenzaba a superar. Con el aislado (y admirable) precedente de Cirlot en los años sesenta, y de Vintila Horia en los setenta, habrá que ir luego a Arrabal y, más adelante, a Rafael Guillén, para entrar de lleno en las nuevas concepciones, que hoy en día comparten un numeroso grupo de escritores. En su reunión de Valencia en junio de 1995, el Salón de Independientes, colectivo de sesenta escritores, hacía público en un comunicado que “partiendo de una estética que llamamos ‘cuántica’, las técnicas literarias deben experimentar una profunda regeneración”; y que “nuestro propósito principal es la libertad para una ‘expresión cuántica’”.

Lo realmente significativo es que estos escritores se sienten comprometidos con la libertad y con los derechos del hombre, pero reivindican para lograrlo una estética muy diferente a la del realismo en sus variadas (y todas ellas reductoras) versiones: “realismo social”, “realismo mágico”, “dirty realism”... Comprendiendo que la mayor parte de las teorías sociales que avalan estas estéticas han conducido al aplastamiento y uniformación del hombre, a su consideración como decorado pintoresco o como mero factor numérico, cuando no a las dictaduras y crímenes más horrendos, ponen como centro de su hacer la teoría junguiana de la “individuación”: La democracia, con el estado laico, es el mejor de los sistemas políticos conocidos y el único donde un hombre y una mujer pueden individuarse sin castrantes imposiciones ni relagamientos al Gulag. Desde este punto de vista, creo que se puede comprender bien el sentido del nuevo paradigma: Asumir las consecuencias de la física subatómica o de la astronomía contemporáneas no significa deshumanización ni atomización, sino, muy al contrario, rehumanización, integración y sentido. No en vano las nuevas teorías, con los ya mencionados principios de complementariedad e indeterminación más el llamado “principio antrópico”, vuelven a poner al hombre en el centro de universo. Las últimas hipótesis vienen a decir que es el observador quien, con su presencia, crea cuanto le rodea. De ahí que el universo, la ciencia, la literatura... se parezcan sospechosamente a nosotros mismos. Schrödinger, con la teoría de su famoso gato, llega aún más lejos y nos dice que, de los millones de universos paralelos que fluyen a nuestro lado, somos nosotros quienes elegimos, con nuestra simple presencia, uno de ellos. El experimentador interviene (perturbándolo) en el acto de experimentación. Por eso los fotones se comportan, según la observación, como onda o como partícula. Por eso no podemos medir a la vez la posición y la velocidad de un corpúsculo.

Pero todo esto son minucias si tenemos en cuenta otros extremos a los que ha llegado la ciencia de nuestros días y que traen un cambio revolucionario a la literatura y al arte. Por ejemplo, no existe la “separabilidad”, tal y como nosotros la entendemos. El universo completo es un magma compacto, en el que basta arrancar una flor en la tierra para que repercuta en la galaxia más lejana. De otros experimentos parece deducirse que existen velocidades superiores a las de la luz, de modo que la comunicación entre las partes más remotas del universo puede ser instantánea. Ya han comenzado a realizarse, por otra parte, las primeras experiencias de teletransportación, algo que hace unos años habría resultado impensable o propio únicamente de la ciencia‑ficción.

¿Cómo afecta todo esto a la literatura? Salvo contados ejemplos como los citados anteriormente, a los que habría que añadir el sobresaliente de Borges, la literatura de las últimas décadas ha ido cerrándose cada vez en límites más estrechos, más mezquinos. El moralismo ha sustituido a la heterodoxia. La palabrota a la palabra. La fisiología al pensamiento. Los fluidos a las emociones. La explicación al hecho. La retórica a la convicción. Tenemos, salvo honrosas excepciones, una novela inane, autores inanes, editores inanes, crítica inane, gestores culturales inanes... No, no digo lectores inanes, porque éstos tienen hambre de conocimiento, de verdad, de sentido, y devoran con fruición aquellos pocos libros que vienen a calmar sus ansias. Porque uno de los problemas de la literatura actual es justamente el desprecio del lector, considerándolo como un menor de edad o peor aún, como un ser pasivo que consume sólo aquello que se publicita.

Todo se ha hecho pequeño en la actualidad. La civilización occidental ha llegado a los lugares más recónditos, hasta el punto de que, según las estimaciones más optimistas, para el 2.040 se habrá arrasado completamente la selva amazónica. Se puede llegar ya a casi todas las partes del mundo, las cuales, además, nos muestran una y otra vez los cientos de cadenas televisivas que pueden recibirse en un hogar. La literatura de viajes y descubrimiento ha perdido su sentido . Y con la cantidad de películas y seriales que absorbe al día un hombre moderno, también lo ha perdido la novela de costumbres o “de la experiencia”. Sólo nos queda una “terra incognita”, vasta, inmensa: El conocimiento del hombre. Que haya aún científicos seguidores del mecanicismo decimonónico que afirmen que la conciencia es un mero epifenómeno, demuestra hasta qué punto el analfabetismo sobre el ser humano y su evolución se halla incrustado hasta en la misma médula de los huesos. Son completamente ignoradas las teorías de Jung, trasunto exacto en la psicología de los descubrimientos subatómicos. Y esto no es una afirmación gratuita. Entre otros cientos de testimonios, la larga correspondencia cruzada entre Jung y el premio Nobel W. Pauli, nos lo demuestra: Ambos trataron de hacer lo mismo en sus respectivos campos y, sin duda, lo consiguieron. Por ello, las coincidencias resultan abrumadoras.

Jung es el camino mediante el cual las frías fórmulas matemáticas de la física subatómica se hacen carne, sangre, mujer, hombre y literatura. Por una parte, el mísero mundo que hemos habitado hasta ahora se amplía por lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Por otro, el hombre se convierte en una inmensa selva inexplorada, a imagen del vasto universo y del vasto mundo microfísico, cuya aventura interior deberán iniciar los pioneros. La nueva literatura se inclinará sin duda hacia estos nuevos polos: Lo extraordinario antes que lo común; el individuo frente a la generación; el personaje, no el prototipo; integración frente a exclusión; pensamiento borroso en lugar de pensamiento binario; consideración de la conciencia como un icerberg del inconsciente; la conquista del inconsciente como viaje y aventura; sincronía frente a azar; memoria holográfica y no evocación; complejidad frente a esquematismo...

Ya hay escritores en cuyas obras se apuntan estas ideas en mayor o menor grado, y cada cual con su estilo propio, con sus preocupaciones, sin responder a postulados de partido ni de escuela. Por poner unos pocos e incompletos ejemplos, en la narrativa tenemos a Miguel A. Diéguez, Jesús Ferrero, Heinz Delam, José Mª Latorre, Carmen Martín Gaite, Manuel Villar Raso o José Vicente Pascual; en poesía, Fernando de Villena, Miguel A. Contreras, Francisco Plata, David Delfín, Ignacio Aberasturi, Josefa Fernández Garzón...

Que conste que hablo de cosmovisión, de paradigma y nunca de “fórmulas para hacer literatura”. Estamos en un país que reduce siempre lo grande a lo mísero, degollando así cualquier intento de liberarse de las rancias ataduras. Pero lo expresado hasta el momento nada tiene que ver con recetas de cocina ni cánones escolares, sino con un espíritu del que creo que estarán insuflados el arte y la literatura próximos  y, a partir del cual, cada obra llevará a cabo la aventura de su singularidad.

Gregorio Morales, República de las Letras, enero, 1999

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