Ventajas y riesgos del posibilismo
Chema BERRO
Polémica. Información - Crítica - Pensamiento, Barcelona, Nº89 (Julio 2006), pp. 29-31
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Sé de las dificultades a la hora de hacer atractivo un
planteamiento posibilista. En ideas, como en cualquier otro producto de consumo,
vende lo rotundo, lo redondo. Las personas buscan seguridades, respuestas que
disipen cualquier duda, definiciones que reafirmen todos los componentes del ser
o identitarios. Esto se consigue mejor desde planteamientos esencialistas en los
que a través de una lógica sin fisuras se va construyendo una verdad total,
inamovible, valedera para cualquier situación y circunstancia, desde la que nos
reconocemos y desde la que nos situamos en una especie de superioridad respecto
a la realidad de la que nos enseñoreamos; eso sí, sin ninguna posibilidad de
cambiarla.
El precio a pagar para conservar los esencialismos es mantenerse en el plano
general y de las verdades abstractas, extrayendo para lo concreto recetas que de
ellas emanan, pero manteniendo siempre lo real y concreto en un decidido segundo
plano, teniendo meridianamente claro que si la realidad no responde a esos
esquemas la culpa es suya y que peor para ella. Un posicionamiento magnífico
para toda aquél con vocación de ermitaño, más dudoso para quien pretende influir
y modificar lo social, pues lleva a la convicción -a través de ese razonamiento
de que la culpa es de la realidad, de la sociedad, de los otros- de que el
acceso de estos a la verdad sólo puede producirse a través de un endurecimiento
crudo y drástico: el “cuanto peor, mejor”, típico del maximalismo, aboca a
planteamientos totalitarios. Y el totalitarismo es totalitarismo, siempre
antisocial y reaccionario.
Por el contrario, defenderé que quien quiera trabajar la realidad social para
modificarla debe aceptar moverse en lo relativo y posible, que esa realidad sólo
es abordable desde lo concreto y lo parcial, y que para eso estorba seriamente
todo lo que se refiere a elementos identitarios o adscripciones ideológicas.
Procurando añadirle, además, que el posibilismo nada tiene que ver con la
renuncia ni constituye una pendiente sin límite en la que todo acaba valiendo,
sino que es la forma más honesta de plantearse la intervención social y la que
mantiene la propia vida como apuesta. Con pesar tengo que aclarar que en esta
posición no represento a nadie y que en mi organización, la CGT, predomina la
posición contraria, la de la preocupación por las ideas y los elementos
identitarios. Pese a ese predominio, afortunadamente, muchas personas que en
ideas se adhieren a planteamientos esencialistas y maximalistas en lo concreto
practican un posibilismo muy meritorio.
Refugios ideológicos y maximalismos acomodaticios
Las ideologías, si en otro momento histórico fueron un instrumento útil para la
intervención social han dejado de serlo. No sirven como método de análisis: la
realidad actual, en su obviedad sólida, no se abarca por el mero análisis
descriptivo sino por flashes de lucidez parciales, escapando a los cuerpos
doctrinales con pretensiones de totalidad. Tampoco sirven para la intervención:
todos los principios y tácticas se convierten en rémoras para una intervención
que sólo puede ser flexible y contradictoria, sin dejarse encasillar en un papel
determinado, lo que la volvería previsible y, con ello, encajable en los planes
del poder. Y ni siquiera son acicate personal y grupal a la intervención: no
inquietan y agitan a su detentador sino que lo desculpabilizan y amansan; de por
sí salvan y autosatisfacen, y el satisfecho no está urgido a buscar cambios.
Nada hay hoy tan opuesto a la búsqueda de caminos como la posesión de la verdad.
Ninguna respuesta puede ser más que parcial y provisional, sin matar nunca la
pregunta a la que responde. Nada hay tan desmovilizador como la ausencia de
culpabilidad, que la ideología fomenta por satisfacción, añadiéndola a la
desculpabilización imperante: débil, estúpida, uniformadora y cínica. Bastaría
observar la relación directa entre doctrinarismo y grupusculismo como elementos
que mutuamente se potencian: la autosatisfacción por los elementos definitorios,
la necesidad de propagar en todo momento y ocasión toda la verdad (para eso se
tiene), el sectarismo, más enconado todavía con los más cercanos... Las
ideologías necesitan una defensa estricta de sí, cualquier fisura parcial las
haría estallar, con lo que viven centradas sobre sí mismas y eluden el contacto
con la realidad.
Pero no sólo las ideologías, cualquiera de los postulados aunque sean parciales
(el antimilitarismo, la participación, etc.), hasta ayer operativos, tienen hoy
eficacia dudosa. La intervención está ligada a lo concreto y al momento y es
ella la que abre o cierra posibilidades. El antimilitarismo, muy loable y
deseable, se la juega en el inicio de una guerra o cuando se está proyectando la
instalación de una fábrica de armas, y la oposición más rotunda no es la que se
empeña en defender el planteamiento más diáfano; si la guerra se ejerce o la
fábrica se instala el mundo será más militarista, aunque el antimilitarista se
consuele con los incrementos de la concienciación y el posible crecimiento del
grupo (la conciencia, la sensibilización, las éticas... son las formas actuales
de la resignación). Algo similar podría decirse de la participación, objetivo
noble e irrenunciable pero que no puede convertirse en razón (o excusa) de
espera: en cada momento hay que esforzarse por suscitar y recoger la máxima
participación posible, pero esa participación, la que sea, hay que revertirla en
actuación.
Anteriormente funcionaba una secuencia lógica por medio de la que la información
generaba opinión y ésta se traducía en convicción y actuación. Hoy esa cadena
está rota por el exceso de información y su filtro mediático y por la impotencia
iniciada frente a lo lejano y general, que suscita acostumbramiento, acaba por
trasladarse a lo cercano y nos va conduciendo a la pasividad y aun al cinismo.
La ruptura de la pasividad sólo es posible desde lo cercano y concreto en el que
el conocimiento es vivencia y no dato, la opinión contagio y la actuación
posible. Eso, la realidad concreta, es difícilmente accesible al maximalismo,
cuya tendencia será a refugiarse en lo general y abstracto, en las grandes
afirmaciones absolutamente ciertas pero nulamente operativas. Desencuentro con
la realidad que acaba llegando al desprecio, a la explicación estéril, a la
culpabilización del otro, a la renuncia de la aproximación, a vivir en el
refugio. El maximalismo deja de ser una práctica para convertirse en estética,
deja de ser un compromiso para ser pose. Sólo el “cuanto peor, mejor” podría ser
su intento de aproximación a la realidad, pero mejor que no lo ejerza, mejor que
el maximalismo siga en pose, pues la caída en el totalitarismo sería inmediata.
El posibilismo es tensión
Las primeras personas que se plantean luchar contra lo existente están haciendo
un acto de rebeldía, movidas por el malestar que les produce la situación que
viven. En su andadura van desarrollando todo un bagaje de formas de actuación y
organización, comportamientos y actitudes, finalidades e ideas que son útiles a
ese movimiento inicial por transformar la realidad y que acaban configurando una
identidad. Cambiar la realidad existente es el fin, lo demás son útiles de los
que se dota; es una relación de utilidad mucho más allá del utilitarismo
inmediatista, pero nunca el bagaje sustituye ni supedita la rebeldía inicial, la
voluntad imperiosa de cambiar la realidad.
Hoy esa inversión se ha producido y ese bagaje o elemento de ser e
identificación no necesariamente lleva incluida la rebeldía contra lo existente,
sino que en ocasiones ha pasado a ser fuente de justificación y acomodo, siendo
necesaria una especie de vuelta a la situación inicial: poner la rebeldía por
encima del esquema revolucionario, la voluntad por encima de la cadena de ideas
lógicas y el rechazo a lo existente por encima de metas y finalidades. Renunciar
al paraíso para dar paso al rechazo, a la voluntad de cambio, al real y posible;
no hay otro. Sustituir el “me gustaría” por el querer es el centro del
planteamiento posibilista. Liberar ese querer requiere situarse en una suerte de
intemperie, de no saber, de no ser, fuera de los refugios, de las certezas y de
las definiciones.
Ningún parecido con alguna forma de adecuación a la realidad o de connivencia
con lo existente. El posibilismo es aceptar el reto, no eludirlo, jugarle al
poder en el terreno en el que se ejerce: el de los hechos reales. No soñar con
que “otro mundo es posible”, que es un forma de edulcorar la solidez pesada del
existente; hacer que el mundo actual sea imposible, como única forma de que dé
paso a otra realidad hecha posible.
El posibilismo es tensión y exigencia, voluntarismo puro, asunción del riesgo,
conciencia desarrollada del poder atrapante de la realidad, de su capacidad de
integración, sólo superable por el acto de voluntad, por el no encorsetamiento
en un determinado papel o forma de actuación Y esa tensión sólo puede darse en
el posibilismo que es el que mantiene los dos polos de referencia que el
maximalismo mata: apego a la realidad y voluntad de cambiarla. Cuando la
hipotética voluntad de cambio se despega de la realidad deja de ser voluntad
para convertirse en ensoñación, tan estéticamente hermosa como falsa, similar a
un anuncio comercial. El posibilismo, aceptada esa tensión inicial, es capaz de
trasladarla a cada una de las situaciones en las que vuelve a mantener unidos
realismo y voluntarismo, en los que vuelve a aceptar el reto y a correr el
riesgo.
En lo concreto los riesgos centrales del posibilismo son dos. El primero es el
del papel adormecedor de la realidad actual. La exigencia de buscar la mayoría,
que en sí es saludable, tiende a entrar en una especie de democraterismo
uniformador. El problema, que afecta a todo el esquema,
se plasma de manera más
fuerte en los métodos de actuación: necesitamos la mayoría y para acceder a ella
los métodos que le proponemos de actuación social son cada día más débiles,
estando más encaminados a obtener la mayoría que a resolver el problema o la
situación a la que nos enfrentamos, y nos van sumiendo en una rodada a la baja,
acomodaticia y estéril en cuanto elemento de cambio. Tiene que ver con lo que
apuntaba más arriba sobre el adormecimiento en los testimonialismos,
concienciaciones y sensibilizaciones, e incluso con las éticas presentadas como
aceptables en el propio esquema revolucionario. Y no se resuelve más que
volviendo a poner en el centro la realidad. No actuamos para alcanzar la mayoría
sino para enfrentarnos y resolver una situación determinada. La mayoría es una
variable de resolución, pero no la única y me atrevería a decir que ni tan
siquiera es la más importante. La única forma de mantener una relación
equilibrada hacia esa búsqueda de la mayoría es estando dispuestos a actuar en
minoría e incluso individualmente. Se trata
de mantener en el centro el
enfrentamiento contundente y eficaz a la situación que nos planteamos,
manteniendo la (deseable) mayoría en su papel de instrumento presto y adecuado
para determinadas situaciones, pero inadecuado para otras.
El segundo riesgo del posibilismo -situado en esa intemperie de ideas, de
finalidades, de éticas, de principios y de tácticas preconcebidas- es el del
“todo vale” absolutamente demoledor, tanto como el “cuanto peor, mejor” del
maximalismo. Sabiendo que todo no vale, pero que los criterios de valor (las
tácticas, las éticas, los principios, las finalidades) recibidos no nos sirven;
sabiendo que lo que se trata de defender es la rebeldía inicial, la exigencia
urgente de actuar contra una situación radicalmente injusta y que no se trata de
salvar un cuerpo de doctrinas que esa rebeldía constituyó en otro tiempo; la
pregunta es si nuestra actuación desde sí misma es capaz de alumbrar criterios
que la guíen, éticas que la limiten, metas que la orienten por lo menos en el
corto camino que en cada momento podemos tratar de recorrer, o lo que es lo
mismo si la eficacia que debe serle exigible a cualquier actuación permite
establecer entre la actuación y el impulso que la inicia una relación más allá
del utilitarismo inmediatista.
No estoy nada seguro de que sea así, nada seguro de que el posibilismo sea capaz
de abrirse camino en el cada vez más estrecho margen entre los riesgos
revitalizados y omnipresentes de la integración y la marginación. Sé que el
maximalismo renuncia de antemano, da el problema por resuelto definitivamente y
se ahorra la tensión; no se equivoca nunca y salva la idea al precio de
mantenerse en el Olimpo. El posibilismo puede ser un intento si se mantiene como
apuesta, como búsqueda, como errar y rectificar, como tensión, como expresión
del querer, del querer no como ensoñación sino como voluntad activa. Sin estar
seguro de que sea posible, estoy seguro de que hay que intentarlo.
Chema Berro Berriozar, mayo de 2006