CULTURA OBRERA, AL HILO DE FÉLIX MORGA

Jesús RUIZ PÉREZ


   Jesús RUIZ PÉREZ, "Cultura obrera, al hilo de Félix Morga", en Piedra de rayo. Revista riojana de cultura popular, Nº16 (abril 2005), Pp. 36-41

 



TRABAJO SOLIDARIO

 Viejo puente de tabla sobre el Najerilla

En junio de 1936 un grupo de jornaleros de Nájera contrató la subasta para construir los puentes de madera sobre el río Najerilla y entregó las ganancias de su trabajo a la viuda de un obrero de la CNT, fallecido en Logroño días atrás durante la huelga de la construcción

 


 

Cuando me ofrecieron la oportunidad de escribir un breve artículo sobre el libro que acabo de publicar, la biografía del líder anarcosindicalista najerino Félix Morga, dudé en principio que encajara en estas páginas. Estaba equivocado.

Piedra de Rayo, “revista riojana de cultura popular”, se suele asomar al pasado en busca de tradiciones antiguas, unas que renacen, otras que se conservan, con mayor o menor éxito, y algunas que ya se han perdido. Y reflexionando desde este punto de vista, el de la cultura popular, me he dado cuenta de que en mi libro se refleja un modo de vida ya desaparecido, y que en algunos aspectos nos resulta a nosotros, hombres del presente, difícil de comprender. Entre otras cosas porque una sublevación del Ejército, y largos años de dictadura, se encargaron de eliminar a sus principales protagonistas, convertir en delito sus experiencias y borrar su recuerdo.

Si centré mi trabajo en la figura de Félix Morga, zapatero y campesino de familia humilde, fue porque era la cabeza visible y el portavoz de todo un grupo de habitantes de Nájera que compartían con él una forma de ver el mundo y la organización de la sociedad. Y es que desde principios del siglo XX y hasta el final de la Segunda República, época en la que Morga llegó a convertirse en Alcalde, existió entre los trabajadores de Nájera una forma propia de ver y vivir la vida, que puede llamarse con todo derecho cultura obrera.

Ellos, y como ellos muchos otros riojanos, veían el mundo dividido en dos clases: de un lado, quienes vivían de sus manos, del otro, quienes ganaban el dinero gracias a sus propiedades, ya fueran tierras, fábricas, comercios o viviendas. Y estaban convencidos de que si los trabajadores sufrían la pobreza era porque los propietarios, los patronos en particular, se quedaban con lo que producían, se aprovechaban de su esfuerzo de modo parasitario. Este pensamiento puede parecer hoy en día un ejercicio retórico y demagógico o el diagnóstico de un intelectual universitario, pero a principios del siglo pasado era un convicción que se vivía, a menudo a contracorriente, y formaba parte de lo cotidiano. Intentaré mostrarlo a través de varias de sus expresiones, separadas en el tiempo y de distinta naturaleza.

En diciembre de 1913, hace más de 90 años, se creó en Nájera el sindicato Fraternidad Obrera. En 1914, unos días después del Primero Mayo, organizó un mitin al aire libre con oradores anarquistas venidos de Zaragoza y Fuenmayor, que se vio bastante concurrido. Para anunciarlo, el sindicato imprimió unas hojas, en las que avisaba que el objetivo de la reunión sería “poner de manifiesto las penalidades y fatigas que sufre la clase trabajadora y los medios que emplea la burguesía para explotarla”.

La hoja estaba escrita por los dirigentes de Fraternidad Obrera, entre los que se contaba Félix Morga, personas de mayor formación intelectual y más politizados. Pero las palabras que utilizaba, clase trabajadora y burguesía explotadora, debían de ser comprensibles para sus vecinos, a quienes iba dirigida la propaganda.

El siguiente ejemplo es algo de naturaleza típicamente popular: una canción. Según recuerda Francisca Acracia Morga, la letra, que cantaban su padre Félix y sus compañeros sindicalistas, era como sigue: “Es un crimen monstruoso / que los hijos pidan pan / y los padres trabajando / que no les podamos dar”. No sé aún si este cantar, de fuerte sabor, nació en Nájera o vino de fuera. De cualquier modo, era la expresión tradicional de un sentimiento colectivo, el de que los propietarios les robaban el fruto de su propio esfuerzo, al que tenían derecho. 

Por último, recurriré a un testimonio oral. Una de las personas a las que entrevisté me contó que trabajó durante 21 años de carpintero para otros. Cuando se independizó y abrió su propio taller no contrató a ningún empleado, y eso que hubiera podido hacerlo, “porque entonces se pensaba que el que tenía obreros era un explotador, y no quería explotar a nadie”. Hacía poco había asegurado que nunca se interesó por la política (para mi decepción), y simplemente estábamos conversando sobre cómo se vivía cuando él era joven. No le pregunté nada: él mismo destacó, como algo peculiar de la época, esta visión del asalariado.

Es importante tener en cuenta que en Nájera la mayor parte de la gente se dedicaba a la agricultura. Era muy alto el número de jornaleros, grupo de vecinos de indiscutible precariedad,  y cuyo duro oficio vemos ahora ejercido por inmigrantes extranjeros en situación parecida. No obstante, abundaban también los pequeños propietarios y los campesinos que cogían tierras en arriendo, como era el caso de Félix Morga. Las grandes empresas escaseaban: unas cuantas fábricas de harina, serrerías y carpinterías. La industria la formaban casi en exclusiva talleres familiares o de pequeño tamaño, donde quienes empleaban obreros trabajaban a menudo tanto como ellos, dedicados a oficios artesanales: zapateros y carpinteros, pero también alpargateros, herreros, hojalateros, sastres, carreteros, sogueros, tejedores, curtidores, guarnicioneros, albarderos que hacían aparejos para las caballerías y modestos fabricantes de jabón, chocolate o gaseosa. Es importante tener esto en cuenta, repito, porque al hablar de explotación los najerinos protestaban no tanto contra los abusos que pudieran conocer debidos a la organización del trabajo, sino contra la organización del trabajo como algo injusto en sí mismo.

Acabaré apuntando un último rasgo de la cultura obrera, la solidaridad entre compañeros. El ejemplo más llamativo son aquellas ocasiones en las que se realizaban trabajos colectivos para atender a las familias de aquellos que estaban presos, temporalmente inválidos o habían fallecido. Una muestra de fraternidad específicamente obrera, distinta de las colectas o los actos benéficos, y de la que podemos encontrar varios ejemplos durante la Segunda República.

Espero que este repaso apresurado haya conseguido ayudar a los lectores a ponerse en la piel de tantos de aquellos hombres que, junto a Félix Morga, vivieron en Nájera en las primera décadas del siglo XX, protagonistas anónimos de ese fragmento de la historia, tan cercano y tan lejano, que he pretendido reconstruir con mi libro Posibilismo libertario.

 



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