LA HISTORIA DEL CAPITÁN NEMO


Años después de escribir Veinte mil leguas de viaje submarino, Julio Verne desveló el misterio de la nacionalidad del capitán Nemo en otra de sus novelas, La isla misteriosa, que enlazaba también con el argumento de Los hijos del capitán Grant. A fin de hacer intersectar las tres historias, Verne incurrió en errores de cronología. Algo que contribuye a avalar mi opinión personal de que, cuando escribió Veinte mil leguas de viaje submarino, el propio Verne no había decidido aún la nacionalidad del capitán Nemo. Indicios al respecto: a) Muchos países del último tercio del siglo XIX, algunos del viejo continente, se encontraban sometidos a Inglaterra, Alemania o Rusia, potencias a las que se atribuye, junto a Norteamérica, la posible pertenencia del acorazado hundido por Nemo el 2 de junio de 1867; b) El idioma que hablaba la tripulación del Nautilus era, presumiblemente, uno de nueva creación, para uso interno (una ruptura más con la civilización exterior), o, al menos, no tenía ninguna inflexión oriental reconocible para el narrador; y, c) En ningún momento se hace referencia a los rasgos indios, ni aún a la tez morena, del capitán.

Veamos cuál fue la elección final de Verne. No renuncio a analizar algún día las implicaciones de la misma. 


 

(...)

Y el capitán, en pocas frases, netas y breves, les contó su vida.

(...) El capitán Nemo era un hindú, el príncipe Dakkar, hijo de un rajá del territorio, entonces independiente, del Bundelkund, y sobrino del héroe de la India, Tippo-Saib. Su padre le había enviado a Europa a la edad de diez años para que recibiera una completa educación, con la secreta intención de que un día pudiese luchar, con armas iguales, contra los que él consideraba como los opresores de su país.

De los diez a los treinta años, el príncipe Dakkar, superiormente dotado, con una preclara inteligencia y gran nobleza de sentimientos, estudió todas las disciplinas y profundizó considerablemente sus conocimientos en las letras, las artes y las ciencias.

El príncipe Dakkar viajó por toda Europa. Su cuna y su fortuna le granjearon la solicitud de la sociedad, pero nunca se sintió atraído por los placeres mundanos. Joven y guapo, se mostraba serio y hasta sombrío, dedicado a saciar su sed de conocimientos. Tenía un implacable resentimiento anclado en el corazón.

El príncipe Dakkar odiaba. Odiaba al único país en el que nunca había querido poner el pie, a la nación de la que había rechazado ofertas y proposiciones. Odiaba a Inglaterra, tanto más cuanto que la admiraba también en más de un aspecto.

El hindú llevaba consigo todo el odio feroz del vencido al vencedor. El invasor no había podido lograr el perdón del invadido. El hijo de uno de esos soberanos a los que el Reino Unido sólo ha podido someter nominalmente, el príncipe de la familia de Tippo-Saib, educado en las ideas de reivindicación y venganza, animado de un gran sentimiento patriótico hacia su poético país sometido al yugo inglés, no quiso jamás poner el pie en esa nación para él maldita, a la que la India debía su servidumbre.

El príncipe Dakkar se convirtió en un artista al que impresionaban las maravillas del arte, en un sabio al que ninguna ciencia le era ajena, en un hombre de Estado formado en las cortes europeas. Ante observadores superficiales, pasaba por ser uno de esos cosmopolitas ávidos de saber pero renuentes a la acción, uno de esos opulentos viajeros, de orgullosa y platónica mentalidad, que van incesantemente de un país a otro sin pertenecer a ninguno.

No era ése su caso. El hombre, el sabio y el artista eran un indio de corazón, indio por el deseo de venganza, indio por la esperanza que alimentaba de reivindicar algún día los derechos de su país, de expulsar de él al extranjero, de reconquistar su independencia.

Por ello, el príncipe Dakkar regresó al Bundelkund, en 1849. Se casó allí con una notable india, que compartía con él el sufrimiento por los males de su patria. Tuvo con ella dos hijos muy amados. Pero la felicidad doméstica no podía hacerle olvidar la esclavitud de la India. Esperaba una ocasión, que no tardó en presentarse.

El yugo inglés iba haciéndose cada vez más insoportable a la población india. El príncipe Dakkar tomó la voz de los descontentos y les inculcó su odio al extranjero. Recorrió no sólo las comarcas aún independientes de la península índica sino también las regiones directamente sometidas a la administración inglesa. Recordó los grandes días de Tippo-Saib, caído heroicamente en Seringapatam por la defensa de la patria.

En 1857 estalló la gran rebelión de los cipayos. El príncipe Dakkar se convirtió en el alma de la misma. Organizó el gran levantamiento. Puso todo su talento y todas sus riquezas al servicio de la causa. Contribuyó también con su persona, luchando siempre en primera fila y arriesgando su vida como el más humilde de aquellos héroes que se habían sublevado para emancipar a su país del yugo extranjero. Resultó herido diez veces en veinte batallas, sin poder encontrar la muerte cuando los últimos combatientes de la independencia cayeron bajo las balas inglesas.

Jamás el poderío británico en la India había corrido tanto peligro y de haber obtenido los cipayos, como esperaban, la ayuda exterior, tal vez habrían acabado en Asia con la influencia y el dominio del Reino Unido.

El nombre del príncipe Dakkar se hizo célebre entonces. El héroe que lo llevaba no se ocultó y luchó abiertamente. Se puso precio a su cabeza, y, aunque no surgió ni un solo traidor para entregarla, su padre, su madre, su esposa y sus hijos pagaron por él, antes incluso de que él pudiera darse cuenta del peligro que corrían por causa suya.

El derecho había sucumbido, una vez más, a la fuerza. Pero la civilización no retrocede nunca, y parece extraer de la necesidad todos los derechos. Derrotados los cipayos, el país de los antiguos rajás cayó de nuevo bajo el dominio, aún más fuerte, de Inglaterra.

El príncipe Dakkar, que no había podido encontrar la muerte en combate, regresó a las montañas del Bundelkund. Allí, solo en lo sucesivo, presa de una inmensa repugnancia ante todo lo que llevaba el nombre del hombre, embargado de odio y horror al mundo civilizado, se propuso huir de él para siempre y, haciendo acopio de los restos de su fortuna, reunió a una veintena de sus más fieles compañeros y desapareció con ellos un día.

¿Adónde había ido a buscar el príncipe Dakkar esa indpendencia que le rehusaba la tierra habitada? Bajo las aguas, en la profundidad de los mares, donde nadie podría seguirle.

El científico sustituyó al guerrero. Una isla desierta del Pacífico le sirvió para establecer sus astilleros, y allí se construyó un barco submarino según sus planos. Empleó para todas las necesidades de su aparato flotante, como fuerza motriz, lumínica y calorífica, la electricidad, cuya inconmensurable fuerza mecánica supo utilizar a través de medios que algún día se conocerán, obtenida de fuentes inagotables. El mar, con sus infinitos tesoros, sus miríadas de peces, sus cosechas de algas, sus enormes mamíferos, y no sólo lo que la naturaleza mantenía en su seno sino también todo los que los hombres habían perdido en él, bastó ampliamente para subvenir las necesidades del príncipe y de su tripulación. Con ello vio logrado su más vivo deseo, que no era otro que el de cortar para siempre toda comunicación con la tierra. Dio a su aparato submarino el nombre de Nautilus, y a sí mismo el del capitán Nemo, y desapareció bajo los mares.

Durante muchos años, el capitán Nemo visitó todos los océanos, de un polo a otro. Paria del universo habitado, recogió de esos mundos desconocidos admirables tesoros. Los millones perdidos en la bahía de Vigo, en 1702, por los galeones españoles, le proporcionaron una mina inagotable de riquezas, que utilizó siempre, anónimamente, en favor de los pueblos que combatían por la independencia de sus países.

Llevaba mucho tiempo sin mantener ninguna comunicación con sus semejantes, cuando, durante la noche del 6 de noviembre de 1866, tres hombres abordaron el Nautilus. Eran un profesor francés, su sirviente y un pescador canadiense. Esos tres hombres habían caído al mar, tras el choque que se había producido entre el Nautilus y la fragata de los Estados Unidos Abraham Licoln, que trataba de darle caza.

El capitán Nemo supo por ese profesor que el Nautilus, tomado unas veces por un gigantesco mamífero de la familia de los cetáceos, y otras por un aparato submarino tripulado por piratas, era perseguido por todos los mares.

El capitán Nemo habría podido devolver al océano a esos tres hombres lanzados por el azar hacia su misteriosa existencia. No lo hizo, sino que los mantuvo prisioneros, y durante siete meses pudieron contemplar todas las maravillas de un viaje de veinte mil leguas bajo los mares.

Un día, el 22 de junio de 1867, esos tres hombres, que nada sabían del pasado del capitán Nemo, lograron escapar, tras haberse apoderado de la canoa del Nautilus. Pero como en ese momento el Nautilus había ido a caer, frente a las costas de Noruega, en los torbellinos del Maelstrom, el capitán creyó que los refugiados se habían ahogado en aquellos espantosos remolinos. Ignoraba que el francés y sus dos compañeros habían sido milagrosamente arrojados a las costas, que los pescadores de las islas Lofoden les habían recogido, y que el profesor, a su regreso a Francia, había publicado la obra en la que se describían y se entregaban a la curiosidad pública siete meses de la extraña y aventurera navegación del Nautilus.

(...)

 

Julio VERNE, La isla misteriosa, Tercera Parte, Capítulo XVI 

 

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