REFLEXIONES SOBRE POSIBILISMO LIBERTARIO

Jesús ruiz pérez
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Jesús RUIZ PÉREZ, “Reflexiones sobre Posibilismo libertario”, en Libre Pensamiento. Papeles de reflexión y debate, Madrid, Nº44 (2004), pp. 72-83 
ISSN 1138-1124
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Grupo de republicanos de Nájera durante una excursión al monte San Lorenzo (Ezcaray), abril de 1936.
Al fondo, en el centro de la fotografía, se encuentra Félix Morga


Una vida, hasta la más sencilla, es algo muy complejo, donde se mezclan experiencias, conductas, ideas y sentimientos, a veces en contradicción. La coherencia absoluta y la pureza son extrañas en la realidad y, si resultan sospechosas cuando aparecen en relatos históricos, tanto más cuando se trata de biografías[1].

Si ya plantea de por sí contradicciones la trayectoria de un individuo, cuánto más la de alguien como Félix Morga, escogido por encarnar la manifestación de un fenómeno a su vez complejo, una postura fronteriza e inestable: el posibilismo libertario.

No es la primera vez, ni mucho menos, que se usa este concepto; razón de más para aclarar su significado con precisión. Con el término posibilismo libertario nos referimos a la postura de aquel sector del movimiento libertario que, sin renunciar a sus objetivos últimos, la destrucción del capitalismo y del Estado, decidió apoyar la Segunda República y aceptar el sistema democrático como marco adecuado para desarrollar su actividad, actitud que en ocasiones se plasmó en el ejercicio del poder político o la participación en estructuras de partido. Incluimos en esta definición la referencia a un periodo concreto, el régimen republicano desarrollado durante los años treinta del siglo XX, por ser aquel en el que se centra nuestra investigación, uno de los escasos intervalos democráticos de la historia de España que coincidió, al mismo tiempo, con el momento de mayor fuerza del anarcosindicalismo, condiciones idóneas para que el fenómeno surgiera[2]. No obstante el término podría extenderse, en líneas generales, a otras épocas, tanto anteriores como posteriores[3]. De hecho, si creemos a Federico Urales, la paternidad del término posibilismo libertario corresponde a Salvador Seguí, quien a finales de 1922 y principios de 1923 lo habría utilizado durante sus intervenciones en público para proponer una táctica similar a la que hemos expuesto: que la CNT prestara su apoyo a los partidos republicanos con el objetivo de desarrollar un programa mínimo desde el Gobierno[4].

 Parece demasiada casualidad, pero Salvador Seguí pronunció un mitin en Nájera en diciembre de 1922, durante su gira de propaganda por La Rioja. Y es muy probable que allí conociera al Presidente y fundador del Sindicato Único de Nájera, Félix Morga, en cuya casa estaba la sede de la CNT. No quiero dar a entender que, tras el hipotético encuentro, Morga se volviera un converso de la, también hipotética, nueva doctrina posibilista de Salvador Seguí. De hecho todo parece indicar que no fue así, ya que cuatro meses después, reciente el asesinato del “Noy”, escribió la crónica de un mitin antipolítico celebrado en la localidad, en esta ocasión con la presencia de los oradores Galo Díez y Feliciano Subero, y acabó su relato ratificando los principios vertidos en el mismo. No se cayó del caballo camino de Damasco: hemos dicho que las cosas no son tan sencillas. Pero bien pudo aprender algo de Seguí.

Bajo la Segunda República, desde las mismas elecciones municipales de abril de 1931, Félix Morga ocupó el cargo de concejal en el Ayuntamiento de Nájera, donde llegó a desempeñar la Alcaldía durante más de dos años y medio. Parte de los miembros del Círculo Republicano local, al que pertenecía, se habían opuesto a presentarle como candidato, y tuvo que concurrir fuera de lista, prófugo como estaba por dos delitos de sedición, tras distinguirse en la huelga general contra la Dictadura del diciembre anterior.  Los republicanos moderados habían vetado al huido por su condición de líder anarcosindicalista, o, como a él mismo le gustaba decir, “comunista libertario”. Y Félix Morga siguió siéndolo tras su entrada en el Ayuntamiento, ejerciendo el cargo de Secretario del Sindicato Único de Nájera al menos hasta el final de 1931, y figurando entre sus dirigentes hasta que se le expulsó de la CNT, uno o dos años más tarde de esta fecha.

Nos encontramos de este modo ante un caso de posibilismo libertario, tal y como ha quedado definido más arriba. Una situación particular que ofrece la oportunidad de estudiar en qué circunstancias, con qué objetivos y de qué modo intervinieron los libertarios de Nájera en la vida política municipal.

Nos referimos a los libertarios, como colectivo, y no a un individuo, porque Félix Morga no dio el paso de apoyar a la Segunda República en solitario, sino que en ese recorrido también le siguieron muchos de sus compañeros. Así lo indican, por ejemplo, los casos locales de doble militancia, republicana y anarcosindicalista, tanto más significativos por lo difícil que resulta detectarlos, o esas manifestaciones conjuntas donde, junto a los vivas a la República, se daban vivas al Sindicato Único, al sindicalismo y al comunismo.

La prueba más evidente de la amplia base con la que contó el posibilismo en Nájera la constituye el respaldo que la actuación de Morga recibió del Sindicato Único. No está claro si se segregó de la CNT al sindicato en bloque, debido a este respaldo, o si la salida se produjo por solidaridad con Félix Morga después de que fuera reclamada su expulsión según marcaban los estatutos. Sea como fuere, esta sociedad obrera acabó constituyéndose en Sindicato Autónomo de Trabajadores, independiente de la CNT, aunque siguió conservando, tanto por orientación como por composición, carácter libertario.

Si nos hemos centrado en la biografía de una persona, Félix Morga, ha sido en parte por necesidad, ante la carencia de fuentes suficientes para acceder a las experiencias de aquellos que decidieron seguirle y con quienes cooperó en un mismo proyecto, ya posibilistas ya republicanos del partido al que perteneció, el Partido Republicano Radical Socialista (PRRS). En este sentido Morga no sólo constituye el representante o portavoz de un colectivo, sino también un bastidor sobre el que ir urdiendo el tejido de relaciones humanas y circunstancias sociales que existió en torno suyo, aplicando el método microhistórico que Ginzburg y Poni denominaron “prosopografía desde abajo”, indicado para reconstruir la historia de las clases subalternas y, en general, de aquellos episodios para los que, como en éste, existe una documentación escasa y distorsionada[5].

La escasez de fuentes, en el caso de Nájera, viene dada en parte por el habitual sesgo discriminatorio inherente a la información elaborada por los medios periodísticos y las autoridades acerca de la  clase obrera organizada, que tiende a privilegiar los episodios de conflicto y violencia y a ignorar lo que constituía la labor cotidiana de las mismas. Pero también, y sobre todo, es consecuencia de la sublevación del Ejército y el posterior periodo de represión, que pusieron fin de modo traumático al posibilismo libertario en Nájera, desmantelaron sus estructuras políticas y sindicales y acabaron con la vida de quienes lo habían sustentado, entre ellos Félix Morga, asesinado en una emboscada el mismo 19 de julio de 1936. Faltan muchos testimonios porque existió una pretensión deliberada de eliminar este fragmento del pasado y criminalizar su recuerdo.

En torno a la mitad de la población activa de Nájera, cabecera de comarca que alcanzó los 3.000 habitantes en 1930, se dedicaba a la agricultura, predominando los jornaleros y los pequeños propietarios, y la industria estaba formada, en su mayor parte, por talleres de artesanía. Dentro de este panorama Félix Morga formaba parte de un grupo de trabajadores que gozaba de cierta independencia económica, y del cuál surgieron los cuadros dirigentes de las formaciones políticas y sindicales de izquierda en la localidad. Nacido en el seno de una familia humilde, en enero de 1891, trabajó muchos años como zapatero por cuenta ajena, y desde mediados de 1920 se dedicó al cultivo de tierras en arriendo, manteniendo al mismo tiempo un pequeño taller de zapatería en el bajo de su casa.

Félix Morga sólo recibió estudios de primaria, pero adquirió una formación intelectual considerable de modo autodidacta. Se sentía orgulloso de su condición de gran lector, y citaba El Quijote de memoria, sabía redactar con estilo y corrección y dominaba el arte de hablar en público. Unas dotes que le señalaron como la persona ideal para desempeñar los cargos de responsabilidad tanto en el sindicato como en las agrupaciones republicanas.

A través de sus intervenciones en los plenos y los artículos, hojas sueltas y cartas que escribió, Morga dejó constancia de su pensamiento, circunstancia que hace posible reconstruir los fundamentos ideológicos en los que descansó su apoyo a la Segunda República y su participación en el poder municipal.

Entre estos fundamentos destaca la existencia de algunos principios compartidos por  libertarios y republicanos durante el primer tercio del siglo XX: una visión de la historia como progreso continuo hacia formas de organización social cada vez más perfectas y, ligada a ésta, la confianza en la difusión de la cultura como impulsora de esta transformación[6]. Aquellos que no juzgaban inmediata la revolución social encontraron en estos elementos material para construir la percepción de la República como una etapa de mejora que debía ser agotada. Así lo hizo el sector moderado que dominaba la CNT en los primeros meses de la República, actitud continuada por la corriente conocida como treintista o sindicalista.

Aunque en relación con la de este grupo, la postura adoptada por Morga constituyó una manifestación particular, que hasta ahora no había sido objeto de estudio, ya que desde el inicio de la Segunda República asumió el ejercicio del poder municipal y la militancia en un partido republicano. Para entender esta decisión resulta capital la separación establecida por Morga entre la actividad que correspondía al Sindicato, apolítica, y la desarrollada al margen de éste.

Nunca pretendió realizar una transformación revolucionaria desde el poder político, como prueba la misma decisión de ingresar en un partido burgués. Su objetivo era preservar la propia democracia republicana, a fin de salvaguardar en última instancia los derechos y libertades civiles que permitían al Sindicato desarrollar su actividad. Porque consideraba que el único instrumento apto para la emancipación era el Sindicato, y como tal debía ubicarse en un espacio propio, antagónico respecto al Estado y la sociedad vigente, y conservar su apoliticismo[7].

Donde descansaba en realidad el proyecto redentorista de los posibilistas najerinos era en la actuación desarrollada al margen de la política. Por desgracia ésta resulta mucho más difícil de establecer a través de fuentes documentales, pero puede reconstruirse lo suficiente para descubrir que este espacio antagónico de resistencia existía realmente, edificado por los obreros con su propio esfuerzo a lo largo de años. El Sindicato era mucho más que un instrumento de mediación en las relaciones laborales. Como en muchos otros lugares, constituía un centro de instrucción, donde se recibían prensa y libros “de tema social”. También se encargaba de suministrar empleo a los parados, a través de su bolsa de trabajo, particularmente activa durante el ejercicio de Morga como Alcalde gracias a las obras públicas (lo que le valió una denuncia ante el Gobernador Civil firmada por un dirigente de la UGT local, que le acusó de partidismo). Y, más importante aún, funcionaba como una auténtica sociedad autónoma, con una identidad y una visión del mundo propias, que ofrecía a los trabajadores protección y disminuía su dependencia. Entre los obreros estaba extendida la conciencia de clase explotada, no tanto debido a los abusos que pudieran conocer, sino al rechazo al sistema capitalista en sí mismo. Y resultaron frecuentes los rasgos de solidaridad y apoyo mutuo, como la realización de trabajos colectivos para asistir a la familia de compañeros detenidos, inválidos o fallecidos[8].

La confluencia o cooperación con los republicanos en este espacio alternativo fue frecuente durante las primeras décadas del siglo. Fueron los republicanos, entre quienes se contó Félix Morga en su primera juventud, quienes iniciaron la celebración de funerales civiles y la resistencia frente al caciquismo, y también quienes fundaron el primer sindicato de clase, Fraternidad Obrera, en 1913, organización en cuyo mitin del Primero de Mayo de 1914 participaron tres oradores anarquistas y un miembro del Partido Radical. Tal colaboración se reforzó en los años veinte con la participación conjunta en conspiraciones contra la Dictadura.

Parte de los republicanos podían rechazar la entrada de un libertario en el poder municipal, pero otros apoyaron con firmeza su actuación, entre ellos el primer Alcalde republicano de Nájera, Valero Ojeda, y varios dirigentes racial socialistas de la provincia, como el diputado Jesús Ruiz del Río, el Gobernador Civil Sabino Ruiz o el abogado Domingo Martínez Moreno, que intervino como defensor en varios procesos por la insurrección libertaria de diciembre de 1933 en La Rioja.

Los miembros del PRRS de Nájera compartían con los posibilistas libertarios hasta el espacio físico, pues ambos se reunían en la casa que, a la altura de 1915, Félix Morga se había encargado de adquirir como sede del Partido Republicano. La extracción social de sus cuadros también era similar y, como ya apuntamos, se dio entre ambas formaciones un fenómeno de doble militancia.

La llegada de la Segunda República, tras casi ocho años de Dictadura, supuso un cambio radical en la vida pública española. El nuevo sistema prometía una forma distinta de ejercer el poder, una verdadera democracia, donde todos podrían intervenir en los asuntos públicos. Puede decirse que se generalizó la conciencia de ciudadanía. El mercado editorial se inundó de folletos de bajo precio dedicados a introducir al lector en las distintas corrientes políticas, y en particular las obreras, socialismo, sindicalismo, anarquismo o comunismo[9]. Hasta personas aisladas y marginadas del cuerpo de la sociedad, como los leprosos del Sanatorio de Fontilles (Alicante), internados en una institución de beneficencia, se organizaron por primera vez en una Unión de Enfermos para reivindicar un trato digno[10].

En este contexto, la abstención electoral, práctica frecuente del anarcosindicalismo durante la época de parlamentarismo monárquico, conllevaba un coste muy elevado. En Nájera, en otros pueblos de La Rioja, como el cercano de Uruñuela, y en otras localidades de España (existen indicios de ello en Aragón, Murcia o Galicia), algunos libertarios tomaron la decisión de participar en el poder municipal y llegaron a entrar en el Ayuntamiento.

Esta actitud tuvo una recompensa directa. Félix Morga consiguió implantar la hegemonía sindical de los libertarios en la localidad y utilizó los recursos económicos, simbólicos y legislativos del municipio para impulsar la secularización de la sociedad y la ejecución de obras públicas para absorber el desempleo, objetivos comunes con los republicanos de su partido, o, por ejemplo, para forzar a la Guardia Civil a abandonar el municipio.

No obstante el desdoblamiento entre política y sindicalismo, entre actuación desde dentro del Estado y, en paralelo, en contra del Estado, actitud cercana a la esquizofrenia inherente a todo posibilismo, no resultó un equilibrio sencillo. Existieron situaciones que pusieron en compromiso la fidelidad de los posibilistas libertarios a la República que se estaba edificando, y en las que recurrieron a la protesta o la resistencia contra las decisiones del Gobierno. Se protestó contra la deportación indiscriminada de libertarios a Guinea en 1932, a bordo del famoso vapor Buenos Aires, y se exigió, sin resultado, que se disolviera la Guardia Civil, especialmente tras los sucesos de Arnedo, producidos en enero de 1932. El Sindicato se negó a someterse a la ley de sociedades obreras de abril de 1932, que era rechazada por la CNT como una medida encaminada a acabar con la acción directa en la resolución de conflictos laborales. Y Félix Morga se vio obligado, como Alcalde, a crear en Nájera la Oficina de Colocación Obrera, lo que suponía despojar al Sindicato del control que ejercía sobre la contratación local, aunque optó por reducirla a la inoperancia. A estas discrepancias de los posibilistas respecto a la labor del Gobierno republicano, además de al peso que pudiera tener en la localidad la corriente intransigente del anarquismo, hay que achacar el descenso de la participación en las elecciones de noviembre de 1933, el año de los sucesos de Casas Viejas, las únicas que perdió la izquierda en Nájera, cuando hacía unos meses se había producido una amplia victoria municipal del PRRS.

También se planteó una situación difícil a quienes respondieron al dilema provocado por la nueva coyuntura con una táctica ofensiva, dirigida a derribar la Segunda República. Esta actitud se sustentó en el convencimiento y la promesa de que la revolución sería algo inmediato; y conforme pasaba el tiempo tal premisa se hacía cada vez más insostenible. Ante las elecciones de noviembre de 1933 la CNT desplegó una intensa campaña por la abstención. Tras la victoria de la derecha, la Confederación, ante la responsabilidad contraída, se vio obligada a responder con un nuevo intento revolucionario, la insurrección de diciembre de 1933: otra cosa hubiera significado reconocer su impotencia y, en suma, lo erróneo de la táctica adoptada[11].

En noviembre de 1933 alcanzaron en Nájera su mayor virulencia las tensiones entre el sector libertario intransigente, vinculado a la CNT oficial y a la FAI, y los posibilistas, llamados por los primeros despectivamente “morguistas”. Aunque parece lógico que existiera un enfrentamiento anterior, en principio no se dio una rivalidad notoria y pública entre ambas corrientes hasta finales de 1933, que adquirió tintes violentos con motivo de la campaña electoral. El 13 de noviembre Félix Morga se negó a conceder a los anarquistas permiso para celebrar un mitin, presumiblemente pro abstención, y Ernesto Gasco, el Secretario del grupo Espartaco, adherido a la FAI, que había ido personalmente a casa del Alcalde para hacer la solicitud, se enfrentó con él, llamándole “traidor, hipócrita y cobarde”, ante “su inconsecuencia política”, actitud que Morga denunció a la Guardia Civil[12].

En represalia la FAI, con la ayuda de compañeros venidos de Logroño y algunos pueblos de La Rioja Alavesa, impidieron que los candidatos a diputados dieran en Nájera su mitin, dos días más tarde, y planeó un atentado contra Félix Morga, en cuyos preparativos participó Ernesto Gasco, tentativa que no llegó a ejecutarse porque, puesto sobre aviso, la denunció el propio Alcalde.

Puede que en este momento asaltaran a Morga las dudas más dolorosas acerca de lo acertado de su postura, si tenemos en cuenta que estaba al tanto de la existencia de preparativos revolucionarios y que las elecciones las había ganado la derecha, lo cual venía a frustrar en gran medida las esperanzas puestas en el régimen republicano. En Nájera corrieron rumores de que pensaba dimitir. Pero a la hora de la verdad, cuando estalló la insurrección en varias localidades próximas la madrugada del 8 de diciembre, organizó patrullas de voluntarios, reclutados entre sus seguidores, para asegurar el orden público en la localidad.

Aunque al final de su vida alcanzara una posición de poder, Félix Morga parece libre de sospecha respecto a la presencia de oportunismo en su actuación, entre otras cosas porque su trayectoria estuvo plagada de obstáculos. Como otros muchos militantes libertarios de la época, hubo de arrostrar con frecuencia las represalias por su enfrentamiento con el orden establecido: sufrió el desahucio, registros domiciliarios, arrestos, multas, persecuciones, como la que le mantuvo fugitivo varios meses tras la huelga general revolucionaria de diciembre de 1930, más de dos semanas de prisión gubernativa por participar en la huelga general de octubre de 1934, varios intentos de atentado... Y, por último, murió asesinado.

Ni siquiera como Alcalde en el primer bienio tuvo un mandato cómodo, ya que fue destituido durante varios meses, en diciembre de 1931, por participar en una manifestación tumultuosa de carácter libertario llevada a cabo en Uruñuela, una sanción que estuvo a punto de recibir en muchas otras ocasiones, a causa de las denuncias formuladas contra él por la oposición, republicanos “de orden” incluidos.

Si algo destaca de su figura es el sacrificio por sus convicciones, mantenidas a contracorriente, y la rectitud moral, que le hacía adoptar resoluciones ciertamente impopulares, como la negativa a subvencionar corridas de toros municipales.

No obstante, como ya dijimos, una vida es algo complejo, y la coherencia perfecta no existe. En el comportamiento de Félix Morga existen rasgos de talante autoritario, y también de participación en el poder traspasando los límites de permisividad concedidos por su propia concepción del posibilismo.

Con el objetivo de fortalecer la posición del grupo que lideraba, que juzgaba la única correcta para lograr la emancipación humana, no dudó en debilitar la de los adversarios recurriendo a procedimientos ni liberales ni democráticos: prohibición de manifestaciones, donde pueden incluirse las procesiones, manifestaciones religiosas al fin y al cabo, prohibición de mítines (¡hasta un mitin anarquista!), cierre de centros políticos y sindicales (Acción Riojana, formación integrada en la CEDA, y Círculo Católico de Obreros), oposición a sancionar la constitución de una nueva organización sindical de orientación conservadora, y, probablemente, un uso partidista de la contratación de obreros en las obras públicas, en concreto las de alcantarillado, en beneficio de su propio Sindicato.

Al inicio de la Dictadura de Primo de Rivera Félix Morga había aceptado el cargo de concejal, que le correspondió, sensu estricto, por sorteo, a fin de denunciar y corregir los abusos llevados a cabo por el caciquismo, entrada en el Ayuntamiento que justificó escudándose en que no constituía un acto de colaboración con los golpistas, por cuanto preparaba al mismo tiempo la caída del régimen participando, desde fuera,  en la trama de conspiraciones. Y tras el triunfo del Frente Popular aceptó el cargo de diputado provincial, incrementando la escala de su cooperación con el poder republicano en un momento en el que, paradójicamente, creía ya cercana la revolución social.

Como hemos visto el posibilismo libertario constituyó un fenómeno complejo; no podemos afirmar que fuera algo de pureza o rigor constante, sino más bien un equilibrio difícil y precario. Su práctica conllevó además paradojas, por cuanto implicaba afirmar aquello que se quería destruir. ¿Merece la pena analizar algo tan marginal?

Precisamente elegí este tema de estudio desde el convencimiento de que la creatividad social se encuentra en los márgenes del sistema, el lugar donde se ponen a prueba los límites, en este caso particular, entre otras cosas, los límites de la democracia, y donde se experimentan las transformaciones. La normalidad es reaccionaria por definición, es decir, favorable a conservar su estado y opuesta a las innovaciones. “Sólo quienes fracasaron por los demás, quienes intentaron formas de arte o de vida todavía no contrastadas por la experiencia, resultan creadores de realidad social. Los demás son sus usuarios - cuando no sus usureros”[13].

A través de la biografía de Félix Morga he pretendido conocer la experiencia de personas reales, de carne y hueso, que vivieron en el pasado, y la respuesta que dieron a un dilema, el de qué orientación táctica adoptar ante la llegada de la Segunda República, que se planteó por igual a todo el movimiento libertario. Adoptaron esa respuesta desde unas condiciones históricas concretas, que ya se han perdido, como se han perdido, por ejemplo, la conciencia obrera y ese espacio antagonista en ocasiones compartido con otros elementos “liberales”, pertenecientes al mundo de la izquierda, con los que se aceptaba la colaboración desde el eclecticismo. Y quienes la adoptaron, el protagonista colectivo de este fragmento de la historia, ni siquiera tuvieron la oportunidad de fracasar, porque fueron derrotados.

Tal vez el posibilismo libertario resultara un callejón sin salida, una táctica equivocada, una contradicción improductiva. Pero creo que merece la pena estudiarlo, aunque sólo sea porque existió, a fin de recuperar en toda su riqueza vital “las vías muertas, las causas perdidas y los propios perdedores” que, como dijera Thompson, tienden a ser olvidados por aquella posteridad que no les deparó continuadores[14].

 

NOTAS


[1] Cabe citar aquí como referente, por su esfuerzo en abordar la complejidad de una figura como la de Durruti, con frecuencia reducida a un mero icono del anarquismo más puro, Hans Magnus ENZENSBERGER, El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti, Barcelona, Anagrama, 2002. En el aspecto señalado, como en muchos otros de los que se tratan en esta páginas, soy deudor de las atinadas observaciones hechas por Álvarez Junco en su prólogo: José ÁLVAREZ JUNCO, “Prólogo”, Jesús RUIZ, Posibilismo libertario, Nájera, Ilustre Ayuntamiento de Nájera y Universidad de La Rioja, 2003, pp. 11-15; para agilizar el aparato crítico, en lo que sigue no se indicará la fuente cuando se haga referencia a datos documentados en este libro. Quiero por último mostrar mi agradecimiento a Julio Jesús Rubio García, cuyos oportunos comentarios han enriquecido también el presente artículo.

[2] El posibilismo libertario durante la Segunda República es el tema de la Tesis Doctoral que me encuentro desarrollando, bajo la dirección de los catedráticos Julián Casanova y José Luis Gómez Urdáñez. El término posibilismo ya había sido aplicado por otros historiadores del periodo para referirse a la actitud de transigencia hacia la República adoptada por el sector moderado de la CNT, y en particular el treintismo: Javier PANIAGUA, “Estudio preliminar”, Javier PANIAGUA (Ed.), Orto (1932-1934). Revista de documentación social, Valencia, 2001, vol. 1, pp. XV-LVIII, aquí pp. XXVII-XXIX, y Juan AVILÉS FARRÉ, “La Segunda República y la Guerra Civil, 1930-1939”, Juan AVILÉS FARRÉ et. al, Historia política de España. 1875-1939,  pp. 305-405, aquí p. 346.

[3] Se aplica una acepción similar de posibilismo en Ángel HERRERÍN, “Aproximación a la historia de la CNT durante el franquismo”, Libre Pensamiento, Nº35/36, 2001, pp. 60-71. Debo confesar que aún no he consultado la Tesis Doctoral de Ángel HERRERÍN, La CNT durante el franquismo, UNED, 2002, donde a buen seguro se da una definición más precisa del concepto. Es preciso citar también la obra de Horacio MARTÍNEZ PRIETO, Posibilismo libertario, Choisy-le-Roi, Imprimiere des Gondoles, 1966, escrita para explicar su postura en favor de la participación política a través de un partido libertario específico, aunque aquí el término presente algunas divergencias con respecto a nuestra definición.

[4] Federico URALES, “Posibilismo libertario”, Cultura y Acción, Zaragoza, Nº17 (6-I-1923), p. 4. En este artículo Urales sólo alude de modo genérico a algunos líderes de la CNT; no obstante, desde las páginas de La Revista Blanca, identificó más tarde, en abril de 1924, al ya fallecido Salvador Seguí como responsable de acuñar el término “posibilismo libertario” en defensa de una presunta intervención directa del anarcosindicalismo en la política: César M. LORENZO, Los anarquistas españoles y el poder (1868-1969), París, Ruedo Ibérico, 1972, p. 45, n. 8.

[5] Carlo GINZBURG y Carlo PONI, "El nombre y el cómo", Historia Social, Nº10, 1991, pp. 63-70.

[6] Quien ha descrito con mayor precisión este fenómeno ha sido José ÁLVAREZ JUNCO: véanse sus obras La ideología política del anarquismo español (1868-1910), Madrid, Siglo Veintiuno, 1976, y "«Los amantes de la libertad»: la cultura republicana española a principios de siglo XX", Nigel TOWNSON (Ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994, pp. 265-292.

[7] Se confirma la existencia de fundamentos ideológicos análogos a los expuestos, para otros casos de posibilismo libertario, en Jesús RUIZ: “República y Anarquía: El pensamiento político de Eduardo Barriobero (1875-1939)”,  Berceo, Nº144, 2003, pp. 177-202, y “Masonería y posibilismo libertario: La actividad masónica de Marín Civera”, X Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española: La Masonería en Madrid y en España del siglo XVIII al XXI, 2003 (en prensa).

[8] Acerca de este aspecto identitario, que tal vez no resulte evidente en mi libro, Jesús RUIZ, “Cultura obrera, al hilo de Félix Morga”, Piedra de Rayo, Nº11, 2004 (en prensa). Tal vez las muestras de solidaridad indicadas guardaran relación con formas anteriores de trabajo comunal, que aún perduraban en pueblos vecinos, hipótesis sugerente que debo a los comentarios del etnólogo Carlos Muntión.

[9] Gonzalo SANTONJA, La república de los libros. El nuevo libro popular de la II República, Barcelona, Anthropos, 1989.

[10] Huguette PÉREZ CHARBONNIER, “Una leprosería frente al poder político”, http://www.univ-mlv.fr/fr/intranetumlv/telechargeable/dir. recherche/pj00263.pdf. [Enlace actualizado: 10/08/2009]

[11] Julián CASANOVA, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1931-1939), Barcelona, Crítica, 1997, pp. 115-117.

[12] AHPLR, Libro de Sentencias de la Audiencia Provincial de Logroño, Sentencia Nº80, 31-III-1934. Gasco acabó siendo condenado por insultos a la autoridad.

[13] Xavier Rubert de Ventós, La estética y sus herejías, Barcelona, Anagrama, 1974, p. 346.

[14] E. P. THOMPSON, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Tomo I, Barcelona, Crítica, 1989, p. XVII.  

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