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Reseña aparecida
en
Studia
Historica. Historia Contemporánea,
Universidad
de Salamanca,
Nº21 (2003), pp. 325-327 |
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Una década después de que se publicara en los Estados Unidos, aparece en castellano esta obra, donde Temma Kaplan aborda la aparición y desarrollo de movimientos sociales en la Barcelona contemporánea, a través de distintos episodios históricos que interpreta como momentos en la construcción dinámica de un actor colectivo con pretensiones de transformar la sociedad.
Dentro de este análisis
Kaplan dedica especial atención al proceso por el que elementos del sustrato
simbólico y cultural de Barcelona fueron instrumentalizados y articulados
hasta formar un lenguaje político susceptible de expresar resistencia,
antagonismo y solidaridad.
La deuda de estos
planteamientos con E. P. Thompson, reconocida explícitamente, resulta muy
grande.
El lenguaje político
mencionado, al que la autora suele referirse como cultura cívica, fue moldeado
por aquella parte de la población que desafiaba al poder, siendo tres los
grupos en los que se centra la obra: el catalanista de izquierda, el
anarcosindicalista y las mujeres de las clases subalternas. Junto a ellos Kaplan
se ocupa de la biografía de Picasso como uno más de los ciudadanos inmersos en
la cultura cívica de Barcelona, rastreando la influencia en su obra del arte
folclórico catalán o los conflictos sociales que sacudieron la capital.
Ciudad roja, periodo azul
carece de una estructura sistemática, constituyendo más bien una colección de
pequeños ensayos en los que se analizan diferentes fenómenos culturales o
manifestaciones sociales a través de los cuáles se pretenden determinar los
elementos de identidad y los vínculos de solidaridad (políticos, de clase o de
género) existentes entre los barceloneses. El análisis de la sociabilidad y,
ligado a ésta, el de la transmisión cultural funcionan como hilos conductores
para abordar el amplio abanico de aspectos y acontecimientos tratados: fiestas,
conmemoraciones, manifestaciones, funerales, acciones colectivas, como las
huelgas generales y los motines de subsistencia, el arte y el folclore populares
y su recreación culta, la perpetuación o ruptura de los estereotipos
dominantes (en particular, la representación de la mujer como vulnerable y
dependiente), o la distribución simbólica y funcional del propio paisaje
urbano, con sus lugares de reunión, de ostentación del poder y de
atrincheramiento.
Una de las
virtudes principales del libro radica en su capacidad de mostrar cómo se
incardinaron en la vida cotidiana de las clases subalternas estas experiencias
de sociabilidad y de acción colectiva. Destaca sobre todo el estudio
pormenorizado de las largas huelgas generales de Barcelona, siempre violentas y
revestidas de matiz insurreccional (Kaplan habla al respecto de “guerra de
guerrillas”), que acababan afectando a grandes masas de población, y que
permitían que se implicaran en ellas grupos sociales ajenos al mundo del
trabajo con sus propias reivindicaciones, como las amas de casa o las
prostitutas. Una descripción que pone de manifiesto cómo
los trabajadores de Barcelona, habituados a hacer frente a una patronal y
a un poder político hostiles, desarrollaron, en el curso de confrontaciones de
gran dureza, la táctica de la acción directa y se acostumbraron a sindicarse
para defender sus derechos, no sólo los laborales, sino también los civiles.
No obstante
dedicar la mayor parte del trabajo a los anarcosindicalistas y a la concienciación
femenina, la tesis principal de la obra descansa en el presupuesto de que, por
encima de las identidades de género o clase, existía una comunidad superior,
aquella que unía a los ciudadanos en cuanto miembros del pueblo catalán. Una
identidad también construida culturalmente, lo cual queda reflejado en algunos
aspectos, pero que la autora parece reconocer como categoría preexistente, al
asumir para la interpretación de los hechos la perspectiva de que había una
nación oprimida, Cataluña, con agravios reales (la negación de su derecho de
autodeterminación), que a lo largo del tiempo se empeñó en resistir frente a
un Estado opresor. La exigencia de autonomía, frente a una autoridad ejercida
por imposición, llega a ser planteada por Kaplan como ”movimiento unitario
por la libertad de Cataluña” (p. 32), sin reparar en que si se encontraba tan
extendida era porque respondía en el fondo a una situación de distanciamiento
de los poderes públicos similar a la existente en el resto de España. Al
adoptar esta perspectiva, basada en un juicio a
priori, se pierde la oportunidad de profundizar en cuestiones de gran
complejidad, que se despachan en el texto con breves comentarios, como la ambigüedad
de las relaciones entre el anarcosindicalismo y el movimiento catalanista, y la
indefinición en la actitud de este último hacia España (bien autonomista,
bien independentista).
Tal vez se deba a
dicho enfoque simplificador la poca atención dedicada a la Segunda República,
momento en el que, pese a que se mantuviera la atracción, se produjo también
la máxima tensión entre buena parte de la CNT y los republicanos catalanistas,
encargados por primera vez de reprimirla. Una divergencia que no puede soslayar,
sin embargo, cuando trata los sucesos de mayo de 1937, enfrentamiento que ocupa
un lugar central en el último capítulo, y del que la autora detecta un reflejo
en el Guernica de Picasso.
En lo que se
refiere a las interpretaciones contenidas en el libro merece destacarse también
una omisión sorprendente, aunque ésta se refiera a un tema marginal, el del
anticlericalismo. A la hora de explicar la quema de conventos durante la Semana
Trágica se prescinde, precisamente, de la causa a la que, por coherencia con el
planteamiento seguido en la obra, debería darse más relevancia, la rivalidad
por la hegemonía cultural entre Iglesia, republicanismo radical y
anarcosindicalismo, poniendo en su lugar el énfasis en otros factores, como el
poder económico y político de las órdenes religiosas o la animadversión
popular hacia las mismas.
Como se ve por
todo lo expuesto hasta aquí, Ciudad roja,
periodo azul constituye el análisis de un caso local, el de la ciudad de
Barcelona, que se estudia a través de fuentes hemerográficas y bibliográficas,
como memorias y relatos de contemporáneos, y desde una perspectiva catalana,
prescindiendo de una adecuada contextualización de los procesos y ciclos de
protesta en el marco del ámbito nacional. De hecho, el tratamiento de los
acontecimientos correspondientes a este contexto más amplio resulta muy pobre,
como en el caso de las conspiraciones contra la Dictadura, cuando no incorrecto,
como sucede con muchas de las afirmaciones respecto al devenir político de la
Segunda República.
En resumen, el libro ayuda a comprender algunos fenómenos,
principalmente la influencia de las tradiciones y los elementos culturales en el
surgimiento y configuración de movimientos sociales, y en particular del
anarcosindicalismo, pero falla en lo que se refiere a suministrar una explicación
global de la conflictividad en Barcelona, al suponer, como algo evidente, la
identidad catalana como vínculo de una comunidad básica, a veces escindida,
pero primordial.