El guiño
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"Sorprenderse, extrañarse, 

es comenzar a comprender"

  J. ORTEGA Y GASSET

 

D

espuntaba el sol de la mañana entre las últimas brumas y retazos de sueños que aún flotaban en el horizonte de la ciudad. Era, en aquel preciso momento, cuando Don Eduardo, el sobrio y adusto vecino del quinto, entraba en el moderno ascensor de su edificio y pulsaba uno de los numerosos botones electrónicos que parpadeaban en el panel de control. Durante su descenso, todavía tuvo tiempo de repasar su cabello castaño y de desterrar cuatro burlonas pelusas de su impecable traje negro. Su aspecto había de ser exquisito, tal y como le confirmaba ahora el espejo donde se escrutaba atentamente.

          Cruzó el monótono patio adyacente a su edificio, y tardó sus habituales ocho minutos y cuarenta segundos –aproximadamente- en recorrer las dos manzanas que le separaban del quiosco. Compró el periódico, como todos los días, y, tras despedirse con la mueca de siempre, continuó calle abajo hasta atravesar el semáforo de la esquina.

          Recorrió las mismas calles y se encontró con las mismas personas que de costumbre. -“Buenos días”.. “Qué tal”... “Hasta luego”.- Solía decir desinteresadamente al notar la presencia de algún conocido. Todo ello sin apartar la mirada de su periódico. En realidad, Don Eduardo llevaba haciendo lo mismo desde hacía diez años.

          Sin embargo, aquel día el azar se coló en su vida para cambiarla para siempre. La casualidad, esa parte neurótica y temeraria de la vida, se presentó de improviso –no tiene por costumbre pedir cita previa-. En alguna calle perdida, entre el gentío y el tráfico, una figura de alguien con quien jamás antes se había encontrado cruzaba por su lado justamente cuando él levantaba la mirada. De repente, el tiempo pareció detenerse. Pudo ver la figura de un hombre extranjero, cuya piel estaba curtida por un sol lejano, y cuyos ojos color miel atravesaban los suyos y se clavaban en su alma. Su mirada le hizo sentir que sus entrañas se revolvían, y luego, un intenso escalofrío. El hombre le hizo un guiño y desapareció de su vista.

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