-El erotismo es parte integral de los
sueños. Cuanto más maduramos, más potente es éste. Los sueños
afrodisíacos de la adolescencia y primera juventud suelen
ser por lo general compensatorios de la sexualidad y, por
tanto, son sueños fisiológicos, como lo es el tener hambre
y soñar que comemos; pero conforme avanzamos en edad y se
supone además que tenemos satisfechas las necesidades sexuales,
esos sueños se van transformando en erotismo y, por medio
de él, nos hablan de nuestras funciones anímicas superiores.
Es evidente que, si los sueños son simbólicos -y lo son-,
entonces la sexualidad explícita en ellos es también un símbolo.
Si yo hago el amor en un sueño, éste está utilizando la simbología
sexual para decirme otra cosa; puede estar hablándome de mi
unión interior con mi parte femenina. O si se trata de una
orgía, puede estar dando a entender la armonización de diversos
componentes psíquicos... Ahora bien, lo importante es lo siguiente:
el sueño utiliza el erotismo como uno de los símbolos más
potentes y que dan expresión a una de las funciones psíquicas
más necesarias en la vida de una persona, como es la “unión
de contrarios”. Lo que indica que el erotismo es un
motor poderosísimo que lo impregna todo, el corazón palpitante
de la vida, y lo más alto en la escala de nuestro inconsciente
junto a la simbología religiosa, otro de los temás fundamentales
de los sueños de maduración.
En
cuanto a su influencia en el comportamiento exterior, los
sueños establecen una relación dialéctica entre realidad e
inconsciente, de modo que ambos elementos se modifican recíprocamente.
Por ejemplo, el erotismo de los sueños puede llegar a tal
intensidad, que la experiencia que nos deja sea absolutamente
satisfactoria y más potente que el hecho real; cuando esto
ha sucedido, se tiende a ver a los demás con una mayor compenetración
y solidaridad. Por otra parte, cuando se ha superado una meta
importante en la vida, cuando se han integrado cosas que antes
considerábamos contradictorias, se suelen tener sueños eróticos
de confirmación; es decir, algo así como un premio del inconsciente
a nuestras realizaciones personales.
Desgraciadamente,
lo anterior hay que repetírselo una y otra vez al hombre occidental,
ya que lo ha olvidado y anda como perdido en las tinieblas
de la confusión sexual, sin sacar provecho de sus potencialidades,
y confundiendo el erotismo con el acto mecánico del sexo,
lo que lo aliena y empequeñece. En las culturas orientales,
sin embargo, quedan aún rastros de un respeto mayor por las
significaciones sexuales, integrándolas en el todo de la vida
y dándole al erotismo, sobre la maquinaria del sexo, un papel
fundamental. Pero la occidentalización es cada vez más rápida,
viviéndose como en occidente una hipersexualización, y, a
la par y contradictoriamente, una banalización del erotismo.
-¿Qué
'modas' podemos detectar en la literatura erótica actual?¿Violencia,
soledad, homosexualidad...?
-Es
lógico que la literatura erótica actual se introduzca en todos
los temas y, sobre todo, en aquellos que más fueron relegados
en el pasado. Es un buen síntoma, por ejemplo, que haya una
literatura erótica escrita por mujeres, por cuanto generalmente
la mujer ha estado muy alejada del género; lo mismo ocurre
con la homosexualidad, reprimida brutalmente desde la caída
del imperio romano y que comienza tímidamente a reinvindicarse
hace un siglo con obras como Teleny, cuyo primer capítulo
es de Oscar Wilde, o Corydon, de André Gide. Es también
bueno que se muestre la soledad, la violencia o cualquier
otra carácterística del mundo moderno. Lo malo, sin embargo,
reside en que la mayor parte de la literatura erótica que
se escribe hoy día resulta epigonal, es decir, cultiva un
erotismo superficial y trillado; por ejemplo, el ambiente,
que es fundamental en el relato erótico, se sustituye por
las eyaculaciones y orgasmos; el deseo es escamoteado por
la entrega indiscriminada; el estremecimiento, por el monótono
engranaje de los cuerpos; la sugerencia y la imaginación,
por la palabra soez; la belleza de la obscenidad, por la trivial
normalidad sociológica... La literatura erótica actual ofrece,
pues, el cuadro de una enorme impotencia. No profundiza en
el mundo subatómico del deseo ni del sexo, sino que se queda
en lo más aparente y chusco de la realidad. No comprende el
mundo interior del hombre, que es donde el sexo se hace erotismo,
sino que sitúa a éste fuera de nosotros, como si se tratara
de un hecho objetivo que surge sin más de la sexualidad. El
escritor no se afana por representar el misterio de la apetencia,
ni la fosas abisales de donde surge lo afrodisiaco, sino que
cree que, para suscitar lo anterior en el lector, le basta
con hablar de “culos”, “tetas”, “pollas
y “follar”.Cándidamente considera que las palabras
evocan lo que él elude. En definitiva, el erotismo que se
estila actualmente suele ser de una ingenuidad que mueve a
compasión.
-¿Cómo
evoluciona Eros en la literatura? ¿Freud marca un punto y
aparte en el concepto de erotismo?
-El
avance de eros, desde la más remota antigüedad hasta nuestros
días, se puede adscribir al proceso de igualdad entre el hombre
y la mujer. Así, al comienzo, la mujer es vista como un objeto
de perdición y asociada claramente al mal, como ocurre en
la historia que nos relata el Papiro Doulaq, donde Setna llega
a matar a su propia familia en la consecución de los favores
de la sacerdotisa Tbubui. Posteriormente, cuando el mundo
griego inventa el amor, las mujeres están excluidas de él;
el amor se establece exclusivamente entre el erasta o maestro,
siempre un hombre maduro, y el eromeno, o discípulo, un adolescente;
por ejemplo, Platón nos cuenta en El banquete cómo Alcibiades
quiso tomar a Sócrates por amante. El amor provenzal, ya en
la Edad Media, produjo una revolución, al traspasar la función
de erasta o discípulo a la mujer, por lo que ésta se convirtió,
por primera vez en la historia, en sujeto digno del amor.
El erotismo llega así a un importante grado de desarrollo.
Pero coincido con Francesco Alberoni en que “el verdadero
erotismo sólo es posible cuando cada uno trata de comprender
al otro, logra ponerse en su lugar y hacer propias sus fantasías.”
Y esto sólo se puede conseguir con la más rigurosa igualdad
entre hombre y mujer, de modo que ambos se hablen de tú a
tú, o si queremos emplear la expresión griega, de erasta a
erasta. Éste es el paso que se está dando en la actualidad
y la razón por la que hay una gran abundancia de literatura
erótica femenina. Por ello, el verdadero erotismo sólo comienza
ahora. Lástima que ocurra en plena banalización del sexo.
Pero si sabemos soslayar esto y penetrar en los profundos
y movedizos cimientos de lo erótico, la igualdad del hombre
y la mujer nos traerá una época de una sensualidad jamás vista
y donde la fantasía trasminará hasta en la más mínima gota
de deseo.
El
papel de Freud en todo esto fue el de haberle devuelto al
sexo la enorme importancia que tiene en nuestra vida y que
iglesias, inquisiciones y victorianismos le habían arrebatado,
produciendo numerosas neurosis y aberraciones. Quizá por ello,
como un modo de compensación, Freud se extralimitó, viendo
la vida entera como un apéndice de la sexualidad, y no al
revés, el sexo como una metáfora de la vida. Aquí está su
grandeza y su miseria, pero es forzoso reconocer su enorme
valentía y el valor pionero de sus estudios.
-Este
Sant Jordi (23 de abril, feria del libro en Cataluña)¿qué
libros de literatura erótica recomendaría a los lectores del
AVUI?
-Les
recomendaría los libros que han marcado un hito en la
historia del erotismo o bien que han dado forma a éste
de una manera magistral. Entre ellos estarían la divertidísima
Vida de Esopo, un anónimo griego del siglo II
(está publicado en la Bibliteca Clásica Gredos); Dafnis
y Cloe, de Longo, para quienes amen el erotismo
adolescente y el encanto de la iniciación sexual (hay
una muy buena edición en la editorial Bergua); las cartas
entre Abelardo y Eloísa y, sobre todo, las de esta última
cuando rememora desde la castidad forzada los intensos
placeres habidos con Abelardo (editorial Hesperus);
el Tirant lo Blanc si aman un lujurioso erotismo
en progresión, que va desde la contemplación de los
senos de la princesa Carmesina, pasando por numerosas
“prendas” y “avances” hasta
la consecución o apoteosis final (Alianza Tres); la
contagiosa obscenidad de I Ragionamenti, de Pietro
Aretino (desconozco una edición actual de esta obra);
la sabrosa, sabia y amena Compilación de Damas,
de Pierre de Bourdeille (publicado parcialmente por
Ediciones 29 bajo el título El pornotikón); la
revolucionaria Fanny Hill, de John Cleland (Ágata);
la fantástica y explosiva Los dijes indiscretos,
de Diderot, donde aparece un anilla mágico que hace
hablar a... ¡los sexos de las mujeres! (no conozco ninguna
edición actual); el perfecto análisis del libertino
y sus bizarras aventuras en El libertino de calidad
de Mirabeau (tampoco sé si hay edición actual); la escabrosa,
libidinosa y habitualmente leída con una sola mano Sor
Monika, de Hoffmann (en Tusquets); para quienes
gusten de la aventura, la emoción de la osadía y el
frescor eróticos, el Don Juan de Byron (tampoco
conozco edición actual); deben leer La señorita Maupin,
de Gautier, quienes amen los cambios de sexo, la ambigüedad,
la sugerencia y la perversión; para masoquistas y sádicos,
La Venus de las pieles, de Masoch (Tusquets),
y Lesbia Brandon, de Swinburne (Ágata); quienes
gusten hasta qué extremos de erotismo y licenciosidad
puede llegar un autor infantil como el que escribió
Bambi, no pueden perderse Josephine Mutzsenbacher,
de Felix Salten (Tusquets); la Afrodita sin censurar
de Pierre Louys resulta básica en toda biblioteca erótica
(Tusquets); y cómo no, el don Quijote de las novelas
eróticas, Las once mil vergas, de Apollinaire
(Icaria); y la fascinante trasngresión y bellísima capacidad
metafórica de Bataille en Historia del ojo (Tusquets);
y, cómo no, El coño de Irene, una vez que se
ha resuelto el problema de la autoría y sabemos que
se debe nada más y nada menos que a Louis Aragon (también
en Tusquets).
-¿Cuáles
son sus textos de referencia, por lo que respecta a
la literatura erótica occidental? ¿Y oriental?
-En
cuanto a mis textos de referencia, no distingo entre
una y otra tradición, sino que tomo de ellas aquellas
facetas del sexo y del erotismo que muestran el máximo
de placer a la par que expresan lo más alto del hombre
junto a su capacidad para traspasar los límites. Entre
estos textos, estarían el papiro anónimo egipcio El
canto de los hermanos; varios relatos contenidos
en el Panchatandra, de Vishnusarman; pasajes
de La Biblia como todo el ciclo de Lot o el maravilloso
Cantar de los cantares; Los amores de
Krisna y Rada, de Chandidasa; varias narraciones
de Las mil y una noches; El libro de la vida,
de Teresa de Jesús; el Chin p’ing mei,
de Wang Shig-Chên; el Cántico espiritual, de
San Juan de la Cruz; Venus y Adonis de Shakespeare;
el Jou Pu Tuan, de Li Yü; las cartas de amor
de Mariana de Alcoforado; la obra entera del Marqués
de Sade; El monje, de Matthew G. Lewis; Gamiani,
de Musset; Los cantos de Maldoror, de Lautréamont;
varios relatos de Felipe Trigo; los poemas eróticos
de Rubén Darío; la Historia del ojo, de Georges
Bataille; La seducción, de Witold Gombrowicz;
El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs;
determinados sonetos de Blas de Otero; el Diálogo
de Venus y Príapo de Rafael Alberti... Todos los
textos citados abundan en metáforas, símbolos y expresiones
que penetran en las zonas más oscuras e ignotas del
eros.
-¿Cual
es la diferencia básica entre la literatura erótica
y el erotismo en la literatura? ¿El público, en general,
cree que nota la diferencia y la busca?
-Mientras
la literatura erótica es, como la novela policíaca,
la novela del oeste o la novela rosa, un subgénero literario
(digno de todo respeto), con sus reglas correspondientes,
las cuales resultan insoslayables (por ejemplo, hay
que colocar una escena libidinosa cada equis tiempo),
el erotismo en la literatura está libre de constricciones
y normas, no tiene sujeciones de ningún tipo. Es producto
de la atmósfera o de un momento o momentos determinados
de la acción... A menudo, surge, no es buscado. O se
encuentra tan íntimamente entrelazado al resto de la
obra que, en lo afrodisíaco, siempre reverberan otras
dimensiones. Por todo ello, el erotismo literario consigue
unos efectos de mucho más largo alcance que la denominada
literatura erótica. No obstante, las fronteras entre
uno y otra son difusas. Hay obras literarias que se
amoldan, enteras o en parte, a los requisitos de la
literatura erótica (por ejemplo, El decamerón,
Las mil y una noches, El monje, de Lewis,
el Don Juan de Byron, La señorita de Maupin,
de Gautier, Vox, de Nicholson Baker...). Hay
textos puramente eróticos que, por su genialidad, originalidad
o tratamiento inusual de algún aspecto, pueden considerarse
con todos los honores dentro de lo literario (así Los
dijes indiscretos, de Diderot; Gamiani, de
Musset; Teleny, de Oscar Wilde; Las correrías
del rey Folgante, de Pierre Louys; Las once mil
vergas, de Apollinaire; Delta de Venus de
Anaïs Nin...). Lo que está claro es que una historia
de la literatura erótica no puede versar sobre uno u
otro extremo, sino que tiene que integrarlos a ambos.
El problema del erotismo literario es que, como éste
surge sólo en determinados momentos (puede haber un
único pasaje en una obra), el texto no se puede publicar
como enteramente erótico, lo que defraudaría con razón
al lector. De ahí la necesidad de antologías que acoten
estos fragmentos y los muestren al lector, siempre naturalmente
en unión con lo mejor de la literatura erótica. Esa
ha sido mi intención en El juego del viento y la
luna.