LA
CANCIÓN SECRETA DE LOS LIBROS
Gregorio Morales
Muy pocos saben que los libros son una canción.
Y no estoy utilizando una metáfora. Me refiero a una real, verdadera,
efectiva canción. ¿Cómo puede ser esto? ¿No sería entonces posible
que, por ejemplo, una novela tuviera el mismo éxito de ventas que
un disco de Alejandro Sanz? Estoy convencido de que esto es posible.
La música es la parte más primitiva, más ancestral de nosotros mismos,
reconocible incluso por el feto en el interior de su madre. Cuando
nos acercamos a un libro como a una canción, se rompe la barrera que
mantenía alejados de él a millones de personas.
¿Pero cómo es posible que los libros
sean canciones? ¿No son en realidad un batiburrillo de letras y palabras?
En efecto. Pero las letras, las palabras y las frases tienen un ritmo
propio. Cuando leemos, el pensamiento y la acción que se desgranan
en el libro, dejan en nosotros una vibración característica, un compás,
una música. Y esas ondas son absolutamente diferentes de un
libro a otro. No sólo porque cualquier libro se diferencia de todos
los demás, sino porque de él se despliega también la música de cada
autor. Aun en el caso del más descarado plagio, no hay jamás un estilo
idéntico a otro. Claro que, a mayor originalidad, más distinta es
esa música. A mayor veracidad, más bella es. De modo que las características
de un libro que sea singular y que nos hable profundamente, son el
exotismo y la extrema belleza. Como ocurrre en El Quijote.
O en La Biblia. O en Las Mil y Una Noches.
Tomemos este último. Nos parece
un libro exótico porque todo lo que se nos muestra en él (el ambiente,
los personajes, las aventuras, la sensibilidad) es distinto de lo
que conocemos por propia experiencia. Es extremadamente bello por
la repetición de unas características que subyugan: el hecho de que
Sherezade se encuentre cada noche al borde de la muerte y sea la fantasía
de sus historias la que la libra de ella; la pintura exquisita de
las mujeres, siendo uno de los libros de todos los tiempos más plagado
de seductores desnudos; el erotismo que lo impregna todo, y que genera
intensidad, admiración y deseo; la sabia y dosificada mezcla de la
crueldad con la bohomía, de la sabiduría con la estulticia, de lo
prosaico con lo imaginativo... Todo esto produce innúmeras canciones,
canciones de amor, de sexo, de magia, de suspense, de diversión, componiendo
un libro polifónico que podría representar por sí solo a la humanidad
entera.
¿Pero cómo podemos reconocer la
música de un libro? Lo importante es reparar en que, agazapada entre
los folios impresos, late siempre una melodía. Desde el momento en
que esto se intuye, los libros comienzan a cantar sus mejores canciones
para nosotros.
Creo que existe una forma intuitiva
de aprehender esa melodía y que todo buen lector sabe leer perfectamente
cada partitura. Así, la música de El Quijote es una alternacia
de ritmos agudos (Sancho Panza) y graves (don Quijote) que se van
mezclando gradualmente hasta, al final, conjuntarse en una apoteosis
orquestal. La sinfonía es tan hermosa que nunca se olvida. Hay libros
de ritmo lento, como los de Gabriel Miró; de ritmo rápido y abrupto,
como los de Azorín; de ritmo barroco, como los de Alejo Carpentier;
de ritmo fluido y desbocado, como los de García Márquez...
Si tuviéramos que resumir unos
mínimos pasos para hacernos con la canción de una obra determinada,
diríamos que, en primer lugar, hay que acercarse al libro sin prejuicios,
con los ojos, los oídos y el pensamiento bien abiertos, como quien
inicia una aventura o se prepara para nunca imaginados descubrimientos.
En segundo lugar, conviene leer
algunos de los párrafos en voz alta, gozándonos en la sonoridad, en
la adecuación de unas palabras a las otras, en la armonía, en la pertinencia
para decir lo que se quiere decir.
En tercer lugar, es necesario no
atarse a las líneas del texto, o sea, a los árboles que impiden ver
el bosque, sino ir más allá, al párrafo, a la página; es decir, hay
que sacudirse uno de los peores enemigos de la lectura, que es el
de transitar por el texto como si estuviéramos en la más rigurosa
formación militar, marchando por donde se nos ha ordenado marchar.
¡No, no y mil veces no! Un texto es una selva virgen, y tenemos el
derecho de caminar por donde mejor nos parezca. Lo curioso de todo
esto es que la lectura en perspectiva, aquella que nos permite ver
la selva antes que los árboles, nos da una idea bastante exacta de
cuál es el ritmo completo del libro, de cuál es la canción que atesora
y, una vez con ella en nuestro poder, podemos descender hacia los
detalles más nimios, y leer si queremos en la más estricta formación,
porque cuando tenemos la melodía secreta en nuestra mente, lo que
se nos ofrece ahora es el mismo espíritu creativo que animó al escritor.
De esta forma, sentimos con él el irrefrenable fluir de su escritura.
Y es que, alejándonos, descubrimos
los caminos, el mapa, la simetría secreta del libro. No otra cosa
es la música, sino simetría. Para Fray Luis de León, la belleza del
cosmos radicaba en su música:
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
(...)
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es de todas la primera.
Ve cómo el gran maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta...
¡Números concordes! ¡Consonante
respuesta! O sea, que si el cosmos tiene música y esa música desprende
una irresistible belleza, se debe a su simetría. Hoy sabemos incluso que
esa simetría es hasta tal punto extrema, que los astrofísicos la denominan
supersimetría.
Pero no debemos quedarnos en esta
canción, sino ir mucho más lejos. Al igual que el escritor tiene su propia
música, nosotros también tenemos la nuestra. Y es que cada uno de nosotros,
autores o lectores, somos una vibración única e irrepetible del cosmos.
Lamentablemente, mientras somos ignorantes de ella, permanece enterrada
en nuestro interior. La sociedad no nos ayuda a reconocerla; por el contrario,
prima las características comunes por encima de las que nos diferencian.
Parece ser más importante definirnos junto a otras personas por la edad,
el género, la nacionalidad o la profesión, que por lo que realmente somos.
Pero cuando nos hemos convertido
en instrumentos que han interpretado la melodía de un gran número de libros,
esta música almacenada llega como una llave a nuestra propia esencia
y libera nuestro pensamiento más genuino y, con él, el ritmo que nos ha
sido dado, nuestro íntimo compás.
Desde la más remota antigüedad,
los pueblos han sido conscientes de este íntimo compás. Así, a cada esquimal
se le imponía un nombre secreto que no podía revelar a nadie. En este
caso, pues, es el nombre el que cifra el ritmo interior, la esencia, la
personalidad. Desvelar nuestra melodía, la palabra que nos contiene, es
como desnudarnos a nosotros mismos; o más aún, ponernos al albur de que
los demás puedan apoderarse de nuestra alma merced a la pronunciación
de las palabras secretas. La costumbre de un nombre que nadie puede conocer
ha sido compartida por muchos pueblos, y aun hoy día los niños, que son
los representantes de la primera humanidad, la suelen poner en práctica
en sus juegos. Una sobrina mía de 9 años ha fundado con sus amigos un
club, cuya primera norma es la imposición de un nombre secreto, que no
se puede comunicar a nadie, a cada uno de sus miembros.
He aquí el milagro de los libros.
Nos reconcilian con la esencia más profunda de la humanidad pasada y futura,
revelándonos al mismo tiempo el prodigio de nuestra individualidad.
Una canción normal se fija en nuestra
mente y la tarareamos, a veces obsesivamente, pero sin mayores consecuencias.
No obstante, las canciones de los libros sacan desde el fondo del pozo
nuestro ritmo más secreto, ése en el que somos únicos y nada ni nadie
nos puede superar. Sólo aquel que ha encontrado su propio tesoro, puede
dar algo de valor a los demás. Por ello, individualidad y solidaridad
no sólo no están reñidos, sino que se complementan.
Es, pues, necesario que todos conozcan
su melodía secreta. Creo que es a ella a la que se refiere el Romance
del Conde Arnaldos:
¡Quién hubiese tal ventura
sobre las
aguas del mar,
como hubo
el conde Arnaldos
la mañana
de San Juan!
Con un halcón
en la mano
la caza iba
a cazar,
vio venir
una galera
que a tierra
quiere llegar.
Las velas
traía de seda,
la jarcia
de cendal,
marinero que
la manda
diciendo viene
un cantar
que la mar
facía en calma,
los vientos
hace amainar,
los peces
que van por lo hondo
arriba los
hace andar,
las aves que
andan volando
en el mástil
las hace posar;
allí habló
el conde Arnaldos,
bien oiréis
lo que dirá:
-Por
Dios te ruego, marinero,
dígasme ahora
ese cantar.
Respondíole
el marinero,
tal respuesta
le fue a dar:
-"Yo
no digo esta canción
sino a quien
conmigo va.
¿Cuál era el fascinante cantar del marinero?
No cabe duda de que su música interior. Los símbolos de la composición,
desde luego, no pueden estar más claros. Las aguas del mar constituyen
un claro símbolo del inconsciente, elegido a menudo por los sueños para
representarlo. La barca y el marinero aluden a la conciencia flotando
en las aguas primordiales. Y es aquí, en las aguas primordiales, en nuestro
inconsciente, en los sueños, donde se esconde nuestra música secreta.
Por ello hay que penetrar en su oscuridad, aprehender su plegada simetría.
Lo que vamos a encontrar es la
más turbadora e irresistible de las músicas. Otra no lograría poner el
mar en calma, hacer amainar los vientos o trastocar el lugar de aves y
peces. Pero el poder de esa melodía radica en ser consciente de ella.
No otra cosa, como hemos visto, significan la barca y el marinero. Son
la conciencia abriéndose paso a través de la inmensidad abisal del inconsciente.
El marinero es la persona que se ha elevado de las aguas primordiales
y ha encontrado, en el libro de su vida, su propia canción. De ahí surge
el arrebato que siente el conde Arnaldos al escucharla. ¡Nunca antes había
oído una música interior! Ha tenido la fortuna de que el destino abra
ante él un fascinante libro.
Pero si el conde Arnaldos ha escuchado
esa música, ¿para qué pide al marinero que se la diga? Simplemente
porque lo que quiere es conocer las claves; saber cómo se puede pasar
de la música del marinero a la suya propia. Pero ¡ay! no sabe que para
ello hay que conocer otras músicas; no sabe que sólo escuchando a los
demás, sólo leyendo en ellos, puede hacer aflorar gradualmente
la vibración irrepetible que late en su interior... El ritmo del marinero
es únicamente para aquellos que han emprendido ya el camino; para los
que van con él; para quienes conocen el secreto de que la canción
está en todos los libros y también en sí mismos.
Así que quien conoce como el marinero
su melodía interior, tiene fuerza, tiene personalidad, tiene coraje...
Mientras esto no es así, podemos decir que es como si no existiéramos,
pues vivimos en los demás. Por eso, las personas formadas en los libros
suelen ser sólidas, aguerridas, gozadoras de la belleza, solidarias...
Pero que conste que hablo de personas formadas en los libros,
no de eruditos a la violeta. Porque eruditos a la violeta son aquellos
por donde pueden pasar todos los libros del mundo sin dejar una sola huella.
Por eso, en mi opinión, leer libros
no es sólo distraerse o instruirse. Es también, y sobre todo, encontrarnos
a nosotros mismos, es aprender a vivir, a transformarnos, a crecer...
Y nada de esto puede hacerse fuera de ellos, a no ser que tuviéramos la
opción de conocer a todos los hombre y mujeres desde los primeros tiempos
de la humanidad. Como esto no es posible, los libros los traen hasta nosotros
para que nos curtamos con su experiencia.
Hace mucho tiempo que decidí que
no leería jamás un libro que no se hiciera carne de mi carne y sangre
de mi sangre. Que no leería un libro que no destilara una música prodigiosa
y bellísima hasta el paroxismo. Que ignoraría toda literatura que no fuese
tan fundamental como el sol, el agua, el aire o el alimento. No me cabe
la menor duda de que, sin libros, moriría de tedio, de anquilosamiento,
de ceguera. Y digo ceguera porque hay una inercia en nosotros a tener
una venda en los ojos, y es el ejercicio audaz de los libros el que nos
la quita para hacernos penetrar en la realidad que le está
vedada al común de los mortales.
La realidad aparente palidece ante
la verdadera realidad que nos muestran los libros. En consecuencia, ni
la televisión ni la imagen pueden competir con ellos. La realidad más
sutil es siempre la realidad del pensamiento y, por tanto, de la palabra.
Ni mil programas televisivos pueden mostrarnos la complejidad humana como
nos la muestra en cien páginas el Hamlet de Shakespeare. Ni mil
programas de televisión pueden darnos la sabiduría que se contiene en
el I Ching, donde, a mi entender, residen todas las melodías de
la naturaleza, y donde cada uno puede, a través de los más variopintos
caminos, encontrar su verdad interior. Las cualidades de I Ching
son tales que, a veces, se convierte en un espejo que nos refleja, de
modo que, al abrir sus páginas, tañe misteriosamente nuestra propia música.
De ahí que se hallan buscado en él los hombres más grandes de la humanidad,
como Jung, como Borges, como Richard Wilhelm... Pero el libro no discrimina
entre grandes y chicos. Habla, como cualquier otro libro, para todos.
De ahí que quien tenga hambre y
sed de conocimiento no pueda sino ser saciado por los libros.
Se me viene a la memoria esta adivinanza
infantil:
Tengo hojas
sin ser árbol,
te hablo sin
tener voz,
si me abres
no me quejo,
adivina quién
soy soy.
En un principio, podríamos responder
que se trata evidentemente del libro. Habla sin voz porque
nos habla a través de la música del pensamiento. Y tiene hojas
porque pertenece como los bosques a la naturaleza. Y no se queja al abrirlo
porque es nuestro más dócil compañero, tan incondicional como el más fiel
de los perros de los animales de compañía.
Pero a la adivinanza de ¿Quién
soy yo? también podríamos contestar que Yo soy tú. Porque
lo que vale para el libro vale para nosotros, que también tenemos hojas
sin ser árbol, o lo que es lo mismo, múltiples personalidades. Y hay un
algo en nuestro interior que nos habla sin tener voz y que no sólo no
se queja cuando lo abrimos, sino que nos depara la más armónica de las
sabidurías.
Es curiosa la relación que se establece
entre la secreta melodía de los libros y el referente secreto de las adivinanzas.
En ambos hay que penetrar más allá de las apariencias para conocer la
verdad. Me parece muy importante resaltar este valor metafórico de las
adivinanzas sobre los libros:
Entré en una
habitación,
me encontré
con un muerto,
hablé bastante
con él
y me dijo
un gran secreto.
Necesitamos personas que sepan
hablar con los muertos y que posean ese gran secreto.
El mundo camina hacia un cambio. Frente a quienes piensan con derrotismo
que la rebelión ha acabado en la historia humana, hay que decirles que,
gracias a métodos tan controvertidos como Internet, la palabra está volviendo
a instaurarse. ¿Y, si no, qué es esta forma de escribirse e-mails
donde antes se hacía una simple llamada telefónica?
Con Internet la palabra está sufriendo
una revolución semejante a la que tuvo en tiempos de la imprenta, haciéndose
accesible a millones de personas más, aunque las páginas donde la encontramos
vengan a través de una pantalla. No fabulamos si decimos que, ahora, cada
cual puede tener en su casa la vasta biblioteca de Alejandría.
Gracias a este nuevo vigor del
libro, las conciencias han comenzado a despertarse, y, así, estamos
asistiendo a los primeros estallidos de cambio que habrán de sentar las
bases del nuevo siglo. El año pasado, en Seatle, 40.000 personas se manifestaron
contra la Organización Mundial de Comercio. No hace aún ni dos semanas
que ocurrió lo mismo en Washington, esta vez contra el Banco Mundial y
la Reserva Monetaria Internacional. El mundo ha comenzado a rechazar la
igualdad uniformadora. Ansía, por el contrario, la música interior de
cada uno. En este ocasión, el número de manifestantes se había multiplicado.
Lo asombroso es que ambas manifestaciones
comenzaron a prepararse meses atrás... ¡por Internet! Cada uno de los
grupos participantes (sindicalistas, ácratas, estudiantes, ecologistas,
defensores de los derechos humanos...) habían previamente reflexionado
por la red y decidido cuál y cómo debía ser su participación. Es decir,
de nuevo la palabra informando la acción. De nuevo el pensamiento escrito,
la conciencia, para cambiar el mundo. Se vuelve a leer a ensayistas como
Noam Chomsky, cuyos últimos propugnan que hay que salirse de la tiranía
uniformadora que asfixia las diferencias.
Es necesario
que no seamos ajenos a este crecimiento del libro y que intensifiquemos
por tanto nuestra relación con él. Pero, como he dicho, resulta
fundamental que esta relación sea musical, es decir, apasionada,
hermosa, vital, curiosa... Pido a todos que, en cuanto salgan de
este acto, comiencen a cantar con los libros al tiempo que imprimen
a la vida su propia canción.
Conferencia
pronunciada en en la Asociación de Amigos de García Lorca (Valderrubio,
Granada) el 22 de abril del 2000.
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