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SOMOS INFIELES
Autora:
Helios
Será que decididamente ha aumentado la infidelidad entre las mujeres, o solamente es que ahora ya se habla más del tema.
Si la fidelidad es un bello compromiso cuando existe el amor, es una especie de esclavitud cuando ya no se ama intensamente, y entonces se va en busca de compensaciones. Esto sucede en los casos en que el matrimonio se fundó sobre las frágiles bases de una pasión pasajera, de una simpatía artificial, y en el caso extremo de algunas mujeres de un interés económico
A las esposas infieles, cabe señalar, casi siempre se les adjudica mayor culpabilidad, la razón no es únicamente el famoso machismo, o un arbitrario sometimiento o menosprecio de la mujer, más bien se refiere a que, consciente o inconscientemente, se sabe que ellas, por su naturaleza y por sus mismas circunstancias de vida, están más protegidas, menos expuestas a peligros, por lo tanto sus caídas presuponen mayor malicia. Por ello, y para la sorpresa de muchos, la infiel conoce muy bien los riesgos de sus actos y se atreve a afrontar las consecuencias. Es decir, no es un acto de inmadurez.
La creciente crisis económica de nuestro entorno, obliga a la mujer a salir a buscar los medios para contribuir a la manutención de la familia; aumentando con esto su campo de responsabilidad, pues ahora además de las dificultades que el cuidado del hogar ofrece, debe además salir a ganar dinero para el sustento. Este trabajo externo, frecuentemente en colaboración con otros hombres, propicia acercamientos por la explicable búsqueda de desahogos y compensaciones en otros terrenos. Aquí quiero aclarar que estas indicaciones no son una disculpa para las mujeres infieles.... simplemente se trata de una mera explicación.
Particularmente en los casos en que los cónyuges pasan la mayor parte del día fuera del hogar, resulta indispensable que los momentos libres los transcurran íntegramente en casa, y no solo descansando o evadiéndose ante el televisor, sino compartiendo la vida del hogar, la cena juntos, el interés por los hijos, la conversación sobre las pequeñas cosas del día. No debería terminar una jornada sin que los esposos hubieran dedicado un buen rato a la conversación. Los silencios prolongados son frecuentes generadores de infidelidad.
En el ámbito humano no existe nada, que abandonado a sí mismo, perdure largamente, llámese diversión, amistad y, por supuesto, el amor; las relaciones amorosas que no son alimentadas constantemente se entibian; en cada momento hay que reajustar un sentimiento, curar una herida, quitar un malentendido. Ambos necesitan conservar el propósito de seguirse gustando; estrenar nuevas fórmulas para que no se enfríe el atractivo, reservar una sorpresa grata para cada día. La monotonía, la rutina, el descuido, son los remotos culpables de graves infidelidades.
La infidelidad no consiste solamente en el hecho de traicionar al cónyuge, ésta es su parte negativa. Para entender esto último debemos primero conceptuar qué es fidelidad.... y esta es, ante todo, un hecho positivo, significa amarse, tratarse cordialmente, ayudarse, perdonar las humanas limitaciones y renovar constantemente los mutuos vínculos. Significa trabajar con empeño a favor de un mejor entendimiento y de una madurez personal a toda prueba.
Cuado todo esto se pierde y ya no se tiene confianza en la posibilidad de recuperar el cálido entusiasmo de los primeros días de matrimonio, comienza a flaquear la voluntad, se descarrilan los sentidos, la fantasía se desata y el corazón busca su acomodo fuera del hogar. Es decir, la infidelidad comienza cuando se proyectan hacia otra persona las atenciones y derechos que corresponden exclusivamente al cónyuge.
La infidelidad femenina comienza, aunque no se crea, dentro de las paredes del hogar mismo, en las relaciones con el esposo. Cuando éstas se entibian, cuando se vuelven distantes, superficiales o forzadas, es cuando se comienza a gestar el peligro de una infidelidad práctica.
Se ha puntualizado que el orgasmo fortalece el vínculo de pareja. Algunos han afirmado que si la mujer llega al clímax con su compañero, no querrán relacionarse con otro hombre. De esta forma, se garantiza la monogamia.
Tomando este punto de referencia, puede asumirse que la insatisfacción sexual de la mujer, es la principal causa de su infidelidad. Según las encuestas, una de cada cuatro mujeres al llegar a los 40 años, ya han tenido alguna experiencia infiel. A dicha edad, se incrementa el apetito sexual y sus compañeros o ya no tienen interés, o no son capaces de satisfacerlas.
La relajación que sobreviene al orgasmo mantiene a la mujer en estado de lasitud por horas. Y aunque esto se lee de lo más agradable, en realidad existen millones de mujeres que nunca o casi nunca llegan al orgasmo. Pese a ello se embarazan y siguen casadas. En consecuencia, algunas mujeres se convierten en verdaderas actrices cada vez que hacen el amor, dado que se sienten obligadas a fingir que quedaron completamente satisfechas, porque de lo contrario su pareja, herido en su amor propio, le reprochará su falta de feminidad y la sancionará de una u otra forma. De acuerdo a una investigación, el 53 por ciento de las casadas simulan el clímax. Para ellas, hacer el amor no es una expresión que describa con exactitud lo que padecen, por ello prefieren que ese suceso acabe lo más rápido posible o, de preferencia, que no acontezca.
No obstante, hay que observar que no toda infidelidad niega el amor; que el amor de los cónyuges no es una realidad perfecta y estable desde el principio, sino una condición dinámica, cambiante, perfectible.
La observación tiene su importancia, sobre todo por lo que se refiere a la posible reacción del cónyuge traicionado, en este caso el hombre, que por lo general no le quedan ánimos para perdonar y seguir creyendo en el amor, tampoco tendrá alientos para vivificar ese amor, renovarse y reconquistar los vínculos que lo unieron, en su momento, a la compañera de su vida.
Para muchos no hay infidelidad más que en el franco adulterio. Esto es una idea equivocada. De hecho, no suele darse ningún adulterio que no vaya precedido de actitudes que lo prepararon. Estas actitudes pueden comenzar con un simple pensamiento y manifestarse en una gentileza extrema hacia otra persona que no es el esposo. Mucho cuidado, pues en el simple prodigar inmoderadas atenciones que corresponderían al esposo, en este caso, ya se comienza a gestar la infidelidad femenina.
La mujer comienza a ser infiel de una manera muy sutil, puesto que, comienza con los sentidos, con los pensamientos, con los deseos, y pasa, en un segundo momento, a las actitudes y hechos bochornosos, hasta volverse, en muchos casos, en el estado adúltero habitual.
Por otro lado, cuántas parejas conocemos en las que uno persigue y el otro ruega, en la que uno lastima y el otro se culpabiliza. De este círculo vicioso se pasa a la otra figura geométrica: el triángulo, que sirve de escape ante una situación que demanda mucha entrega y da muy poca satisfacción.
La infidelidad es una de las formas más comunes de tratar de evadir el intenso dolor emocional que sentimos cuando nos enfrentamos al vacío interior. Sin embargo, no se puede huir de éste.
El vacío viene de mucho tiempo atrás, afecta la elección de la pareja y la capacidad de disfrutar de las relaciones. Lo conveniente será, entonces, bucear en nuestra historia, de tal forma que encontremos cuál es el principio de tal vacío.
Ser infiel no se hereda genéticamente, se aprende y no necesariamente a través de padres adúlteros (aunque la experiencia nos demuestra que en muchos casos así es), sino conviviendo con progenitores que tienen necesidades insatisfechas y altas expectativas hacia nosotros.
Esta situación trae como resultado la necesidad de comenzar a formar la imagen ideal de quien algún día será nuestro compañero perfecto. Y curiosamente buscamos no sólo las características positivas, sino también las negativas. Por ejemplo, la sobreprotección y la dependencia económico-emocional, la incapacidad de decidir, de respetarse a una misma, para llegar a ser, contradictoriamente, lo que no queremos ser. Y esto se debe a nuestro deseo interior de ser protegidas y atendidas por el hombre.
Resulta evidente el empeño que la mujer pone en su apariencia, esto se debe a la enorme deferencia que obtenemos del sexo masculino siendo atractivas. Además, pareciera ser que esta es la mejor forma de interesarles.
Pero qué pasa después de que logramos casarnos con el prototipo de hombre ideal, aunque sigamos en nuestro plan original de estar siempre contentas, siempre amorosas, siempre bellas y siempre dispuestas; el hecho de atender un hogar trae muchos contratiempos, sobre todo en el tiempo en que la mujer se dedica a ella misma. Y poco a poco cae en una rutina aplastante, asfixiante, donde la expresión de sus propias necesidades no encuentra ningún tiempo libre para ser atendida. Y así es como se recurre a las soluciones fáciles, pues nunca falta un acomedido hombre que nos escuche, (o que nos de por nuestro lado), empezándose a tejer lo inevitable
Debemos también contar que las mujeres pensamos que nuestra pareja nos pertenece, esto no es otra cosa que un temible miedo a la soledad. Muchas veces callamos por temor a ser manipuladas al hablar de nuestros sentimientos. Pero existe además un rechazo a poner límites por nuestra necesidad de ser amadas.
La mayoría de las mujeres son infieles porque encuentran en este acto una especie de fuente de energía que les ayuda a soportar los sinsabores de su hogar. Sin embargo y paralelamente a la misma, mantienen un alto compromiso con su relación satélite, dando como resultado que esta conducta vuelva a caer en el precario equilibrio del matrimonio.
Ante el aumento de divorcios y de matrimonios cada vez más breves, parece utópico pensar en un "amor para toda la vida". Sin embargo, sí existen parejas que han permanecido juntas por décadas. Según su experiencia, ellos coinciden en que es imprescindible saber ser amigos, el buen humor, el respeto y mantener el deseo y la voluntad de durar unidos toda la existencia. Los resultados son interesantes y mueven a la reflexión.
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