El ser humano, única criatura capaz de ir en contra de su propia naturaleza, de sus congéneres y de su propio medio, se empeña en ser aquello que su propia esencia rehusa de sí: el ser el todo en ella misma. Por ello, esa esencia estableció como medio de evolución en sí, en la vida, la ley del amor, el compartirse.
Lo animal propiamente dicho, evoluciona gracias a que las complementaridades subyacentes de sus principios Masculino y Femenino se agrupan y se mantienen en los valores del subconsciente colectivo que dirige sus manifestaciones externas.
Esas complementaridades subyacentes son los valores negativos o con capacidad de neutralizar el desarrollo de las energías típicas de su condición de ser en los niveles de la manifestación, los cuales se aglutinan en un valor trino de inmanifestación, inmerso en la subconsciencia colectiva.
Una vez desarrollada la estructura cerebral que caracteriza ya al ser humano, capaz de dar lugar al discernimiento, esa dualidad de valores complementarios subyacentes pasa ahora, poco a poco, a integrarse en los valores de conciencia, dando lugar con ello al establecimiento del libro albedrío, para así poder llegar a ser uno con Dios, no ya sólo en la esencia, pues ya lo eran, sino también en la conciencia, una vez alcanzada la sabiduría del amor, la sabiduría de la vida.
Es así como lo humano se va situando, paso a paso, en esa otra dimensión, la cuarta, desde la que comienza su camino hacia la corregencia de la vida. No obstante, habrá de pasar por el proceso de saber superar la soberbia o condición mental de caminar en el sentimiento de ser el todo.
Debemos saber aquí, que el principio de la vida es el amor, y que éste surge en ella a partir de que el todo de hace parte, dando lugar a la creación, y es por eso que la vida es el acto del amor, del compartirse hacia sí y fuera de sí, dando en ello lugar al sentimiento de lo interior y de lo exterior.
El todo del hombre no es saber ser hombre y mujer a un mismo tiempo, ni lo mismo el todo de la mujer.
Estos han de llegar a apreciar que lo que en cada uno de ellos hay del otro es sólo aparente, pues en el hombre no hay lo femenino característico de la mujer, sino el valor complementario en el campo de la inmanifestación, llamado masculino negativo, que resulta ser como la antimateria para la materia.
Este acapara los modos de una falsa feminidad, y tiende a formar con su valor positivo externo una integridad tendente a neutralizar o hacer desaparecer a ambos de los niveles de la concreción, de la personificación, de la individualización del ser y, con ello, de la capacidad creativa y generativa del ser. Y lo mismo ocurre en la mujer respecto de lo masculino que siente también en su interior querer manifestarse.
El hombre y la mujer, yéndose hacia la autosuficiencia individual, van poco a poco neutralizando su capacidad generativa, dando lugar a la indiferenciación de sus caracteres, tanto en lo que son sus elementos genésicos orgánicos, que sufren realmente un deterioro fisiológico, como en los factores psíquicos y de la fisiognomía, pues unos y otros son expresión de los niveles internos mentales del ser.
La androginia real la forma la conjunción del hombre y de la mujer, definidos cada uno de ellos como tales desde el instante en que sus gónadas o glándulas genésicas indiferenciadas decidieron, al poco de la concepción, lo que iban a ser sus cuerpos, a través de los cuales intervenir en los planos de la materialidad.
Esas glándulas genésicas optaron por constituirse en estructuras internas (ovarios y matriz) o externas (testículos y próstata), en función de los valores a cultivar en la encarnación de su ser. Definición natural orgánica que es fundamental respetar si queremos dar eficacia al sentido de la vida por la que optó nuestro espíritu al encarnar.
En un correcto compartirse, hombre y mujer podrán ir trasvasando esas polaridades que deben actuar en el otro para potenciar su estructuración base, que en ellos mismos actuarían degradatoriamente.
Deberán saberse uno en esencia, en psique, en energía, etc., con la sola peculiaridad de expresarse a través de dos factores orgánicos (cuerpos físicos) separados en lo espacial, a fin de dar más eficacia a la concreción y cultivo de los valores que en el ente uno que son están en la necesidad de expresar.
El alcanzar el conocimiento de los valores de ese compartirse, en cuanto a nutrición, actitud, dinámica, etc., es algo no fácil de matizar en el contexto actual humano, pues es tarea a cultivar a partir de que prenda con la suficiente fuerza de convencimiento y voluntad el criterio expuesto anteriormente. Hay realidades anatómicas y fisiológicas que ilustran lo que ha de operarse en los niveles del comportamiento, por lo cual, no todo hay que improvisarlo desde los acostumbrados niveles de la retórica filosófica abstracta.