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Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies
Ética y Estética Cuánticas

ARIZONA JOURNAL OF HISPANIC CULTURAL STUDIES

Volumen 4, 2000

(Páginas 235-248)

Gregorio Morales: Ética y Estética Cuánticas

Entrevista de

Manuel J. Caro y John W. Murphy (University of Miami)

Hace ahora apenas un año que un conocido nos pidió que tradujéramos al inglés un manifiesto que un grupo de artistas y literatos de muy distintas procedencia, nacionalidad, técnica e intereses, habían escrito con el objeto de abrir un espacio de opinión y creación que rompiera con un paradigma artístico que ellos consideran anticuado e incluso corrupto. Estos artistas y literatos, que desde finales de febrero de 1999 quedan reunidos/as bajo el nombre de “Grupo de estética cuántica”, piensan que el realismo (entendido como todo movimiento artístico basado en una ontología realista y una epistemología positivista) no puede seguir siendo el paradigma en el que se base el arte y la literatura actuales y futuras, debido a su dualismo ya obsoleto. Las inestables bases ontológicas y epistemológicas de este dualismo han sido puestas de manifiesto por el arte, las humanidades, la filosofía y las ciencias sociales (fenomenología, posmodernismo, o algunas ramas del marxismo y el feminismo…) desde hace mucho tiempo; pero también por la más positiva de todas las disciplinas, la física, desde principios de siglo. La mecánica cuántica nos enseña que el observador es parte inherente a lo observado. Así, por ejemplo, la luz se comporta como onda o corpúsculo dependiendo de cómo la observemos.

Es en las enseñanzas de la física cuántica que este grupo de artistas, narradores/as, poetas, psicólogos/as, fotógrafos/as, ceramistas, etc., se basan para proponer una nueva forma de hacer arte, literatura y crítica social. Según el grupo, estos principios físicos, no sólo han revolucionado el mundo de la física, sino que además pueden y deben revolucionar el mundo de la creación artística y literaria, pues ambos mundos han ido siempre de la mano: la estética ha de hacerse cuántica si quiere permanecer acorde con los tiempos que corren.

Legitimados por la reputación de una de las ciencias más viejas, puras y teóricamente sólidas, la física, estos artistas proponen la incertidumbre y la complementariedad de los contrarios frente a la lógica binaria y rígida pasada; frente a la opresión de la estructura y el grupo social, ellos/as proponen la liberadora individuación y construcción de los individuos por ellos/as mismos/as; y frente a la separación de los distintos niveles de realidad y a la concepción del universo y la sociedad como formados por partes separadas, ellos/as proponen la no separabilidad de dichos niveles y partes. En el todo está incluida la parte, del mismo modo que el todo se incluye en la parte (Grupo de Estética Cuántica).

Estos principios apuntan en una dirección básica: el ser humano es la base de toda realidad y conocimiento. Por tanto el ser humano está íntimamente implicado en todo proceso perceptivo y creativo: son las personas quienes crean la realidad y se crean a sí mismos/as. Para estos/as autores/as, la realidad deja de ser objetiva, como los realistas y dualistas creían, y pasa a ser subjetiva, tal y como los experimentos de la física cuántica nos prueban. Cada uno/a de los/as artistas de este grupo aplica estos principios básicos (aunque no únicos) a su obra de una manera personal, intentando que, mediante correo electrónico o en periódicas reuniones, sus ideas sean discutidas y criticadas por el resto del grupo sin dogmatismos o imposiciones estéticas. Y procurando además que su arte contribuya a la creación de una sociedad más justa y humana. Para todos/as los/as integrantes del grupo, pues, la ética y la estética están íntimamente relacionadas. Gregorio Morales es uno de los miembros fundadores del grupo y uno de sus teóricos. Nació en Granada y es licenciado en Filología Románica. Durante los años ochenta dirigió la “Tertulia de Creadores en el Círculo de Bellas Artes de Madrid”, exponente de lo que entonces se dio en llamar “movida madrileña” y “posmodernidad”. En el mismo tiempo, colaboró asiduamente en la revista La luna de Madrid, así como en Ínsula y en El País. En 1994, cofundó y presidió el grupo “Salón de Independientes”, del que formaron parte sesenta escritores que abogaban por la libertad del artista, tanto personal como estética, respecto de cualquier grupo político, económico o religioso. Tras la publicación de El Cadáver de Balzac, en el que Morales recoge muchos de sus ensayos sobre estética cuántica, Morales ayuda a fundar y se une al Grupo de Estética Cuántica. Para este autor, su obra es un instrumento de conocimiento basado en las relaciones entre la física cuántica y la psicología jungiana (ver Meier), pues, para Morales, “Jung es el camino mediante el cual las frías fórmulas matemáticas de la física subatómica se hacen carne, sangre, mujer, hombre, literatura y arte” (conversación personal con Morales). Con dicha obra, el autor pretende ofrecer una imagen de la complejidad del hombre y de los extraños e infinitos procesos por los que ésta se manifiesta. Morales tiene publicadas varias novelas, entre las que destacan Y Hesperia fue hecha, La cuarta locura, El pecado del adivino y Ella. Él. Morales ha sido además editor de dos volúmenes de cuentos e historias cortas Próximamente verán la luz un libro de relatos de misterio y suspense El devorador de sombras y la novela La individuación. En esta entrevista, preguntamos a Morales sobre algunos de los aspectos más representativos del grupo de Estética cuántica y sobre las consecuencias que para el arte y la literatura tienen los descubrimientos, experimentos y enseñanzas cuánticos.

-Según escribes en El cadáver de Balzac, la Estética Cuántica es un nuevo paradigma estético que necesariamente ha de sustituir a un arte que ya no se puede sostener por más tiempo. ¿Cuál es el problema con el viejo arte y en qué consiste la solución que propone la estética cuántica?

-El viejo arte, es decir, el realismo en todas sus manifestaciones, ha llegado a un camino mísero. Parejo a la ciencia positivista en que se basó, ha sido fiel a ella, sin reparar en que el paisaje de esa ciencia ha cambiado radicalmente. No ha sido capaz de superar el positivismo, pero como logró subsistir y entrar en la turbulencia del siglo XX, necesitaba para mantenerse dar también imagen de cambio y renovación, y lo hizo tiñéndose de etiquetas que parecían añadirle algo nuevo: realismo social, realismo total, realismo mágico, realismo sucio... Esto último es ya el detritus de la gloria primigenia, cuando no teniendo nada que decir, la palabra y el pensamiento se sustituyen por la expresión soez, por el taco vacío. Agotado el paradigma, se recurre el retrete, a las deposiciones, al excremento. En palabras de Kosuth, los defectos de la modernidad radican en "la objetividad ansiosa de la presencia", en "la glorificación del dato", en "la amplificación de lo empírico". Ciertamente, el Posmodernismo (muy poco extendido en el mundo literario, sobre todo en el europeo), da solución a muchas de las taras señaladas. Nuevamente en palabras de Kosuth, lo posmoderno "es profundización del arte como práctica social, como ejercicio crítico, lugar del hacerse y deshacerse del significado y los valores (...) Lo posmoderno prodiga un nuevo papel para el artista, the artist as anthropologist, inmerso en los acontecimientos cambiantes y complejos de lo real." De este modo, la realidad ya no es la Realidad, sino una de las muchas posibles, y así, a diferencia del irrespirable zaguán en que vivían y viven los realistas, el paisaje se ensancha ahora infinitamente. Pero, a mi entender, sigue existiendo el apego al dato. Y un seguro peligro añadido: el del costumbrismo (¿o no es costumbrista todo relato antropológico? ¡A no ser que vaya más allá de una descripción detallada de unas determinadas costumbres! Esto último lo consiguen los relatos del escritor argentino José Gabriel Ceballos). Se echa de menos, por otra parte, la existencia de un gran mito que, respetando todas y cada una de las  posibles realidades, les dé sentido. La estética cuántica, pues, continúa la labor de la posmodernidad y rellena esas lagunas, inaugurando un nuevo paradigma que tiene la paradójica singularidad de penetrar en las diferentes realidades, no subordinando ninguna de ellas a otra (y, por tanto, huyendo del fundacionalismo), pero al  mismo tiempo sustentando un gran mito, un gran relato unitario.

-Nos gustaría que hicieras un resumen de las enseñanzas cuánticas y de su potencial revolucionario tanto en el campo estético como social.

-Empezaré por la anterior paradoja: ¿Cómo puede ser que concediéndole idénticas importancia a las diferentes realidades, sustentemos un mito unitario? Aunque todo orden en el universo se ve afectado por la entropía, lo cierto es que hay una tendencia de los organismos hacia la complejidad, es decir, de la partícula hacia la materia visible, hacia el ser vivo, hacia el hombre. Es como si, desde su comienzo, el universo aspirara al autoconocimiento. Todo en nosotros conspira para que nos conozcamos. A esto lo llamamos individuación, es decir, al hacer emerger en nosotros, por medio del autoconocimiento, aquello que tenemos de único e irrepetible y que constituye nuestra diferencia con cualquier otro ser humano. Bien, hay muchas formas de individuarse, ya sean personales o culturales, y ninguna es superior a las otras, de modo que la estética cuántica las respeta escrupulosamente. De esta forma se produce la intersección entre un gran mito (individuación) y el reconocimiento de las diferentes realidades o caminos que cada ser humano elige. Si interfiriéramos en ellas, el mito que las sustenta se destruiría. Pero no hablamos sólo de las realidades tangibles, sino incluso de las intangibles, como "los mundos paralelos" de Schrödinger (ver Talbot, 161-175). Estéticamente, esto significa que incluso la imaginación más disparatada es considerada real y, como tal, tenida en cuenta, reconocida, sin condenas ni autos de fe. Socialmente implica la existencia en armonía de un mundo multicultural y multirracial.

Paralelo a esto están los principios de incertidumbre y complementariedad, básicos en la física subatómica, y que nos dicen que un corpúsculo puede comportarse a la par como onda o como partícula, o que si medimos la velocidad de una partícula no podemos localizar al mismo tiempo su posición, y viceversa; todo depende, en uno y otro caso, de la forma de medición. Es decir, el observador interviene en el acto observado, modificándolo o, incluso, como diría Schrödinger, "creándolo" (55-65). Y si esto es así, la existencia de una objetividad  independiente de nosotros queda hecha añicos, y todo se tiñe de fantásticas posibilidades: existen tantos caminos como queramos; todo es una bruma a la que da luz nuestra “subjetividad”, la cual es por tanto creativa, constituyéndose en una suerte de centro del universo del que emana cuanto podamos pensar, sentir, experimentar, decir. Es lo ocurre viendo cualquiera de los cuadros de Xaverio.

Ese considerar nuestro interior como genuina verdad es una conquista estética revolucionaria. Socialmente, los anteriores principios implican el fin de las certidumbres y, por tanto, van en contra de todo dogmatismo y a favor de la libertad irrenunciable de cada hombre y de cada cultura. Yo puedo pensar lo que quiera y es real, pero, al mismo tiempo, es real la forma de pensar de otro hombre o los valores de otra cultura. Tengo toda la libertad del mundo, salvo la de interferir la libertad de otro, detener su proceso de individuación o imponer mis valores culturales sobre otros.

Otro principio cuántico revolucionario es el de la inseparabilidad. O dicho en otras palabras: las fórmulas matemáticas subatómicas nos demuestran contumazmente que no existe la separabilidad entre los diversos objetos. Todo en el universo se halla profundamente interrelacionado, y la más mínima acción repercute en el cosmos entero. No conozco una mejor y más bella forma de expresar esto que el poema de Francisco Plata “La jaula”.

-El Grupo de Estética Cuántica nace con el objetivo de defender, propagar, explorar y aplicar estos principios cuánticos a distintas disciplinas artísticas. ¿En qué contexto surgen las ideas alrededor de las que se mueve el grupo? ¿Cómo surge la idea de formar un grupo y firmar un manifiesto en el que recoger lo que pensáis? ¿Cómo os organizáis como grupo teniendo en cuenta que hay miembros en todas partes del mundo, de edades muy diferentes, y de distintas disciplinas artísticas?

-Nuestras ideas estéticas surgen en el contexto de la asfixia producida por el paradigma que he descrito antes, cada vez más inane y reductor, y por la fascinación ejercida, en contraposición, por la nueva ciencia. Partidario de cerrar el foso que, desde la época positivista, se había abierto entre ciencias y letras, siempre me interesaron ambas. Pero nunca como a mediados de los años noventa sentí de forma tan cruenta el camino sin salida a que nos llevaba la modernidad, y comprendí que ésta no se había aún zafado de las certezas newtonianas, y que, por tanto, se había convertido en algo caduco. En cuanto a la posmodernidad, en la que milité durante los primeros años ochenta, echaba de menos ese gran mito unificador de que he hablado, así como, en palabras de Kosuth, "las formas del arte europeo florecidas bajo el signo de lo vivido y de la participación, del rito y del mito." Me sentía constreñido. En cambio, ¡cuánta libertad y aventura se derivaba de la física subatómica! ¡Y sus consecuencias eran revolucionarias para el arte y para la vida! Además, resultaba imposible obviarlas. Era necesario aceptar de una vez por todas sus subversivas consecuencias. Comencé a escribir y a dar conferencias en este sentido. Así fue naciendo lo que luego sería "El cadáver de Balzac", libro que catalizó en torno a una serie de poetas y novelistas, quienes constituyeron el núcleo primigenio del Grupo de Estética Cuántica. Entre ellos estaban Miguel Ángel Diéguez, Heinz Delam, Fernando de Villena, Miguel Ángel Contreras... Poco más tarde, por una de esas casualidades significativas que se producen en la vida (a las que nosotros llamamos "sincronías"), conocí a los pintores Xaverio, María Caro y Andrés Monteagudo, y el entusiasmo nacido del encuentro se tradujo en un aumento y diversificación del grupo. En un famoso almuerzo en la sierra granadina durante el invierno de 1999, redactamos conjuntamente nuestro manifiesto y, poco después, lo difundíamos por Internet (convertido ya en e-m@ilfiesto). El carácter internacional del grupo se acentuó progresivamente; entraron en él nuevos pintores (Mikael Fagerlund, K.C. Tebbut, François Camus), fotógrafos (Thomas Busse, José Luis Yuste), escultores (Agustín Ruíz de Almodóvar), músicos (Lawrence Axerold),  modelos y diseñadores (Susanna Marjock, Joan Nicolau)... hasta la composición actual. Afortunadamente, tenemos el correo electrónico para comunicarnos y he de decir que lo utilizamos con profusión. Si no, el grupo no podría existir tal y como es, o sea, con sus miembros repartidos por las más diferentes partes del mundo. También solemos usar el correo convencional, sobre todo para intercambiar libros y material; y de vez en cuando, organizamos "cenas cuánticas" y otras reuniones lúdicas al uso. Puedo decir que, a pesar de la distancia y de las diferentes nacionalidades de los componentes, el grupo ha llegado a adquirir una gran consistencia. Nuestra página web (http://www.quantum-aesthetics.com), conducida por el polifacético Luc Schokkelé, es básica. Siempre procuramos tener un objetivo inmediato que nos sirva como catalizador de nuestra comunicación e intercambio de opiniones y hallazgos.

-En El cadáver de Balzac predices que las ideas cuánticas harán daño a los gurús del viejo paradigma estético. ¿Ha sido así? ¿Encontráis mucha aceptación o, por el contrario, todos son problemas, críticas y malas caras?

-Las ideas cuánticas están haciendo un gran daño a los gurús del viejo paradigma, del que creo no se recuperarán en todo el siglo XXI. Al principio, cuando empecé a dar las primeras conferencias, sintieron una oscura y aún indefinida amenaza, y su reacción fue la ironía piadosa, la burla o la calumnia. Un reportero que asistió a mi conferencia "La transgresión del camino literario cuántico", escribió al día siguiente con larvada inquina que era una pena que mi intervención no se hubiera visto acompañada de “probetas, tubos de ensayo, alambiques, crisoles y marmitas.”; otro nos achacó defender el "Quijote" y nos tildó de derechistas (Morales 1998, 9-12). Corrían a los periódicos cartas de lectores indignados. Uno de ellos nos acusaba de perpetrar con la Estética Cuántica no sólo una “barbaridad epistemológica”, sino “la propia negación de la epistemología”. En un anónimo de ocho folios enviado a Las Provincias de Valencia, se me acusaba, entre otros piropos, de “escritor de circuito integrado”; de “escritor colaboracionista y armado hasta los dientes” con “métodos y estrategias de inspiración nazi”; de hacer “apología implícita y latente del genocidio”;  y, como colofón, se me recomendaba que me pusiera “urgentemente en manos de un buen psiquiatra”. El ambiente era, pues, de tan claro desprecio y tan hostil, que cuando la hispanista norteamericana Jennifer Wilson osó preguntarle a uno de esos gurús su opinión sobre la Estética Cuántica, éste le respondió cortante que "él era poeta", y le volvió la espalda.

Pero las nuevas ideas son contagiosas y su vigor vence calumnias, desdenes y cualquier otro intento de neutralización. La Estética Cuántica seguía extendiéndose y, ante el peligro real, el viejo orden decidió apropiarse algunas de sus ideas, evidentemente, las más simples u obvias.  Jennifer Wilson cuenta que, al año siguiente, cuando volvió a España, se encontró con un artículo en El País del citado gurú donde éste ponía de relieve la “hermandad inevitable” entre “ciencias y letras”, afirmando que ambas eran “dos modos de fundar el tiempo.”

A la par que se apropiaban lo más superficial del nuevo paradigma, estos gurús, asentados todos ellos en el establishment y con un enorme poder por tanto, censuraban celosamente cualquier información sobre el grupo o sus teorías. El último esfuerzo para denigrarlo lo hicieron a través del programa de televisión "Imaginaria" (Canal Sur). A pesar de nuestras reticencias y después de obtener una serie de garantías mínimas (en las que confiamos ingenuamente), accedimos al rodaje. Pero cuando el reportaje se dio en televisión, se redujo a la mitad del tiempo prometido, apareciendo para colmo en el contexto de un programa... ¡dedicado al humor! El mensaje subliminal era: "¡Aquí están estos chalados!"

-¿Podrías situar a la Estética Cuántica dentro de la Historia del Arte? ¿Qué relación tiene con el surrealismo, el cubismo, o con movimientos más contemporáneos como Fluxus (Williams & Noel) o las teorías analíticas de Julia Kristeva (1984)?

-La Estética Cuántica tiene relación con todos esos movimientos, con los que presenta semejanzas y también profundas diferencias. Así, como el surrealismo, la Estética Cuántica penetra en el inconsciente, pero no para convertir al creador en un títere de su dictado, como hacían los surrealistas (recuérdense la escritura automática, los "cadáveres exquisitos", los collages colectivos...), sino para ampliar la conciencia. Por otra parte, nosotros hemos sustituido a Freud por Jung, pues, a la luz de éste, las teorías del primero parecen incompletas, desenfocadas y miopes, aparte de que hoy ya no cabe duda de que Jung llevó al campo psicológico las teorías de la nueva física. Por eso, para nosotros es el camino por medio del cual las frías fórmulas matemáticas se hacen carne, sangre, destino y ser humano.

En cuanto al cubismo, nos une la concepción geométrica de la realidad (basta ver algunos de los montajes de Andrés Monteagudo o María Caro), aunque nosotros la aplicamos al interior del individuo y del destino que vive: toda persona construye en los doce o trece primeros años de su vida una estructura (de vida, de comportamiento, de éxitos y fracasos) que luego se ve obligado a repetir una y otra vez... ¡a no ser que se conozca a sí mismo! Así, el autoconomiento significa salir del arquetipo (o hablando físicamente, del “campo morfogenético”) para adquirir la máxima libertad de comportamiento. De nuevo, pues, el proceso es el inverso: los cubistas sometían su arte a los arquetipos; nosotros entramos en ellos para ensanchar nuestra libertad y la libertad del arte. De todo esto trata mi novela La individuación, de la que no sin humor podríamos decir que constituye Las señoritas d'Avinyó de la Estética Cuántica.

En cuanto a Fluxus, compartimos con él la pasión por la vida, la consideración de las artes, las ciencias y las letras como un todo interrelacionado, así como la pretensión de que la obra creativa vaya más lejos del contexto tradicional que le ha sido asignado. Pero de nuevo hacemos interior lo que ellos hacían exterior. Así, por ejemplo, si Brecht coloca una maceta sobre su piano para significar la música y su prolongación; o si Cage, abominando de la idea occidental de perfección, hace durante un concierto pedazos su violín; o si Vostell coloca en una jaula televisores y zorros disecados como un modo de aunar simbólicamente civilización y mundo salvaje; bien todo eso nos parece ingenuo en el sentido que da Schiller a esta palabra, que es la de una identificación total con el objeto (Para una buena discusión sobre arte de vanguardia ver Nyman). Fluxus ve en el exterior, en el juego, en el happening, en sus events, lo que, para nosotros, está claramente dentro. Y bien es verdad que la música continúa tras su ejecución y que, como energía que es, se transforma en otras cosas, y que la perfección no existe, y que dentro del hombre civilizado continúa el salvaje, pero nosotros queremos resaltar que eso no está fuera de nosotros, sino dentro, y que tenemos que vivir la aventura de buscarlo, de sentirlo, de comprenderlo y manejarlo, y que el arte, la poesía y la literatura tienen que servir como la iniciación en esa aventura (a esto invita, por ejemplo, el montaje de Xaverio titulado “Colores para pasear”). En otras palabras, y siguiendo con la terminología de Schiller, reivindicamos al sentimental frente al ingenuo, que ha primado desorbitadamente durante todo el siglo XX.

Finalmente, compartimos con Kristeva (1978) la búsqueda del genotexto (en palabras de Freud, “allá donde fue debo llegar”), con la correspondiente interpretación y, por tanto, vuelta al fenotexto, pero nuestra intención está puesta más lejos, es más prospectiva, de modo que podríamos glosar las palabras de Freud del siguiente modo: “Allá donde fue debo llegar para alcanzar el que seré”. No nos quedamos, pues, en el texto. Nos interesa su interpretación en tanto en cuanto hay líneas potenciales que deben conducirnos a un metatexto. Buscamos la evolución, el sentido y la complejidad. No entendemos la realidad como un simple mecanismo que puede ser descrito, aunque evidentemente esto sea necesario antes que nada. Me temo, no obstante, que el semanálisis de Kristeva (1984), con sus fórmulas, puede ser considerado sólo de este modo.

-Algunas de las ideas que planteáis en vuestro e-m@ilfiesto han sido antes planteadas por otras corrientes de pensamiento. Por ejemplo, la devolución del hombre al puesto de creador del universo es algo que el marxismo hegeliano o el existencialismo plantean. La integración de los contrarios en totalidades más integradoras es algo que ya planteó el posestructuralismo o el posmodernismo. ¿En qué se diferencia vuestra postura de la de estos movimiento?

-Más que el centro del universo, el marxismo hegeliano considera que el hombre es el centro de la historia, es decir, su forjador, en un avance de afirmación, negación y síntesis. A nosotros no nos cabe duda de esto, pero cuando decimos “centro del universo”, queremos significar precisamente eso, que es el hombre con su percepción quien crea cuanto le rodea; que es la mera existencia del hombre la que hace que el cosmos sea tal y como es; que el hombre es, por tanto, la forma en que el universo se ha hecho consciente de sí mismo. Para el marxismo, la realidad del universo es objetiva y exterior a nosotros.

En cuanto al existencialismo, es cierto que hace del hombre la medida de todas las cosas, pero llega ahí por desengaño, por la constatación de que Dios no existe, y está todo él por tanto teñido de nostalgia, de melancolía por la ausencia divina, de modo que, sin ella, la existencia humana se torna algo absurdo y sin sentido. El hombre existencialista vive extrañado, ajeno, en una casa que desconoce, llena de absurdos y malentendidos (¿no es esto lo que leemos y sentimos en El extranjero de Camus?), y donde el sufrimiento es algo gratuito, estúpido. Aunque la Estética Cuántica es laica, ya que no postula la existencia de ningún Dios, ve, sin embargo, un sentido en la existencia humana, el de la individuación, y también un sentido en la existencia en general, que ha caminado y sigue caminando desde la simplicidad hacia la complejidad. El hombre cuántico no está perdido, porque se busca a sí mismo en una aventura que no tiene nunca final, pero que comienza dando sus frutos en solidaridad y entrega a los demás (no en vano, algunos de los miembros del grupo, como Rosario de Goróstegui, compaginan sus tareas creativas con el trabajo en ONG’s). La mujer y el hombre cuánticos saben que viven en una casa repleta de misterios, pero sienten la fascinación y el reto de desvelar aunque sea una ínfima parte de ellos. El sufrimiento es trascendido por los caminos de conocimiento que abre.

En cuanto a la integración de contrarios que propugnan el posestructuralismo y el posmodernismo, es idéntica a la nuestra, aunque nosotros recalcamos los aspectos psicológicos: lo que está dentro está fuera. Así, necesito integrar primero mis diferentes yoes para luego poder integrar los aspectos diferentes o aparentemente opuestos de la sociedad. En este sentido, asumimos las teorías del pensamiento borroso, que postulan que A y no A pueden existir al mismo tiempo.

-Otra cosa que llama poderosamente la atención es vuestro uso de un concepto de inconsciente que emana del trabajo de Carl G. Jung? ¿En qué sentido es este concepto cuántico?

-Jung hizo en psicología una revolución paralela a la de la física subatómica con respecto a la ciencia tradicional, hasta el punto de que hoy en día podemos ver su psicología y la física cuántica como dos caras de una misma moneda. En una de las cartas (7 de marzo, 1953) pertenecientes a su larga correspondencia con Pauli (premio Nobel de física en 1945),  Jung señala la identidad entre “la partícula de materia más pequeña” que “está formada por corpúsculo y onda” y “el arquetipo (como elemento estructural del inconsciente)” que “está formado, por un lado, de forma estática y, por otro, de dynamis” (Meier 1996, pág. 145) El mismo Pauli había ido más lejos en las correspondencias y, en una carta anterior (27 de febrero, 1953), le presenta a Jung toda una lista de paralelismos, por ejemplo, entre la “imposibilidad de subdividir el dispositivo experimental sin modificar esencialmente el fenómeno” y la “unidad global del hombre consistente de lo consciente e inconsciente”; entre la “intervención impresivisible en cada observación” y la “modificación de la conciencia y del inconsciente en cada adquisición de conciencia, especialmente en el fenómeno de la coiunctio” (unión de contrarios); entre “el átomo formado por núcleo y corteza” y “la personalidad humana formada por ‘núcleo’ (o ‘ego’) y ‘Yo’”... Y así hasta ocho correspondencias. Pero la más importante de ellas, y la que las engloba a todas, es el mismo corpus de la física cuántica, que Pauli identifica a la “psicología del proceso de individuación y del inconsciente en general”. ¡Nada menos! Así que para nosotros el inconsciente es un vastísimo campo, equiparable al mismo corpus de estudio de la nueva física. Entrar en él para desvelar algunos de sus misterios significa iniciar la aventura de la individuación. No buscamos, como he dicho anteriormente, perdernos en él, sino ampliar la conciencia con territorios que habían permanecido inexplorados.

La conjunción más importante y la más subversiva entre inconsciente y física cuántica parte también de las teorías de Pauli-Jung: el inconsciente sería psicoide, es decir, participaría tanto de las propiedades mentales como de las de la materia, pudiendo las unas manifestarse en las otras, lo que explicaría, por una parte, la interferencia del investigador en su experimento o la tendencia de éste a confirmar las expectativas del investigador, y, por otra, la existencia de sincronías.

-¿Qué son las sincronías y por qué son centrales para la cuántica? Habiendo leído tus ensayos y habiendo sido testigos de algunas de las discusiones del grupo por correo electrónico, nos da la impresión que el concepto de sincronía es muy importante para vosotros; por lo menos, es muy importante para los escritores del grupo. ¿En qué se diferencian de la mera casualidad o de la coordinación espontánea que emana del mercado en una sociedad capitalista, tal y como propone Hayek (Murphy)? ¿Participáis todos del mismo concepto?

-Una sincronía es una coincidencia significativa entre mente y materia. Por ejemplo, tengo un problema que no sé cómo resolver y un día me asomo a una librería y, entre todos los libros expuestos, está justamente el que yo necesito, el que me ofrece soluciones para mi problema. O pienso en un amigo al que no he visto desde hace mucho tiempo y, en ese instante, me topo con él... La sincronía es siempre acausal. Es decir, la relación existente entre el pensamiento y el fenómeno material se ordena por el sentido (podríamos decir que es metafórica), no por una relación de causa/efecto. Jung (1995) cuenta en sus memorias la sincronía que le ocurrió con un paciente. Le estaba éste narrando un sueño en que aparecía un escarabajo egipcio. En ese momento, un insecto chocó contra el cristal de su ventana. La abrió. Era... ¡lo más parecido a un escarabajo egipcio que se podía encontrar por aquellas latitudes!

Si el concepto de sincronía es importante para la cuántica y para los miembros del grupo (José Gabriel Ceballos, Juan Antonio Díaz de Rada, Graciela Elizabeth Bergallo, yo mismo...), es, en primer lugar, porque viene a demostrar que existe una identidad profunda entre mente y materia, siendo ambas manifestaciones de un algo que desconocemos, pero que justifica plenamente la unión del término “estética” (perteneciente a lo mental) con el de “cuántica” (perteneciente a lo material); en segundo lugar, porque este transmutarse del pensamiento a la materia tiene una aplicación muy clara y muy efectiva en el campo literario, novedosa además, pues de hecho significa uno de los puntos de ruptura de la estética cuántica con la novelística anterior, incluido el realismo mágico; no es sólo que este último sea costumbrismo adobado de un cierto folklore de cuento de hadas, sino que lo mágico es tratado siempre como algo exterior a la persona y, además, puntual, extraordinario, mientras la realidad cotidiana sigue su prosaico curso. El nuevo reto implica mostrar que la realidad más normal (o anormal) está siendo permanentemente “creada” por el individuo y que es, por tanto, a la par mágica y prosaica, tan inconsistente como un sueño y tan firme como la estructura producida por la intersección de los sueños de los demás.

Ahora bien, lo anterior no implica que toda casualidad sea una sincronía. Hay múltiples casualidades que son eso, simples casualidades. Para que exista una sincronía, la casualidad tiene que ser significativa, es decir, debe darse entre pensamiento y materia una identidad de contenido. Por ejemplo, pienso que necesito cambiar de trabajo y, al día siguiente, tengo justamente una oferta para un nuevo trabajo. O me encuentro en un momento de terrible angustia o tensión y, en ese instante, la madera de un mueble cercano cruje estrepitosamente, una, dos, tres veces.

En cuanto a las teorías de la coordinación espontánea del mercado que propone Hayek,  más que con la sincronías, tendrían que ver con el arquetipo colectivo que “dicta” cómo tiene que estar organizada una determinada sociedad, qué es lo que se admite en ella y qué no (Hayek, 160). Ya sabemos que el arquetipo está compuesto de tradición y cambio, por lo que posibilita que una sociedad sea estable y, a la par, vaya transformando progresivamente sus parámetros según las necesidades de los individuos. Es decir, el arquetipo lo van haciendo los hombres y mujeres con su actuación. Su forma estable es fruto de los millones de individuos que nos han precedido; los cambios competen siempre a las nuevas generaciones, y comienzan con muchísimas dificultades, para ir generalizándose progresivamente y ser aceptados por las generaciones siguientes. Esto es absolutamente equiparable a lo que Rupert Sheldrake llama “campo morfogenético” (97-114). Y dado que ni el más poderoso de los gobernantes puede cambiar una sociedad de la noche a la mañana de la misma forma que tampoco puede anclarla para siempre en la tradición, habrá que pensar que hay unas leyes autorreguladoras que pueden parecerse, al menos desde fuera, a la “coordinación espontánea”. Ahora bien, si el concepto “coordinación espontánea” se entiende como un pretexto para dejar a la sociedad a su libre albedrío y no intervenir en las numerosas injusticias cometidas, o desentenderse de los necesitados o explotados, esto es pura y simplemente capitalismo salvaje que no tiene relación alguna con lo que estamos hablando. Como ya he dicho, los arquetipos los hacen los hombres, así que si queremos una sociedad más justa, tenemos que empezar a luchar contra las desigualdades y los agravios de unos por otros. Y quien mejor lucha y más efectivamente es la persona individuada.

-Vemos por tanto que la física cuántica puede tener también implicaciones en los ámbitos social y político, de los que nos gustaría hablar un poco. En vuestro e-m@ilfiesto, por ejemplo, habláis de que uno de los objetivos principales del grupo es el de fomentar ‘una sociedad más humanizada, justa, tolerante, democrática, ecológica e interracial”. ¿Cómo son la justicia, la libertad y la democracia cuánticas? ¿Cuál sería la base de esa sociedad interracial si, como parece por vuestros presupuestos filosóficos, el realismo y dualismo que sostenían las bases tradicionales del orden desaparecen? ¿Cómo puede la creación cuántica ayudar a la formación de esta sociedad?

-La Estética Cuántica no podría existir sin democracia. Una y otra son haz y envés de una misma cosa. Destruyes una, destruyes otra. Hombre y mujer no pueden individuarse bajo dictadura alguna. No es sólo que el emerger de todas nuestras singularidades sólo pueda desarrollarse en un contexto de respeto del individuo, libertad y participación. Es que el hombre y la mujer maduros, es decir individuados, y que por tanto han asumido al otro o a los otros en sí mismos, sólo pueden alimentarse de una democracia. Por otra parte, una democracia constituida de personas individuadas sería algo complejo y riquísimo, muy lejos de las pálidas democracias actuales que padecemos, donde además todo conspira para hacer de las personas meros y previsibles prototipos. Los seres individuados, que han aprendido a conocer y a amar las múltiples personalidades que los habitan, son hasta tal punto solidarios con el prójimo, que sienten cualquier ofensa hacia él como si se la hubieran hecho a sí mismos; cualquier afrenta a los derechos humanos, sea cual sea el lugar del tierra o la época en que se produce, es una afrenta propia. Los hombres y las mujeres individuados no necesitan el peso de una ley coercitiva sobre ellos, porque la primera ley que siguen es su conciencia, y ésta no les permite ni engañar ni pisotear ni utilizar a los demás, de la misma forma que han perdido el miedo a los verdugos y son capaces de sacrificar su propia vida, o su prestigio, o su profesión, en aras de la dignidad humana. Por ello, la primera obligación que se impone una sociedad totalitaria es postrar y amilanar a este tipo de personas. De hecho, quienes hacen avanzar una sociedad son las personas individuadas. Sin ellas, caeríamos en la peor de las dictaduras. Así, cuando en una empresa o en un grupo de trabajo no existe al menos una de estas personas, los trabajadores acaban siendo cohibidos por el miedo, manipulados y explotados. Uno de los ardides del juvenismo actual que lo infesta todo es precisamente el de neutralizar a las personas individuadas, pues la individuación suele producirse en la madurez. El juvenismo relega a las personas maduras a las cloacas, por lo que no es de extrañar que las democracias occidentales estén cada día más deshumanizadas y más uniformadas.

Así que está claro que existen una justicia, una libertad y una democracia cuánticas, y que, si las aplicáramos en toda su extensión y profundidad, crecería el número de personas individuadas y, al crecer, nuestra sociedad sería más sana, más participativa, más solidaria, más asertiva. Interesaría más lo que se es que lo que se tiene. Toda cultura diferente, o color, o raza, o particularidad, serían vistas como una parte de nosotros mismos y, por tanto, respetadas, queridas, amadas. “¡Ése soy yo!”, clama el hombre individuado cuando ve al hombre de otra raza, o al enemigo, o al vagabundo, o al emigrante, o al homosexual. “¡Soy yo y ante todo tengo que defender su dignidad!”

Al haber recogido en sí las proyecciones que el inmaduro lanza sobre los demás, el hombre individuado ve personas como él independientemente de cualquier otra circunstancia, y, además, comprende que las injusticias de una determinada sociedad están ancladas en cada uno de nosotros, y que podemos culpar ingenuamente a un gobierno o a un gobernante, pero que el verdadero cáncer radica en la estructura social, en el arquetipo, del que hay que zafarse. No sataniza a una persona determinada al estilo del ciudadano inconsciente, sino que sabe ver el fondo de culpa que tanto esa persona como los demás tienen. Por ello, siente que no hay más remedio que organizarse y luchar desde todos los frentes posibles por los cambios deseados. Se da así la paradoja de que, cuanto más individuada es una persona, más social, más comunitaria es, y más se benefician todos de su existencia.

El hombre individuado ha logrado en sí la coiunctio oppositorum y, por tanto, está muy lejos del dualismo y, más aún, del fundacionalismo, pues el único parámetro de validez es su conciencia, trabajosamente arrebatada al imperio del inconsciente colectivo. Y esa conciencia está habitada por hombres y mujeres de razas diferentes, de edades diferentes, por animales, por selvas. Él vive interiormente en una sociedad multirracial y ecológica, y no puede por menos que querer esto para el mundo y para todos aquellos que, siendo absolutamente diferentes de él, son él mismo.

Todo en la física cuántica (y, por tanto, en la estética cuántica) coopera en los sentidos anteriores: el principio de incertidumbre, el pensamiento borroso, la inseparabilidad, la búsqueda del orden plegado, las realidades paralelas... todo camina en el sentido de la tolerancia, la coexistencia pacífica de la diversidad, el antidogmatismo, la participación, el conocimiento y, en suma, una democracia plena que, creo, aún no hemos vislumbrado ni siquiera en sus inicios, pero que sin duda significa el futuro a largo plazo.

-¿Entonces podemos decir que la individuación es a la vez un concepto ontológico (del ser) y ético (del deber ser)?

-Creo que mi respuesta anterior responde a esta pregunta. Toda individuación es una unión de contrarios y, por tanto, ambos elementos se dan en ella. La individuación es un imperativo de nuestra constitución biológica y psíquica (Jung 1939). Todos emprendemos por mandato de la naturaleza ese camino, que, no obstante, está lleno de riesgos, hasta el punto de que se puede no sólo detener esa individuación, sino aplastarla y hasta invertirla de signo regresivamente. Pero cuando esto ocurre, la persona enferma. En alguna ocasión se comprenderá cómo muchas de las enfermedades que nos rodean, como algunos cánceres, o esquizofrenias, manías obsesivo-compulsivas, depresiones agudas..., provienen de una imposibilidad de individuarse. La individuación es, pues, un concepto ontológico.

Pero también lo es ético, en el sentido de que no puede existir un ser humano completo si le negamos su individuación, y todos tenemos, por tanto, el deber de colaborar con ella, de facilitarla, de ayudarla; idéntico deber que existe con respecto a nosotros mismos, que varias veces en la vida deberemos tener la valentía de tomar decisiones arriesgadas, de esas que casi todos en torno critican, para salir del cómodo (y soterradamente doloroso) estancamiento y ser fieles a nosotros mismos.

Por ello decimos que la Estética Cuántica inaugura un nuevo humanismo. Las situaciones del hombre, siendo las mismas sobre la tierra, comienzan a ser vistas bajo una nueva y singular luz. No es de extrañar que el campo virgen que ofrece a la literatura y a las artes sea vastísimo, y que los creadores que han entrado en el nuevo paradigma sientan una atracción irresistible por darle forma y transmitirlo. Estoy convencido de que la tarea ocupará gran parte del próximo siglo.

Obras Citadas

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