COMO MATÉ A RASPUTIN

 

(PAGINAS DE LA HISTORIA DE RUSIA)

POR EL PRINCIPE YUSSUPOFF

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CAPITULO  I

 

 

 

CÓMO ENTRÓ RASPUTIN EN LA CORTE IMPERIAL

 

 

No tenemos derecho a alimentar con leyendas la conciencia en formación de las generaciones que inmediatamente nos siguen. Para evitar amargos desengaños y errores en el futuro, voy, como testigo presencial de algunos recientes acontecimientos, a transmitir todo aquello que vi y oí.

 

 

Toda Rusia crujió de indignación cuando Rasputin, como una sombra negra, fue acercándose al trono. Los representantes más verdaderos del clero ruso levantaron su voz en defensa de la Iglesia y de Rusia contra las intrigas de aquel arribista criminal. Las personas más próximas a la familia Imperial imploraron del emperador y de la emperatriz que lo alejasen de su lado.  

 

Pero fue en vano todo. Su influencia fue creciendo, y conforme crecía, el sentimiento de disgusto en el país aumentó y se extendió aun a los distritos más remotos, donde el simple campesino, con Instinto certero, advirtió que algo olía a podrido en las alturas del Poder. Y cuando Rasputin fue muerto se aclamó su muerte con general regocijo. 

 

Pero en la actualidad ha cambiado la actitud de muchas personas, hasta el punto de calificar el asesinato de Rasputin como "el primer disparo de la revolución, el incentivo y la señal para el levantamiento”. ¿Es esto verdad?   

 

 

Aturdidos por los horrores de la revolución, confuso por las durezas del destierro, los rusos han olvidado mucho de lo que ocurrió. Juzgan ahora que aquella oposición a Rasputin y a su influencia era en sí misma un movimiento revolucionario dirigido contra el orden público. Este juicio es, desde luego, resultado de una reacción que se ha apoderado del sentimiento público. En muchos casos la reacción es tan ciega y tan intolerante como la revolución.

 

 

La injusticia de estas conclusiones (de estas acusaciones por reacción, en general, y en particular de las que se refieren a la lucha contra la preponderancia de Rasputin) puede probarse simplemente con mencionar  algunas de las personas que resueltamente tomaron partido en contra de la influencia de aquel hombre: la gran duquesa Isabel Feodórovna, el metropolitano Antonio, de San Petersburgo y Ladoga; el metropolitano Vladimiro, cabeza del Santo Sínodo; A. D. Samarin; el ex primer ministro P. A. Stolypin y el presidente de la Duma, M. V. Rodzianko. ¿Puede nadie estigmatizar a tales gentes como traidoras y enemigas de su patria?

 

La revolución no fue el resultado de la muerte de Rasputin. Sus causas hay que buscarlas en época muy anterior. Están en Rasputin mismo, en su desvergonzada y cínica traición a Rusia; en el Rasputinismo, que significa intriga, egoísmo, locura histérica y ciega persecución del Poder.

 

            Esto fue lo que envolvió el trono en una como impenetrable ola que aisló al monarca de su pueblo.

La influencia de Rasputín sobre la emperatriz debióse en principio a la intervención de Ana Vyróbova, que ocupaba una posición excepcional en la corte de Tsarkoe-Selo.

 

La aproximación de Vyróbova a la emperatriz y la influencia que adquirió ella con la familia imperial fue otra de aquellas coincidencias fatales, trágicas, como lo fue la aparición de Rasputin en la corte. Las circunstancias que acercaron a la emperatriz y Ana Vyróbova caracterizan a Ana y a Rasputin. Vyróbova, hija del jefe del personal de Cancillería de Su Majestad imperial, cayó enferma de fiebre tifoidea. Soñó que la emperatriz Alejandra Feodórovna entraba en su habitación y la tomaba de la mano, y, coincidiendo con este sueño, hizo crisis la enfermedad. Se restableció Ana, y fue su único, anhelo ver a su protectora realmente, como antes en sueños la había visto. La emperatriz, a quien se había hablado de esta visión, con su natural ternura quiso complacer a la enferma yendo a verla, y desde entonces la adoración que Vyróbova concibió por ella, no reconoció limites.

 

De inteligencia corta y sin cultivar, pero sagaz, servil y de temperamento histérico, Vyróbova se inclinó a exagerar sus sentimientos; pero la emperatriz, creyendo en su sinceridad le impresionada por tan excepcional, devoción, cuando Ana se puso buena la llevó a su lado. El desgraciado matrimonio de Vyróbova y consiguiente ruptura con su marido afianzó la piedad y el cariño de la emperatriz hacía la “pobre Ana”.

 

Con su falta de inteligencia y todo, Vyróbova no tardó en darse cuenta de que en la misma medida que lograra aislar a la emperatriz crecería su propia influencia como única amiga de ella. Sin duda que su adhesión a la emperatriz era sincera; pero de ningún modo desinteresada, al punto de que muchas veces se traslucía en su conducta la intriga egoísta.

 

No podía haberse encontrado persona más apropiada para hacer el acercamiento de Rasputin y la emperatriz. (Se comete el error de tener a Rasputin por monje o sacerdote. Ni lo uno ni lo otro. La Palabra “staretz”, que le aplicaban sus admiradores, se aplica con su verdadero sentido en los monasterios rusos a monjes dignos de especial reverencia por su vida santa. Los fieles los buscan como guía espiritual, como consejero como intercesor con Dios. El “staretz” era, y es, producto raro que suele encontrarse de tarde en, tarde en algún monasterio ruso. Lleva una vida ascética y se mortifica con todo género de privaciones. Rasputin no tenía con este tipo nada de común) Fue sencillo para el astuto staretz  hacer que aquella mujer histérica creyese en su santidad y a su vez sugestionase a la emperatriz acerca de este punto. Pero solamente vió Vyróbova todas las posibilidades que se desplegaban ante ella cuando Rasputin hubo adquirido autoridad con la familia imperial y la emperatriz había llegado a creerle un hombre justo y santo. Entonces aquella persona insignificante se sintió comida por un desapoderado deseo de mando. Su amistad con la emperatriz habíale dado ya una excepcional situación; pero con el advenimiento de Rasputin su importancia fue mucho más allá. Se convirtió en la más íntima confidente de la emperatriz, en la única intermediaria entre Su Majestad y Rasputin. Y es de suponer que Rasputin, a su vez, teniendo en Vyróbova el más eficaz resorte, influyese para que la emperatriz confiase en ella.

 

 

La influencia de Rasputin en los asuntos de Estado no se dejó sentir inmediatamente. Sólo, cuando el emperador decidió trasladarse de su residencia permanente de San Petersburgo a Tsarkoe-Selo, con lo que la familia imperial quedó reducida a un estrecho circulo, fue posible al staretz emplear su fuerza. En los alrededores solitarios de Tsarko-Selo el emperador compartía sus horas de ocio con la emperatriz. Inteligente, sensible, pero de carácter en extremo apocado y tímido, gradualmente e inconscientemente fue sujetando su voluntad a la  firme y tenaz personalidad de su esposa. Ella era su único amigo, y llenaba su vida de modo que no había espacio para la influencia de nadie más. La enfermedad de la emperatriz (una enfermedad del sistema nervioso y del corazón que obscurecía su conciencia y daba frecuentemente ocasión a desagradables episodios) hizo que el zar dedicase más aún su atención a los cuidados de familia.  

 

Pero la prueba definitiva fue la enfermedad incurable del zarevitch Alejo, hijo único y que había sido con ansiedad esperado. Padecía una terrible enfermedad hereditaria que se transmitía a los varones por la línea femenina. Era la emperatriz madre amante y tierna, y padecía doblemente con la persuasión de haber sido ella misma la que le había transmitido la. enfermedad. Hiciéronse los mayores esfuerzos para que la noticia de 1a enfermedad no trascendiese. Pero no podía ocultarse indefinidamente, ya que su ocultación alimentaba los rumores de toda índole que iban extendiéndose por todas las clases de la sociedad y que parecían avalorarse con la vida solitaria del emperador.

 

Estas circunstancias ofrecieron ancho campo de acción a Rasputin. La emperatriz creía que sólo un milagro podía salvar a su hijo; Rasputin se ingenió de modo que se creyera que sólo él podía hacer ese milagro, y que sólo mientras él estuviese en estrecho contacto con la familia imperial, estaría vivo y sano el zarevitch. La emperatriz creía ciegamente en el poder sobrenatural de Rasputin y tomó a su cargo convencer al emperador. Después llegó a persuadirse de que sólo Rasputin podía salvar a Rusia, y que estaba dotado de la más alta sabiduría y de la facultad de adivinación. Usó toda la energía de su temperamento, toda su tenacidad en convencer al emperador de que siguiese los consejos que a ella le daba el staretz por mediación de Vyróbova. Envolvió así a la familia imperial en una atmósfera de insano misticismo. A. veces el emperador quiso resistir a la influencia, y aun llegó a despedir a Rasputin; pero le faltaron fuerzas para luchar hasta el final contra lo que había llegado a constituir una parte de su vida.

 

El principio de la guerra, con la gigantesca ola de patriotismo que se extendió sobre todo el país, fue una dichosa revelación para el emperador y para Rusia. Pareció olvidarse todo agravio con el Gobierno; el zar y su pueblo estaban unidos en un todo indestructible. Pero esta unidad y esta mutua confianza duraron poco. Conforme seguía la guerra, pesaban el esfuerzo y los grandes sacrificios que exigía.

 

No hubo, sin embargo, cambio en la conducta de los que disfrutaban el supremo poder. Rasputin siguió en Tsarkoe-Selo como un genio del mal. Frunció el ceño, la opinión al llegar noticias de reveses militares, y de un lado a otro corría la terrible palabra traición. La exasperada multitud, excitada por las propagandas secretas de Alemania, atribuía a la no bienquista emperatriz los crímenes más monstruosos. Tampoco el emperador se vió libre de calumnias. Se le culpaba de estar estudiando el modo de firmar una paz separada al dictado de su mujer y de los partidarios de Alemania. Y no sólo es verdad que estando en el trono desaprobase toda idea de paz por separado, sino que cuando abdicó, en la orden de despedida al Ejército (que desgraciadamente no se hizo pública por prohibición expresa de Guchkov), exhortó al Ejército y a Rusia a luchar contra el enemigo hasta el fin, en estrecha cooperación con los aliados. Lo que es más, rehusó toda ayuda incondicional del káiser Guillermo cuando ya estaba con toda la imperial familia en Ekaterimburgo, en manos de los bolcheviques, y viviendo en las más espantosas condiciones.

 

Era indispensable eliminar por los más enérgicos procedimientos toda causa de deslealtad o debilidad; pero era también evidente que las reservas de energía del emperador estaban agotadas. Bajo la presión de una abrumadora fatiga mental, había cedido el Poder casi por completo a la emperatriz. Y aquí fue donde Rasputin levantó la cabeza con el orgulloso gesto de la victoria final; y la emperatriz Alejandra Feodórovna, enferma, ardiendo en energía febril y con las mejores intenciones, se persuadió a sí misma de que con la ayuda del staretz el elegido de Dios, ella salvaría a Rusia.

 

 

 

 

 

CAPITULO  II

   

QUIÉN ERA RASPUTIN

 

 

Remontando las áridas orillas del río Tura se encuentra el pueblo de Potrovskoe. Justamente, el vaporcillo en que el emperador Nicolás y su familia fueron llevados por los ríos Tura y Toból, en el Verano de 1917, para ser reducidos a su cautiverio de Tobolsk, pasó por Potrovskoe. La emperatriz, según dijo después uno de los que voluntariamente habían acompañado a la familia imperial, contempló la orilla desde cubierta y siguió con fija y melancólica mirada los casi horizontales tejados de las casas campesinas y la alta torre blanca de la iglesia.

 

En este pueblo de Potrovskoe fue donde nació Gregorio Rasputin y donde pasó su juventud. Solía abandonarlo para andanzas que a veces le llevaban hasta San Petersburgo. Los siberianos son un pueblo de mezclado origen. Hay en la Siberia occidental muchos viejos creyentes, divididos entre sí por inclinaciones varias, y que buscan su acomodo en bosques y otros lugares difícilmente accesibles. Sus antecesores llegaron allá hace tiempo, huyendo de las persecuciones del Gobierno. Observan estrictamente las viejas costumbres y llevan santa y austera vida, que es como arca en que guardan la memoria del pasado, así como en sus escondidas viviendas guardan los libros del Servicio Divino.

 

Pero hay en Siberia otra clase de habitantes: los descendientes de los criminales fugitivos o desterrados. Estos no piensan en el pasado ni hablan de él. ¿Cómo habían de hacerlo si los predecesores de algunos atravesaron la Siberia con grilletes? Llevan una vida ancha e independiente, se han desarrollado en plena libertad, fuera del alcance de toda autoridad, y no se han visto en la necesidad de inclinaras ante nadie.

 

Los siberianos son gente primitiva, ruda, pero ordinariamente muy honrada. Condenan con gran energía el robo, y frecuentemente se toman la ley por su mano para castigarlo. La única persona a quien suelen reprochar su pasado es al ladrón, particularmente al ladrón de caballos. Existe un especial término siberiano, varnak, que es algo así como vagabundo, merodeador y no hay entre ellos insulto más grave.

 

Pues esta palabra varnsk fue el apodo por que desde su infancia se conoció notoriamente a Gregorio Rasputin en su aldea. La sangre de sus antecesores se manifestaba en él desde su nacimiento; hijo de ladrón de caballos era, y él continuó la misma profesión. Este vergonzoso y peligroso tráfico dió ocasión al ejercicio y desarrollo de su destreza, su malicia y su instinto rapaz. Más de una vez se le cogió en flagrante delito, y no fue poco salvarle 1a vida.

 

Una vez la Policía llegó con el tiempo justamente indispensable para evitar que lo matasen a palos y arrancar su cuerpo, maltrecho y sangrante, de las enfurecidas manos de los mujiks. Otro hombre no hubiera sobrevivido a tan ruda prueba; pero fue para Rasputin como para el hierro los golpes del forjador. Lo sufrió todo y salió de ello más fortalecido.

 

La tranquila vida de campesino no ofrecía atractivo ninguno para el natural delincuente de Rasputin. Con frecuencia visitó lugares distantes de Potrovskoe, y a veces desapareció durante largos intervalos. Durante una de estas prolongadas ausencias llegó al pueblo el rumor de que se había convertido y vivía vida de estrechez ascética en cierto lejano retiro o en algún apartado monasterio.     

             

Es posible que en algún tiempo se hubieran despertado en su alma vagos anhelos que le llevaran hacia la religión. Pero  las puras enseñanzas de la Iglesia ortodoxa habían de ser completamente extrañas a su naturaleza. Lo que en realidad  había de atraerle era el oscuro misticismo de las sectas más pervertidas.

 

No hay noticias exactas de los lugares que visitase en sus andanzas ni de las gentes con quien tuviera comercio. Todo lo que ha podido de cierto establecerse es que visitaba con frecuencia un monasterio ortodoxo ocupado por sectarios que, en grave conflicto con la Iglesia ortodoxa y sus autoridades, habían sido enviados allá para su corrección y reforma.

 

Los monasterios siberianos más bien parecían vastas y prósperas estancias que claustros de devotos ascetas. Los monjes mismos, pocos en número y acomodados con el deber de cada día, no dedicaban gran atención a los sectarios domiciliados entre ellos. Por consiguiente, pudo Rasputin hablar libremente con aquellos disidentes. Pudo penetrar en todos los secretos de su culto, mientras en lo exterior seguía siendo un peregrino creyente y humilde.

 

 La inmensa fuerza dinámica que la Naturaleza había concedido a este mal hombre (fuerza que llegaba a lo excepcional  en toda su depravación viciosa) no dejó de llamar poderosamente la atención. Podía, como un faquir indio, pasarse sin comer y sin dormir, y a fin de desarrollar su fuerza de voluntad a mayor extremo, se entregó a prácticas tales de exterior ascetismo que es lo probable que alguna vez sus compañeros le tuvieran por santo, por más que llenasen su alma inescrutable obscuridades del demonio.

 

 Los sectarios lo miraron como un descubrimiento y un hallazgo, y a su modo concibieron por él admiración y cariño. El clero ortodoxo mostró también interés por él, no sospechando que tan pío y extremado penitente estuviese jugando con dos barajas. Desde el primer momento había disimulado su inclinación sectaria, y, porque le convenía para sus particulares designios, tuvo buen cuidado de conservar una relación exterior con los representantes de la Iglesia. Llegó a medio aprenderse de memoria algo de las Sagradas Escrituras y a apoderarse de cierto número de preceptos morales y espirituales. Y se esforzó por adquirir la apariencia de un “hombre elegido por Dios”, de un staretz dotado de sabiduría y de visión iluminada.

 

Su memoria maravillosa, combinada con una excepcional capacidad de observación y asimilación, le ayudó en estos propósitos. No tenía entonces la menor idea de lo que había de ser su carrera futura. Nada significaban para él todavía ni San Petersburgo ni aun la Rusia europea, de la cual el siberiano se siente separado del todo. Lo probable es que la vida holgazana y andariega del peregrino le atrajese por ella misma; debía de parecerle mejor que el trabajo ininterrumpido de un campesino en su hogar.

 

Lo que decidió su suerte fue el encuentro casual con un monje misionero, hombre instruido, profundamente religioso y puro e ingenuo como un niño. Este hombre creyó en la sinceridad de Rasputin y lo presentó al obispo Theophan que a su vez llevó al original asceta a San Petersburgo.

Las maneras desembarazadas y familiares con que este antiguo ladrón de caballos se desenvolvía en su trato con los más encumbrados personajes constituyó un factor muy considerable de su triunfo. Rasputin entraba y salía en el palacio del zar con la misma naturalidad y calma que si estuviese en su casa de campo de Potrovskoe.

 

En Tsarkoe-Selo se presentó adoptando el aspecto del justo que se ha consagrado a Dios. En los salones de la sociedad, entre sus admiradoras, era ya mucho menos circunspecto; y, finalmente, en su domicilio, o en una casa privada, o en un restaurante, y en compañía de sus íntimos y cómplices, daba rienda suelta a su degeneración de borracho y libertino.

 

En algunos (pocos) círculos de la alta sociedad de San Petersburgo se cultivaba el ocultismo en todas sus formas. Aquellas gentes buscaban sensaciones fuertes en sesiones misteriosas, y se sentían atraídas por todo lo que de extravagante y llamativo pueda haber en el reino del misticismo insano. En tal sociedad había de tener Rasputin un notorio triunfo.

Procuraba disimular sus relaciones con estos sectarios; pero las gentes de que se rodeaba le sentían dotado. de alguna fuerza extraña y fascinadora que ejercía enérgica atracción. Éste elemento era el klystismo, con su venenoso misticismo sensual.

 

El klystismo es sexual por esencia; es una exaltación de la más animal de las pasiones, con la creencia en la más alta revelación espiritual. Los klystiistas en sus reuniones combinan en alto grado el éxtasis religioso y el abandono erótico. Creen que durante sus excitaciones histéricas el Espíritu Santo desciende entre ellos, y que las uniones licenciosas con que por regla general terminan las ceremonias es nada menos que “una muestra de la bendición de Dios”.

 

El klystisino es, sin duda, un resto de tiempos  paganos. Comienza la ceremonia con una danza pausada y de muy acusado ritmo que poco a poco va tomándose en un vertiginoso girar. Hay durante la cere­monia deslumbradora iluminación de velas. Y el climax inevitable conduce a un macabro libertinaje amoroso.

 

No deja de ser extraño que los klystistas no ‘hayan roto nunca los lazos oficiales con la Iglesia ortodoxa. Asisten a los servicios, reciben los Sacramentos y frecuentemente toman la Sagrada Comunión. En su monstruosa confusión suponen que ello les da un poder especial “para la evocación del Espíritu Santo”.

 

Rasputin justificaba todas aquellas degradaciones en típicos razonamientos klystistas, y frecuentemente imbuía a las mujeres la creencia de que el comercio con él estaba muy lejos de ser pecado. Le abrumaban de invitaciones que de todas partes le llegaban. Unas personas querían verle por curiosidad sólo; otras, particularmente en los primeros días, a causa de las fábulas que se propagaban acerca de su santidad, y otras, por morboso instinto, que él se cuidaba de cultivar. Cuando hubo adquirido influencia en los círculos políticos se vió más asediado todavía. Se buscaban sus gracias, se le hacían presentes y se le otorgaban ventajas; se le regalaba y mimaba. Su vida en San Petersburgo era una larga fiesta y una continuada orgía. Bien habían cambiado los tiempos para este antiguo ladrón de caballerías.

 

Como es natural, acabó por desvanecerse viendo realizadas todas sus ansias de poder, como se reflejaba en el servilismo de los que tenía alrededor y la gran cantidad de dinero de que llegó a disponer para todos sus sueños de desenfrenada lujuria. Su cinismo traspasó todos los límites. ¿Y cómo podría ser otra cosa? ¿Cómo había de guardar ceremonia con aquellos que aguardaban en su antecámara, con mujeres dispuestas a besar reverentemente sus manos sucias? Cuanto más tenía la sensación de su poder respetaba menos a quienes le rodeaban.

 

Ahito de infamia y borracho de poder, perdió fuerza; perdió el sentido de la proporción; perdió sagacidad y cautela. Su fin fue el adecuado a su vida; su cuerpo, que había resistido el veneno y el plomo, fue arrojado a las aguas heladas del Neva. El merodeador siberiano, lanzado por caminos para él tan venturosos, hubiera hallado parecido final en todo caso; ahora que si estando en su pueblo le hubieran arrojado a las ondas del Tura es dudoso que nadie le hubiese molestado en buscar el cuerpo del ladrón de caballos y asesino Gregorio Rasputin.

                                                                 

 

 

 

 

CAPITULO  III

   

CÓMO CONOCÍ  A RASPUTIN

 

 

 

Conocí a Rasputin en casa de G., en San Petersburgo, por el año de 1909. Solía yo ir a casa de G. llevado por la amistad que me unía con su hermana M., mujer de pura intención y mucha bondad, pero extraordinariamente impresionable. Esta exaltación de su carácter hacía que la religión tuviera en su vida una parte principal; y como sus impulsos espirituales sometían con frecuencia su razón, sus sentimientos religiosos estaban maculados de insano misticismo. Inclinada por temperamento a lo sobrenatural y milagroso, los fanáticos, los peregrinos, el pueblo de Dios, tenían para ella poderoso atractivo. Entregábase sin reserva a todo lo que le admiraba o sorprendía; permanecía para siempre bajo la influencia de aquel en quien una vez hubiese creído, y llegaba en su exaltación a no distinguir el bien del mal.

 

Conocidos estos datos, no es de extrañar que Rasputin fuese un habitual en casa de G. Al volver yo del extranjero, en 1909, me encontré con que M. era una de sus ardientes admiradoras. Creía sinceramente en su rectitud y en su espiritual pureza, y le miraba como a un elegido de Dios, casi como a un ser sobrenatural. Afectada profundamente por la muerte de mi hermano, a quien quería mucho, buscó consuelo en las personas que la rodeaban, y un encuentro casual con Rasputin fue bastante para convencerla de que, por medio de él, le llegaba la ayuda del cielo. Quedó, por completo sometida a su autoridad.

 

Rasputin, con su natural perspicacia, no tardó en ver en ella su futura devota. Adivinó sus tendencias espirituales y ganó toda su confianza. La candidez de M. la impidió descubrir el horror y la vergüenza que rodeaban a aquel hombre. Demasiado ingenua para interpretar con ningún razonamiento certero los actos de él, se limitó a sujetarse espiritualmente a la voluntad de Rasputin, en quien creía haber hallado el guía santo. Y no sólo no supo analizar las condiciones de aquel maestro espiritual, sino que huyó de cualquiera que intentara descubrírselas.

 

En nuestra primera entrevista después de mi regreso la señorita M. me habló de él, pintándomelo como hombre de rara energía espiritual, ungido con la bendición de Dios y enviado a la tierra para purificar y elevar nuestros corazones y guiar nuestra voluntad, nuestros pensamientos y nuestra conducta.

 

Recuerdo que yo, instintivamente, adopté una actitud de escepticismo, aunque no tenía entonces aún disposición ninguna contra Rasputin, por haber oído hablar todavía muy poco de él. Y, conociendo a M., concluí que se hallaba bajo el efecto de una de aquellas fases de típico entusiasmo frecuentes en su exaltada naturaleza. Pero hubo algo en sus palabras que despertó mi curiosidad, e hice algunas preguntas acerca de aquel hombre. Con el mayor entusiasmo y devoción me habló M. de la “deslumbradora personalidad del staretz”. Rasputin era un bendito: intercedía por la Humanidad, era un altruista, un amigo de la paz, un consuelo para los que sufrían; era un nuevo apóstol, emisario elegido de Dios; ocupaba un plano diferente del resto de la Humanidad; no conocía debilidades ni vicios humanos, y su vida entera pasaba en el ascetismo y el rezo.

 

El fervor y el convencimiento de M. no me inspiró confianza. ninguna en las dotes milagrosas del statretz, paro excitó mi curiosidad y despertó en mi el deseo de conocerlo. Así lo dije a M., que se mostró encantada de mi indicación, y la ocasión para el conocimiento no tardó en prepararse.

Días después fui a la casa que G. tenía en el Canal de Invierno, y allí conocí al tan celebrado staretz. Cuando entré en la sala Rasputin no había llegado todavía. M. y su madre, sentadas ante una mesita de té, daban señales de hallarse nerviosas y excitadas, especialmente la hija, que parecía presa de gran ansiedad. Me pareció que estaba inquieta por la primera impresión que Rasputin hubiera de hacerme y por el deseo de que a mí como a ella, me inspirase veneración. Esta actitud excitó mi curiosidad más todavía y mi deseo de ver al hombre maravilloso. No tuvimos que esperar mucho. La puerta del hall se abrió y entró Rasputin con muy llana actitud.

   

Se vino a mi derecho, y al tiempo que decía “Buenos días, querido”, hizo intención de abrasarme y besarme. Yo me hice atrás. Con una desagradable sonrisa fue entonces a M. y a su madre, y sin ninguna ceremonia las abrazó y las besó con aire de graciosa condescendencia.

 

Su presencia me produjo la mayor repugnancia; había en él algo profundamente desagradable. Era hombre de talla media, fornido más bien y de largos brazos. El pelo era sucio y enmarañado, y en la frente tenía una ancha cicatriz que, por lo que supe después, provenía de un golpe que le dieron en una de las cuestiones derivadas de su tráfico de robar caballos. Llevaba un largo chaquetón, anchos calzones y botas altas. Su cara pertenecía al más ordinario tipo campesino; de óvalo ensanchado, con facciones grandes y feas, disforme nariz y barba larga y descuidada. Miraban sus ojillos grises con miradas penetrantes desde debajo de unas cejas parecidas a cepillos. Su figura, en total, era digna de atención. Parecía hombre despreocupado en sus movimientos, y, sin embargo, no dejaba de adivinarse en él algo de suspicacia, cobardía y atención por lo que le rodeaba. La desconfianza brillaba en sus ojos claros y hundidos. Por supuesto que todos estos detalles no los advertí en nuestra primera entrevista.

 

Nos saludó y se sentó un momento. En seguida se levantó y durante buen espacio paseó la habitación con paso rápido y corto y musitando incoherencias para sí. Tenía la voz gruesa y la pronunciación poco distinta. Tomamos el té y nos quedamos mirando a Rasputin en silencio: M., con arrobamiento, y yo, con curiosidad y desconfianza. Por último, se llegó a la mesa, tomó asiento en un sillón a mi lado y se dedicó a examinarme con escrutadora atención.

 

No se originó conversación sobre materia ninguna definida. Rasputin, queriendo, por lo visto, mantener el tono de un inspirado del cielo, solía producirse de una manera dictatorial. Su discurso era rápido, voluble, inconexo. Citaba textos de la Escritura sin relación unos con otros, y sus palabras dejaban la impresión de algo velado, cuando no caótico. Cuando hablaba me fijaba yo atentamente en su expresión. Algo extraño había en su cara de mujik. Cuanto más le miraba más impresión me producían sus ojuelos extrañamente repulsivos. No sólo no había un rasgo de refinamiento espiritual en su rostro, sino que recordaba el de un astuto y lascivo sátiro. Consistía la particularidad de sus ojos en ser muy pequeños, con muy poco color y hundidos en unas cuencas profundísimas, tanto que a distancia no se veían y parecían perdidos en lo hondo de la órbita. De aquí que con frecuencia fuera difícil saber silos tenía abiertos o no, y que solamente la sensación de ser punzado por una aguja indicase que estaba mirándole a uno y examinándole con toda atención. La sonrisa de Rasputin era también desconcertante, fría, cruel, maliciosa y sensual. Todo él expresaba un inefable revoltijo escondido tras la máscara de la hipocresía.

 

A M. la presencia de Rasputin le producía manifiesta excitación. Le brillaban los ojos y se le encendían las mejillas con nervioso arrebato. Ni ella ni su madre le quitaban los ojos, y las dos, con respiración contenida, acechaban las palabras que pronunciaba el staretz.

Luego se levantó, nos envolvió a todos en una mirada que quiso fuera cariñosa y amable, y volviéndose a mí dijo al tiempo que señalaba a M.:

 

- ¡Qué gran amiga tiene usted en ella!.  Hágale usted caso y será su mujer espiritual. Si... Ha hablado muy bien de usted, me dijo muchas cosas, y ahora veo por mí mismo que se llevan ustedes muy bien, que son ustedes hechos el uno para el otro... Querido (no sé su nombre de pila), hará usted buena carrera, muy buena carrera.

 

Y con estas palabras se salió de la habitación. Yo también me despedí, absorto en mis impresiones, de este extraño ejemplar humano. Días después me dijo M. que Rasputin me había tomado gran afición y quería que nos viésemos de nuevo.

 

 

 

 

CAPITULO  IV

 

HAY QUE DAR FIN DEL CRIMINAL STARETZ

 

 

Pero poco después de mi primera entrevista con Rasputin me marché a Inglaterra,

Oxford. En una ocasión, hallándome con una princesa inglesa estrechamente emparentada con la emperatriz Alejandra Feodórovna, nuestra conversación recayó sobre Rasputin. La princesa oyó lo que yo refería de él con gran interés, y como era muy inteligente, advirtió en seguida el peligro que suponía para Rusia su proximidad a la corte. Me delineó brevemente las características mentales de la emperatriz Alejandra y me expresó su temor de que algunos de sus rasgos, especialmente su tendencia al misticismo morboso, pudieran ser causa de graves complicaciones sí Rasputin seguía al lado de la familia real.

 

Por aquel tiempo mis padres vivían en San Petersburgo y veraneaban en Tsarkoe-Selo. Mi madre era amiga de la emperatriz Alejandra Feodórovna, y se veían con frecuencia. El trato de Rasputin con el emperador y con la emperatriz le inquietaba grandemente, y en sus cartas se refería a menudo a esta ansiedad suya.

 

La gran duquesa Isabel Feodórovna, que vivía en Moscú y era de antiguo intima amiga de mi madre, compartía con ella sus temores. En sus raras visitas a San Petersburgo ponía todo su esfuerzo en persuadir al emperador y la emperatriz de que apartasen de sí al pernicioso staretz.

Por entonces el peligro de la presencia de Rasputin en Tsarkoe-Selo no se echaba mucho de ver. Fue después cuando los enemigos de Rusia y de la dinastía advirtieron el poder omnímodo de Rasputin y empezaron a hacer uso de él para sus propios fines.

 

Mi madre fue una de las primeras en oponerse a Rasputin. Tuvo con la emperatriz una larga conversación en que francamente le dijo lo que debía hacer en aquel asunto, y cómo muchas otras personas pensaban lo mismo, aunque no se atrevían a expresarlo. Sus palabras impresionaron a la emperatriz, que, en apariencia, se consideró obligada a la sinceridad y justicia de sus advertencias, ya que al despedirse de ella le dijo en cariñosas palabras que deseaba verla con la mayor frecuencia posible.

 

Pero los amigos de Rasputin no se descuidaban. Habiendo advertido el peligro de tal intimidad, se esforzaron por reconquistar su influencia sobre la enfermiza imaginación de la emperatriz e irla apartando gradualmente de mi madre. Efectivamente, estas intrigas pusieron término a la relación entre ambas, que desde entonces se veían muy rara vez. Muchas personas de la familia imperial, con la emperatriz viuda Maria Feodórovna a la cabeza, trataron también de influir en el emperador y la emperatriz; pero todo en, vano. Y empezó una lucha entre los verdaderos devotos de Rusia y del trono y los que En otoño de 1912 salí de Oxford y volví a Rusia. Llevaba varios planes, aunque todavía descaradamente se aprovechaban de la influencia de Rasputin para llegar al emperador y a la emperatriz y luego servir sus propios intereses egoístas y sus planes políticos. Pero mi encuentro con la princesa Irina Alejándrovna, hermana del gran duque Alejandro Michaelóvitz, cambió mi destino. Al poco tiempo se anunciaba nuestro enlace.

 

Desde mi niñez me había acostumbrado a mirar a la familia imperial como compuesta de personas distintas a lo que los demás éramos. Las veneraba como a seres de orden superior. Me enfadaba todo lo que de boca en boca corría contra ellos, y me esforzaba por no creer lo que oía.

 

Mi mujer, mis padres y yo estábamos en Alemania en 1914 al estallar la guerra por orden del káiser se nos arrestó; pero pude por fin llegar a San Petersburgo después de una jornada de pesadilla, pues mi madre y mi mujer estuvieron enfermas durante todo el viaje.

 

A pesar de la hora de patriótico entusiasmo, se encontraba a mucha gente entregada al pesimismo. Tsarkoe-Selo estaba envuelto en sombras. El emperador y la emperatriz, separados del pueblo, apartados de sus súbditos, rodeados por la camarilla de Rasputin, significaban indudablemente un aspecto importantísimo de la situación. ¿Podía llevar más que al desastre?

 

Y no había la menor esperanza de que ninguno de los dos comprendiese la verdad acerca de Rasputin y lo apartaran de la corte. ¿Qué otros pasos podíamos dar para librar al emperador de Rusia de este genio del mal?. Involuntariamente surgió en mí la idea: “Sólo hay un camino: dar fin del criminal staretz.”.

 

Tuve esta idea por primera vez a raíz de una conversación con mi mujer y mi madre en 1915. No era posible pensar en otra cosa que en su muerte violenta, pues podía concebirse la posibilidad de reducirlo a la impotencia. La marcha que siguieron los acontecimientos políticos me afirmó cada vez más en esta inclinación.

 

 

 

 

 
CAPITULO  V

   

EMPIEZAN LAS PROTESTAS

LA PRUEBA DE LA TRAICIÓN

 

   

Las protestas contra Rasputin formuladas por miembros de la familia imperial fueron seguidas de cierto número de francas demostraciones públicas, ya procedentes de individualidades, ya de organizaciones diversas. Pero el emperador y la emperatriz siguieron sordos a toda súplica, consejo, advertencia y aun amenazas. Cuanta más  oposición hacía a Rasputin, menos importancia se le daba al asunto en Tsarkoe-Selo. Había hecho en el circulo de la familia del zar tan acertado uso de su máscara de hipocresía, que no era creído nada que contra él se dijera. El incidente que voy a relatar dará una idea de hasta qué punto era así.

 

Un amigo íntimo de la familia imperial, queriendo dar a la emperatriz prueba manifiesta de que las referencias acerca de la conducta de Rasputin eran la verdad, le mostró algunas repugnantes fotografías tomadas durante una de las orgías en que Rasputin solía hallarse presente. Ante esta incontrovertible evidencia, la emperatriz se indignó con la mayor violencia y dio orden inmediatamente de practicar pesquisas para averiguar quién había sido la persona que se hubiera prestado a representar ante el objetivo el papel de Rasputin con el propósito de manchar su reputación. Este incidente ilustra por si sólo hasta qué punto la emperatriz creía ciegamente en la santidad de aquel hombre.

 

Y al mismo tiempo que los rusos patriotas desesperaban ante su fracaso para destruir la raíz del mal, el partido alemán, que tenía a su favor la valiosa asistencia del staretz, se engrandecía y triunfaba.

 

Al estallar la guerra ya estaba Rasputin casi en la cima de su influencia y su poder. Durante, el periodo que siguió, todas las personas honorables fueron apartadas de Palacio, aun aquellas que tenían con el emperador mismo, personal amistad, y ocuparon en sus lugares hechuras de Rasputin. En tanto, millones de vidas se perdían en el frente. Con magnifico e inaudito heroísmo, las. tropas rusas iban disciplinadamente a la muerte. Distribuidas en un vasto frente de miles de kilómetros, veíanse obligados a veces a combatir en condiciones que ningún otro soldado del mundo hubiera soportado. Castigados por terribles heladas, casi sin comer, se sostenían en sus trincheras de nieve, sin dar en su imaginación sitio a la idea de retirada. Algunas secciones ni municiones tenían, y caían bajo el fuego enemigo sin poder contestar.

 

 

Regimientos enteros y divisiones enteras rechazaban ataques con los puños, o iban en el mejor caso armados de palos y piedras en vez de fusil, y así se lanzaban al cuerpo a cuerpo contra las bayonetas prusianas.

 

El ejército ruso no conoció la fatiga ni el temor de la muerte, lo mismo defendiendo el propio territorio que sacrificándose para apoyar a sus aliados. Por ejemplo, antes de la famosa batalla del Marne, el ejército entero del general Samsómoff, con pleno conocimiento de que iba a una muerte cierta, irrumpió en la Prusia oriental a fin de atraer parte de las fuerzas enemigas de Francia al frente ruso. Los alemanes, alarmados ante este inesperado avance, redujeron sus fuerzas en el frente oeste. Los franceses obtuvieron, una victoria; pero las tropas rusas de la Prusia oriental se sacrificaron para asegurarla. Rusia se sentía llevada por lo más íntimo de su conciencia a estos sacrificios, pero en el pueblo se produjo una doble ansiedad: ¿Hacía el ejército todo lo posible? ¿Cumplían a conciencia con su deber aquellos a quienes se había confiado la responsabilidad de abastecer y armar a las tropas?. Surgieron rumores de especulación y aun de traición.  

 

Por entonces el todopoderoso staretz, protegido por una guardia de confianza, paseaba por San Petersburgo y sus alrededores. Y tan pronto como el emperador envió al gran duque Nicolás  Nicolalévich al frente del Cáucaso y se encargó del mando supremo de las fuerzas, Rasputin empezó a visitar casi a diario Tsarkoe-Selo. Allí, en compañía de la emperatriz, se ocupaba de los asuntos del Estado. Estas conferencias solían celebraras en una apartada casita que ocupaba Ana Vyróbova.

 

Ni un solo acontecimiento de importancia en el frente se decidía sin una conferencia preliminar con el staretz. Desde  Tsarkoe-Selo,  se daban las instrucciones directamente por telégrafo a los cuarteles  generales. La emperatriz apremiaba para que el emperador la tuviese informada puntualmente de la situación militar y política,  y tan pronto como recibía estas informaciones mandaba buscar a Rasputin y le comunicaba todo y le pedía consejo. Basta recordar quiénes rodeaban a Rasputin para no sorprenderse de que todos los ataques que nuestro Ejército proyectaba fueran conocidos de antemano por los alemanes, que sabían también todos los planes y cambios en las esferas militar y política.

 

Decidí no hacer caso de rumores y buscar la prueba plena de la traición de Rasputin. La oportunidad que tuve para lograrlo no se hizo esperar. Por entonces M. vivía en el Moika, cerca del palacio del gran duque Alejandro Michaelóvitch, donde yo vivía accidentalmente. Ya he dicho que éramos antiguos amigos. Solía ella invitarme a visitarla; pero yo casi nunca iba porque no quería entrar en la esfera de influencia de Rasputin, ni mucho menos que mi nombre anduviese mezclado con el de aquellos amigos suyos que constantemente se reunían en casa de la madre de M. Pero como había decidido descubrir el misterio de las acciones y el carácter de Rasputin, aproximándome a él cuanto fuera necesario, resolví aceptar las invitaciones de M.

 

Por otra parte, me resultaba interesante discutir con M. en detalle la situación de Rusia. Por consiguiente, que, conociendo su adoración por Rasputin, poco habían de pesar en mí sus opiniones; pero tenían para mí el valor de ser reproducción de las que se mantenían en Tsarkoe-Selo.

 

Por teléfono me puse de acuerdo con ella, y en el día y hora señalados llegué a casa de G.

M. me dijo que Rasputin preguntaba por mí constantemente.

 

-Tiene mucha gana de verle -me decía-. Dentro de unos días va a venir. Ya le avisaré a usted.

 

Mi conversación con ella me confirmó que Rasputin seguía gozando de la confianza ilimitada del emperador y la emperatriz y desempeñando el papel del más escuchado consejero sobre asuntos políticos y familiares. M. no perdía ocasión de volver a sus elogios. Llena de emoción me decía que el staretz sufría humildemente la calumnia y la persecución, y con estos sufrimientos redimía nuestros pecados. Sus entusiasmos me llevaron a mí a hablar de las aventuras de Rasputin.

 

-¿Cómo se explica usted—le pregunté— que hombre tan santo manche su santidad con orgías y borracheras?.

 

M., roja de indignación, me contestó con gran viveza que todo aquello eran cuentos y calumnias que inventaban la envidia y la malicia; infamias que inventaban malas gentes para hacer que este hombre inocente perdiera a los ojos del emperador y la emperatriz.

 

-Pero -contesté- debe usted saber que hay pruebas en forma de fotografías y testimonios de personas presentes que acreditan que ese hombre no es el que usted se empeña que sea. Las gitanas, por ejemplo, hablan de las visitas que les hace, de que bebe y baila con ellas. Además, muchas personas lo han visto allí. Y en el restaurante Villa Rode, adonde va con mucha frecuencia, hasta hay un reservado que lleva su nombre. ¿Cómo se explica usted todo esto?-

 

-Usted habla y cree lo que todos los demás—exclamó M. con indignación—. Sepa  que, aun si es verdad que hace esas cosas, las hace con un especial designio. Aspira a endurecerse moralmente y, resistiendo la tentación, desterrar todo bajo deseo.

 

—Y el nombrar y separar ministros, ¿es también para desterrar deseos y perfeccionar su moral?—pregunté con una sonrisa.

 

M. se indignó terriblemente y me dijo que se quejaría de mí a Gregorio Efimóvich (Rasputin.)

Me causó dolor ver a la pobre fanática creer así en la pureza e infalibilidad de aquel infame aventurero. Se negaba a aceptar mis pruebas de su depravación. Comprobé que había perdido toda independencia de criterio y que no se atrevía a mirar a su ídolo con la mirada serena de la crítica. Traté entonces de hacerle comprender desde otro punto de vista el peligro que la presencia de Rasputin era para la familia imperial.

 

—Bien—le dije—; supongamos por un momento que todo cuanto se afirma acerca de su conducta es pura invención. Pero usted no puede ignorar cuál es la opinión pública en Rusia y en toda Europa. Aquí y fuera de aquí se tiene a Rasputin por un canalla y un espía. Su proximidad al trono compromete a toda Rusia y alarma a nuestros aliados. ¿No es esta razón suficiente para que se le aparte del emperador y la emperatriz?

 

—Nadie tiene derecho de criticar las acciones del emperador ni la emperatriz. Lo que ellos hacen a nadie le importa. Están por encima de la opinión pública.

 

—Pero ¿y si suponemos -pregunté -que Gregorio Efimóvich es un arma inconsciente en manos de los enemigos de Rusia, que a través de él logran sus planes criminales para arruinarnos? Aun así, ¿considerarla usted útil su presencia en Tsarkoe-Selo? Además, usted misma me ha dicho que Gregorio Efimóvich no solamente reza y habla de religión con el emperador y la emperatriz, sino que también trata con ellos de los más importantes negocios de Estado. Usted sabe bien que no se toma una sola determinación sin que él la apruebe ni se  nombra un ministro sin su conocimiento. Fíjese en que, cualesquiera que sean sus dotes espirituales, se trata de un mujik sin talento y sin educación, que apenas sabe escribir. ¿Qué puede entender de las complicadas cuestiones de la guerra, la política y la administración?. ¿Qué consejo puede dar en estos asuntos?. Y si no es él quién da el consejo, serán otros que estén tras él y secretamente lo dirijan. Le repito que la autoridad misma del zar se compromete con que esté cerca del trono un hombre de tal reputación. El disgusto crece, la indignación es universal, y si los que están a la cabeza del Estado no lo advierten y corrigen, pueden ocurrir acontecimientos que todo lo trastornen.

 

M. me miró compasivamente y me dijo con mucha calma:

 

—Usted no conoce a Gregorio. No puede engañarse. Dios mismo le ha dado la perspicacia de leer en el entendimiento de todas las personas. Por eso se le adora en Tsarkoe-Selo y se confía en él para todo. Si no fuera por Gregorio Efimóvich hace tiempo que todo hubiese terminado.

 

Puse fin a la conversación y salí. Ya en casa, pugnaban dentro de mí las ideas a que había de atenerme para mi conducta futura. Mi conversación con M. me había afirmado en la opinión del culpable papel que Rasputin desempeñaba en Tsarkoe-Selo. Estaba claro que pretender contrarrestar su influencia con palabras no era posible. Las razones de más peso no convencían a gentes que tenían el entendimiento obscurecido. La fuerza sobrehumana de este siniestro mujik se había apoderado por completo de aquellas personas faltas de voluntad.

 

Comprendí que no podía perderse más tiempo en palabras; era necesario dejar paso a la acción enérgicamente, antes de que todo estuviera perdido.

 

 

 

 

 

CAPITULO  VI

 

INFLUENCIA DE RASPUTIN EN LA CORTE

 

 

    Pocos días después me decía M. por teléfono:

 

—Gregorio Efimóvich viene mañana. Quiere verlo a usted. El y yo le pedimos encarecidamente que no falte.  

Al recibir esta indicación me estremecí. Los medios de lograr mi designio se presentaban ante mí; pero al aceptarlos veíame obligado a engañar a una persona que me era adicta. M. no sospechaba las razones que yo podía tener para buscar y conservar el trato con Rasputin; ni debía sospecharlas, desde luego. Pero, habiendo tomado ya una resolución yo, ni podía ni quería volverme atrás.

 

Cuando al día siguiente entré en casa de G. encontré a M. y a su madre. Las dos, como durante mucho tiempo habían deseado que Rasputin y yo fuésemos amigos, mostrábanse satisfechas e interesadas ante la perspectiva de nuestra segunda entrevista.

 

Poco después llegó él. Había cambiado mucho desde que yo lo viera por primera vez. El medio en que el mujik vivía ahora, habiéndole apartado del saludable trabajo físico que le era natural y permitido pasar continuadas noches de orgía, había impreso en él la inevitable huella. Tenía la cara mofletuda, y todo su cuerpo había caído en la flojedad y la gordura fofa. Ya no vestía su chaquetón campesino, sino una blusa de seda azul pálido y ancho calzón de terciopelo. Su aspecto me produjo un profundo sentimiento de repugnancia. El, por su parte, parecía hallarse satisfecho y a gusto delante de mí.

 

Tan pronto como me hubo visto jugó rápidamente sus ojuelos grises y sonrió con dulzura al tiempo que me expresaba su satisfacción por verme de nuevo. Se vino a mí rápidamente y me abrazó. Su contacto despertó en mí sensación de hondo desagrado; paro me dominé y le dije con la mayor amabilidad que pude fingir que a mí me servía también su presencia de gran satisfacción.

 

Advertí que sus maneras con M. y su madre eran todavía más familiares que antes. Las saludaba con un golpecito en la espalda o en el  hombro, y ni aun se dignó contestar cuando le invitaron a sentarse y tomar el té. Parecía preocupado. Paseaba sin descanso la habitación, y varias veces preguntó a M. sí no habían dado para él ningún recado por teléfono. Se sentó luego a mi lado y empezó a hacerme preguntas: qué hacia, dónde servía, si partiría pronto para el frente. Su tono de protección me desesperaba; pero había de parecer amable y contestar a todas sus preguntas. M. seguía atentísima nuestra conversación.

 

Cuando Rasputin hubo satisfecho plenamente su curiosidad respecto a mí, empezó a charlar desconcertadas e incoherentes frases acerca de Dios y el amor al prójimo. Me esforcé por entender su significado, en la esperanza de descubrir algo original o  excéntrico siquiera;  pero cuando más escuchaba tanto más evidente se me hacía que estaba articulando exactamente las mismas expresiones que cuando nos vimos por primera vez cuatro años hacía. Conforme escuchaba su perorata sin sentido advertí las reverentes y atentas caras de sus admiradoras, que parecían temerosas de perder una sola sílaba de aquel desconcertado sermón que parecía tener para ellas un profundo y secreto sentido.

 

¡En qué honduras de abyección mental y moral—pensaba yo—puede caer la gente!. He aquí a este desvergonzado canalla embaucándolas, y a ellas que se niegan a ser desengañadas. Un mujik ignorante desvencijándose por los sillones de salones y palacios y escupiendo las primeras palabras que se vienen a la boca resulta para ellas algo inesperado y nuevo que excita su sistema nervioso y aun las arrastra a verdaderos éxtasis histéricos. Y este mujik no sólo juega con las debilidades femeninas, sino con el país todo; con el destino de una nación de muchos millones de habitantes, y así lleva al desastre a Rusia y a su desventurado emperador.

 

Recordé lo que el gran duque Demetrio Paulivích me había dicho acerca de las drogas con que deliberadamente iban minándose las facultades del zar, y que otros también me habían hablado de aquellas hierbas estupefactivas tibetanas. Rasputin tenía amistad con un tal Badmaev, que vivía por entonces en San Petersburgo, y que, por más que se presentaba como famoso doctor, jamás había cumplido los requisitos que las leyes rusas imponían para practicar la Medicina. Trataba a los pacientes en secreto; y como cobraba buenos honorarios por su consejo y sus medicinas (que, por descontado, él mismo preparaba), había llegado a reunir una considerable fortuna. Si Badmaev era un verdadero lama tibetano versado en todos los secretos médicos de aquel país, y que se basan en seculares estudios de las propiedades de diversas hierbas, o era sencillamente un astuto charlatán con conocimientos superficiales de Medicina, según la práctica de aquel país, es difícil de aclarar.

 

 

Su género de vida le presentaba como un típico aventurero de la más baja especie, a la caza de dinero y de influencia. Estaba en buenas relaciones con la hez de la política de San Petersburgo, como, por ejemplo, con el periodista y petardista Manusévich Manuilov y el príncipe M. M. Andrónikov, cuyas siniestras intrigas quedaron al descubierto después de la revolución. Y como no desperdiciaba medio de ganar influencia en las esferas políticas, tan pronto como Rasputin tuvo un papel principal en Tsarkoe-Selo, el aventurero tibetano se apresuró a entrar en relación con él y a hacerse el más íntimo de sus amigos. Rasputin recetó al emperador y al zarevich las hierbas que les recetó de acuerdo con Badmaev, para quien, como hemos dicho, debían de ser familiares ciertos remedios desconocidos para la ciencia europea. La idea de la pareja formada por el siniestro tibetano y el todavía más siniestro staretz despertó en mí una impresión de verdadero horror y me afirmó más todavía en mis propósitos.

 

 

Mientras yo hacia estas consideraciones, su conversación (su monólogo, mejor dicho) continuaba. Ahora sus vaporosidades religiosas habían dejado paso a un tema que le concernía más directamente. Hablaba de la injusta actitud de la gente que estaba dispuesta en contra suya, y no perdía ocasión de zaherirle y procurar desacreditarlo a los ojos del emperador y la emperatriz. Con el mayor desparpajo decía que él era un amuleto y que los que fueran sus amigos gozarían de la presencia de Dios, mientras serían castigados eternamente los que se manifestasen contra él.

 

Creí que la mejor manera de entrar en estrecha relación con Rasputin sería pedirle que me tratase, diciéndole que llevaba algún tiempo mal de salud. Se lo dije, y le añadí que me había puesto en manos de varios doctores; pero ninguno había acertado a aliviarme.

 

—Pues yo le curaré a usted—me contestó Rasputin—. Yo le curaré... ¿ Los médicos? ¿ Qué saben los médicos? Lo único que saben es llenarle a usted de medicamentos que ninguno sirve, y el enfermo, a peor. Yo sé algo mejor que eso, querido. Yo curo por los caminos de Dios y en el nombre de Dios. Para mí no existe el error. Usted lo verá por sí mismo.

 

En este momento el timbre del teléfono sonó, y Rasputin, visiblemente inquieto, interrumpió su discurso.

—Será para mí—dijo a M. como si fuera su criada—. Ve y míralo.

 

M. se levantó y obedeció Sin el menor signo de molestia por el modo en que se le había dirigido.

Era, en efecto, un recado para Rasputin. Se llegó él al aparato, habló unas palabras, y cuando volvió a nosotros mostrábase disgustado, contrariadísimo. Se despidió en silencio con una señal y salió apresuradamente.

 

Esta segunda entrevista me dejó algo perplejo respecto de mi plan; y después de pensarlo decidí no buscar yo nueva oportunidad para verle por entonces, sino esperar a que él mostrase deseos de verme a mí.  

 

Aquella misma noche, recibí una nota de M. pidiéndome perdón, en nombre de Rasputin, por haber interrumpido nuestra conversación con su brusca partida, e invitándome a volver a casa de ella en el día siguiente a la misma hora. Pedíame también, asimismo por encargo del staretz, que llevase mi guitarra; era muy aficionado a canciones gitanas, y habiendo sabido que yo cantaba algo tenía gran interés en oírme.  

 

Advertí que no me había ingeniado yo mal para interesarle, y que él tenía empeño en establecer conmigo estrecho contacto. No dudé en ir a casa de G., ya que para mi tenía gran importancia esta nueva entrevista con el staretz; así que a la hora convenida acudí llevando la guitarra. Llegué también antes que Rasputin, de lo que me aproveché para preguntar a M. por qué nuestro hombre nos había dejado tan de repente el día antes.

 

—Le llamaban para un importante asunto—me contestó—que había tomado un cariz desagradable. Pero, gracias a Dios, todo  está ya arreglado. Gregorio Efimóvich  se encolerizó, les gritó, y ellos le tomaron miedo e hicieron lo que él quería.

 

—Y eso, ¿dónde ocurrió?—pregunté.

 

 Guardó silencio. Evidentemente no quería contestar; pero yo insistí.

 

—En Tsarkoe-Selo—dijo por fin muy recelosamente—; yo no puedo decirle nada más. Usted lo oirá por sí mismo.

 

Poco después supe que el asunto que de tal modo había enojado a Rasputin fue la designación de Protopópov para ministro del Interior. La camarilla de Rasputin estaba dispuesta a que esta designación se hiciera a toda costa. El emperador se resistía. Pero Rasputin no tuvo más que ir a Tsarkoe-Selo y, según me había dicho M., “encolerizarse y gritarles” para que todo se hiciera como él quería.— ¿También usted toma parte en la designación de ministros?—pregunté a M.

 

Ella enrojeció, y me dijo visiblemente confundida:

 

—Todos ayudamos a Gregorio Efimóvich en lo que podemos. Naturalmente, a él, le es difícil arreglarlo todo solo. Tiene mucho que hacer. Se le debe ayudar. En este punto llegó Rasputin. Estaba comunicativo y de excelente humor.

 

—Perdone, querido, por lo de ayer—me dijo—. Son cosas que no pueden remediarse. Los malos deben sufrir castigo. ¡Y han surgido tantos en estos últimos tiempos!

 

Luego, volviéndose a M., continuó:

 

—Ya lo he puesto todo en orden. Tenía que ir yo mismo. La primera persona que me encontré fue Annushka (1). No hizo más que jipar y llorar: “Todo se ha perdido”, decía. ¡Usted es la única esperanza, Gregorio Efimóvich! ¡Gracias a Dios que ha venido!” Entré. Me la encontré a la zarina enfadada y triste, mientras el zar paseaba a zancadas la habitación silbando. Pero cuando di unas voces se tranquilizaron. Y tan pronto como les amenacé con marcharme inmediatamente se entregaron y cedieron por completo. Parece que alguien les había dicho que “aquello estaba mal”, y ya está: “Aquello estaba mal.” Pero ¿qué entienden ellos (el zar y la zarina) de esas cosas? ¡Si me hicieran a mi más caso! Yo ya sé que él es, un buen hombre y cree en Dios, y eso es todo lo que importa.

 

Rasputin nos envolvió en una de aquellas miradas resplandecientes de confianza que le eran tan características, y luego; Volviéndose a M., le dijo: —Ahora, a tomar el té. ¿ Cómo es que no te ocupas de nosotros?.

 

Pasamos al comedor. M. nos sirvió el té  y ofreció a Rasputin todas las variedades imaginables de conservas y pasteles.

 

-Aquí tiene usted una chica encantadora—me decía—. Siempre está pensando en mí y hace todo lo que yo quiero... ¿Se ha traído usted la guitarra?

 

—Sí, aquí la tengo.

 

—Bueno, pues cante usted algo y nosotros nos sentaremos a escucharle.

 

Me costó gran esfuerzo cantar delante de él; pero tomé la guitarra y entoné unas canciones de gitanos. Aprobó:

 

- ¡Qué bien canta usted! ¡Pone usted el alma en ello..., toda el alma! Cante algo más. Entoné otras canciones, tristes unas, alegres otras, y al término de cada una Rasputin me insistía en que continuase. Por fin, cuando ya di el cantar por terminado, le dije: - ¿Le gusta a usted cómo canto? ¡Pues si supiera usted lo deprimido y cansado que me siento!. Me parece estar lleno de energía y ser capaz de un trabajo rudo; pero luego no puedo. En seguida, me canso y me fatigo. Ya le dije a usted, ¿verdad?, que me había sometido a un tratamiento de varios doctores.

 

—Yo le curo a usted en un instante—me contestó—. Véngase usted ahora mismo conmigo a ver a las gitanas y acabaremos en seguida con esa enfermedad.

 

—He estado ya; pero no parece que me haya servido de mejoría.

 

Rasputin se echó a reír.

 

- ¡Ah, pero es que ir conmigo, querido, es una cosa muy distinta! Conmigo es mucho más divertido, todo es mucho mejor.

 

Y empezó a referirnos con gran suma de detalles cómo eran sus cantos y sus bailes con las gitanas. M. y su madre denotaban sorpresa y confusión ante el candor del santo staretz

 

—No le crea usted— me decían—. Se está burlando de nosotras. Se está rebajando intencionadamente.

Esta tentativa de proteger su reputación le encendió en cólera. Dió un formidable puñetazo sobre la mesa y habló a las dos mujeres en tan ásperos términos que madre e hija quedaron mudas in continenti. Luego siguió, volviéndose de nuevo hacía mi:

 

—Conque, ¿qué me dice? ¿Viene usted conmigo?. Le digo que yo lo curo a usted. Ya lo verá. Lo curo y me quedará usted muy agradecido. ¡Sí, hombre! Además, nos llevaremos también a ésta—dijo señalando a la hija. M. enrojeció hasta saltarle la sangre. Su madre, en extrema confusión, aventuró unos reproches—Gregorio Efimóvich, ¿qué le pasa a usted? ¿Por qué se rebaja así y quiere también arrastrar a mi hija? ¿Qué tiene ella que hacer allí? Ella acude a usted para rezar, y usted quiere llevarla con las gitanas. Esta no es manera de entenderse.

 

- ¡Cómo!—exclamó Rasputin mirándola enfurecido—. Tú sabes perfectamente que todo el mundo puede ir a todas partes conmigo. No hay pecado en ello. ¡Qué es lo que te has atrevido a pensar!

 

Y volviéndose a mí continuó:

 

— ¡No le haga usted caso, querido! Haga usted lo que yo y todo saldrá bien.

Su invitación a visitar a las gitanas no me agradaba en lo más mínimo; pero como no pedía tampoco negarme abiertamente busqué la contestación evasiva de recordarle que perteneciendo yo al Corps des Pages no podía frecuentar tales sitios.

 

Pero Rasputin insistió y me aseguró que me disfrazaría de modo que no podría reconocerme el más avisado. Rehusé nuevamente, pero prometiendo telefonearle aquella misma noche algo más tarde.

No había duda de que yo le había interesado, porque al separarnos me dijo:

 

—Quiero ser amigo de usted..., mucho más amigo de usted. Venga a tomar el té conmigo un día. Pero avísemelo antes.

 

Estuvo buen espacio dándome golpecitos en el hombro y repitiendo:

 

- ¡No es usted ningún tonto, no!. ¡Es usted hombre listo!... ¡Y con qué alma cauta usted! ¡Con qué sentimiento!

 

Al volver a casa me encontré al capitán Sukotin esperando impaciente mi regreso de casa de G.

Mi segunda entrevista con Rasputin había avivado mi esperanza de contraer con él trato suficientemente estrecho para llevar a cabo nuestro propósito. Pero ¡cuánto me costaba llevarlo a cabo por tales medios!  

 

Mis últimas entrevistas habíanme dejado un amargo sabor de contaminación. Se me aparecía monstruosa la adoración que aquellas admiradoras histéricas sentían por el rudo e insolente mujik, y en la última visita me había causado desagradable sorpresa la indicación de que no podía acompañarle en aquellas abominables orgías. No podía apartar de mi la perturbadora noción de que no había limite para la influencia de aquel miserable sobre los débiles caracteres que se le habían sometido.

 

Aquella noche telefoneé al staretz y le dije que no podía ir con él a casa de las gitanas porque en breve había de sufrir un examen en el Corps des Pages y necesitaba prepararme adecuadamente. En realidad, esta preparación me llevaba bastante tiempo, razón por la cual estuve mucho sin volver a ver a Rasputin.

 

 

 

 

CAPITULO  VII

 

 

EN CASA DE RASPUTIN, ME CONVENZO DE SU PODER

   

 

Un día, al pasar frente a casa de G., de vuelta del Corps des Pages, me encontré a M., que me paró y dijo:

 

—Debía darle a usted vergüenza. Todo este tiempo lleva Gregorio Efimóvich esperando que vaya usted a verle, y usted le tiene olvidado. Pero si va usted por fin, él le perdonará. Yo voy a visitarle mañana. ¿Vamos juntos?.

 

Convinimos en que sí, y al día siguiente, a la hora señalada, fui con un coche a recoger a M. Me preocupaba la idea de que ella visitase a las gitanas en compañía de Rasputin, y yendo en el coche le pregunté:

 

- ¿Qué significa eso de que Gregorio Efimóvich ofrezca llevarla a usted con las gitanas de Novaya Derevnia?

 

Muy confusa, M. no me díó una respuesta directa. Advertí que la conversación sobre qué punto le era en extremo desagradable, y renuncié a. seguirla. Al llegar a la Fontanka, me pidió mi acompañante que detuviese el coche y que dijese al chauffer que nos esperara a la vuelta de la esquina. Me explicó que no era posible visitar a Rasputin descubiertamente. Lo vigilaba una Policía secreta que tomaba los nombres o las señas de sus visitantes. Sabía M. el horror que a mi familia inspiraba el staretz, y se aprovechaba de él para conseguir que mi trato con Rasputin se mantuviese en el secreto. Llegamos a la casa número 64 de la calle de Gorojovaía, cruzamos el patio, y por la escalera de servicio subimos al piso de Rasputin. Mientras subíamos me dijo M. que la Policía estaba en la escalera principal, y que la formaban hombres designados por el primer ministro en persona y también por el ministro del Interior, y aun por ciertos bancos, no sabía exactamente cuáles.

 

 Hizo, sonar el timbre. Rasputin. mismo abrió la puerta, que estaba cerrada cuidadosamente con llave y una cadena. Entramos en una cocina pequeña, llena de cestas y de toda clase de repuestos y provisiones. Había sentada junto a la ventana una muchacha delgada y pálida con una extraña mirada vaga en sus grandes ojos negros.

 

Rasputin llevaba una blusa de seda azul pálido bordada de flores silvestres y unos pantalones anchos cogidos con las botas altas. Tan pronto como me hubo visto exclamó:

 

- ¿Por fin viene usted? Ya empezaba a echarle mala fama. Llevamos esperándole no sé ya cuántos días.

De la cocina pasamos a la alcoba, pequeña y amueblada sencillamente. En un rincón, pegada a la pared, una cama estrecha sobre la cual había una cubierta da piel de zorro, regalo de Vyróbova. Cerca, un gran arcén. En el rincón opuesto colgaban unas estampas de santos con lámparas encendidas delante. Y por las paredes retratos del zar y la zarina y unos malos grabados en madera representando escenas de las Escrituras.

 

Desde la alcoba nos llevó Rasputin al comedor, donde ya estaba el té servido. Ya estaba hirviendo el samovar. Sobre la mesa, vasos, fuentes de mermeladas y frutas y muchos platos con bollos, bizcochos, dulces y nueces. En medio, una cesta de flores. Los muebles eran de caoba maciza: sillas de alto respaldo y un enorme aparador. Por las paredes, unos óleos mal hechos, y sobre la mesa, un candelabro de bronce con una gran pantalla de cristal. Cerca de la puerta que llevaba al vestíbulo  habla un teléfono. Desde luego, el comedor era el cuarto de recepción de Rasputin y aquel en que pasaba la mayor parte del tiempo cuando estaba en casa.

 

Nos sentamos, y Rasputin nos sirvió el té. La conversación tardaba en anudarse. Advertí en el staretz una actitud suspicaz o quizá fuese que le molestaba el continuo llamar del teléfono, que interrumpía nuestra conversación siempre que iba a tomar forma.

 

M. mostrábase muy inquieta. Levantábase de la mesa, paseaba y volvía a sentarse.

Pero el teléfono no era el único origen de interrupción. Varias veces llamaron a

Rasputin a una habitación contigua que servía de despacho y donde había esperándole varias personas con diferentes fines. Todas aquellas llamadas lo impacientaban y le irritaban. Estaba nervioso y malhumorado. Durante una de estas ausencias de comedor entraron una gran cesta de flores con una esquelita clavada en ella.

 

—¿Son para Gregorio Efimóvich?—pregunté a M., que asintió.

 

Volvió Rasputin, sin hacer caso del regalo se sentó cerca de mí y me sirvió:

 

—Gregorio Efimóvich—le dije—, la gente le manda a usted flores como si fuera una prima donna. .Se echó a reír y dijo:

 

—¡Idiotas!... ¡No me dejan en paz!. Me traen flores recién cortadas todos los días. Como saben que me gustan... Y ahora, tú —dijo volviéndose a M.—, vete al otro cuarto. Tengo que echar un párrafo con él.

M. se levantó con timidez y salió.

 

Cuando nos quedamos solos Rasputin se me acercó más y me cogió una mano.

 

—Bueno, querido—me dijo en tono cariñoso—. ¿Le gusta mi casa? Venga por aquí más a. menudo. Lo pasará usted muy bien.

 

Me dio un golpecito en el brazo y se quedó mirándome fijamente a los ojos.

 

—No tenga miedo de mi—dijo insinuante—. Cuando me conozca usted mejor ya verá qué clase de hombre soy. Lo puedo todo. Si el zar y la zarina me obedecen es seguro que usted pueda. He de verlos pronto, y les diré que ha venido usted a tomar el té conmigo. Se alegrarán mucho.

 

Aquello que me decía no me satisfizo lo más mínimo. Sabía que la emperatriz diría inmediatamente a Vyróbova que yo había ido a casa de Rasputin y que Vyróbova sospecharía de mi amistad con el staretz, ya que me había oído hablar de él repetidamente en los más condenatorios términos.

 

—No, Gregorio Efimóvich—le dije—. No hable de mí en Tsarkoe—Selo. Cuanta menos gente sepa que he estado aquí, mejor. Habría habladurías. Podría llegar a oídos de mi familia, y aborrezco las escenas y los disgustos domésticos.

 

Rasputin se mostró de acuerdo y pro­metió no decir nada. Nuestra conversación recayó en la política. El empezó a censurar la Duma.

 

—Allí siempre están hablando mal de mí, y el emperador se enfada. Pero, bueno; poco va a durarles la murmuración. Voy a disolver la Duma y a enviar al frente a todos los diputados Así aprenderán y se acordarán de mí.

 

—Pero, Gregorio Efimóvich, ¿en realidad usted puede disolver la Duma? ¿Cómo es posible?

 

—¡Bah!... Lo más sencillo, querido. Decídase usted a conocerme mejor y a ayudarme y lo sabrá usted todo. Pero ahora mismo voy a decirle ya una cosa: le emperatriz es una gobernante verdaderamente sabia. Con ella yo lo puedo todo, hago lo que quiero. Ahora, en cuanto a  él..., ¡Bueno!, es una criatura de Dios. ¡Vaya un emperador que tienen ustedes!. Debía estar jugando con los chicos o trabajando en una huerta, no gobernando un pueblo. Es demasiado difícil para él y por eso yo le ayudo con la bendición de Dios.  

 

Me hervía la sangre oyendo el desdén con que aquel desvergonzado mujik y ladrón de caballos hablaba del emperador de Rusia.; pero me dominé, y con toda calma indiqué a Rasputin que quizá el emperador fuese alguna vez engañado por los que le rodeaban; que posiblemente en medio de las influencias de Tsarkoe-Selo, no siempre sabría si los consejos que le daban para lograr determinado fin eran buenos o eran malos.

 

Rasputin sonrió indulgente:                                         

                                                                                   

                                                                                  -

— ¿Quiere usted enseñar a Dios lo que tiene que hacer? ¿Es que no me ha enviado a mi Dios para ayudar a Su Majestad?... Sin mí estaría perdido sin remedio. Yo no me ando por las ramas: si no quieren hacer lo que les digo, doy un puñetazo en la mesa, me levanto y me voy. Y entonces salen a buscarme y me suplican:

“No se vaya. Gregorio Efimóvich le obedeceremos en todo, con tal de que se esté usted con nosotros.” De manera que ya ve usted, querido, cómo me quieren y me respetan. El otro día les dije que había que dar a cierto hombre determinado puesto. Se resistieron. Tuve que amenazarlos con marcharme. “Está bien -dije- me voy e Siberia, y entonces se vendrá abajo todo y seréis la causa de la muerte de vuestro hijo. Si volvéis la espalda a Dios, os dais de cara con el diablo”. Y se hizo todo, querido. Desde luego, que andan por Tsarkoe-Selo muñecos de todas clases, murmurando que Gregorio Efimóvich es un mal hombre. ¡Pero a mí qué! Ellos, el emperador y la emperatriz, son buenos y temerosos de Dios.

 

— ¿Pero, Gregorio Efimóvich, no es bastante que el emperador y la emperatriz le quieran a usted? - dije

 

 

 —. Usted no ignora lo que la gente dice de usted, y esos cuentos son creídos no sólo en Rusia, sino también en el extranjero. Los periódicos de fuera hablan de usted. Y a mí me parece que sí usted realmente quiere al emperador y la emperatriz les haría un favor dejándolos y volviéndose a su casa de Siberia. Sí algún día. Puede estallar la violencia y ¿qué ocurrirá entonces?

 

—No, querido. Usted no sabe nada, porque si no, no hablaría de ese modo—contestó Rasputin - El Señor no permitirá que eso ocurra. Si ha sido su voluntad juntarnos, será porque fuese necesario, y lo que digan esas comadres o lo que se escriba en periódicos extranjeros déjelo estar; peor para ellos.  

 

Rasputin se había levantado y recorría la habitación con paso nervioso. Lo miré atentamente. Estaba preocupado. De pronto se volvió hacía mí, e inclinándose acercó su cara a la mía y me miró con penetrantes ojos. Su mirada me estremeció. Habla en ella, evidentemente, una extraña fuerza. Sin quitar sus ojos de los míos me dio un golpecito en la espalda, y con una sonrisa y voz dulce e insinuante me preguntó si no tomaría una copa de vino. Asentí. Sacó una botella de Madera, llenó un vaso para él y otro para mí y bebió a ml salud.

 

— ¿Cuándo volverá usted por aquí?—me preguntó.

 

Pero en este momento entró M. y le recordó que ya era la hora de ir a Tsarkoe-Selo y que el coche le esperaba.

 

— Con la charla se me ha ido que estaban esperándome esos. Bueno, no importa; no es la primera vez. A veces llaman y llaman al teléfono para que vaya, y yo no voy. De pronto me presento inesperadamente, y es de ver lo contentos que se ponen. Me toman más cariño todavía. Luego, dirigiéndose a mí, dijo:

 

—Bueno, adiós, querido.

 

Y enseguida, cambiando una mirada con M., agregó al tiempo que me apuntaba con el dedo:

 

— Es listo, hará carrera sino lo estropean. Si me hace caso a mí... todo irá bien. ¿No es verdad que sí?. Explícaselo todo para que lo comprenda bien. ¡Adiós! ¡Adiós! Que venga usted prontito.

Y me dio un abrazo.

 

Cuando él hubo salido, M. y yo salimos por el mismo sitio por donde habíamos entrado. Ya. en la calle de Gorojovaya seguimos a. la Fontanka, donde nos esperaba el coche. En el camino hacia casa M. volvió a hablarme de Rasputin con el tono y con los extremos que acostumbraba:

 

¿Verdad que, en su presencia se olvida uno de todo lo del mundo?.

 

Asentí, pero dije:

 

—Yo creo que Gregorio Efimóvich debe salir de San Petersburgo lo antes posible.

 

  ¿Por qué ?—preguntó.

 

— Porque, de otro modo, acabarán matándolo. Estoy convencido, y se lo advierto a usted para que influya sobre él todo lo posible en este sentido.

 

— ¡No! ¡No! exclamó aterrorizada —.. ¡Dios no nos lo quitará! ¿No ve usted que es nuestro consuelo y nuestra ayuda? La emperatriz sabe que mientras Gregorio Efimóvich esté aquí no le ocurrirá al zarevich nada malo, y que caerá enfermo tan pronto como él se vaya. Ya ha ocurrido, y ha tenido que volver Gregorio Efimóvich. Tan pronto como él vuelve el nido empieza a mejorar. El mismo Gregorio Efimóvich ha dicho: “Si me matan a mi, el zarevich morirá.”. Ya se ha atentado varias veces contra su vida, y Dios lo ha salvado, y ahora se le guarda tan bien que no hay por qué abrigar el más ligero temor. Se afirmó más en mí la idea de que era necesario, recurriendo a lo que fuese, librar a Rusia de aquel genio del mal.

 

 

 

 

CAPITULO  VIII

 

 

RASPUTIN TRATA DE SOMETERME
A SU INFLUENCIA HIPNÓTICA
 

 

Me llevaban mucho tiempo mis deberes militares; así que cuando salía del Corps des Pages me iba a casa completamente agotado. Pero no había tiempo que perder. Era necesario llevar a cabo la tarea que nos hablamos impuesto.

 

Aún se me representa el estado de asombro a que quedó reducido después de mi primera visita al número 46 de la calle de Gorojovaía. Rasputin se había apoderado de mi, como una pesadilla. Estudiando el caso llegué a la conclusión de que su influencia ilimitada en altas esferas, la adoración que le tributaban mujeres histéricas, las continuas orgías y su vida de degeneración y lujo habían apagado en él las últimas chispas de conciencia. Astuto y observador, poseía a no dudar un gran poder hipnótico. Mirándole de cerca, la persona menos supersticiosa  sentía que había en él facultades satánicas. Más de una vez, al mirarle fijamente a los ojos, se me impuso la idea de que, además de todos sus vicios, residía en él alguna especie de demonio, y que con frecuencia procedía inconscientemente, como un poseído.

 

Este frenesí daba a sus palabras y a sus actos cierta singular autoridad; de tal modo, que las personas de escasa fuerza de voluntad y entendimiento no tardaban en caer bajo su influencia. Su posición de amigo y consejero intimo de la familia del Zar aumentaba su influencia hipnótica, particularmente entre aquellos inclinados a dejarse impresionar por la aureola de poder que gracias a aquellas circunstancias le rodeaban.  

 

Pero ¿qué gentes invisibles eran las que guiaban su conducta y lo explotaban a él en su propio provecho? Los verdaderos propósitos que tuvieran eran para él mismo, probablemente, desconocidos. Siempre que hablaba de estos personajes misteriosos les llamaba los “zeleni” (verde en ruso “zelenemki” es el diminutivo de la misma palabra empleado por Rasputin para designar personas de menos categoría). Es lo probable que ni siquiera los hubiese visto nunca, sino que se comunicase con ellos por tercera o cuarta mediación.

 

 

Recuerdo que me dijo una vez:

 

Los zeleni viven en Suecia. Cuando vaya usted allí ya los verá.

 

Y en Rusia, ¿hay algunos zeleni?—pregunté.

 

—No. No hay más que zelenenki, sus amigos y nuestros. Y todos son personas muy listas—replicó.

Así reflexionaba yo sobre aquellos misterios (probablemente más complicados de lo que el mismo Rasputin pensaba), mientras esperaba la ofrecida llamada telefónica de M.., que me llamó por fin y me dijo que Rasputin quería llevarme a casa de las gitanas.

 

Había yo conseguido resistir sus primeras invitaciones en este sentido, y con la esperanza de evadir esta otra apelé a la misma excusa, los exámenes en el Corps des Pages, y agregué que si Gregorio Efimóvich quería yerme yo iría a tomar el té con él. En consecuencia, convinimos que al día siguiente iría yo a casa de M., como la vez anterior, y juntos iríamos ella y yo a casa de Rasputin.

 

 Resultó mi segunda visita más interesante aún que había sido la primera. Estuvimos solos casi todo el tiempo. Mostró hacia mí Rasputin las mejores disposiciones, y yo le recordé la promesa de aconsejarme a propósito de mi salud.

 

—Yo le curo a usted en unos días. Ahora mismo va usted a ver. Entre en mi despacho, donde nadie nos molestará. Tomaremos primero el té, y enseguida, con la ayuda de Dios, empezaremos. Yo rezaré y desterraré su enfermedad. Usted no tiene sino que escuchar lo que voy a decir, y todo saldrá bien.  

Cuando hubimos tomado el té me llevó al despacho. Era la primera vez que entraba en él. Se trataba de una habitación reducida, amueblada con un canapé y unos sillones de gutapercha y una enorme mesa de escritorio abrumada de papeles.

 

El staretz me dijo que me acostase en el canapé. Se colocó frente a mí, me miró intensamente a los ojos y empezó a golpearme levemente el pecho, el cuello y la cabeza. De pronto cayó de rodillas y, según me pareció, empezó a rezar, teniéndome las manos puestas sobre la frente. Había doblado tanto la cabeza que yo no le veía la cara. En esta posición se estuvo buen espacio de tiempo, hasta que de pronto se puso en pie de un salto y comenzó a hacer pases magnéticos. Evidentemente estaba familiarizado con ciertos procedimientos para hipnotizar.

 

Su poder hipnótico era inmenso. Sentí que me subyugaba, y una sensación de calor me recorrió todo el cuerpo. Quedé aturdido y como paralizado. Quise hablar, pero no me obedecía la lengua y me sentía por momentos caer en sopor, como bajo la influencia de un enérgico narcótico. Los ojos de Rasputin brillaban ante mí con luz fosforescente; de ellos partían dos rayos luminosos que acababan confundiéndose en un circulo de claridad. Este círculo ya avanzaba hacía mi, ya se apartaba. Cuando se me aproximaba apréciame empezar a distinguir los ojos del staretz, para desvanecerse de nuevo en el círculo, según volvía a retroceder.

 

Yo tenía conciencia de que Rasputin estaba hablando, aunque no llegaba a distinguir las palabras, y oía solamente como un vago rumor. En esta posición permanecí inmóvil, por no poder moverme, y sin po­der hablar tampoco. Pero conservaba libertad de entendimiento y me di cuenta de cómo iba cayendo gradualmente bajo el poder de aquel hombre siniestro y misterioso.

 

Pero luego sentí que mi propia fuerza interior iba despertándose, y por sí misma resistiendo a las manipulaciones hipnóticas. Esta fuerza fue robusteciéndose en mi interior y envolvió todo mi ser como en una invisible armadura. Flotaba en mi conciencia la idea vaga de estar librándose una formidable lucha entre Rasputin y yo, y de que en mi propia personalidad le hacía imposible llegar a dominarme por completo. Probé a mover una mano y advertí que no podía. Pero no quise cambiar de postura y esperé a que Rasputin me dijera que lo hiciese. Ya podía distinguir claramente su figura, su cara y sus ojos. El círculo terrible había desaparecido por completo.

 

—Bien, querido; ya es bastante para la primera vez—me dijo.

 

Me miraba con fija atención; pero indudablemente sólo alcanzaba a descubrir un aspecto de mis sensaciones; mi resistencia a la práctica hipnótica se le escapaba. Había en su rostro una sonrisa de íntima satisfacción, y me hablaba con el tono seguro de una persona persuadida de su entero dominio sobre otra. Tenía por descontado que me había subyugado por completo, y que, en adelante podía contarme entre sus más sumisos servidores.

 

Me cogió del brazo con brusco movimiento. Me puse en píe; sentíame débil y aturdido. Haciendo un esfuerzo me levanté del canapé y di unos pasos por el cuarto. Me parecía como si tuviera las piernas paralizadas y se negaran a obedecerme bien Rasputin no perdía movimiento mío.

 

—Esto es la gracia de Dios—decía—. Ahora, enseguida, verá usted cómo le alcanza su bendición y aparta de usted toda causa de enfermedad.

 

Nos despedimos no sin que antes me hubiera exigido la promesa de volver a verle muy pronto.

 

 

 

 

CAPITULO  IX

   

                              LOS PROPÓSITOS DE PAZ SEPARADA CON ALEMANIA

 

   

Después de esta sesión de hipnotismo volví, en efecto, a visitarle frecuentemente, unas veces con M. y otras solo. Continué el tratamiento, y por días, aumentaba la confianza que él tenía en mí.

 

A veces sosteníamos largas conversaciones Me consideraba como su verdadero amigo. Estaba firmemente convencido de que yo creía en su divina misión, y contaba con mi cooperación y apoyo incondicional. De manera que no consideraba necesario medir conmigo sus palabras, y una por una fue poniendo ante mi todas las cartas boca arriba. Tenía tal fe en el poder de su influencia sobre las gentes que jamás se le cruz6 la idea de que yo no estuviese completamente sometido a su voluntad.

 

—Es usted un chico listo—me dijo en  una ocasión—. Da gusto hablar con usted. Se da usted cuenta enseguida de todo. Pídalo, y le hago a usted ministro.

 

Estas palabras me produjeron gran asombro. Advertí por ellas lo fácil que era para aquel hombre conseguirlo todo, y pensé en el escándalo que podía producirse por ello.

 

—Yo le ayudaré a usted con mucho gusto; pero no me haga ministro—le contesté con una sonrisa.

 

— ¿De qué se ríe usted?—me preguntó—. ¿Es que no cree usted que puedo hacerlo?. Pues si puedo. Lo puedo todo, todo lo que quiero y todo el mundo me obedece. Si no, ahora verá usted; usted va a ser ministro.

 

Su tono serio y resuelto aumentó mí turbación. Se me representó el asombro universal que produciría ver tal noticia en los periódicos.

 

- ¡Gregorio Efimóvich, por el amor de Dios, no lo haga!—le supliqué—. ¡Figúrese! ¿Cómo es posible que yo sea ministro? Y, por otra parte, ¿qué necesidad tengo de serlo?. Tanto mejor si puedo ayudarle a usted sin que nadie lo sepa.

 

—Está bien. Como usted quiera—convino finalmente—. Pero no crea usted que hay mucha gente que haga lo que usted. No dejan de pedir: “Arrégleme usted esto, arregleme usted lo otro.” Todos quieren algo.

 

— ¿Y cómo se las arregla usted para satisfacerles a todos?—pregunté.

 

—Se los mando a los ministros y hasta les doy una nota para alguien que esté en condiciones de arreglar las cosas. Y a veces los mando directamente a. Tsarkoe-Selo. Así es como me las arreglo.

 

— ¿Y todos los ministros hacen lo que usted les dice?

 

— ¡Todos! — exclamó’ Rasputin—. ¡Pues claro! ¿Cómo no han de hacerlo si los he nombrado yo? Saben muy bien que si se cruzan en mi camino, tanto peor para ellos. Ni el mismo primer ministro se atreve a ponerse frente a mí. Bien pocos días hace que por conducto de un amigo suyo me ofreció cincuenta mil rublos si me avenía a reemplazar a Protopópov. El pobre tiene miedo de ponérseme delante. Por eso me manda amigos en vez de venir él. Pues, ¿y Kvostov?. Andaba como un perrito detrás de mí, y tan pronto como le nombré se atrevió a volvérseme. Lo eché, desde luego, como merecía, Y ahora se da cuenta de su error, y bien arrepentido está. Y así todos –agregó-  Rasputin después de una corta pausa—. Usted juzgará por sí mismo. La emperatriz es amiga mía. ¿Qué van a hacer ellos sino obedecerme? Todos, todos ellos me tienen miedo. No tengo más que dar un buen puñetazo sobre una mesa y se acabó todo.

 

Y al decir esto se miraba la mano encallecida y poderosa, no sin visibles asomos de orgullo.

 

—Es la única manera de tratar con vuestros aristócratas—decía poniendo una especie de retintín en la pronunciación de esta palabra—. No pueden sufrir el verme andar por Palacio con mis botas campesinas. Su principal defecto es lo orgullosos que son. El orgullo es el origen de todos nuestros pecados. Si quiere usted ser grato a Dios, antes que nada mate su orgullo.

 

Se echó a reír cínicamente Rasputin y pasó a explicar cómo era posible matar el propio orgullo. Yo le escuchaba con horror; pero guardaba silencio temiendo que cualquier pregunta o comentario interrumpiese su relación monstruosa y totalmente inadecuada para la publicación. Estaba, desde luego, algo bebido, y se entregaba a la locuacidad de la borrachera. Se echó otro vaso de Madera y siguió después de haber carraspeado:

 

—Dios me ha dado tal energía que no hay nada imposible para mí. Un día de éstos le llevaré a usted a ver a Badmaiev. Yo le diré lo que tiene que hacer, y llegará usted a ser tan fuerte como yo. Badmaiev tiene todas las medicinas que usted necesita; es el doctor que a usted le conviene. Botkin y Berevenkie no saben una palabra. Escriben unas letrujas en pedazos de papel y suponen que el paciente se pone mejor, mientras se está poniendo peor en realidad. Las medicinas de Badmaiev son las de la Naturaleza misma. Proceden de bosques y montañas y las planta Dios mismo, y está en ellas la bendición de Dios.

 

Aquí interrumpí yo:

 

— ¿Y por qué al emperador y al zarevích no se les trata con esas medicinas?

 

  ¿Cómo que no se les trata con esas medicinas? Claro que se les trata. Ella y Annushka están en el asunto. Tienen miedo de que Botkin lo descubra, y yo les digo: “Si uno de los doctores de Palacio descubre estos medicamentos míos, el paciente no se pondrá mejor, sino mucho peor.” Así ellas tienen buen cuidado y hacen todo disimuladamente.

 

— ¿Qué clase de medicinas da usted al emperador y al zarevich?

 

—De varias clases, de varias clases. A él, le damos a beber té, y a través de este té baja sobre él la bendición de Dios, que llena de paz su alma. Y todo le sale bien y se siente feliz. Y, después de todo, él no es zar ni emperador: es un alma de Dios. Espere usted un poco y ya verá cómo se arreglan las cosas de un modo por completo diferente.

 

— ¿De qué está usted hablando, Gregorio Elfimóvich? ¿Qué es lo que se va a arreglar de un modo diferente?

- ¡Hombre, pregunta usted demasiado!

 

- Quiere usted saberlo todo, ¿verdad?. Pues espere usted. Ya irá sabiendo las cosas a su tiempo.

Nunca había yo visto a Rasputin tan comunicativo. El vino le había soltado la lengua. No hubiera yo querido por nada del mundo perder la oportunidad de sacar al criminal staretz todos los detalles posibles de su plan diabólico. Le animé a seguir bebiendo. Buen espacio estuvimos llenando en silencio una y otra vez los vasos, cuyo contenido apuraba Rasputin de un trago, mientras yo me llevaba el vaso a los labios y volvía a dejarlo sobre la mesa, ocultándolo tras un frutero que había entre nosotros dos; así que Rasputin era solo a beber. Cuando hubimos agotado una botella de Madera se levantó, y titubeando, se llegó al aparador por otra. Yo seguí llenando su vaso y haciendo como que llenaba el mío. Luego, con las necesarias precauciones, reanudé la conversación en el punto en que la habíamos dejado:

 

—Gregorio Elfimóvich,  ¿recuerda usted que hace tiempo me dijo un día que quería que yo le ayudase? Pues estoy dispuesto. Pero claro que si he de servir para algo tendrá usted que explicarme sus planes. Por ejemplo, ahora acaba usted de decir que “las cosas se van a arreglar de un modo por completo diferente”, y yo no sé por qué ni cómo.

 

Rasputin me miró como escudriñándome, con los ojos medio cerrados, y por un momento se quedó pensativo.

 

—Pues lo que va a ocurrir es esto—dijo al cabo—. Ya se ha combatido bastante, ya se ha sangrado bastante; ya es tiempo de que se acabe todo esto. ¿No son los alemanes nuestros hermanos?.  Nuestro Señor dijo: “Ama a tu enemigo como a tu hermano.” ¿Qué clase de amor es éste?. El no cede una pulgada, y hasta él muestra gran terquedad en este aspecto. Alguien hay que los aconseja mal y a quien ellos dan oídos. Pero, en fin, eso es lo mismo. El día que yo les diga que hagan una cosa y vean que estoy de verdad decidido a que la hagan, pues la harán, y todo arreglado. Si no que todavía no ha llegado el momento.

 

 

Cuando se arregle todo haremos a Alejandra regente durante la minoría de su hijo, y a él le mandaremos a Livadia a descansar. ¡Qué! ¿Es que no le irá bien hacerse jardinero una temporada? Está destrozado; le conviene descansar. Y fíjese usted, allá, en Livadia, entre flores, más cerca de Dios. Y allí podrá rezar mucho, rezar por la guerra, por todo lo que ha costado. Una vida entera rezando sería poco para borrar todo eso. Si no hubiera sido por esa maldita mujer (1) que me clavó un cuchillo yo hubiera estado en mi lugar y no hubiera permitido que llegara ese derramamiento de sangre. Pero como yo no estaba, vuestros condenados Sazónovs y otros como ellos le dieron al asunto el giro que les convino. Y mire el daño que han hecho. La emperatriz es una gobernante sabia, una segunda Catalina. Ella es la que lleva algún tiempo gobernando sola; y fíjese usted cómo todo va mejor. Ha prometido deshacerse de todos los charlatanes antes que nada. ¡Vayan todos al diablo!

 

Se han atrevido a ir contra la voluntad del Señor. Pero poco vamos a tardar en darles en la cabeza. Y al que se meta conmigo, al final acabará yéndole peor.

 

Rasputin se encendía más y más. Borracho del vino y de sus planes, parecía habérsele borrado la precaución de ocultarme cosa ninguna.

 

—Ahora soy una bestia perseguida; todos quieren clavarme los dientes. Y yo tengo atenazada la garganta a todos vuestros aristócratas. El pueblo es diferente: me respeta porque soy un campesino—un campesino con mis ropas aldeanas y mis botas sucias—, y yo he conseguido elevarme a consejero del zar y de la zarina. Es la voluntad de Dios. El Señor me ha dado la facultad de leer los más íntimos pensamientos de los hombres. Hace poco, precisamente, el general Russki me mandó a unos. Yo no me anduve por las ramas. Les pregunté: ‘¿A qué venís?  Y dije: “Bueno, bueno; prometo arreglarlo. Es un buen hombre. “Andan conmigo a vueltas para conseguir la liberación de los judíos. Bueno, ¿y qué? ¿Por qué no he de hacerlo? No son distintos de nosotros... Todos somos hijos de Dios. Ya ve usted cuánto hay por hacer.

 

 

Y no tengo a nadie que me ayude. Tengo que hacerlo todo yo mismo, y uno no puede estar a la vez en todas partes. Usted tiene talento y usted me ayudará. Yo le presentaré a usted a la gente que convenga, y puede usted hacer su negocio... Y eso que creo que no necesita usted dinero. Me parece que es usted más rico que el mismo emperador... Pero, en fin, puede usted darlo a los pobres. A nadie le amarga un dulce.  

El discurso de Rasputin fue interrumpido por una llamada al timbre. El se estremeció. Evidentemente esperaba alguna visita, y arrastrado por la conversación había llegado a olvidarlo. Se acordaba ahora, y parecía ansioso de que el recién llegado no me hallare con él.

 

Se levantó de la mesa casi de un salto, me llevó al despacho y se salió de él apresuradamente. Oí sus pasos rápidos e inciertos en el hall. Tropezó con algo que derribó, al tiempo que lanzaba una maldición. Las piernas casi se negaban a sostenerlo; pero conservaba la cabeza firme. Me maravillé de la resistencia de aquel hombre.

 

Me llegaron desde el hall las voces de los nuevos visitantes. Parecía que eran varios. Entraron en el comedor. Yo me acerqué a la puerta del despacho que comunicaba con el hall y escuché; pero la conversación, mantenida en voz muy baja, era casi imposible de seguir. Con la mayor precaución abrí la puerta un par de pulgadas, de modo que podía ver el comedor a través del hall, porque las puertas de uno y otro estaban abiertas. Rasputin se había sentado a la mesa como cuando había estado hablando conmigo. Otros cinco hombres estaban sentados cerca de él, y otros dos en pie detrás de su silla. Varios de ellos escribían rápidamente en sus libros de notas. Examiné con gran cuidado y curiosidad aquellos visitantes misteriosos. Su aspecto era de todo punto desagradable. Cuatro tenían inconfundible apariencia de judíos. Los otros tres tenían entre un extraño parecido: de pelo rubio, cara roja y ojos pequeños. Me parecía recordar que a alguno de ellos lo había visto en alguna parte; pero no pude precisar dónde. Algunos se habían sentado con los abrigos puestos.

 

Rasputin, en presencia suya, había cambiado completamente. Derrumbado sobre la silla en descuidada e indolente actitud, se les dirigía con aire de manifiesta importancia.

 

El grupo hacia el efecto de una reunión de conspiradores. Los reunidos escribían, cuchicheaban unos con otros y leían papeles diversos.

 

Me pasó como un relámpago por la imaginación: ¿serían aquellos los zelenenki de que había hablado Rasputin?

 

Recordando todo lo que éste me había dicho, no ofrecía duda para mí de que me hallaba en presencia de una reunión de espías. En aquel cuarto, con la Imagen del Salvador en un rincón y los retratos de los zares en la pared, parecía estar decidiéndose la suerte de una nación de muchos millones de habitantes... Quizá no sólo la suerte del pueblo ruso, sino la del mundo todo.

 

Me entró ansia de abandonar aquella casa siniestra lo antes posible; pero el despacho de Rasputin tenía sólo una salida, y era imposible salir de él sin que lo advirtiesen. Después de lo que me pareció una eternidad, volvió Rasputin a mi lado con expresión de hombre complacidísimo y satisfecho. Me costó trabajo dominar el sentimiento de repugnancia que me inspiraba aquel miserable. Apresuradamente me despedí de él y salí.

 

 

 

 

CAPITULO  X

 

 

CONCERTAMOS EL PLAN PARA HACER

DESAPARECER A RASPUTIN

 

 

 

Nuestro primer plan de matar a tiros a Rasputin en su propia casa parecía impracticable a causa de la influencia que hubiera podido tener en el país. La guerra estaba más empeñada que nunca, el Ejército preparaba una ofensiva y las masas podían interpretar el asesinato de Rasputin como una demostración contra el zar y su familia. No era el momento de procedimientos claros. Por el contrario, me parecía lo conveniente que Rasputin desapareciese de modo que nadie supiera cómo, y que los responsables de la desaparición quedaran en el misterio.

 

Recordando que Purishkévich y Maklakov habían denunciado en la Duma con gran vehemencia lo que ocurría con Rasputin, creí que aprobarían mis intenciones y creí oportuno pedirles consejo. Primero hablé en su propia casa con Maklakov, que evitó una respuesta concreta. Se veía que interiormente aprobaba mi plan; pero, o por falta de confianza en mí, o por miedo de comprometerse en un asunto peligroso, su actitud era tal que no merecía la pena de contar con él. A Purishkévich lo vi a la mañana siguiente, y mi entrevista con él fue de muy distinta índole. Apenas le hube hablado de Rasputin y de mi intención de deshacernos de él cuando exclamó con gran viveza y entusiasmo:

 

— ¡Pero si llevo yo mucho tiempo pensando en eso! Desde luego estoy dispuesto a ayudarle a usted con toda mi alma; pero la cosa no es tan fácil como usted cree. No hay modo de acercarse a Rasputin sin pasar por una verdadera muralla de empleados y espías qué le rodean.

 

Le expliqué que yo estaba en contacto con el staretz y le hablé del gran duque Demetrio Paulóvich y del capitán Sukhotin. El se mostró conforme con mi opinión de hacer desaparecer a Rasputin secretamente.  

 

Al día siguiente sé reunían conmigo en mi casa el gran duque Demetrio Paulóvich y el capitán Sukhotin. Después de madura discusión llegamos a estas conclusiones:

 

Debíamos deshacernos de Rasputin por medio del veneno, por ser el que dejaría menos huella.

Se daría a su muerte el aspecto de una desaparición súbita, guardándola en el mayor secreto.

Se escogió mi casa de la Moika como sitio en que llevar a cabo el proyecto. Precisamente estaban preparando y decorando para mí unas habitaciones que servirían perfectamente a nuestro propósito. Mi trato con Rasputin me proporcionaría oportunidad de persuadirle a que me visitara.

 

Este punto me produjo gran contrariedad. La idea de invitar a un hombre a mi casa con la intención de matarlo me horrorizaba. Pero se trataba del destino de Rusia y había que dejar aparte los sentimientos de naturaleza personal.

 

Purishkévich propuso un quinto cómplice: el doctor Lazovert, que servía en su destacamento. Se aceptó.  

 

En la segunda reunión convinimos el plan al detalle. Yo seguiría visitando a Rasputin y aprovechando toda circunstancia para acrecentar la confianza que en mí tenía; un día le invitaría a ir a mi casa en condiciones que su visita pudiera quedar en secreto absoluto.

 

El día que Rasputin hubiera de ir, iría yo a buscarlo a media noche y lo llevaría a la Moika en un coche que condujese el doctor Lazovert.

 

Cuando Rasputin estuviera tomando el té yo le administraría una solución de cianuro de potasio que causarla su muerte instantánea. Meteríamos el cadáver en un saco, lo sacaríamos de la ciudad y lo tiraríamos al agua. Para esto hacía falta un coche cerrado, y el gran duque Demetrio Paulóvich ofreció el suyo, lo que tenía particular importancia, ya que la. bandera del gran duque que llevaba el coche nos aseguraría contra toda sospecha.

 

Mientras Rasputin estuviera en mi casa yo debía estar solo con él. Los demás aguardarían en una habitación contigua, de modo que pudiesen acudir en mi ayuda en caso de necesidad.

 

Cualquiera que fuese el resultado de nuestro proyecto debíamos negar a toda costa nuestra complicidad en la. muerte de Rasputin o en el atentado contra su vida.

 

El plan se pondría en marcha a mediados dc diciembre, pues teniendo que marchar al frente el gran duque Demetrio Paulóvich y Purishkévich, no podrían volver a San Petersburgo hasta entonces.

 

 

 

 

CAPITULO  XI

   

EL PRIMER PASO HACIA LA MUERTE

 

 

 

Seguía yo dedicado, a mis estudios militares en el Corps des Pages, instruido por el coronel Fogel.

Ni éste, ni ninguna de las otras perso­nas con quienes me relacionaba sospechaban que mientras dedicaba aparente atención a los estudios, en realidad mis pensamientos discurrían por otros caminos.

 

Se acercaba el día señalado. Yo solía ir a ver a Rasputin de vez en cuando, para conservar el trato con él. La repulsión que este personaje me inspiraba crecía con la necesidad de visitarle y hablarle. Cada vez que entraba en su casa y veíame por él saludado en la seguridad completa de que yo era, por lo menos, su fiel aliado—si no es ya que me tenía  por su mejor amigo y su más ferviente admirador—, sentía disgusto de mí mismo.

 

Una de estas visitas fue pocos días antes del regreso del gran duque Demetrio Paulóvich y de Purishkévich a San Petersburgo. Rasputin estaba de muy buen humor. Yo le pregunté:

 

— ¿Cómo es que está usted tan contento?

 

—Me han salido bien unos asuntillos. Ya no tendremos que esperar mucho. Va a llegar la nuestra.

 

— ¿Y de qué se trata?—inquirí.

 

— ¿De qué se trata, de qué se trata? —repetía con acentuada mimesis—. Tiene, usted miedo de mí; ha dejado usted de venir a verme. Tengo una porción de cosas, interesantes que contarle... Pero no quiero,  porque tiene usted miedo de mí. Tiene usted miedo de todo. Si no fuese usted como es, yo le diría.

 

Le expliqué que habla estado preparando los exámenes en el Corps des Pages, y que la única razón de no haber ido a verle había sido no tener un momento disponible.

 

El seguía repitiendo:

 

— ¡Ya, ya! Tiene usted miedo de mí. Su familia no quiere que usted venga. Su madre es uña y carne de Lizbeth (Gran Duquesa Isabel Feodórovna.) Ninguna de las dos piensa más que en echarme a mí. Pero me parece que no van a poder. No se les hace ningún caso. En Tsarkoe-Selo a quien quieren es a mí; y cuanto peor hablan de mí me quieren más.

 

—Pero, Gregorio Efimóvich — repuse—, usted en Tsarkoe-Selo se conduce de modo por, completo diferente. Allí no habla usted más que de Dios, y por eso tienen fe en usted.

 

— ¿Y por qué no había de hablarles de Dios, querido? Son gentes temerosas de Dios y gustan que se les hable de El. Lo comprenden y lo olvidan todo, y me estiman. Y todo lo que la gente diga contra mí es gana de gastar saliva. No lo creerán. Yo les digo muchas veces: “La gente me persigue y me calumnia; pero recordad cómo se persiguió a Cristo y cómo El sufrió por la verdad.” Y ellos oyen lo que todo el mundo les quiere decir, pero pro­ceden por su cuenta, como su conciencia les dicta. Con EL a veces es difícil la cosa.  

 

Cuando se aparta un poco de su casa empieza a dar oídas a la gente mala. Ultimamente he tenido con él una desagradable escena. “Ya ha habido bastante matanza”— le he dicho—. Rusos, alemanes, franceses, todos somos hermanos. Y esta guerra es un castigo de Dios por nuestros pecados”. Pero no pasarnos de ahí. Es terco. No hay manera de sacarle de que “le daría vergüenza firmar la paz”. “¿ Y por qué vergüenza si salvaba a sus hermanos? Millones de hombres van a morir. Ya lo verá. Pero ella es una gobernante buena y sabia. ¿El qué entiende? No es ése su camino. Es un alma de Dios: eso es lo que es.

 

—La única cosa que temo—seguía Rasputin—es que NicoIai Nicolaievich  descubra todo y lo eche a rodar. El no quiere más que seguir la guerra y que maten gente sin saber por qué ni para qué. Pero ahora está lejos y no puede alcanzarnos. Para eso lo mandé allá: para que no pudiera meterse en nada ni crearnos dificultades.

 

—Pero a mí me parece que fue un gran error—dije—reemplazar al gran duque Nicolai Nicolaievich. Rusia entera adoraba en él.

 

—Pues por eso precisamente lo he hecho. Estaba demasiado alto y apuntaba demasiado lejos. La emperatriz se dio cuenta en seguida del lado de que soplaba el viento.

 

—Eso no es cierto, Gregorio Efimóvich. El gran duque Nicolai Nicolaievich no es hombre de esa índole. No tenía ulteriores propósitos; no hacía más que cumplir su deber con Rusia y con el zar. Desde que se le destituyó ha ido de mal en peor todo. Fue una equivocación privar al Ejército de su querido caudillo en momento tan crítico.

 

- Bien. No quiera usted pasarse de listo. Si se hizo sería porque había que hacerlo y porque era lo mejor.  

 

Rasputin se puso en pie y empezó a pasear por la habitación en actitud pensativa y hablando para sí. De pronto se paró, y enseguida se vino a mí rápidamente y brusco me cogió un brazo. En sus ojos centelleaba una extraña luz.

 

- ¡Venga conmigo a ver a las gitanas! —dijo—, Si viene usted se lo diré todo, hasta los más pequeños detalles.

 

Yo accedí; pero en aquel mismo momento sonó el timbre del teléfono. Llamaban a Rasputin a Tsarkoe-Selo. Aprovechando que nuestra conversación se había interrumpido, le indiqué el gusto que yo tendría en que dentro de unos días viniera a pasar una velada a mi casa. Precisamente había él mostrado deseo de conocer a ml mujer, y habiéndole yo dicho que ella estaba en San Petersburgo y mis padres todavía en Crimea, acogió con gran satisfacción la invitación que yo le hacía. La verdad era que mi mujer no estaba aún en San Petersburgo; seguía en Crimea con mis padres; pero supuse que diciendo a Rasputin que se le brindaba ocasión de conocerla aceptaría más seguramente la invitación. Y con esto nos despedimos.

 

Pocos días después volvieron del frente el gran duque Demetrio Paulóvich y Purishkevich. Después de varias entrevistas decidimos que yo invitara a. Rasputin a mi casa de la Moika el 16 de diciembre.

Le llamé por teléfono y le pregunté si le iba bien ese día. Aceptó a condición de que yo fuera a recogerlo y lo acompañase después a su casa. Además me advirtió que subiera a su piso por la escalera trasera; él avisaría al dvornic (el sereno) un amigo suyo iría a verle a las doce de la noche. Tomaba estas precauciones con la intención de salir de casa sin que se advirtiera.

 

Me sorprendió y no dejó de complacerme la facilidad con que había accedido a todo. Parecía como si él mismo quisiera ayudarnos en la difícil tarea que nos habíamos propuesto.

 

 

 

.

 

 

 

 

CAPITULO  XII

   

PREPARATIVOS. EL VENENO

 

 

 

Se acercaba el día señalado. Dije al Gran Duque Demetrio Paulóvich que determinase el lugar del Neva en que hubiéramos de arrojar el cuerpo de Rasputin. El Gran Duque dedicó varias horas aquella misma noche a buscar ese sitio. Cuando volvió charlamos largo rato. Me habló de su reciente visita al Zar. Se mostraba muy impresionado de lo aventajado y enfermo y de lo apático e indiferente que había encontrado al emperador. Sus palabras me trajeron a la memoria en tropel todo lo que había oído de Rasputin. Se me representaba Rusia al borde de un negro abismo y estos pensamientos me afirmaban en la justicia de nuestra determinación.

 

El 16 de diciembre de 1916, estuve todo el día muy atareado con la preparación de los exámenes en el Corps des Pages, que eran al día siguiente.

 

Por la mañana, en un intervalo, estuve en la casa de la Moika para dar algunas últimas instrucciones. La habitación en que íbamos a recibir a Rasputin por la noche estaba en los sótanos de la casa y acabábamos de decorarla. Debía disponerse todo de manera que produjese la impresión de que estaba abierta al uso diario, pues de otro modo Rasputin hubiera entrado en sospecha. Al llegar encontr6 que estaban poniendo las alfombras y las cortinas. Todavía no había muebles, y yo mismo subí y escogí los que me parecieron más convenientes.

 

La recién decorada habitación había formado parte de la bodega. Durante el día era una cámara sombría y triste, con su suelo de granito, sus muros de piedra oscura y su techo bajo y abovedado. Dos ventanitas estrechas al nivel de la tierra se abrían al exterior. Un arco dividía la habitación en dos partes, una de las cuales era reducida más bien, mientras la otra, espaciosa, podía utilizarse como comedor. La puerta de entrada, situada en la parte más estrecha, se abría a una escalera de caracol, en cuyo primer rellano había una puerta que daba al patio. Más arriba estaba mi despacho.

 

De modo que había que entrar a estas habitaciones por su parte más reducida. Allí pusimos dos grandes ánforas chinas de porcelana roja, que, en contraste con las sombrías paredes, resultaban de bellísimo efecto. Encargué que bajaran unos muebles antiguos, y empezamos a arreglar el comedor. Así podría pintar todo el cuadro sin dejarme el más insignificante detalle. Sillas de cuero, otras de caoba con altos respaldos, aparadores cuajados de cajones y anaqueles, unas mesitas con juguetes de marfil y objetos de arte italiano; un aparador laberinto de espejos y columnas de bronces, y sobre el cual había un crucifijo italiano de cristal de roca y plata del siglo XVII.

 

Había en el comedor una gran chimenea de granito rojo, y sobre ella unas tazas y unos platos de mayólica y unas figurillas talladas en ébano. Cubría el suelo gran alfombra persa, y delante del laberíntico aparador hablamos puesto una piel de oso blanco. En medio de la habitación colocamos la mesa en que Rasputin había de beber su muerte. A arreglar la casa me ayudaron el ama de llaves y mi ayuda de cámara Iván, a quienes encargué que para las once de la noche tuvieran dispuesta cena para. seis personas. Les advertí que hubiera buen golpe de bizcochos y pasteles y se sacara vino en abundancia de la bodega. Les añadí también que esperaba visita, y que ellos, tan pronto como dejasen preparado el servicio, se retiraran a sus habitaciones hasta que yo los llamara.

 

Hechos estos preparativos, subí a mi despacho, donde el coronel Fogel me esperaba ya. Trabajé con él hasta las seis, y luego me dispuse a marchar al palacio del Gran Duque Alejandro Micailóvich, donde yo residía durante el desbarajuste que había caído sobre mi casa. Pero de pronto me asaltó un terrible deseo de ir a visitar le imagen de la Virgen de la catedral de Kazan. Al entrar en el templo experimenté una sensación de felicidad que no puede expresarse con palabras. Bajo sus bóvedas nacieron en mí emociones que nunca había tenido.

 

Llegué al centro de la catedral y allí quedé en pie, traspasado por su calma y su majestuosa belleza. Me parecía como si viese todas las cosas con nuevos ojos. De lejos me llegaban ecos de cantos. En una de las capillas laterales se celebraba un servicio en acción de gracias y en otra una misa de réquiem. Llegué ante la Imagen de Nuestra Señora de Kazan y cal de rodillas. Parecíame estar soñando, no estar ya en la tierra, que mi alma, absorbida por el rezo, había abandonado mi cuerpo, que yo no me sentía ya.

 

Por fin me puse en pie y fui hacia la salida. A. la puerta un monje vendía imágenes y cirios. Me acerqué y le compré una imagen de Nuestra Señora de Kazan, de la que no me he separado desde entonces.  

 

Marché al palacio del gran duque Alejandro Micailóvich. Jamás en mi vida me había sentido tan feliz ni tan fuerte. Me acometía el deseo de parar a las gentes por la calle y preguntarles si alguna congoja les atormentaba el alma o tenían algún deseo en el corazón. Me sentía capaz de consolar y socorrer al mundo todo.

 

Al llegar al palacio pude darme cuenta de que había estado en la catedral casi dos horas. Ya habían levantado los manteles. Comí un poco y volví en seguida a mi casa de la Moika.

 

A las once todo estaba listo. Sobre la mesa, pastelería abundante y variada, teniendo en cuenta la gran afición de Rasputin. Sobre uno de los aparadores, una bandeja con botellas y copas.

Estando todavía solo en la casa dirigí unas ojeadas últimas a la habitación y los preparativos. Linternas antiguas con cristales de diversos colores iluminaban desde lo alto la habitación; las recias cortinas rojas estaban corridas; en la gran chimenea de granito ardía el fuego, y los troncos crepitaban y lanzaban chispas al pavimento de piedra. La mucha luz quitaba su habitual aspecto triste a aquella cámara semisubterránea. La quietud, el silencio, daban como un tono de misterio y apartamiento del mundo. Parecía que lo que allí ocurriese quedaría para siempre oculto a los ojos de los mortales y enterrado en el si1encio de aquellos muros de piedra.

 

Sonó un timbre. Deduje que hablan llegado el gran duque Demetrio Paulóvich y los demás comprometidos en la empresa. Les salí al encuentro. Aparentemente estaban todos de buen humor; pero era de notar que hablaban en voz alta con exceso, y que su alegría no era espontánea, como si el sistema nervioso no les obedeciera bien.

 

Entramos en el comedor. El modo en que se había dispuesto impresionó profundamente a mis amigos, en particular al gran duque Demetrio Paulóvich, que lo había visitado antes, cuando nada estaba acabado todavía. Se sentaron en silencio y así estuvieron buen espacio, como si examinaran lo que había de ser teatro del cercano acontecimiento.Yo tomé del aparador la caja en que estaba el veneno, y de la mesa un plato de pasteles en que había seis, tres bañados con chocolate y tres con helado de almendra.

 

El doctor Lazovert se puso unos guantes de goma y sacó los cristales de cianuro de potasio. Los trituró, y quitando la capa superior de los pasteles de chocolate espolvoreó el interior con buena dosis del veneno y después volvió a ponerlos como estaban. Los demás seguíamos sus movimientos con la más despierta atención. Un emocionante silencio reinaba en la estancia.

 

Sólo faltaba echar una parte de los cristales pulverizados en los vasos. Resolvimos hacerlo lo más a última hora posible, por miedo de que el veneno perdiese eficacia con la evaporación. La cantidad de veneno aplicada en total fue enorme. El doctor nos aseguró que era en grandísimas proporciones superior a la necesaria para producir la muerte.

 

Para dar a todo aspecto de naturalidad era conveniente que hubiese sobre la mesa unas tazas en que ya se hubiera echado té, de modo que pareciese que algunos de nosotros acabábamos de tomarlo. Había yo explicado a Rasputin que cuando teníamos virita servíamos el té en el comedor de abajo, y que después que los demás habían subido a las otras habitaciones yo solía quedarme abajo leyendo un rato.

 

Desordenamos ligeramente la mesa y la habitación, separando las sillas y vertiendo un poco de té en las tazas. Habíamos convenido el gran duque Demetrio Paulóvich, Sukhotin y Purishkévich que a los diez minutos de separarme yo de ellos, entrarían en mi despacho y tocarían en el gramófono las piezas más alegres y divertidas que pudiesen encontrar. Mi objeto era tener a Rasputin de buen humor y desterrar de su mente cualquier desconfianza o presentimiento; porque no llegaba yo a dominar el temor de que la situación semisubterránea de las habitaciones no despertase en él alguna sospecha.

 

Ya tomadas estas disposiciones y hechos estos preparativos, el doctor Lazovert y yo

salimos del aposento. El se vistió ropas de chauffeur y salió a disponer el coche que aguardaba a la entrada del patio, mientras yo me ponía un amplio abrigo de pieles y una gorra de piel también, con orejeras, que me permitía esconder la cara.

 

Nos metimos en el coche y partimos. En mi cabeza se arremolinaban los pensamientos. Sólo me sustentaban mis esperanzas para el futuro. En los pocos minutos que duró mi ida a casa de Rasputin viví una vida entera de emociones.

 

 

 

 

CAPITULO  XIII

 

 

EN  MI  CASA
 

 

 

Detuvimos el vehículo ante el número 64 de la calle Gorojovaia. Al entrar en el portal me llamó la atención el policía secreta:

 

— ¿Qué desea usted?

 

Al saber que quería ver a Gregorio Efimóvich no se avenía a dejarme pasar, e insistía en que le diera mi nombre y alguna razón de por qué iba a visitarlo a hora tan tardía.

 

Le repliqué que Gregorio Efimóvich mismo me había dicho que fuese a aquella hora y qué subiese por escalera posterior. El policía secreta me miró con desconfianza, pero me permitió pasar.

La escalera estaba oscura y yo no llevaba cerillas. Me costó gran trabajo encontrar la puerta del piso de Rasputin; pero por fin la encontré. Llamé y me contestó su voz desde detrás de la puerta cerrada:

 

— ¿Quién va?

 

Yo me estremecí.

 

— ¡Gregorio Efimóvich, soy yo! Vengo a buscarlo—Contesté.

 

Lo sentí ir y venir. La puerta estaba cerrada con cadena y cerrojo y me produjo desagradable impresión oírlos chirriar.

 

Abrió Rasputin la puerta y entré en la cocina. Aun estando a oscuras noté que alguien estaba mirándome desde la habita­ción contigua. Instintivamente me subí el cuello y me calé la gorra.

 

- ¿Por qué se tapa usted de ese modo?—preguntó Rasputin.

 

- ¿No habíamos quedado en que no lo sabría nadie?—pregunté a mi vez.

 

—Así ha sido. A nadie se lo he dicho, y he despachado a todos los tainiki (agentes de policía secreta). Entre usted. En seguida estoy.

 

Pasamos a su alcoba, parcialmente iluminada por una lamparilla que había en el rincón delante de las imágenes. Rasputin aplicó una cerilla a una vela. Advertí que la cama. estaba deshecha. Evidentemente acababa de levantarse. En el suelo había unas pantuflas de fieltro.

 

Rasputin estaba vestido con una blusa de seda blanca bordada con flores y rematada y guarnecida con un grueso cordón grosella; anchos calzones de terciopelo negro y botas altas recién limpias. Tenía el pelo y la. barba cuidadosamente peinados y alisados, y al acercárseme noté fuerte olor a jabón perfumado.

 

 

 Indudablemente había puesto este día especial, cuidado en su toilette. Yo no lo había visto nunca tan limpio y atildado.

 

—Bueno, Gregorio Efimóvich. Creo que ya, es hora de que nos marchemos, Es cerca de la una.

 

—¿Y qué?—pregunté—. ¿Vamos a ver a las gitanas?

 

—¡Hombre, no sé! ¡Quizá!...—le contesté.

 

—¿Y en su casa de usted no habrá esta noche ninguna persona especial?—dijo luego con un dejo de inquietud en la voz.

 

Le aseguré que no encontraría persona ninguna que pudiera serle desagradable, y que mi madre seguía en Crimea.

 

—No me es simpática su madre, y ella no puede sufrirme a mí. Ya lo sé, ya lo sé. Es muy amiga de Lisbeth. Las dos andan poniéndome cepos y difamándome. La misma emperatriz me ha dicho muchas ve­ces que son mis peores enemigas.

 

- ¿Y sabe usted?—afirmó de pronto, luego de una pequeña pausa—. Protoppoff ha venido aquí esta noche y me ha hecho prometerle no salir de casa durante unos días. “Quieren matarlo a Usted”, me ha dicho. “Malas gentes están conspirando contra usted"» ¡Bueno, que conspiren! No conseguirán nada. Sus armas no tienen bastante alcance para mí.

 

— ¿A qué hablar de tales cosas?, Vámonos.

 

Cogí su abrigo de la cómoda sobre que estaba y le ayudé a ponérselo.

 

—Dinero, se me olvida el dinero—dijo.

 

Y rápidamente se llegó a la cómoda y abrió un cajón.

 

Yo me acerqué, miré y descubrí buen número de paquetes envueltos en periódicos.

 

—Por supuesto, ¿no será todo eso dinero?—pregunté.

 

—Pues claro que lo es. Me lo han traído hoy—contestó sin recelo.

 

— ¿Quién se lo ha traído a usted?

 

—Personas de varias clases. He arreglado un asuntillo, y en prueba de gratitud han hecho esta donación a la. Iglesia.

 

— ¡Debe de haber ahí una buena cantidad!

 

- No me he molestado en contarla. ¿Para qué? No tengo tiempo. No soy banquero. Eso es cosa de Mitka Rubinstein (conocido banquero de San Petersburgo). Tiene dinero a espuertas. Además, si he de decirle a usted la verdad, no tengo por qué contarlo. Les digo: “Traigan cincuenta mil, o si no me enfadaré con ustedes”. Y lo mandan. A. veces mandan más. ¿Para qué voy a contarlo? Va a ser un buen regalo de boda para mi hermana, que se casa un día de éstos con un oficial que tiene cuatro cruces de San Jorge (alta condecoración militar). Se las merece. Y le aguarda una buena carrera. Ella me ha ofrecido protegerle.

 

— ¡Pero Gregorio Efimóvich! ¿No decía usted que este dinero era una donación para la Iglesia?

 

—Bueno, ¿Y qué? ¿Qué tiene esto de extraño? El matrimonio es de Dios, ¿verdad? El Señor mismo le ha dado su bendición en Galilea. Y en cuanto al destino que se le da al dinero, ¿A El qué más le da?

 

No pude evitar reírme de la ingenua insolencia con que Rasputin interpretaba las palabras de las Sagradas Escrituras.

 

Tomó Rasputin algún dinero del cajón y cerró éste cuidadosamente. Apagó la vela, y la habitación volvió a quedar en semioscuridad, iluminada sólo por la lamparilla que ardía ante la imagen.

 

Me asaltó de pronto un sentimiento de infinita piedad hacia aquel hombre. Me repugnaba y me avergonzaba pensar en los viles procedimientos que ponía en juego para arrastrarlo a mi casa. Allí estaba mi víctima, sin sospechar nada, confiada en mí. Un profundo desprecio por mí mismo me atenazó. Me preguntaba cómo podía haberme decidido a cometer tan odioso crimen. Un instante más que me hubiese durado aquel estado de ánimo, y hubiera caído de rodillas ante él confesándoselo todo y suplicándole que me perdonara. Estuve al borde de hacerlo. Pero en aquel momento preciso me aconteció mirar a la imagen iluminada por la llama de la lamparilla. Desde su marco de oro y plata mirábanme los santos con severidad y parecían decirme: “Aparta de ti las dudas. Acuérdate de todo el mal que ha hecho.”

 

Ví con los ojos de la imaginación con deslumbradora claridad la vida toda de Rasputin, episodio por episodio. Todos mis cargos de conciencia, todos mis remordimientos se desvanecieron y dejaron sitio a la firme resolución de poner término a la obra que había emprendido.

 

No dudé más. Salí a oscuras y Rasputin cerró la puerta tras de sí. La cerradura chirrió de nuevo escandalosamente. Nos quedamos en total oscuridad. Sentí en el brazo sus dedazos al tiempo que le oía decir:

 

—Así vamos mejor.

 

La tenaza de su mano me quemó. Sentí el deseo de apartarla con una sacudida, pero pude reprimirme. No recuerdo lo que él me hablaba ni lo que le contestaba yo. Lo único que ansiaba era salir lo antes posible, ver la luz, no sentir la presión de aquella mano.

 

Conforme íbamos bajando dominé la impresión de horror y me volvieron la frialdad y la calma.

 

Nos metimos en el coche. Miré por la ventanilla trasera para ver si nos seguían. No se veía a nadie. Fuimos a la Moika dando un rodeo, y llegados que fuimos, entramos en el patio y nos detuvimos ante la puerta.  

 

Al entrar oí las voces de mis amigos y que el gramófono tocaba una canción popular americana. Rarputin se detuvo a escuchar:

 

— ¿Qué es eso? ¿Hay reunión?

 

—No. Mi mujer y unos amigos. Ellos se marcharán pronto, y entre tanto pasaremos nosotros al comedor a tomar un té.

 

Bajamos la escalera y entramos en la estancia. Rasputin se quitó su abrigo de pieles y examinó con curiosidad la habitación y el moblaje. Le gustó con extremo el aparador. Como un chico divertíase mirándolo de un lado y de otro, abriendo y cerrando las puertecillas y curioseando el interior. Con gran disgusto mío rehusó al principio el té y el vino que le ofrecía.

 

¿Sospechará algo?”, me pregunté con asombro. Pero al mismo tiempo en aquel punto decidí que en ningún caso saldría de la casa vivo.

 

 

 

 

 

CAPITULO XIV

 

EL VENENO NO HACE EFECTO

 

 

En aquel improvisado comedor de la Moika nos sentamos a la mesa, frente a frente, Rasputin y yo, y entablamos conversación. Primero hablábamos de amigos que de los dos lo eran, como G. y Vyróbova, y luego la conversación recayó en Tsarkoe-Selo.

 

—Gregorio Efimóvich, ¿a qué fue a verle a usted Protopópov? ¿Sigue temiendo un complot contra usted?—le pregunté.

 

—Si—arguyó Rasputin— Para mucha gente soy un estorbo, porque digo siempre la verdad. Vuestros aristócratas no se hacen a la idea de ver a un pobre mujik yendo y viniendo por los palacios. Todo es murmuración, envidia y malicia. Pero ¿por qué he de temeros? ¿Qué daño pueden hacerme? Yo estoy a prueba de malas voluntades. Más de uno ha intentado algo contra mí; pero el Señor ha aniquilado sus designios. Mire, Kvostov intentó algo y fue castigado y perdió su puesto. No se atreven ni a tocarme. Ya saben que de ello no les puede parar, más que perjuicio.

 

Es difícil explicar como sonaban aquellas palabras de Rasputin en la misma habitación donde, según designio, había de darle muerte. Pero nada podía hacerme desmayar. En el curso de aquella conversación sólo una idea dirigía mí voluntad: hacerle beber en los vasos y comer los pasteles envenenados.

 

Pasado un rato, agotados los tópicos de conversación, pidió té. Le eché una taza y le acerqué una bandeja de pasteles. Sin que pueda explicar por qué, le ofrecí pasteles que no estaban envenenados. Fue algún tiempo después cuando tomé la bandeja de los que lo estaban y se la puse al lado.

 

Al principio rehusó:

 

—No quiero. Son demasiado dulces.                             

                                                                                        

Sin embargo, comió uno, y después otro. Yo, sin mover un músculo, le miraba tomarlos y comerlos.

Pensábamos que el cianuro había de producirle efecto inmediato. Pero, con el mayor asombro mío, Rasputin siguió charlando conmigo como si no le pasara nada absolutamente.

 

Entonces le brindé que probase los vinos de Crimea de mi bodega. Nuevamente rehusó.

El tiempo pasaba. Yo empezaba a impacientarme. Llené dos vasos, uno para él y otro para mí. Le puse el suyo delante y bebí en el mío, con la intención de que él siguiera mi ejemplo.

 

Bueno, lo probaremos—dijo Rasputin alargando la mano para tomar su vaso.

 

El vino no estaba envenenado. No podría explicar tampoco por qué le había servido el vino en un vaso sin envenenar.

 

Bebió con gusto manifiesto, alabó el vino y me preguntó si teníamos mucha cosecha en Crimea. Al decirle yo que allí mismo, en la casa, teníamos la bodega llena, se mostró maravillado. Empezó a animarse.

 

—Deme un poco de Madera - me dijo.

 

Me levanté a coger otro vaso, pero él protestó:

 

—En éste, en este mismo.

 

- ¡Cómo, Gregorio Efimóvich! ¿Va usted a mezclar vino tinto con Madera?

 

—No importa. ¡Sírvame en éste le digo!. No tuve más remedio que acceder. Pero me las ingenié para, simulando un accidente, tirar el vaso al suelo, donde se hizo añicos, y escanciarle vino en uno de los vasos en que había cianuro.

 

Rasputin, que ya empezaba a tener caliente la boca, no objetó más. Yo, frente a él, espiaba cada uno de sus movimientos, esperando que cada uno de sus instantes fuera el último.

 

Pero él bebió despacio, saboreando varías veces el licor con ese paladeo que suelen poner los buenos catadores. Su faz no se alteró; sin embargo, de vez en cuando se llevaba la mano a la garganta como si experimentara alguna dificultad para tragar. Por lo demás, su aspecto era normal completamente. Se levantó y estuvo paseando por la habitación, y al preguntarle yo si le pasaba algo contestó con sencillez:

 

— ¡Oh, no, nada! Un poco de irritación en la garganta.

 

Hubo una pausa que puso a prueba mis nervios.

 

- ¡Buen Madera, buen Madera! Écheme más—dijo Rasputin alargándome el vaso.

 

El veneno seguía sin hacer efecto. El staretz paseaba por el comedor. Yo, dejando a un lado el vaso que él me alargaba, cogí de la bandeja otro de los envenenados, lo llené y se lo di.

 

Lo vació de un trago. Y el veneno seguía sin producir efecto. Quedaba un tercero y último vaso.

 

Desesperado, empecé a beber yo, para inducirle a que él siguiera bebiendo. Ahora estábamos sentados uno frente a otro. El me miraba con maliciosa sonrisa. Parecía como si quisiera decirme: “Ya ve usted. Es inútil. No puede hacerme daño ninguno”. ¡De repente cambió su expresión por la de un diabólico aborrecimiento. Nunca me había inspirado su fisonomía tanto horror. Sentí un indescriptible deseo de abalanzarme a él y estrangularlo. Me daba la impresión de que él sabía para lo que le había llevado allí y lo que quería hacer con. él. Una mortal lucha a muerte muda parecía haberse planteado entre los dos.

 

Yo me sentía paralizado. Un momento más y hubiera sucumbido. Advertí que, mirado por aquellos ojos satánicos, empezabas a perder el dominio de mí mismo. Una extraña sensación de pesadez se apoderó de mí. Se me iba la cabeza y caí en un semidesmayo que me privaba de la vista. No sé el tiempo que esto duró... Rasputin seguía en la misma posición; apoyaba en las manos la cabeza inclinada. Yo no le veía los ojos. Recuperé mi presencia de ánimo y le ofrecí té.

 

— Bueno, deme una taza. Tengo mucha sed—contestó con voz débil. Levantó la cabeza. Tenía los ojos como nublados y parecía que trataba de esquivar mi mirada.

 

 Mientras yo le echaba el té dio un paseo por la habitación. Tropezaron sus ojos con la guitarra colgada en la estancia. —Toque usted algo—me dijo—. Algo alegre. Me gusta mucho cómo canta usted.¡Pone usted tanta alma!...—No estoy de humor—dije. Pero cogí la guitarra y entoné una canción, no alegre, sino triste. Se sentó, y al principio escuchaba atentamente; pero luego fue dejando caer la cabeza. Se le cerraban los ojos y parecía medio dormido.

 

En el momento en que acabé de cantar abrió los ojos, me miró con expresión tranquila y melancólica y me dijo: - Otra canción. Me gusta mucho lo que canta usted. Y canta usted con mucho sentimiento. Volví a cantar. Mi propia voz me sonaba extraña en el oído. Nunca había cantado como entonces.

 

Pasaba el tiempo. Las manecillas del reloj señalaban las dos y media. La pesadilla duraba más de dos horas de duración. ¿Qué pasaría si mis nervios perdían tensión? Además, arriba empezaban evidentemente a perder la paciencia. Los ruidos hacíanse cada vez más pronunciados, y llegué a temer que mis amigos bajaran.

 

— ¿Qué ruido es ése?—preguntó Rasputin levantando la cabeza.

 

— Serán los invitados que se marchan—le contesté—. Voy a subir a verlo.

 

Cuando entré en el despacho, el gran duque Demetrio Paulóvich, Purishkévich y Sukhotin avanzaron hacia mí. Empuñaban cada uno un revólver. El doctor yacía semiinconsciente en el canapé, y no dejó de producirme sorpresa que un hombre fuerte y saludable como él estuviese reducido a tal estado. Los otros, estaban tranquilos, pero muy pálidos.

 

 

Llovieron preguntas sobre mí:

 

— ¿Qué?...

— ¿Está ya?

— ¿Hemos terminado?

—El veneno no ha producido efecto—dije. Me miraron con mudo asombro.

— ¡Es imposible!—exclamó el gran duque Demetrio Paulóvich—. La dosis era bastante con mucho.

— ¿Se lo ha tomado todo?—preguntaban los demás?.

— ¡Absolutamente todo!—contesté.

 

Empezamos a discutir qué haríamos, y decidimos bajar todos juntos, echarnos sobre Rasputin y estrangularlo. Ya bajábamos cautelosamente la escalera cuando de pronto se me representó que, procediendo así, lo comprometeríamos todo. La inesperada aparición de extraños pondría inmediatamente a Rasputin sobre la pista de nuestras intenciones, y no era fácil, decir cómo acabaría el asunto. Había que tener en cuenta que no nos las veíamos con un hombre vulgar.

 

De nuevo llamé a mis amigos al despacho y les comuniqué mis temores. Gran trabajo me costó persuadirles de que me dejasen a mí solo acabar con Rasputin. Durante buen rato no accedían; tenían escrúpulo de consentir. Pero por fin tomé el revólver del gran duque, salí y bajé de nuevo al comedor.

 

 

 

 

CAPITULO XV

 

 

RASPUTIN SE DEFIENDE. UNA LUCHA ESPANTOSA

 

 

 

Rasputin seguía sentado a la mesa en la misma posición que yo lo había dejado. Se le caía la cabeza y respiraba con dificultad. Me acerqué a él despacio y me senté a su lado sin que él lo advirtiese.

Después de unos minutos en silencio levantó la cabeza con lentitud y me miró.

 

Tenía los ojos opacos, apagados y sin vida.

— ¿Se siente usted mal?—le pregunté.

—Sí. Tengo la cabeza pesada y ardor en el estómago. Deme otro vaso; eso me aliviará.

Le eché un vaso de Madera, se lo bebió de un trago y de repente se reanimó y volvió a su buen humor habitual.

 

Cambié con él unas palabras y pude darme cuenta de que estaba perfectamente lúcido y normal. De repente me dijo que nos fuéramos a ver a las gitanas. Me negué, pretextando lo avanzado de la hora.

 

— ¿Y qué importa? Están acostumbradas. A veces me esperan toda la noche. En ocasiones tengo que estarme en Tsarkoe-Selo por algún asunto importante, o sencillamente hablando de Dios. También el cuerpo necesita descansar algún rato, ¿no es verdad?. Con Dios en el pensamiento, pero con lo humano en la carne. Esta es la cosa. – dijo Rasputin con un guiño significativo-.

 

Semejante conversación era lo último que a mí se me hubiera ocurrido pensar en tal momento. Allí, sentado frente a mí, estaba un hombre que había tomado una dosis enorme del más mortal de los venenos; esperaba yo que cada uno de sus movimientos fuese el último, y salía él proponiéndome ir a ver a las gitanas.

Pero lo que más me asombraba era que, a pesar de su certero instinto, se sintiese inconsciente por completo de su próximo fin. ¿Cómo su aguda mirada podía no haber observado que yo tenía a la espalda, empuñado con la mano izquierda, un revólver, y que acechaba el momento de disparar sobre él?

 

Conforme me relampagueaban en la ima­ginación estos pensamientos miraba en derredor mío, y mis ojos tropezaron casualmente con el crucifijo dé cristal. Me levanté y fui hacia donde estaba.

— ¿Qué hace usted tanto tiempo?—preguntó Rasputin.

— Me gusta mucho esta cruz. Es muy bonita—contesté.

— Sí. no es mala obra de arte. Estoy seguro de que costó bien de dinero. ¿Cuánto le costó a usted?

Se me acercó, y sin aguardar respuesta siguió hablando:

— Pero a mí lo que más me llama la atención es esto.

 

Y volvió a abrir el aparador y a examinarlo por todos lados.

 

- Gregorio Efimóvich: mejor sería que mirase usted al crucifijo y le rezara alguna oración.

Rasputin me miró con asombro y con un destello de miedo en los ojos. Advertí entonces en ellos una nueva y desconocida expresión, como un rasgo de blandura y sometimiento. Se vino derecho a mí, mirándome de lleno a la cara, y pareció leer en mi mirada algo que no había esperado. Me di cuenta de que se acercaba el momento supremo.

 

¡Dios me dé fuerza hasta el final!, pensé. Y despacio fui quitando de la espalda la mano izquierda con que empuñaba el revólver. Rasputin seguía inmóvil delante de mí. Había vuelto la cabeza a la derecha y sus ojos miraban al crucifijo.

 

¿Adónde le apuntaré?”, pensé yo. ¿A la sien o al corazón?

Una sacudida recorrió todo mi cuerpo. Disparé.

Se oyó un rugido como de una fiera, y Rasputin cayó pesadamente de espaldas sobre la piel del oso.

En seguida oí ruido en la escalera. Eran mis amigos que acudían en mi ayuda. En su apresuramiento tropezaron contra la llave principal de la luz, colocada a la entrada de la habitación, y quedamos a oscuras.  

 

Alguien tropezó conmigo y dio un grito, impresionado.

Yo no me moví. Tenía miedo de pisar el cuerpo en la oscuridad.

Encendimos por fin nuevamente la luz.

 

   

Todos se precipitaron hacia Rasputin yacía de espaldas, con las manos apretadas convulsivamente, cerrados los ojos. En su blusa de seda clara había una manchita roja. Nos inclinamos sobre él y le miramos de cerca. Algunos de los presentes eran de opinión de que se le diese otro tiro; pero les contuvo el temor de dejar huellas de sangre Innecesarias.

 

Pocos minutos después Rasputín quedaba completamente inmóvil. Examinamos la herida. La bala le había entrado por la. región del corazón. No había duda: estaba muerto. El gran duque Demetrio Paulóvich cogió el cuerpo y lo trasladó de la piel de oso al suelo de piedra. Apagamos la luz, cerramos con llave la puerta del comedor y subimos a mi despacho. Nos sentíamos gozosos. Tan convencidos estábamos de que con lo ocurrido aquella noche salvaríamos a Rusia de la ruina y el deshonor.

 

Según el plan que hablamos trazado, el gran duque Demetrio Paulóvich, el doctor Lazovert y el capitán Sukhotin debían simular el regreso de Rasputin a su domicilio, por si acaso la Policía secreta lo había seguido en su camino hasta mi casa. Sukhotin se caracterizó de modo que pudiera tomársele por Rasputin, y en el automóvil abierto partió con el gran duque y el doctor hacia Gorojovaia. Las ropas de Rasputin habían de llevarse a la estación de Varsovia, donde se quemarían en la instalación de la Cruz Roja de Purihkévich, y allí quedaría el coche abierto. Desde la estación, en un coche de alquiler, irían al palacio del gran duque Demetrio, donde tomarían el automóvil cerrado del gran duque para volver a la Moika.

 

En este automóvil habían de llevarse el cuerpo de Rasputin desde mi casa a la isla Petrovski.

Dijimos al doctor, que hacía de chauffeur, que condujese lo más rápidamente posible y procurando despistar. Purishkévich y yo nos quedamos. Nos metimos en el despacho a esperar el regreso de nuestros amigos en el coche del gran duque Demetrio Paulóvich. Charlamos y soñamos sobre el futuro de nuestro país, para siempre libre de aquel genio del mal. Conveníamos en que Rusia estaba salvada, y que con la desaparición de Rasputin alboreaba una nueva era. Creíamos que habíamos de encontrar apoyo en todas partes, y que todas aquellas personas próximas a quienes ejercían el Poder, libres de las intrigas de aquel advenedizo, trabajarían en adelante en amistoso concierto. Ni remotamente podíamos imaginar que aquellos cuyas manos habían quedado libres adoptarían una actitud criminalmente frívola, lo mismo respecto de la muerte de él que de los deberes que sobre ellos pesaban. No podíamos pensar que los intereses personales, las bajas intrigas y la ambición de poder y fama hubieran de ahogar tan pronto todo .entendimiento de deber y de patriotismo.

 

 La muerte de Rasputin abría posibilidades sin limite ante quienes tenían influencia y poder. Pero ninguno de ellos deseé o supo aprovechar el momento favorable. No quiero nombrar a estas gentes. Algún día su actitud con Rusia saldrá a la luz en su verdadero valor. Pero aquella noche nos encontrábamos en estado de ánimo excitadísimo. Se habían puesto a prueba nuestros nervios, habíamos cumplido un penoso deber con nuestro país y nuestro emperador. Habíamos apartado de nosotros toda perspectiva triste.

 

En el curso de nuestra conversación me asaltó de pronto un vago sentimiento de alarma. Se me apoderó vehementemente el deseo de bajar al comedor, donde yacía el cuerpo de Rasputin. Me levanté, bajé la escalera y abrí la puerta. Allí estaba Rasputin tendido y muerto; pero al tocarle noté que estaba todavía caliente, aunque ya había pasado como una hora. Le tomé el pulso. No latía. destilaba  su herida unas gotas de sangre, que iban a caer sobre el suelo de granito. Era un espectáculo espantable, odioso.

Sin que pueda explicar por qué, de repente cogí el cuerpo por los dos brazos y lo sacudí con violencia. El cuerpo, cediendo a mi fuerza, se alzó, cayó de costado luego y por fin otra vez de espaldas en la misma posición en que estaba al principio con la cabeza colgando sin vida hacia un lado.

 

Otra vez tiré de él, cogiéndolo del brazo y gritándole:

—¡Gregorio Efimóvich! ¿ Qué le pasa? ¡ Despierte! Estoy solo con usted. Los demás se han ido.

Hablaba involuntariamente, aun dándome cuenta de que mis palabras estaban vacías de sentido. Al mismo tiempo que estaba pronunciándolas, pensaba para mí:

 

“Pero ¿ qué es lo que estoy diciendo? Está muerto. Es el cadáver de un hombre a quien yo he matado de un tiro, y heme aquí llamándolo por su nombre como si tuviese vida, queriendo despertarlo como si estuviese dormido.”

 

Estuve buen rato inclinado sobre él, y cuando ya estaba a punto de marcharme llamó mi atención un ligero temblor del párpado de su ojo izquierdo. Volví a inclinarme sobre él y le examiné la cara con toda atención. Empezaba a estremecerse convulsa. Y los movimientos se hacían por instantes más pronunciados. De repente, medio abrió el ojo izquierdo. Segundos después el párpado superior del ojo derecho se estremecía y se levantaba... Y los dos ojos—los ojos de Rasputin, verdosos y profundos como los de una serpiente—se fija-ron en mi con una expresión de odio diabólico.

 

Inefable horror me heló la sangre en las venas. Me quedé petrificado. Quise correr, pedir socorro; pero ni pies llevaron ni salió un sonido de mi garganta. Quedé pegado al suelo como presa de una pesadilla.

 

Entonces ocurrió lo increíble... Con una violenta sacudida Rasputin se puso en pie. Yo estaba horrorizado. Resonó la habitación con un rugido salvaje. Los dedos de Rasputin, crispados convulsivamente, parecían hincarse en el aire. Luego los sentí como hierros candentes cogerme por los hombros y buscarme la garganta. Clavaba los ojos extraviados .y tenía la boca llena de espuma. Su voz, con un bronco murmurar, repetía constantemente mi nombre.

  

No puedo pintar con palabras el miedo que se apoderó de mí. Traté de deshacerme de entre sus manos; pero su garra de hierro sujetaba con fuerzas increíbles. Vino una lucha espantosa.

Aquel ser moribundo, envenenado y herido, resucitado por los poderes tenebrosos para vengar su destrucción, me causó tal terror, tal asombro, que su memoria no se me ha borrado.

 

En aquel momento experimenté en toda su fuerza el real poder de Rasputin. Me parecía que el demonio mismo, encarnado en el mujik, me agarraba con sus dedos para no soltarme más.

Pero con un supremo esfuerzo logré desasirme. Rasputin gruñó y cayó de espaldas, llevándose en la mano mí charretera, que había arrancado en la lucha. Lo miré. Yacía arrebujado sin movimiento.

Pero volvía a estremecerse. Yo eché escaleras arriba llamando a Purishkévich, que estaba en el despacho, para que acudiese en mi ayuda.

—¡Pronto! ¡Pronto! ¡El revólver! ¡Está vivo!—grité.

 

Yo no llevaba armas. Mi revólver lo ha­bía dado al gran duque Demetrio Paulévich. A la puerta del despacho encontré a Purishkévich, que había oído mis desesperados gritos de socorro. Se quedó asombrado al saber que Rasputin estaba vivo aún, y apresuradamente sacó el revólver de la funda.

En aquel momento oí ruido detrás de mí. Era Rasputin. Yo, de un salto, me entré en el despacho, sobre cuya mesa de escritorio había dejado yo un sólido bastón. Lo cogí y salí otra vez. Rasputin, a cuatro pies, subía rápidamente la escalera, aullando y resoplando como una bestia herida. De pronto se puso en pie y saltó hacia el postigo que comunicaba con el patio.

 

Yo, plenamente cierto de que el postigo estaba cerrado con llave y de que la llave se la hablan llevado los que se habían ido, me quedé en el rellano de la escalera empuñando firmemente el bastón.

Pero cuáles no serian mi horror y mi sorpresa al ver que el postigo se abría y que Rasputin desaparecía por él y se sumergía en la oscuridad.

 

Purishkévich echó tras él. Sonaron dos disparos que recorrieron el patio con eco de trueno.

Aterrado con la idea de que pudiera escapársenos, corrí hacia la entrada principal y atravesé el corredor de la Moika. Hacia la puerta del patio, con la esperanza de que si Purlsbkévich habla fallado, yo podría detener a Rasputin a la entrada. Había tres entradas al patio y estaban abiertas sólo las del centro. Por la verja vi que a éstas precisamente se dirigía Rasputin, llevado de su instinto animal.

 

 

Sonó un tercer disparo y luego otro.

 

Rasputin se tambaleó y cayó al lado de un montón de nieve. Purishkévich corrió hacia él, permaneció quieto a su lado durante unos segundos, y convencido evidentemente de que ahora sí que habla acabado todo y de que Rasputin estaba de verdad muerto, volvió rápidamente a la casa. Yo lo llamé, pero no me oyó.

Después de mirar por los alrededores y convencerme de que por las calles no había nadie y de que los disparos no habían producido alarma, entré al patio y fui al montón de nieve junto al que Rasputín yacía.

El caído no presentaba signo de vida ninguno. En la sien izquierda tenía una ancha herida que, según supe después, le había causado Purishkévich con el tacón de la bota.

 

 

 

 

 

CAPITULO  XVI  

 

PRIMERA  INTERVENCIÓN DE LA POLICÍA

 

 

Pero entre tanto, había ido aproximándose gente por ambos lados de la casa. Un policía transpuso la puerta y se dirigió hacia el lugar en que Rasputin yacía. Y mis dos criados también acudían a mi lado. Uno y otros, alarmados por los tiros. Me atravesé en el camino del policía. Le hablaba cuidando de conservarme de cara hacia el montón de nieve, de tal modo que él tuviera que quedar de espaldas para hablar conmigo.

 

 

—Alteza—dijo cuando me reconoció—, he oído tiros. ¿Es que ha pasado algo?

 

—No, nada importante; una tontería. Había unos amigos aquí conmigo, uno de ellos bebía bebido demasiado y empezó a disparar y armar escándalo. Si le pregunta a usted alguien diga que no ha pasado nada.

 

Al mismo tiempo que hablaba con él lo llevé hacia la puerta. Luego, cuando se hubo marchado, volví al lado de Rasputin Allí estaban mis dos criados. Purishkévich les había dicho que metieran el cuerpo en la casa. Me acerqué. Rasputin estaba en otra postura. “¡Dios mío, está vivo, pensé!

Se apoderó de mí el terror sólo con la idea de que podría ponerse en pie otra vez y volver a  cogerme por el cuello, y me metí apresuradamente en casa. Subí al depacho a llamar a Purishkévlch, pero no estaba. Me sentía desfallecer. La cabeza se me iba. El murmullo repitiendo mi nombre y seguía sonándome en los oídos. Vacilando entré en mi cuarto a tomar un poco de agua. Purishkévich entró.

 

— ¿Está usted aquí? Estoy buscándolo por todas partes—exclamó.

Se me iba la vista y temí que iba a caer.

Purishkévich se acercó a tranquilizarme.

Me cogió del brazo y me llevó al despacho.

 

Apenas habíamos entrado cuando mi ayuda de cámara llegó con apresuramiento y me dijo que el policía con quien había estado hablando quería verme otra vez. Había entrado por la puerta principal, no por el patio. Parece que en el puesto de Policía del distrito habían oído los disparos, y que, no habiendo satisfecho a las autoridades locales la explicación que el policía había dado por teléfono, insistían en obtener más detalles.

 

Purlshkévich, tan pronto vió que el policía llegaba, dijo levantando la voz:

¿Ha oído usted hablar de Rasputin, el hombre que ha llevado a la ruina a nuestra patria, a nuestro emperador y a nuestros soldados en el frente?  ¿Que nos vendía a los alemanes? ¿ Ha oído usted hablar de él?

 

El policía se quedó mudo de asombro. No comprendiendo lo que se pretendía de él, guardó si1encio.

—¿Sabe usted quién soy yo?—siguió Purishkévich muy excitado—. Yo soy Vladimiro Mitrofanóvich Purishkévich, miembro de la Duma imperial. Esos tiros que ha oído usted han matado a Rasputin. Si usted ama a su país y a su zar no debe decir una palabra de ello.

 

Horror me causó a mí lo que había oído; pero ya era imposible intervenir para poner remedio. Había ocurrido todo de modo por demás rápido e inesperado. Purishkévich parecía dominado por una exaltación nerviosa. Seguramente ni él mismo se había dado cuenta de lo que había dicho.

—Han hecho ustedes una buena obra. No diré nada. Ahora, si se me pide juramento, diré todo lo que sé irremediablemente. Es pecado jurar en falso.

 

Así contestó por fin el policía. Y con estas palabras se separó de nosotros. Su continente demostraba bien a las claras que le había afectado profundamente lo que acababa de saber.

Purishkévich echó a correr tras él.

 

Cuando los dos habían salido, mi ayuda de cámara, Iván, me dijo que habían llevado el cuerpo de Rasputin al pie de la escalera de caracol. Yo seguía sintiéndome enfermo, mareado, y apenas podía moverme. Pero me sobrepuse, y tomando mecánicamente de encima de la mesa el bastón salí del despacho.  

 

Bajé después y vi a Rasputin tendido en el último rellano. La sangre le corría de las muchas heridas que había recibido. El candelabro que alumbraba la escalera desde arriba le Iluminaba la cabeza y realzaba los destrozos de su rostro ensangrentado.

 

Quise cerrar los ojos, quise alejarme todo lo posible de aquel horroroso espectáculo.

Y sin embargo, me sentí atraído irremisiblemente hacia él. Tan fuerte era el impulso que no pude evadirlo.  

 

Sentía que me estallaba la cabeza, que se confundían mis pensamientos, que la rabia y el rencor se apoderaban de mí. Fue una especie de paroxismo. Me abalancé al cadáver y empecé a golpearlo con el recio bastón. En mi frenesí le daba en todas partes. En aquel momento todas las leyes de Dios y de los hombres eran nada para mí.

 

Purishkévich me dijo después que fue una escena tan horrible que no podrá olvidársele jamás.

Me llevaron al despacho y me echaron en un diván. Perdí el conocimiento, y así permanecí cerca de una hora. Entre tanto. habían vuelto en el coche cerrado el gran duque Demetrio Paulóvich, el capitán Sukhotin y el doctor Lazovert.

 

Viéndome tumbado en el diván, quisieron que volviera en mi para que les ayudase a trasladar y esconder el cadáver; pero Purishkévich les dijo lo que había pasado, y convinieron en no molestarme. Encargaron a uno de los criados que cuidase de mí, y el otro bajó con ellos al pie de la escalera donde Rasputin estaba. Envolvieron el cadáver en una sábana, lo pusieron en el coche y partieron para la isla de Petrovski. Allí, desde un puente, lanzaron al agua los restos de Rasputin.

 

 

 

 

CAPITULO  XVII

 

LAS HUELLAS DEL CRIMEN.

ANTE EL JEFE DE LA POLICÍA

 

Al despertar, después de profundo sueño, lo primero que vi fue el rostro pálido y demudado de mi ayuda de cámara. Estaba el hombre de rodillas al lado mío, aplicándome hielo a la cabeza.

Me sentía yo algo así como si acabara de salir de una grave enfermedad o como si después de haberme tenido en una atmósfera sofocadora me hubieran sacado a respirar al aire libre.

 

Hice unas rápidas reflexiones acerca de mi situación y resolví proceder con firmeza y con prudencia, midiendo cada paso y conservando la presencia de ánimo cualesquiera que fuesen los sucesos originados por la muerte de Rasputin.

 

Me levanté del diván y fui a mis habitaciones, donde me lavé y me cambié de ropa.

Mi ayuda de cámara y yo procedimos después a. borrar las huellas de sangre que había en el despacho, y luego en el comedor y en la escalera. La alfombra de la escalera estaba completamente empapada.  

 

Destruimos con el fuego todo lo combustible y escondimos lo demás. Después salí al patio para seguir tomando precauciones.

 

Como era forzoso dar alguna explicación acerca de los tiros, decidí sacrificar uno de los perros del patio. Mi plan no podía ser más sencillo: decir que mis visitantes, al salir de la casa, habían visto en el patio un perro, y que uno de ellos, hombre de mal vino, lo había matado a tiros.

 

Mi ayuda de cámara, Iván, cogió un revólver y fue al patio interior donde el perro estaba atado. Metió al animal en un cobertizo, lo mató de un disparo y lo arrastró hasta la huella que habla dejado el cuerpo de Rasputin, de tal modo que pudieran frustrarse los posibles análisis de sangre, y luego lo llevó al montón de nieve junto al cual habla quedado muerto el staretz. Por si acaso se empleaban perros policías, derramamos alcanfor sobre las manchas de sangre que se veían en la nieve.

 

Luego reuní a toda la servidumbre de la casa que había sido casual testigo de lo que ocurriera y expliqué a todos la significación de lo hecho. Me escucharon en silencio, y su actitud me dejó convencido de que ninguno diría, nada.

 

Ya eran cerca de las cinco de la mañana cuando salí de casa hacia el palacio del gran duque Alejandro Micailóvich. Me sentía con el ánimo tranquilo, y hasta no me faltaba un destello de felicidad. El pensamiento de que se había dado el primer paso hacia la salvación de Rusia me prestaba energías y me inspiraba fe clarísima. en el futuro.

 

Al entrar en mi habitación del palacio me encontré a mi cuñado el príncipe Teodoro Alejandróvich. Había estado esperando mi regreso toda la noche.

 

—¡Gracias a Dios que vienes! Dime, ¿qué ha pasado?

—Rasputin está muerto; pero ahora no puedo decir más. Necesito dormir—contesté.

 

Dejé encargado que me llamasen a las siete, y caí en profundo sueño, que bien había menester para reunir energías con que hacer frente a interrogatorios y evasivas, acusaciones y explicaciones que habían de venir.

No me llamaron a las siete, y estuve durmiendo hasta las diez.

 

Apenas había abierto los ojos cuando me dijeron que el jefe de Policía del distrito de Kazan, general Grigoriev, quería verme para un asunto importante.

De momento no comprendí bien el alcance de la visita; tan lejos estaba mi pensamiento de lo que había ocurrido la noche antes. Pronto reaccioné.

 

Me levanté apresuradamente y salí al despacho en que me. aguardaba el general Grigoriev.

- Supongo – dije -. que su visita se relaciona con los tiros que se oyeron en el patio de mi casa.

—Sí—contestó—. Vengo a que usted me dé plenos detalles de lo que ocurrió. ¿No estuvo anoche en su casa Rasputin?

—¿Rasputin? No, no me visita nunca—contesté.

—Los tiros que se oyeron, y que partían de su patio de usted, se relacionan, sin embargo, con la desaparición de ese hombre, y el prefecto de Policía me ha ordenado hacer inmediatas investigaciones acerca de lo que ocurriese anoche en su casa.

 

El hecho de que se relacionasen los tiros de la Moika con la desaparición de Rasputin pronosticaba serias complicaciones. Había yo de pesar y calcular cuidadosamente cada palabra que dijera al contestar la pregunta que se me hacía.

—¿ Que ha desaparecido Rasputin? ¿De dónde viene esa noticia?—pregunté a mi vez.

El general Grigoriev me contó que por la mañana temprano un inspector, acompañado del policía de servicio en las inmediaciones de mi casa, había ido a decirle que a las tres de la madrugada se habían disparado unos tiros. El policía había inspeccionado el sector que tenía a su cargo y no había encontrado nada de particular; las calles, solitarias, y los dvorniks, dormitando junto a las puertas. De pronto alguien le llamó urgentemente diciéndole:  

 

"¡Venga enseguida, que el príncipe quiere verle!” El policía - había acudido a mi despacho, donde me había encontrado a mí con otra persona, la cual, adelantándose a él le había preguntado: “¿Usted me conoce?” “No, no, señor’, contestó el policía. “¿Ha oído usted hablar de Purishkévich?” “Sí, señor,” Yo soy Purishkévich. ¿Ama usted al zar y a la patria?” “Sí, señor.” “Pues si los ama usted, jure que no dirá esto a nadie: Rasputin ha muerto.”

 

Después de esta conversación el policía había salido de la casa. Primero se había ido a su puesto; pero luego el miedo le había impulsado a referirlo todo a sus superiores.

Escuché atentamente, procurando aparentar sorpresa. Todos los comprometidos en el complot habíamos jurado solemnemente no revelar nuestro secreto, y yo estaba obligado por la promesa. Habíamos acariciado la esperanza de ocultar todo rastro del crimen, porque lo comprometido de la situación política recomendaba que Rasputín desapareciese sin dejar huella.

 

—¡Qué absurdo cuento!—exclamé cuando el general Grigoriev hubo terminado—. Es sencillamente estúpido que el hecho de que ese policía no comprendiese lo que se le estaba diciendo haya desencadenado tal perturbación. Yo voy a decirle a usted en un momento, con todo detalle, lo que realmen­te sucedió:

Anoche vinieron a cenar conmigo a casa unos cuantos amigos y conocidos, entre ellos el gran duque Demetrio Paulóvich, el señor Purishkévich, unos oficiales y algunas damas. Se bebió de firme y hubo alegría y buen humor. Cuando todavía estábamos cenando me telefoneó Rasputin para invitarme a que fuese con él a ver a las gitanas. Me asombré, puesto que yo nunca he tomado parte en sus orgías. En realidad, yo no he tenido nunca con él sino muy superficial relación, y siempre he evitado su trato. Rehusé la invitación, colgué el receptor y zas volví con mis amigos, a quienes dije con quién había estado hablando.

 

Mía visitantes promovieron enorme griterío, con insultos al staretz condenaciones para su abominable conducta. Yo tomé parte, muy vivamente, en la ruidosa discusión, pues siempre desprecié y aborrecí a ese insolente advenedizo.

 

Cuando empezaron a marcharse mis amigos, dos señoras salieron con el gran duque Demetrio Paulóvich, que las subió a su coche. Yo los veía desde la entrada que da al patio. Al arrancar el coche oí dos disparos, y enseguida vi a uno de los perros que teníamos en el patio tendido en la nieve El coche había pasado ante la puerta y desapareció. Di al gran duque tiempo suficiente para llegar a casa, y fui a verle para preguntarle qué le había movido a matar al perro. Por toda contestación se me echó a reír y me dijo que pasara buena noche. Y así terminó nuestra conversación.

 

Temiendo que los disparos hubiesen atraído la atención de la Policía, mandé a buscar al agente de guardia para explicarle lo ocurrido. A la sazón ya habían partido todos mis invitados, con la excepción de Purishkévich, al cual conté yo también lo que había pasado. Cuando entró el policía, el señor Purishkévich se fue hacia él apresuradamente y con él entablé conversación rapidísima. Yo advertí gran contusión en el policía, y aunque no percibí bien la conversación entre los dos, de lo que usted me dice ahora deduzco claramente que Purishakévich, que estaba más que alegre, le habló del perro muerto y comparó al animal con Rasputin y expresó su sentimiento, de que el muerto no hubiera sido, en vez del perro, el staretz. Sin duda el policía no comprendió bien el significado...

 

Esta es la única explicación que se me ocurre para este quid pro quo. Espero que todo se aclarará satisfactoriamente, y que si en realidad Rasputin ha desaparecido, se pondrá en claro que su desaparición no tiene nada que ver con los tiros que se oyeron en mi casa.

 

—En efecto, para mí todo queda perfectamente claro. Pero, dígame, príncipe: además del gran duque Demetrio Paulóvich y del señor Purishkévich, ¿quiénes eran sus invitados?

 

—Me es imposible responder a esa pregunta. Los nombres de las señoras, desde luego, no puedo darlos. En cuanto a los otros amigos, temo nombrarlos precisamente, por si este asunto, aunque trivial en sí, toma algún giro desagradable. Son amigos míos, se deben a sus familias y a su posición y pudiera irrogárseles molestia o perjuicio, a pesar de su inocencia.

 

—Muy agradecido, príncipe, a sus informes—dijo el general—. Voy enseguida a ver al prefecto para referirle todo lo que usted me ha dicho. Su explicación pone en claro el incidente y garantiza a usted contra desagradables consecuencias de cualquier otra índole.

 

Rogué al general Grigoriev dijese al prefecto que querría verle, y le pedí me informase por teléfono de la hora a que podría recibirme.

 

 

 

 

CAPITULO  XVIII

 

LAS SOSPECHAS RECAEN SOBRE MÍ

 

 

Tan pronto como se hubo marchado fui a vestirme; pero apenas había tenido tiempo de entrar en mi habitación cuando me llamaron por teléfono. Era M.

— ¿Qué a hecho usted con Gregorio Efimóvich?—preguntó.

-  ¿Con Gregorio Efimóvich? ¡Qué pregunta tan rara!

-  ¡Cómo! ¿No estuvo con usted ayer?—exclamó alarmada—. Entonces, ¿dónde estuvo? ¡Venga a verme enseguida, por el amor de Dios! Me encuentro en una terrible disposición de ánimo.

 

La perspectiva de una conversación con M. me disgustaba lo indecible. ¿Qué podía decir yo a una persona que me era tan sinceramente adicta, que tenía tal confianza en mí que no ponía jamás en duda palabra que yo pronunciase? ¿Cómo podría yo mirarla a los ojos cuando me preguntase:

- ¿Qué ha hecho usted con Gregorio Efimóvich?”

 

Pero había que ir, y en el espacio de media hora me encontraba en el gabinete de casa de G.

Flotaba sobre la casa atmósfera de dolor. Por todas partes se veían caras ansiosas surcadas de lágrimas. A M. costaba mucho trabajo reconocerla casi. Corrió hacia mi, y con voz entrecortada por la emoción me dijo:

- ¡Dígame, por el amor de Dios!, ¿Dónde está Gregorio Efimóvich. ¿Qué han hecho ustedes con él? Dicen que ha sido muerto en la casa de usted y que usted es su asesino.

 

Procuré calmarla y le conté con todo detalle el cuento que había inventado.

- ¿Es decir, que Gregorio Efimóvich no estuvo en su casa? ¿Pero por casualidad le dijo él a usted dónde pensaba ir anoche?—preguntó.

- Ya se lo he dicho a usted todo. Me llamó pasada la media noche y me invitó a ir con él a ver a las gitanas, Según eso, puede pensarse que siga todavía en algún burdel. No sería la primera vez, como usted sabe perfectamente.

- ¡Oh, es terrible! La emperatriz y Ana tienen la seguridad de que lo han matado esta noche, y de que ha sido en casa de usted, y de que ha sido usted.

- Llame usted enseguida a Tsarkoe-Selo. Si la emperatriz quiere recibirme, se lo explicaré todo. Llame lo antes posible—insistí.

 

Así lo hizo M.. y le contestaron que la emperatriz estaba dispuesta a recibirme.

En el mismo momento en que salía para encaminarme a ver a la emperatriz, M. me detuvo. Aparte de su alarma por la desaparición de Rasputin, revelaba su rostro ahora una nueva ansiedad.

— ¡No vaya usted a Tsarkoe-Selo! ¡No vaya usted!—imploró—. ¡No saldrá usted de allí vivo! ¡Le ocurrirá algo espantoso! ¡ De ninguna manera creerán que no tiene usted nada que ver en ello! ¡Se encuentran en un estado terrible! ¡Dicen que los han traicionado! ¿Por qué le hice a usted caso? ¡Yo no debí telefonear! ¡Ha sido una gran equivocación! ¡Dios mío, por qué lo he obedecido! ¡No vaya usted, Félix, no vaya; le suplico que no vaya!

Y rompió en llanto.

 

Nunca hasta entonces me había llamado por mi nombre de pila. Su inquietud por mi suerte y toda su actitud hacia mí me demostraban tan afectuosa devoción que me costó un supremo esfuerzo no confesarle todo. Me torturaba tener que engañarla cuando ella era tan buena y confiaba en mí tan incondicionalmente.

Su cariño borró en mí todo, hasta su morbosa afición a Rasputin. Sólo la dominaba un deseo: salvarme del peligro, pro­tegerme contra la venganza de los partidarios del asesinado staretz.

 

Se me acercó, y mirándome tímidamente con sus ojos de bondad e inocencia, hizo sobre mí el signo de la cruz. Sentí la seguridad de que aun en el caso de que hubiese sabido la verdad toda hubiera procedido del mismo modo.

- ¡Dios le proteja! ¡Rezaré por usted!—dijo en voz baja.

Sonó el timbre del teléfono. Llamaban de Tsarkoe-Selo. Estaba al habla Vyróbova. La emperatriz no se sentía bien y no podía recibirme. Yo debía mandarle un informe escrito de todo lo que supiese acerca de la desaparición de Rasputin.

— ¡Gracias a Dios! ¡Qué descansada me quedo con que no vaya usted!—dijo M.

 

Me despedí de ella y salí a la calle. A los pocos pasos me encontré a uno de mis amigos del Corpe des Pages, que vino corriendo a. mí con gran excitación.

- ¡Félix!——exclamó—. ¿Sabes la noticia? ¡Han matado a Rasputin!

- ¡Imposible! ¿Quién lo ha matado?

—Dicen que ha sido en casa de las gitanas. Pero nadie sabe quién ha sido.

- ¡Plegue a Dios que sea verdad!—dije. Siguió su camino, muy satisfecho de haber sido el primero en darme noticia tan sensacional, y yo volví al palacio pensando que ya hubiera respuesta del prefecto de Policía.

 

En efecto, la respuesta estaba aguardándome. El general Balk quería verme con urgencia.

Cuando llegué a sus oficinas había gran revuelo. El general estaba en su despacho, sentado ante el escritorio, con aspecto de hombre muy contrariado.

 

Le dije que iba para aclarar la confusión originada por las palabras de Purishkvich. Y le añadí que quería hacerlo en el menos tiempo posible, ya que tenía la intención de marchar aquella misma noche a Crimea, donde estaba aguardándome mi familia. Así que me disgustaba yerme tenido en Petrogrado  por interrogatorios y otras formalidades. El prefecto me contestó que las explicaciones dadas por mí al general Grigoriev eran por completo satisfactorias, y que no veía que hubiese dificultad ninguna para mi partida; pero tenía que comunicarme que había recibido orden de la emperatriz Alejandra Feodórovna para registrar mi casa de la. Moika, en atención a los disparos sospechosos oídos la pasada noche y los rumores de mi relación con el hecho de haber desaparecido Rasputin.

 

—Su Majestad no puede haber dado tal orden—objeté—. Mi esposa es sobrina del emperador. Los miembros de la familia im­perial y sus residencias son inviolables, y no pueden tomarse medidas contra ellos sino por orden de su misma majestad el Emperador.

 

El prefecto se vio obligado a convenir conmigo en que así era, y a presencia mía dio por teléfono inmediatas órdenes para que no se hiciese el registro. Esto me tranquilizó grandemente. Me obsesionaba la. preocupación de que al arreglar las habitaciones la noche pasada habríamos olvidado muchos detalles, y era por lo tanto preciso a toda costa aplazar todo registro hasta que nosotros hubiésemos llevado a cabo una cuidadosa inspección y hecho desaparecer toda huella de lo que efectivamente había ocurrido.

Me despedí del general Balk y me volvía la Moika con el respiro de que ya. Había pasado la más grave dificultad.

 

 

 

 

 

CAPITULO  XIX

 

SANGRE QUE NO SE BORRA

 

 

En efecto, mis temores eran fundados. En el comedor y en la escalera, mirados a la luz del día, descubríanse manchas en los suelos y en las alfombras. Llamé a mi ayuda de cámara y borramos todas las huellas que fuimos encontrando. Trabajamos arduamente y pronto dimos por terminada la tarea.  

Pero lo que no pudimos quitar fueron las manchas, muy visibles, que había cerca de la entrada del patio, donde la sangre habla caído sobre la piedra. El único recurso que nos quedaba era el de explicar que las había producido el perro muerto al ser arrastrado por los escalones de entrada a la casa

 

Pero, suponiendo que después de todo esto se hiciese un registro y un análisis químico de aquellas manchas, el asunto podía tomar muy mal cariz. Era, pues, indispensable encontrar modo de ocultar aquellas huellas.

Decidimos pintarlas con pintura al óleo del mismo color que la piedra y cubrirlo todo con una espesa capa de nieve. Así nos pareció haber hecho todo lo posible para despistar a las autoridades.

 

 

Ya eran las dos de la tarde y me fui a comer con el gran duque Demetrio Paulóvich. Acababa de levantarse. Parecía cansado y enfermo. Me refirió a la ligera lo que habían hecho con el cuerpo de Rasputin:

De vuelta en la Moika en el coche cerrado, el gran duque me había encontrado privado de conocimiento. Su primer impulso fue estarse conmigo hasta que lo recobrase. Pero no había tiempo que perder, porque la aurora se acercaba. El cuerpo de Rasputin, bien envuelto en una sábana y sólidamente atado con cuerdas, fue colocado en el coche. El gran duque actuaba de chauffeur. Sukhotin se sentó a su lado, y Purlshkévich, con el doctor Lazovert y mi ayuda de cámara Iván, se sentaron atrás. Se detuvieron llegados al puente de Petrovski. No lejos se veía la garita del centinela. Para que ni el ruido del motor ni los faros llamasen la atención, el gran duque paró el uno y apagó los otros.

 

Cuantos tomaban parte en la maniobra estaban aturdidísimos. Arrojaron el cuerpo a un hoyo abierto en el hielo; pero olvidando atarle algún peso que lo arrastrase al fondo. Hasta tal punto perdieron la cabeza que ni siquiera quitaron a Rasputin las botas de agua y el chaquetón, aunque lo acordado al principio había sido desnudarlo completamente y quemar la ropa. Claro que volver a sacar el cuerpo del agujero era imposible; no tenían tiempo que perder si querían pasar inadvertidos.

Para colmo de desdichas, el automóvil no arrancaba. Por fin el gran duque pudo poner en marcha el motor. Pasaron cerca de la garita. El centinela dormía profundamente. Los viajeros volvieron a la ciudad sin más novedad.

 

Para terminar, el gran duque expresó la opinión de que, según todas las probabilidades, la corriente del río habría arrastrado el cuerpo hasta el mar.

Después di yo cuenta al gran duque de las entrevistas y conversaciones que había tenido durante la mañana.  

 

Cuando habíamos comido llegó el capitán Sukhotin. Le dijimos que fuese a buscar a Purishkévich y lo trajese al palacio. Aquella misma noche salía Purishkévich para el frente con su tren-hospital, y yo marchaba a Crimea. Era, pues, indispensable que nos reuniésemos y acordáramos una línea de conducta para el caso de que nos detuviesen o interrogasen ampliamente a cualquiera de nosotros.

 

Yo tenía poco tiempo libre, y decidí escribir allí mismo la carta para la emperatriz, de acuerdo con su deseo. Cuando la hube terminado la leí al gran duque Demetrio Paulóvich, y le pareció bien. Hago gracia del texto, ya que era una pura repetición de las explicaciones que había dado al general Grigoriev. Estaba escrita concisamente y a manera de informe.

El gran duque Demetrio Paulóvich se disponía a escribir también a la emperatriz, y lo hubiera hecho a no ser por la llegada de Purishkévich y Sukhotín.

 

Después de algún debate convinimos en sostener la explicación que yo había dado a Grigoriev, a M., al prefecto de Policía y, por medio de la carta, a la emperatriz. Sucediera lo que sucediera, encontráranse las pruebas que se encontraran contra nosotros, nos mantendríamos en esa actitud.

Habíamos dado el primer paso. El camino estaba expedito para aquellos que estaban en antecedentes de lo que venía ocurriendo y en circunstancias de continuar la lucha contra el rasputinismo que nosotros habíamos comenzado. De momento nosotros debíamos permanecer a un lado.  

 

Y con estos acuerdos nos separamos.

 

Salí del palacio del gran duque Demetrio Paulóvich y volví a mi casa de la Moika a ver si había algo nuevo. Al llegar me dijeron que en el día se había interrogado con gran detenimiento a toda mi servidumbre. No sabía el resultado de estas diligencias, pero me tranquilizaron las referencias que me dieron los criados mismos.  

Sin embargo, no me gustaba el giro que tomaban las cosas. Temía que alguna formalidad me retuviese, lo que me impediría estar al lado de mi familia el día de Navidad. Me decidí a visitar al ministro de Justicia, señor Makarov, para averiguar de cierto cómo andaba el asunto.

 

En el Ministerio de Justicia, como en la Prefectura de Policía, la ansiedad era enorme. El ministro estaba conferenciando con el fiscal político que salía cuando yo entraba en el despacho, y me miró al cruzarnos con manifiesta curiosidad.

 

Yo no conocía al señor Makarov, y a primera vista me fue simpático. Era un hombre de edad, delgado, con cabello y barba grises, amable aspecto y voz suave.

Le expliqué el objeto de mi visita, y a su requerimiento le conté con todo detalle, desde el principio al fin, la historia que ya de memoria me sabía.

Cuando llegué a aquel episodio de la conversación de Purishkévich con el policía, el señor Makarov me interrumpió con estas palabras:

-Conozco mucho a Vladimiro Mitrofanóvich. No bebe nunca. Si no me equivoco, es miembro de la Liga de Templanza.

-Pues puedo asegurarle a usted—repliqué—que en esta ocasión Vladimiro Mitrofanóvich se traicionó a sí mismo y traicionó a la Liga. de que usted dice es miembro. Era una alegre fiesta para estrenar la casa. No encontró modo de negarse a beber. Todos le excitaban a que bebiese. Y como no está acostumbrado, unas copas bastaron para hacerle efecto.

 

Cuando terminé mi cuento pregunté al señor Makarov si mis criados quedarían libres de más declaraciones y molestias, pues como yo había de marchar aquella noche a Crimea, mostrábanse muy temerosos.  

 

El ministro me dio sobre este punto toda clase de seguridades. Me dijo que lo más probable era que la Policía no hiciese más investigaciones, y que, por su parte, él ni autorizaría nuevos registros en la casa ni concedería importancia ninguna a los rumores y hablillas que andaban por la ciudad.

Al salir pregunté al ministro si podía marcharme de San Petersburgo. Me contestó afirmativamente. Salió a despedirse hasta la escalera, y una vez más me expresó su sentimiento por las molestias que una mala inteligencia me habla causado.

 

Desde el Ministerio de Justicia fui a casa de mi tío, señor Rodzíanko, el presidente de la Duma imperial. Tanto él como su mujer tenían noticia de nuestro propósito de acabar con Rasputin, y estaban impacientes por que se les diese una referencia completa de lo que hubiera sucedido. Al entrar en su gabinete advertí que los dos estaban muy excitados y discutían en altas voces. Mi tía se llegó a mí con los ojos arrasados en lágrimas, me abrazó e hizo sobre mí la señal de la cruz. También mi tío me saludó con su voz de trueno y me abrazó y me besó. En aquel momento tuvieron para mí gran valor aquellas muestras de afecto. Apartado de mi gente, solo por completo, la prueba era dura para mí. Aquella actitud paternal me dio fuerza y me calmé. No pude, sin embargo, estar mucho tiempo con ellos, porque el tren salía a las nueve y yo todavía no había hecho el equipaje. Les hice un breve relato de cómo habíamos dado muerte a Rasputin, y me despedí.

 

—Ahora nosotros nos hacemos a un lado y dejamos a otros que sigan—dije al marcharme—. Quiera Dios que su conducta lleve al emperador a apreciar la verdadera situación antes de que sea demasiado tarde. No se puede imaginar un momento mejor.

—Estoy convencido de que el asesinato de Rasputin se considerará un acto patriótico—replicó Rodzianko —, y de que todos se unirán para salvar a Rusia de la ruina.

 

De casa de Rodzianko fui al palacio del gran duque Alejandro Micailóvich. Al entrar en el hall me dijo el portero que una señora a quien yo había citado para las siete estaba esperándome en el despacho.  

 

No había yo dado cita ninguna, y esta visita imprevista me sorprendió. Pedí al portero que me dijese cómo era la señora. Me dijo que iba vestida de negro y que la cara casi no había podido vérsela porque llevaba un velo muy espeso.

 

Pasé a mi alcoba y desde allí pude ver a la misteriosa visitante. ¡Cuál seria mi sorpresa al reconocer a través de la rendija que dejé entre las hojas de la puerta a una de las más fervientes adoradoras de Rasputin!

Llamé al portero y le encargué que dijese a la espontánea visita que yo no estaba y que volvería muy tarde. Hice el equipaje precipitadamente y bajé a comer.

 

En la escalera encontré a mi amigo Oswald Rayner, oficial inglés, a quien conocía desde que estuve, en Oxford. Sabia toda la verdad de lo ocurrido y estaba inquieto por lo que me ocurriese. Le aseguré que por el momento todo iba bien. Comí con los tres hermanos mayores de mi mujer, que habían de acompañarme a Crimea; con su tutor, con una de las damas de servicio con la gran duquesa Xenia Alejándrovna, con Rayner y otras personas más. Todos estaban impresionados por

 

 

 

 

 

 

CAPITULO  XX

 

 

SE ME PROHIBE SALIR DE SAN PETERSBURGO

 

 

 

 

El tren debía salir media hora después,  y luego de despedirme del resto de la compañía subí al automóvil con los hermanos de mi mujer — el príncipe Andrés, el príncipe Teodoro y el príncipe Mikita —, su tutor y mi amigo inglés Rayner.

 

Al llegar, a la estación advertí que había en la escalera de la entrada principal mucha fuerza de la Policía de Palacio. Me sorprendió.  “¿Habrán dado orden de arrestarme?”, pensé.

Bajamos del coche y fuimos a la escalera. Cuando llegué al peldaño en que estaba el coronel de gendarmes, él se me acercó y con voz cohibida me habló algo que no entendí.

 

-¿Hace el favor de hablarme un poco más alto, coronel? – dije- ¡No le oigo!

Hizo un esfuerzo, y alzando la voz me dijo:

— ¡De orden de Su Majestad se le prohibe salir de San Petersburgo! Debe volver al palacio y quedar allí en espera de instrucciones.

 

Cuando el coronel de los gendarmes me hubo comunicado la orden de volver al palacio y permanecer allí en espera de inst­rucciones de orden del emperador, le expresé con una breve frase el sentimiento que ello me producía, y volviéndome a mis compañeros les repetí la decisión imperial. El arresto me sorprendió completamente.

 

El príncipe Andrés y el príncipe Teodoro determinaron no ir a Crimea y quedarse conmigo. Sólo partiría el príncipe Mikita, acompañado del tutor.

Entramos a despedirle seguidos de la policía, que parecía temerosa de que yo sal­tara al tren y me marchara. El público miraba con curiosidad el inusitado espectáculo en el andén.

Subí al vagón a decirle unas palabras al príncipe Mikita, y la Policía reveló claramente su inquietud. Yo calmé a los agentes asegurándoles que no tenía intención de escaparme, sino que solamente iba a despedir a los que se marchaban.

 

El tren partió y nosotros volvimos al automóvil.

“¡Qué extraño me parece esto de verme arrestado! — pensaba yo en el camino hacia casa —.  “¿Qué irán a hacer conmigo?”

 

En la casa todos, mostraron gran asombro al vernos volver, y no sabían a qué atribuirlo.

Me sentía cansado por los acontecimientos del día, y enseguida que entré en mi habitación me acosté, aunque habiendo rogado al príncipe Teodoro y a Rayner que se estuviesen un rato conmigo. Revelaban gran inquietud y temor por mi suerte.

 

Estábamos hablando cuando entró en el cuarto el príncipe Andrés y nos dijo que había llegado el gran duque Nicolás Micailóvich..

No me produjo buena impresión esta tardía visita. Por lo visto, venía el gran duque a que a  yo le diese cuenta detallada de todo lo que hubiese ocurrido, y llegaba en ocasión en que yo me sentía cansado, necesitado de dormir y en el estado de ánimo peor para una entrevista de esta clase.

En el carácter del gran duque Nicolás Micailóvich se daban extrañas contradicciones. Historiador culto, hombre de gran inteligencia e independencia de criterio, solía en su trato con la gente adoptar un tono de zumba; fácilmente se dejaba llevar en sus palabras de la nerviosidad hablaba de asuntos sobre los que hubiera debido guardar silencio.

 

Detestaba a Rasputin y conocía completamente lo perjudicial que era para Rusia. Sus miras políticas eran de extremado liberalismo. El gran duque combatía sañudamente los acontecimientos que venían ocurriendo y aun le causó contratiempos la libertad con que exponía su opinión pues se le trasladó de San Petersburgo a Grushevka, sus posesiones de la provincia de Kherson. Sin embargo, hubiera sido en nosotros una insensatez pensar en revelarle el secreto de la desaparición de Rasputin, habiendo como había el peligro de que se deslizase.

 

Apenas el príncipe Teodoro y Rayner habían cerrado la puerta tras ellos cuando por el lado opuesto de la habitación entró el gran duque. Se dirigió a mí con estas pa1abras:

—Y bien, dígame, ¿qué hay de eso?

Fingí asombro y le contesté:

—Supongo que usted no es de los que creen esos rumores que circulan acerca de mí. Todo es una mala  interpretación. Yo no tengo nada que ver con eso.

— ¡Eso, a otros, no a mí! ¡Yo lo sé todo, punto por punto! ¡Hasta los nombres de las señoras que fueron de la partida!

 

Estas últimas palabras me mostraron claramente que no sabía absolutamente nada, y que se decía bien informado a fin de sonsacarme. Yo le conté exactamente la misma historia de la fiesta para estrenar la casa, la conversación telefónica con Rasputin y la muerte dada al perro por el gran duque Demetrio Paulóvich.

Aparentó creer el cuento; pero, queriendo ponerse a cubierto del error, sonrió y me guiñó un ojo expresivamente al marcharse.

 

Evidentemente no sólo no sabía nada, sino que le había mortificado fracasar en su pro­pósito de sonsacarme a mí.

 

Cuando se hubo marchado, el príncipe Andrés, el príncipe Teodoro y Rayner volvieron a entrar. Les dije que pensaba ir por la mañana al palacio del gran duque Demetrio Paulóvich para estar a su lado hasta que se decidiera nuestra suerte. Les expliqué lo que debían contestar si se les sometía a interrogatorio. Me ofrecieron seguir las instrucciones y se despidieron de mí.

 

Pasaron ante mis ojos los sucesos de la noche anterior; los pensamientos se atropellaban unos a otros. Por último me abrumó la fatiga y quedé dormido.

 

Por la mañana temprano fui al palacio del gran duque Demetrio Paulóvich. Como tenía por cierto que yo había marchado a Crimea la noche antes, mostró gran sorpresa de verme. Le conté lo de mi arresto y cómo había decidido estar al lado suyo en vista de las complicaciones que se habían originado y de la posibilidad de que se tomaran medidas contra los dos. Le referí también mis conversaciones con las distintas personas con quienes había hablado. El a su vez, me relató todo lo que había hecho el día antes. Por la noche había ido al teatro Micailovski; pero había tenido que marcharse porque le advirtieron que los espectadores iban a hacerle una ovación. De vuelta en la casa se enteró de que en Tsarkoe-Selo creían que había tenido parte en el asesinato. Entonces había telefoneado a la Emperatriz Alejandra Feodórovna para rogarla que le recibiese, pero ella se había negado categóricamente.

 

Después de un rato de charla fui a la habitación dispuesta para mí. Mandé por periódicos y los ojeé para ver qué decían de lo ocurrido. No publicaron más que la noticia escueta de que “en la noche del 16 al 17 de diciembre había sido muerto el staretz Gregorio Rasputin”.

 

 

 

 

CAPITULO  XXI

 

QUEDA ARRESTADO EL GRAN DUQUE

DEMETRIO  PAULÓVICH

 

 

La mañana pasa tranquila; pero sería la una, cuando acabábamos de comer, el general Maximóvich, ayudante del Emperador, llamó por teléfono al Dran Duque y le dijo que por orden de la Emperatriz quedaba arrestado y no debía salir del palacio; añadió que él iba en seguida en persona para comunicarle otros detalles.

 

El gran duque volvió al comedor muy impresionado.

 

— Félix — me dijo —, estoy arrestado por orden de la Emperatriz Alejandra Feodórovna. No tiene ella derecho a tomar esta medida, una orden de esa naturaleza sólo del Emperador puede venir.

Cuando estábamos hablando del asunto llegó el general Maximóvich. Se le pasó al despacho. Cuando entró en la habitación el gran duque Demetrio Paulóvich, el general le dirigió estas palabras:

— Su Majestad la Emperatriz requiere a vuestra alteza imperial para que no salga de su palacio.

— ¿Esto qué significa? ¿Se me arresta?

— No, no se le arresta. Pero Su Majestad la Emperatriz insiste, sin embargo, en que no salga usted del palacio.

 

El gran duque, resueltamente, replicó:

— Repito que se trata de un arresto. Dé cuenta a Su Majestad la Emperatriz de que me someto a sus órdenes.

 

Se despidió del general Maximóvich y salió del despacho.

Durante todo el día el gran duque Demetrio Paulóvich recibió por separado la visita de casi todos los miembros de la casa imperial que estaban en San Petersburgo. Mostrábanse todo lo  preocupados con el arresto y con el hecho de que la Emperatriz Alejandra Feodórovna se excediese en sus atribuciones al punto de dar orden de que se privase de libertad a un miembro de la familia imperial sólo por la sospecha de que hubiese tomado parte en la muerte de Rasputin.

 

El mismo día el gran duque recibió un telegrama de la gran duquesa Isabel Feodórovna, que estaba en Moscú, en el que de nuevo se asociaba mi nombre al hecho de haber desaparecido Rasputin. Enterada de los lazos de amistad que unían al gran duque conmigo, y no sospechando que el mismo gran duque hubiese tomado parte la destrucción del staretz, la gran duquesa le pedía me dijese que rezaba por mí y que bendecía mi patriótica conducta. Este telegrama nos comprometió seriamente. Protopópov lo interceptó y envió copia a la Emperatriz, quien inmediata­mente entendió que la gran duquesa Isabel Feodórovna estaba comprometida también.

 

El timbre del teléfono sonaba incesantemente, y quien con más frecuencia llamaba era el gran duque Nicolás Micailóvich, que nos comunicaba las noticias más increíbles. Además vino a vernos varias veces en el día. Fingía saberlo todo, y a cada paso probaba a sonsacarnos. Consumido por la curiosidad y decidido a descubrir la verdad por todos los medios posibles, se presentaba como nuestro aliado, con la esperanza de que nosotros nos entregásemos a él irreflexivamente. En todas nuestras conversaciones intervenía con comentarios inteligibles y misteriosos. Su presencia nos molestaba y nos irritaba. En ocasiones llegaba a producirnos verdadera desesperación, y esperábamos su marcha con indecible impaciencia.

 

El gran duque Nicolás Micailóvich, además, tomó activísima parte en la busca del cuerpo de Rasputin. Envuelto en un gabán de pieles, con el cuello subido hasta el punto de hacerse difícil reconocerlo, exploraba las islas en un coche de punto, siempre con la esperanza de encontrar algún rastro o alguna clave.

En una de las citas que nos hizo nos habló de que la Emperatriz Alejandra Feodórovna, plenamente convencida de nuestra complicidad en la muerte de Rasputin. Pedía que se nos matase inmediatamente. Pero todos los demás procuraban contenerla. Hasta Protopópov le aconsejaba que esperase la llegada del Emperador, que estaba en el Gran Cuartel General, y a quien se esperaba de un momento a otro porque se le había puesto un telegrama llamándolo.

 

Al mismo tiempo que el gran duque Nicolás Micailóvich nos daba esta noticia. M. me comunicaba los no menos desagradables informes de que se tramaban atentados contra nuestras vidas, y nos aconse­jaba que tomásemos todas las precauciones posibles. Parece que la noche anterior había sido testigo involuntario de cómo en la casa misma de Rasputin veinte de sus más incondicionales partidarios habían jurado vengarle.

El día fue fatigosísimo para el gran duque Demetrio Paulóvich y para , que nos quedamos muy aliviados cuando por fin se marcharon todas las visitas. Nos había sido difícil tenernos en guardia constante y conservar la serenidad en presencia de tanta  gente e intentar con una actitud tranquila ante los acontecimientos y los rumores desvanecer toda sospecha de nuestra participación en el crimen.

 

Cuando nos quedamos solos estuvimos de charla un buen rato, cambiando impresiones

 acerca de lo que habíamos oído. Nunca había visto yo al gran duque Demetrio Paulóvich tan sencillo y tan sincero. Los horrores que habíamos vivido, habían dejado honda huella en su naturaleza sensible, y me alegre mucho de encontrarme a su lado compartiendo su forzada soledad en aquellos momentos de ansiedad e inquietud.

 

Al día siguiente, 19 de diciembre, por la mañana, llegó el emperador del Gran Cuartel General. Los que estaban de servicio con él cuando le llegó la noticia de la muerte de Rasputin afirman que ante ella se pintó en su cara una expresión de satisfacción desusada en él desde que estalló la guerra. Indudablemente sintió y creyó que la desaparición del staretz lo dejaba libre de aquellos que lo tenían prisionero, y a quienes no había tenido energía para apartar de su lado. Pero al volver a Tsarkoe-Selo sus maneras cambiaron radicalmente y volvió a encontrarse bajo la influencia de los que lo rodeaban.

 

Seguían circulando por la ciudad todo género de rumores. Todas las clases de la sociedad, de la más alta a la más baja, se nutrían de ellos, los creían y se mostraban excitadísimas. La noticia de nuestra inminente ejecución llegó a los trabajadores de las grandes fábricas y produjo entre ellos gran efervescencia. Celebraron mítines en que adoptaron determinaciones encaminadas a salvarnos por su propia cuenta y organizar una guardia secreta para protegernos.

 

Aunque nosotros estábamos en situación de arrestados, y aunque no podíamos admitir en el palacio Sergei a nadie, con excepción de los miembros de la familia imperial, nuestros amigos y conocidos se las ingeniaban para visitarnos. Estuvieron a vernos oficiales de varios regimientos para darnos la seguridad de que sus compañeros estaban dispuestos como un solo hombre a tomar nuestra defensa. Vivamente interesados en el acontecimiento, sometían al Gran Duque varios planes basados en la acción decisiva, a los cuales, por supuesto, no podía él, dar su conformidad.

 

Este día nos visitó un número extraordinario de gente. Miembros de la casa imperial empezaron a ir desde por la mañana temprano. El gran duque Demetrio Paulóvich, agotado por tantas conversaciones y preguntas, me llamó para que le ayudase. Al entrar en su despacho encontré reunida a la familia imperial, que nos abrumaba con interrogatorios. El día anterior estaba su atención, tan por completo ocupada con el arresto del gran Duque, que no hablaban de ninguna otra cosa. Pero ahora querían saber detalles de la misteriosa desaparición de Rasputin. Claro que sólo oían de nosotros la misma conocida invención.  

 

El Gran Duque Nicolás Micailóvich llegó en ese momento, antes de la hora de comer, y nos dijo que había sido encontrado el cuerpo de Rasputin en un hoyo en el hielo, debajo del puente Petrovski .Por la noche volvió el general Maximinóvich para dar cuenta al gran duque Demetrio Paulóvich, esta vez en nombre del Emperador, de que quedaba arrestado.

 

 

 

 

CAPITULO  XXII

 

UN COMPLOT PARA ASESINARNOS.

EL CUERPO DE RASPUTIN

 

 

Pasamos una noche inquieta. A eso de las tres de la madrugada nos despertó el aviso de que había en el palacio gentes sospechosas que habían entrado por la puerta trasera. Habían dicho a los criados que los mandaban con misión relacionada con el suceso; pero como no llevaban orden ni autorización escrita, se les expulsó y se pusieron servidores de guardia en todas las entradas.

 

El 20 de diciembre casi toda la familia imperial volvió a reunirse a la hora del té. Reanudaron la discusión sobre el arresto del gran duque Demetrio Paulóvich, ya oficialmente confirmado por el Emperador. Nadie encontraba disculpa para este trato a un miembro de la familia imperial. Lo consideraban asunto de Estado y acontecimiento de la más grave significación. A ninguno se le pasó por la mente que se había planteado un problema mucho más serio: que de la conducta del Emperador en aquellos días dependía el destino del país, la suerte del trono y de la dinastía y el desenlace de la guerra, que no podía ser victoriosa sin armonía entre el Poder Supremo y el Pueblo.

 

El fin de Rasputin había puesto sobre el tapete la cuestión del fin del rasputinismo, la necesidad de dar un nuevo giro a la política, la cual o se disgregaría ahora de las intrigas criminales que la sitiaban, o no lo conseguiría nunca.

 

Cuando ya se habían ido los miembros de la casa imperial, el general Laiming, antiguo tutor del gran duque Demetrio Paulóvich, entró en el cuarto. Vivía en el palacio y nos visitaba con frecuencia. Iba a darnos detallada cuenta de cómo se había sacado del río el cuerpo de Rasputin.

 

Las averiguaciones oficiales acerca de la desaparición de Rasputin se habían confiado al coronel Globachev, jefe de la Policía secreta, el cual informó al fiscal del Tribunal de Justicia de San Petersburgo de que después de una detenida busca se había encontrado en el puente de Petrovski una bota negra para nieve, tamaño número 11, con manchas recientes de sangre. La bota se había llevado a casa de Rasputin, donde la habían reconocido como de la propiedad del hombre asesinado. Además, en la nieve que cubría el puente había numerosas huellas de calzado de hombre y señales de neumáticos de automóvil que llegaban hasta el parapeto mismo.

 

En consecuencia, según el coronel Globachev, la clave para descubrir a los criminales no debía buscarse en el número 94 de la Moika, sino justamente al otro lado de la ciudad, en el puente Petrovski. De acuerdo con estos informes, siguieron haciéndose pesquisas con el mayor detenimiento en el puente Petrovski, a donde acudieron todos los altos empleados de las esferas administrativa y judicial. La simple enumeración de quienes acudieron, con los puestos que ocupaban, es en sí misma prueba de la importancia en que se tenía a Rasputin y revela hasta qué punto pareció su muerte al Gobierno y al Poder supremo un desastre nacional. En los trabajos de inspección estuvieron presentes los oficiales mayores del Ministerio de Justicia, con el ministro a la cabeza; el fiscal público de los Tribunales de Justicia de San Petersburgo, el fiscal diputado, el magistrado examinador para casos de gravedad excepcional y un representante del Ministro del Interior.

 

Todas estas importantes personalidades del Estado concentraron su atención y su celo en resolver el problema. Interrogaron a los agentes de Policía de servicio, al sereno de una fábrica de cervezas cercana, a los de la casa de la Sociedad del Teatro Imperial para Artistas Ancianos. Pero en vano todo.

 

Aún hubo otra y más detenida inspección del puente. Se halló entonces otra pista: un trozo de estera con manchas de sangre. Después se paró atención en el hecho de que no lejos la nieve estaba removida, lo que parecía justificar la suposición de que había habido allí algún cuerpo. Estas circunstancias afirmaban la opinión de que el asesinato de Rasputin debía de haberse cometido allí mismo, en el puente Petrovski, lugar solitario de las afueras de la ciudad, y no en ningún otro sitio. Desde luego, no podía haberse cometido en la Moika, que está en el extremo opuesto de San Petersburgo.

 

Había dos razones que principalmente conducían a las autoridades investigadoras por este camino. Suponían, en primer jugar, que si se hubiera llevado el cuerpo por las calles se hubieran descubierto huellas de sangre en algún sitio del camino por que se le hubiera llevado; y por más que se había mirado escrupulosamente por toda la ciudad no se habían encontrado huellas de sangre.

 

Luego había el descubrimiento do la bota de la víctima. Era ilógico suponer que se hubiese llevado el cuerpo de Rasputin de otro cua1quier lugar en que se hubiera cometido el crimen vestido tan completamente que ni aun las botas se hubiesen olvidado.

 

De acuerdo con esta hipótesis las autoridades instructoras reconstruyeron el crimen del modo siguiente:

Rasputin fue muerto en el puente mismo. Su cuerpo estuvo un rato sobre el pretil y luego fue arrojado al hoyo abierto en el hielo, precisamente frente al lugar en que se había encontrado el trozo de estera manchado de sangre.

 

Se llamaron inmediatamente buzos que durante dos horas y media registraron a fondo el río; pero no encontraron el cadáver. Los buzos creían que la corriente del Neva, particularmente fuerte en aquel paraje, podía haber arrastrado el cuerpo bajo el hielo mucho más abajo del puente Petrovski.

 

Las grandes heladas interrumpieron el trabajo de  buzos por algún tiempo. Se acordonó el puente y en las proximidades se puso una guardia. Pero en el intervalo, uno de los guardas del río, al hacer en el hielo un hoyo, tropezó con la manga de un gabán de pieles helada bajo la superficie.

 

Comunicó el hallazgo a su inmediato superior y se dieron órdenes de romper el hielo. Un cuarto de hora después se sacaba del agua el cuerpo de Rasputin, a una distancia de unos treinta sajena (unos 43 metros.) del puente Petrovski. Estaba cubierto de una capa de hielo tan gruesa que era difícil conocer su forma.

Cuando con toda precaución se hubo quitado esta capa de hielo, las autoridades instructoras vieron el cuerpo mutilado de Rasputin. Tenía la cabeza fracturada por varios sitios y se le habían arrancado mechones de pelo. Sin duda en la calda desde el puente habla dado de cabeza contra el borde del agujero abierto en el hielo. La barba, helada, formaba una masa con las vestiduras. En la cara y en el pecho tenía cuajarones de sangre congelada. Un ojo lo tenía completamente negro. Los brazos y las piernas los tenía apretadamente amarrados con cuerdas y presentaba la mano Izquierda fuertemente cerrada. Le cubría el cuerpo un abrigo de piel echado sobre los hombros, del cual era la manga que flotando bajo el hielo había revelado la presencia del cadáver.

 

Tan pronto como se extendió un informe oficial del hallazgo se llevó el cuerpo a un cobertizo de maderas que había en la margen del río y se cubrió con unas esteras. Mientras llegaron al puente Petrovski el ministro del Interior, señor Protopópov; el comandante del distrito militar de San Petersburgo, el jefe de la Policía secreta y otros altos empleados administrativos. Se encargó al fiscal público que instruyese un amplio informe acerca del aspecto exterior del cadáver y de las circunstancias atañederas a su descubrimiento.

El diputado de la Fiscalía, señor Galkin a quien se encomendó la tarea, trasladó temporalmente su despacho a una casa particular cercana al puente Petrovski.

 

A las once de la mañana las autoridades instructoras, acompañadas de varios altos empleados, entraron en el cobertizo y comenzaron una minuciosa inspección del cadáver.

Una vez quitadas las ropas que lo cubrían, se observaron las dos heridas por arma, de fuego. Una en el pecho, cerca de la región del corazón; otra en el cuello. Los doctores certificaron que ambas eran mortales de necesidad. Se requirió a un criado de la casa de Rasputin para que identificase el cadáver, y reconoció que era, en efecto, el de Gregorio Rasputin, habitante en el número 64 de la calle de Gorojovaia, que había desaparecido sin dejar rastro en la noche del 17 de diciembre.                                                                                                                       

                                                                                                                                         

                                                                                                                                         

A mediodía se permitió el paso a dos hermanas de Rasputin y al novio de una de ellas, que era el teniente Papkhadze. Las hermanas pidieron permiso para llevar el cadáver a su casa; pero las autoridades no se lo otorgaron.

 

La noticia de que se habían encontrado los restos de Rasputin corrió por toda la ciudad como un reguero de pólvora. Una  larga fila de carruajes y automóviles de toda índole llegó al puente Petrovski. Pero las autoridades dieron órdenes severísimas de que no se dejara pasar a nadie al cobertizo en que el cadáver yacía.

 

Poco después se llevaba un féretro de madera y se depositaba el cuerpo en él, no sin que antes se hubiesen hecho por dos veces fotografías del cadáver, vestido y desnudo. Las cuerdas con que tenía atados los de miembros, el abrigo de pieles y determinados objetos que se encontraron sobre el cadáver se recogieron y sellaron como pruebas de convicción.

 

El cadáver, en el féretro, fue llevado al no Asilo de Tchesma para su examen. Mucho antes de la llegada de las personas a quienes se había llamado para que practicaran la autopsia todo el distrito en que el Asilo está enclavado se rodeó de fuerza de Policía de a pie y a caballo.

 

La autopsia se prolongó hasta la una de la madrugada, y se hizo en presencia de apretadas filas de altos funcionarios, entre ellos un representante del ministro del Interior. La hizo uno de los profesores del departamento judicial de la Academia de he Medicina Militar, ayudado por varios doctores de la Policía.

Durante dos horas se sometió el cuerpo a la más minuciosa investigación. Se encontraron en él, aparte las dos heridas por  arma de fuego, numerosas moraduras.

 

Se examinó el cuerpo interiormente, y en el estómago se encontró una masa dúctil,

de color oscuro. No se pudo hacer su análisis porque la emperatriz Alejandra Feodórovna llegó inopinadamente desde Tsarkoe-Selo y ordenó que cesara el examen.

 

No se sabe qué otras órdenes daría la emperatriz; pero lo cierto es que a las dos de la madrugada el general Grigoniev, que había estado presente a la autopsia, ordenó que se llevase un automóvil al Asilo. Poco después se entraba un féretro de caoba ricamente adornado. En él se colocaron los restos, que partieron en el automóvil con desconocido destino. Nadie supo adónde. El cuerpo de Rasputin fue trasladado por agentes de la Policía secreta.

 

 

 

 

CAPITULO  XXIII

 

 

SIGUEN LAS TENTATIVAS PARA ASESINARNOS
 

 

 

En la noche del 21 de diciembre nos sorprendió la brusca aparición de soldados en el palacio Sergei. Se nos dijo que eran una guardia enviada por las autoridades militares siguiendo órdenes del presidente del Consejo de Ministros, a cuyo conocimiento había llegado que los partidarios de Rasputin maquinaban un atentado para quitarnos la vida.

 

Al mismo tiempo casi, otra guardia, de índole por completo diferente, pidió que se la dejara entrar. Un agente de Policía secreta se presentó al general Laiming diciendo que le enviaba el ministro del Interior, señor Protopópov. Manifestaba que el señor Protopópov había recibido informes de que la vida del gran duque Demetrio Paulóvich estaba amenazada y le había confiado a él, con los hombres a sus órdenes, la custodia del palacio.

 

El gran duque, cuando oyó esto, dijo que no necesitaba guardia ninguna de Protopópov, y pidió al general Laiming que reclamase sin excusa documentos que probaran la afirmación que aquellos presuntos guardianes hacían. No llevaban documento de ninguna clase y se les expulsó inmediatamente del palacio; lo que no les privó, sin embargo, de seguir vigilando la casa desde el exterior y tomar nota de quién entraba y salía.

 

No contentos con sus observaciones desde él exterior, estos partidarios de Rasputin hicieron nuevas tentativas de llegar hasta nosotros. En el piso segundo del palacio, que se comunicaba con el primero por medio de una escalera circular, estaba domiciliado el Hospital Anglorruso. Allí empezaron a aparecer, con pretexto de visitar a los heridos, los individuos más sospechosos. Lady Sybil Grey, que estaba encargada del hospital, nos aconsejó que cerrásemos la entrada a la escalera y pusiéramos allí un centinela. Y procedimos conforme a su indicación.

 

Vivíamos como en una fortaleza sitiada. Sólo desde distancia podíamos seguir los acontecimientos. Leíamos los periódicos y escuchábamos los relatos y conversaciones de nuestros visitantes, cada uno de los cuales daba una opinión y sostenía un punto de vista respecto de lo que hubiese ocurrido. Casi invariablemente hallábamos en ellos miedo a una iniciativa atrevida, pasiva espera de lo que trajese el día de mañana.  

 

Aquellos que estaban en circunstancias de hacer algo mostrábanse demasiado tímidos. Parecían contar con alguna casual circunstancia que decidiese el destino de Rusia. Aun los que servían a su país y a su emperador en nombre del deber sólo consideraban éste desde el estrecho punto de vista de la rutina de un Ministerio o un puesto oficial. Asiduos en el cumplimiento de sus tareas oficiales, les faltaba la amplitud de visión indispensable para apreciar la importancia suprema del momento. Y por nada del mundo se aventuraban a transgredir los límites usuales de su autoridad. La devoción al Emperador, según la sentían los más sinceros entre ellos, significaba poco más que deseo de agradarle, ciega obediencia templada en el temor de comprometerse asociándose a nada ni a nadie que oliera a oposición.

 

Es un hecho característico que aun el mismo puñado de hombres en situación de influir en el Gobierno independientemente de la ayuda de Rasputin, y que no habían tenido nunca nada que ver con éste, tenían miedo de visitarnos en el palacio Sergei.

 

Y, sin embargo, el buen éxito no podía esperarse más que de la acción combinada de todos los que, por razones de parentesco o de posición, podían influir sobre el Zar.

Si el Emperador, como se ha dicho, enterado de la muerte del staretz, hizo el viaje desde el Gran Cuartel General en alegre estado de ánimo, ello significa, sin duda, que se daba cuenta de la funesta influencia de Rasputin en Rusia. Pero no pudo mantener esta actitud cuando otra vez estuvo envuelto en la atmósfera de Tsarkoe-Selo, donde las intenciones contra nosotros eran tan extremadas que nos veíamos amenazados por las formas más severas de castigo, según nos informaban muchos de nuestros amigos y visitantes.  

 

En tales circunstancias, ¿qué podían hacer las personas que expresaran su opi­nión individual ante el emperador y se apartaban luego, conscientes de haber cum­plido su deber?

 

Firmemente convencido de la inutilidad de luchar contra el destino, el zar Nicolás II, al fin de su reinado, vióse abrumado no sólo por desórdenes y fracasos de naturaleza política, sino por todas aquellas influencias funestas que le rodeaban y le arrancaban toda posibilidad de resistencia activa.

 

Para despertar su iniciativa y estimular su independencia hubiera sido necesario que la influencia de los que inmediatamente le rodeaban estuviese directamente contrarrestada por alguna fuerza poderosa y organizada sólidamente.

 

Si el emperador hubiese visto que la mayor parte de los miembros de la familia imperial y todos los hombres de honor que desempeñaban altos puestos en el Estado estaban armónicamente unidos en el esfuerzo por salvar el trono y Rusia, bien hubiera podido ocurrir que no solamente hubiese respondido a sus exhortaciones, sino que les hubiese agradecido su apoyo moral y el haberle libertado de las cadenas que le ataban.

 

Pero ¿de qué elementos podía sacarse esta fuerza sólidamente organizada? ¿Dónde encontrar gente que sacrificara su propio interés?

 

Los largos años de influencia de Rasputin, con sus intrigas subrepticias, habían contaminado a los que ocupaban altos puestos en el Gobierno de la nación, habían extendido la desconfianza y habían puesto el sello del escepticismo y la sospecha aun en los mejores y más honorables. Unos retrocedían ante la idea de resoluciones atrevidas; otros ya no creían en nada, y otros aspiraban sencillamente a no calentarse los cascos.

 

 Después que se habían ido los visitantes, el gran duque Demetrio Paulóvich y yo ya solos, recordábamos cuanto en el día habíamos oído—conversaciones, rumores, noticias de hechos —, y cambiábamos impresiones.

 

  Las conclusiones a que llegábamos distaban mucho, en verdad, de ser alentadoras. Una a una se extinguían nuestras brillantes esperanzas; aquellas esperanzas que nos habían conducido a dar fin de Rasputin y nos habían sostenido en la pesadilla de aquella noche inolvidable del 16 de diciembre.

 

Como leyendo un libro, miraba yo página a página todo lo que había pasado: mi conocimiento con Rasputin, mi idea, gradualmente fortalecida, de destruirle; el repugnante simulacro de amistad con aquel hombre odioso y los inmensos esfuerzos que me había costado mantenerme en el papel que me había asignado.

  ¡Con qué entusiasmo habíamos llegado a creer que un solo golpe nos daría el triunfo sobre el mal!

Se nos aparecía a nosotros Rasputin como un proceso canceroso y que, quitándole de la monarquía rusa, volvería a ésta la salud. No queríamos admitir que este cáncer hubiese llegado a tener tan profundas raíces que su obra de destrucción hiciese ineficaces aun los más radicales remedios.

 

Todavía hubiera sido más desalentador advertir que la presencia de Rasputin en aquella escena no era, sencillamente, una desgraciada casualidad, sino que estaba invisiblemente relacionada con algún oculto proceso de desintegración que ya había afectado parte del organismo del Estado ruso.

 

Aquellos días de arresto en el palacio Sergei nos instruyeron en cuán difícil resulta cambiar el curso de la Historia, por más que nos inspiren intenciones sinceras y nos aprestemos a todo sacrificio.

Pero aún esperábamos mejores tiempos, confiados hasta el fin.

El pueblo entero también los esperaba y creía en ellos. Pasaba sobre Rusia una gigantesca ola de patriotismo. El entusiasmo se advertía especialmente en ambas capitales.

 

Todos los periódicos publicaban artículos encomiásticos. Se interpretaba el reciente acontecimiento como anuncio de la extinción de una mala influencia que había llevado a Rusia al borde de la ruina. Se expresaban las esperanzas más firmes en el futuro, y la voz de la Prensa era en aquella ocasión reflejo legitimo del pensar ¡y el sentir del país entero. Pero esta libertad de expresión duró poco. Al tercer día se transmitieron a toda la Prensa órdenes especiales prohibiendo nombrar siquiera a Rasputin.

 

La opinión pública, no obstante, hallaba manera de expresarse por otros medios. Las calles de San Petersburgo daban impresión de fiesta. Sin conocerse, paraban unos hombres a otros para felicitarse de lo que había pasado. No era raro ver gentes caer de rodillas y persignarse al pasar por delante del palacio del gran duque Demetrio Paulóvich o de mi casa de la Moika. En todas las iglesias hubo acciones de gracias.

En todos los teatros pedía el público el himno nacional y lo coreaba con entusiasmo. En las casas particulares, en las mesas de los oficiales y en los restaurantes se brindaba por nosotros y se bebía a nuestra salud. En las fábricas, los trabajadores nos daban tres hurras.

 

A pesar de las medidas restrictivas tomadas por las autoridades para lograr nuestro aislamiento completo del mundo exterior, recibíamos numerosas cartas de felicitación escritas en los más emocionantes términos. La gente nos escribía desde todas partes: desde el frente, desde varias ciudades y pueblos, de las fábricas y de las instituciones públicas. También nos escribían, partidarios de Rasputin jurando vengar la muerte del staretz y matarnos.

 

La gran duquesa María Paulovna, hermana del gran duque Demetrio, transmitiéndonos sus impresiones de Pakov —que era el Cuartel General del frente Norte — nos decía que la muerte de Rasputin había levantado la moral del Ejercito e inspirado el convencimiento de El Emperador se desharía ahora de la pandilla de Rasputin que le rodeaba y reuniría a su alrededor personas honradas y fieles.

Una palabra del Emperador que expresara su propósito de vida nueva — aunque exigiera nuevos sacrificios por el país —, y se habría olvidado y se habría perdonado todo.

                                                                                                                                           

                                                                                                                                          

 

Algunos de los presentes no creían en la muerte del staretz, y suponían que todo lo que se decía en contrario era pura invención. Otros hablaban de “fuentes fidedignas”, hasta de “testigos presenciales”, en apoyo de su afirmación de que habían matado al staretz durante una bacanal en casa de las gitanas. Otros, confidencialmente. Aseveraban que Rasputin había sido muerto en mi casa de la Moika y que yo había participado en su asesinato. Los menos crédulos de ellos suponían poco probable que yo hubiese tomado parte activa en el asesinato mismo, pero admitían que yo estaba enterado de todo y me abrumaban a preguntas. Desde todas partes se lanzaban sobre mí miradas escudriñadoras, con la esperanza de leer en mi cara la verdad. Pero yo me conservé tranquilo y me sumé al regocijo general; y gracias a mi conducta las sospechas fueron desvaneciéndose gradualmente.

 

En tanto, el timbre del teléfono no dejaba de sonar. En todo San Petersburgo se relacionaba mi nombre con la desaparición de Rasputin. Me llamaban parientes, amigos y miembros de la Duma, y representantes y directores de diversas industrias y factorías que me comunicaban que sus empleados estaban dispuestos a darme guardia si lo creía preciso. A todos contestaba yo que los rumores de mi participación en el asesinato de Rasputin eran por completo falsos, y que yo no sabía nada.

 

 

 

 

 

 

CAPITULO  XXIV

 

 

EL DESTIERRO

 

 

Un día el señor Trepov, presidente del su Consejo de Ministros, mandó a buscarme.

Tenía yo gran esperanza en esta entrevista, que luego fue para mi gran desilusión. Escoltado me llevaron al Ministerio del Interior. Trepov me había mandado a buscar por orden del Emperador, que a toda costa quería saber quién había matado a Rasputin. Me acogió muy amablemente y recordó su intimidad con mis padres, y me advirtió luego que le considerara no como a funcionario, sino como a un viejo amigo de la familia.

 


— ¿Probablemente ha mandado usted a buscarme por orden del emperador?— pregunté.

Asintió con un movimiento de cabeza.

—De lo que se sigue que todo lo que yo le diga le será  repetido a él.

—Desde luego. Yo no puedo mentir al soberano.

—Pues, después de lo que acaba usted de decirme, no supondrá que yo voy a confesarme autor de la muerte de Rasputin, caso de haberle matado, ni voy a. decirle a usted quién es el culpable, caso de que yo lo conozca. Diga a Su Majestad que los que han matado a Rasputin, lo han hecho con el propósito de salvar al zar y al país de una ruina inevitable.

 

—Y ahora permítame que le pregunte en el terreno personal—continué-—: ¿Va usted a seguir perdiendo tiempo en descubrir al matador de Rasputin, cuando es precioso cada minuto que pasa y queda todavía una posibilidad, la última, según todas las probabilidades de salvar la situación?. Considere por un momento la significación que Rusia entera da  a la desaparición de ese advenedizo, el entusiasmo que ha despertado en todas partes.

 

Entre la pandilla gobernante de Rasputin la confusión es absoluta. ¿Y el Emperador?. Estoy convencido de que en lo profundo de su alma se alegra también de lo que ha pasado y está esperando ayuda de todos ustedes. Júntense y procedan, ya que todavía es tiempo.

Seguramente alguno de ustedes percibe que estamos al borde de una revolución terrible, y que si el Emperador no se le saca del círculo fatídico en que está encerrado él mismo y toda la familia imperial y todos nosotros nos moveremos barridos por la obra del populacho. La revolución es inevitable a menos que se desvíe desde arriba con un cambio, con una regeneración política radical.

El ministro me había escuchado con atención y asombro. Evidentemente no tenías costumbre de que le hablasen con esa claridad.

 

- Dígame, príncipe – me preguntó de repente, ¿cómo ha adquirido usted tal dominio de sí mismo y tal presencia de ánimo?.

 

No contesté. El tampoco dijo nada más.

Mi entrevista con el presidente del Consejo de Ministros había sido la última apelación hecha a los altos funcionarios del Gobierno.                             

Todavía no se había decidido nuestra suerte. En Tsarkoe-Selo se celebraban in- terminables conferencias para ver qué se haría con nosotros.

 

El 21 de diciembre mi suegro, el gran duque Alejandro Micailóvich llegó a San Petersburgo. Enterado del peligro que nos amenazaba, venía desde Kiev al Cuartel General en que estaba como comandante en jefe del Servicio del Aire. Vino derecho al palacio del gran duque Demetrio, y en seguida marchó a Tsarkoe-Selo. Como resultado de su entrevista con el emperador, el mismo día llegó al palacio Sergei el general Maximóvich con órdenes del Emperador para que el gran duque Demetrio Paulóvich. saliera inmediatamente de San Petersburgo con dirección a Persia, donde debía presentarse el general Baratov, comandante en jefe de la división persa. Su tutor el general Laiming, y el conde Kautaisov, ayudante del Emperador, debían acompañarle.

 

 

A las once de la mañana el prefecto de Policía vino a anunciar que el tren en que había de ir  el gran duque Demetrio salía a las dos de la madrugada.

A mí también se me ordenó salir de San Petersburgo, El punto de mi destierro era mi hacienda Rakitmoe, en la provincia de Kursk. Mi tren salía a media noche. Se encargó de vigilarme al capitán Zenchikov, oficial instructor del Corps des Pages de Su Majestad, y había de acompañarnos hasta Rakitnoe. Ignátiev, director adjunto de la Policía secreta. Tanto el capitán Zenchikov como Ignátiev habían recibido de Protopópov mismo estrechas instrucciones para mi completo aislamiento.

 

Al gran duque Demetrio Paulóvich y a mí nos causó gran contrariedad la partida. Los días que a causa del arresto habíamos pasado juntos en su palacio habían sido para nosotros como años por lo que en ellos habíamos vivido. Habíamos empezado por acariciar esperanzas en cambios que favorecieran a Rusia, y acabábamos enterrándola. Y ahora el destino nos obligaba a separarnos, y sin saber cuándo volveríamos a vernos ni en qué circunstancias. La perspectiva era siniestra. Los malos presentimientos nos acongojaban.

A las once y media de la noche el gran duque Alejandro Micailóvich vino a buscarme y me llevó a la estación. No se permitía entrar al público en el andén, y guardaban la estación numerosas fuerzas de Policía.

Al despedirse de mí el gran duque Alejandro Micailóvich me dijo que él también saldría de San Petersburgo por la mañana y que su tren alcanzaría al mío.

 

¡Con qué pesar entré en el vagón! La campana sonó por tercera vez, lanzó la máquina su estridente silbido, y el andén fue quedando atrás y desapareciendo. Poco después se desvanecía San Petersburgo en la noche invernal. El tren corría por su solitario camino a través de campos cubiertos de nieve que dormían en la oscuridad.

 

Yo también estaba solo, si se descontaban los pensamientos que acudían a mi cerebro en tropel y el monótono sonar de las ruedas que me llevaban.

 

 

 

 

CAPITULO  XXV

 

 

EL DESASTRE. ABDICACIÓN DEL EMPERADOR

 

 

 

Luego empezó el desastre de Rusia. Primero, la abdicación del emperador. Luego la agonía del Gobierno provisional, condenado desde el día mismo de su nacimiento. Por último, con el estampido de los cañones y el chasquido de los fusiles que bombardeaban ambas capitales, vinieron los  bolcheviques y el dominio terrible, sediento de sangre, de la Tercera Internacional que amenazaba la paz del mundo entero.

 

 ¡Cuántos horrores había vívido nuestro país, cuántos millones de vidas se habían perdido, cuántos testimonios de nuestra cultura habían sufrido destrucción!

 

Siguió una emigración sin precedentes en la Historia. Masas de gente equivalentes en número a la población de un Estado abandonaban su patria y se desperdigaban desterradas por todo el mundo.

Este éxodo de los rusos sin hogar dura años, y ninguno de nosotros sabe cuándo  sonará la hora del retorno. ¿Viviremos  para llegar a verlo? ¿O será para nuestros hijos para quienes alboree la luz gloriosa de la liberación de Rusia?

 

Los desterrados viven siempre de esperanza en el futuro y de recuerdos del  pasado; más quizá de recuerdos del pasado porque el futuro nadie puede verlo.

Todos nosotros acariciamos visiones del pasado, recuerdos de seres queridos muertos mucho tiempo ha; recuerdos de un género de vida que pasó; visiones de nuestro país, tan bello, tan poderoso y tan vasto, desde sus heladas playas del Norte a las radiantes del Sur besadas por el sol.

 

 La gran Rusia se ha hundido en un abismo. Grande era no sólo por sus territorios y por recursos militares, sino por la parte que tuvo en política y en historia y en el adelanto de la civilización. Los extranjeros, en su mayor parte, no la conocen. Los cuentos familiares de un “país bárbaro” gobernado por zares despóticos con ayuda del knut y el látigo, no son otra cosa que meras invenciones a menudo fabricadas por aquellos emigrantes, los más de origen extraño, de entre los cuales salieron Trotski, Lenin y Zinoviev. El mundo occidental, desgraciadamente, daba crédito a estas fábulas y no veía la verdadera Rusia, ni sabía su historia. Olvidaba que durante siglos había sido Rusia el baluarte de Europa contra las invasiones mongólicas. Que ella sufrió el yugo tártaro que finalmente pudo arrojar de sí, y que luego, bajo el dominio de los grandes zares moscovitas, había formado un Estado unido y poderoso.

 

El mundo occidental había olvidado a Pedro el Grande, a Catalina y sus sucesores, cuyo esfuerzo se encaminó principalmente a la ilustración y el desarrollo intelectual del pueblo. Bajo el patronato de los zares se fundaron universidades e institutos, floreció la ciencia y se dieron al mundo nombres grandes y el arte alcanzó un nivel que aun ahora es admiración del viejo mundo y del nuevo.

 

 Si Rusia hubiera sido una nación de bárbaros sometidos a la bota de hierro de déspotas crueles, ¿hubiera producido escritores del genio de Puchkin, Gogol, Tolstoi y Dostoievski, o músicos tan grandes como Glinka, Dargomizhski, Mussorgski, Borodin, Rimski-Korsakov y Tchaikovski?

El rasputinismo, como una lepra, cogió a Rusia en sus garras, derribó la Rusia imperial con su último zar, cuya memoria evoca hoy todo ruso honrado con la pena más profunda.

 

El reinado de este Emperador pudiera haber sido de los más gloriosos de nuestra Historia si la revolución no hubiera hundido a Rusia en el borde mismo del triunfo, a punto de ser victoriosa en una guerra que había costado sacrificios sin cuento. Si Rusia hubiese llevado la guerra a término feliz hubiera podido ser el Estado más poderoso del mundo. Su emperador hubiera sido el árbitro supremo de Europa, como su predecesor Alejandro I  después de su entrada triunfal en Paris en 1815.

 

El emperador fue víctima del destino. En medio de sus sueños de paz universal se vio lanzado a la guerra rusojaponesa y luego a la terrible guerra mundial. Amaba a su pueblo y lo arrancaron de él. Sentíase atraído por el alma limpia y sencilla del simple campesino ruso, y el destino le envió, con el disfraz de campesino, a quien no sólo era un criminal y un ladrón de caballos, sino un traidor, el que llevó al Emperador y a Rusia a la ruina. Suspiró el emperador por un hijo y heredero que le sucediese y a quien dejar el trono que se hubiera preocupado de asegurar, y después de largos años de espera le nació un hijo inteligente y capaz, pero afectado desde el día de su nacimiento de una incurable enfermedad que a cada momento podía poner término a su vida. El padre no le transmitió la corona; abdicó en nombre suyo y en el de su hijo. No quería ver a un niño enfermo en un trono ya sacudido por la revolución. Y cuando le llegó la hora de la muerte este padre vio cómo el revólver apuntaba a su único hijo, el niño a quien él había llevado en brazos al sombrío sótano en que toda la familia fue tan inhumanamente asesinada.

 

 La bondad natural del emperador, su grandeza de alma, su profundo y desinteresado amor por Rusia, se manifestaron en toda su grandeza moral, no sólo en la hora de su martirio, sino también en el modo y en los motivos de su abdicación. Su último manifiesto y su orden de despedida del Ejército son documentos que tienen interés humano, aparte de su significación histórica.

 

Cualesquiera errores que el emperador pudiese haber cometido bajo la influencia de fatales engaños, el bienestar de su país había sido su cuidado constante.

 

El manifiesto dice así:

“En estos tiempos de intensa lucha contra un enemigo exterior que desde hace cerca de tres años se esfuerza por esclavizar nuestro país, ha querido Dios Nuestro Señor enviar a Rusia otra muy aflictiva prueba.‘Los desórdenes que han comenzado entre nosotros amenazan tener un desastroso efecto en el progreso de esta guerra tenazmente sostenida.

El destino de Rusia, el honor de nuestro heroico Ejército, el bienestar del pueblo y todo el porvenir de nuestro amado país natal demandan que la guerra se lleve a toda costa a un fin victorioso.

Un cruel enemigo hace sus últimos esfuerzos y está cerca la hora en que nuestro valiente Ejército con la ayuda de nuestros gloriosos aliados habrá de derrotarlos.

En estos días decisivos para la vida de Rusia hemos estimado nuestro deber facilitar la estrecha unión de nuestro pueblo y alinear todas sus fuerzas para alcanzar la victoria y de acuerdo con la Duma imperial hemos decidido renunciar al trono de Rusia y despojarnos del Poder supremo.

No queriendo apartarnos de nuestro amado hijo, dejemos la herencia a nuestro hermano el gran duque Miguel Alejandrovich, a quien bendecimos al ascender al trono del Imperio ruso y conjuramos para que gobierne en plena e inquebrantable armonía con los representantes del pueblo de las asambleas legislativas, según los principios que ellos determinen, y cumpliendo juramento de hacerlo así.  

 

En nombre de nuestro muy amado país hacemos un llamamiento a los fieles hijos de la patria para que cumplan su sagrado deber con ella obedeciendo al Zar en estos tiempos de grave crisis nacional y le ayuden juntos con los representantes del pueblo a llevar a  Rusia por el camino de la victoria, la gloria y la prosperidad.

¡Que Dios Nuestro Señor ayude a Rusia. Nicolás I

(comunicado por el Jefe de Estado Mayor del Comandante en Jefe. Escrito a 8 de Marzo de 1917. Orden n.º 371).

 

Después de su abdicación y antes de abandonar la zona de operaciones, el Emperador Nicolás II se despidió de sus tropas en los siguientes términos: “Me dirijo a vosotros por última vez, mis muy amadas tropas. Ahora que he renunciado al trono de Rusia, en mi nombre y en el de mi hijo, el Poder supremo ha pasado al Gobierno Provisional establecido por iniciativa de la Duma Imperial.

 ¡Que Dios ayude y conduzca a Rusia para el camino de la gloria y la prosperidad!.

Y que Dios os ayude, valientes tropas a defender nuestro país del enemigo durante dos años y medio.  Habéis soportado hora por hora las durezas del servicio militar, se ha derramado mucha sangre, se han hecho muchos esfuerzos, y se acerca ya la hora en que Rusia unida con sus bravos aliados en un deseo de común victoria va a quebrantar la última resistencia del enemigo. Esta guerra sin precedentes debe prolongarse hasta un fin plenamente vistorioso.

Quien en estos momentos piense en la paz, es un traidor a su país. Sé que éste es el sentir de todo militar honrado.  

 

Cumplid vuestro deber, defender nuestro gran país valerosamente, obedeced las órdenes del Gobierno provisional, obedeced a vuestros oficiales y recordar que todo debilitamiento de la disciplina no es más que un servicio que se hace al enemigo. Creo firmemente que se aloja en vuestro corazón un amor sin límites para nuestro gran País. Qué Dios os bendiga y que San Jorge, el gran mártir os lleve  a la victoria. Nicolás.

 

 

Gran Cuartel General, 8 de marzo de 1917. –

 Firmado: General Alexiev, Jefe de Estado Mayor

 

Esta orden del Emperador, en virtud del veto del señor Guchkov, Ministro de la Guerra en el Gobierno provisional, no se publicó.

No llegaron, por tanto, a conocerla, ni el Ejército, ni el país.

 

 

 

 

FIN

 

 

 

 

        

 

“LA DERROTA”

 

 

La nueva generación de escritores rusos corresponde cumplidamente a la admiración que nació en España del conocimiento de los grandes maestros de la literatura:  Tolstoy, Dostoievski, Turguenev, Gorki, etc.  

 

Son muchas ya las novelas traducidas en nuestro idioma, y por ellas se puede ver que la que se ha dado en llamar literatura proletaria no desmerece de la que se llamó  literatura revolucionaria. Antes continúa aquella y recoge el sentimiento del alma eslava, que si en su interior conserva las características de los tiempos pasados, va renovando sus sentimientos, elevándolos, humanizándolos, desprendiéndolos de sus temores y aquel fatalismo que es la consecuencia de su secular servidumbre.

 

 

Renacer de la personalidad individual va  cuajando poco a poco y se evidencia en constantes modificaciones, actos aislados, momentos más o menos rápidos y más o menos repetidos que justifican las esperanzas de los libertadores y prometen un resurgir total y próximo de esa raza que hace unos años se contaba por almas que recibía trato de desalmada.

 

De las novelas traducidas al español, dos quedarán como ejemplares de esta nueva literatura: “El Cemento", de la Gladkov y “La Derrota”, de Fadellev. O, al se profiere, “La Derrota” ya que la obra de Fadellev se refiere a la época de desorganización revolucionaria y la de Gladkov a la de reconstrucción.  

 

“La Derrota”  es la historia de un destacamento revolucionario de Kolchak ayudadas por las tropas japonesas invasoras de Siberia con el pretexto de defender al ejército checoslovaco que abandonaba Siberia después del Tratado todo ruso-checo de marzo de 1918, un  destacamento compuesto por representantes de todas las capas oprimidas, mandado por un comunista. No un héroe popular, ni un jefe con antecedentes de jefe, que llegado el momento de elegir una persona que dirigiese, dio la mayor sensación de capacidad por las dotes de mando que se desprendían de su voluntad, de su fe en la causa y de su sentimiento del deber.

 

Junto a esta figura central viven y mueren otras figuras no menos reales, y entre ellas, la más representativa de esa juventud que acudió al llamamiento de sus libertadores con ansías de libertad, por ignorante de sus deberes y obligaciones: Morozca el siberiano, tosco y primitivo, que se emborracha y hasta roba, pero que se avergüenza de la mala acción y, animado por su amor a la revolución, va enmendando sus yerros. Aspiración de todo el destacamento, que en los momentos más difíciles comprende que su rectitud es lo que dará  la victoria final a la causa.

 

Esta es la novela de Fadellev. Un momento de la revolución bolchevique. La lucha desesperada de unos hombres mal  equipados, desarmados y hambrientos, pero tan llenos de fe en sus ideas que las llevaron, en contra del mundo entero, a la victoria definitiva.

 

Fadellev se muestra como un gran escritor realista, psicólogo perfecto y con una fuerza de expresión tan completa que la crítica rusa ha recordado el nombre de Tolstoi al comentar las páginas de “La Derrota”.

 

 

 ...

 

 

 

Año 1—Núm. 48      1 de diciembre de 1929

 

Revista Literaria

NOVELAS Y CUENTOS.

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EL PRINCIPE YUSSUPOFF

 

 

     Félix Felixóvich, príncipe de Yussupoff y conde de Sumarokoff-Elston, nació el 11 de marzo de 1887 en San Petersburgo.

 

     Su nobleza era una de las más rancias en el Imperio de los zares, de tal manera que pudo gracias a ella contraer matrimonio, en febrero de 1914, con la princesa de Rusia Irene Alejandróvna, La familia Yussupoff, de origen caucásico, hace remontar su antigüedad a Ismael, soberano de los tártaros en el siglo XVI;  pero no hay relación de continuidad hasta Dimitri Seinchevich, muerto en 1719. El título de príncipe Yussupoff sólo fue reconocido por el Senado ruso en 1847 y admitido por la nobleza en 1880. El último príncipe Yussupoff de la rama directa fue Nicolás Borísevich, casado con la condesa Tatiana. Este matrimonio no tuvo más descendencia que la princesa Zenaida, madre del actual príncipe. La princesa Zenaida se casó con el conde de Sumarokoff-Elston, descendiente directo de una noble casa que se supone se trasladó a Rusia desde la Europa occidental, instalándose en el Estado libre de Novgorod en 1450. Pero la dignidad condal rusa no le fue concedida a esta casa hasta 1856.

 

   El príncipe Félix Felixóvich fue autorizado por ucase imperial en 1914 a llevar reunidos los dos títulos de sus padres y jun­tas las armas de las dos familias.

    Como miembro de la familia Imperial, su vida transcurrió en los medios de la Corte, y su carrera fué la militar. En sus Memorias, que publicamos hoy, da cuenta de su vida hasta el momento de la abdicación del Zar.

 

    Cuando conoció a Rasputín el príncipe Félix tenía veintidós años y se hallaba en posesión de una posición envidiable, pues añadía a su juventud una fortuna inmensa y un lugar preeminente en la aristocracia y en la Corte del fastuoso imperio de los Zares. El odio del príncipe hacía Rasputin tuvo dos orígenes: uno que podíamos llamar íntimo y - otro - público. El primero se refería al trato que Rasputin daba a su admiradora la señorita M.. (Munia Golovin), joven admirable que había sido novia de un hermano del príncipe y que estaba liada a éste por una vivísima simpatía, que era correspondida. El motivo público de su odio fue el mismo que sintió Rusia entera, y más particularmente los más allegados a la real familia viendo la influencia verdaderamente todopoderosa, de la que hacia vergonzoso uso, que tenía el antiguo mujik en la clase pública rusa por la. sumisión incomprensible de la Zarina. En realidad, el príncipe Yussupoff no quiso librar a Rusia de la influencia nefasta de Rasputin, sino que se propuso libertar a la real familia (que era la suya) y a su amiga Munia de aquella influencia tiránica que avergonzaba al príncipe y que debía avergonzar más aún a quienes la sufrían.

 

    En este estado de ánimo llegó al asesinato que se relata en esta obra, asesinato por el que fue desterrado a sus posesiones del Cáucaso, por orden del Emperador.

    Desaparecido entonces por causa de su destierro y ajeno a los movimientos que desde 1917 conmovieron al mundo se le creyó muerto y hasta se le dio como asesinado por los bolcheviques en 1918. No era así, sin embargo, y bien pronto había de dar al mundo la prueba patente de su existencia, con la publicación de “sus memorias”, relatando todo el proceso que siguió a la conspiración contra Rasputin y la muerte de este favorito de la Corte.

    El declararse autor de la muerte, cosa ya sospechada y hasta confirmada en 1917, ha sido motivo recientemente de un proceso que le ha seguido en Francia la familia de Rasputin.

 

    Creemos que la publicación de las memorias del Príncipe Yussupoff será para nuestros lectores del mayor interés. Ellas explican mejor que ninguna otra cosa, puesto que sin pretensiones de historia son la Historia misma, el momento dificilísimo que atravesaba la corte rusa por el grado de desorganización a que había llegado. También servirá el conocimiento de estas páginas para comprender los posteriores sucesos que llevaron a la Rusia de los Zares a la dictadura del proletariado.

 

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      Dedicado a mi padre, Manuel Capella Guillén,  que me transmitió, en esta extinguida libra, una historia que tanto le gustaba.

                                                          (Manuel Capella Torres)