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ENTREVISTA SOBRE EROTISMO PARA EL DIARIO AVUI

-¿Existen unas constantes en el sueño y en el comportamiento en relación al erotismo? Si es así, ¿cuáles son? ¿Puede diferenciarse entre cultura occidental actual y otras culturas?

-El erotismo es parte integral de los sueños. Cuanto más maduramos, más potente es éste. Los sueños afrodisíacos de la adolescencia y primera juventud suelen ser por lo general compensatorios de la sexualidad y, por tanto, son sueños fisiológicos, como lo es el tener hambre y soñar que comemos; pero conforme avanzamos en edad y se supone además que tenemos satisfechas las necesidades sexuales, esos sueños se van transformando en erotismo y, por medio de él, nos hablan de nuestras funciones anímicas superiores. Es evidente que, si los sueños son simbólicos -y lo son-, entonces la sexualidad explícita en ellos es también un símbolo. Si yo hago el amor en un sueño, éste está utilizando la simbología sexual para decirme otra cosa; puede estar hablándome de mi unión interior con mi parte femenina. O si se trata de una orgía, puede estar dando a entender la armonización de diversos componentes psíquicos... Ahora bien, lo importante es lo siguiente: el sueño utiliza el erotismo como uno de los símbolos más potentes y que dan expresión a una de las funciones psíquicas más necesarias en la vida de una persona, como es la “unión de contrarios”. Lo que indica que el erotismo es un motor poderosísimo que lo impregna todo, el corazón palpitante de la vida, y lo más alto en la escala de nuestro inconsciente junto a la simbología religiosa, otro de los temás fundamentales de los sueños de maduración.

En cuanto a su influencia en el comportamiento exterior, los sueños establecen una relación dialéctica entre realidad e inconsciente, de modo que ambos elementos se modifican recíprocamente. Por ejemplo, el erotismo de los sueños puede llegar a tal intensidad, que la experiencia que nos deja sea absolutamente satisfactoria y más potente que el hecho real; cuando esto ha sucedido, se tiende a ver a los demás con una mayor compenetración y solidaridad. Por otra parte, cuando se ha superado una meta importante en la vida, cuando se han integrado cosas que antes considerábamos contradictorias, se suelen tener sueños eróticos de confirmación; es decir, algo así como un premio del inconsciente a nuestras realizaciones personales.

Desgraciadamente, lo anterior hay que repetírselo una y otra vez al hombre occidental, ya que lo ha olvidado y anda como perdido en las tinieblas de la confusión sexual, sin sacar provecho de sus potencialidades, y confundiendo el erotismo con el acto mecánico del sexo, lo que lo aliena y empequeñece. En las culturas orientales, sin embargo, quedan aún rastros de un respeto mayor por las significaciones sexuales, integrándolas en el todo de la vida y dándole al erotismo, sobre la maquinaria del sexo, un papel fundamental. Pero la occidentalización es cada vez más rápida, viviéndose como en occidente una hipersexualización, y, a la par y contradictoriamente, una banalización del erotismo.

-¿Qué 'modas' podemos detectar en la literatura erótica actual?¿Violencia, soledad, homosexualidad...?

-Es lógico que la literatura erótica actual se introduzca en todos los temas y, sobre todo, en aquellos que más fueron relegados en el pasado. Es un buen síntoma, por ejemplo, que haya una literatura erótica escrita por mujeres, por cuanto generalmente la mujer ha estado muy alejada del género; lo mismo ocurre con la homosexualidad, reprimida brutalmente desde la caída del imperio romano y que comienza tímidamente a reinvindicarse hace un siglo con obras como Teleny, cuyo primer capítulo es de Oscar Wilde, o Corydon, de André Gide. Es también bueno que se muestre la soledad, la violencia o cualquier otra carácterística del mundo moderno. Lo malo, sin embargo, reside en que la mayor parte de la literatura erótica que se escribe hoy día resulta epigonal, es decir, cultiva un erotismo superficial y trillado; por ejemplo, el ambiente, que es fundamental en el relato erótico, se sustituye por las eyaculaciones y orgasmos; el deseo es escamoteado por la entrega indiscriminada; el estremecimiento, por el monótono engranaje de los cuerpos; la sugerencia y la imaginación, por la palabra soez; la belleza de la obscenidad, por la trivial normalidad sociológica... La literatura erótica actual ofrece, pues, el cuadro de una enorme impotencia. No profundiza en el mundo subatómico del deseo ni del sexo, sino que se queda en lo más aparente y chusco de la realidad. No comprende el mundo interior del hombre, que es donde el sexo se hace erotismo, sino que sitúa a éste fuera de nosotros, como si se tratara de un hecho objetivo que surge sin más de la sexualidad. El escritor no se afana por representar el misterio de la apetencia, ni la fosas abisales de donde surge lo afrodisiaco, sino que cree que, para suscitar lo anterior en el lector, le basta con hablar de “culos”, “tetas”, “pollas y “follar”.Cándidamente considera que las palabras evocan lo que él elude. En definitiva, el erotismo que se estila actualmente suele ser de una ingenuidad que mueve a compasión.

-¿Cómo evoluciona Eros en la literatura? ¿Freud marca un punto y aparte en el concepto de erotismo?

-El avance de eros, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, se puede adscribir al proceso de igualdad entre el hombre y la mujer. Así, al comienzo, la mujer es vista como un objeto de perdición y asociada claramente al mal, como ocurre en la historia que nos relata el Papiro Doulaq, donde Setna llega a matar a su propia familia en la consecución de los favores de la sacerdotisa Tbubui. Posteriormente, cuando el mundo griego inventa el amor, las mujeres están excluidas de él; el amor se establece exclusivamente entre el erasta o maestro, siempre un hombre maduro, y el eromeno, o discípulo, un adolescente; por ejemplo, Platón nos cuenta en El banquete cómo Alcibiades quiso tomar a Sócrates por amante. El amor provenzal, ya en la Edad Media, produjo una revolución, al traspasar la función de erasta o discípulo a la mujer, por lo que ésta se convirtió, por primera vez en la historia, en sujeto digno del amor. El erotismo llega así a un importante grado de desarrollo. Pero coincido con Francesco Alberoni en que “el verdadero erotismo sólo es posible cuando cada uno trata de comprender al otro, logra ponerse en su lugar y hacer propias sus fantasías.” Y esto sólo se puede conseguir con la más rigurosa igualdad entre hombre y mujer, de modo que ambos se hablen de tú a tú, o si queremos emplear la expresión griega, de erasta a erasta. Éste es el paso que se está dando en la actualidad y la razón por la que hay una gran abundancia de literatura erótica femenina. Por ello, el verdadero erotismo sólo comienza ahora. Lástima que ocurra en plena banalización del sexo. Pero si sabemos soslayar esto y penetrar en los profundos y movedizos cimientos de lo erótico, la igualdad del hombre y la mujer nos traerá una época de una sensualidad jamás vista y donde la fantasía trasminará hasta en la más mínima gota de deseo.

El papel de Freud en todo esto fue el de haberle devuelto al sexo la enorme importancia que tiene en nuestra vida y que iglesias, inquisiciones y victorianismos le habían arrebatado, produciendo numerosas neurosis y aberraciones. Quizá por ello, como un modo de compensación, Freud se extralimitó, viendo la vida entera como un apéndice de la sexualidad, y no al revés, el sexo como una metáfora de la vida. Aquí está su grandeza y su miseria, pero es forzoso reconocer su enorme valentía y el valor pionero de sus estudios.

-Este Sant Jordi (23 de abril, feria del libro en Cataluña)¿qué libros de literatura erótica recomendaría a los lectores del AVUI?

-Les recomendaría los libros que han marcado un hito en la historia del erotismo o bien que han dado forma a éste de una manera magistral. Entre ellos estarían la divertidísima Vida de Esopo, un anónimo griego del siglo II (está publicado en la Bibliteca Clásica Gredos); Dafnis y Cloe, de Longo, para quienes amen el erotismo adolescente y el encanto de la iniciación sexual (hay una muy buena edición en la editorial Bergua); las cartas entre Abelardo y Eloísa y, sobre todo, las de esta última cuando rememora desde la castidad forzada los intensos placeres habidos con Abelardo (editorial Hesperus); el Tirant lo Blanc si aman un lujurioso erotismo en progresión, que va desde la contemplación de los senos de la princesa Carmesina, pasando por numerosas “prendas” y “avances” hasta la consecución o apoteosis final (Alianza Tres); la contagiosa obscenidad de I Ragionamenti, de Pietro Aretino (desconozco una edición actual de esta obra); la sabrosa, sabia y amena Compilación de Damas, de Pierre de Bourdeille (publicado parcialmente por Ediciones 29 bajo el título El pornotikón); la revolucionaria Fanny Hill, de John Cleland (Ágata); la fantástica y explosiva Los dijes indiscretos, de Diderot, donde aparece un anilla mágico que hace hablar a... ¡los sexos de las mujeres! (no conozco ninguna edición actual); el perfecto análisis del libertino y sus bizarras aventuras en El libertino de calidad de Mirabeau (tampoco sé si hay edición actual); la escabrosa, libidinosa y habitualmente leída con una sola mano Sor Monika, de Hoffmann (en Tusquets); para quienes gusten de la aventura, la emoción de la osadía y el frescor eróticos, el Don Juan de Byron (tampoco conozco edición actual); deben leer La señorita Maupin, de Gautier, quienes amen los cambios de sexo, la ambigüedad, la sugerencia y la perversión; para masoquistas y sádicos, La Venus de las pieles, de Masoch (Tusquets), y Lesbia Brandon, de Swinburne (Ágata); quienes gusten hasta qué extremos de erotismo y licenciosidad puede llegar un autor infantil como el que escribió Bambi, no pueden perderse Josephine Mutzsenbacher, de Felix Salten (Tusquets); la Afrodita sin censurar de Pierre Louys resulta básica en toda biblioteca erótica (Tusquets); y cómo no, el don Quijote de las novelas eróticas, Las once mil vergas, de Apollinaire (Icaria); y la fascinante trasngresión y bellísima capacidad metafórica de Bataille en Historia del ojo (Tusquets); y, cómo no, El coño de Irene, una vez que se ha resuelto el problema de la autoría y sabemos que se debe nada más y nada menos que a Louis Aragon (también en Tusquets).

-¿Cuáles son sus textos de referencia, por lo que respecta a la literatura erótica occidental? ¿Y oriental?

-En cuanto a mis textos de referencia, no distingo entre una y otra tradición, sino que tomo de ellas aquellas facetas del sexo y del erotismo que muestran el máximo de placer a la par que expresan lo más alto del hombre junto a su capacidad para traspasar los límites. Entre estos textos, estarían el papiro anónimo egipcio El canto de los hermanos; varios relatos contenidos en el Panchatandra, de Vishnusarman; pasajes de La Biblia como todo el ciclo de Lot o el maravilloso Cantar de los cantaresLos amores de Krisna y Rada, de Chandidasa; varias narraciones de Las mil y una noches; El libro de la vida, de Teresa de Jesús; el Chin p’ing mei, de Wang Shig-Chên; el Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz; Venus y Adonis de Shakespeare; el Jou Pu Tuan, de Li Yü; las cartas de amor de Mariana de Alcoforado; la obra entera del Marqués de Sade; El monje, de Matthew G. Lewis; Gamiani, de Musset; Los cantos de Maldoror, de Lautréamont; varios relatos de Felipe Trigo; los poemas eróticos de Rubén Darío; la Historia del ojo, de Georges Bataille; La seducción, de Witold Gombrowicz; El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs; determinados sonetos de Blas de Otero; el Diálogo de Venus y Príapo de Rafael Alberti... Todos los textos citados abundan en metáforas, símbolos y expresiones que penetran en las zonas más oscuras e ignotas del eros.

-¿Cual es la diferencia básica entre la literatura erótica y el erotismo en la literatura? ¿El público, en general, cree que nota la diferencia y la busca?

-Mientras la literatura erótica es, como la novela policíaca, la novela del oeste o la novela rosa, un subgénero literario (digno de todo respeto), con sus reglas correspondientes, las cuales resultan insoslayables (por ejemplo, hay que colocar una escena libidinosa cada equis tiempo), el erotismo en la literatura está libre de constricciones y normas, no tiene sujeciones de ningún tipo. Es producto de la atmósfera o de un momento o momentos determinados de la acción... A menudo, surge, no es buscado. O se encuentra tan íntimamente entrelazado al resto de la obra que, en lo afrodisíaco, siempre reverberan otras dimensiones. Por todo ello, el erotismo literario consigue unos efectos de mucho más largo alcance que la denominada literatura erótica. No obstante, las fronteras entre uno y otra son difusas. Hay obras literarias que se amoldan, enteras o en parte, a los requisitos de la literatura erótica (por ejemplo, El decamerón, Las mil y una noches, El monje, de Lewis, el Don Juan de Byron, La señorita de Maupin, de Gautier, Vox, de Nicholson Baker...). Hay textos puramente eróticos que, por su genialidad, originalidad o tratamiento inusual de algún aspecto, pueden considerarse con todos los honores dentro de lo literario (así Los dijes indiscretos, de Diderot; Gamiani, de Musset; Teleny, de Oscar Wilde; Las correrías del rey Folgante, de Pierre Louys; Las once mil vergas, de Apollinaire; Delta de Venus de Anaïs Nin...). Lo que está claro es que una historia de la literatura erótica no puede versar sobre uno u otro extremo, sino que tiene que integrarlos a ambos. El problema del erotismo literario es que, como éste surge sólo en determinados momentos (puede haber un único pasaje en una obra), el texto no se puede publicar como enteramente erótico, lo que defraudaría con razón al lector. De ahí la necesidad de antologías que acoten estos fragmentos y los muestren al lector, siempre naturalmente en unión con lo mejor de la literatura erótica. Esa ha sido mi intención en El juego del viento y la luna.

JORDI MARLET

(Parte de esta entrevistas apareció en el “Suplement de Cultura” del diario Avui del 19 de junio del 2000)