(PAGINAS DE LA HISTORIA DE RUSIA)

No tenemos derecho a alimentar con leyendas la conciencia en formación
de las generaciones que inmediatamente nos siguen. Para evitar amargos
desengaños y errores en el futuro, voy, como testigo presencial de algunos
recientes acontecimientos, a transmitir todo aquello que vi y oí.
Toda Rusia crujió de indignación cuando Rasputin, como una sombra negra,
fue acercándose al trono. Los representantes más verdaderos del clero ruso
levantaron su voz en defensa de la Iglesia y de Rusia contra las intrigas de
aquel arribista criminal. Las personas más próximas a la familia Imperial
imploraron del emperador y de la emperatriz que lo alejasen de su lado.
Pero fue en vano todo. Su influencia fue creciendo, y conforme crecía,
el sentimiento de disgusto en el país aumentó y se extendió aun a los distritos
más remotos, donde el simple campesino, con Instinto certero, advirtió que algo
olía a podrido en las alturas del Poder. Y cuando Rasputin fue muerto se aclamó
su muerte con general regocijo.
Pero en la actualidad ha cambiado la actitud de muchas personas, hasta
el punto de calificar el asesinato de Rasputin como "el primer disparo de
la revolución, el incentivo y la señal para el levantamiento”. ¿Es esto
verdad?
Aturdidos por los horrores de la revolución, confuso por las durezas del
destierro, los rusos han olvidado mucho de lo que ocurrió. Juzgan ahora que
aquella oposición a Rasputin y a su influencia era en sí misma un movimiento
revolucionario dirigido contra el orden público. Este juicio es, desde luego,
resultado de una reacción que se ha apoderado del sentimiento público. En
muchos casos la reacción es tan ciega y tan intolerante como la revolución.
La
injusticia de estas conclusiones (de estas acusaciones por reacción, en
general, y en particular de las que se refieren a la lucha contra la
preponderancia de Rasputin) puede probarse simplemente con mencionar algunas de las personas que resueltamente
tomaron partido en contra de la influencia de aquel hombre: la gran duquesa
Isabel Feodórovna, el metropolitano Antonio, de San Petersburgo y Ladoga; el
metropolitano Vladimiro, cabeza del Santo Sínodo; A. D. Samarin; el ex primer
ministro P. A. Stolypin y el presidente de la Duma, M. V. Rodzianko. ¿Puede
nadie estigmatizar a tales gentes como traidoras y enemigas de su patria?
La
revolución no fue el resultado de la muerte de Rasputin. Sus causas hay que
buscarlas en época muy anterior. Están en Rasputin mismo, en su desvergonzada y
cínica traición a Rusia; en el Rasputinismo, que significa intriga, egoísmo,
locura histérica y ciega persecución del Poder.
Esto fue lo que
envolvió el trono en una como impenetrable ola que aisló al monarca de su
pueblo.
La influencia de Rasputín sobre la emperatriz debióse en principio a la
intervención de Ana Vyróbova, que ocupaba una posición excepcional en la corte
de Tsarkoe-Selo.
La aproximación de Vyróbova a
la emperatriz y la influencia que adquirió ella con la familia imperial fue
otra de aquellas coincidencias fatales, trágicas, como lo fue la aparición de
Rasputin en la corte. Las circunstancias que acercaron a la emperatriz y Ana
Vyróbova caracterizan a Ana y a Rasputin. Vyróbova, hija del jefe del personal
de Cancillería de Su Majestad imperial, cayó enferma de fiebre tifoidea. Soñó
que la emperatriz Alejandra Feodórovna entraba en su habitación y la tomaba de
la mano, y, coincidiendo con este sueño, hizo crisis la enfermedad. Se
restableció Ana, y fue su único, anhelo ver a su protectora realmente, como
antes en sueños la había visto. La emperatriz, a quien se había hablado de esta
visión, con su natural ternura quiso complacer a la enferma yendo a verla, y
desde entonces la adoración que Vyróbova concibió por ella, no reconoció
limites.
De inteligencia corta y sin
cultivar, pero sagaz, servil y de temperamento histérico, Vyróbova se inclinó a
exagerar sus sentimientos; pero la emperatriz, creyendo en su sinceridad le
impresionada por tan excepcional, devoción, cuando Ana se puso buena la llevó a
su lado. El desgraciado matrimonio de Vyróbova y consiguiente ruptura con su
marido afianzó la piedad y el cariño de la emperatriz hacía la “pobre Ana”.
Con su falta de inteligencia y todo, Vyróbova no tardó en darse
cuenta de que en la misma medida que lograra aislar a la emperatriz crecería su
propia influencia como única amiga de ella. Sin duda que su adhesión a la
emperatriz era sincera; pero de ningún modo desinteresada, al punto de que muchas
veces se traslucía en su conducta la intriga egoísta.
Pero la prueba definitiva fue
la enfermedad incurable del zarevitch Alejo, hijo único y que había sido con
ansiedad esperado. Padecía una terrible enfermedad hereditaria que se
transmitía a los varones por la línea femenina. Era la emperatriz madre amante
y tierna, y padecía doblemente con la persuasión de haber sido ella misma la
que le había transmitido la. enfermedad. Hiciéronse los mayores esfuerzos para
que la noticia de 1a enfermedad no trascendiese. Pero no podía ocultarse
indefinidamente, ya que su ocultación alimentaba los rumores de toda índole que
iban extendiéndose por todas las clases de la sociedad y que parecían
avalorarse con la vida solitaria del emperador.
CAPITULO II
Remontando las áridas orillas del
río Tura se encuentra el pueblo de Potrovskoe. Justamente, el vaporcillo en que
el emperador Nicolás y su familia fueron llevados por los ríos Tura y Toból, en
el Verano de 1917, para ser reducidos a su cautiverio de Tobolsk, pasó por
Potrovskoe. La emperatriz, según dijo después uno de los que voluntariamente
habían acompañado a la familia imperial, contempló la orilla desde cubierta y
siguió con fija y melancólica mirada los casi horizontales tejados de las casas
campesinas y la alta torre blanca de la iglesia.
En este pueblo de Potrovskoe
fue donde nació Gregorio Rasputin y donde pasó su juventud. Solía abandonarlo
para andanzas que a veces le llevaban hasta San Petersburgo.
Pero hay en Siberia otra
clase de habitantes: los descendientes de los criminales fugitivos o
desterrados. Estos no piensan en el pasado ni hablan de él. ¿Cómo habían de
hacerlo si los predecesores de algunos atravesaron la Siberia con grilletes?
Llevan una vida ancha e independiente, se han desarrollado en plena libertad,
fuera del alcance de toda autoridad, y no se han visto en la necesidad de inclinaras
ante nadie.
Los siberianos son gente
primitiva, ruda, pero ordinariamente muy honrada. Condenan con gran energía el
robo, y frecuentemente se toman la ley por su mano para castigarlo. La única
persona a quien suelen reprochar su pasado es al ladrón, particularmente al
ladrón de caballos. Existe un especial término siberiano, varnak, que es algo así como vagabundo, merodeador y no hay entre
ellos insulto más grave.
Pues esta palabra varnsk fue el apodo por que desde su
infancia se conoció notoriamente a Gregorio Rasputin en su aldea. La sangre de
sus antecesores se manifestaba en él desde su nacimiento; hijo de ladrón de
caballos era, y él continuó la misma profesión. Este vergonzoso y peligroso
tráfico dió ocasión al ejercicio y desarrollo de su destreza, su malicia y su
instinto rapaz. Más de una vez se le cogió en flagrante delito, y no fue poco
salvarle 1a vida.
Una vez la Policía llegó con
el tiempo justamente indispensable para evitar que lo matasen a palos y
arrancar su cuerpo, maltrecho y sangrante, de las enfurecidas manos de los
mujiks. Otro hombre no hubiera sobrevivido a tan ruda prueba; pero fue para
Rasputin como para el hierro los golpes del forjador. Lo sufrió todo y salió de
ello más fortalecido.
La tranquila vida de
campesino no ofrecía atractivo ninguno para el natural delincuente de Rasputin.
Con frecuencia visitó lugares distantes de Potrovskoe, y a veces desapareció
durante largos intervalos. Durante una de estas prolongadas ausencias llegó al
pueblo el rumor de que se había convertido y vivía vida de estrechez ascética
en cierto lejano retiro o en algún apartado monasterio.
Es posible que en algún
tiempo se hubieran despertado en su alma vagos anhelos que le llevaran hacia la
religión. Pero las puras enseñanzas de
la Iglesia ortodoxa habían de ser completamente extrañas a su naturaleza. Lo
que en realidad había de atraerle era
el oscuro misticismo de las sectas más pervertidas.
No hay noticias exactas de
los lugares que visitase en sus andanzas ni de las gentes con quien tuviera
comercio. Todo lo que ha podido de cierto establecerse es que visitaba con
frecuencia un monasterio ortodoxo ocupado por sectarios que, en grave conflicto
con la Iglesia ortodoxa y sus autoridades, habían sido enviados allá para su
corrección y reforma.
Los monasterios siberianos
más bien parecían vastas y prósperas estancias que claustros de devotos
ascetas. Los monjes mismos, pocos en número y acomodados con el deber de cada
día, no dedicaban gran atención a los sectarios domiciliados entre ellos. Por
consiguiente, pudo Rasputin hablar libremente con aquellos disidentes. Pudo
penetrar en todos los secretos de su culto, mientras en lo exterior seguía
siendo un peregrino creyente y humilde.
La inmensa fuerza
dinámica que la Naturaleza había concedido a este mal hombre (fuerza que
llegaba a lo excepcional en toda su
depravación viciosa) no dejó de llamar poderosamente la atención. Podía, como
un faquir indio, pasarse sin comer y sin dormir, y a fin de desarrollar su
fuerza de voluntad a mayor extremo, se entregó a prácticas tales de exterior
ascetismo que es lo probable que alguna vez sus compañeros le tuvieran por
santo, por más que llenasen su alma inescrutable obscuridades del demonio.
Los sectarios lo miraron como un descubrimiento y un hallazgo, y a
su modo concibieron por él admiración y cariño. El clero ortodoxo mostró
también interés por él, no sospechando que tan pío y extremado penitente estuviese
jugando con dos barajas. Desde el primer momento había disimulado su
inclinación sectaria, y, porque le convenía para sus particulares designios,
tuvo buen cuidado de conservar una relación exterior con los representantes de
la Iglesia. Llegó a medio aprenderse de memoria algo de las Sagradas Escrituras
y a apoderarse de cierto número de preceptos morales y espirituales. Y se
esforzó por adquirir la apariencia de un “hombre elegido por Dios”, de un staretz dotado de sabiduría y de visión
iluminada.
Su memoria maravillosa, combinada
con una excepcional capacidad de observación y asimilación, le ayudó en estos
propósitos. No tenía entonces la menor idea de lo que había de ser su carrera
futura. Nada significaban para él todavía ni San Petersburgo ni aun la Rusia
europea, de la cual el siberiano se siente separado del todo. Lo probable es
que la vida holgazana y andariega del peregrino le atrajese por ella misma;
debía de parecerle mejor que el trabajo ininterrumpido de un campesino en su
hogar.
Lo que decidió su suerte fue el
encuentro casual con un monje misionero, hombre instruido, profundamente
religioso y puro e ingenuo como un niño. Este hombre creyó en la sinceridad de
Rasputin y lo presentó al obispo Theophan que a su vez llevó al original asceta
a San Petersburgo.
Las maneras desembarazadas y
familiares con que este antiguo ladrón de caballos se desenvolvía en su trato
con los más encumbrados personajes constituyó un factor muy considerable de su
triunfo. Rasputin entraba y salía en el palacio del zar con la misma naturalidad
y calma que si estuviese en su casa de campo de Potrovskoe.
En Tsarkoe-Selo se presentó
adoptando el aspecto del justo que se ha consagrado a Dios. En los salones de
la sociedad, entre sus admiradoras, era ya mucho menos circunspecto; y, finalmente,
en su domicilio, o en una casa privada, o en un restaurante, y en compañía de
sus íntimos y cómplices, daba rienda suelta a su degeneración de borracho y
libertino.
En algunos (pocos) círculos
de la alta sociedad de San Petersburgo se cultivaba el ocultismo en todas sus
formas. Aquellas gentes buscaban sensaciones fuertes en sesiones misteriosas, y
se sentían atraídas por todo lo que de extravagante y llamativo pueda haber en
el reino del misticismo insano. En tal sociedad había de tener Rasputin un
notorio triunfo.
Procuraba disimular sus relaciones
con estos sectarios; pero las gentes de que se rodeaba le sentían dotado. de
alguna fuerza extraña y fascinadora que ejercía enérgica atracción. Éste
elemento era el klystismo, con su
venenoso misticismo sensual.
El klystismo es sexual por esencia; es una exaltación de la más animal
de las pasiones, con la creencia en la más alta revelación espiritual. Los klystiistas en sus reuniones combinan en
alto grado el éxtasis religioso y el abandono erótico. Creen que durante sus
excitaciones histéricas el Espíritu Santo desciende entre ellos, y que las
uniones licenciosas con que por regla general terminan las ceremonias es nada
menos que “una muestra de la bendición de Dios”.
El klystisino es, sin duda, un resto de tiempos paganos. Comienza la ceremonia con una danza
pausada y de muy acusado ritmo que poco a poco va tomándose en un vertiginoso
girar. Hay durante la ceremonia deslumbradora iluminación de velas. Y el
climax inevitable conduce a un macabro libertinaje amoroso.
No deja de ser extraño que
los klystistas no ‘hayan roto nunca
los lazos oficiales con la Iglesia ortodoxa. Asisten a los servicios, reciben
los Sacramentos y frecuentemente toman la Sagrada Comunión. En su monstruosa
confusión suponen que ello les da un poder especial “para la evocación del
Espíritu Santo”.
Rasputin justificaba todas
aquellas degradaciones en típicos razonamientos klystistas, y frecuentemente imbuía a las mujeres la creencia de
que el comercio con él estaba muy lejos de ser pecado.
Como es natural, acabó por
desvanecerse viendo realizadas todas sus ansias de poder, como se reflejaba en
el servilismo de los que tenía alrededor y la gran cantidad de dinero de que
llegó a disponer para todos sus sueños de desenfrenada lujuria. Su cinismo
traspasó todos los límites. ¿Y cómo podría ser otra cosa? ¿Cómo había de
guardar ceremonia con aquellos que aguardaban en su antecámara, con mujeres
dispuestas a besar reverentemente sus manos sucias? Cuanto más tenía la
sensación de su poder respetaba menos a quienes le rodeaban.
Ahito de infamia y borracho
de poder, perdió fuerza; perdió el sentido de la proporción; perdió sagacidad y
cautela. Su fin fue el adecuado a su vida; su cuerpo, que había resistido el
veneno y el plomo, fue arrojado a las aguas heladas del Neva. El merodeador
siberiano, lanzado por caminos para él tan venturosos, hubiera hallado parecido
final en todo caso; ahora que si estando en su pueblo le hubieran arrojado a
las ondas del Tura es dudoso que nadie le hubiese molestado en buscar el cuerpo
del ladrón de caballos y asesino Gregorio Rasputin.
CÓMO CONOCÍ
A RASPUTIN
Conocí a Rasputin en casa de G., en
San Petersburgo, por el año de 1909. Solía yo ir a casa de G. llevado por la
amistad que me unía con su hermana M., mujer de pura intención y mucha bondad,
pero extraordinariamente impresionable. Esta exaltación de su carácter hacía
que la religión tuviera en su vida una parte principal; y como sus impulsos
espirituales sometían con frecuencia su razón, sus sentimientos religiosos
estaban maculados de insano misticismo. Inclinada por temperamento a lo
sobrenatural y milagroso, los fanáticos, los peregrinos, el pueblo de Dios, tenían para ella
poderoso atractivo. Entregábase sin reserva a todo lo que le admiraba o
sorprendía; permanecía para siempre bajo la influencia de aquel en quien una
vez hubiese creído, y llegaba en su exaltación a no distinguir el bien del mal.
Conocidos estos datos, no es
de extrañar que Rasputin fuese un habitual en casa de G. Al volver yo del
extranjero, en 1909, me encontré con que M. era una de sus ardientes
admiradoras. Creía sinceramente en su rectitud y en su espiritual pureza, y le
miraba como a un elegido de Dios, casi como a un ser sobrenatural. Afectada
profundamente por la muerte de mi hermano, a quien quería mucho, buscó consuelo
en las personas que la rodeaban, y un encuentro casual con Rasputin fue
bastante para convencerla de que, por medio de él, le llegaba la ayuda del
cielo. Quedó, por completo sometida a su autoridad.
Rasputin, con su natural perspicacia, no
tardó en ver en ella su futura devota. Adivinó sus tendencias espirituales y
ganó toda su confianza. La candidez de M. la impidió descubrir el horror y la
vergüenza que rodeaban a aquel hombre. Demasiado ingenua para interpretar con
ningún razonamiento certero los actos de él, se limitó a sujetarse
espiritualmente a la voluntad de Rasputin, en quien creía haber hallado el guía
santo. Y no sólo no supo analizar las
condiciones de aquel maestro espiritual, sino que huyó de cualquiera que
intentara descubrírselas.
En nuestra primera entrevista
después de mi regreso la señorita M. me habló de él, pintándomelo como hombre
de rara energía espiritual, ungido con la bendición de Dios y enviado a la
tierra para purificar y elevar nuestros corazones y guiar nuestra voluntad,
nuestros pensamientos y nuestra conducta.
Recuerdo que yo,
instintivamente, adopté una actitud de escepticismo, aunque no tenía entonces
aún disposición ninguna contra Rasputin, por haber oído hablar todavía muy poco
de él. Y, conociendo a M., concluí que se hallaba bajo el efecto de una de
aquellas fases de típico entusiasmo frecuentes en su exaltada naturaleza. Pero
hubo algo en sus palabras que despertó mi curiosidad, e hice algunas preguntas
acerca de aquel hombre. Con el mayor entusiasmo y devoción me habló M. de la
“deslumbradora personalidad del staretz”.
Rasputin era un bendito: intercedía por la Humanidad, era un altruista, un
amigo de la paz, un consuelo para los que sufrían; era un nuevo apóstol,
emisario elegido de Dios; ocupaba un plano diferente del resto de la Humanidad;
no conocía debilidades ni vicios humanos, y su vida entera pasaba en el
ascetismo y el rezo.
El fervor y el convencimiento
de M. no me inspiró confianza. ninguna en las dotes milagrosas del statretz, paro excitó mi curiosidad y
despertó en mi el deseo de conocerlo. Así lo dije a M., que se mostró encantada
de mi indicación, y la ocasión para el conocimiento no tardó en prepararse.
Días después fui a la casa que G.
tenía en el Canal de Invierno, y allí conocí al tan celebrado staretz. Cuando entré en la sala
Rasputin no había llegado todavía. M. y su madre, sentadas ante una mesita de
té, daban señales de hallarse nerviosas y excitadas, especialmente la hija, que
parecía presa de gran ansiedad. Me pareció que estaba inquieta por la primera
impresión que Rasputin hubiera de hacerme y por el deseo de que a mí como a
ella, me inspirase veneración. Esta actitud excitó mi curiosidad más todavía y
mi deseo de ver al hombre maravilloso. No
tuvimos que esperar mucho. La puerta del hall
se abrió y entró Rasputin con muy llana actitud.
Se vino a mi derecho, y al
tiempo que decía “Buenos días, querido”, hizo intención de abrasarme y besarme.
Yo me hice atrás. Con una desagradable sonrisa fue entonces a M. y a su madre,
y sin ninguna ceremonia las abrazó y las besó con aire de graciosa
condescendencia.
Su presencia me produjo la
mayor repugnancia; había en él algo profundamente desagradable. Era hombre de
talla media, fornido más bien y de largos brazos. El pelo era sucio
y enmarañado, y en la frente tenía una ancha cicatriz que, por lo que supe
después, provenía de un golpe que le dieron en una de las cuestiones derivadas
de su tráfico de robar caballos. Llevaba un largo chaquetón, anchos calzones y
botas altas. Su cara pertenecía al más ordinario tipo campesino; de óvalo
ensanchado, con facciones grandes y feas, disforme nariz y barba larga y
descuidada. Miraban sus ojillos grises con miradas penetrantes desde debajo de
unas cejas parecidas a cepillos. Su figura, en total, era digna de atención.
Parecía hombre despreocupado en sus movimientos, y, sin embargo, no dejaba de
adivinarse en él algo de suspicacia, cobardía y atención por lo que le rodeaba.
La desconfianza brillaba en sus ojos claros y hundidos. Por supuesto que todos
estos detalles no los advertí en nuestra primera entrevista.
Nos saludó y se sentó un
momento. En seguida se levantó y durante buen espacio paseó la habitación con
paso rápido y corto y musitando incoherencias para sí. Tenía la voz gruesa y la
pronunciación poco distinta.
No se originó conversación sobre materia
ninguna definida. Rasputin, queriendo, por lo visto, mantener el tono de un
inspirado del cielo, solía producirse de una manera dictatorial. Su discurso
era rápido, voluble, inconexo. Citaba textos de la Escritura sin relación unos
con otros, y sus palabras dejaban la impresión de algo velado, cuando no
caótico. Cuando hablaba me fijaba yo atentamente en su expresión. Algo extraño
había en su cara de mujik. Cuanto más le miraba más impresión me producían sus
ojuelos extrañamente repulsivos. No sólo no había un rasgo de refinamiento
espiritual en su rostro, sino que recordaba el de un astuto y lascivo sátiro.
Consistía la particularidad de sus ojos en ser muy pequeños, con muy poco color
y hundidos en unas cuencas profundísimas, tanto que a distancia no se veían y
parecían perdidos en lo hondo de la órbita. De aquí que con frecuencia fuera
difícil saber silos tenía abiertos o no, y que solamente la sensación de ser
punzado por una aguja indicase que estaba mirándole a uno y examinándole con
toda atención. La sonrisa de Rasputin era también desconcertante, fría, cruel,
maliciosa y sensual. Todo él expresaba un inefable revoltijo escondido tras la
máscara de la hipocresía.
A M. la presencia de Rasputin
le producía manifiesta excitación. Le brillaban los ojos y se le encendían las
mejillas con nervioso arrebato. Ni ella ni su madre le quitaban los ojos, y las
dos, con respiración contenida, acechaban las palabras que pronunciaba el staretz.
Luego se levantó, nos envolvió a
todos en una mirada que quiso fuera cariñosa y amable, y volviéndose a mí dijo
al tiempo que señalaba a M.:
- ¡Qué gran amiga tiene usted
en ella!. Hágale usted caso y será su
mujer espiritual. Si... Ha hablado muy bien de usted, me dijo muchas cosas, y
ahora veo por mí mismo que se llevan ustedes muy bien, que son ustedes hechos
el uno para el otro... Querido (no sé su nombre de pila), hará usted buena
carrera, muy buena carrera.
Y con estas palabras se salió
de la habitación.
CAPITULO IV
HAY QUE DAR FIN DEL CRIMINAL STARETZ
Pero poco después de mi primera
entrevista con Rasputin me marché a Inglaterra,
Oxford. En una ocasión, hallándome
con una princesa inglesa estrechamente emparentada con la emperatriz Alejandra
Feodórovna, nuestra conversación recayó sobre Rasputin. La princesa oyó lo que
yo refería de él con gran interés, y como era muy inteligente, advirtió en
seguida el peligro que suponía para Rusia su proximidad a la corte. Me delineó
brevemente las características mentales de la emperatriz Alejandra y me expresó
su temor de que algunos de sus rasgos, especialmente su tendencia al misticismo
morboso, pudieran ser causa de graves complicaciones sí Rasputin seguía al lado
de la familia real.
Por aquel tiempo mis padres
vivían en San Petersburgo y veraneaban en Tsarkoe-Selo. Mi madre era amiga de
la emperatriz Alejandra Feodórovna, y se veían con frecuencia. El trato de
Rasputin con el emperador y con la emperatriz le inquietaba grandemente, y en
sus cartas se refería a menudo a esta ansiedad suya.
La gran duquesa Isabel
Feodórovna, que vivía en Moscú y era de antiguo intima amiga de mi madre,
compartía con ella sus temores. En sus raras visitas a San Petersburgo ponía
todo su esfuerzo en persuadir al emperador y la emperatriz de que apartasen de
sí al pernicioso staretz.
Por entonces el peligro de la
presencia de Rasputin en Tsarkoe-Selo no se echaba mucho de ver. Fue después
cuando los enemigos de Rusia y de la dinastía advirtieron el poder omnímodo de
Rasputin y empezaron a hacer uso de él para sus propios fines.
Mi madre fue una de las
primeras en oponerse a Rasputin. Tuvo con la emperatriz una larga conversación
en que francamente le dijo lo que debía hacer en aquel asunto, y cómo muchas
otras personas pensaban lo mismo, aunque no se atrevían a expresarlo. Sus
palabras impresionaron a la emperatriz, que, en apariencia, se consideró
obligada a la sinceridad y justicia de sus advertencias, ya que al despedirse
de ella le dijo en cariñosas palabras que deseaba verla con la mayor frecuencia
posible.
Pero los amigos de Rasputin
no se descuidaban. Habiendo advertido el peligro de tal intimidad, se
esforzaron por reconquistar su influencia sobre la enfermiza imaginación de la
emperatriz e irla apartando gradualmente de mi madre. Efectivamente, estas
intrigas pusieron término a la relación entre ambas, que desde entonces se
veían muy rara vez. Muchas personas de la familia imperial, con la emperatriz
viuda Maria Feodórovna a la cabeza, trataron también de influir en el emperador
y la emperatriz; pero todo en, vano. Y empezó una lucha entre los verdaderos
devotos de Rusia y del trono y los que En otoño de 1912 salí de Oxford y volví
a Rusia. Llevaba varios planes, aunque todavía descaradamente se aprovechaban
de la influencia de Rasputin para llegar al emperador y a la emperatriz y luego
servir sus propios intereses egoístas y sus planes políticos. Pero mi encuentro
con la princesa Irina Alejándrovna, hermana del gran duque Alejandro
Michaelóvitz, cambió mi destino. Al poco tiempo se anunciaba nuestro enlace.
Desde mi niñez me había
acostumbrado a mirar a la familia imperial como compuesta de personas distintas
a lo que los demás éramos. Las veneraba como a seres de orden superior. Me
enfadaba todo lo que de boca en boca corría contra ellos, y me esforzaba por no
creer lo que oía.
Mi mujer, mis padres y yo
estábamos en Alemania en 1914 al estallar la guerra por orden del káiser se nos
arrestó; pero pude por fin llegar a San Petersburgo después de una jornada de
pesadilla, pues mi madre y mi mujer estuvieron enfermas durante todo el viaje.
A pesar de la hora de
patriótico entusiasmo, se encontraba a mucha gente entregada al pesimismo.
Tsarkoe-Selo estaba envuelto en sombras. El emperador y la emperatriz,
separados del pueblo, apartados de sus súbditos, rodeados por la camarilla de
Rasputin, significaban indudablemente un aspecto importantísimo de la situación.
¿Podía llevar más que al desastre?
Y no había la menor esperanza
de que ninguno de los dos comprendiese la verdad acerca de Rasputin y lo
apartaran de la corte. ¿Qué otros pasos podíamos dar para librar al emperador
de Rusia de este genio del mal?. Involuntariamente surgió en mí la idea: “Sólo
hay un camino: dar fin del criminal staretz.”.
Tuve esta idea por primera
vez a raíz de una conversación con mi mujer y mi madre en 1915. No era posible
pensar en otra cosa que en su muerte violenta, pues podía concebirse la posibilidad de reducirlo a la impotencia. La
marcha que siguieron los acontecimientos políticos me afirmó cada vez más en
esta inclinación.
EMPIEZAN LAS PROTESTAS
LA PRUEBA DE LA TRAICIÓN
Las protestas contra Rasputin
formuladas por miembros de la familia imperial fueron seguidas de cierto número de francas
demostraciones públicas, ya procedentes de individualidades, ya de
organizaciones diversas. Pero el emperador y la emperatriz siguieron sordos a
toda súplica, consejo, advertencia y aun amenazas. Cuanta más oposición hacía a Rasputin, menos
importancia se le daba al asunto en Tsarkoe-Selo. Había hecho en el circulo de
la familia del zar tan acertado uso de su máscara de hipocresía, que no era
creído nada que contra él se dijera. El incidente que voy a relatar dará una
idea de hasta qué punto era así.
Un amigo íntimo de la familia
imperial, queriendo dar a la emperatriz prueba manifiesta de que las
referencias acerca de la conducta de Rasputin eran la verdad, le mostró algunas
repugnantes fotografías tomadas durante una de las orgías en que Rasputin solía
hallarse presente. Ante esta incontrovertible evidencia, la emperatriz se
indignó con la mayor violencia y dio orden inmediatamente de practicar
pesquisas para averiguar quién había sido la persona que se hubiera prestado a
representar ante el objetivo el papel de Rasputin con el propósito de manchar
su reputación. Este incidente ilustra por si sólo hasta qué punto la emperatriz
creía ciegamente en la santidad de aquel hombre.
Y al mismo tiempo que los
rusos patriotas desesperaban ante su fracaso para destruir la raíz del mal, el
partido alemán, que tenía a su favor la valiosa asistencia del staretz, se engrandecía y triunfaba.
Al estallar la guerra ya
estaba Rasputin casi en la cima de su influencia y su poder. Durante, el
periodo que siguió, todas las personas honorables fueron apartadas de Palacio,
aun aquellas que tenían con el emperador mismo, personal amistad, y ocuparon en
sus lugares hechuras de Rasputin. En tanto, millones de vidas se perdían en el
frente. Con magnifico e inaudito heroísmo, las. tropas rusas iban
disciplinadamente a la muerte. Distribuidas en un vasto frente de miles de
kilómetros, veíanse obligados a veces a combatir en condiciones que ningún otro
soldado del mundo hubiera soportado. Castigados por terribles heladas, casi sin
comer, se sostenían en sus trincheras de nieve, sin dar en su imaginación sitio
a la idea de retirada. Algunas secciones ni municiones tenían, y caían bajo el
fuego enemigo sin poder contestar.
Regimientos enteros y divisiones
enteras rechazaban ataques con los puños, o iban en el mejor caso armados de
palos y piedras en vez de fusil, y así se lanzaban al cuerpo a cuerpo contra
las bayonetas prusianas.
El ejército ruso no conoció
la fatiga ni el temor de la muerte, lo mismo defendiendo el propio territorio
que sacrificándose para apoyar a sus aliados. Por ejemplo, antes de la famosa
batalla del Marne, el ejército entero del general Samsómoff, con pleno
conocimiento de que iba a una muerte cierta, irrumpió en la Prusia oriental a
fin de atraer parte de las fuerzas enemigas de Francia al frente ruso. Los
alemanes, alarmados ante este inesperado avance, redujeron sus fuerzas en el frente
oeste. Los franceses obtuvieron, una victoria; pero las tropas rusas de la
Prusia oriental se sacrificaron para asegurarla.
Por entonces el todopoderoso staretz, protegido por una guardia de
confianza, paseaba por San Petersburgo y sus alrededores. Y tan pronto como el
emperador envió al gran duque Nicolás
Nicolalévich al frente del Cáucaso y se encargó del mando supremo de las
fuerzas, Rasputin empezó a visitar casi a diario Tsarkoe-Selo. Allí, en
compañía de la emperatriz, se ocupaba de los asuntos del Estado. Estas
conferencias solían celebraras en una apartada casita que ocupaba Ana Vyróbova.
Ni un solo acontecimiento de
importancia en el frente se decidía sin una conferencia preliminar con el staretz. Desde Tsarkoe-Selo, se daban
las instrucciones directamente por telégrafo a los cuarteles generales. La emperatriz apremiaba para que el
emperador la tuviese informada puntualmente de la situación militar y
política, y tan pronto como recibía
estas informaciones mandaba buscar a Rasputin y le comunicaba todo y le pedía
consejo. Basta recordar quiénes rodeaban a Rasputin para no sorprenderse de que
todos los ataques que nuestro Ejército proyectaba fueran conocidos de antemano
por los alemanes, que sabían también todos los planes y cambios en las esferas
militar y política.
Decidí no hacer caso de
rumores y buscar la prueba plena de la traición de Rasputin. La oportunidad que
tuve para lograrlo no se hizo esperar. Por entonces M. vivía en el Moika, cerca
del palacio del gran duque Alejandro Michaelóvitch, donde yo vivía
accidentalmente. Ya he dicho que éramos antiguos amigos. Solía ella invitarme a
visitarla; pero yo casi nunca iba porque no quería entrar en la esfera de
influencia de Rasputin, ni mucho menos que mi nombre anduviese mezclado con el
de aquellos amigos suyos que constantemente se reunían en casa de la madre de
M. Pero como había decidido descubrir el misterio de las acciones y el carácter
de Rasputin, aproximándome a él cuanto fuera necesario, resolví aceptar las
invitaciones de M.
Por otra parte, me resultaba
interesante discutir con M. en detalle la situación de Rusia. Por consiguiente,
que, conociendo su adoración por Rasputin, poco habían de pesar en mí sus
opiniones; pero tenían para mí el valor de ser reproducción de las que se
mantenían en Tsarkoe-Selo.
Por teléfono me puse de
acuerdo con ella, y en el día y hora señalados llegué a casa de G.
M. me dijo que Rasputin preguntaba
por mí constantemente.
-Tiene mucha gana de verle
-me decía-. Dentro de unos días va a venir. Ya le avisaré a usted.
Mi conversación con ella me
confirmó que Rasputin seguía gozando de la confianza ilimitada del emperador y
la emperatriz y desempeñando el papel del más escuchado consejero sobre asuntos
políticos y familiares. M. no perdía ocasión de volver a sus elogios. Llena de
emoción me decía que el staretz sufría
humildemente la calumnia y la persecución, y con estos sufrimientos redimía
nuestros pecados. Sus entusiasmos me llevaron a mí a hablar de las aventuras de
Rasputin.
-¿Cómo se explica usted—le
pregunté— que hombre tan santo manche su santidad con orgías y borracheras?.
M., roja de indignación, me
contestó con gran viveza que todo aquello eran cuentos y calumnias que
inventaban la envidia y la malicia; infamias que inventaban malas gentes para
hacer que este hombre inocente perdiera a los ojos del emperador y la
emperatriz.
-Pero -contesté- debe usted
saber que hay pruebas en forma de fotografías y testimonios de personas
presentes que acreditan que ese hombre no es el que usted se empeña que sea.
Las gitanas, por ejemplo, hablan de las visitas que les hace, de que bebe y
baila con ellas. Además, muchas personas lo han visto allí. Y en el restaurante
Villa Rode, adonde va con mucha frecuencia, hasta hay un reservado que lleva su
nombre. ¿Cómo se explica usted todo esto?-
-Usted habla y cree lo que
todos los demás—exclamó M. con indignación—. Sepa que, aun si es verdad que hace esas cosas, las hace con un
especial designio. Aspira a endurecerse moralmente y, resistiendo la tentación,
desterrar todo bajo deseo.
—Y el nombrar y separar
ministros, ¿es también para desterrar deseos y perfeccionar su moral?—pregunté
con una sonrisa.
M. se indignó terriblemente y
me dijo que se quejaría de mí a Gregorio Efimóvich (Rasputin.)
Me causó dolor ver a la pobre fanática creer
así en la pureza e infalibilidad de aquel infame aventurero. Se negaba a
aceptar mis pruebas de su depravación. Comprobé que había perdido toda
independencia de criterio y que no se atrevía a mirar a su ídolo con la mirada
serena de la crítica. Traté entonces de hacerle comprender desde otro punto de
vista el peligro que la presencia de Rasputin era para la familia imperial.
—Bien—le dije—; supongamos
por un momento que todo cuanto se afirma acerca de su conducta es pura
invención. Pero usted no puede ignorar cuál es la opinión pública en Rusia y en
toda Europa. Aquí y fuera de aquí se tiene a Rasputin por un canalla y un
espía. Su proximidad al trono compromete a toda Rusia y alarma a nuestros
aliados. ¿No es esta razón suficiente para que se le aparte del emperador y la
emperatriz?
—Nadie tiene derecho de
criticar las acciones del emperador ni la emperatriz. Lo que ellos hacen a
nadie le importa. Están por encima de la opinión pública.
—Pero ¿y si suponemos
-pregunté -que Gregorio Efimóvich es un arma inconsciente en manos de los
enemigos de Rusia, que a través de él logran sus planes criminales para
arruinarnos? Aun así, ¿considerarla usted útil su presencia en Tsarkoe-Selo?
Además, usted misma me ha dicho que Gregorio Efimóvich no solamente reza y
habla de religión con el emperador y la emperatriz, sino que también trata con
ellos de los más importantes negocios de Estado. Usted sabe bien que no se toma
una sola determinación sin que él la apruebe ni se nombra un ministro sin su conocimiento. Fíjese en que,
cualesquiera que sean sus dotes espirituales, se trata de un mujik sin talento
y sin educación, que apenas sabe escribir. ¿Qué puede entender de las
complicadas cuestiones de la guerra, la política y la administración?. ¿Qué
consejo puede dar en estos asuntos?. Y si no es él quién da el consejo, serán
otros que estén tras él y secretamente lo dirijan. Le repito que la autoridad
misma del zar se compromete con que esté cerca del trono un hombre de tal
reputación. El disgusto crece, la indignación es universal, y si los que están
a la cabeza del Estado no lo advierten y corrigen, pueden ocurrir
acontecimientos que todo lo trastornen.
M. me miró compasivamente y
me dijo con mucha calma:
—Usted no conoce a Gregorio.
No puede engañarse. Dios mismo le ha dado la perspicacia de leer en el
entendimiento de todas las personas. Por eso se le adora en Tsarkoe-Selo y se
confía en él para todo. Si no fuera por Gregorio Efimóvich hace tiempo que todo
hubiese terminado.
Puse fin a la conversación y
salí. Ya en casa, pugnaban dentro de mí las ideas a que había de atenerme para
mi conducta futura. Mi conversación con M. me había afirmado en la opinión del
culpable papel que Rasputin desempeñaba en Tsarkoe-Selo. Estaba claro que
pretender contrarrestar su influencia con palabras no era posible. Las razones
de más peso no convencían a gentes que tenían el entendimiento obscurecido. La
fuerza sobrehumana de este siniestro mujik se había apoderado por completo de
aquellas personas faltas de voluntad.
Comprendí que no podía
perderse más tiempo en palabras; era necesario dejar paso a la acción
enérgicamente, antes de que todo estuviera perdido.
INFLUENCIA
DE RASPUTIN EN LA CORTE
Pocos días después me decía M. por teléfono:
—Gregorio Efimóvich viene mañana.
Quiere verlo a usted. El y yo le pedimos encarecidamente que no falte.
Al recibir esta indicación me
estremecí. Los medios de lograr mi designio se presentaban ante mí; pero al
aceptarlos veíame obligado a engañar a una persona que me era adicta. M. no
sospechaba las razones que yo podía tener para buscar y conservar el trato con
Rasputin; ni debía sospecharlas, desde luego. Pero, habiendo tomado ya una
resolución yo, ni podía ni quería volverme atrás.
Cuando al día siguiente entré
en casa de G. encontré a M. y a su madre. Las dos, como durante mucho tiempo
habían deseado que Rasputin y yo fuésemos amigos, mostrábanse satisfechas e
interesadas ante la perspectiva de nuestra segunda entrevista.
Poco después llegó él. Había
cambiado mucho desde que yo lo viera por primera vez. El medio en que el mujik
vivía ahora, habiéndole apartado del saludable trabajo físico que le era
natural y permitido pasar continuadas noches de orgía, había impreso en él la
inevitable huella. Tenía la cara mofletuda, y todo su cuerpo había caído en la
flojedad y la gordura fofa. Ya no vestía su chaquetón campesino, sino una blusa
de seda azul pálido y ancho calzón de terciopelo. Su aspecto me produjo un
profundo sentimiento de repugnancia. El, por su parte, parecía hallarse
satisfecho y a gusto delante de mí.
Tan pronto como me hubo visto
jugó rápidamente sus ojuelos grises y sonrió
con dulzura al tiempo que me expresaba su satisfacción por verme de nuevo. Se
vino a mí rápidamente y me abrazó. Su contacto despertó en mí sensación de
hondo desagrado; paro me dominé y le dije con la mayor amabilidad que pude
fingir que a mí me servía también su presencia de gran satisfacción.
Advertí que sus maneras con
M. y su madre eran todavía más familiares que antes. Las saludaba con un
golpecito en la espalda o en el hombro,
y ni aun se dignó contestar cuando le invitaron a sentarse y tomar el té.
Cuando Rasputin hubo
satisfecho plenamente su curiosidad respecto a mí, empezó a charlar
desconcertadas e incoherentes frases acerca de Dios y el amor al prójimo. Me
esforcé por entender su significado, en la esperanza de descubrir algo original
o excéntrico siquiera; pero cuando más escuchaba tanto más evidente
se me hacía que estaba articulando exactamente las mismas expresiones que
cuando nos vimos por primera vez cuatro años hacía. Conforme escuchaba su
perorata sin sentido advertí las reverentes y atentas caras de sus admiradoras,
que parecían temerosas de perder una sola sílaba de aquel desconcertado sermón
que parecía tener para ellas un profundo y secreto sentido.
¡En qué honduras de abyección
mental y moral—pensaba yo—puede caer la gente!. He aquí a este desvergonzado
canalla embaucándolas, y a ellas que se niegan a ser desengañadas. Un mujik
ignorante desvencijándose por los sillones de salones y palacios y escupiendo
las primeras palabras que se vienen a la boca resulta para ellas algo
inesperado y nuevo que excita su sistema nervioso y aun las arrastra a
verdaderos éxtasis histéricos. Y este mujik no sólo juega con las debilidades
femeninas, sino con el país todo; con el destino de una nación de muchos
millones de habitantes, y así lleva al desastre a Rusia y a su desventurado
emperador.
Recordé lo que el gran duque
Demetrio Paulivích me había dicho acerca de las drogas con que deliberadamente
iban minándose las facultades del zar, y que otros también me habían hablado de
aquellas hierbas estupefactivas tibetanas. Rasputin tenía amistad con un tal
Badmaev, que vivía por entonces en San Petersburgo, y que, por más que se
presentaba como famoso doctor, jamás había cumplido los requisitos que las
leyes rusas imponían para practicar la Medicina. Trataba a los pacientes en
secreto; y como cobraba buenos honorarios por su consejo y sus medicinas (que,
por descontado, él mismo preparaba), había llegado a reunir una considerable
fortuna. Si Badmaev era un verdadero lama
tibetano versado en todos los secretos médicos de aquel país, y que se
basan en seculares estudios de las propiedades de diversas hierbas, o era
sencillamente un astuto charlatán con conocimientos superficiales de Medicina,
según la práctica de aquel país, es difícil de aclarar.
Su género de vida le presentaba como
un típico aventurero de la más baja especie, a la caza de dinero y de
influencia. Estaba en buenas relaciones con la hez de la política de San
Petersburgo, como, por ejemplo, con el periodista y petardista Manusévich
Manuilov y el príncipe M. M. Andrónikov, cuyas siniestras intrigas quedaron al
descubierto después de la revolución. Y como no desperdiciaba medio de ganar
influencia en las esferas políticas, tan pronto como Rasputin tuvo un papel
principal en Tsarkoe-Selo, el aventurero tibetano se apresuró a entrar en
relación con él y a hacerse el más íntimo de sus amigos. Rasputin recetó al
emperador y al zarevich las hierbas que les recetó de acuerdo con Badmaev, para
quien, como hemos dicho, debían de ser familiares ciertos remedios desconocidos
para la ciencia europea. La idea de la pareja formada por el siniestro tibetano
y el todavía más siniestro staretz despertó
en mí una impresión de verdadero horror y me afirmó más todavía en mis
propósitos.
Mientras yo hacia estas
consideraciones, su conversación (su monólogo, mejor dicho) continuaba. Ahora
sus vaporosidades religiosas habían dejado paso a un tema que le concernía más
directamente. Hablaba de la injusta actitud de la gente que estaba dispuesta en
contra suya, y no perdía ocasión de zaherirle y procurar desacreditarlo a los
ojos del emperador y la emperatriz. Con el mayor desparpajo decía que él era un
amuleto y que los que fueran sus amigos gozarían de la presencia de Dios,
mientras serían castigados eternamente los que se manifestasen contra él.
Creí que la mejor manera de
entrar en estrecha relación con Rasputin sería pedirle que me tratase,
diciéndole que llevaba algún tiempo mal de salud. Se lo dije, y le añadí que me
había puesto en manos de varios doctores; pero ninguno había acertado a
aliviarme.
—Pues
yo le curaré a usted—me
contestó Rasputin—. Yo le curaré... ¿ Los
médicos? ¿ Qué saben los médicos? Lo
único que saben es llenarle a usted de medicamentos que ninguno
sirve, y el enfermo,
a peor. Yo sé algo mejor que eso, querido. Yo curo por los
caminos de Dios y en
el nombre de Dios. Para mí no existe el error. Usted lo
verá por sí mismo.
En este momento el timbre del
teléfono sonó, y Rasputin, visiblemente inquieto, interrumpió su discurso.
—Será para mí—dijo a M. como si
fuera su criada—. Ve y míralo.
M. se levantó y obedeció Sin
el menor signo de molestia por el modo en que se le había dirigido.
Era, en efecto, un recado para
Rasputin. Se llegó él al aparato, habló unas palabras, y cuando volvió a
nosotros mostrábase disgustado, contrariadísimo. Se despidió en silencio con
una señal y salió apresuradamente.
Esta segunda entrevista me
dejó algo perplejo respecto de mi plan; y después de pensarlo decidí no buscar
yo nueva oportunidad para verle por entonces, sino esperar a que él mostrase
deseos de verme a mí.
Aquella misma noche, recibí
una nota de M. pidiéndome perdón, en nombre de Rasputin, por haber interrumpido
nuestra conversación con su brusca partida, e invitándome a volver a casa de
ella en el día siguiente a la misma hora. Pedíame también, asimismo por encargo
del staretz, que llevase mi guitarra;
era muy aficionado a canciones gitanas, y habiendo sabido que yo cantaba algo
tenía gran interés en oírme.
Advertí que no me había
ingeniado yo mal para interesarle, y que él tenía empeño en establecer conmigo
estrecho contacto. No dudé en ir a casa de G., ya que para mi tenía gran
importancia esta nueva entrevista con el staretz;
así que a la hora convenida acudí llevando la guitarra. Llegué también
antes que Rasputin, de lo que me aproveché para preguntar a M. por qué nuestro
hombre nos había dejado tan de repente el día antes.
—Le llamaban para un importante asunto—me
contestó—que había tomado un cariz desagradable. Pero, gracias a Dios,
todo está ya arreglado. Gregorio
Efimóvich se encolerizó, les gritó, y
ellos le tomaron miedo e hicieron lo que él quería.
—Y eso, ¿dónde
ocurrió?—pregunté.
Guardó silencio. Evidentemente no quería contestar; pero yo
insistí.
—En Tsarkoe-Selo—dijo por fin
muy recelosamente—; yo no puedo decirle nada más. Usted lo oirá por sí mismo.
Poco después supe que el
asunto que de tal modo había enojado a Rasputin fue la designación de
Protopópov para ministro del Interior. La camarilla de Rasputin estaba
dispuesta a que esta designación se hiciera a toda costa. El emperador se
resistía. Pero Rasputin no tuvo más que ir a Tsarkoe-Selo y, según me había
dicho M., “encolerizarse y gritarles” para que todo se hiciera como él quería.—
¿También usted toma parte en la designación de ministros?—pregunté a M.
Ella enrojeció, y me dijo
visiblemente confundida:
—Todos ayudamos a Gregorio
Efimóvich en lo que podemos. Naturalmente, a él, le es difícil arreglarlo todo
solo. Tiene mucho que hacer. Se le debe ayudar. En este punto llegó Rasputin.
Estaba comunicativo y de excelente humor.
—Perdone, querido, por lo de
ayer—me dijo—. Son cosas que no pueden remediarse. Los malos deben sufrir
castigo. ¡Y han surgido tantos en estos últimos tiempos!
Luego, volviéndose a M.,
continuó:
—Ya lo he puesto todo en
orden. Tenía que ir yo mismo. La primera persona que me encontré fue Annushka
(1). No hizo más que jipar y llorar: “Todo se ha perdido”, decía. ¡Usted es la
única esperanza, Gregorio Efimóvich! ¡Gracias a Dios que ha venido!” Entré. Me
la encontré a la zarina enfadada y triste, mientras el zar paseaba a zancadas la habitación silbando. Pero cuando di
unas voces se tranquilizaron. Y tan pronto como les amenacé con marcharme
inmediatamente se entregaron y cedieron por completo. Parece que alguien les
había dicho que “aquello estaba mal”, y ya está: “Aquello estaba mal.” Pero
¿qué entienden ellos (el zar y la zarina) de esas cosas? ¡Si me hicieran
a mi más caso! Yo ya sé que él es, un buen hombre y cree en Dios, y eso es todo
lo que importa.
Rasputin nos envolvió en una
de aquellas miradas resplandecientes de confianza que le eran tan
características, y luego; Volviéndose a M., le dijo: —Ahora, a tomar el té. ¿
Cómo es que no te ocupas de nosotros?.
Pasamos al comedor. M. nos
sirvió el té y ofreció a Rasputin todas
las variedades imaginables de conservas y pasteles.
-Aquí tiene usted una chica
encantadora—me decía—. Siempre está pensando en mí y hace todo lo que yo
quiero... ¿Se ha traído usted la guitarra?
—Sí, aquí la tengo.
—Bueno, pues cante usted algo
y nosotros nos sentaremos a escucharle.
Me costó gran esfuerzo cantar
delante de él; pero tomé la guitarra y entoné unas canciones de gitanos.
Aprobó:
- ¡Qué bien canta usted!
¡Pone usted el alma en ello..., toda el alma! Cante algo más. Entoné otras
canciones, tristes unas, alegres otras, y al término de cada una Rasputin me
insistía en que continuase. Por fin, cuando ya di el cantar por terminado, le
dije: - ¿Le gusta a usted cómo canto? ¡Pues si supiera usted lo deprimido y
cansado que me siento!. Me parece estar lleno de energía y ser capaz de un
trabajo rudo; pero luego no puedo. En seguida, me canso y me fatigo. Ya le dije
a usted, ¿verdad?, que me había sometido a un tratamiento de varios doctores.
—Yo le curo a usted en un
instante—me contestó—. Véngase usted ahora mismo conmigo a ver a las gitanas y
acabaremos en seguida con esa enfermedad.
—He estado ya; pero no parece
que me haya servido de mejoría.
Rasputin se echó a reír.
- ¡Ah, pero es que ir
conmigo, querido, es una cosa muy distinta! Conmigo es mucho más divertido,
todo es mucho mejor.
Y empezó a referirnos con
gran suma de detalles cómo eran sus cantos y sus bailes con las gitanas. M. y
su madre denotaban sorpresa y confusión ante el candor del santo staretz
—No le crea usted— me
decían—. Se está burlando de nosotras. Se está rebajando intencionadamente.
Esta tentativa de proteger su
reputación le encendió en cólera. Dió un formidable puñetazo sobre la mesa y
habló a las dos mujeres en tan ásperos términos que madre e hija quedaron mudas
in continenti. Luego siguió,
volviéndose de nuevo hacía mi:
—Conque, ¿qué me dice? ¿Viene
usted conmigo?. Le digo que yo lo curo a usted. Ya lo verá. Lo curo y me
quedará usted muy agradecido. ¡Sí, hombre! Además, nos llevaremos también a
ésta—dijo señalando a la hija. M. enrojeció hasta saltarle la sangre. Su madre,
en extrema confusión, aventuró unos reproches—Gregorio Efimóvich, ¿qué le pasa
a usted? ¿Por qué se rebaja así y quiere también arrastrar a mi hija? ¿Qué
tiene ella que hacer allí? Ella acude a usted para rezar, y usted quiere
llevarla con las gitanas. Esta no es manera de entenderse.
- ¡Cómo!—exclamó Rasputin mirándola enfurecido—. Tú sabes
perfectamente que todo el mundo puede ir a todas partes conmigo. No hay pecado
en ello. ¡Qué es lo que te has atrevido a pensar!
Y volviéndose a mí continuó:
— ¡No le haga usted caso,
querido! Haga usted lo que yo y todo saldrá bien.
Su invitación a visitar a las
gitanas no me agradaba en lo más mínimo; pero como no pedía tampoco negarme
abiertamente busqué la contestación evasiva de recordarle que perteneciendo yo
al Corps des Pages no podía
frecuentar tales sitios.
Pero Rasputin insistió y me
aseguró que me disfrazaría de modo que no podría reconocerme el más avisado.
Rehusé nuevamente, pero prometiendo telefonearle aquella misma noche algo más
tarde.
No había duda de que yo le había
interesado, porque al separarnos me dijo:
—Quiero ser amigo de
usted..., mucho más amigo de usted. Venga a tomar el té conmigo un día. Pero
avísemelo antes.
Estuvo buen espacio dándome
golpecitos en el hombro y repitiendo:
- ¡No es usted ningún tonto,
no!. ¡Es usted hombre listo!... ¡Y con qué alma cauta usted! ¡Con qué
sentimiento!
Al volver a casa me encontré al capitán
Sukotin esperando impaciente mi regreso de casa de G.
Mi segunda entrevista con Rasputin
había avivado mi esperanza de contraer con él trato suficientemente estrecho
para llevar a cabo nuestro propósito. Pero ¡cuánto me costaba llevarlo a cabo
por tales medios!
Mis últimas entrevistas
habíanme dejado un amargo sabor de contaminación. Se me aparecía monstruosa la
adoración que aquellas admiradoras histéricas sentían por el rudo e insolente
mujik, y en la última visita me había causado desagradable sorpresa la
indicación de que no podía acompañarle en aquellas abominables orgías. No podía
apartar de mi la perturbadora noción de que no había limite para la influencia
de aquel miserable sobre los débiles caracteres que se le habían sometido.
Aquella noche telefoneé al staretz y le dije que no podía ir con él
a casa de las gitanas porque en breve había de sufrir un examen en el Corps des Pages y necesitaba prepararme
adecuadamente. En realidad, esta preparación me llevaba bastante tiempo, razón
por la cual estuve mucho sin volver a ver a Rasputin.
Un día, al pasar frente a casa de
G., de vuelta del Corps des Pages, me
encontré a M., que me paró y dijo:
Convinimos en que sí, y al
día siguiente, a la hora señalada, fui con un coche a recoger a M. Me
preocupaba la idea de que ella visitase a las gitanas en compañía de Rasputin,
y yendo en el coche le pregunté:
Hizo, sonar el timbre. Rasputin. mismo abrió la puerta, que estaba
cerrada cuidadosamente con llave y una cadena. Entramos en una cocina pequeña,
llena de cestas y de toda clase de repuestos y provisiones. Había sentada junto
a la ventana una muchacha delgada y pálida con una extraña mirada vaga en sus
grandes ojos negros.
Rasputin llevaba una blusa de
seda azul pálido bordada de flores silvestres y unos pantalones anchos cogidos
con las botas altas. Tan pronto como me hubo visto exclamó:
- ¿Por fin viene usted? Ya
empezaba a echarle mala fama. Llevamos esperándole no sé ya cuántos días.
De la cocina pasamos a la alcoba,
pequeña y amueblada sencillamente. En un rincón, pegada a la pared, una cama
estrecha sobre la cual había una cubierta da piel de zorro, regalo de Vyróbova.
Cerca, un gran arcén. En el rincón opuesto colgaban unas estampas de santos con
lámparas encendidas delante. Y por las paredes retratos del zar y la zarina y
unos malos grabados en madera representando escenas de las Escrituras.
Desde la alcoba nos llevó
Rasputin al comedor, donde ya estaba el té servido. Ya estaba hirviendo el samovar. Sobre la mesa, vasos, fuentes
de mermeladas y frutas y muchos platos con bollos, bizcochos, dulces y nueces.
En medio, una cesta de flores. Los muebles eran de caoba maciza: sillas de alto
respaldo y un enorme aparador. Por las paredes, unos óleos mal hechos, y sobre
la mesa, un candelabro de bronce con una gran pantalla de cristal. Cerca de la
puerta que llevaba al vestíbulo habla un teléfono. Desde luego, el
comedor era el cuarto de recepción de Rasputin y aquel en que pasaba la mayor
parte del tiempo cuando estaba en casa.
Nos sentamos, y Rasputin nos
sirvió el té. La conversación tardaba en anudarse. Advertí en el staretz una actitud suspicaz o quizá
fuese que le molestaba el continuo llamar del teléfono, que interrumpía nuestra
conversación siempre que iba a tomar forma.
M. mostrábase muy inquieta.
Levantábase de la mesa, paseaba y volvía a sentarse.
Pero el teléfono no era el único
origen de interrupción. Varias veces llamaron a
Rasputin a una habitación contigua
que servía de despacho y donde había esperándole varias personas con diferentes
fines. Todas aquellas llamadas lo impacientaban y le irritaban. Estaba nervioso
y malhumorado. Durante una de estas ausencias de comedor entraron una gran
cesta de flores con una esquelita clavada en ella.
—¿Son para Gregorio
Efimóvich?—pregunté a M., que asintió.
Volvió Rasputin, sin hacer
caso del regalo se sentó cerca de mí y me sirvió:
—Gregorio Efimóvich—le dije—,
la gente le manda a usted flores como si fuera una prima donna. .Se echó a reír y dijo:
—¡Idiotas!... ¡No me dejan en
paz!. Me traen flores recién cortadas todos los días. Como saben que me
gustan... Y ahora, tú —dijo volviéndose a M.—, vete al otro cuarto. Tengo que
echar un párrafo con él.
M. se levantó con timidez y salió.
Cuando nos quedamos solos
Rasputin se me acercó más y me cogió una mano.
—Bueno, querido—me dijo en
tono cariñoso—. ¿Le gusta mi casa? Venga por aquí más a. menudo. Lo pasará
usted muy bien.
Me dio un golpecito en el
brazo y se quedó mirándome fijamente a los ojos.
—No tenga miedo de mi—dijo
insinuante—. Cuando me conozca usted mejor ya verá qué clase de hombre soy. Lo
puedo todo. Si el zar y la zarina me obedecen es seguro que usted pueda. He de
verlos pronto, y les diré que ha venido usted a tomar el té conmigo. Se
alegrarán mucho.
Aquello que me decía no me
satisfizo lo más mínimo. Sabía que la emperatriz diría inmediatamente a
Vyróbova que yo había ido a casa de Rasputin y que Vyróbova sospecharía de mi amistad con el staretz, ya que me había oído hablar de él repetidamente en los más
condenatorios términos.
—No, Gregorio Efimóvich—le
dije—. No hable de mí en Tsarkoe—Selo. Cuanta menos gente sepa que he estado
aquí, mejor. Habría habladurías. Podría llegar a oídos de mi familia, y
aborrezco las escenas y los disgustos domésticos.
Rasputin se mostró de acuerdo
y prometió no decir nada. Nuestra conversación recayó en la política. El
empezó a censurar la Duma.
—Allí siempre están hablando mal de mí, y el emperador se enfada.
Pero, bueno; poco va a durarles la murmuración. Voy a disolver la Duma y a
enviar al frente a todos los diputados Así aprenderán y se acordarán de mí.
—Pero, Gregorio Efimóvich,
¿en realidad usted puede disolver la Duma? ¿Cómo es posible?
—¡Bah!... Lo más sencillo,
querido. Decídase usted a conocerme mejor y a ayudarme y lo sabrá usted todo.
Pero ahora mismo voy a decirle ya una cosa: le emperatriz es una gobernante
verdaderamente sabia. Con ella yo lo puedo todo, hago lo que quiero. Ahora, en
cuanto a él..., ¡Bueno!, es una
criatura de Dios. ¡Vaya un emperador que tienen ustedes!. Debía estar jugando
con los chicos o trabajando en una huerta, no gobernando un pueblo. Es
demasiado difícil para él y por eso yo le ayudo con la bendición de Dios.
Me hervía la sangre oyendo el
desdén con que aquel desvergonzado mujik y ladrón de caballos hablaba del
emperador de Rusia.; pero me dominé, y con toda calma indiqué a Rasputin que
quizá el emperador fuese alguna vez engañado por los que le rodeaban; que
posiblemente en medio de las influencias de Tsarkoe-Selo, no siempre sabría si
los consejos que le daban para lograr determinado fin eran buenos o eran malos.
Rasputin sonrió indulgente:
-
— ¿Quiere usted enseñar a Dios lo
que tiene que hacer? ¿Es que no me ha enviado a mi Dios para ayudar a Su
Majestad?... Sin mí estaría perdido sin remedio. Yo no me ando por las ramas:
si no quieren hacer lo que les digo, doy un puñetazo en la mesa, me levanto y
me voy. Y entonces salen a buscarme y me suplican:
“No se vaya. Gregorio Efimóvich le
obedeceremos en todo, con tal de que se esté usted con nosotros.” De manera que
ya ve usted, querido, cómo me quieren y me respetan. El otro día les dije que
había que dar a cierto hombre determinado puesto. Se resistieron. Tuve que
amenazarlos con marcharme. “Está bien -dije- me voy e Siberia, y entonces se
vendrá abajo todo y seréis la causa de la muerte de vuestro hijo. Si volvéis la
espalda a Dios, os dais de cara con el diablo”. Y se hizo todo, querido. Desde
luego, que andan por Tsarkoe-Selo muñecos de todas clases, murmurando que
Gregorio Efimóvich es un mal hombre. ¡Pero a mí qué! Ellos, el emperador y la
emperatriz, son buenos y temerosos de Dios.
— ¿Pero, Gregorio Efimóvich, no es
bastante que el emperador y la emperatriz le quieran a usted? - dije
—. Usted no ignora lo que la gente dice
de usted, y esos cuentos son creídos no sólo en Rusia, sino también en el
extranjero. Los periódicos de fuera hablan de usted. Y a mí me parece que sí
usted realmente quiere al emperador y la emperatriz les haría un favor
dejándolos y volviéndose a su casa de Siberia. Sí algún día. Puede estallar la
violencia y ¿qué ocurrirá entonces?
—No, querido. Usted no sabe
nada, porque si no, no hablaría de ese modo—contestó Rasputin - El Señor no
permitirá que eso ocurra. Si ha sido su voluntad juntarnos, será porque fuese necesario, y lo que digan
esas comadres o lo que se escriba en periódicos extranjeros déjelo estar; peor
para ellos.
Rasputin se había levantado y
recorría la habitación con paso nervioso. Lo miré atentamente. Estaba preocupado.
De pronto se volvió hacía mí, e inclinándose acercó su cara a la mía y me miró
con penetrantes ojos. Su mirada me
estremeció. Habla en ella, evidentemente, una extraña fuerza. Sin quitar sus
ojos de los míos me dio un golpecito en la espalda, y con una sonrisa y voz
dulce e insinuante me preguntó si no tomaría una copa de vino. Asentí. Sacó una
botella de Madera, llenó un vaso para él y otro para mí y bebió a ml salud.
— ¿Cuándo volverá usted por
aquí?—me preguntó.
Pero en este momento entró M.
y le recordó que ya era la hora de ir a Tsarkoe-Selo y que el coche le
esperaba.
— Con la charla se me ha ido
que estaban esperándome esos. Bueno,
no importa; no es la primera vez. A veces llaman y llaman al teléfono para que
vaya, y yo no voy. De pronto me presento inesperadamente, y es de ver lo
contentos que se ponen. Me toman más cariño todavía. Luego, dirigiéndose a mí,
dijo:
—Bueno, adiós, querido.
Y enseguida, cambiando una
mirada con M., agregó al tiempo que me apuntaba con el dedo:
— Es listo, hará carrera sino
lo estropean. Si me hace caso a mí... todo irá bien. ¿No es verdad que sí?.
Explícaselo todo para que lo comprenda bien. ¡Adiós! ¡Adiós! Que venga usted
prontito.
Y me dio un abrazo.
Cuando él hubo salido, M. y
yo salimos por el mismo sitio por donde habíamos entrado. Ya. en la calle de
Gorojovaya seguimos a. la Fontanka, donde nos esperaba el coche. En el camino
hacia casa M. volvió a hablarme de Rasputin con el tono y con los
extremos que acostumbraba:
¿Verdad que, en su presencia
se olvida uno de todo lo del mundo?.
Asentí, pero dije:
—Yo creo que Gregorio
Efimóvich debe salir de San Petersburgo lo antes posible.
— ¿Por qué ?—preguntó.
— Porque, de otro modo,
acabarán matándolo. Estoy convencido, y se lo advierto a usted para que influya
sobre él todo lo posible en este sentido.
— ¡No! ¡No! exclamó aterrorizada —..
¡Dios no nos lo quitará! ¿No ve usted que es nuestro consuelo y nuestra ayuda?
La emperatriz sabe que mientras Gregorio Efimóvich esté aquí no le ocurrirá al
zarevich nada malo, y que caerá enfermo tan pronto como él se vaya. Ya ha
ocurrido, y ha tenido que volver Gregorio Efimóvich. Tan pronto como él vuelve
el nido empieza a mejorar. El mismo Gregorio Efimóvich ha dicho: “Si me matan a
mi, el zarevich morirá.”. Ya se ha atentado varias veces contra su vida, y Dios
lo ha salvado, y ahora se le guarda tan bien que no hay por qué abrigar el más
ligero temor. Se afirmó más en mí la idea de que era necesario, recurriendo a
lo que fuese, librar a Rusia de aquel genio del mal.
Me llevaban mucho tiempo mis deberes
militares; así que cuando salía del Corps
des Pages me iba a casa completamente agotado. Pero no había tiempo que
perder. Era necesario llevar a cabo la tarea que nos hablamos impuesto.
Aún se me representa el
estado de asombro a que quedó reducido después de mi primera visita al número
46 de la calle de Gorojovaía. Rasputin se había apoderado de mi, como una
pesadilla. Estudiando el caso llegué a la conclusión de que su influencia
ilimitada en altas esferas, la adoración que le tributaban mujeres histéricas,
las continuas orgías y su vida de degeneración y lujo habían apagado en él las
últimas chispas de conciencia. Astuto y observador, poseía a no dudar un gran
poder hipnótico. Mirándole de cerca, la persona menos supersticiosa sentía que había en él facultades satánicas.
Más de una vez, al mirarle fijamente a los ojos, se me impuso la idea de que,
además de todos sus vicios, residía en él alguna especie de demonio, y que con
frecuencia procedía inconscientemente, como un poseído.
Este frenesí daba a sus
palabras y a sus actos cierta singular autoridad; de tal modo, que las personas
de escasa fuerza de voluntad y entendimiento no tardaban en caer bajo su
influencia. Su posición de amigo y consejero intimo de la familia del Zar
aumentaba su influencia hipnótica, particularmente entre aquellos inclinados a
dejarse impresionar por la aureola de poder que gracias a aquellas
circunstancias le rodeaban.
Pero ¿qué gentes invisibles eran las
que guiaban su conducta y lo explotaban a él en su propio provecho? Los
verdaderos propósitos que tuvieran eran para él mismo, probablemente,
desconocidos. Siempre que hablaba de estos personajes misteriosos les llamaba
los “zeleni” (verde en ruso
“zelenemki” es el diminutivo de la misma palabra empleado por Rasputin para
designar personas de menos categoría). Es lo probable que ni siquiera los
hubiese visto nunca, sino que se comunicase con ellos por tercera o cuarta
mediación.
Recuerdo que me dijo una vez:
Los zeleni viven en Suecia. Cuando vaya usted allí ya los verá.
Y en Rusia, ¿hay algunos zeleni?—pregunté.
—No. No hay más que zelenenki, sus amigos y nuestros. Y
todos son personas muy listas—replicó.
Así reflexionaba yo sobre aquellos
misterios (probablemente más complicados de lo que el mismo Rasputin pensaba),
mientras esperaba la ofrecida llamada telefónica de M.., que me llamó por fin y
me dijo que Rasputin quería llevarme a casa de las gitanas.
Había yo conseguido resistir
sus primeras invitaciones en este sentido, y con la esperanza de evadir esta
otra apelé a la misma excusa, los exámenes en el Corps des Pages, y agregué que si Gregorio Efimóvich quería yerme
yo iría a tomar el té con él. En consecuencia, convinimos que al día siguiente
iría yo a casa de M., como la vez anterior, y juntos iríamos ella y yo a casa de
Rasputin.
Resultó mi segunda visita más interesante aún que había sido la
primera. Estuvimos solos casi todo el tiempo. Mostró hacia mí Rasputin las
mejores disposiciones, y yo le recordé la promesa de aconsejarme a propósito de
mi salud.
—Yo le curo a usted en unos
días. Ahora mismo va usted a ver. Entre en mi despacho, donde nadie nos
molestará. Tomaremos primero el té, y enseguida, con la ayuda de Dios,
empezaremos. Yo rezaré y desterraré su enfermedad. Usted no tiene sino que
escuchar lo que voy a decir, y todo saldrá bien.
Cuando hubimos tomado el té
me llevó al despacho. Era la primera vez que entraba en él. Se trataba de una
habitación reducida, amueblada con un canapé y unos sillones de gutapercha y
una enorme mesa de escritorio abrumada de papeles.
El staretz me dijo que me acostase en el canapé. Se colocó frente a
mí, me miró intensamente a los ojos y empezó a golpearme levemente el pecho, el
cuello y la cabeza. De pronto cayó de rodillas y, según me pareció, empezó a
rezar, teniéndome las manos puestas sobre la frente. Había doblado tanto la
cabeza que yo no le veía la cara. En esta posición se estuvo buen espacio de
tiempo, hasta que de pronto se puso en pie de un salto y comenzó a hacer pases
magnéticos. Evidentemente estaba familiarizado con ciertos procedimientos para
hipnotizar.
Su poder hipnótico era
inmenso. Sentí que me subyugaba, y una sensación de calor me recorrió todo el
cuerpo. Quedé aturdido y como paralizado. Quise hablar, pero no me obedecía la
lengua y me sentía por momentos caer en sopor, como bajo la influencia de un
enérgico narcótico. Los ojos de Rasputin brillaban ante mí con luz
fosforescente; de ellos partían dos rayos luminosos que acababan confundiéndose
en un circulo de claridad. Este círculo ya avanzaba hacía mi, ya se apartaba.
Cuando se me aproximaba apréciame empezar a distinguir los ojos del staretz, para desvanecerse de nuevo en
el círculo, según volvía a retroceder.
Yo tenía conciencia de que
Rasputin estaba hablando, aunque no llegaba a distinguir las palabras, y oía
solamente como un vago rumor. En esta posición permanecí inmóvil, por no poder
moverme, y sin poder hablar tampoco. Pero conservaba libertad de entendimiento
y me di cuenta de cómo iba cayendo gradualmente bajo el poder de aquel hombre
siniestro y misterioso.
Pero luego sentí que mi
propia fuerza interior iba despertándose, y por sí misma resistiendo a las
manipulaciones hipnóticas. Esta fuerza fue robusteciéndose en mi interior y
envolvió todo mi ser como en una invisible armadura. Flotaba en mi conciencia
la idea vaga de estar librándose una formidable lucha entre Rasputin y yo, y de
que en mi propia personalidad le hacía imposible llegar a dominarme por
completo. Probé a mover una mano y advertí que no podía. Pero no quise cambiar
de postura y esperé a que Rasputin me dijera que lo hiciese. Ya podía
distinguir claramente su figura, su cara y sus ojos. El círculo terrible había
desaparecido por completo.
—Bien, querido; ya es
bastante para la primera vez—me dijo.
Me miraba con fija atención;
pero indudablemente sólo alcanzaba a descubrir un aspecto de mis sensaciones;
mi resistencia a la práctica hipnótica se le escapaba. Había en su rostro una
sonrisa de íntima satisfacción, y me hablaba con el tono seguro de una persona
persuadida de su entero dominio sobre otra. Tenía por descontado que me había
subyugado por completo, y que, en adelante podía contarme entre sus más sumisos
servidores.
Me cogió del brazo con brusco
movimiento. Me puse en píe; sentíame débil y aturdido. Haciendo un esfuerzo me
levanté del canapé y di unos pasos por el cuarto. Me parecía como si tuviera
las piernas paralizadas y se negaran a obedecerme bien Rasputin no perdía
movimiento mío.
—Esto es la gracia de
Dios—decía—. Ahora, enseguida, verá usted cómo le alcanza su bendición y aparta
de usted toda causa de enfermedad.
Nos despedimos no sin que antes me
hubiera exigido la promesa de volver a verle muy pronto.
LOS PROPÓSITOS DE PAZ SEPARADA CON ALEMANIA
Después de esta sesión de
hipnotismo volví, en efecto, a visitarle frecuentemente, unas veces con M. y
otras solo. Continué el tratamiento, y por días, aumentaba la confianza que él
tenía en mí.
A veces sosteníamos largas
conversaciones Me consideraba como su
verdadero amigo. Estaba firmemente convencido de que yo creía en su divina
misión, y contaba con mi cooperación y apoyo incondicional. De manera que no
consideraba necesario medir conmigo sus palabras, y una por una fue poniendo
ante mi todas las cartas boca arriba. Tenía tal fe en el poder de su influencia
sobre las gentes que jamás se le cruz6 la idea de que yo no estuviese
completamente sometido a su voluntad.
—Es usted un chico listo—me
dijo en una ocasión—. Da gusto hablar
con usted. Se da usted cuenta enseguida de todo. Pídalo, y le hago a usted
ministro.
Estas palabras me produjeron
gran asombro. Advertí por ellas lo fácil que era para aquel hombre conseguirlo
todo, y pensé en el escándalo que podía producirse por ello.
—Yo le ayudaré a usted con
mucho gusto; pero no me haga ministro—le contesté con una sonrisa.
— ¿De qué se ríe usted?—me
preguntó—. ¿Es que no cree usted que puedo hacerlo?. Pues si puedo. Lo puedo
todo, todo lo que quiero y todo el mundo me obedece. Si no, ahora verá usted;
usted va a ser ministro.
Su tono serio y resuelto
aumentó mí turbación. Se me representó el asombro universal que produciría ver
tal noticia en los periódicos.
- ¡Gregorio Efimóvich, por el
amor de Dios, no lo haga!—le supliqué—. ¡Figúrese! ¿Cómo es posible que yo sea
ministro? Y, por otra parte, ¿qué necesidad tengo de serlo?. Tanto mejor si
puedo ayudarle a usted sin que nadie lo sepa.
—Está bien. Como usted
quiera—convino finalmente—. Pero no crea usted que hay mucha gente que haga lo
que usted. No dejan de pedir: “Arrégleme usted esto, arregleme usted lo otro.”
Todos quieren algo.
—Se los mando a los ministros
y hasta les doy una nota para alguien que esté en condiciones de arreglar las
cosas. Y a veces los mando directamente a. Tsarkoe-Selo. Así es como me las
arreglo.
— ¿Y todos los ministros
hacen lo que usted les dice?
— ¡Todos! — exclamó’ Rasputin—. ¡Pues
claro! ¿Cómo no han de hacerlo si los he nombrado yo? Saben muy bien que si se
cruzan en mi camino, tanto peor para ellos. Ni el mismo primer ministro se
atreve a ponerse frente a mí. Bien pocos días hace que por conducto de un amigo
suyo me ofreció cincuenta mil rublos si me avenía a reemplazar a Protopópov. El
pobre tiene miedo de ponérseme delante. Por eso me manda amigos en vez de venir
él. Pues, ¿y Kvostov?. Andaba como un perrito detrás de mí, y tan pronto como
le nombré se atrevió a volvérseme. Lo eché, desde luego, como merecía, Y ahora
se da cuenta de su error, y bien arrepentido está. Y así todos –agregó- Rasputin después de una corta pausa—. Usted
juzgará por sí mismo. La emperatriz es amiga mía. ¿Qué van a hacer ellos sino
obedecerme? Todos, todos ellos me tienen miedo. No tengo más que dar un buen
puñetazo sobre una mesa y se acabó todo.
Y al decir esto se miraba la
mano encallecida y poderosa, no sin visibles asomos de orgullo.
—Es la única manera de tratar
con vuestros aristócratas—decía poniendo una especie de retintín en la
pronunciación de esta palabra—. No pueden sufrir el verme andar por Palacio con
mis botas campesinas. Su principal defecto es lo orgullosos que son. El orgullo
es el origen de todos nuestros pecados. Si quiere usted ser grato a Dios, antes
que nada mate su orgullo.
Se echó a reír cínicamente Rasputin y
pasó a explicar cómo era posible matar el propio orgullo. Yo le escuchaba con
horror; pero guardaba silencio temiendo que cualquier pregunta o comentario
interrumpiese su relación monstruosa y totalmente inadecuada para la
publicación. Estaba, desde luego, algo bebido, y se entregaba a la locuacidad
de la borrachera. Se echó otro vaso de Madera y siguió después de haber
carraspeado:
—Dios me ha dado tal energía
que no hay nada imposible para mí. Un día de éstos le llevaré a usted a ver a
Badmaiev. Yo le diré lo que tiene que hacer, y llegará usted a ser tan fuerte
como yo. Badmaiev tiene todas las medicinas que usted necesita; es el doctor
que a usted le conviene. Botkin y Berevenkie no saben una palabra. Escriben
unas letrujas en pedazos de papel y suponen que el paciente se pone mejor,
mientras se está poniendo peor en realidad. Las medicinas de Badmaiev son las
de la Naturaleza misma. Proceden de bosques y montañas y las planta Dios mismo,
y está en ellas la bendición de Dios.
Aquí interrumpí yo:
— ¿Y por qué al emperador y
al zarevích no se les trata con esas medicinas?
— ¿Cómo que no se les trata con esas medicinas? Claro que se les
trata. Ella y Annushka están en el
asunto. Tienen miedo de que Botkin lo descubra, y yo les digo: “Si uno de los
doctores de Palacio descubre estos medicamentos míos, el paciente no se pondrá
mejor, sino mucho peor.” Así ellas tienen buen cuidado y hacen todo
disimuladamente.
— ¿Qué clase de medicinas da
usted al emperador y al zarevich?
—De varias clases, de varias clases. A
él, le damos a beber té, y a través de este té baja sobre él la bendición de
Dios, que llena de paz su alma. Y todo le sale bien y se siente feliz. Y,
después de todo, él no es zar ni emperador: es un alma de Dios. Espere usted un
poco y ya verá cómo se arreglan las cosas de un modo por completo diferente.
— ¿De qué está usted hablando,
Gregorio Elfimóvich? ¿Qué es lo que se va a arreglar de un modo diferente?
- Quiere usted saberlo todo,
¿verdad?. Pues espere usted. Ya irá sabiendo las cosas a su tiempo.
Nunca había yo visto a Rasputin tan
comunicativo. El vino le había soltado la lengua. No hubiera yo querido por
nada del mundo perder la oportunidad de sacar al criminal staretz todos los detalles posibles de su plan diabólico. Le animé
a seguir bebiendo. Buen espacio estuvimos llenando en silencio una y otra vez
los vasos, cuyo contenido apuraba Rasputin de un trago, mientras yo me llevaba
el vaso a los labios y volvía a dejarlo sobre la mesa, ocultándolo tras un
frutero que había entre nosotros dos; así que Rasputin era solo a beber. Cuando
hubimos agotado una botella de Madera se levantó, y titubeando, se llegó al
aparador por otra. Yo seguí llenando su vaso y haciendo como que llenaba el
mío. Luego, con las necesarias precauciones, reanudé la conversación en el
punto en que la habíamos dejado:
—Gregorio Elfimóvich, ¿recuerda usted que hace tiempo me dijo un
día que quería que yo le ayudase? Pues estoy dispuesto. Pero claro que si he de
servir para algo tendrá usted que explicarme sus planes. Por ejemplo, ahora
acaba usted de decir que “las cosas se van a arreglar de un modo por completo
diferente”, y yo no sé por qué ni cómo.
Rasputin me miró como
escudriñándome, con los ojos medio cerrados, y por un momento se quedó
pensativo.
—Pues lo que va a ocurrir es esto—dijo
al cabo—. Ya se ha combatido bastante, ya se ha sangrado bastante; ya es tiempo
de que se acabe todo esto. ¿No son los alemanes nuestros hermanos?. Nuestro Señor dijo: “Ama a tu enemigo como a
tu hermano.” ¿Qué clase de amor es éste?. El
no cede una pulgada, y hasta él muestra
gran terquedad en este aspecto. Alguien hay que los aconseja mal y a quien
ellos dan oídos. Pero, en fin, eso es lo mismo. El día que yo les diga que
hagan una cosa y vean que estoy de verdad decidido a que la hagan, pues la
harán, y todo arreglado. Si no que todavía no ha llegado el momento.
Cuando se arregle todo haremos a Alejandra
regente durante la minoría de su hijo, y a él
le mandaremos a Livadia a descansar. ¡Qué! ¿Es que no le irá bien hacerse
jardinero una temporada? Está destrozado; le conviene descansar. Y fíjese
usted, allá, en Livadia, entre flores, más cerca de Dios. Y allí podrá rezar
mucho, rezar por la guerra, por todo lo que ha costado. Una vida entera rezando
sería poco para borrar todo eso. Si no hubiera sido por esa maldita mujer (1)
que me clavó un cuchillo yo hubiera estado en mi lugar y no hubiera permitido
que llegara ese derramamiento de sangre. Pero como yo no estaba, vuestros
condenados Sazónovs y otros como ellos le dieron al asunto el giro que les
convino. Y mire el daño que han hecho. La emperatriz es una gobernante sabia,
una segunda Catalina. Ella es la que lleva algún tiempo gobernando sola; y
fíjese usted cómo todo va mejor. Ha prometido deshacerse de todos los
charlatanes antes que nada. ¡Vayan todos al diablo!
Se han atrevido a ir contra
la voluntad del Señor. Pero poco vamos a tardar en darles en la cabeza. Y al
que se meta conmigo, al final acabará yéndole peor.
Rasputin se encendía más y
más. Borracho del vino y de sus planes, parecía habérsele borrado la precaución
de ocultarme cosa ninguna.
—Ahora soy una bestia perseguida; todos
quieren clavarme los dientes. Y yo tengo atenazada la garganta a todos vuestros
aristócratas. El pueblo es diferente: me respeta porque soy un campesino—un
campesino con mis ropas aldeanas y mis botas sucias—, y yo he conseguido
elevarme a consejero del zar y de la zarina. Es la voluntad de Dios. El Señor
me ha dado la facultad de leer los más íntimos pensamientos de los hombres.
Hace poco, precisamente, el general Russki me mandó a unos. Yo no me anduve por
las ramas. Les pregunté: ‘¿A qué venís?
Y dije: “Bueno, bueno; prometo arreglarlo. Es un buen hombre. “Andan
conmigo a vueltas para conseguir la liberación de los judíos. Bueno, ¿y qué? ¿Por
qué no he de hacerlo? No son distintos de nosotros... Todos somos hijos de
Dios. Ya ve usted cuánto hay por hacer.
Y no tengo a nadie que me ayude. Tengo que
hacerlo todo yo mismo, y uno no puede estar a la vez en todas partes. Usted
tiene talento y usted me ayudará. Yo le presentaré a usted a la gente que
convenga, y puede usted hacer su negocio... Y eso que creo que no necesita
usted dinero. Me parece que es usted más rico que el mismo emperador... Pero,
en fin, puede usted darlo a los pobres. A nadie le amarga un dulce.
El discurso de Rasputin fue
interrumpido por una llamada al timbre. El se estremeció. Evidentemente
esperaba alguna visita, y arrastrado por la conversación había llegado a
olvidarlo. Se acordaba ahora, y parecía ansioso de que el recién llegado no me
hallare con él.
Se levantó de la mesa casi de
un salto, me llevó al despacho y se salió de él apresuradamente. Oí sus pasos
rápidos e inciertos en el hall. Tropezó
con algo que derribó, al tiempo que lanzaba una maldición. Las piernas casi se
negaban a sostenerlo; pero conservaba la cabeza firme. Me maravillé de la
resistencia de aquel hombre.
Me llegaron desde el hall las voces de los nuevos visitantes.
Parecía que eran varios. Entraron en el comedor. Yo me acerqué a la puerta del
despacho que comunicaba con el hall y
escuché; pero la conversación, mantenida en voz muy baja, era casi imposible de
seguir. Con la mayor precaución abrí la puerta un par de pulgadas, de modo que
podía ver el comedor a través del hall, porque
las puertas de uno y otro estaban abiertas. Rasputin se había sentado a la mesa
como cuando había estado hablando conmigo. Otros cinco hombres estaban sentados
cerca de él, y otros dos en pie detrás de su silla. Varios de ellos escribían
rápidamente en sus libros de notas. Examiné con gran cuidado y curiosidad
aquellos visitantes misteriosos. Su aspecto era de todo punto desagradable.
Cuatro tenían inconfundible apariencia de judíos. Los otros tres tenían entre
un extraño parecido: de pelo rubio, cara roja y ojos pequeños. Me parecía
recordar que a alguno de ellos lo había visto en alguna parte; pero no pude
precisar dónde. Algunos se habían sentado con los abrigos puestos.
Rasputin, en presencia suya,
había cambiado completamente. Derrumbado sobre la silla en descuidada e
indolente actitud, se les dirigía con aire de manifiesta importancia.
El grupo hacia el efecto de
una reunión de conspiradores. Los reunidos escribían, cuchicheaban unos con
otros y leían papeles diversos.
Me pasó como un relámpago por
la imaginación: ¿serían aquellos los zelenenki
de que había hablado Rasputin?
Recordando todo lo que éste
me había dicho, no ofrecía duda para mí de que me hallaba en presencia de una
reunión de espías. En aquel cuarto, con la Imagen del Salvador en un rincón y
los retratos de los zares en la pared, parecía estar decidiéndose la suerte de
una nación de muchos millones de habitantes... Quizá no sólo la suerte del
pueblo ruso, sino la del mundo todo.
Me entró ansia de abandonar
aquella casa siniestra lo antes posible; pero el despacho de Rasputin tenía
sólo una salida, y era imposible salir de él sin que lo advirtiesen. Después de
lo que me pareció una eternidad, volvió Rasputin a mi lado con expresión de
hombre complacidísimo y satisfecho. Me costó trabajo dominar el sentimiento de
repugnancia que me inspiraba aquel miserable. Apresuradamente me despedí de él
y salí.
Nuestro primer plan de matar a tiros a Rasputin
en su propia casa parecía impracticable a causa de la influencia que hubiera
podido tener en el país. La guerra estaba más empeñada que nunca, el Ejército
preparaba una ofensiva y las masas podían interpretar el asesinato de Rasputin
como una demostración contra el zar y su familia. No era el momento de
procedimientos claros. Por el contrario, me parecía lo conveniente que Rasputin
desapareciese de modo que nadie supiera cómo, y que los responsables de la
desaparición quedaran en el misterio.
Recordando que Purishkévich y
Maklakov habían denunciado en la Duma con gran vehemencia lo que ocurría con
Rasputin, creí que aprobarían mis intenciones y creí oportuno pedirles consejo.
Primero hablé en su propia casa con Maklakov, que evitó una respuesta concreta.
Se veía que interiormente aprobaba mi plan; pero, o por falta de confianza en
mí, o por miedo de comprometerse en un asunto peligroso, su actitud era tal que
no merecía la pena de contar con él. A Purishkévich lo vi a la mañana
siguiente, y mi entrevista con él fue de muy distinta índole. Apenas le hube
hablado de Rasputin y de mi intención de deshacernos de él cuando exclamó con
gran viveza y entusiasmo:
— ¡Pero si llevo yo mucho
tiempo pensando en eso! Desde luego estoy dispuesto a ayudarle a usted con toda
mi alma; pero la cosa no es tan fácil como usted cree. No hay modo de acercarse
a Rasputin sin pasar por una verdadera muralla de empleados y espías qué le
rodean.
Le expliqué que yo estaba en
contacto con el staretz y le hablé
del gran duque Demetrio Paulóvich y del capitán Sukhotin. El se mostró conforme
con mi opinión de hacer desaparecer a Rasputin secretamente.
Al día siguiente sé reunían
conmigo en mi casa el gran duque Demetrio Paulóvich y el capitán Sukhotin.
Después de madura discusión llegamos a estas conclusiones:
Debíamos deshacernos de
Rasputin por medio del veneno, por ser el que dejaría menos huella.
Se daría a su muerte el aspecto de
una desaparición súbita, guardándola en el mayor secreto.
Se escogió mi casa de la Moika como
sitio en que llevar a cabo el proyecto. Precisamente estaban
preparando y decorando para mí unas habitaciones que servirían perfectamente a
nuestro propósito. Mi trato con Rasputin me proporcionaría oportunidad de
persuadirle a que me visitara.
Este punto me produjo gran
contrariedad. La idea de invitar a un hombre a mi casa con la intención de
matarlo me horrorizaba. Pero se trataba del destino de Rusia y había que dejar aparte
los sentimientos de naturaleza personal.
Purishkévich propuso un
quinto cómplice: el doctor Lazovert, que servía en su destacamento. Se aceptó.
En la segunda reunión
convinimos el plan al detalle. Yo seguiría visitando a Rasputin y aprovechando
toda circunstancia para acrecentar la confianza que en mí tenía; un día le
invitaría a ir a mi casa en condiciones que su visita pudiera quedar en secreto
absoluto.
El día que Rasputin hubiera
de ir, iría yo a buscarlo a media noche y lo llevaría a la Moika en un coche
que condujese el doctor Lazovert.
Cuando Rasputin estuviera tomando el té
yo le administraría una solución de cianuro de potasio que causarla su muerte
instantánea. Meteríamos el cadáver en un saco, lo sacaríamos de la ciudad y lo
tiraríamos al agua. Para esto hacía falta un coche cerrado, y el gran duque
Demetrio Paulóvich ofreció el suyo, lo que tenía particular importancia, ya que
la. bandera del gran duque que llevaba el coche nos aseguraría contra toda
sospecha.
Mientras Rasputin estuviera
en mi casa yo debía estar solo con él. Los demás aguardarían en una habitación
contigua, de modo que pudiesen acudir en mi ayuda en caso de necesidad.
Cualquiera que fuese el
resultado de nuestro proyecto debíamos negar a toda costa nuestra complicidad
en la. muerte de Rasputin o en el atentado contra su vida.
El plan se pondría en marcha
a mediados dc diciembre, pues teniendo que marchar al frente el gran duque
Demetrio Paulóvich y Purishkévich, no podrían volver a San Petersburgo hasta
entonces.
Seguía yo dedicado, a mis estudios
militares en el Corps des Pages, instruido
por el coronel Fogel.
Ni éste, ni ninguna de las otras
personas con quienes me relacionaba sospechaban que mientras dedicaba aparente
atención a los estudios, en realidad mis pensamientos discurrían por otros
caminos.
Se acercaba el día señalado.
Yo solía ir a ver a Rasputin de vez en cuando, para conservar el trato con él.
La repulsión que este personaje me inspiraba crecía con la necesidad de
visitarle y hablarle. Cada vez que entraba en su casa y veíame por él saludado
en la seguridad completa de que yo era, por lo menos, su fiel aliado—si no es
ya que me tenía por su mejor amigo y su
más ferviente admirador—, sentía disgusto de mí mismo.
Una de estas visitas fue
pocos días antes del regreso del gran duque Demetrio Paulóvich y de
Purishkévich a San Petersburgo. Rasputin estaba de muy buen humor. Yo le
pregunté:
— ¿Cómo es que está usted tan
contento?
—Me han salido bien unos
asuntillos. Ya no tendremos que esperar mucho. Va a llegar la nuestra.
— ¿Y de qué se
trata?—inquirí.
— ¿De qué se trata, de qué se
trata? —repetía con acentuada mimesis—. Tiene, usted miedo de mí; ha dejado
usted de venir a verme. Tengo una porción de cosas, interesantes que
contarle... Pero no quiero, porque
tiene usted miedo de mí. Tiene usted miedo de todo. Si no fuese usted como es,
yo le diría.
Le expliqué que habla estado
preparando los exámenes en el Corps des
Pages, y que la única razón de no haber ido a verle había sido no tener un
momento disponible.
El seguía repitiendo:
— ¡Ya, ya! Tiene usted miedo
de mí. Su familia no quiere que usted venga. Su madre es uña y carne de Lizbeth
(Gran Duquesa Isabel Feodórovna.) Ninguna de las dos piensa más que en echarme
a mí. Pero me parece que no van a poder. No se les hace ningún caso. En
Tsarkoe-Selo a quien quieren es a mí; y cuanto peor hablan de mí me quieren
más.
—Pero, Gregorio Efimóvich —
repuse—, usted en Tsarkoe-Selo se conduce de modo por, completo diferente. Allí
no habla usted más que de Dios, y por eso tienen fe en usted.
— ¿Y por qué no había de
hablarles de Dios, querido? Son gentes temerosas de Dios y gustan que se les
hable de El. Lo comprenden y lo olvidan todo, y me estiman. Y todo lo que la
gente diga contra mí es gana de gastar saliva. No lo creerán. Yo les digo
muchas veces: “La gente me persigue y me calumnia; pero recordad cómo se
persiguió a Cristo y cómo El sufrió por la verdad.” Y ellos oyen lo que todo el
mundo les quiere decir, pero proceden por su cuenta, como su conciencia les
dicta. Con EL a veces es difícil la cosa.
Cuando se aparta un poco de
su casa empieza a dar oídas a la gente mala. Ultimamente he tenido con él una
desagradable escena. “Ya ha habido bastante matanza”— le he dicho—. Rusos,
alemanes, franceses, todos somos hermanos. Y esta guerra es un castigo de Dios
por nuestros pecados”. Pero no pasarnos de ahí. Es terco. No hay manera de
sacarle de que “le daría vergüenza firmar la paz”. “¿ Y por qué vergüenza si
salvaba a sus hermanos? Millones de hombres van a morir. Ya lo verá. Pero ella es una gobernante buena y sabia.
¿El qué entiende? No es ése su camino. Es un alma de Dios: eso es lo que es.
—La única cosa que
temo—seguía Rasputin—es que NicoIai Nicolaievich descubra todo y lo eche a rodar. El no quiere más que seguir la
guerra y que maten gente sin saber por qué ni para qué. Pero ahora está lejos y
no puede alcanzarnos. Para eso lo mandé allá: para que no pudiera meterse en
nada ni crearnos dificultades.
—Pero a mí me parece que fue
un gran error—dije—reemplazar al gran duque Nicolai Nicolaievich. Rusia entera
adoraba en él.
—Pues por eso precisamente lo
he hecho. Estaba demasiado alto y apuntaba demasiado lejos. La emperatriz se
dio cuenta en seguida del lado de que soplaba el viento.
—Eso no es cierto, Gregorio
Efimóvich. El gran duque Nicolai Nicolaievich no es hombre de esa índole. No
tenía ulteriores propósitos; no hacía más que cumplir su deber con Rusia y con
el zar. Desde que se le destituyó ha ido de mal en peor todo. Fue una equivocación
privar al Ejército de su querido caudillo en momento tan crítico.
- Bien. No quiera usted
pasarse de listo. Si se hizo sería porque había que hacerlo y porque era lo
mejor.
Rasputin se puso en pie y
empezó a pasear por la habitación en actitud pensativa y hablando para sí. De
pronto se paró, y enseguida se vino a mí rápidamente y brusco me cogió un
brazo. En sus ojos centelleaba una extraña luz.
- ¡Venga conmigo a ver a las
gitanas! —dijo—, Si viene usted se lo diré todo, hasta los más pequeños
detalles.
Yo accedí; pero en aquel
mismo momento sonó el timbre del teléfono. Llamaban a Rasputin a Tsarkoe-Selo.
Aprovechando que nuestra conversación se había interrumpido, le indiqué el
gusto que yo tendría en que dentro de unos días viniera a pasar una velada a mi
casa. Precisamente había él mostrado deseo de conocer a ml mujer, y habiéndole
yo dicho que ella estaba en San Petersburgo y mis padres todavía en Crimea,
acogió con gran satisfacción la invitación que yo le hacía. La verdad era que
mi mujer no estaba aún en San Petersburgo; seguía en Crimea con mis padres;
pero supuse que diciendo a Rasputin que se le brindaba ocasión de conocerla
aceptaría más seguramente la invitación. Y con esto nos despedimos.
Pocos días después volvieron
del frente el gran duque Demetrio Paulóvich y Purishkevich. Después de varias
entrevistas decidimos que yo invitara a. Rasputin a mi casa de la Moika el 16
de diciembre.
Le llamé por teléfono y le pregunté
si le iba bien ese día. Aceptó a condición de que yo fuera a recogerlo y lo
acompañase después a su casa. Además me advirtió que subiera a su piso por la
escalera trasera; él avisaría al dvornic (el
sereno) un amigo suyo iría a verle a las doce de la noche. Tomaba estas
precauciones con la intención de salir de casa sin que se advirtiera.
Me sorprendió y no dejó de
complacerme la facilidad con que había accedido a todo. Parecía como si él
mismo quisiera ayudarnos en la difícil tarea que nos habíamos propuesto.
.
Se acercaba el día señalado. Dije al
Gran Duque Demetrio Paulóvich que determinase el lugar del Neva en que
hubiéramos de arrojar el cuerpo de Rasputin. El Gran Duque dedicó varias horas
aquella misma noche a buscar ese sitio. Cuando volvió charlamos largo rato. Me
habló de su reciente visita al Zar. Se mostraba muy impresionado de lo
aventajado y enfermo y de lo apático e indiferente que había encontrado al
emperador. Sus palabras me trajeron a la memoria en tropel todo lo que había
oído de Rasputin. Se me representaba Rusia al borde de un negro abismo y estos pensamientos me afirmaban
en la justicia de nuestra determinación.
El 16 de diciembre de 1916, estuve
todo el día muy atareado con la preparación de los exámenes en el Corps des Pages, que eran al día
siguiente.
Por la mañana, en un
intervalo, estuve en la casa de la Moika para dar algunas últimas
instrucciones. La habitación en que íbamos a recibir a Rasputin por la noche
estaba en los sótanos de la casa y acabábamos de decorarla. Debía disponerse
todo de manera que produjese la impresión de que estaba abierta al uso diario,
pues de otro modo Rasputin hubiera entrado en sospecha. Al llegar encontr6 que
estaban poniendo las alfombras y las cortinas. Todavía no había muebles, y yo
mismo subí y escogí los que me parecieron más convenientes.
La recién decorada habitación
había formado parte de la bodega. Durante el día era una cámara sombría y triste,
con su suelo de granito, sus muros de piedra oscura y su techo bajo y
abovedado. Dos ventanitas estrechas al nivel de la tierra se abrían al
exterior. Un arco dividía la habitación en dos partes, una de las cuales era
reducida más bien, mientras la otra, espaciosa, podía utilizarse como comedor.
La puerta de entrada, situada en la parte más estrecha, se abría a una escalera
de caracol, en cuyo primer rellano había una puerta que daba al patio. Más
arriba estaba mi despacho.
De modo que había que entrar
a estas habitaciones por su parte más reducida. Allí pusimos dos grandes
ánforas chinas de porcelana roja, que, en contraste con las sombrías paredes,
resultaban de bellísimo efecto. Encargué que bajaran unos muebles antiguos, y
empezamos a arreglar el comedor. Así podría pintar todo el cuadro sin dejarme
el más insignificante detalle. Sillas de cuero, otras de caoba con altos
respaldos, aparadores cuajados de cajones y anaqueles, unas mesitas con
juguetes de marfil y objetos de arte italiano; un aparador laberinto de espejos
y columnas de bronces, y sobre el cual había un crucifijo italiano de cristal
de roca y plata del siglo XVII.
Había en el comedor una gran chimenea
de granito rojo, y sobre ella unas tazas y unos platos de mayólica y unas figurillas
talladas en ébano. Cubría el suelo gran alfombra persa, y delante del
laberíntico aparador hablamos puesto una piel de oso blanco. En medio de la
habitación colocamos la mesa en que Rasputin había de beber su muerte. A
arreglar la casa me ayudaron el ama de llaves y mi ayuda de cámara Iván, a
quienes encargué que para las once de la noche tuvieran dispuesta cena para.
seis personas. Les advertí que hubiera buen golpe de bizcochos y
pasteles y se sacara vino en abundancia de la bodega. Les añadí también que
esperaba visita, y que ellos, tan pronto como dejasen preparado el servicio, se
retiraran a sus habitaciones hasta que yo los llamara.
Hechos estos preparativos,
subí a mi despacho, donde el coronel Fogel me esperaba ya. Trabajé con él hasta
las seis, y luego me dispuse a marchar al palacio del Gran Duque Alejandro
Micailóvich, donde yo residía durante el desbarajuste que había caído sobre mi
casa. Pero de pronto me asaltó un terrible deseo de ir a visitar le imagen de
la Virgen de la catedral de Kazan. Al entrar en el templo experimenté una
sensación de felicidad que no puede expresarse con palabras. Bajo sus bóvedas
nacieron en mí emociones que nunca había tenido.
Llegué al centro de la
catedral y allí quedé en pie, traspasado por su calma y su majestuosa belleza.
Me parecía como si viese todas las cosas con nuevos ojos. De lejos me llegaban
ecos de cantos. En una de las capillas laterales se celebraba un servicio en
acción de gracias y en otra una misa de réquiem.
Llegué ante la Imagen de Nuestra Señora de Kazan y cal de rodillas.
Parecíame estar soñando, no estar ya en la tierra, que mi alma, absorbida por
el rezo, había abandonado mi cuerpo, que yo no me sentía ya.
Por fin me puse en pie y fui
hacia la salida. A. la puerta un monje vendía imágenes y cirios. Me acerqué y
le compré una imagen de Nuestra Señora de Kazan, de la que no me he separado
desde entonces.
Marché al palacio del gran
duque Alejandro Micailóvich. Jamás en mi vida me había sentido tan feliz ni tan
fuerte. Me acometía el deseo de parar a las gentes por la calle y preguntarles
si alguna congoja les atormentaba el alma o tenían algún deseo en el corazón.
Me sentía capaz de consolar y socorrer al mundo todo.
Al llegar al palacio pude
darme cuenta de que había estado en la catedral casi dos horas. Ya habían
levantado los manteles. Comí un poco y volví en seguida a mi casa de la Moika.
A las once todo estaba listo.
Sobre la mesa, pastelería abundante y variada, teniendo en cuenta la gran
afición de Rasputin. Sobre uno de los aparadores, una bandeja con botellas y
copas.
Sonó un timbre. Deduje que
hablan llegado el gran duque Demetrio Paulóvich y los demás comprometidos en la
empresa. Les salí al encuentro. Aparentemente estaban todos de buen humor; pero
era de notar que hablaban en voz alta con exceso, y que su alegría no era
espontánea, como si el sistema nervioso no les obedeciera bien.
Entramos en el comedor. El
modo en que se había dispuesto impresionó profundamente a mis amigos, en
particular al gran duque Demetrio Paulóvich, que lo había visitado antes,
cuando nada estaba acabado todavía. Se sentaron en silencio y así estuvieron
buen espacio, como si examinaran lo que había de ser teatro del cercano
acontecimiento.Yo tomé del aparador la caja en que estaba el veneno, y de la
mesa un plato de pasteles en que había seis, tres bañados con chocolate y tres
con helado de almendra.
El doctor Lazovert se puso
unos guantes de goma y sacó los cristales de cianuro de potasio. Los trituró, y
quitando la capa superior de los pasteles de chocolate espolvoreó el interior
con buena dosis del veneno y después volvió a ponerlos como estaban.
Sólo faltaba echar una parte
de los cristales pulverizados en los vasos. Resolvimos hacerlo lo más a última
hora posible, por miedo de que el veneno perdiese eficacia con la evaporación.
La cantidad de veneno aplicada en total fue enorme. El doctor nos aseguró que
era en grandísimas proporciones superior a la necesaria para producir la
muerte.
Para dar a todo aspecto de naturalidad
era conveniente que hubiese sobre la mesa unas tazas en que ya se hubiera
echado té, de modo que pareciese que algunos de nosotros acabábamos de tomarlo.
Había yo explicado a Rasputin que cuando teníamos virita servíamos el té en el
comedor de abajo, y que después que los demás habían subido a las otras
habitaciones yo solía quedarme abajo leyendo un rato.
Ya tomadas estas
disposiciones y hechos estos preparativos, el doctor Lazovert y yo
salimos del aposento. El se vistió
ropas de chauffeur y salió a disponer
el coche que aguardaba a la entrada del patio, mientras yo me ponía un amplio
abrigo de pieles y una gorra de piel también, con orejeras, que me permitía esconder
la cara.
Nos metimos en el coche y partimos. En mi cabeza se arremolinaban
los pensamientos. Sólo me sustentaban mis esperanzas para el futuro. En los
pocos minutos que duró mi ida a casa de Rasputin viví una vida entera de
emociones.
Detuvimos el vehículo ante el número
64 de la calle Gorojovaia. Al entrar en el portal me llamó la atención el policía secreta:
— ¿Qué desea usted?
Al saber que quería ver a Gregorio
Efimóvich no se avenía a dejarme pasar, e insistía en que le diera mi nombre y
alguna razón de por qué iba a visitarlo a hora tan tardía.
Le repliqué que Gregorio
Efimóvich mismo me había dicho que fuese a aquella hora y qué subiese por
escalera posterior. El policía secreta me
miró con desconfianza, pero me permitió pasar.
La escalera estaba oscura y yo no
llevaba cerillas. Me costó gran trabajo encontrar la puerta del piso de
Rasputin; pero por fin la encontré. Llamé y me contestó su voz desde detrás de
la puerta cerrada:
— ¿Quién va?
Yo me estremecí.
— ¡Gregorio Efimóvich, soy
yo! Vengo a buscarlo—Contesté.
Lo sentí ir y venir. La
puerta estaba cerrada con cadena y cerrojo y me produjo desagradable impresión
oírlos chirriar.
Abrió Rasputin la puerta y
entré en la cocina. Aun estando a oscuras noté que alguien estaba mirándome
desde la habitación contigua. Instintivamente me subí el cuello y me calé la
gorra.
- ¿Por qué se tapa usted de
ese modo?—preguntó Rasputin.
- ¿No habíamos quedado en que
no lo sabría nadie?—pregunté a mi vez.
—Así ha sido. A nadie se lo
he dicho, y he despachado a todos los tainiki
(agentes de policía secreta). Entre usted. En seguida estoy.
Pasamos a su alcoba,
parcialmente iluminada por una lamparilla que había en el rincón delante de las
imágenes. Rasputin aplicó una cerilla a una vela. Advertí que la cama. estaba
deshecha. Evidentemente acababa de levantarse. En el suelo había unas pantuflas
de fieltro.
Rasputin estaba vestido con una
blusa de seda blanca bordada con flores y rematada y guarnecida con un grueso
cordón grosella; anchos calzones de terciopelo negro y botas altas recién
limpias. Tenía el pelo y la. barba cuidadosamente peinados y alisados, y al
acercárseme noté fuerte olor a jabón perfumado.
Indudablemente había puesto
este día especial, cuidado en su toilette.
Yo no lo había visto nunca tan limpio y atildado.
—Bueno, Gregorio Efimóvich.
Creo que ya, es hora de que nos marchemos, Es cerca de la una.
—¿Y qué?—pregunté—. ¿Vamos a
ver a las gitanas?
—¡Hombre, no sé!
¡Quizá!...—le contesté.
—¿Y en su casa de usted no
habrá esta noche ninguna persona especial?—dijo luego con un dejo de inquietud
en la voz.
Le aseguré que no encontraría
persona ninguna que pudiera serle desagradable, y que mi madre seguía en
Crimea.
—No me es simpática su madre, y ella no puede sufrirme a mí. Ya
lo sé, ya lo sé. Es muy amiga de Lisbeth. Las dos andan poniéndome cepos y difamándome.
La misma emperatriz me ha dicho muchas veces que son mis peores enemigas.
- ¿Y sabe usted?—afirmó de pronto, luego de una pequeña pausa—.
Protoppoff ha venido aquí esta noche y me ha hecho prometerle no salir de casa
durante unos días. “Quieren matarlo a Usted”, me ha dicho. “Malas gentes están
conspirando contra usted"» ¡Bueno, que conspiren! No conseguirán nada. Sus
armas no tienen bastante alcance para mí.
— ¿A qué hablar de tales
cosas?, Vámonos.
Cogí su abrigo de la cómoda sobre que estaba y le ayudé a
ponérselo.
—Dinero, se me olvida el
dinero—dijo.
Y rápidamente se llegó a la
cómoda y abrió un cajón.
Yo me acerqué, miré y
descubrí buen número de paquetes envueltos en periódicos.
—Por supuesto, ¿no será todo eso
dinero?—pregunté.
—Pues claro que lo es. Me lo
han traído hoy—contestó sin recelo.
— ¿Quién se lo ha traído a
usted?
—Personas de varias clases.
He arreglado un asuntillo, y en prueba de gratitud han hecho esta donación a
la. Iglesia.
— ¡Debe de haber ahí una
buena cantidad!
- No me he molestado en
contarla. ¿Para qué? No tengo tiempo. No soy banquero. Eso es cosa de Mitka
Rubinstein (conocido banquero de San Petersburgo). Tiene dinero a espuertas.
Además, si he de decirle a usted la verdad, no tengo por qué contarlo. Les
digo: “Traigan cincuenta mil, o si no me enfadaré con ustedes”. Y lo mandan. A.
veces mandan más. ¿Para qué voy a contarlo? Va a ser un buen regalo de boda
para mi hermana, que se casa un día de éstos con un oficial que tiene cuatro
cruces de San Jorge (alta condecoración militar). Se las merece. Y le aguarda
una buena carrera. Ella me ha ofrecido protegerle.
— ¡Pero Gregorio Efimóvich!
¿No decía usted que este dinero era una donación para la Iglesia?
—Bueno, ¿Y qué? ¿Qué tiene
esto de extraño? El matrimonio es de Dios, ¿verdad? El Señor mismo le ha dado
su bendición en Galilea. Y en cuanto al destino que se le da al dinero, ¿A El
qué más le da?
Tomó Rasputin algún dinero
del cajón y cerró éste cuidadosamente. Apagó la vela, y la habitación volvió a
quedar en semioscuridad, iluminada sólo por la lamparilla que ardía ante la
imagen.
Me asaltó de pronto un
sentimiento de infinita piedad hacia aquel hombre. Me repugnaba y me
avergonzaba pensar en los viles procedimientos que ponía en juego para
arrastrarlo a mi casa. Allí estaba mi víctima, sin sospechar nada, confiada en
mí. Un profundo desprecio por mí mismo me atenazó. Me preguntaba cómo podía
haberme decidido a cometer tan odioso crimen. Un instante más que me hubiese
durado aquel estado de ánimo, y hubiera caído de rodillas ante él
confesándoselo todo y suplicándole que me perdonara. Estuve al borde de
hacerlo. Pero en aquel momento preciso me aconteció mirar a la imagen iluminada
por la llama de la lamparilla. Desde su marco de oro y plata mirábanme los
santos con severidad y parecían decirme: “Aparta de ti las dudas. Acuérdate de
todo el mal que ha hecho.”
Ví con los ojos de la
imaginación con deslumbradora claridad la vida toda de Rasputin, episodio por
episodio. Todos mis cargos de conciencia, todos mis remordimientos se
desvanecieron y dejaron sitio a la firme resolución de poner término a la obra
que había emprendido.
No dudé más. Salí a oscuras y
Rasputin cerró la puerta tras de sí. La cerradura chirrió de nuevo
escandalosamente. Nos quedamos en total oscuridad. Sentí en el brazo sus
dedazos al tiempo que le oía decir:
—Así vamos mejor.
La tenaza de su mano me
quemó. Sentí el deseo de apartarla con una sacudida, pero pude reprimirme. No
recuerdo lo que él me hablaba ni lo que le contestaba yo. Lo único que ansiaba
era salir lo antes posible, ver la luz, no sentir la presión de aquella mano.
Conforme íbamos bajando
dominé la impresión de horror y me volvieron la frialdad y la calma.
Nos metimos en el coche. Miré
por la ventanilla trasera para ver si nos seguían.
Al entrar oí las voces de mis amigos
y que el gramófono tocaba una canción popular americana. Rarputin se detuvo a
escuchar:
— ¿Qué es eso? ¿Hay reunión?
—No. Mi mujer y unos amigos.
Ellos se marcharán pronto, y entre tanto pasaremos nosotros al comedor a tomar
un té.
Bajamos la escalera y
entramos en la estancia. Rasputin se quitó su abrigo de pieles y examinó con
curiosidad la habitación y el moblaje. Le gustó con extremo el aparador. Como
un chico divertíase mirándolo de un lado y de otro, abriendo y cerrando las
puertecillas y curioseando el interior. Con gran disgusto mío rehusó al
principio el té y el vino que le ofrecía.
¿Sospechará algo?”, me
pregunté con asombro. Pero al mismo tiempo en aquel punto decidí que en ningún
caso saldría de la casa vivo.
—Gregorio Efimóvich, ¿a qué
fue a verle a usted Protopópov? ¿Sigue temiendo un complot contra usted?—le
pregunté.
—Si—arguyó Rasputin— Para
mucha gente soy un estorbo, porque digo siempre la verdad. Vuestros
aristócratas no se hacen a la idea de ver a un pobre mujik yendo y viniendo por
los palacios. Todo es murmuración, envidia y malicia. Pero ¿por qué he de
temeros? ¿Qué daño pueden hacerme? Yo estoy a prueba de malas voluntades. Más
de uno ha intentado algo contra mí; pero el Señor ha aniquilado sus designios.
Mire, Kvostov intentó algo y fue castigado y perdió su puesto. No se atreven ni
a tocarme. Ya saben que de ello no les puede parar, más que perjuicio.
Es difícil explicar como
sonaban aquellas palabras de Rasputin en la misma habitación donde, según
designio, había de darle muerte.
Pasado un rato, agotados los
tópicos de conversación, pidió té. Le eché una taza y le acerqué una bandeja de
pasteles. Sin que pueda explicar por qué, le ofrecí pasteles que no estaban
envenenados. Fue algún tiempo después cuando tomé la bandeja de los que lo
estaban y se la puse al lado.
Al principio rehusó:
—No quiero. Son demasiado
dulces.
Sin embargo, comió uno, y
después otro. Yo, sin mover un músculo, le miraba tomarlos y comerlos.
Pensábamos que el cianuro había de
producirle efecto inmediato. Pero, con el mayor asombro mío, Rasputin siguió
charlando conmigo como si no le pasara nada absolutamente.
Entonces le brindé que
probase los vinos de Crimea de mi bodega. Nuevamente rehusó.
El tiempo pasaba. Yo empezaba a
impacientarme. Llené dos vasos, uno para él y otro para mí. Le puse el suyo
delante y bebí en el mío, con la intención de que él siguiera mi ejemplo.
Bueno, lo probaremos—dijo
Rasputin alargando la mano para tomar su vaso.
El vino no estaba envenenado.
No podría explicar tampoco por qué le había servido el vino en un vaso sin
envenenar.
Bebió con gusto manifiesto,
alabó el vino y me preguntó si teníamos mucha cosecha en Crimea. Al decirle yo
que allí mismo, en la casa, teníamos la bodega llena, se mostró maravillado.
Empezó a animarse.
Me levanté a coger otro vaso,
pero él protestó:
—En éste, en este mismo.
- ¡Cómo, Gregorio Efimóvich!
¿Va usted a mezclar vino tinto con Madera?
—No importa. ¡Sírvame en éste
le digo!. No tuve más remedio que acceder. Pero me las ingenié para, simulando
un accidente, tirar el vaso al suelo, donde se hizo añicos, y escanciarle vino
en uno de los vasos en que había cianuro.
Rasputin, que ya empezaba a tener
caliente la boca, no objetó más. Yo, frente a él, espiaba cada uno de sus
movimientos, esperando que cada uno de sus instantes fuera el último.
Pero él bebió despacio,
saboreando varías veces el licor con ese paladeo que suelen poner los buenos
catadores. Su faz no se alteró; sin embargo, de vez en cuando se llevaba la
mano a la garganta como si experimentara alguna dificultad para tragar. Por lo
demás, su aspecto era normal completamente. Se levantó y estuvo paseando por la
habitación, y al preguntarle yo si le pasaba algo contestó con sencillez:
— ¡Oh, no, nada! Un poco de
irritación en la garganta.
Hubo una pausa que puso a
prueba mis nervios.
- ¡Buen Madera, buen Madera!
Écheme más—dijo Rasputin alargándome el vaso.
El veneno seguía sin hacer
efecto. El staretz paseaba por
el comedor. Yo, dejando a un lado el vaso que él me alargaba, cogí de la
bandeja otro de los envenenados, lo llené y se lo di.
Lo vació de un trago. Y el
veneno seguía sin producir efecto. Quedaba un tercero y último vaso.
Desesperado, empecé a beber yo, para
inducirle a que él siguiera bebiendo. Ahora estábamos sentados uno frente a
otro. El me miraba con maliciosa sonrisa. Parecía como si quisiera decirme: “Ya
ve usted. Es inútil. No puede hacerme daño ninguno”. ¡De repente cambió su
expresión por la de un diabólico aborrecimiento. Nunca me había inspirado su fisonomía
tanto horror. Sentí un indescriptible deseo de abalanzarme a él y
estrangularlo. Me daba la impresión de que él sabía para lo que le había
llevado allí y lo que quería hacer con. él. Una mortal lucha a muerte muda
parecía haberse planteado entre los dos.
Yo me sentía paralizado. Un
momento más y hubiera sucumbido. Advertí que, mirado por aquellos ojos
satánicos, empezabas a perder el dominio de mí mismo. Una extraña sensación de
pesadez se apoderó de mí. Se me iba la cabeza y caí en un semidesmayo que me
privaba de la vista. No sé el tiempo que esto duró... Rasputin seguía en la
misma posición; apoyaba en las manos la cabeza inclinada. Yo no le veía los
ojos. Recuperé mi presencia de ánimo y le ofrecí té.
— Bueno, deme una taza. Tengo
mucha sed—contestó con voz débil. Levantó la cabeza. Tenía los ojos como
nublados y parecía que trataba de esquivar mi mirada.
Mientras yo le echaba el té dio un paseo por la habitación.
Tropezaron sus ojos con la guitarra colgada en la estancia. —Toque usted algo—me
dijo—. Algo alegre. Me gusta mucho cómo canta usted.¡Pone usted tanta
alma!...—No estoy de humor—dije. Pero cogí la guitarra y entoné una canción, no
alegre, sino triste. Se sentó, y al principio escuchaba atentamente; pero luego
fue dejando caer la cabeza. Se le cerraban los ojos y parecía medio dormido.
En el momento en que acabé de
cantar abrió los ojos, me miró con expresión tranquila y melancólica y me dijo:
- Otra canción. Me gusta mucho lo que canta usted. Y canta usted con mucho
sentimiento. Volví a cantar. Mi propia voz me sonaba extraña en el oído. Nunca
había cantado como entonces.
Pasaba el tiempo. Las
manecillas del reloj señalaban las dos y media. La pesadilla duraba más de dos
horas de duración. ¿Qué pasaría si mis nervios perdían tensión? Además, arriba
empezaban evidentemente a perder la paciencia. Los ruidos hacíanse cada vez más
pronunciados, y llegué a temer que mis amigos bajaran.
— ¿Qué ruido es ése?—preguntó
Rasputin levantando la cabeza.
— Serán los invitados que se
marchan—le contesté—. Voy a subir a verlo.
Cuando entré en el despacho,
el gran duque Demetrio Paulóvich, Purishkévich y Sukhotin avanzaron hacia mí.
Empuñaban cada uno un revólver. El doctor yacía semiinconsciente en el canapé,
y no dejó de producirme sorpresa que un hombre fuerte y saludable como él
estuviese reducido a tal estado. Los otros, estaban tranquilos, pero muy
pálidos.
Llovieron preguntas sobre mí:
— ¿Qué?...
— ¿Está ya?
— ¿Hemos terminado?
—El veneno no ha producido
efecto—dije. Me miraron con mudo asombro.
— ¡Es imposible!—exclamó el gran
duque Demetrio Paulóvich—. La dosis era bastante con mucho.
— ¿Se lo ha tomado todo?—preguntaban
los demás?.
— ¡Absolutamente todo!—contesté.
Empezamos a discutir qué
haríamos, y decidimos bajar todos juntos, echarnos sobre Rasputin y
estrangularlo. Ya bajábamos cautelosamente la escalera cuando de pronto se me
representó que, procediendo así, lo comprometeríamos todo.
De nuevo llamé a mis amigos
al despacho y les comuniqué mis temores. Gran trabajo me costó persuadirles de
que me dejasen a mí solo acabar con Rasputin.
Rasputin seguía sentado a la mesa en
la misma posición que yo lo había dejado. Se le caía la cabeza y respiraba con
dificultad. Me acerqué a él despacio y me senté a su lado sin que él lo
advirtiese.
Después de unos minutos en silencio
levantó la cabeza con lentitud y me miró.
Tenía los ojos opacos,
apagados y sin vida.
— ¿Se siente usted mal?—le pregunté.
—Sí. Tengo la cabeza pesada y ardor
en el estómago. Deme otro vaso; eso me aliviará.
Le eché un vaso de Madera, se lo
bebió de un trago y de repente se reanimó y volvió a su buen humor habitual.
Cambié con él unas palabras y
pude darme cuenta de que estaba perfectamente lúcido y normal. De repente me
dijo que nos fuéramos a ver a las gitanas. Me negué, pretextando lo avanzado de
la hora.
— ¿Y qué importa? Están
acostumbradas. A veces me esperan toda la noche. En ocasiones tengo que estarme
en Tsarkoe-Selo por algún asunto importante, o sencillamente hablando de Dios.
También el cuerpo necesita descansar algún rato, ¿no es verdad?. Con Dios en el
pensamiento, pero con lo humano en la carne. Esta es la cosa. – dijo Rasputin con
un guiño significativo-.
Semejante conversación era lo último que a mí se me hubiera
ocurrido pensar en tal momento. Allí, sentado frente a mí, estaba un hombre que
había tomado una dosis enorme del más mortal de los venenos; esperaba yo que
cada uno de sus movimientos fuese el último, y salía él proponiéndome ir a ver
a las gitanas.
Pero lo que más me asombraba era
que, a pesar de su certero instinto, se sintiese inconsciente por completo de
su próximo fin. ¿Cómo su aguda mirada podía no haber observado que yo tenía a
la espalda, empuñado con la mano izquierda, un revólver, y que acechaba el
momento de disparar sobre él?
Conforme me relampagueaban en
la imaginación estos pensamientos miraba en derredor mío, y mis ojos
tropezaron casualmente con el crucifijo dé cristal. Me levanté y fui hacia
donde estaba.
— ¿Qué hace usted tanto
tiempo?—preguntó Rasputin.
— Me gusta mucho esta cruz. Es muy
bonita—contesté.
— Sí. no es mala obra de arte. Estoy
seguro de que costó bien de dinero. ¿Cuánto le costó a usted?
Se me acercó, y sin aguardar
respuesta siguió hablando:
— Pero a mí lo que más me llama la
atención es esto.
Y volvió a abrir el aparador
y a examinarlo por todos lados.
- Gregorio Efimóvich: mejor
sería que mirase usted al crucifijo y le rezara alguna oración.
Rasputin me miró con asombro y con
un destello de miedo en los ojos. Advertí entonces en ellos una nueva y
desconocida expresión, como un rasgo de blandura y sometimiento. Se vino
derecho a mí, mirándome de lleno a la cara, y pareció leer en mi mirada algo
que no había esperado. Me di cuenta de que se acercaba el momento supremo.
¡Dios me dé fuerza hasta el
final!, pensé. Y despacio fui quitando de la espalda la mano
izquierda con que empuñaba el revólver. Rasputin seguía inmóvil delante de mí.
Había vuelto la cabeza a la derecha y sus ojos miraban al crucifijo.
¿Adónde le apuntaré?”, pensé
yo. ¿A la sien o al corazón?
Una sacudida recorrió todo mi
cuerpo. Disparé.
Se oyó un rugido como de una fiera,
y Rasputin cayó pesadamente de espaldas sobre la piel del oso.
En seguida oí ruido en la escalera. Eran mis amigos que acudían en mi
ayuda. En su apresuramiento tropezaron contra la llave principal de la luz, colocada
a la entrada de la habitación, y quedamos a oscuras.
Alguien tropezó conmigo y dio
un grito, impresionado.
Yo no me moví. Tenía miedo de pisar
el cuerpo en la oscuridad.
Encendimos por fin nuevamente la luz.
Todos se precipitaron hacia
Rasputin yacía de espaldas, con las manos apretadas convulsivamente, cerrados
los ojos. En su blusa de seda clara había una manchita roja.
Pocos minutos después
Rasputín quedaba completamente inmóvil. Examinamos la herida. La bala le había
entrado por la. región del corazón. No había duda: estaba muerto.
Según el plan que hablamos
trazado, el gran duque Demetrio Paulóvich, el doctor Lazovert y el capitán
Sukhotin debían simular el regreso de Rasputin a su domicilio, por si acaso la
Policía secreta lo había seguido en su camino hasta mi casa. Sukhotin se
caracterizó de modo que pudiera tomársele por Rasputin, y en el automóvil
abierto partió con el gran duque y el doctor hacia Gorojovaia.
En este automóvil habían de
llevarse el cuerpo de Rasputin desde mi casa a la isla Petrovski.
Dijimos al doctor, que hacía de chauffeur, que condujese lo más
rápidamente posible y procurando despistar.
La muerte de Rasputin abría posibilidades sin limite ante quienes
tenían influencia y poder. Pero ninguno de ellos deseé o supo aprovechar el
momento favorable. No quiero nombrar a estas gentes. Algún día su actitud con
Rusia saldrá a la luz en su verdadero valor.
En el curso de nuestra
conversación me asaltó de pronto un vago sentimiento de alarma. Se me apoderó
vehementemente el deseo de bajar al comedor, donde yacía el cuerpo de Rasputin.
Me levanté, bajé la escalera y abrí la puerta. Allí estaba Rasputin tendido y
muerto; pero al tocarle noté que estaba todavía caliente, aunque ya había
pasado como una hora. Le tomé el pulso. No latía. destilaba su herida unas gotas de sangre, que iban a
caer sobre el suelo de granito. Era un espectáculo espantable, odioso.
Sin que pueda explicar por qué, de
repente cogí el cuerpo por los dos brazos y lo sacudí con violencia. El cuerpo,
cediendo a mi fuerza, se alzó, cayó de costado luego y por fin otra vez de espaldas en la misma posición en que estaba al
principio con la cabeza colgando sin vida hacia un lado.
—¡Gregorio Efimóvich! ¿ Qué le pasa?
¡ Despierte! Estoy solo con usted. Los demás se han ido.
Hablaba involuntariamente, aun
dándome cuenta de que mis palabras estaban vacías de sentido. Al mismo tiempo
que estaba pronunciándolas, pensaba para mí:
“Pero ¿ qué es lo que estoy
diciendo? Está muerto. Es el cadáver de un hombre a quien yo he matado de un
tiro, y heme aquí llamándolo por su nombre como si tuviese vida, queriendo
despertarlo como si estuviese dormido.”
Estuve buen rato inclinado
sobre él, y cuando ya estaba a punto de marcharme llamó mi atención un ligero
temblor del párpado de su ojo izquierdo. Volví a inclinarme sobre él y le
examiné la cara con toda atención. Empezaba a estremecerse convulsa. Y los
movimientos se hacían por instantes más pronunciados. De repente, medio abrió
el ojo izquierdo. Segundos después el párpado superior del ojo derecho se
estremecía y se levantaba... Y los dos ojos—los ojos de Rasputin, verdosos y
profundos como los de una serpiente—se fija-ron en mi con una expresión de odio
diabólico.
Inefable horror me heló la
sangre en las venas. Me quedé petrificado. Quise correr, pedir socorro; pero ni
pies llevaron ni salió un sonido de mi garganta. Quedé pegado al suelo como
presa de una pesadilla.
Entonces ocurrió lo increíble... Con una
violenta sacudida Rasputin se puso en pie. Yo estaba horrorizado. Resonó la
habitación con un rugido salvaje. Los dedos de Rasputin, crispados
convulsivamente, parecían hincarse en el aire. Luego los sentí como hierros
candentes cogerme por los hombros y buscarme la garganta. Clavaba los ojos
extraviados .y tenía la boca llena de espuma. Su voz, con un bronco murmurar,
repetía constantemente mi nombre.
No puedo pintar con palabras
el miedo que se apoderó de mí. Traté de deshacerme de entre sus manos; pero su
garra de hierro sujetaba con fuerzas increíbles. Vino una lucha espantosa.
Aquel ser moribundo, envenenado y
herido, resucitado por los poderes tenebrosos para vengar su destrucción, me
causó tal terror, tal asombro, que su memoria no se me ha borrado.
En aquel momento experimenté
en toda su fuerza el real poder de Rasputin. Me parecía que el demonio mismo,
encarnado en el mujik, me agarraba con sus dedos para no soltarme más.
Pero con un supremo esfuerzo logré
desasirme. Rasputin gruñó y cayó de espaldas, llevándose en la mano mí
charretera, que había arrancado en la lucha. Lo miré. Yacía arrebujado sin
movimiento.
Pero volvía a estremecerse. Yo eché
escaleras arriba llamando a Purishkévich, que estaba en el despacho, para que
acudiese en mi ayuda.
—¡Pronto! ¡Pronto! ¡El revólver!
¡Está vivo!—grité.
Yo no llevaba armas. Mi
revólver lo había dado al gran duque Demetrio Paulévich. A la puerta del despacho
encontré a Purishkévich, que había oído mis desesperados gritos de socorro. Se
quedó asombrado al saber que Rasputin estaba vivo aún, y apresuradamente sacó
el revólver de la funda.
En aquel momento oí ruido detrás de
mí. Era Rasputin. Yo, de un salto, me entré en el despacho, sobre cuya mesa de
escritorio había dejado yo un sólido bastón. Lo cogí y salí otra vez. Rasputin,
a cuatro pies, subía rápidamente la escalera, aullando y resoplando como una
bestia herida. De pronto se puso en pie y saltó hacia el postigo que comunicaba
con el patio.
Yo, plenamente cierto de que
el postigo estaba cerrado con llave y de que la llave se la hablan llevado los
que se habían ido, me quedé en el rellano de la escalera empuñando firmemente
el bastón.
Pero cuáles no serian mi horror y mi
sorpresa al ver que el postigo se abría y que Rasputin desaparecía por él y se
sumergía en la oscuridad.
Purishkévich echó tras él.
Sonaron dos disparos que recorrieron el patio con eco de trueno.
Aterrado con la idea de que pudiera
escapársenos, corrí hacia la entrada principal y atravesé el corredor de la
Moika. Hacia la puerta del patio, con la esperanza de que si Purlsbkévich habla
fallado, yo podría detener a Rasputin a la entrada.
Rasputin se tambaleó y cayó
al lado de un montón de nieve. Purishkévich corrió hacia él, permaneció quieto
a su lado durante unos segundos, y convencido evidentemente de que ahora sí que
habla acabado todo y de que Rasputin estaba de verdad muerto, volvió
rápidamente a la casa. Yo lo llamé, pero no me oyó.
Después de mirar por los alrededores y convencerme de que por las calles
no había nadie y de que los disparos no habían producido alarma, entré al patio
y fui al montón de nieve junto al que Rasputín yacía.
El caído no presentaba signo de vida
ninguno. En la sien izquierda tenía una ancha herida que, según supe después,
le había causado Purishkévich con el tacón de la bota.
Pero entre tanto, había ido aproximándose gente por ambos lados de la
casa. Un policía transpuso la puerta y se dirigió hacia el lugar en que
Rasputin yacía. Y mis dos criados también acudían a mi lado. Uno y otros,
alarmados por los tiros. Me atravesé en el camino del policía. Le hablaba
cuidando de conservarme de cara hacia el montón de nieve, de tal modo que él
tuviera que quedar de espaldas para hablar conmigo.
—Alteza—dijo cuando me reconoció—,
he oído tiros. ¿Es que ha pasado algo?
—No, nada importante; una
tontería. Había unos amigos aquí conmigo, uno de ellos bebía bebido demasiado y
empezó a disparar y armar escándalo. Si le pregunta a usted alguien diga que no
ha pasado nada.
Al mismo tiempo que hablaba
con él lo llevé hacia la puerta. Luego, cuando se hubo marchado, volví al lado
de Rasputin Allí estaban mis dos criados. Purishkévich les había dicho que
metieran el cuerpo en la casa. Me acerqué. Rasputin estaba en otra postura.
“¡Dios mío, está vivo, pensé!
Se apoderó de mí el terror sólo con
la idea de que podría ponerse en pie otra vez y volver a cogerme por el cuello, y me metí
apresuradamente en casa. Subí al depacho a llamar a Purishkévlch, pero no
estaba. Me sentía desfallecer. La cabeza se me iba. El murmullo repitiendo mi
nombre y seguía sonándome en los oídos. Vacilando entré en mi cuarto a tomar un
poco de agua. Purishkévich entró.
— ¿Está usted aquí? Estoy
buscándolo por todas partes—exclamó.
Se me iba la vista y temí que iba a
caer.
Purishkévich se acercó a
tranquilizarme.
Me cogió del brazo y me llevó al
despacho.
Apenas habíamos entrado
cuando mi ayuda de cámara llegó con apresuramiento y me dijo que el policía con
quien había estado hablando quería verme otra vez. Había entrado por la puerta
principal, no por el patio.
Purlshkévich, tan pronto vió que el
policía llegaba, dijo levantando la voz:
¿Ha oído usted hablar de Rasputin,
el hombre que ha llevado a la ruina a nuestra patria, a nuestro emperador y a
nuestros soldados en el frente? ¿Que
nos vendía a los alemanes? ¿ Ha oído usted hablar de él?
El policía se quedó mudo de
asombro. No comprendiendo lo que se pretendía de él, guardó si1encio.
—¿Sabe usted quién soy yo?—siguió
Purishkévich muy excitado—. Yo soy Vladimiro Mitrofanóvich Purishkévich,
miembro de la Duma imperial. Esos tiros que ha oído usted han matado a
Rasputin. Si usted ama a su país y a su zar no debe decir una palabra de ello.
Horror me causó a mí lo que
había oído; pero ya era imposible intervenir para poner remedio. Había ocurrido
todo de modo por demás rápido e inesperado. Purishkévich parecía dominado por
una exaltación nerviosa. Seguramente ni él mismo se había dado cuenta de lo que
había dicho.
—Han hecho ustedes una buena obra.
No diré nada. Ahora, si se me pide juramento, diré todo lo que sé irremediablemente.
Es pecado jurar en falso.
Así contestó por fin el
policía. Y con estas palabras se separó de nosotros. Su continente demostraba
bien a las claras que le había afectado profundamente lo que acababa de saber.
Purishkévich echó a correr tras él.
Cuando los dos habían salido,
mi ayuda de cámara, Iván, me dijo que habían llevado el cuerpo de Rasputin al
pie de la escalera de caracol. Yo seguía sintiéndome enfermo, mareado, y apenas
podía moverme. Pero me sobrepuse, y tomando mecánicamente de encima de la mesa
el bastón salí del despacho.
Bajé después y vi a Rasputin
tendido en el último rellano. La sangre le corría de las muchas heridas que
había recibido. El candelabro que alumbraba la escalera desde arriba le
Iluminaba la cabeza y realzaba los destrozos de su rostro ensangrentado.
Quise cerrar los ojos, quise
alejarme todo lo posible de aquel horroroso espectáculo.
Y sin embargo, me sentí atraído
irremisiblemente hacia él. Tan fuerte era el impulso que no pude evadirlo.
Sentía que me estallaba la
cabeza, que se confundían mis pensamientos, que la rabia y el rencor se
apoderaban de mí. Fue una especie de paroxismo. Me abalancé al cadáver y empecé
a golpearlo con el recio bastón. En mi frenesí le daba en todas partes. En aquel
momento todas las leyes de Dios y de los hombres eran nada para mí.
Purishkévich me dijo después
que fue una escena tan horrible que no podrá olvidársele jamás.
Me llevaron al despacho y me echaron
en un diván. Perdí el conocimiento, y así permanecí cerca de una hora. Entre
tanto. habían vuelto en el coche cerrado el gran duque Demetrio Paulóvich, el
capitán Sukhotin y el doctor Lazovert.
Viéndome tumbado en el diván,
quisieron que volviera en mi para que les ayudase a trasladar y esconder el cadáver;
pero Purishkévich les dijo lo que había pasado, y convinieron en no molestarme.
Encargaron a uno de los criados que cuidase de mí, y el otro bajó con ellos al
pie de la escalera donde Rasputin estaba. Envolvieron el cadáver en una sábana,
lo pusieron en el coche y partieron para la isla de Petrovski. Allí, desde un
puente, lanzaron al agua los restos de Rasputin.
Al despertar, después de profundo sueño, lo primero que vi fue el rostro
pálido y demudado de mi ayuda de cámara. Estaba el hombre de rodillas al lado
mío, aplicándome hielo a la cabeza.
Me sentía yo algo así como si
acabara de salir de una grave enfermedad o como si después de haberme tenido en
una atmósfera sofocadora me hubieran sacado a respirar al aire libre.
Hice unas rápidas reflexiones
acerca de mi situación y resolví proceder con firmeza y con prudencia, midiendo
cada paso y conservando la presencia de ánimo cualesquiera que fuesen los
sucesos originados por la muerte de Rasputin.
Me levanté del diván y fui a
mis habitaciones, donde me lavé y me cambié de ropa.
Mi ayuda de cámara y yo procedimos
después a. borrar las huellas de sangre que había en el despacho, y luego en el
comedor y en la escalera. La alfombra de la escalera estaba completamente
empapada.
Destruimos con el fuego todo
lo combustible y escondimos lo demás. Después salí al patio para seguir tomando
precauciones.
Como era forzoso dar alguna
explicación acerca de los tiros, decidí sacrificar uno de los perros del patio.
Mi plan no podía ser más sencillo: decir que mis visitantes, al salir de la
casa, habían visto en el patio un perro, y que uno de ellos, hombre de mal
vino, lo había matado a tiros.
Mi ayuda de cámara, Iván,
cogió un revólver y fue al patio interior donde el perro estaba atado. Metió al
animal en un cobertizo, lo mató de un disparo y lo arrastró hasta la huella que
habla dejado el cuerpo de Rasputin, de tal modo que pudieran frustrarse los
posibles análisis de sangre, y luego lo llevó al montón de nieve junto al cual
habla quedado muerto el staretz. Por
si acaso se empleaban perros policías, derramamos alcanfor sobre las manchas de
sangre que se veían en la nieve.
Luego reuní a toda la servidumbre
de la casa que había sido casual testigo de lo que ocurriera y expliqué a todos
la significación de lo hecho. Me escucharon en silencio, y su actitud me dejó
convencido de que ninguno diría, nada.
Ya eran cerca de las cinco de la mañana
cuando salí de casa hacia el palacio del gran duque Alejandro Micailóvich. Me
sentía con el ánimo tranquilo, y hasta no me faltaba un destello de felicidad.
El pensamiento de que se había dado el primer paso hacia la salvación de Rusia
me prestaba energías y me inspiraba fe clarísima. en el futuro.
Al entrar en mi habitación
del palacio me encontré a mi cuñado el príncipe Teodoro Alejandróvich. Había
estado esperando mi regreso toda la noche.
—¡Gracias a Dios que vienes!
Dime, ¿qué ha pasado?
—Rasputin está muerto; pero ahora no
puedo decir más. Necesito dormir—contesté.
Dejé encargado que me
llamasen a las siete, y caí en profundo sueño, que bien había menester para
reunir energías con que hacer frente a interrogatorios y evasivas, acusaciones
y explicaciones que habían de venir.
No me llamaron a las siete, y estuve
durmiendo hasta las diez.
Apenas había abierto los ojos
cuando me dijeron que el jefe de Policía del distrito de Kazan, general
Grigoriev, quería verme para un asunto importante.
De momento no comprendí bien el
alcance de la visita; tan lejos estaba mi pensamiento de lo que había ocurrido
la noche antes. Pronto reaccioné.
Me levanté apresuradamente y
salí al despacho en que me. aguardaba el general Grigoriev.
- Supongo – dije -. que su visita se
relaciona con los tiros que se oyeron en el patio de mi casa.
—Sí—contestó—. Vengo a que usted me
dé plenos detalles de lo que ocurrió. ¿No estuvo anoche en su casa Rasputin?
—¿Rasputin? No, no me visita
nunca—contesté.
—Los tiros que se oyeron, y que
partían de su patio de usted, se relacionan, sin embargo, con la desaparición
de ese hombre, y el prefecto de Policía me ha ordenado hacer inmediatas
investigaciones acerca de lo que ocurriese anoche en su casa.
El hecho de que se relacionasen
los tiros de la Moika con la desaparición de Rasputin pronosticaba serias
complicaciones. Había yo de pesar y calcular cuidadosamente cada palabra que
dijera al contestar la pregunta que se me hacía.
—¿ Que ha desaparecido Rasputin? ¿De
dónde viene esa noticia?—pregunté a mi vez.
El general Grigoriev me contó que
por la mañana temprano un inspector, acompañado del policía de servicio en las
inmediaciones de mi casa, había ido a decirle que a las tres de la madrugada se
habían disparado unos tiros. El policía había inspeccionado el sector que tenía
a su cargo y no había encontrado nada de particular; las calles, solitarias, y
los dvorniks, dormitando junto a las
puertas. De pronto alguien le llamó urgentemente diciéndole:
"¡Venga
enseguida, que
el príncipe quiere verle!” El policía -
había acudido a mi despacho, donde me
había encontrado a mí con otra persona, la cual,
adelantándose a él le había
preguntado: “¿Usted me conoce?” “No, no,
señor’, contestó el policía.
“¿Ha oído
usted hablar de Purishkévich?” “Sí,
señor,” Yo soy Purishkévich.
¿Ama usted al zar y a la patria?” “Sí, señor.” “Pues si los ama usted, jure que
no dirá esto a nadie: Rasputin ha muerto.”
Después de esta conversación
el policía había salido de la casa. Primero se había ido a su puesto; pero
luego el miedo le había impulsado a referirlo todo a sus superiores.
Escuché atentamente, procurando
aparentar sorpresa. Todos los comprometidos en el complot habíamos jurado
solemnemente no revelar nuestro secreto, y yo estaba obligado por la promesa.
Habíamos acariciado la esperanza de ocultar todo rastro del crimen, porque lo
comprometido de la situación política recomendaba que Rasputín desapareciese
sin dejar huella.
—¡Qué absurdo cuento!—exclamé
cuando el general Grigoriev hubo terminado—. Es sencillamente estúpido que el
hecho de que ese policía no comprendiese lo que se le estaba diciendo haya
desencadenado tal perturbación. Yo voy a decirle a usted en un momento, con
todo detalle, lo que realmente sucedió:
Anoche vinieron a cenar conmigo a
casa unos cuantos amigos y conocidos, entre ellos el gran duque Demetrio
Paulóvich, el señor Purishkévich, unos oficiales y algunas damas. Se bebió de
firme y hubo alegría y buen humor. Cuando todavía estábamos cenando me
telefoneó Rasputin para invitarme a que fuese con él a ver a las gitanas. Me
asombré, puesto que yo nunca he tomado parte en sus orgías. En realidad, yo no
he tenido nunca con él sino muy superficial relación, y siempre he evitado su
trato. Rehusé la invitación, colgué el receptor y zas volví con mis amigos, a
quienes dije con quién había estado hablando.
Mía visitantes promovieron
enorme griterío, con insultos al staretz condenaciones para su abominable conducta. Yo tomé
parte, muy vivamente, en la ruidosa discusión, pues siempre desprecié y
aborrecí a ese insolente advenedizo.
Cuando empezaron a marcharse
mis amigos, dos señoras salieron con el gran duque Demetrio Paulóvich, que las
subió a su coche. Yo los veía desde la entrada que da al patio. Al arrancar el
coche oí dos disparos, y enseguida vi a uno de los perros que teníamos en el
patio tendido en la nieve El coche había pasado ante la puerta y desapareció.
Di al gran duque tiempo suficiente para llegar a casa, y fui a verle para
preguntarle qué le había movido a matar al perro. Por toda contestación se me
echó a reír y me dijo que pasara buena noche. Y así terminó nuestra
conversación.
Temiendo que los disparos
hubiesen atraído la atención de la Policía, mandé a buscar al agente de guardia
para explicarle lo ocurrido. A la sazón ya habían partido todos mis invitados,
con la excepción de Purishkévich, al cual conté yo también lo que había pasado.
Cuando entró el policía, el señor Purishkévich se fue hacia él apresuradamente
y con él entablé conversación rapidísima. Yo advertí gran contusión en el
policía, y aunque no percibí bien la conversación entre los dos, de lo que
usted me dice ahora deduzco claramente que Purishakévich, que estaba más que
alegre, le habló del perro muerto y comparó al animal con Rasputin y expresó su
sentimiento, de que el muerto no hubiera sido, en vez del perro, el staretz. Sin duda el policía no
comprendió bien el significado...
Esta es la única explicación
que se me ocurre para este quid pro quo. Espero
que todo se aclarará satisfactoriamente, y que si en realidad Rasputin ha
desaparecido, se pondrá en claro que su desaparición no tiene nada que ver con
los tiros que se oyeron en mi casa.
—En efecto, para mí todo
queda perfectamente claro. Pero, dígame, príncipe: además del gran duque
Demetrio Paulóvich y del señor Purishkévich, ¿quiénes eran sus invitados?
—Me es imposible responder a
esa pregunta. Los nombres de las señoras, desde luego, no puedo darlos. En
cuanto a los otros amigos, temo nombrarlos precisamente, por si este asunto,
aunque trivial en sí, toma algún giro desagradable. Son amigos míos, se deben a
sus familias y a su posición y pudiera irrogárseles molestia o perjuicio, a
pesar de su inocencia.
—Muy agradecido, príncipe, a
sus informes—dijo el general—. Voy enseguida a ver al prefecto para referirle
todo lo que usted me ha dicho. Su explicación pone en claro el incidente y
garantiza a usted contra desagradables consecuencias de cualquier otra índole.
Rogué al general Grigoriev
dijese al prefecto que querría verle, y le pedí me informase por teléfono de la
hora a que podría recibirme.
LAS SOSPECHAS RECAEN SOBRE MÍ
Tan pronto como se hubo marchado fui
a vestirme; pero apenas había tenido tiempo de entrar en mi habitación cuando
me llamaron por teléfono. Era M.
— ¿Qué a hecho usted con Gregorio
Efimóvich?—preguntó.
-
¿Con Gregorio Efimóvich? ¡Qué pregunta tan rara!
-
¡Cómo! ¿No estuvo con usted ayer?—exclamó alarmada—. Entonces, ¿dónde
estuvo? ¡Venga a verme enseguida, por el amor de Dios! Me encuentro en una
terrible disposición de ánimo.
La perspectiva de una
conversación con M. me disgustaba lo indecible. ¿Qué podía decir yo a una
persona que me era tan sinceramente adicta, que tenía tal confianza en mí que
no ponía jamás en duda palabra que yo pronunciase? ¿Cómo podría yo mirarla a
los ojos cuando me preguntase:
- ¿Qué ha hecho usted con Gregorio
Efimóvich?”
Pero había que ir, y en el
espacio de media hora me encontraba en el gabinete de casa de G.
Flotaba sobre la casa atmósfera de
dolor. Por todas partes se veían caras ansiosas surcadas de lágrimas. A M.
costaba mucho trabajo reconocerla casi. Corrió hacia mi, y con voz entrecortada
por la emoción me dijo:
- ¡Dígame, por el amor de Dios!,
¿Dónde está Gregorio Efimóvich. ¿Qué han hecho ustedes con él? Dicen que ha
sido muerto en la casa de usted y que usted es su asesino.
Procuré calmarla y le conté
con todo detalle el cuento que había inventado.
- ¿Es decir, que Gregorio Efimóvich
no estuvo en su casa? ¿Pero por casualidad le dijo él a usted dónde pensaba ir
anoche?—preguntó.
- Ya se lo he dicho a usted todo. Me
llamó pasada la media noche y me invitó a ir con él a ver a las gitanas, Según
eso, puede pensarse que siga todavía en algún burdel. No sería la primera vez,
como usted sabe perfectamente.
- ¡Oh, es terrible! La emperatriz y
Ana tienen la seguridad de que lo han matado esta noche, y de que ha sido en
casa de usted, y de que ha sido usted.
- Llame usted enseguida a
Tsarkoe-Selo. Si la emperatriz quiere recibirme, se lo explicaré todo. Llame lo
antes posible—insistí.
Así lo hizo M.. y le
contestaron que la emperatriz estaba dispuesta a recibirme.
En el mismo momento en que salía
para encaminarme a ver a la emperatriz, M. me detuvo. Aparte de su alarma por
la desaparición de Rasputin, revelaba su rostro ahora una nueva ansiedad.
— ¡No vaya usted a Tsarkoe-Selo! ¡No
vaya usted!—imploró—. ¡No saldrá usted de allí vivo! ¡Le ocurrirá algo
espantoso! ¡ De ninguna manera creerán que no tiene usted nada que ver en ello!
¡Se encuentran en un estado terrible! ¡Dicen que los han traicionado! ¿Por qué
le hice a usted caso? ¡Yo no debí telefonear! ¡Ha sido una gran equivocación!
¡Dios mío, por qué lo he obedecido! ¡No vaya usted, Félix, no vaya; le suplico
que no vaya!
Y rompió en llanto.
Nunca hasta entonces me había
llamado por mi nombre de pila. Su inquietud por mi suerte y toda su actitud
hacia mí me demostraban tan afectuosa devoción que me costó un supremo esfuerzo
no confesarle todo. Me torturaba tener que engañarla cuando ella era tan buena y
confiaba en mí tan incondicionalmente.
Su cariño borró en mí todo, hasta su
morbosa afición a Rasputin. Sólo la dominaba un deseo: salvarme del peligro,
protegerme contra la venganza de los partidarios del asesinado staretz.
Se me acercó, y mirándome
tímidamente con sus ojos de bondad e inocencia, hizo sobre mí el signo de la cruz.
Sentí la seguridad de que aun en el caso de que hubiese sabido la verdad toda
hubiera procedido del mismo modo.
- ¡Dios le proteja! ¡Rezaré por
usted!—dijo en voz baja.
Sonó el timbre del teléfono.
Llamaban de Tsarkoe-Selo. Estaba al habla Vyróbova. La emperatriz no se sentía
bien y no podía recibirme. Yo debía mandarle un informe escrito de todo lo que
supiese acerca de la desaparición de Rasputin.
— ¡Gracias a Dios! ¡Qué descansada
me quedo con que no vaya usted!—dijo M.
Me despedí de ella y salí a
la calle. A los pocos pasos me encontré a uno de mis amigos del Corpe des Pages, que vino corriendo a.
mí con gran excitación.
- ¡Félix!——exclamó—. ¿Sabes la
noticia? ¡Han matado a Rasputin!
- ¡Imposible! ¿Quién lo ha matado?
—Dicen que ha sido en casa de las
gitanas. Pero nadie sabe quién ha sido.
- ¡Plegue a Dios que sea
verdad!—dije. Siguió su camino, muy satisfecho de haber sido el primero en
darme noticia tan sensacional, y yo volví al palacio pensando que ya hubiera
respuesta del prefecto de Policía.
En efecto, la respuesta
estaba aguardándome. El general Balk quería verme con urgencia.
Cuando llegué a sus oficinas había
gran revuelo. El general estaba en su despacho, sentado ante el escritorio, con
aspecto de hombre muy contrariado.
Le dije que iba para aclarar
la confusión originada por las palabras de Purishkvich. Y le añadí que quería
hacerlo en el menos tiempo posible, ya que tenía la intención de marchar
aquella misma noche a Crimea, donde estaba aguardándome mi familia. Así que me
disgustaba yerme tenido en Petrogrado
por interrogatorios y otras formalidades. El prefecto me contestó que
las explicaciones dadas por mí al general Grigoriev eran por completo
satisfactorias, y que no veía que hubiese dificultad ninguna para mi partida;
pero tenía que comunicarme que había recibido orden de la emperatriz Alejandra
Feodórovna para registrar mi casa de la. Moika, en atención a los disparos
sospechosos oídos la pasada noche y los rumores de mi relación con el hecho de
haber desaparecido Rasputin.
—Su Majestad no puede haber
dado tal orden—objeté—. Mi esposa es sobrina del emperador. Los miembros de la
familia imperial y sus residencias son inviolables, y no pueden tomarse
medidas contra ellos sino por orden de su misma majestad el Emperador.
El prefecto se vio obligado a convenir conmigo en que así era, y
a presencia mía dio por teléfono inmediatas órdenes para que no se hiciese el
registro. Esto me tranquilizó grandemente. Me obsesionaba la. preocupación de
que al arreglar las habitaciones la noche pasada habríamos olvidado muchos
detalles, y era por lo tanto preciso a toda costa aplazar todo registro hasta
que nosotros hubiésemos llevado a cabo una cuidadosa inspección y hecho
desaparecer toda huella de lo que efectivamente había ocurrido.
Me despedí del general Balk y me
volvía la Moika con el respiro de que ya. Había pasado la más grave dificultad.
En efecto, mis temores eran
fundados. En el comedor y en la escalera, mirados a la luz del día,
descubríanse manchas en los suelos y en las alfombras. Llamé a mi ayuda de
cámara y borramos todas las huellas que fuimos encontrando. Trabajamos
arduamente y pronto dimos por terminada la tarea.
Pero lo que no pudimos quitar
fueron las manchas, muy visibles, que había cerca de la entrada del patio,
donde la sangre habla caído sobre la piedra. El único recurso que nos quedaba
era el de explicar que las había producido el perro muerto al ser arrastrado
por los escalones de entrada a la casa
Pero, suponiendo que después
de todo esto se hiciese un registro y un análisis químico de aquellas manchas,
el asunto podía tomar muy mal cariz. Era, pues, indispensable encontrar modo de
ocultar aquellas huellas.
Decidimos pintarlas con pintura al
óleo del mismo color que la piedra y cubrirlo todo con una espesa capa de
nieve. Así nos pareció haber hecho todo lo posible para despistar a las
autoridades.
Ya eran las dos de la tarde y me fui
a comer con el gran duque Demetrio Paulóvich. Acababa de levantarse. Parecía
cansado y enfermo. Me refirió a la ligera lo que habían hecho con el cuerpo de
Rasputin:
De vuelta en la Moika en el coche
cerrado, el gran duque me había encontrado privado de conocimiento. Su primer
impulso fue estarse conmigo hasta que lo recobrase. Pero no había tiempo que
perder, porque la aurora se acercaba. El cuerpo de Rasputin, bien envuelto en
una sábana y sólidamente atado con cuerdas, fue colocado en el coche. El gran duque
actuaba de chauffeur. Sukhotin se
sentó a su lado, y Purlshkévich, con el doctor Lazovert y mi ayuda de cámara
Iván, se sentaron atrás. Se detuvieron llegados al puente de Petrovski. No
lejos se veía la garita del centinela. Para que ni el ruido del motor ni los
faros llamasen la atención, el gran duque paró el uno y apagó los otros.
Cuantos tomaban parte en la
maniobra estaban aturdidísimos. Arrojaron el cuerpo a un hoyo abierto en el
hielo; pero olvidando atarle algún peso que lo arrastrase al fondo. Hasta tal
punto perdieron la cabeza que ni siquiera quitaron a Rasputin las botas de agua
y el chaquetón, aunque lo acordado al principio había sido desnudarlo
completamente y quemar la ropa. Claro que volver a sacar el cuerpo del agujero
era imposible; no tenían tiempo que perder si querían pasar inadvertidos.
Para colmo de desdichas, el
automóvil no arrancaba. Por fin el gran duque pudo poner en marcha el motor.
Pasaron cerca de la garita. El centinela dormía profundamente. Los viajeros
volvieron a la ciudad sin más novedad.
Para terminar, el gran duque
expresó la opinión de que, según todas las probabilidades, la corriente del río
habría arrastrado el cuerpo hasta el mar.
Después di yo cuenta al gran duque
de las entrevistas y conversaciones que había tenido durante la mañana.
Cuando habíamos comido llegó
el capitán Sukhotin. Le dijimos que fuese a buscar a Purishkévich y lo trajese
al palacio. Aquella misma noche salía Purishkévich para el frente con su
tren-hospital, y yo marchaba a Crimea. Era, pues, indispensable que nos
reuniésemos y acordáramos una línea de conducta para el caso de que nos
detuviesen o interrogasen ampliamente a cualquiera de nosotros.
Yo tenía poco tiempo libre, y
decidí escribir allí mismo la carta para la emperatriz, de acuerdo con su
deseo. Cuando la hube terminado la leí al gran duque Demetrio Paulóvich, y le
pareció bien. Hago gracia del texto, ya que era una pura repetición de las
explicaciones que había dado al general Grigoriev. Estaba escrita concisamente y
a manera de informe.
El gran duque Demetrio Paulóvich se
disponía a escribir también a la emperatriz, y lo hubiera hecho a no ser por la
llegada de Purishkévich y Sukhotín.
Después de algún debate
convinimos en sostener la explicación que yo había dado a Grigoriev, a M., al
prefecto de Policía y, por medio de la carta, a la emperatriz. Sucediera lo que
sucediera, encontráranse las pruebas que se encontraran contra nosotros, nos
mantendríamos en esa actitud.
Habíamos dado el primer paso. El
camino estaba expedito para aquellos que estaban en antecedentes de lo que
venía ocurriendo y en circunstancias de continuar la lucha contra el
rasputinismo que nosotros habíamos comenzado. De momento nosotros debíamos
permanecer a un lado.
Y con estos acuerdos nos
separamos.
Salí del palacio del gran
duque Demetrio Paulóvich y volví a mi casa de la Moika a ver si había algo
nuevo. Al llegar me dijeron que en el día se había interrogado con gran
detenimiento a toda mi servidumbre. No sabía el resultado de estas diligencias,
pero me tranquilizaron las referencias que me dieron los criados mismos.
Sin embargo, no me gustaba el
giro que tomaban las cosas. Temía que alguna formalidad me retuviese, lo que me
impediría estar al lado de mi familia el día de Navidad. Me decidí a visitar al
ministro de Justicia, señor Makarov, para averiguar de cierto cómo andaba el
asunto.
En el Ministerio de Justicia,
como en la Prefectura de Policía, la ansiedad era enorme. El ministro estaba
conferenciando con el fiscal político que salía cuando yo entraba en el
despacho, y me miró al cruzarnos con manifiesta curiosidad.
Yo no conocía al señor
Makarov, y a primera vista me fue simpático. Era un hombre de edad, delgado,
con cabello y barba grises, amable aspecto y voz suave.
Le expliqué el objeto de mi visita,
y a su requerimiento le conté con todo detalle, desde el principio al fin, la
historia que ya de memoria me sabía.
Cuando llegué a aquel episodio de la
conversación de Purishkévich con el policía, el señor Makarov me interrumpió
con estas palabras:
-Conozco mucho a Vladimiro
Mitrofanóvich. No bebe nunca. Si no me equivoco, es miembro de la Liga de
Templanza.
-Pues puedo asegurarle a
usted—repliqué—que en esta ocasión Vladimiro Mitrofanóvich se traicionó a sí
mismo y traicionó a la Liga. de que usted dice es miembro. Era una alegre
fiesta para estrenar la casa. No encontró modo de negarse a beber. Todos le
excitaban a que bebiese. Y como no está acostumbrado, unas copas bastaron para
hacerle efecto.
Cuando terminé mi cuento
pregunté al señor Makarov si mis criados quedarían libres de más declaraciones
y molestias, pues como yo había de marchar aquella noche a Crimea, mostrábanse
muy temerosos.
El ministro me dio sobre este
punto toda clase de seguridades. Me dijo que lo más probable era que la Policía
no hiciese más investigaciones, y que, por su parte, él ni autorizaría nuevos
registros en la casa ni concedería importancia ninguna a los rumores y hablillas
que andaban por la ciudad.
Al salir pregunté al ministro si
podía marcharme de San Petersburgo.
Me contestó afirmativamente. Salió a despedirse hasta la escalera, y una vez
más me expresó su sentimiento por las molestias que una mala inteligencia me
habla causado.
Desde el Ministerio de
Justicia fui a casa de mi tío, señor Rodzíanko, el presidente de la Duma
imperial. Tanto él como su mujer tenían noticia de nuestro propósito de acabar
con Rasputin, y estaban impacientes por que se les diese una referencia
completa de lo que hubiera sucedido. Al entrar en su gabinete advertí que los
dos estaban muy excitados y discutían en altas voces. Mi tía se llegó a mí con
los ojos arrasados en lágrimas, me abrazó e hizo sobre mí la señal de la cruz.
También mi tío me saludó con su voz de trueno y me abrazó y me besó. En aquel
momento tuvieron para mí gran valor aquellas muestras de afecto. Apartado de mi
gente, solo por completo, la prueba era dura para mí. Aquella actitud paternal
me dio fuerza y me calmé. No pude, sin embargo, estar mucho tiempo con ellos,
porque el tren salía a las nueve y yo todavía no había hecho el equipaje. Les
hice un breve relato de cómo habíamos dado muerte a Rasputin, y me despedí.
—Ahora nosotros nos hacemos a
un lado y dejamos a otros que sigan—dije al marcharme—. Quiera Dios que su
conducta lleve al emperador a apreciar la verdadera situación antes de que sea
demasiado tarde. No se puede imaginar un momento mejor.
—Estoy convencido de que el
asesinato de Rasputin se considerará un acto patriótico—replicó Rodzianko —, y
de que todos se unirán para salvar a Rusia de la ruina.
De casa de Rodzianko fui al
palacio del gran duque Alejandro Micailóvich. Al entrar en el hall me
dijo el portero que una señora a quien yo había citado para las siete estaba
esperándome en el despacho.
No había yo dado cita
ninguna, y esta visita imprevista me sorprendió. Pedí al portero que me dijese
cómo era la señora. Me dijo que iba vestida de negro y que la cara casi no
había podido vérsela porque llevaba un velo muy espeso.
Pasé a mi alcoba y desde allí pude ver a la misteriosa visitante.
¡Cuál seria mi sorpresa al reconocer a través de la rendija que dejé entre las
hojas de la puerta a una de las más fervientes adoradoras de Rasputin!
Llamé al portero y le encargué que
dijese a la espontánea visita que yo no estaba y que volvería muy tarde. Hice
el equipaje precipitadamente y bajé a comer.
En la escalera encontré a mi
amigo Oswald Rayner, oficial inglés, a quien conocía desde que estuve, en
Oxford. Sabia toda la verdad de lo ocurrido y estaba inquieto por lo que me
ocurriese. Le aseguré que por el momento todo iba bien. Comí con los tres
hermanos mayores de mi mujer, que
habían de acompañarme a Crimea; con su tutor, con una de las damas de servicio
con la gran duquesa Xenia Alejándrovna, con Rayner y otras personas más. Todos
estaban impresionados por
El tren debía salir media hora
después, y luego de despedirme del
resto de la compañía subí al automóvil con los hermanos de mi mujer — el
príncipe Andrés, el príncipe Teodoro y el príncipe Mikita —, su tutor y mi amigo
inglés Rayner.
Al llegar, a la estación
advertí que había en la escalera de la entrada principal mucha fuerza de la
Policía de Palacio. Me sorprendió.
“¿Habrán dado orden de arrestarme?”, pensé.
Bajamos del coche y fuimos a la
escalera. Cuando llegué al peldaño en que estaba el coronel de gendarmes, él se
me acercó y con voz cohibida me habló algo que no entendí.
-¿Hace
el favor de hablarme un poco más alto, coronel? – dije- ¡No le oigo!
Hizo un
esfuerzo, y alzando la voz me dijo:
— ¡De orden de Su Majestad se le
prohibe salir de San Petersburgo! Debe volver al palacio y quedar allí en
espera de instrucciones.
Cuando el coronel de los
gendarmes me hubo comunicado la orden de volver al palacio y permanecer allí en
espera de instrucciones de orden del emperador, le expresé con una breve frase
el sentimiento que ello me producía, y volviéndome a mis compañeros les repetí
la decisión imperial. El arresto me sorprendió completamente.
El príncipe Andrés y el
príncipe Teodoro determinaron no ir a Crimea y quedarse conmigo. Sólo partiría
el príncipe Mikita, acompañado del tutor.
Entramos a despedirle seguidos de la
policía, que parecía temerosa de que yo saltara al tren y me marchara. El
público miraba con curiosidad el inusitado espectáculo en el andén.
Subí al vagón a decirle unas
palabras al príncipe Mikita, y la Policía reveló claramente su inquietud. Yo
calmé a los agentes asegurándoles que no tenía intención de escaparme, sino que
solamente iba a despedir a los que se marchaban.
El tren partió y nosotros
volvimos al automóvil.
“¡Qué extraño me parece esto de
verme arrestado! — pensaba yo en el camino hacia casa —. “¿Qué irán a hacer conmigo?”
En la casa todos, mostraron
gran asombro al vernos volver, y no sabían a qué atribuirlo.
Me sentía cansado por los acontecimientos
del día, y enseguida que entré en mi habitación me acosté, aunque habiendo
rogado al príncipe Teodoro y a Rayner que se estuviesen un rato conmigo.
Revelaban gran inquietud y temor por mi suerte.
Estábamos hablando cuando
entró en el cuarto el príncipe Andrés y nos dijo que había llegado el gran
duque Nicolás Micailóvich..
No me produjo buena impresión esta
tardía visita. Por lo visto, venía el gran duque a que a yo le diese cuenta detallada de todo lo que
hubiese ocurrido, y llegaba en ocasión en que yo me sentía cansado, necesitado
de dormir y en el estado de ánimo peor para una entrevista de esta clase.
En el carácter del gran duque
Nicolás Micailóvich se daban extrañas contradicciones. Historiador culto,
hombre de gran inteligencia e independencia de criterio, solía en su trato con
la gente adoptar un tono de zumba; fácilmente se dejaba llevar en sus palabras
de la nerviosidad hablaba de asuntos sobre los que hubiera debido guardar
silencio.
Detestaba a Rasputin y
conocía completamente lo perjudicial que era para Rusia. Sus miras políticas
eran de extremado liberalismo. El gran duque combatía sañudamente los
acontecimientos que venían ocurriendo y aun le causó contratiempos la libertad
con que exponía su opinión pues se le trasladó de San Petersburgo a Grushevka,
sus posesiones de la provincia de Kherson. Sin embargo, hubiera sido en
nosotros una insensatez pensar en revelarle el secreto de la desaparición de
Rasputin, habiendo como había el peligro de que se deslizase.
Apenas el príncipe Teodoro y
Rayner habían cerrado la puerta tras ellos cuando por el lado opuesto de la
habitación entró el gran duque. Se dirigió a mí con estas pa1abras:
—Y bien, dígame, ¿qué hay de eso?
Fingí asombro y le contesté:
—Supongo que usted no es de los que
creen esos rumores que circulan acerca de mí. Todo es una mala interpretación. Yo no tengo nada que ver con
eso.
— ¡Eso, a otros, no a mí! ¡Yo lo sé
todo, punto por punto! ¡Hasta los nombres de las señoras que fueron de la
partida!
Estas últimas palabras me
mostraron claramente que no sabía absolutamente nada, y que se decía bien
informado a fin de sonsacarme. Yo le conté exactamente
la misma historia de la fiesta para estrenar la casa, la conversación
telefónica con Rasputin y la muerte dada al perro por el gran duque Demetrio
Paulóvich.
Aparentó creer el cuento; pero,
queriendo ponerse a cubierto del error, sonrió y me guiñó un ojo expresivamente
al marcharse.
Evidentemente no sólo no
sabía nada, sino que le había mortificado fracasar en su propósito de
sonsacarme a mí.
Cuando se hubo marchado, el
príncipe Andrés, el príncipe Teodoro y Rayner volvieron a entrar. Les dije que
pensaba ir por la mañana al palacio del gran duque Demetrio Paulóvich para
estar a su lado hasta que se decidiera nuestra suerte. Les expliqué lo que
debían contestar si se les sometía a interrogatorio. Me ofrecieron seguir las
instrucciones y se despidieron de mí.
Pasaron ante mis ojos los
sucesos de la noche anterior; los pensamientos se atropellaban unos a otros.
Por último me abrumó la fatiga y quedé dormido.
Por la mañana temprano fui al
palacio del gran duque Demetrio Paulóvich. Como tenía por cierto que yo había
marchado a Crimea la noche antes, mostró gran sorpresa de verme. Le conté lo de
mi arresto y cómo había decidido estar al lado suyo en vista de las
complicaciones que se habían originado y de la posibilidad de que se tomaran
medidas contra los dos. Le referí también mis conversaciones con las distintas
personas con quienes había hablado. El a su vez, me relató todo lo que había
hecho el día antes. Por la noche había ido al teatro Micailovski; pero había
tenido que marcharse porque le advirtieron que los espectadores iban a hacerle
una ovación. De vuelta en la casa se enteró de que en Tsarkoe-Selo creían que
había tenido parte en el asesinato. Entonces había telefoneado a la Emperatriz
Alejandra Feodórovna para rogarla que le recibiese, pero ella se había negado
categóricamente.
Después de un rato de charla
fui a la habitación dispuesta para mí. Mandé por periódicos y los ojeé para ver
qué decían de lo ocurrido. No publicaron más que la noticia escueta de que “en
la noche del 16 al 17 de diciembre había sido muerto el staretz Gregorio Rasputin”.
QUEDA ARRESTADO EL GRAN DUQUE
DEMETRIO
PAULÓVICH
La mañana pasa tranquila; pero sería
la una, cuando acabábamos de comer, el general Maximóvich, ayudante del
Emperador, llamó por teléfono al Dran Duque y le dijo que por orden de la
Emperatriz quedaba arrestado y no debía salir del palacio; añadió que él iba en
seguida en persona para comunicarle otros detalles.
El gran duque volvió al
comedor muy impresionado.
— Félix — me dijo —, estoy
arrestado por orden de la Emperatriz Alejandra Feodórovna. No tiene ella
derecho a tomar esta medida, una orden de esa naturaleza sólo del Emperador
puede venir.
Cuando estábamos hablando del asunto
llegó el general Maximóvich. Se le pasó al despacho. Cuando entró en la
habitación el gran duque Demetrio Paulóvich, el general le dirigió estas
palabras:
— Su Majestad la Emperatriz requiere
a vuestra alteza imperial para que no salga de su palacio.
— ¿Esto qué significa? ¿Se me
arresta?
— No, no se le arresta. Pero Su
Majestad la Emperatriz insiste, sin embargo, en que no salga usted del palacio.
El gran duque, resueltamente,
replicó:
— Repito que se trata de un arresto.
Dé cuenta a Su Majestad la Emperatriz de que me someto a sus órdenes.
Se despidió del general
Maximóvich y salió del despacho.
Durante todo el día el gran duque
Demetrio Paulóvich recibió por separado la visita de casi todos los miembros de
la casa imperial que estaban en San Petersburgo. Mostrábanse todo lo preocupados con el arresto y con el hecho de
que la Emperatriz Alejandra Feodórovna se excediese en sus atribuciones al
punto de dar orden de que se privase de libertad a un miembro de la familia
imperial sólo por la sospecha de que hubiese tomado parte en la muerte de
Rasputin.
El
mismo día el gran duque recibió un telegrama de la gran duquesa Isabel
Feodórovna, que estaba en Moscú, en el que de nuevo se asociaba mi nombre al
hecho de haber desaparecido Rasputin. Enterada de los lazos de amistad que
unían al gran duque conmigo, y no sospechando que el mismo gran duque hubiese
tomado parte la destrucción del staretz, la
gran duquesa le pedía me dijese que rezaba por mí y que bendecía mi patriótica
conducta. Este telegrama nos comprometió seriamente. Protopópov lo interceptó y
envió copia a la Emperatriz, quien inmediatamente entendió que la gran duquesa
Isabel Feodórovna estaba comprometida también.
El timbre del teléfono sonaba
incesantemente, y quien con más frecuencia llamaba era el gran duque Nicolás
Micailóvich, que nos comunicaba las noticias más increíbles. Además vino a
vernos varias veces en el día. Fingía saberlo todo, y a cada paso probaba a
sonsacarnos. Consumido por la curiosidad y decidido a descubrir la verdad por
todos los medios posibles, se presentaba como nuestro aliado, con la esperanza
de que nosotros nos entregásemos a él irreflexivamente. En todas nuestras
conversaciones intervenía con comentarios inteligibles y misteriosos. Su
presencia nos molestaba y nos irritaba. En ocasiones llegaba a producirnos
verdadera desesperación, y esperábamos su marcha con indecible impaciencia.
El gran duque Nicolás
Micailóvich, además, tomó activísima parte en la busca del cuerpo de Rasputin.
Envuelto en un gabán de pieles, con el cuello subido hasta el punto de hacerse
difícil reconocerlo, exploraba las islas en un coche de punto, siempre con la
esperanza de encontrar algún rastro o alguna clave.
En una de las citas que nos hizo nos
habló de que la Emperatriz Alejandra Feodórovna, plenamente convencida de
nuestra complicidad en la muerte de Rasputin. Pedía que se nos matase
inmediatamente. Pero todos los demás procuraban contenerla. Hasta Protopópov le
aconsejaba que esperase la llegada del Emperador, que estaba en el Gran Cuartel
General, y a quien se esperaba de un momento a otro porque se le había puesto
un telegrama llamándolo.
Al mismo tiempo que el gran
duque Nicolás Micailóvich nos daba esta noticia. M. me comunicaba los no menos
desagradables informes de que se tramaban atentados contra nuestras vidas, y
nos aconsejaba que tomásemos todas las precauciones posibles. Parece que la
noche anterior había sido testigo involuntario de cómo en la casa misma de
Rasputin veinte de sus más incondicionales partidarios habían jurado vengarle.
El día fue fatigosísimo para el gran
duque Demetrio Paulóvich y para mí, que nos quedamos muy aliviados cuando
por fin se marcharon todas las visitas. Nos había sido difícil tenernos en
guardia constante y conservar la serenidad en presencia de tanta gente e intentar con una actitud tranquila
ante los acontecimientos y los rumores desvanecer toda sospecha de nuestra
participación en el crimen.
Cuando nos quedamos solos
estuvimos de charla un buen rato, cambiando impresiones
acerca de lo que habíamos oído. Nunca había visto yo al gran duque
Demetrio Paulóvich tan sencillo y tan sincero. Los horrores que habíamos
vivido, habían dejado honda huella en su naturaleza sensible, y me alegre mucho
de encontrarme a su lado compartiendo su forzada soledad en aquellos momentos
de ansiedad e inquietud.
Al día siguiente, 19 de
diciembre, por la mañana, llegó el emperador del Gran Cuartel General. Los que
estaban de servicio con él cuando le llegó la noticia de la muerte de Rasputin
afirman que ante ella se pintó en su cara una expresión de satisfacción
desusada en él desde que estalló la guerra. Indudablemente sintió y creyó que
la desaparición del staretz lo dejaba
libre de aquellos que lo tenían prisionero, y a quienes no había tenido energía
para apartar de su lado. Pero al volver a Tsarkoe-Selo sus maneras cambiaron
radicalmente y volvió a encontrarse bajo la influencia de los que lo rodeaban.
Seguían circulando por la
ciudad todo género de rumores. Todas las clases de la sociedad, de la más alta
a la más baja, se nutrían de ellos, los creían y se mostraban excitadísimas. La
noticia de nuestra inminente ejecución llegó a los trabajadores de las grandes
fábricas y produjo entre ellos gran efervescencia. Celebraron mítines en que
adoptaron determinaciones encaminadas a salvarnos por su propia cuenta y
organizar una guardia secreta para protegernos.
Aunque nosotros estábamos en
situación de arrestados, y aunque no podíamos admitir en el palacio Sergei a
nadie, con excepción de los miembros de la familia imperial, nuestros amigos y conocidos
se las ingeniaban para visitarnos. Estuvieron a vernos oficiales de varios
regimientos para darnos la seguridad de que sus compañeros estaban dispuestos
como un solo hombre a tomar nuestra defensa. Vivamente interesados en el
acontecimiento, sometían al Gran Duque varios planes basados en la acción
decisiva, a los cuales, por supuesto, no podía él, dar su conformidad.
Este día nos visitó un número
extraordinario de gente. Miembros de la casa imperial empezaron a ir desde por
la mañana temprano. El gran duque Demetrio Paulóvich, agotado por tantas
conversaciones y preguntas, me llamó para que le ayudase. Al entrar en su
despacho encontré reunida a la familia imperial, que nos abrumaba con
interrogatorios. El día anterior estaba su atención, tan por completo ocupada
con el arresto del gran Duque, que no hablaban de ninguna otra cosa. Pero ahora
querían saber detalles de la misteriosa desaparición de Rasputin. Claro que
sólo oían de nosotros la misma conocida invención.
El Gran Duque Nicolás Micailóvich
llegó en ese momento, antes de la hora de comer, y nos dijo que había sido
encontrado el cuerpo de Rasputin en un hoyo en el hielo, debajo del puente
Petrovski .Por la noche volvió el general Maximinóvich para dar cuenta al gran
duque Demetrio Paulóvich, esta vez en nombre del Emperador, de que quedaba
arrestado.
Pasamos una noche inquieta. A eso de
las tres de la madrugada nos despertó el aviso de que había en el palacio
gentes sospechosas que habían entrado por la puerta trasera. Habían dicho a los
criados que los mandaban con misión relacionada con el suceso; pero como no
llevaban orden ni autorización escrita, se les expulsó y se pusieron servidores
de guardia en todas las entradas.
El 20 de diciembre casi toda
la familia imperial volvió a reunirse a la hora del té. Reanudaron la discusión
sobre el arresto del gran duque Demetrio Paulóvich, ya oficialmente confirmado
por el Emperador. Nadie encontraba disculpa para este trato a un miembro de la
familia imperial. Lo consideraban asunto de Estado y acontecimiento de la más
grave significación. A ninguno se le pasó por la mente que se había planteado
un problema mucho más serio: que de la conducta del Emperador en aquellos días
dependía el destino del país, la suerte del trono y de la dinastía y el
desenlace de la guerra, que no podía ser victoriosa sin armonía entre el Poder
Supremo y el Pueblo.
El fin de Rasputin había
puesto sobre el tapete la cuestión del fin del rasputinismo, la necesidad de
dar un nuevo giro a la política, la cual o se disgregaría ahora de las intrigas
criminales que la sitiaban, o no lo conseguiría nunca.
Cuando ya se habían ido los
miembros de la casa imperial, el general Laiming, antiguo tutor del gran duque
Demetrio Paulóvich, entró en el cuarto. Vivía en el palacio y nos visitaba con
frecuencia. Iba a darnos detallada cuenta de cómo se había sacado del río el
cuerpo de Rasputin.
Las averiguaciones oficiales
acerca de la desaparición de Rasputin se habían confiado al coronel Globachev,
jefe de la Policía secreta, el cual informó al fiscal del Tribunal de Justicia
de San Petersburgo de que después de una detenida busca se había encontrado en
el puente de Petrovski una bota negra para nieve, tamaño número 11, con manchas
recientes de sangre. La bota se había llevado a casa de Rasputin, donde la
habían reconocido como de la propiedad del hombre asesinado. Además, en la
nieve que cubría el puente había numerosas huellas de calzado de hombre y
señales de neumáticos de automóvil que llegaban hasta el parapeto mismo.
En consecuencia, según el
coronel Globachev, la clave para descubrir a los criminales no debía buscarse
en el número 94 de la Moika, sino justamente al otro lado de la ciudad, en el
puente Petrovski. De acuerdo con estos informes, siguieron haciéndose pesquisas
con el mayor detenimiento en el puente Petrovski, a donde acudieron todos los
altos empleados de las esferas administrativa y judicial. La simple enumeración
de quienes acudieron, con los puestos que ocupaban, es en sí misma prueba de la
importancia en que se tenía a Rasputin y revela hasta qué punto pareció su
muerte al Gobierno y al Poder supremo un desastre nacional. En los trabajos de
inspección estuvieron presentes los oficiales mayores del Ministerio de
Justicia, con el ministro a la cabeza; el fiscal público de los Tribunales de
Justicia de San Petersburgo, el fiscal diputado, el magistrado examinador para
casos de gravedad excepcional y un representante del Ministro del Interior.
Todas estas importantes
personalidades del Estado concentraron su atención y su celo en resolver el
problema. Interrogaron a los agentes de Policía de servicio, al sereno de una
fábrica de cervezas cercana, a los de la casa de la Sociedad del Teatro
Imperial para Artistas Ancianos. Pero en vano todo.
Aún hubo otra y más detenida
inspección del puente. Se halló entonces otra pista: un trozo de estera con
manchas de sangre. Después se paró atención en el hecho de que no lejos la
nieve estaba removida, lo que parecía justificar la suposición de que había
habido allí algún cuerpo. Estas circunstancias afirmaban la opinión de que el
asesinato de Rasputin debía de haberse cometido allí mismo, en el puente
Petrovski, lugar solitario de las afueras de la ciudad, y no en ningún otro
sitio. Desde luego, no podía haberse cometido en la Moika, que está en el extremo
opuesto de San Petersburgo.
Había dos razones que
principalmente conducían a las autoridades investigadoras por este camino.
Suponían, en primer jugar, que si se hubiera llevado el cuerpo por las calles
se hubieran descubierto huellas de sangre en algún sitio del camino por que se
le hubiera llevado; y por más que se había mirado escrupulosamente por toda la
ciudad no se habían encontrado huellas de sangre.
Luego había el descubrimiento
do la bota de la víctima. Era ilógico suponer que se hubiese llevado el cuerpo
de Rasputin de otro cua1quier lugar en que se hubiera cometido el crimen
vestido tan completamente que ni aun las botas se hubiesen olvidado.
De acuerdo con esta hipótesis
las autoridades instructoras reconstruyeron el crimen del modo siguiente:
Rasputin fue muerto en el puente mismo. Su cuerpo estuvo un rato sobre
el pretil y luego fue arrojado al hoyo abierto en el hielo, precisamente frente
al lugar en que se había encontrado el trozo de estera manchado de sangre.
Se llamaron inmediatamente
buzos que durante dos horas y media registraron a fondo el río; pero no
encontraron el cadáver. Los buzos creían que la corriente del Neva,
particularmente fuerte en aquel paraje, podía haber arrastrado el cuerpo bajo
el hielo mucho más abajo del puente Petrovski.
Las grandes heladas
interrumpieron el trabajo de buzos por
algún tiempo. Se acordonó el puente y en las proximidades se puso una guardia.
Pero en el intervalo, uno de los guardas del río, al hacer en el hielo un hoyo,
tropezó con la manga de un gabán de pieles helada bajo la superficie.
Comunicó el hallazgo a su
inmediato superior y se dieron órdenes de romper el hielo. Un cuarto de hora
después se sacaba del agua el cuerpo de Rasputin, a una distancia de unos
treinta sajena (unos 43 metros.) del
puente Petrovski. Estaba cubierto de una capa de hielo tan gruesa que era
difícil conocer su forma.
Cuando con toda precaución se hubo
quitado esta capa de hielo, las autoridades instructoras vieron el cuerpo
mutilado de Rasputin. Tenía la cabeza fracturada por varios sitios y se le
habían arrancado mechones de pelo. Sin duda en la calda desde el puente habla
dado de cabeza contra el borde del agujero abierto en el hielo. La barba,
helada, formaba una masa con las vestiduras. En la cara y en el pecho tenía
cuajarones de sangre congelada. Un ojo lo tenía completamente negro. Los brazos
y las piernas los tenía apretadamente amarrados con cuerdas y presentaba la
mano Izquierda fuertemente cerrada. Le cubría el cuerpo un abrigo de piel echado
sobre los hombros, del cual era la manga que flotando bajo el hielo había
revelado la presencia del cadáver.
Tan pronto como se extendió
un informe oficial del hallazgo se llevó el cuerpo a un cobertizo de maderas
que había en la margen del río y se cubrió con unas esteras. Mientras llegaron
al puente Petrovski el ministro del Interior, señor Protopópov; el comandante
del distrito militar de San Petersburgo, el jefe de la Policía secreta y otros
altos empleados administrativos. Se encargó al fiscal público que instruyese un
amplio informe acerca del aspecto exterior del cadáver y de las circunstancias
atañederas a su descubrimiento.
El diputado de la Fiscalía, señor
Galkin a quien se encomendó la tarea, trasladó temporalmente su despacho a una
casa particular cercana al puente Petrovski.
A las once de la mañana las
autoridades instructoras, acompañadas de varios altos empleados, entraron en el
cobertizo y comenzaron una minuciosa inspección del cadáver.
Una vez quitadas las ropas que lo
cubrían, se observaron las dos heridas por arma, de fuego. Una en el pecho,
cerca de la región del corazón; otra en el cuello. Los doctores certificaron
que ambas eran mortales de necesidad. Se requirió a un criado de la casa de
Rasputin para que identificase el cadáver, y reconoció que era, en efecto, el
de Gregorio Rasputin, habitante en el número 64 de la calle de Gorojovaia, que
había desaparecido sin dejar rastro en la noche del 17 de diciembre.
A mediodía se permitió el paso a dos
hermanas de Rasputin y al novio de una de ellas, que era el teniente Papkhadze.
Las hermanas pidieron permiso para llevar el cadáver a su casa; pero las
autoridades no se lo otorgaron.
La noticia de que se habían
encontrado los restos de Rasputin corrió por toda la ciudad como un reguero de
pólvora. Una larga fila de carruajes y
automóviles de toda índole llegó al puente Petrovski. Pero las autoridades
dieron órdenes severísimas de que no se dejara pasar a nadie al cobertizo en
que el cadáver yacía.
Poco después se llevaba un
féretro de madera y se depositaba el cuerpo en él, no sin que antes se hubiesen
hecho por dos veces fotografías del cadáver, vestido y desnudo. Las cuerdas con
que tenía atados los de miembros, el abrigo de pieles y determinados objetos
que se encontraron sobre el cadáver se recogieron y sellaron como pruebas de
convicción.
El cadáver, en el féretro,
fue llevado al no Asilo de Tchesma para su examen. Mucho antes de la llegada de
las personas a quienes se había llamado para que practicaran la autopsia todo
el distrito en que el Asilo está enclavado se rodeó de fuerza de Policía de a
pie y a caballo.
La autopsia se prolongó hasta
la una de la madrugada, y se hizo en presencia de apretadas filas de altos
funcionarios, entre ellos un representante del ministro del Interior. La hizo
uno de los profesores del departamento judicial de la Academia de he Medicina
Militar, ayudado por varios doctores de la Policía.
Durante dos horas se sometió el
cuerpo a la más minuciosa investigación. Se encontraron en él, aparte las dos
heridas por arma de fuego, numerosas
moraduras.
Se examinó el cuerpo
interiormente, y en el estómago se encontró una masa dúctil,
de color oscuro. No se pudo hacer su
análisis porque la emperatriz Alejandra Feodórovna llegó inopinadamente desde
Tsarkoe-Selo y ordenó que cesara el examen.
No se sabe qué otras órdenes
daría la emperatriz; pero lo cierto es que a las dos de la madrugada el general
Grigoniev, que había estado presente a la autopsia, ordenó que se llevase un
automóvil al Asilo. Poco después se entraba un féretro de caoba ricamente
adornado. En él se colocaron los restos, que partieron en el automóvil con
desconocido destino. Nadie supo adónde. El cuerpo de Rasputin fue trasladado
por agentes de la Policía secreta.
CAPITULO XXIII
En la noche del 21 de diciembre nos
sorprendió la brusca aparición de soldados en el palacio Sergei. Se nos dijo
que eran una guardia enviada por las autoridades militares siguiendo órdenes
del presidente del Consejo de Ministros, a cuyo conocimiento había llegado que
los partidarios de Rasputin maquinaban un atentado para quitarnos la vida.
Al mismo tiempo casi, otra guardia, de índole por completo diferente, pidió que se la dejara entrar.
Un agente de Policía secreta se presentó al general Laiming diciendo que le
enviaba el ministro del Interior, señor Protopópov. Manifestaba que el señor
Protopópov había recibido informes de que la vida del gran duque Demetrio
Paulóvich estaba amenazada y le había confiado a él, con los hombres a sus
órdenes, la custodia del palacio.
El gran duque, cuando oyó
esto, dijo que no necesitaba guardia ninguna de Protopópov, y pidió al general
Laiming que reclamase sin excusa documentos que probaran la afirmación que
aquellos presuntos guardianes hacían. No llevaban documento de ninguna clase y
se les expulsó inmediatamente del palacio; lo que no les privó, sin embargo, de
seguir vigilando la casa desde el exterior y tomar nota de quién entraba y salía.
No contentos con sus
observaciones desde él exterior, estos partidarios de Rasputin hicieron nuevas
tentativas de llegar hasta nosotros. En el piso segundo del palacio, que se
comunicaba con el primero por medio de una escalera circular, estaba domiciliado
el Hospital Anglorruso. Allí empezaron a aparecer, con pretexto de visitar a
los heridos, los individuos más sospechosos. Lady Sybil Grey, que estaba
encargada del hospital, nos aconsejó que cerrásemos la entrada a la escalera y
pusiéramos allí un centinela. Y procedimos conforme a su indicación.
Vivíamos como en una
fortaleza sitiada. Sólo desde distancia podíamos seguir los acontecimientos.
Leíamos los periódicos y escuchábamos los relatos y conversaciones de nuestros
visitantes, cada uno de los cuales daba una opinión y sostenía un punto de
vista respecto de lo que hubiese ocurrido. Casi invariablemente hallábamos en
ellos miedo a una iniciativa atrevida, pasiva espera de lo que trajese el día
de mañana.
Aquellos que estaban en
circunstancias de hacer algo mostrábanse demasiado tímidos. Parecían contar con
alguna casual circunstancia que decidiese el destino de Rusia. Aun los que
servían a su país y a su emperador en nombre del deber sólo consideraban éste
desde el estrecho punto de vista de la rutina de un Ministerio o un puesto
oficial. Asiduos en el cumplimiento de sus tareas oficiales, les faltaba la
amplitud de visión indispensable para apreciar la importancia suprema del
momento. Y por nada del mundo se aventuraban a transgredir los límites usuales
de su autoridad. La devoción al Emperador, según la sentían los más sinceros entre ellos, significaba poco más que deseo de agradarle, ciega
obediencia templada en el temor de comprometerse asociándose a nada ni a nadie
que oliera a oposición.
Es un hecho característico
que aun el mismo puñado de hombres en situación de influir en el Gobierno
independientemente de la ayuda de Rasputin, y que no habían tenido nunca nada
que ver con éste, tenían miedo de visitarnos en el palacio Sergei.
Y, sin embargo, el buen éxito
no podía esperarse más que de la acción combinada de todos los que, por razones
de parentesco o de posición, podían influir sobre el Zar.
Si el Emperador, como se ha dicho,
enterado de la muerte del staretz, hizo
el viaje desde el Gran Cuartel General en alegre estado de ánimo, ello
significa, sin duda, que se daba cuenta de la funesta influencia de Rasputin en
Rusia. Pero no pudo mantener esta actitud cuando otra vez estuvo envuelto en la
atmósfera de Tsarkoe-Selo, donde las intenciones contra nosotros eran tan
extremadas que nos veíamos amenazados por las formas más severas de castigo,
según nos informaban muchos de nuestros amigos y visitantes.
En tales circunstancias, ¿qué
podían hacer las personas que expresaran su opinión individual ante el
emperador y se apartaban luego, conscientes de haber cumplido su deber?
Firmemente convencido de la
inutilidad de luchar contra el destino, el zar Nicolás II, al fin de su
reinado, vióse abrumado no sólo por desórdenes y fracasos de naturaleza
política, sino por todas aquellas influencias funestas que le rodeaban y le
arrancaban toda posibilidad de resistencia activa.
Para despertar su iniciativa
y estimular su independencia hubiera sido necesario que la influencia de los que
inmediatamente le rodeaban estuviese directamente contrarrestada por alguna
fuerza poderosa y organizada sólidamente.
Si el emperador hubiese visto
que la mayor parte de los miembros de la familia imperial y todos los hombres
de honor que desempeñaban altos puestos en el Estado estaban armónicamente
unidos en el esfuerzo por salvar el trono y Rusia, bien hubiera podido ocurrir
que no solamente hubiese respondido a sus exhortaciones, sino que les hubiese
agradecido su apoyo moral y el haberle libertado de las cadenas que le ataban.
Pero ¿de qué elementos podía
sacarse esta fuerza sólidamente organizada? ¿Dónde encontrar gente que
sacrificara su propio interés?
Los largos años de influencia
de Rasputin, con sus intrigas subrepticias, habían contaminado a los que
ocupaban altos puestos en el Gobierno de la nación, habían extendido la
desconfianza y habían puesto el sello del escepticismo y la sospecha aun en los
mejores y más honorables.
Después que se habían ido los visitantes, el gran duque Demetrio
Paulóvich y yo ya solos, recordábamos cuanto en el día habíamos
oído—conversaciones, rumores, noticias de hechos —, y cambiábamos impresiones.
Las conclusiones a que llegábamos distaban mucho, en verdad, de
ser alentadoras. Una a una se extinguían nuestras brillantes esperanzas;
aquellas esperanzas que nos habían conducido a dar fin de Rasputin y nos habían
sostenido en la pesadilla de aquella noche inolvidable del 16 de diciembre.
Como leyendo un libro, miraba
yo página a página todo lo que había pasado: mi conocimiento con Rasputin, mi
idea, gradualmente fortalecida, de destruirle; el repugnante simulacro de
amistad con aquel hombre odioso y los inmensos esfuerzos que me había costado
mantenerme en el papel que me había asignado.
¡Con qué entusiasmo habíamos
llegado a creer que un solo golpe nos daría el triunfo sobre el mal!
Se nos aparecía a nosotros Rasputin
como un proceso canceroso y que, quitándole de la monarquía rusa, volvería a
ésta la salud. No queríamos admitir que este cáncer hubiese llegado a tener tan
profundas raíces que su obra de destrucción hiciese ineficaces aun los más
radicales remedios.
Todavía hubiera sido más
desalentador advertir que la presencia de Rasputin en aquella escena no era,
sencillamente, una desgraciada casualidad, sino que estaba invisiblemente
relacionada con algún oculto proceso de desintegración que ya había afectado
parte del organismo del Estado ruso.
Aquellos días de arresto en
el palacio Sergei nos instruyeron en cuán difícil resulta cambiar el curso de
la Historia, por más que nos inspiren intenciones sinceras y nos aprestemos a
todo sacrificio.
Pero aún esperábamos mejores
tiempos, confiados hasta el fin.
El pueblo entero también los
esperaba y creía en ellos. Pasaba sobre Rusia una gigantesca ola de
patriotismo. El entusiasmo se advertía especialmente en ambas capitales.
Todos los periódicos
publicaban artículos encomiásticos. Se interpretaba el reciente acontecimiento
como anuncio de la extinción de una mala influencia que había llevado a Rusia
al borde de la ruina. Se expresaban las esperanzas más firmes en el futuro, y
la voz de la Prensa era en aquella ocasión reflejo legitimo del pensar ¡y el
sentir del país entero. Pero esta libertad de expresión duró poco. Al tercer
día se transmitieron a toda la Prensa órdenes especiales prohibiendo nombrar
siquiera a Rasputin.
La opinión pública, no
obstante, hallaba manera de expresarse por otros medios. Las calles de San
Petersburgo daban impresión de fiesta. Sin conocerse, paraban unos hombres a
otros para felicitarse de lo que había pasado. No era raro ver gentes caer de
rodillas y persignarse al pasar por delante del palacio del gran duque Demetrio
Paulóvich o de mi casa de la Moika. En todas las iglesias hubo acciones de
gracias.
En todos los teatros pedía el
público el himno nacional y lo coreaba con entusiasmo. En las casas
particulares, en las mesas de los oficiales y en los restaurantes se brindaba
por nosotros y se bebía a nuestra salud. En las fábricas, los trabajadores nos
daban tres hurras.
A pesar de las medidas
restrictivas tomadas por las autoridades para lograr nuestro aislamiento
completo del mundo exterior, recibíamos numerosas cartas de felicitación
escritas en los más emocionantes términos. La gente nos escribía desde todas
partes: desde el frente, desde varias ciudades y pueblos, de las fábricas y de
las instituciones públicas. También nos escribían, partidarios de Rasputin
jurando vengar la muerte del staretz y
matarnos.
La gran duquesa María
Paulovna, hermana del gran duque Demetrio, transmitiéndonos sus impresiones de
Pakov —que era el Cuartel General del frente Norte — nos decía que la muerte de
Rasputin había levantado la moral del Ejercito e inspirado el convencimiento de
El Emperador se desharía ahora de la pandilla de Rasputin que le rodeaba y
reuniría a su alrededor personas honradas y fieles.
Una palabra del Emperador que
expresara su propósito de vida nueva — aunque exigiera nuevos sacrificios por
el país —, y se habría olvidado y se habría perdonado todo.
Algunos de los presentes no creían
en la muerte del staretz, y suponían
que todo lo que se decía en contrario era pura invención. Otros hablaban de
“fuentes fidedignas”, hasta de “testigos presenciales”, en apoyo de su
afirmación de que habían matado al staretz
durante una bacanal en casa de las gitanas. Otros, confidencialmente.
Aseveraban que Rasputin había sido muerto en mi casa de la Moika y que yo había
participado en su asesinato. Los menos crédulos de ellos suponían poco probable
que yo hubiese tomado parte activa en el asesinato mismo, pero admitían que yo
estaba enterado de todo y me abrumaban a preguntas. Desde todas partes se
lanzaban sobre mí miradas escudriñadoras, con la esperanza de leer en mi cara
la verdad. Pero yo me conservé tranquilo y me sumé al regocijo general; y
gracias a mi conducta las sospechas fueron desvaneciéndose gradualmente.
En tanto, el timbre del teléfono no
dejaba de sonar. En todo San Petersburgo se relacionaba mi nombre con la
desaparición de Rasputin. Me llamaban parientes, amigos y miembros de la Duma,
y representantes y directores de diversas industrias y factorías que me
comunicaban que sus empleados estaban dispuestos a darme guardia si lo creía
preciso. A todos contestaba yo que los rumores de mi participación en el
asesinato de Rasputin eran por completo falsos, y que yo no sabía nada.
CAPITULO XXIV
Un día el señor Trepov, presidente
del su Consejo de Ministros, mandó a buscarme.
Tenía yo gran esperanza en esta entrevista,
que luego fue para mi gran desilusión. Escoltado me llevaron al Ministerio del
Interior. Trepov me había mandado a buscar por orden del Emperador, que a toda
costa quería saber quién había matado a Rasputin. Me acogió muy amablemente y
recordó su intimidad con mis padres, y me advirtió luego que le considerara no
como a funcionario, sino como a un viejo amigo de la familia.
— ¿Probablemente ha mandado usted a buscarme por orden del emperador?—
pregunté.
Asintió con un movimiento de cabeza.
—De lo que se sigue que todo lo que
yo le diga le será repetido a él.
—Desde luego. Yo no puedo mentir al
soberano.
—Pues, después de lo que acaba usted
de decirme, no supondrá que yo voy a confesarme autor de la muerte de Rasputin,
caso de haberle matado, ni voy a. decirle a usted quién es el culpable, caso de
que yo lo conozca. Diga a Su Majestad que los que han matado a Rasputin, lo han
hecho con el propósito de salvar al zar y al país de una ruina inevitable.
—Y ahora permítame que le pregunte
en el terreno personal—continué-—: ¿Va usted a seguir perdiendo tiempo en
descubrir al matador de Rasputin, cuando es precioso cada minuto que pasa y
queda todavía una posibilidad, la última, según todas las probabilidades de
salvar la situación?. Considere por un momento la significación que Rusia
entera da a la desaparición de ese
advenedizo, el entusiasmo que ha despertado en todas partes.
Entre la pandilla gobernante
de Rasputin la confusión es absoluta. ¿Y el Emperador?. Estoy convencido de que
en lo profundo de su alma se alegra también de lo que ha pasado y está
esperando ayuda de todos ustedes. Júntense y procedan, ya que todavía es
tiempo.
El ministro me había escuchado con
atención y asombro. Evidentemente no tenías costumbre de que le hablasen con
esa claridad.
- Dígame, príncipe – me
preguntó de repente, ¿cómo ha adquirido usted tal dominio de sí mismo y tal
presencia de ánimo?.
No contesté. El tampoco dijo
nada más.
Mi entrevista con el presidente del
Consejo de Ministros había sido la última apelación hecha a los altos
funcionarios del Gobierno.
Todavía no se había decidido nuestra
suerte. En Tsarkoe-Selo se celebraban in- terminables conferencias para ver qué
se haría con nosotros.
El 21 de diciembre mi suegro,
el gran duque Alejandro Micailóvich llegó a San Petersburgo. Enterado del
peligro que nos amenazaba, venía desde Kiev al Cuartel General en que estaba
como comandante en jefe del Servicio del Aire. Vino derecho al palacio del gran
duque Demetrio, y en seguida marchó a Tsarkoe-Selo. Como resultado de su
entrevista con el emperador, el mismo día llegó al palacio Sergei el general
Maximóvich con órdenes del Emperador para que el gran duque Demetrio Paulóvich.
saliera inmediatamente de San Petersburgo con dirección a Persia, donde debía
presentarse el general Baratov, comandante en jefe de la división persa. Su
tutor el general Laiming, y el conde Kautaisov, ayudante del Emperador, debían
acompañarle.
A las once de la mañana el
prefecto de Policía vino a anunciar que el tren en que había de ir el gran duque Demetrio salía a las dos de la
madrugada.
A mí también se me ordenó salir de
San Petersburgo, El punto de mi destierro era mi hacienda Rakitmoe, en la provincia de Kursk. Mi tren salía a media noche. Se
encargó de vigilarme al capitán Zenchikov, oficial instructor del Corps des Pages de Su Majestad, y había
de acompañarnos hasta Rakitnoe. Ignátiev,
director adjunto de la Policía secreta. Tanto el capitán Zenchikov como
Ignátiev habían recibido de Protopópov mismo estrechas instrucciones para mi
completo aislamiento.
Al gran duque Demetrio
Paulóvich y a mí nos causó gran contrariedad la partida. Los días que a causa
del arresto habíamos pasado juntos en su palacio habían sido para nosotros como
años por lo que en ellos habíamos vivido. Habíamos empezado por acariciar
esperanzas en cambios que favorecieran a Rusia, y acabábamos enterrándola. Y
ahora el destino nos obligaba a separarnos, y sin saber cuándo volveríamos a
vernos ni en qué circunstancias. La perspectiva era siniestra. Los malos
presentimientos nos acongojaban.
A las once y media de la noche el
gran duque Alejandro Micailóvich vino a buscarme y me llevó a la estación. No
se permitía entrar al público en el andén, y guardaban la estación numerosas
fuerzas de Policía.
Al despedirse de mí el gran duque
Alejandro Micailóvich me dijo que él también saldría de San Petersburgo por la
mañana y que su tren alcanzaría al mío.
¡Con qué pesar entré en el
vagón! La campana sonó por tercera vez, lanzó la máquina su estridente silbido,
y el andén fue quedando atrás y desapareciendo. Poco después se desvanecía San
Petersburgo en la noche invernal. El tren corría por su solitario camino a
través de campos cubiertos de nieve que dormían en la oscuridad.
Yo también estaba solo, si se
descontaban los pensamientos que acudían a mi cerebro en tropel y el monótono
sonar de las ruedas que me llevaban.
CAPITULO XXV
Luego empezó el desastre de Rusia. Primero, la abdicación del emperador.
Luego la agonía del Gobierno provisional, condenado desde el día mismo de su nacimiento.
Por último, con el estampido de los cañones y el chasquido de los fusiles que
bombardeaban ambas capitales, vinieron los
bolcheviques y el dominio terrible, sediento de sangre, de la Tercera
Internacional que amenazaba la paz del mundo entero.
¡Cuántos horrores había vívido nuestro país, cuántos millones de
vidas se habían perdido, cuántos testimonios de nuestra cultura habían sufrido
destrucción!
Siguió una emigración sin
precedentes en la Historia. Masas de gente equivalentes en número a la
población de un Estado abandonaban su patria y se desperdigaban desterradas por
todo el mundo.
Este éxodo de los rusos sin hogar
dura años, y ninguno de nosotros sabe cuándo
sonará la hora del retorno. ¿Viviremos
para llegar a verlo? ¿O será para nuestros hijos para quienes alboree la
luz gloriosa de la liberación de Rusia?
Los desterrados viven siempre de esperanza en el futuro y de
recuerdos del pasado; más quizá de
recuerdos del pasado porque el futuro nadie puede verlo.
Todos nosotros acariciamos visiones
del pasado, recuerdos de seres queridos muertos mucho tiempo ha; recuerdos de
un género de vida que pasó; visiones de nuestro país, tan bello, tan poderoso y
tan vasto, desde sus heladas playas del Norte a las radiantes del Sur besadas por
el sol.
La gran Rusia se ha hundido en un abismo. Grande era no sólo por
sus territorios y por recursos militares, sino por la parte que tuvo en
política y en historia y en el adelanto de la civilización. Los extranjeros, en
su mayor parte, no la conocen. Los cuentos familiares de un “país bárbaro”
gobernado por zares despóticos con ayuda del knut y el látigo, no son otra cosa que meras invenciones a menudo
fabricadas por aquellos emigrantes, los más de origen extraño, de entre los cuales
salieron Trotski, Lenin y Zinoviev. El mundo occidental, desgraciadamente, daba
crédito a estas fábulas y no veía la verdadera Rusia, ni sabía su historia.
Olvidaba que durante siglos había sido Rusia el baluarte de Europa contra las
invasiones mongólicas. Que ella sufrió el yugo tártaro que finalmente pudo
arrojar de sí, y que luego, bajo el dominio de los grandes zares moscovitas,
había formado un Estado unido y poderoso.
El mundo occidental había
olvidado a Pedro el Grande, a Catalina y sus sucesores, cuyo esfuerzo se
encaminó principalmente a la ilustración y el desarrollo intelectual del
pueblo. Bajo el patronato de los zares se fundaron universidades e institutos,
floreció la ciencia y se dieron al mundo nombres grandes y el arte alcanzó un
nivel que aun ahora es admiración del viejo mundo y del nuevo.
Si Rusia hubiera sido una nación de bárbaros sometidos a la bota
de hierro de déspotas crueles, ¿hubiera producido escritores del genio de
Puchkin, Gogol, Tolstoi y Dostoievski, o músicos tan grandes como Glinka,
Dargomizhski, Mussorgski, Borodin, Rimski-Korsakov y Tchaikovski?
El rasputinismo, como una lepra, cogió a Rusia en sus garras, derribó la
Rusia imperial con su último zar, cuya memoria evoca hoy todo ruso honrado con
la pena más profunda.
El reinado de este Emperador
pudiera haber sido de los más gloriosos de nuestra Historia si la revolución no
hubiera hundido a Rusia en el borde mismo del triunfo, a punto de ser
victoriosa en una guerra que había costado sacrificios sin cuento. Si Rusia
hubiese llevado la guerra a término feliz hubiera podido ser el Estado más
poderoso del mundo. Su emperador hubiera sido el árbitro supremo de Europa,
como su predecesor Alejandro I después
de su entrada triunfal en Paris en 1815.
El emperador fue víctima del
destino. En medio de sus sueños de paz universal se vio lanzado a la guerra
rusojaponesa y luego a la terrible guerra mundial. Amaba a su pueblo y lo
arrancaron de él. Sentíase atraído por el alma limpia y sencilla del simple
campesino ruso, y el destino le envió, con el disfraz de campesino, a quien no
sólo era un criminal y un ladrón de caballos, sino un traidor, el que llevó al
Emperador y a Rusia a la ruina. Suspiró el emperador por un hijo y heredero que
le sucediese y a quien dejar el trono que se hubiera preocupado de asegurar, y
después de largos años de espera le nació un hijo inteligente y capaz, pero
afectado desde el día de su nacimiento de una incurable enfermedad que a cada
momento podía poner término a su vida. El padre no le transmitió la corona;
abdicó en nombre suyo y en el de su hijo. No quería ver a un niño enfermo en un
trono ya sacudido por la revolución. Y cuando le llegó la hora de la muerte
este padre vio cómo el revólver apuntaba a su único hijo, el niño a quien él había
llevado en brazos al sombrío sótano en que toda la familia fue tan
inhumanamente asesinada.
La bondad natural del emperador, su grandeza de alma, su profundo
y desinteresado amor por Rusia, se manifestaron en toda su grandeza moral, no
sólo en la hora de su martirio, sino también en el modo y en los motivos de su
abdicación. Su último manifiesto y su orden de despedida del Ejército son
documentos que tienen interés humano, aparte de su significación histórica.
Cualesquiera errores que el
emperador pudiese haber cometido bajo la influencia de fatales engaños, el
bienestar de su país había sido su cuidado constante.
El manifiesto dice así:
“En estos tiempos de intensa lucha
contra un enemigo exterior que desde hace cerca de tres años se esfuerza por
esclavizar nuestro país, ha querido Dios Nuestro Señor enviar a Rusia otra muy
aflictiva prueba.‘Los desórdenes que han comenzado entre nosotros amenazan
tener un desastroso efecto en el progreso de esta guerra tenazmente sostenida.
El destino de Rusia, el honor de nuestro heroico Ejército, el bienestar
del pueblo y todo el porvenir de nuestro amado país natal demandan que la
guerra se lleve a toda costa a un fin victorioso.
Un cruel enemigo hace sus últimos esfuerzos y está cerca la hora en que
nuestro valiente Ejército con la ayuda de nuestros gloriosos aliados habrá de
derrotarlos.
En estos días decisivos para la vida de Rusia hemos estimado nuestro
deber facilitar la estrecha unión de nuestro pueblo y alinear todas sus fuerzas
para alcanzar la victoria y de acuerdo con la Duma imperial hemos decidido
renunciar al trono de Rusia y despojarnos del Poder supremo.
No queriendo apartarnos de nuestro amado hijo, dejemos la herencia a
nuestro hermano el gran duque Miguel Alejandrovich, a quien bendecimos al
ascender al trono del Imperio ruso y conjuramos para que gobierne en plena e
inquebrantable armonía con los representantes del pueblo de las asambleas
legislativas, según los principios que ellos determinen, y cumpliendo juramento
de hacerlo así.
En nombre de nuestro muy amado país hacemos un llamamiento a los
fieles hijos de la patria para que cumplan su sagrado deber con ella
obedeciendo al Zar en estos tiempos de grave crisis nacional y le ayuden juntos
con los representantes del pueblo a llevar a
Rusia por el camino de la victoria, la gloria y la prosperidad.
¡Que Dios Nuestro Señor ayude a Rusia. Nicolás I
(comunicado por el Jefe de Estado Mayor del Comandante en Jefe. Escrito
a 8 de Marzo de 1917. Orden n.º 371).
Después de su abdicación y antes de abandonar la zona de
operaciones, el Emperador Nicolás II se despidió de sus tropas en los
siguientes términos: “Me dirijo a vosotros por última vez, mis muy amadas
tropas. Ahora que he renunciado al trono de Rusia, en mi nombre y en el de mi hijo,
el Poder supremo ha pasado al Gobierno Provisional establecido por iniciativa
de la Duma Imperial.
¡Que Dios ayude y conduzca a
Rusia para el camino de la gloria y la prosperidad!.
Y que Dios os ayude, valientes tropas a defender nuestro país del enemigo
durante dos años y medio. Habéis
soportado hora por hora las durezas del servicio militar, se ha derramado mucha
sangre, se han hecho muchos esfuerzos, y se acerca ya la hora en que Rusia
unida con sus bravos aliados en un deseo de común victoria va a quebrantar la
última resistencia del enemigo. Esta guerra sin precedentes debe prolongarse
hasta un fin plenamente vistorioso.
Quien en estos momentos piense en la paz, es un traidor a su país. Sé
que éste es el sentir de todo militar honrado.
Cumplid vuestro deber, defender nuestro gran país valerosamente,
obedeced las órdenes del Gobierno provisional, obedeced a vuestros oficiales y
recordar que todo debilitamiento de la disciplina no es más que un servicio que
se hace al enemigo. Creo firmemente que se aloja en vuestro corazón un amor sin
límites para nuestro gran País. Qué Dios os bendiga y que San Jorge, el gran
mártir os lleve a la victoria. Nicolás.
Gran Cuartel General, 8 de marzo de 1917. –
Firmado: General Alexiev, Jefe de
Estado Mayor
Esta orden del Emperador, en virtud del veto del señor Guchkov, Ministro
de la Guerra en el Gobierno provisional, no se publicó.
No llegaron, por tanto, a conocerla, ni el Ejército, ni el país.
FIN
“LA DERROTA”
La nueva generación de escritores
rusos corresponde cumplidamente a la admiración que nació en España del
conocimiento de los grandes maestros de la literatura: Tolstoy, Dostoievski, Turguenev, Gorki, etc.
Son muchas ya las novelas traducidas en nuestro idioma, y por
ellas se puede ver que la que se ha dado en llamar literatura proletaria no
desmerece de la que se llamó literatura
revolucionaria. Antes continúa aquella y recoge el sentimiento del alma eslava,
que si en su interior conserva las características de los tiempos pasados, va
renovando sus sentimientos, elevándolos, humanizándolos, desprendiéndolos de
sus temores y aquel fatalismo que es la consecuencia de su secular servidumbre.
Renacer de la personalidad individual va cuajando poco a poco y se evidencia en constantes modificaciones,
actos aislados, momentos más o menos rápidos y más o menos repetidos que
justifican las esperanzas de los libertadores y prometen un resurgir total y
próximo de esa raza que hace unos años se contaba por almas que recibía trato
de desalmada.
De las novelas traducidas al
español, dos quedarán como ejemplares de esta
nueva literatura: “El Cemento",
de la Gladkov y “La Derrota”, de Fadellev. O, al se profiere, “La Derrota” ya que la obra de Fadellev
se refiere a la época de desorganización revolucionaria y la de Gladkov a la de
reconstrucción.
“La Derrota” es la historia de un
destacamento revolucionario de Kolchak ayudadas por las tropas japonesas
invasoras de Siberia con el pretexto de defender al ejército checoslovaco que
abandonaba Siberia después del Tratado todo ruso-checo de marzo de 1918,
un destacamento compuesto por
representantes de todas las capas oprimidas, mandado por un comunista. No un
héroe popular, ni un jefe con antecedentes de jefe, que llegado el momento de
elegir una persona que dirigiese, dio la mayor sensación de capacidad por las
dotes de mando que se desprendían de su voluntad, de su fe en la causa y de su
sentimiento del deber.
Junto a esta figura central
viven y mueren otras figuras no menos reales, y entre ellas, la más
representativa de esa juventud que acudió al llamamiento de sus libertadores
con ansías de libertad, por ignorante de sus deberes y obligaciones: Morozca el
siberiano, tosco y primitivo, que se emborracha y hasta roba, pero que se
avergüenza de la mala acción y, animado por su amor a la revolución, va
enmendando sus yerros. Aspiración de todo el destacamento, que en los momentos
más difíciles comprende que su rectitud es lo que dará la victoria final a la causa.
Esta es la novela de
Fadellev. Un momento de la revolución bolchevique. La lucha desesperada de unos
hombres mal equipados, desarmados y
hambrientos, pero tan llenos de fe en sus ideas que las llevaron, en contra del
mundo entero, a la victoria definitiva.
Fadellev se muestra como un
gran escritor realista, psicólogo perfecto y con una fuerza de expresión tan
completa que la crítica rusa ha recordado el nombre de Tolstoi al comentar las
páginas de “La Derrota”.
...
Revista Literaria
NOVELAS Y CUENTOS.
LARRA, 6. Apartado 4003. MADRID
Direct. Teléf. y Telegr. : JOSUR –
MADRID.- Telf. 30906
Número suelto: 20 cts.
Suscripción Semestre: 5,50
ptas.- Año 10 ptas.
Félix Felixóvich, príncipe de Yussupoff y
conde de Sumarokoff-Elston, nació el 11 de marzo de 1887 en San Petersburgo.
Su nobleza era una de las más rancias en
el Imperio de los zares, de tal manera que pudo gracias a ella contraer
matrimonio, en febrero de 1914, con la princesa de Rusia Irene Alejandróvna, La
familia Yussupoff, de origen caucásico, hace remontar su antigüedad a Ismael,
soberano de los tártaros en el siglo XVI;
pero no hay relación de continuidad hasta Dimitri Seinchevich, muerto en
1719. El título de príncipe Yussupoff sólo fue reconocido por el Senado ruso en
1847 y admitido por la nobleza en 1880. El último príncipe Yussupoff de la rama
directa fue Nicolás Borísevich, casado con la condesa Tatiana. Este matrimonio
no tuvo más descendencia que la princesa Zenaida, madre del actual príncipe. La
princesa Zenaida se casó con el conde de Sumarokoff-Elston, descendiente
directo de una noble casa que se supone se trasladó a Rusia desde la Europa
occidental, instalándose en el Estado libre de Novgorod en 1450. Pero la
dignidad condal rusa no le fue concedida a esta casa hasta 1856.
El
príncipe Félix Felixóvich fue autorizado por ucase imperial en 1914 a llevar
reunidos los dos títulos de sus padres y juntas las armas de las dos familias.
Como miembro de la familia Imperial, su
vida transcurrió en los medios de la Corte, y su carrera fué la militar. En sus
Memorias, que publicamos hoy, da
cuenta de su vida hasta el momento de la abdicación del Zar.
Cuando conoció a Rasputín el príncipe Félix tenía veintidós años y se hallaba en posesión de una posición envidiable, pues añadía a su juventud una fortuna inmensa y un lugar preeminente en la aristocracia y en la Corte del fastuoso imperio de los Zares. El odio del príncipe hacía Rasputin tuvo dos orígenes: uno que podíamos llamar íntimo y - otro - público. El primero se refería al trato que Rasputin daba a su admiradora la señorita M.. (Munia Golovin), joven admirable que había sido novia de un hermano del príncipe y que estaba liada a éste por una vivísima simpatía, que era correspondida. El motivo público de su odio fue el mismo que sintió Rusia entera, y más particularmente los más allegados a la real familia viendo la influencia verdaderamente todopoderosa, de la que hacia vergonzoso uso, que tenía el antiguo mujik en la clase pública rusa por la. sumisión incomprensible de la Zarina. En realidad, el príncipe Yussupoff no quiso librar a Rusia de la influencia nefasta de Rasputin, sino que se propuso libertar a la real familia (que era la suya) y a su amiga Munia de aquella influencia tiránica que avergonzaba al príncipe y que debía avergonzar más aún a quienes la sufrían.
Desaparecido entonces por causa de su destierro
y ajeno a los movimientos que desde 1917 conmovieron al mundo se le creyó
muerto y hasta se le dio como asesinado por los bolcheviques en 1918. No era
así, sin embargo, y bien pronto había de dar al mundo la prueba patente de su
existencia, con la publicación de “sus memorias”, relatando todo el proceso que
siguió a la conspiración contra Rasputin y la muerte de este favorito de la
Corte.
El declararse autor de la muerte, cosa ya
sospechada y hasta confirmada en 1917, ha sido motivo recientemente de un
proceso que le ha seguido en Francia la familia de Rasputin.
Creemos que la publicación de las memorias del Príncipe
Yussupoff será para nuestros lectores del mayor interés. Ellas explican mejor
que ninguna otra cosa, puesto que sin pretensiones de historia son la Historia
misma, el momento dificilísimo que atravesaba la corte rusa por el grado de
desorganización a que había llegado. También servirá el conocimiento de estas
páginas para comprender los posteriores sucesos que llevaron a la Rusia de los
Zares a la dictadura del proletariado.
(Manuel Capella Torres)