La Garcineida

Introducción, edición y traducción de Juan J. Cienfuegos

 

 

 

Introducción

 

Esta es la edición y traducción de un texto catalogado como una furibunda sátira contra dos importantes figuras de la Iglesia de finales del siglo XI: el arzobispo de Toledo, don Bernardo de Cluny y el papa Urbano II.

 

La ciudad de Toledo fue recuperada del dominio árabe el día 25 de mayo del año 1085 por el rey Alfonso VI, y desde ese momento se aplicó el monarca a la restauración de la fe católica en su nuevo dominio, para lo cual contó con una personalidad fundamental. Ciertamente es un hito clave en el proceso restaurador el nombramiento para la sede de Toledo del antiguo cluniacense Bernardo de Sedirac, a la sazón abad de Sahagún.

 

Bernardo venía avalado por el papa Gregorio VII, y su elección, aunque decidida personalmente por el monarca castellano (contaba además el de Sedirac con las simpatías de la esposa del rey), sería posteriormente refrendada por Urbano II, el sucesor de Gregorio que murió, precisamente, el día de la conquista de Toledo por las tropas cristianas. Y en momentos como estos, en los que era especialmente severa la posición de la más alta jerarquías de la Iglesia contra las investiduras laicas, resulta cuando menos chocante el hecho de que ésta no sea contestada.

 

Efectivamente, Urbano II, que de manera explícita se declara continuador de Gregorio, va a aceptar el nombramiento de Bernardo e, incluso, va a ser un importante baluarte del arzobispo. Conque, ¿cómo casa el riguroso ataque a la investidura laica que propugnara Gregorio VII y continúa Urbano, con la aceptación del electo Bernardo, en cuyo nombramiento la iniciativa fue de Alfonso VI? Varias razones se nos antojan suficientes para explicar la coherencia estos dos hechos.

 

En primer lugar, tal y como propusieron Fliche-Martin, son motivos básicamente orientados a una política de alianzas los que mueven la conducta del papa en sus relaciones con la iglesia toledana. Es decir, cuanto más arrecian los ataques de la facción cismática encabezada por el Antipapa Clemente III y sostenida por el germano Enrique IV, más necesario se presenta para la Iglesia que se declara seguidora de la Reforma de Gregorio el conciliarse con los monarcas de los distintos Estados, con vistas a obtener de ellos una ayuda preciosa en esos momentos.

 

En segundo lugar, aunque no menos importante que la razón anterior, está documentado el conocimiento personal entre el arzobispo y el papa, ya que ambos proceden de Cluny donde coincidieron en la vida monacal.

 

A estas razones se añade aún una tercera no menos importante. Es sabido que en esta época la orden de Cluny se encuentra en el apogeo de su poderío. Así pues, no es raro que sus antiguos monjes hagan lo posible por ensanchar esa pujanza. Aquí puede que haya una sólida razón para aclarar la finalidad que pueda subyacer a las relaciones de Urbano II para con Bernardo de Toledo, puesto que la profundidad de la penetratión cluniacense en los reinos hispanos es evidente en las sucesivas sedes que van ocupando los cluniacenses en la península y en el continente llegando incluso al solio papal.

Queda, pues, solucionada la paradoja de manera completa. Las tres razones en su globalidad, o incluso alguna cualquiera de ellas por separado, son capaces de dar cuenta de esas particulares conductas.

En el hilo del tiempo se data sobre el mes de marzo del año 1088 un viaje del arzobispo a Italia,cuyo fin es obtener la sanción papal a su elección, como se verá meses más tarde, el 15 de mnyo, en una carta que, desde Anagni dirige Urbano a los obispos hispanos. En ella les da noticia de la elección de Bernardo como arzobispo de la sede primada de Toledo, que obtiene tal dignidad de acuerdo con el esplendor del tiempo de los godos, antiquis adtestantibus priuilegiis, dice el autor de la Garcineida.

 

Traducción

 

I. En aquel tiempo en que Urbano, el Pontífice más avaricioso de la Iglesia de Roma, hacía el traslado a esa ciudad de los cuerpos de los mártires más santos, a saber, de Platinio y Orinio, que habían sido cosechados en las iglesias de las Galias(5); y cuando en sus bolsas de oro los sepultaba fastuosamente con sus propias manos, como el piadoso varón que era, (10) Grimoardo, arzobispo de la Iglesia de Toledo, encontró por casualidad ciertas reliquias de esos mártires y se tomó buen cuidado de hacer su traslación hacia la cámara del tesoro de Santa Deseosa(15). Comprendiendo, además, que el Romano Pontífice amaba las reliquias (sabía en efecto de la cristiana contrición del hombre), se encaminó a Roma con ellas(20). Por su parte, el de Toledo anhelaba la legación apostólica de la Aquitania que la sede metropolitana de Toledo, según el testimonio de antiguos privilegios(25), consiguió por disposición del Santo Gregorio. Es por eso que parecería una falta, incluso una vergüenza, que fuera privada de un honor que habían poseído sus antecesores una persona de tanto peso (30), tan lustrosa, tan oronda y tan carnosa. Sin embargo, por más que sonría ante las copas bien llenas (y por cierto, que era valeroso a la hora de beber vino)(35). Aunque ronque noche y día (pues no podría mantenerse en vela). A pesar de tener barriga de Pontífice (40) (y en verdad que le hacía una curva porque se le estiraba desmesuradamente: cosa lógica cuando allí se le sepultaba un salmón entero en un solo almuerzo). Aunque él considere práctica piadosa proscribir al inocente, (45) perseguir al justo, robar al pobre y al huérfano hurtarle su patrimonio (50) por la fuerza. Por más que intente vivamente mentir en todo, por si acaso una pizca de verdad pudiera avergonzarle, y aunque sobresalga en todas las virtudes señaladas y las demás (55) que en estos tiempos elevan a los prelados, en modo alguno sería legado de la Iglesia Romana, si no presentaba a su Pontífice las costosas reliquias de los susodichos mártires.

 

II. Así pues, armado de aquellas como era necesario, entró en la ciudad de Roma. Y, después de haber orado en la iglesia de San Pedro, (5) el príncipe de los Apóstoles, se dirigía hasta Urbano cuando al llamar a la puerta oye a su portero la siguiente respuesta: (10)

 

Si alguno quiere llegarse hasta Urbano, que se acerque sin temor, si lleva a Platinio.

 

Al escuchar esto, uno que se llamaba Garsias (15) y que, por casualidad, había venido con el Toledano, riendo por lo bajo, exclamó:

 

¿Pues cómo es que no se lee ese lema en los dinteles de las casas (20) y en los postigos de las puertas, para que los extranjeros que acudan al Papa vean señalada de antemano la costumbre de Roma? (25)

 

El prelado había mostrado ya a Platinio (30)* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * Por fin, el Pontífice de Toledo avanza hasta el Papa y se lo encuentra sentado en un asiento de mármol, lujosamente vestido de púrpura y apretujado en medio de gordísimos cardenales. Cuatro de los cuáles(35) sostenían con sus propias manos una copa de oro, de un peso enorme y llena de un vino riquísimo, con la que el Pontífice de Roma iba apagando continuamente los ardores propios de alguien cuyas entrañas, como rebosan de salsas de toda especie se queman hasta la médula. Verdaderamente, todo su cuerpo rebosaba de salsas. (40)Invitábanle los cardenales a beber con más ganas y, como había devorado un sextario completo en súplica "por la salvación del mundo, por la redención de las almas, por los enfermos, por la fertilidad de la tierra, por la paz, por los viajeros, por los navegantes y por el estado de la Iglesia de Roma", y como no podía tragar más (45), porque le estallaba la barriga, los cardenales le animaban a que, por lo menos, lo intentara y le prometían que ellos lo intentarían después de él. Y, para no ser acusados de falsedad, se empeñaban en ello. En efecto, las palabras de un sacerdote o son verdaderas o son un sacrilegio. Así pues, cuando el Papa hubo bebido como a la fuerza una y mil veces (50), los cardenales terminaban de secar la copa y el Teucro no parecía tener menos cristiana contrición. Luego se ponía a Baco dentro del oro otra vez. El Teucro apremiaba a Urbano con su insistencia y le iba aconsejando y animando todo lo que podía, leyendo y leyendo (55) aquel célebre precepto de Horacio: "Saborea los vinos". Y aquel otro: "Cuando hayas muerto no podrás jugarte a los dados el reino del vino". Y aquel: "A los abstemios los enfrenta Dios a la adversidad".

(60)III. A esto que Gregorio el Papiense, sentándose a los pies del señor Papa, tenía en la mano un libro, del que oímos que se le llamaba el Anticanon o El Exterminador e iba leyendo una sentencia a la que el Romano Pontífice aplicaba con atención sus oídos. Los cardenales, por su parte, asentían con gran ardor. La sentencia era ésta: (5)

«¡Qué valiosos son los mártires Orinio y Platinio! ¡Qué dignos de predicación! ¡Qué dignos de alabanza son aquellos, cuyas reliquias hacen que, al instante, quede perdonado el pecador, convertido de terrenal (10)en celestial y de impío vuelto inocente! Hemos visto, sí, hemos visto cómo prelados simoníacos, sacrílegos y disipadores de sus iglesias han venido ante el Papa y, gracias a las reliquias de los susodichos han sido purificados con la bendición apostólica y liberados de la atadura de todos los pecados, y también hemos visto cómo han vuelto a su patria sin rastro de lo viejo, (15) nuevos, tal y como si hubieran nacido de nuevo. Por tanto, aquel que esté infectado por la enfermedad del adulterio; el que sea culpable de asesinato; quienquiera que esté corrompido por el pecado de la fornicación, quienquiera que se haya quedado amarillo por la pus de la envidia; el que esté marcado (20) por la infamia del perjurio y también, por fin, todos los sacrílegos, los maledicentes, los borrachos, los ladrones, los avariciosos, los testarudos, los crueles, los traidores, los buscapleitos, los delatores, los impíos, los embusteros, los malvados. ¿Qué más? Todos los abominables, los proscritos, los de mala fama, los condenados, los desterrados, (25) todos, por último, los que han ofendido a Dios de mano, boca y lengua, que no duden en acudir al señor Papa con las reliquias de los mártires más preciosos para ser absueltos de todo. De otra manera, su petición será en vano. (30)Venid, venid, arzobispos demoníacos, abades, deanes y priores; ofreced al Romano Pontífice los dos mártires por cuya intercesión se abre de par en par la entrada de la Iglesia de Roma. ¡Vedlo aquí en a la puerta, con las manos abiertas! ¡Mirad cómo llama a todos, cómo los anima y los convida, sin rechazar a nadie (35) con tal de que sea confesor de Platinio y Orinio! Así pues, ¡pedid por la gracia de Platinio y se os dará! ¡Buscad por Orinio y encontrareis! ¡Llamad por los dos y se os abrirá! Porque todo el que busca por Orinio encuentra (40), y por la intercesión de ambos se le abre al que llama. Por lo tanto, corred hacia el Romano Pontífice para que podáis abrazarlo, por las gracias de estos mártires por supuesto. Éste es el camino que lleva al Papa en línea recta. Porque(45) no será coronado quien no luche con arreglo a la ley. ¡Por Pólux! Sí que es bueno, legal, lógico, canónico, romano, celestial y católico combatir este combate donde lucha Platinio, en el que Orinio pelea y vence. (50)Porque una constante victoria aguarda a estos dos mártires, pues, ¿quién se resiste cuando es Platinio el que intercede? ¿Quién niega cuando es Platinio quien suplica? ¿Quién se opone cuando lo manda Orinio? Son ellos los que a reyes y emperadores, a tetrarcas, a príncipes y demás poderes vencieron en una lucha viril. Son estos dos mártires los que han domado a obispos, cardenales, arzobispos, abades, deanes, priores, diáconos, sacerdotes, subdiáconos y, para que se me escapen pocos, al mismísimo Pontífice de Roma. (60) Son estos dos mártires los más poderosos en los Concilios, los más escuchados en las sinagogas y los ganadores en los teatros. Por obra de estos dos preciosísimos mártires el Romano Pontífice tiró por (65)tierra a Guiberto, domeñó a Enrique, refrenó al Senado y se hizo el dueño de la república. Con la ayuda de aquellos, el Romano Pontífice penetró valientemente en la casa de Crescencio, franqueó por la fuerza la mansión Tarpeya, subió al Capitolio y abrió el arca de san Pedro. (70) Estos son los mártires tan costosos por quienes Roma se afana especialmente, en cuyo abrazo se precipita el Lacio y a quienes otorga su favor Italia en primer lugar. Son estos caros mártires los que elevan a impíos, a los culpables exculpan y a los presos liberan".

IV »Estos costosos mártires son los dueños de las tierras, los triunfadores sobre el orbe, y son también ellos los que cierran y nadie abre, abren y nadie cierra, porque tienen este poder de atar y desatar, (5)sobre todo en los días del Papa Urbano, pues aunque podríamos hallar a otros gobernadores de la Iglesia Romana que sudaron lo suyo por los citados mártires, se demuestra con pocas razones sin embargo, que el Santísimo Urbano se esforzó por ellos apasionadamente, los honró de manera especial, los anheló boquiabierto y tan sólo a ellos exaltó. Pues si no, ¿Quién salió de la ciudad de Roma como exiliado? o ¿Quién fue condenado al destierro? ¿No fue Urbano? Urbano, sí, un Papa piadosísimo, en verdad Papa, porque aun siendo digno de admiración en su apariencia de pontífice de Roma, se despojó a sí mismo de ella y tomó la de un extranjero. Y es el caso que, inflamado de su ardiente deseo de los mártires Platinio y Orinio, fue el primero que entregó su cuerpo al martirio, se expuso a la miseria, fue sometido a todas las desgracias, entregado al sufrimiento físico y atormentado con el desdén. En púrpura, digna de reyes y en pieles caras, en el vino fuerte y en el mejor, el Falerno y el Másico, en el vino sin mezcla, en la copa de Tracia, en jugos picantes, en salsas ardientes, en pasiones por la bebida, en las expiaciones de los pagos,en baños continuos, en cojines de seda, en cabalgaduras con palafrenes, en un carro de oro, en perfumes, en riquezas., en pompa, fastuosidad, lisonjas,aclamaciones, en las cervices, con la barriga saciada, en honores y en gloria, dió vueltas de un lado a otro. El Pontífice de Roma fue dilapidado con estas piedras, por semejantes puñales acuchillado, por estos espíritus del mal tentado y de esta muerte falleció: por los peligros de las lampreas, de los salmones, de los barbos, de la hartura y de la borrachera, además de todo aquello que amenazaba por dentro al Pontífice de Roma, cuya diaria preocupación era por todos sus placeres.

»De este modo, pues, ante los ojos de los ignorantes parecía que se moría (a él mismo también le parecía morirse de la borrachera ) y aunque cara a los hombres padecía torturas, su esperanza estaba, llena de gozo porque el demonio lo había tentado y lo había encontrado digno de él. Pues bien, estas pasiones, estas tribulaciones, estos insufribles desgarramientos, estas llagas, estos tormentos sufrió el Pontífice romano cuando visitaba las iglesias de las Galias por su sed de Platinio y su ardiente amor a Orinio.

»Siempre que acudían a é1 desde reinos distantes, desde lejanas comarcas obispos abarrotados y abades cargados para hacerle ofrenda de las reliquias de los citados mártires, los recibía, él en persona y les daba las gracias con la devoción de corazón y la compunción de su alma. Pero suspiraba, porque no le hubieran traído más, siendo así que no le bastaban ni el río Pactolo ni el Tajo que llevan rodando arenas de oro, de modo que aunque, llenra sus arcas, aunque abarrotara sus tesoros y metiera la abundáncia en sus bolsas, sin embargo le parecía que no era nada porque estaba sediento con un ardor y deseo tan grande de las preciosas reliquias de los dos mártires y, por lo mismo, a los que habían hecho la ofrenda les exhortaba de la siguiente manera:

— Vamos, vamos, hijos de la Iglesia Roman, entrañas que sois de San Pedro, el Israel verdadero, acudid a la ofren da. Vamos, haced la vuestra en un solo montón y decid Amén. Y si alguno posee reliquias de los dos mártires, que acuda sin miedo, pero los que no tengan, que salgan, porque está escrito: "Hon rarás a Urbano con tus bienes y con las primicias de tus cosechas. Y en otro lugar: Yo os encargué que os fuérais y trajeseis a Urbano la cosecha, es decir a Platinio y a Orinio.

»Y una vez que hubieran hecho la ofrenda, apostillaba a los que se iban:

— Vamos, vamos, hijitos míos, a los que yo he de parir por segunda vez cuando vuelva a cobrar forma en vosotros Platinio; iros, iros en paz os digo y si quedara algo de los riñones de Platinio, de las entrañas de Orinio, de la barriga, del estómago, del lomo, de la uña, de los hombros, del pecho, de las costillas, de la cerviz, de las piernas, del cuello, ¿qué más?, de cualquiera de los miembros de los dos mártires, presentádmelo sin tardanza, porque sabéis que está escrito "No te mostrarás sin nada en presencia del Pontífice de Roma", y en otro sitio "Urbano ama al que da con alegría". Y en efecto conoceré si sois mis hijos en lo siguiente, en que me traigáis las preciosas reliquias. Además, cualesquiera reliquias que tengáis, traedlas todas y no os quedéis nada porque aunque uno cumpla con la ley entera se convierte en reo de toda ella si peca en una sola cosa.

»¡Oh mártires que nunca habéis sido buscados lo suficiente y sobre todo nunca suficientemente encontrados; de quienes nunca se harta la compunción de Roma! Cuanto más los persigue, los aprieta y los esconde, tanto más los ansía boquiabierta, se muere por su sed y los desea! ¡Oh mártires preciosos, en cuya busca y por cuyo poder el Pontífice de Roma dio vueltas sin miedo por las Tres Galias! Y en efecto, cuando se anunciaba que Guiberto, sediento de la sangre de Roma, estaba al acecho en las, faldas de los montes con gente armada y que también Enrique, apoyado por el vigor de Alemania, amenazaba con la muerte por la retaguardia, el santo Urbano, confiado en sus mártires, gritaba valientemente:

— Platinio es quien me ayuda, no voy a tener miedo de lo que pueda hacerme el hombre. Es mejor confiar en Orinio que en el hombre.

 

»Esto decía el Pontífice de Roma y cruzaba por las legiones en armas sin temblar e incólume. Y una vez que hubo escapado, vociferaba de esta guisa:

— Platinio vence, Platinio reina.

«Y contestaban todos sus cardenales:

— Orinio tiene el poder.

 

»¡Qué admirable persistencia la del Pontífice Romano! ¡Qué milagro grande y digno de recuerdo el de los preciosísimos mártíres Platinio y Orinio, que son los dueños del poder y la gloria por los siglos de los siglos en los días del Papa Urbano!»

 

Apenas había acabado de hablar Gregorio y sin embargo ya se dirigía aprisa hacia las copas con la garganta agotada, la lengua sedienta y la boca también reseca. Pero el Pontífice de Toledo le impidió beber, porque, robustecido por la sentencia que había escuchado, se encaminaba hacia Urbano confiadamente e iba entonando a modo de salmos las siguientes palabras: — San Platinio, ruega, por nosotros, San Orinio, ruega por nosotros.

 

Al oír este suplicatorio, el Pontífice Romano dice: —Buen comienzo ha tenido nada más llegar.

El Teucro:

— El mejor.

 

El de Pisa grita:

—Verdaderamente éste es hijo de la Iglesia Romana.

 

Rangerio:

—En verdad que Cristo está en su boca.

 

Y el Papa:

—Levantémonos en su honor, levantémonos en su honor ya que es confesor de Platinio y canta letanías tan bellas.

Entonces, después de levantarse, los cardenales lo recibieron solemnemente. El Papa en persona se alzó y lo besó al tiempo que pregunta brevemente sobre su salud y sobre el estado de la Iglesia Hispana. Al fin vino a parar aquí:

—¿Acaso, hermano, has encontrado parte de las reliquias de los santos mártires por quienes se desvive Roma?

Aquel, por su parte, le presentó una pesadísima cantidad de reliquias, por supuesto de los riñones de Platinio, de las costillas de Orinio, del pecho, de los brazos y del hombro izquierdo, a las que el Pontífice de Roma hizo bajar a la cámara del tesoro de Santa Deseosa que estaba al lado de la capilla de santa Codicia y no lejos de la basílica de la Avaricia, la madre de las dos. Y allí les dio sepultura fastuosamente con sus propias manos, con el incienso de su abundante voluptuosidad y los ungüentos de su arrebatadora piedad. Era el primero de mayo, por supuesto.

Los cardenales vestidos con sus albas estaban también presentes en el recibimiento de los santos mártires y gritaban:

—¡Albricias, albricias, albricias!

Por lo demás, al apretujar, comprimir y apretar las reliquias de los santos mártires en sus bolsas tejidas con oro, el santo Urbano decía:

«Que crezca esta montaña tanto como el Gárgano. Efectivamente, con este cúmulo de reliquias hemos mutilado a Guiberto, hemos vencido a Enrique y hemos burlado al Senado, porque atacamos a los enemigos con estas lanzas, con estas picas les hacemos frente; esta daga extendemos contra los déspotas, con esta clase de catapultas sometemos a los elevados torreones y con estos arietes duros como el hierro golpeamos las altas murallas. Buena salud y vida para los que fortifican a la Igesia Romana con estas armas y la protegen con estos baluartes. Animáos, os digos, animáos santos cardenales queridos. Verdaderamente santos, porque habéis padecido muchas borracheras por causa de la justicia. Animáos, os digo, y que se reconforte también el corazón de todos los que tenéis puesta la esperanza en Orinio. Animáos, pueblo mío, mirad cómo Platinio ha venido; mirad cómo la Iglesia de Toledo nos trae a Orinio en persona; mirad cómo las Tres Galias nos hacen su ofrenda y cómo vuelve su mirada hacia nosotros la tierra de los anglos donde se asegura que fueran enterrados los riñones de Platinio. Mirad cómo el golfo de Flandes, donde descansan los huesos de los santos, sonríe a Urbano, Mirad cómo la Iglesia de Apulia, donde según es fama está honorablemente escondido el corazón de Platinio, es mi sierva, ¿qué más? En las iglesias, en los concilios, en las sinagogas, en los teatros, en los reinos, en las ciudades, en las comarcas, en los palacios, en los torreones, en la tierra y en el mar, en todos estos sitios hemos sido aclamados, hemos reinado, hemos mandado, burlado, desvalijado, arrebatado, raspado, mentido, engañado y robado.

»Felicitadme, queridos cardenales y legados de la Iglesia de Roma, felicitadme, os digo y aplaudidme porque fijáos que Urbano se sienta en la sede de su magnificencia, ved cómo exalta su solio y pone su asiento junto al Aquilón, por encima de todo lo que es canónico, lo que es celestial, lo que es católico y por encima de todo lo que es legal. Y también porque he aquí que Urbano convierte a la luz en tinieblas, al bueno lo cambia en malo, a los cuervos torna de un blancor resplandeciente, vuelve a los cisnes negros como etíopes, a la muerte la hace igual a la vida y al ajenjo lo cambia en miel. Hubo, en otro tiempo hubo un día de ira, de amargura, de tempestad y de dolor, aquel día en el que nos sobraba tiempo para lamentarnos, cuando le era negada a Urbano la sede de Roma, cuando el Senada no estaba en nuestro poder, cuando, como exiliados, escapábamos de Enrique, cuando el hereje de Guiberto se sentaba alegremente en la cátedra de san Pedro. Mas ahora, por la gracia de los santos mártires Platinio y Orinio hemos llejado a puerto desde el naufragio, del exilio hemos regresado a la patria. ¿Qué pasa, pues, mis queridos cardenales? Puesto que todo ha terminado favorablemente, pasemos estos días en la alegría, en la diversión y la gloria. Vamos, vamos, queridos cardennles, el asunto está ya en el vado, navegamos por el puerto, el mundo entero sonríe por causa nuestra. Por lo tanto, hay que beber, hay que entregarse a los goces del cuerpo, hay que afanarse por la carne y la sangre, es el momento de vivir la vida entre caprichos, perfumes, banquetes, flores, ropa cara, salsas, baños, bebida abundante; es el momento de tomar el sol, de limpiar las uñas y de todo, en fin, lo relativo al cuerpo y con lo que él disfruta. ¿Qué más? Seamos complacientes con la barriga y demos gusto a las tragaderas porque está escrito "Si es vuestra voluntad y oís a Urbano, comeréis de los bienes de la tierra". Así pues, cardenales, a devorar salmones, a comer barbos, a sorber percas, a tragar delfines, a apurar rodalballos, a triturar mújoles, a dejar mondos los congrios, a meter en vuestro cuerpo las lampreas. ¿Qué más? Acabad con el aire, con el mar, con la tierra, con los ríos, con las fuentes, con los estanques y los arroyos, tragáoslo todo, consumidlo, derramadlo y bebéoslo. Bebed, mis santos cardenales, en verdad santos porque habéis comprendido por la gracia de Platinio y de Orinio; bebed, os digo, vino aromático, el Másíco, el Falerno, el picante, el de moras, él de hisopo, el de Alba, ¿Qué más? Meted en vuestro cuerpo bebidas dulces como la miel y como el néctar. Que todo sea Apulia, que el demonio sea pobre y que se vea quién es Urbano. Vamos a ver si tiene agallas el Pontíice de Roma, a ver si tiene heno en el cuerno. Así pues, queridos cardenales, renováos en el espíritu de vuestra carne y los despojos de la vieja sobriedad y de todos sus hechos, vistiéndoos de Urbano, un hombre nuevo. Mírad, mirad cómo yo vuelvo nuevas todos las cosas.»

VI. Así habló el Pontífice Romano. Y cuando se hubieron depositado las reliquias de los santos, con esta sentencia ocupó la cátedra del Apóstol y, tras llamar al Toledano, lo sentó al lado de la sede de Roma y le dijo:

— Siéntate a mi diestra, hijo mío, porque tú has visitado la Iglesia de Roma en medio de grandes persecuciones contra ella.

Entonces Garsías, riéndose por lo bajo, exclamó:

— Señor, mira cómo mi señor el Toledano se sienta a tu diestra por la gracia de los santos mártires Platinio y Orinio; mira cómo está a tu lado y cómo se ha sentado al lado de la sede apostólica y se ha convertido en tu hijo único y de tus entrañas.

El Papa, por su parte:

— De este modo, hermano Garsías, acostumbra a glorificar Urbano a sus amigos. Amén, amén, te digo que quienquiera que haga mi voluntad, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Garsías:

— Señor, ¿quiénes son tus amigos o quiénes hacen tu voluntad ?

El Papa:

— Los que ofrecen las preciosas reliquias, éstos son mis amigos, éstos son los que hacen mi voluntad.

Garsias:

— Señor, posees el espíritu de este mundo.

Y consigo mismo: —Nunca acudo a ti que no me vaya peor de lo que vine.

El Papa:

— Hermano Garsías, ¿qué has dicho?

Garsías:

 

Dije que el Cathabatmon separa a Egipto de África.

Y otra vez el Papa:

— Hermano Garsías, yo soy el buen pastor.

Garsías:

— En verdad que eres el buen pastor.

 

Consigo:

— Porque apacientas bien tus tragaderas.

El Papa:

—¿Qué has dicho?

Garsías:

— Decía que Cathmo tuvo cuatro hijas, Ino, Ágave, Autónoe y Sémele.

El Papa:

Hermano Garsías, yo conozco mis ovejas.

Garsías:

En verdad que las conoces.

Consigo:

Porque no dejas nada en sus bolsas.

El Papa:

— ¿Qué has dicho?

Garsías:

— Decía yo que el Ródano lleva al Saona.

El Papa:

— Y ellas me conocen a mí

Garsías:

— Te conocen, sí.

Consigo:

— Al gran ladrón y mangante del buen dinero.

El Papa:

— ¿Qué has dicho? Porque no me entero.

Garsías:

— Decía que Zetus y Calais fueron hijos de Bóreas.

El Papa:

¿Y a qué viene eso? ¿Qué importa a nuestra conversación?

Garsías:

Nada.

El Papa:

Entonces, ¿por qué hablas de esas cosas.

Garsías:

— Señor, es que hace algún tiempo tuve un sueño en el monte Párnaso, metido en pellejos de animales y habiendo bebiendo allí de la fuente Heliconia, me empapé de las Musas, y desde entonces, lleno de la dulzura de la poesía, me rebosa la sal de las fábulas.

El Papa:

— Según veo estás lleno de rajas.

Garsías:

— Así es, señor, me voy por todos partes.

 

 

VII. Mientras tanto, Juan el Gaditano, observando con atención al de Toledo ve que está lustroso, resplandeciente, lavado, redondo, enorme cual piedra de molino, pesado,de carnes prietas, como un cíclope, el cuerpo enorme, el pecho a reventar, la barriga honda,anchos los lomos, extenso el entrecejo, la frente fruncida, el rostro amenazador, la mirada profunda, el pelo descuidado y la cervíz gordísima. Así pues, se levanta ante el Papa y los cardenales y exclama:

— Este Toledano se merece tres copas.

Aquellos se las ofrecen y é1 de una sola arremetida se traga la primera hasta las heces. Entonces, el obispo Odón de Ostia, que estaba alli, gritó:

— Mírad como se ha hecho la paz sobre la primera copa.

Y Rangerio:

— Atacando a la segunda de igual manera, por supuesto que se la meterá dentro totalmente.

El Pisano gritaba:

— Esta ha sido colocada por segunda vez.

Bruno:

— ¡Cómo no!

Y por último, acercándose a la tercera, le da un solo golpe y la sorbió entera hasa las heces, cuando el Gaditano habla de la siguiente manera:

— Se acabó la tercera.

Gregorio:

— Ciertamente.

Alberto, con todo, animaba al de Toledo de esta manera:

— Intenta acabar, hermano, y no te dé vergienza, porque hace calor y el camino ha sido largo. Además estás formado de la materia, no podrás privarte, el vino te reconforta, usa de la costumbre de Roma, demuestra tus fuerzas; que se vea quién eres y veamos si eres merecedor de la legación de Aquitania. Vamos, hermano, bebe, sorbe, mete para adentro, introduce, devora, chupa. A los abstemios sólo adversidad les pone Dios en su camino. Dichosos aquellos que beben en abundancia y que en abundancia gustan del vino. No es propio de la autoridad de Roma estar sobrio.

De esta manera animaba Alberto al Toledano cuando Gregario le dice así:

— Vamos,vamos, Alberto, ¡llevar leña al bosque! ¡Insuflar veneno a la serpiente! ¡Echar aceite al fuego! Por si éste no está ya loco de por sí, excítalo tú aún más. Pero si no le es menester el aviso, porque ya ha dejado secas tres copas sin que se le mande y todavía reclama una cuarta con la garganta seca. Dásela si quieres.

Bertardo:

—¡Coño! Este extranjero que ha llegado hace poco con los pies blanqueados se ha tragado tres copas y aún anhela una cuarta. En cambio nosotros, que somos cardenales y legados de la Iglesia Romana, que soportamos el peso del día y su calor, estamos ardiendo de sed con las tragaderas secas.

Gregorio:

— Yo no sé de otros, pero yo me echaría un trago de buena gana.

Juan el Gaditano:

— ¿Que te echarías un trago? Sin duda que te tragarías una cántara de un solo golpe e incluso le pasarías la lengua.

Rangerio:

— Las palabras de Tiresias no son más acertadas.

Bruno:

— Estás contanto la buena inteligancia del hombre.

El Teucro:

—La mejor.

El Pisano:

— Hermano Gregorio, eres el dueño del nombre de la borrachera.

Gregorio:

— Eren un santo, hermano Pisano porque la carne y la sangre te lo han revelado.

El Pisano:

Hermano Gregorio, ¿eres tan borrachín como dicen ?

Gregorio:

— Bebo de buen grado siempre que tengo sed.

El Pisano:

—¿Qué bebes ?

Gregorio:

— ¿Que qué bebo Vino del mejor.

El Pisano:

— Eres un buen hombre.

Juan:

— No es un hombre aquel al que no le domine el sueño.

 

 

VIII. Esto se decía cuando he aquí que se le ofrece un vaso do vino al Toledano y éste, agarrándolo con dificultad entre sus dos manos se lo lo pasa por la garganta y dice:

— ¡Qué calor!

Rangerio:

— ¿Calor?

Alberto:

— En verdad que el vaso lo demuestra.

Pero el Pisano, al ver el vaso bebido hasta las heces, volviéndose hacia Garsías sonríe y dice:

— Alargadle a Garsías el vaso de su señor para que raspe y rebañee el vino que queda.

Garsías:

— No quiero beber.

Sabía, en efecto, que no había nada en el vaso.

El Pisano:

— Inténtalo, buen hombre, que todavía el vaso está medio.

Garsías:

— Lo sé, pero yo no soy digno de é1; bébetelo tú que, en cambio, eres cardenal.

El Pisano:

— A los cardenales les gustan los vasos llenos y ese no le está.

El Teucro:

— Le has dado, Garsías.

Dicho esto, Gresorio se acerca al Papa y le dice:

— Helo aquí, señor, a un bebedor único.

El Papa:

— Gracias a Dios, porque está escrito "Mi casa será llamada casa de la borrachera.

Gregorio:

— Ha dejado el vaso seco por completo.

El Papa:

— Por su fruto será conocido cada árbol.

Gregorio:

— No queda nada, señor.

El Papa:

— Es un Romano. Amén, amén, te digo que por las abundantes libaciones se ha de entrar en la legación de Aquitania.

Garsías:

— Señor, ¿este amo mío será legado de Aquitania?

El Papa:

—Lo será.

Garsías:

— Ciertamente se lo merece.

Consigo mismo:

— Mi señor no entra por las puertas, es un ladrón y salteador, compra él mismo la legación.

El Papa:

— ¿Qué has dicho?

Garsías:

— Que está muy bien hecho.

No obstante, los cardenales le llevan a Gregorio, que se moría de sed entretanto, una cántara de vino y la ataca de una sola vez mientras dice:

— Buen vino éste.

El Papa:

— Esa es mi opinión.

El Pisano entonces echó una mirada a la cántara completamente vacía y dice:

— Nuestro hermano Gregorio tenía sed.

Juan:

— La copa lo demuestra.

Bruno:

—No ha quedado nada.

E1 Teucro:

— Está limpia.

Juan:

— No es cosa de extrañar porque nuestro hermano Gregorio no ha parado hoy.

Alberto:

— No ha parado de hablar en todo el día.

El Teucro:

— La sentencia de Roma ha agotado al hombre.

Juan:

— Si la sentencia de Roma lo agotó, él ha agotado la cántara.

El Pisano:

— Todos nosotros, cardenales y legados de la Iglesia Romana tenemos esta costumbre, que bebemos de muy buena gana.

El Papa:

— El oráculo de Apolo no es más verídico.

Juan:

— Beber es humano.

El Teucro:

— Y nosotros somos humanos.

 

Entonces se quedaron dormidos.

 

Vosotros adiós y aplaudid.