Antonio Gálvez Alcaide, San Juan Despí, Barcelona


Escritor
e-mail: agalveza@hotmail.com
 

Sus libros publicados:

El Paseo de los Caracoles
Editorial Alba
Más información en
 EL PASEO DE LOS CARACOLES
 

Relatos del fuego sanguinario y un candor
Editorial Calambur
Más información en
  RELATOS DEL FUEGO SANGUINARIO Y UN CANDOR
(con lectura íntegra de un texto premiado)



Durante la entrega de premios en el XV Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado".
Salón de Actos del Palacio de Fernán-Núñez. Madrid.
(Delante de él se encontraba Camilo José Cela, que actuó como Presidente de la mesa del Jurado)



Junto a la tumba de uno de sus principales maestros literarios: Josep Pla
(es el nicho 4)
 

Echemos un vistazo a la prosa de algunos de sus artículos
periodísticos:

EN LA TUMBA DE JOSEP PLA

(Texto completo. Publicado en la revista Lateral, febrero/2000)
Nunca es tarde para hacerle una visita a Josep Pla. Aunque ahora se oculta entre las hechuras de los difuntos, el próximo día ocho de marzo cumplirá ciento tres años de vida.

La acción de salir de casa y emprender un largo viaje, por tierras de Gerona, con el exclusivo objeto de ofrecerle compañía, durante unos minutos, a un muerto totalmente ajeno a la sangre del visitante, es circunstancia de explicaciones sumamente embarazosas. El singular peregrinaje no se le puede confesar a cualquiera que se te cruce por la calle y te pregunte por tu ruta, porque quien te interpela, tras una respuesta sincera, de resonancias un tanto secas, pondría cara de ganso y te arrojaría una mirada de incógnitas, sin ahorrarse esos destellos livianos y ensombrecidos que se conceden a los extravagantes. El impulso de visitar muertos ajenos es una cuestión de callejas íntimas, de cordón umbilical que tira de los pies; es un asunto de magnetismo indomeñable que, en el momento más insospechado, recuerda un acto obligado que se mantiene pendiente. La estimación y la admiración son dos conceptos que definirían con facilidad esa especie de magnetismo que se engancha inexorablemente. Sin embargo, se quedan cortos e irrisorios. Hay algo más, muy complicado y probablemente inefable. El mismo Pla hizo cola en la plaza Roja de Moscú, en 1969, con setenta y dos años, a fin de situarse, durante unos segundos, frente a la momia de Lenin.

Llofriu, la población donde está enterrado el maestro, forma parte de un extenso llano flanqueado por un redondel de montañas. Pla describió así el Llofriu de su juventud: "Lugarejo insignificante del término de Palafrugell con parroquia propia. Es un pueblecito silencioso de tierras de secano, pobre, con una gente resignada, cerrada, de pocas ilusiones."

Evidentemente, el tiempo pasa y las cosas cambian, en este caso para mejor. Sigue siendo una localidad minúscula, eso sí, de masías disgregadas y de casas, en su mayoría, que rondan la parroquia, una parroquia que parece ser del siglo XVI, aunque sin ningún orden arquitectónico reconocido en la historia del arte. Las piedras de la parroquia, rasposas, ariscas, amarillentas, como con mal de hígado, tienen contrafuertes hercúleos que salen de unos tejados. Por las mañanas, en los recodos del campanario, hay un pájaro que silba como las personas eufóricas y bromistas. Su trinar encierra cierto cachondeo y uno, que nunca consigue ver el pájaro, se sabe un poco desbordado, como elemento integrante de un chiste. En la puerta de la parroquia, el viento, que nunca falta, desplaza un olor a boñiga que abre el apetito.

Como estamos aquí a primera hora de la mañana, el viento, que nunca falta, nos llega frío como los carámbanos, se entremete por los siempre graciosos tabiques de las orejas y nos golpea la cara con sus puntillas afiladas. Inmersos en esos instantes de viento puro de bosque, uno tiende a pensar en una piel cálida y tierna como las esponjas, en una serrana clemente que te brinda una lumbre. Sobre este asunto recuerdo unas palabras de Pla: "El vientecillo de tierra es vivo y nos aclara la cabeza. Ahora sería el momento, quizá, de pasar un rato con una mujer malcasada, accesible, generosa y amable."

Como sabemos, dentro de la espiral poética que nos lega nuestra historia, las malmaridadas se consagraron como un motivo muy sensible, y algo crispado, en las remotas canciones populares medievales. La literatura: toda una proeza de vidas paralelas.

A Josep Pla le gustaba muchísimo, una exageración, la obra de Pío Baroja, otro prosista considerable del siglo que acaba de eharnos el cierre. Mostraba una clara predilección por todo lo que se veía y se tocaba y, además, sin muchas premuras o retóricas. Josep Pla también tiene unas palabras muy simpáticas sobre la controvertida prosa deslavazada de Baroja: "El defecto de Baroja es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva, ligeramente --los lanza como los burros los pedos--." Josep Pla era tan pragmático, amaba tanto la franqueza de la vida recta que llegó a divagar sobre una cuestión de Cervantes, a quien admiraba, de la siguiente manera: "Me pregunto por qué no se habla nunca de Cervantes tal como realmente fue: un hombre muerto de hambre, de asco y de tristeza. Es la impresión que da permanentemente a cualquier persona normal que lo lea."

Josep Pla era un solitario de rancia costra apergaminada, un gran apartado. Incluso su casa, el mas Pla, la masía en la que se asentó en 1947, es la más apartada de Llofriu. Se halla casi a mitad de camino entre el poblado de Llofriu y el de Palafrugell. Uno se acerca al mas Pla, por cualquiera de las dos sendas que te aproximan, y se encuentra con un cartelito que anuncia su condición de propiedad privada, seguido del imperativo que prohíbe el paso. Guardando la distancia, se pueden contemplar buena parte de la fachada y, perfectamente, las evocadoras ventanas. Tras una de aquellas ventanas cayó, herido de muerte, uno de los abuelos de Pla, mientras se ensimismaba con los traquidos de una tormenta demasiado agresiva. Tras una de aquellas ventanas se asomaron, en verano, los revoloteos cariñosos de Adi Emberg, el amor de juventud del gran solitario, que le duró --más o menos a trancas y barrancas-- quince años, hasta 1939. Uno no consigue evitar imaginarse a aquella chica, por la fresca de la mañana, apoyada en el alféizar de una de las ventanas con un viso de claras transparencias. El curso de la vida... Josep Pla salió del hospital para morirse entre los ecos de su masía, a los ochenta y cuatro años. Se dice que, un mes antes, el gran solitario pasó su cumpleaños absolutamente solo. Una advertencia del maestro: "mi condición sería más solitaria que la de un mochuelo en la nocturnidad. No soy partidario de la soledad, a pesar de ser un solitario. No hagan caso de las locuras literarias personales. Los hombres y las mujeres han nacido para vivir con los demás." Vayamos, sin más demora, al cementerio de Llofriu.

La calle del cementerio adopta un nombre incuestionablemente representativo. Se llama Tramontana. Para entrar al cementerio hay que buscar la llave de su verja. Esta pesquisa ya nos la avisó nuestro anfitrión. Tanto en El cuadern gris (autobiografía) como en El carrer estret (presunta novela), Pla nos dice lo mismo con distintas palabras, que siempre ha tenido curiosidad de visitar los cementerios rurales y que nunca ha encontrado la llave, una llave que parece que se esfuma. En nuestro caso no ocurre lo mismo. De nuevo se ve que, en algunos asuntos, los tiempos cambian para mejor.

Tenemos la llave. El cementerio de Llofriu tiene una llave de hierro dulce, larga, vieja, delgada como un lápiz, ennegrecida. La verja chirría cuando la dejamos entreabierta y nos detenemos para alcanzar una entera perspectiva. El cementerio forma un rectángulo reducidísimo. En la entrada, a la izquierda, nos reciben cuatro cipreses enfilados, copudos, densos, añosos, en constante abrazo, como una familia unida. A la derecha, tenemos dos cipreses del mismo tamaño, que se desarrollan paralelamente, pero guardándose las distancias. Como figura de contraste, parecen una pareja desavenida. Detrás de ellos, igual que un hijo temeroso, un ciprés primerizo, con su punta a menos de dos metros del suelo, enraíza su tronco, fino como una pierna, y estira sus ramas, delgadas como los brazos de un adolescente.

En el cementerio de Llofriu ningún difunto yace bajo tierra. Los bloques de nichos, de una altura irregular, se unen a los muros que se consagran a ambos lados y delante, en forma de u invertida. Al fondo, en línea recta, nos llama la tumba de Josep Pla, el gran maestro. Su bloque de nichos parece un torreón mellado. Se nos antoja semejante a unas almenas desdentadas. En su bloque se aglutinan nueve columnas ondulantes. La primera dispone de cuatro nichos (en uno de ellos se halla un niño fallecido en 1874). La segunda, la del maestro, tiene una altura de dos, a la que le siguen dos columnas, de tres nichos, con la finalidad de continuar esta suerte de rizos. O sea, debido a la irregularidad del bloque, los nichos no disponen de cubierta. No tienen cubierta. Estas tres palabras precedentes son rotundamente alarmantes, tristes y terribles. Probablemente, cuando llueve, los restos de Pla se nos mojan fundidos en un alud de goterones y canales
de agua burbujeante, entre el hálito de una eterna resignación depauperada y extenuada.

Presumiblemente, el maestro se nos moja. Su lápida cubre la altura de dos nichos y, por encima, en la estrechura del fondo, se distingue el enmohecido muro. El techo de la tumba es una fina capa de cemento que reboza las piezas de ladrillo habituales en la separación entre nichos. Sobre su techo, unos matojos se balancean al viento despreocupado, fortalecido, rabioso en estos momentos, por estas soledades. En la lápida leemos las siguientes letras esculpidas: "Familia Pla / Josep Pla Casadevall / Escriptor / 8-3-1897 / 23-4-1981".

Imbuido en el convencimiento atroz de que el maestro se nos moja, se me ocurre un epitafio basado en unas palabras que el difunto dejó escritas: "Aquí yace uno de los escritores más atacados del país. Es indiferente. Mucho más se atacó a sí mismo. Y así sigue." Las palabras de Pla son éstas: "Fui uno de los escritores más atacados del país. Es indiferente. Mucho más me ataqué a mí mismo." El maestro se nos moja. Por estas soledades no existe persona viviente que me convenza de lo contrario. No hay nadie. La cuestión es tan vergonzosa de pronunciar que renuncio a comentársela, posteriormente, a quien posee la llave.

Salimos del cementerio con el berrinche del viento y la cabeza poblada de aguas. La verja nos despide con su chirrido. Desde fuera contemplamos, por última vez, la blanca lápida de Josep Pla, al fondo. Y allí abandonamos a uno de los más grandes prosistas que nos ha dado el siglo que acaba de esfumarse. Allí lo dejamos, a la espera de las aguas filtradas y, como él mismo diría, pobre como una rata.
 

"Carta a los jóvenes escritores" (ABC, 11/11/98)
(Texto completo)
Me dirijo a ustedes, los autores que caminan a salto de mata por los escarpados caminos de la literatura; a ustedes, los autores que se hallan aislados, por temperamento o por sencillas cuestiones geográficas; a ustedes, los que, en esas veredas muchas veces incomprensibles, sólo cuentan como mediadores a unas solicitadísimas señoras que se llaman Estafeta de Correos. Ustedes que insisten, siempre con el gatillo de la tinta a mano. Ustedes que devoran lecturas importantes y escriben sin extraviar vuestro pozo sin fondo de la esperanza; que ven pasar un año, y otro, y otro año más sin recoger, siquiera, famélicos frutos. Y sin embargo, siguen. Y siguen. Ustedes son de los míos. Ustedes tienen mi más sincera simpatía.

Estamos en un tiempo de paulatino enfriamiento, en el que, según nos pille el norte, podemos pisar descascarilladas hojarascas sobre la tierra. Estamos en otoño. Los jóvenes autores, y no tan jóvenes, los autores que pueden llevar más de una década intentando empezar, con un primer paso firme, en la farragosa senda literaria, saben que se inicia una nueva temporada, una época en la que proliferan los fallos de numerosos concursos literarios. Camilo José Cela, cuando principiaban las brumas otoñales, escribió, en estas mismas páginas, un artículo titulado "Carta a los jóvenes escritores", de ahí mi encabezamiento entrecomillado. El viejo maestro dice: "en el otoño nace, como todos los años, el tiempo de los premios literarios y su secuela de ilusiones y decepciones". Y yo, como muchos, me di por aludido, en mi caso no tanto por mi engañosa juventud, sino porque me hallaba implicado en lo que Cela refería (en esos momentos tenía dos novelas finalistas en un mismo premio de novela). El viejo maestro expresa que la literatura es "una carrera de antorchas que cada cual lleva hasta donde puede y los demás le dejan". Repito: "y los demás le dejan". El viejo maestro, ya en la conclusión, afirma: "todos nos debemos al calendario, a la vocación y a la suerte". Repito: "y a la suerte".

Efectivamente, aunque Cela cumplió sobradamente con el propósito de su mensaje, el de estimular --desde el inicio se le ve la intención: "me gustaría tener ingenio y fuerzas bastantes para alentar a los jóvenes escritores"--, a uno se le baja el alma a los pies cuando lee, tan a las claras, y por una cúspide, lo que uno ya sospechaba y nunca podrá controlar. Me refiero a eso que he subrayado, al azaroso vuelo de la suerte y a la determinante estela de llegar hasta donde los demás te dejen.

A mí, desde el espacio que me concede esta tribuna, también me gustaría tener ingenio y fuerzas suficientes para hacerles llegar un descomunal impulso sin fronteras, que fuese sosegadamente comburente a fin de que siempre se mantenga activo vuestro fuego literario. Y me gustaría expresar, con delicadeza, que ustedes nunca serán escritores, simple y llanamente escritores, mientras no llegue el día que viváis de vuestras letras impresas. Aunque sabemos muy bien que el DRAE dice que el escritor es la persona que escribe, sin más, prueben ustedes autodefinirse escritores delante de las orejas de vuestros compañeros de la zanja, de vuestros compañeros de la oficina, de vuestros compañeros de la fábrica, del taller, etcétera. Y comprobarán, si mantienen los ojos abiertos, cómo vuelan sobre vuestras cabezas los desastrados vientos de la petulancia, una realidad falseada, una omisión estúpida a la verdadera profesión que les sostiene.

La escritura es muy difícil, una herramienta que se estira sin agrietarse, una joya que nunca les permitirá bajar la guardia. Recientemente leí, en un suplemento literario, la reseña de un libro de relatos --un libro que pertenece a un grupo editorial poderoso-- en la que el crítico sacaba a relucir casi una cincuentena de faltas de concordancia, ortografía y puntuación. Sí, seguro que ustedes han pensado alguna vez que muchos empiezan a publicar antes de aprender a escribir. Me refiero al dominio de los rudimentos, de las cuatro reglas gramaticales.

Si ustedes creen que, un día tras otro, necesitan horas para desarrollar vuestras obras. Si ustedes sienten que se les escapa el tren por una mera cuestión de tiempo. Si ustedes piensan, desde el análisis de una notable frialdad, que vuestras letras tienen serias posibilidades de hacerse paso, por sí solas, entre las salpicadas escolleras de la literatura, pues entonces no lo duden, no se queden ustedes con la picajosa duda para siempre y compren vuestra libertad, como podían hacer algunos esclavos de la antigua Roma. Rompan con vuestros trabajos. Pidan la cuenta tras un concienzudo período de ahorro económico y láncense al vacío. Si ustedes se juegan el pellejo, no les cabrá la menor duda de que lo han intentado hasta el límite. La paciencia y la tenacidad habrán de rodearles por los cuatro costados (un ejemplo: mi primer libro editado cruzó la tronera de veintidós editoriales) y la sensación de piedra abandonada les atornillará el alma. Yo no soy del todo temerario, hablo según el dictado de mi propia experiencia.

El jaque es muy ingrato y muchas veces acobarda de una manera insufrible; pero no viene del todo mal, porque ustedes escriben sobre la vida. El callo literario es una garantía, y haber llegado al inicio del camino sin unas manitas que te abren brechas, le da a uno mucha confianza, como podrán comprobar con la ayuda del tiempo.

Arreen ustedes con las mejores y más plausibles esperanzas, y cárguense de buenas y malas palabras, que todas hacen su avío.

Centenario (ABC, 5/6/98)
           (Texto completo)
   Cuando alguna noche se me cruza la luna por los ojos,
vislumbro en ella, según la órbita de su inclinación, escalo-
nadas fraguas con manchas de pulmones ahogados en agua.
Entonces recuerdo los destellos de numerosas imágenes re-
galadas, multitud de olivares, higueras, juncos afilados lle-
nos de pasiones rojas, limo y matas de pelo. Y se me ahueca
la mirada y noto muy en lo hondo el fragor de un viento fu-
rioso que muerde los techos de pizarra de mis melancolías.
Poco después me atrapan unas cadenas de soledad, extraños
gozos, unas nubes de negra radiación, y me imagino, sobre
las paredes encaladas, el borboteo de unas facciones lorquianas.
   Lorca, Federico García Lorca, te veo tan cerca que te siento
hermano. Por estos pagos finiseculares, muy prestos a la remem-
branza, te homenajean, te jalean, repasan tu vida, la represen-
tan, hacen cábalas sobre tu presumible evolución poética, apare-
cen nuevas traducciones en el extranjero, subastan algunas de tus
cartas íntimas a precio de oro, incluso lo que tocaste, como reli-
quias de compra-venta al mejor postor, restauran el breve ma-
nuscrito de tu llanto taurino con una póliza de seguros de cin-
cuenta millones de pesetas caudalosas, protectoras, enriquecedo-
ras, actualizan la interpretación de tus versos, a todos contentas.
Lorca, hermano, disgregado en tierra leve y anónima, cumples
tus primeros cien años de vida.
   Silencio. Valor grandilocuente. Nuestra poesía de final de mi-
lenio desfila. Silencio. Porte solemne. Nuestra última poesía mar-
cha sobre una alfombra de cascajos, aureolada de bisutería y ño-
ñas rencillas cubiertas de palabras fofas y enclenques. Silencio.
Salvo grandes excepciones, nuestra poesía de final de milenio se
deshace aquejada de estornudos y carraspeos. El niño grande, el
hombre grande, el de la sonrisa morena, el maestro granadino que
humanizaba todo lo que tocaba, sonrojado de candelas, dijo que
al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la san-
gre. Y el duende, ese pellizco al que Horacio llamaba nervio, pare-
ce que hoy se multiplica y ronca estentóreamente dormido, como
poseído de la resaca de pasadas glorias; mientras la sangre, ese to-
rrente de floraciones, generalmente sólo riega viejas carnes cansadas.
   Presiento la descarga de un silencio suave, las imágenes. En estos
momentos, compañero, la luna se ve suspendida con dos manos lar-
gas, dorada de ruegos, todavía habitada por tus ojos y su corazón
de misterio.
   El silencio me cubre con sus notas reposadas. La noche navega
hacia frisos estivales, bajo el remanso de las estrellas que parpadean.
Cerca de una fuente, una gota de cien años resbala sobre las mejillas
de un cuerpo milenario, espíritu de tez morena, maravilla indeleble,
sumidero de poetas, llama de prosas.
 
 

Sensaciones (ABC, 24/5/98)
"(...) Fue en la Plaza Sant Jaume. (...) Y de un centro
radiante apareció la sonrisa rugosa del Honorable
Jordi Pujol. (...) La fina pluma de Juan Marsé, en su
novela pijoapartesca, refiriéndose a unos determina-
dos universitarios de finales de los 50, declara: "Con
el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros co-
mo víctimas, la mayoría como imbéciles o como ni-
ños, alguno como sensato, ninguno como inteligen-
te, todos como lo que eran: señoritos de mierda".
(...) Allí, en la plaza Sant Jaume, entre mi perpleji-
dad y la sonrisa del Presidente, inevitablemente vam-
pírica, capté tremendas sensaciones de grima. Y mis
pensamientos se avinagraron en una cabeza temblo-
na, aislada, ruborizada."


Josep Pla en movimiento (ABC, 3/10/98)
(Texto completo)

Confieso que todavía me zarandea un extraño temblor. El cortísimo primer plano del maestro se me ha pegado a la retina como un manchón de decadencia taciturna. Por fin he logrado contemplar, en cinta de vídeo a la venta, la valiosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Josep Pla en 1976. El impacto ha sido, minuto a minuto, hasta el final, culminante, sin gradaciones. Uno estaba convencido de que jamás escucharía el acento catalán del maestro --un acento muy cerrado, como de plataforma hermética--, que nunca mediría las hechuras de sus movimientos, y de repente me veo abrazando su imagen decrépita, con una incontenible flojera de quijadas. Háganse cargo. Si nos dijeran que se ha descubierto una película polvorienta, con Valle-Inclán en movimiento, y sus ceceos en sarta, se abrirían muchas bocas.

El ajado pellejo del maestro, cinco años antes de su muerte, es total. Lo que se distingue en un cortísimo primer plano no se aprecia en fotografías. Hay viejos y viejos. A Picasso, por ejemplo, físicamente se le veía joven. A Josep Pla no. Pla es un viejo de hueso duro cristalizado y arruga firme, un viejo plenamente viejo, un viejo casi de tembleque y baba. Su lagrimeo constante, finamente amalgamado con el particular tonillo de sus palabras y el descomunal acierto de sus argumentaciones, pone, como él mismo diría, la carne de gallina.

La honestidad del maestro también abruma. Sus incisos de modestia, chispeantemente simpáticos, y como de tapadillo, permiten que tomemos aire. Sus incisos son del tipo "no sé si esto le puede interesar", "perdone, quite usted esto y todo lo que le venga en gana", "yo no sé nada de nada, ¿no lo ve usted, hombre?", "usted lo conoce mucho mejor, todo eso". Pla responde sobre casi todos los temas. Soler Serrano lo desnuda con bastante tino, con absoluta sencillez, hasta lo anima, ya en la conclusión, a que se incruste la boina. (A medida que transcurría la cinta, la oronda faz de Soler Serrano me inquietaba. La emparentaba con alguien que se me resistía al vislumbre. Esos carrillos de globo, cuyos muelles estirados se prolongaban en los párpados, evocaban una identidad que no sabía descifrar y que el maestro, muy pronto, me descubrió durante uno de sus incisos de modestia, cuando afirmó: "Usted tiene mucha más experiencia que yo. Si parece usted, carajo, un emperador romano, el general Galba").

No sé precisar exactamente el motivo. El aceite del cerebro del maestro me lo imagino sin cesar en persistente borboteo. Su prosa es la de un observador nato. Pla es un observador minucioso, inigualable, una rareza. En la cinta lo podemos ver reconociendo que, frente a la literatura de imaginación, él siempre ha hecho literatura de observación. Es tan observador que sabe lo que vale un peine. Por eso escribe: "La lengua es tan difícil, tan dura, tan tiesa, de un manejo tan rígido, tan llena de dificultades, que todo el mundo escribe como puede... ¡y gracias!". Evidentemente, sigue siendo así. Incluso tenemos escritores consagrados que parecen plumíferos, de bajo relieve, debido a su continua manía de soslayar la dolorosa doma de la lengua. No se puede evitar: los sudores son agrios, mojan y hieden.

Sigo en las mismas, con el extraño temblor. El cortísimo primer plano del maestro se me ha pegado a la retina como un manchón de decadencia taciturna, muy amarga. Ya me ha marcado la imagen en movimiento de Josep Pla, con esa colilla ensalivada que no le tira y la desagradable constatación, según sus propias palabras, de haber sido para la vida un hombre totalmente infeliz. El maestro nunca consiguió atenuar su obsesión por la escritura. Su claridad mental y sus ordenados principios lo llevaron al aislamiento, al desengaño más estridente y puramente ácido. Josep Pla es LITERATURA, con mayúsculas. Ya no queda gente así.