LOS DIAGNÓSTICOS SOBRE LA BANCARROTA DEL CAPITALISMO

EN EL MOVIMIENTO LIBERTARIO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA


Jesús RUIZ PÉREZ

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Jesús RUIZ PÉREZ, "Los diagnósticos sobre la bancarrota del capitalismo en el movimiento libertario de la Segunda República", en Carlos NAVAJAS ZUBELDÍA y Diego ITURRIAGA BARCO (Eds.): Crisis, dictaduras, democracia. Actas del I Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo [en línea], Logroño, Universidad de La Rioja, 2008, pp. 171-180
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Actas del I Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo: "Crisis, dictaduras, democracia", Logroño, del 2 al 4 de noviembre de 2006
ISBN: 978-84-691-5922-4
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FUENTE DE LA ILUSTRACIÓN: Orto, Valencia, octubre de 1932, reproducido en Javier PANIAGUA (ed.), Orto (1932-1934). Revista de documentación social, Valencia, 2001, p. 498


Resumen

La presente comunicación pretende determinar la interpretación peculiar que el movimiento libertario español dio al diagnóstico de que el capitalismo se encontraba en bancarrota, ampliamente extendido a raíz de la crisis económica mundial que siguió al crack de 1929. Se dedica especial atención a aquellos libertarios que adoptaron elementos de la teoría marxista en sus enfoques del fenómeno, ya que contribuye a poner de relieve los dos rasgos principales de dicha peculiaridad: el movimiento libertario hacía depender la revolución de un acto libre de voluntad revolucionaria, negando el determinismo histórico, y basaba la necesidad de emprender la revolución en un imperativo moral, transformándola de destino en deber.

 

the DIAGNOSES about BANKRUPTCY of CAPITALISM made by libertarian spanish movement during the second republic

 

Abstract

This paper tries to determine the peculiar way in that libertarian Spanish movement interpreted the diagnosis of which capitalism was in bankruptcy, widely extended after the economic world crisis that followed the crack of 1929. The paper dedicates special attention to those libertarian who borrowed elements of the Marxist theory in their approaches to the phenomenon, since it helps to emphasize both main characteristics of the peculiar way mentioned above: libertarian movement believed that revolution depended of a free act of revolutionary will, refusing historical determinism, and founded the need of starting the revolution on a moral imperative, transforming it from destiny to duty.


1. Las peculiaridades del discurso libertario

El periodo de la Segunda República, marcado por la crisis económica mundial que siguió al "crack" de Wall Street de 1929, constituyó la edad de oro de los diagnósticos sobre la bancarrota del capitalismo. La certeza de que el problema no tenía precedentes, por su escala planetaria y su intensidad, y la conciencia de que requeriría remedios excepcionales, alcanzó a todas las capas sociales. De este modo cobraron prestigio, y merecieron la atención pública, aquellas vías que parecían ofrecer una solución a la crisis del capitalismo: la economía dirigida, que tendría su máxima expresión en el New Deal de Roosevelt y en el planismo de Henri Le Man, el corporativismo fascista puesto en práctica en la Italia de Mussolini y, más tarde, en la Alemania de Hitler, y los planes quinquenales de la Unión Soviética, bajo el mando de Stalin (GALLEGO, pp. 342-343, 383-384 y 429).

En este clima tan favorable, la certeza de la bancarrota del capitalismo se convirtió en un tópico en el seno de todo el movimiento obrero, donde abundó la conclusión de que la crisis no era meramente coyuntural, sino estructural, y que el capitalismo había llegado a su punto más alto de expansión, convirtiendo en ineludible la revolución (J. Paniagua, 1982, p. 119, J. Paniagua, 2001, p. 45). Parecía algo evidente, y más aún después de haber sido repetido incontables veces. Así Ernst Bloch, en El principio esperanza, obra que comenzó a escribir en 1938, podía hablar, como de una verdad que no precisaba demostración, de "una sociedad que camina hacia su ocaso", "la sociedad del capitalismo monopolista, con sus crisis constantes, como situación normal: las únicas alternativas ante la crisis permanente son la guerra y la producción bélica" (M. Bloch, 2004: 144).

El movimiento libertario no fue ajeno a la tónica general, y la crisis económica mundial se empleó como argumento en favor de la inminencia de la revolución obrera (A. Elorza, 1973, pp. 354-355).

Los análisis coincidían en líneas generales en establecer una secuencia viciosa que convertía la crisis económica en insoluble. La aplicación de las innovaciones tecnológicas, en particular la introducción de mejoras en la maquinaria, había multiplicado de modo fabuloso la capacidad de producción agrícola e industrial, al mismo tiempo que reducía la mano de obra necesaria. La disminución de la demanda, debido al aumento del desempleo y el descenso de los salarios, hacía imposible la venta a precio rentable de las mercancías, y redundaba en el cierre de las empresas menos competitivas (con los consiguientes despidos adicionales) y la concentración del capital en grandes corporaciones. No obstante el abaratamiento de costes gracias a la racionalización, y a pesar de las medidas para regular los precios de modo artificial, almacenando o destruyendo parte de la producción, la tendencia a la contracción de la demanda interior y la creciente competencia internacional por mercados cada vez más saturados acercaban al capitalismo al límite de su crecimiento, confiriendo a la crisis carácter definitivo. De ello se deducia que el régimen capitalista se encontraba agotado y había fracasado de modo evidente, lo que permitía expresar optimismo y confianza en la inminencia de la revolución comunista libertaria.

El diagnóstico que acabamos de exponer salió a relucir en las deliberaciones del Congreso Nacional celebrado por la CNT en junio de 1931, donde alcanzó apoyo oficial, incorporándose como parte expositiva a uno de los acuerdos orgánicos que sancionó el encuentro, la ponencia "La Confederación y los problemas del salario. Plan de reivindicaciones económicas", donde se analizaba el problema del paro forzoso en el contexto de la crisis internacional (CNT, 1932, pp. 151-159). El texto, con lujo de datos estadísticos respecto al incremento de la producción de alimentos y materias primas a escala mundial, ponía al descubierto "las antinomias" de un régimen económico guiado sólo por la obtención de beneficios y para el que la abundancia no resultaba rentable, porque repercutía en un descenso de las ganancias, prefiriendo destruir aquellas mercancías que la población necesitaba a venderlas a bajo precio.

 

"El problema del paro es la consecuencia directa de la crisis económica que perturba el mundo. (....)

La impulsión dada estos últimos tiempos a la racionalización, ha conseguido reducir en algunos casos hasta el 50 por 100 de la mano de obra, quitando de golpe, al mercado, una importante cantidad de consumidores. La racionalización engendra a su vez una superproducción intensiva, la cual, unida a la disminución de la capacidad adquisitiva, aumenta la amplitud de la crisis.

(...) La sobreproducción, con relación a la capacidad de consumo del mercado mundial, es el signo característico de la crisis. Y como el régimen capitalista sólo cuenta el factor beneficio, mientras en China, la India, el Japón, en Rusia, en Europa y en América millones de seres padecen hambre, los cientos de millones de toneladas de trigo, maíz, arroz, azúcar, café, aceite y frutas son destruidos o utilizados para la alimentación de animales. El régimen capitalista sólo puede vivir a costa del exterminio de la humanidad. Las contradicciones son tan manifiestas que va siendo imposible su existencia.

(...) Sólo la aplicación de nuestras conclusiones: la expropiación de la burguesía, puede liquidar la vergüenza del paro e impedir que en nuestro siglo haya hombres que se mueren de hambre mientras la riqueza, producto del trabajo, se malgasta o se destruye."

 

Los ponentes confiaban en ver cómo el capitalismo "antes de muy pocos meses será radicalmente eliminado", lo que no les impidió proponer algunas medidas inmediatas para intentar paliar los efectos de la crisis en España, donde no revestía aún un carácter tan grave debido al atraso industrial y agrario. Los remedios propuestos consistían en dos reivindicaciones fundamentales del movimiento libertario, repetidas con frecuencia en sus órganos de prensa por estas fechas: expropiar sin indemnización los grandes latifundios, para ceder su cultivo a los sindicatos de campesinos, creando de este modo "un importante mercado interior con capacidad para consumir", e implantar la jornada laboral de seis horas, sin disminución de salarios, con el consiguiente aumento de puestos de trabajo.

El mismo tema era reiterado poco después en un editorial de  Solidaridad Obrera, el portavoz de la CNT, donde, antes de acabar con una llamada a los obreros para fortalecer sus organizaciones, a fin de acometer con garantías suficientes la revolución, se repasaban las consecuencias de la sobreproducción, la concentración empresarial y la avaricia de los patronos, comerciantes y especuladores:

 

"Hay diez y ocho millones de hombres sin trabajo y continentes enteros entre cuyos habitantes no ha entrado aún el confort que pueda proporcionar el progreso de la ciencia, aplicado a la industria.

Hay pueblos que mueren de hambre, y se queman miles de toneladas de trigo para que su precio no baje y van parando las fábricas para que la acumulación no perjudique al mercado"[1].

 

Los teóricos de la tendencia sindicalista revolucionaria, algunas de cuyas contribuciones destacadas se citarán también en el segundo apartado de esta ponencia, abordaron el tema en términos análogos. Ángel Pestaña, en una de sus colaboraciones con el diario La Libertad, dirigida por tanto al público general, repetía lo que en otros foros y textos había apuntado, "que la economía capitalista ha fracasado, que la burguesía es incapaz de resolver el magno problema que ella misma ha creado", un desorden que llevaba a "los más eminentes economistas" a proclamar la quiebra del sistema. Para paliar el problema se había ensayado la "economía dirigida", remedio que ya demostraba su ineficacia. Sólo había una alternativa capaz de evitar el "naufragio", el desastre que amenzaba con "condenar a la Humanidad entera a perecer", que la colectividad pusiera en práctica "los remedios más heroicos", acabando con el mal de raíz: la socialización de la riqueza[2]. Los mismos factores servían a otro destacado teórico del sindicalismo revolucionario, José Villaverde, para concluir, a la altura de agosto de 1930, que el régimen capitalista atravesaba una crisis de sobreproducción y sólo podría superarla desencandenando una nueva guerra mundial, que auguraba inevitable, debido a la pasividad de los trabajadores.

 

"La situación de Europa entera no ofrece más perspectiva que esta: o el hundimiento por inanición o la salvación por la revolución. La guerra, tras la estela de muerte y de destrucción, dejó esta herencia al capitalismo: millones de parados, millones de hambrientos, millones de niños sin abrigo, sin alimento. Unos mercados sin concurrencia a causa de una burguesía atrofiada que sólo quiere hacer trabajar sus fábricas cuando el rendimiento es superabundante. Y esta falta de mercado, esta carencia de medios para dejar los productos, aparejado a la crisis económica interna, traerá, fatalmente, una nueva guerra que haga salir a flote los nuevos apetitos, las nuevas ansias de extensión geográfica y la nueva conquista de mercados" (J. Villaverde, 1945, p. 64).

 

No sólo los sindicalistas, sino también destacadas figuras del sector anarquista dedicaron atención a analizar el fenómeno de la crisis mundial, para llegar a idéntico diagnóstico,  lo que pone de relieve que el movimiento libertario, en su conjunto, mantenía al respecto un criterio uniforme.

Uno de los folletos comunalistas escrito por Isaac Puente, La Sociedad del Porvenir. El Comunismo Anárquico (1933), empezaba con el llamativo epígrafe "La crisis económica mundial, síntoma de muerte de la sociedad capitalista", para concluir que si persistían la iniquidad de la explotación humana, el despilfarro y la miseria sólo se debía a la coerción ejercida por el Estado, que había encontrado su máxima expresión en el fascismo (I. Puente, 2003, pp. 5-14). Algo que volvió a reiterar, con menor detalle, en su folleto más popular, El Comunismo Libertario, también de 1933 (I. Puente, 2003, pp. 23-51).

Por su parte Diego Abad de Santillán iniciaba su obra La bancarrota del capitalismo (1933) constatando lo extendido de la preocupación e incertidumbre provocadas en los países occidentales por la crisis económica mundial:

 

"Hablan ya hasta los escolares de la gran crisis por que atraviesa el mundo; se escriben al respecto grandes volúmenes, bibliotecas enteras; la prensa diaria llena columnas y más columnas sobre ese fenómeno de malestar creciente que hemos visto presentarse y desarrollarse sin cesar en el curso de la última década. (...) Hasta en los espíritus más indiferentes y reacios va penetrando la idea y la convicción de que asistimos a una época terminal de la Historia, a la caída de un mundo deslumbrante de oropeles, corroído por sus contradicciones irritantes, por sus extravíos criminales y su inhumanidad" (D. Abad de Santillán, 1977, p. 111).
 

En el folleto, tras analizar las consecuencias de la sobreproducción, concluía que "el capitalismo es el máximo de desorden, de desconcierto, de insolidaridad, de desbarajuste en economía", comprometiendo de ese modo la supervivencia de la Humanidad, por lo que ésta debería elegir, para su supervivencia, entre el establecimiento de una dictadura de signo colectivista, el "capitalismo de Estado (fascismo y bolchevismo)", o la revolución comunista libertaria (D. Abad de Santillán, 1977, pp. 148-152).

Aparte de los textos dedicados en exclusiva a la crisis mundial, las alusiones a ésta como leit motiv trascendieron dicho marco para penetrar, de modo genérico, en cada denuncia lanzada en la prensa sobre el desempleo y el hambre, así como en las protestas contra el belicismo y la guerra, cuyo carácter obrero colaboró a acentuar. Así lo reflejó la intervención del francés Georges Pioch en el acto pacifista organizado en Barcelona por la Biblioteca Antimilarista Internacional, a principios de enero de 1932, en colaboración con los sindicatos cenetistas locales y Le Libertarie de París[3]. En este terreno del antibelicismo la disyuntiva se planteba, con gran claridad, en términos voluntaristas: "La clase obrera no tiene otra alternativa que la siguiente: fascismo internacional y guerra mundial o revolución social. La clase obrera tiene que elegir entre la destrucción del Estado y del capitalismo o una nueva carnicería mundial"[4].

"Las instituciones armadas cuidan de que no sea perturbada la tranquilidad de las gentes de orden", fotomontaje de Manola Ballester. FUENTE: Orto, Valencia, septiembre de 1933, reproducido en Javier PANIAGUA (ed.), Orto (1932-1934). Revista de documentación social, Valencia, 2001, p. 1049

Los anteriores ejemplos ponen de manifiesto las peculiaridades del diagnóstico de la bancarrota del capitalismo en el seno del movimiento libertario, que, si bien no se diferenciaba en sus argumentos de otras corrientes obreras, llegaba a una conclusión distinta: frente a lo que pudiera parecer en un principio, dada la rotundidad de la sentencia, no implicaba una creencia en el irremediable colapso del sistema social vigente, independiente de la voluntad de los agentes sociales. El diagnóstico de bancarrota equivalía a constatar la ineficacia absoluta y patente del régimen capitalista para gestionar la economía, demostrando que resultaba intolerable. La paradoja de que, una vez alcanzada una abundancia sin precedentes, disminuyera el bienestar de la mayor parte de la humanidad, sumida en el hambre y la miseria, mostraba a las claras el carácter pernicioso de una forma de organización social basada en el afán de lucro individual y en el egoísmo. A partir de esta premisa, la necesidad de la revolución se fundaba en un imperativo moral (algo que ya señaló Antonio Elorza a propósito de la obra de Diego Abad de Santillán: "la condena del capitalismo se hace en términos morales y económicos"; 1973, p. 420): la única solución capaz de evitar tales efectos, perversos y catastróficos, estribaba en una transformación que pusiera la colosal capacidad productiva contemporánea al servicio de todos los hombres, empleándola en mejorar las condiciones de vida colectivas. La revolución se ofrecía como la única opción capaz de corregir la situación caótica, y éticamente inaceptable, acarreada por el régimen capitalista, volviendo a situar a la sociedad en el camino del progreso hacia formas más perfectas de convivencia, en armonía con el grado de desarrollo científico y técnico alcanzado. Pero a pesar de estar favorecida por el sentido de la evolución histórica (el paulatino ascenso de la barbarie a la civilización), la revolución no resultaba ineludible ni de obligado cumplimiento. Al analizar las convulsiones del sistema convaleciente, los libertarios no confiaban en que acabaría destruido por sus propias contradicciones, sino, por el contrario, auguraban que se defendería con mayor virulencia. Si los trabajadores no adquirían conciencia de la explotación y se decidían a ponerle fin, por medio de un acto revolucionario, el régimen capitalista perduraría gracias a soluciones de fuerza: el desencadenamiento de una nueva guerra mundial, siempre en perspectiva, y el fascismo, amenaza esta última que adquirirá mayor protagonismo tras la victoria de Hitler en Alemania, pasando a erigirse a partir de entonces en principal obstáculo para las aspiraciones revolucionarias de la clase obrera.

 

2. La integración de elementos marxistas en el discurso libertario

Los diagnósticos sobre la bancarrota del capitalismo constituyeron un ámbito propicio para que algunos libertarios recurrieran al empleo de argumentos tomados del marxismo. Atender a estos casos de síntesis contribuirá a poner de relieve las peculiaridades de la interpretación libertaria sobre el fenómeno, ya señaladas, y al mismo tiempo colaborará a arrojar luz sobre la naturaleza de las relaciones mantenidas por estos propagandistas con el marxismo.

Tal vez en la actualidad resulte más fácil apreciar las mencionadas relaciones, una vez que los sistemas de "socialismo real" han mostrado ya sin lugar a dudas su fracaso, y las interpretaciones dogmáticas del marxismo, en cuanto sistema clausurado, han caído en el descrédito, quedando como únicas herederas las lecturas críticas y heterodoxas que defendían una validez parcial de la obra de Marx, atribuyéndole un carácter teórico y abierto. En la disciplina histórica, ámbito vinculado por antonomasia a la aplicación práctica de las tesis marxistas, testifican esta tendencia la larga y todavía persistente influencia en el campo de la historia social de la new left británica, y en particular de E. P. Thompson, y la revalorización de los pensadores Gramsci y Benjamin, ambas unidas al rechazo del "marxismo ortodoxo", que supuso la transformación en "doctrina científica" de lo que había sido concebido originalmente como un método de análisis de la realidad (J. Fontana, 2001, pp. 149-255 y 353-367). Desde esta atalaya es ahora más sencillo comprender que el hecho de que los libertarios aceptaran los análisis económicos de la obra de Marx, en su descripción de los principios que regían el funcionamiento del capitalismo (precisamente aquella parte que se ha revelado más consistente), no les convertía por fuerza en criptocomunistas, potenciales conversos de un (supuesto) infalible socialismo científico que acabaría por orientar (aun a pesar suyo) sus pensamientos y actos.

Cuando escribió los artículos luego recopilados en Problemas del Sindicalismo y del Anarquismo (1930), entre finales de 1928 y principios de 1929, Peiró expuso la opinión de que la progresiva concentración industrial, que daba lugar a poderosos cartells y truts internacionales, y el aumento del desempleo a consecuencia de la introducción de maquinaria y de innovaciones técnicas, que beneficiaba al patrono al suministrarle "una reserva de desocupados", constituían ambos síntomas de fortalecimiento del capitalismo, siendo su correlato político "el fascismo que, más o menos disfrazado, impera en todos los países" (J. Peiró, 1945, pp. 5-11). Una conclusión sobre los efectos reconstituyentes de la crisis mundial que reiteró a inicios de la Segunda República, donde volvió a insistir en que el capitalismo se mostraba como un enemigo cada vez más formidable, y la única forma de hacerle frente de modo adecuado, adaptando la organización sindical a las transformaciones ecómicas, era la creación de Federaciones de Industria (P. Gabriel, 1975, p. 22, y PANIAGUA, 2001, pp. 38-40).

Joan Peiró no dudó en tomar las herramientas de análisis marxistas para apoyar sus diagnósticos sobre la creciente concentración del capital:

 

"Por lo común, el atraso intelectual del Anarquismo militante se evidencia, por ejemplo, en la confusión de los terminos «marxismo» y «marxista». Se habla con ironía y con harto menosprecio del marxismo, y el gesto en sí no prueba otra cosa que el profundo desconocimiento de la importancia y trascendencia de la escuela económica del filósofo alemán. Es tan aguda la crítica que Marx ha hecho de la sociedad capitalista; es tan fundamental su concepción del proceso del materialismo histórico, que, al ser ésta erigida a sistema, el mismo Bakunin, enemigo mortal de Marx, tuvo que reconocer y aplaudir la obra de éste como economista y filósofo. (...) Los anarquistas discreparemos en absoluto del Marx político, no estaremos muchas veces conformes con la filosofía marxista; pero es tan real y evidente la concepción del proceso del materialismo histórico, del que el autor de El Capital hizo un Sistema, que por fuerza hemos de rendirnos a la evidencia y reconocer al genial economista.

(...) Nosotros hemos tenido ocasión de constatar en muchos anarquistas cómo confunden lamentablemente el dinero con el capital, y hemos comprobado que otros, conocedores de que el capital no es precisamente dinero, sino trabajo acumulado, no sabían explicar satisfactoriamente qué es trabajo acumulado y qué supervalía en sus diversos aspectos, como tampoco han explicado, ni siquiera elementalmente, cómo se verifica el proceso de la acumulación capitalista.

Y sin embargo, todo eso y mucho más que se halla en El Capital, son materias cuyo conocimiento es elemental para los que se reclaman militantes en la magna lucha económico-político-social. (...)

Veamos lo que ocurre en las Universidades burguesas -por ahora no hay otras-.

En los programas de las asignaturas de Economia Política, que sepamos, no se excluye el estudio del marxismo, y ello nos prueba dos cosas: que el marxismo es un valor básico como escuela económica y que el estudio del marxismo no obliga en manera alguna a profesarlo como ideario político-social" (J. Peiró, 1945, pp. 58-60).

 

En el trancurso de las deliberaciones del Congreso Nacional de la CNT de junio de 1931, con motivo de la defensa de su proyecto de creación de las Federaciones Nacionales de Industria, Joan Peiró hubo de verse acusado de introducir una desviación de carácter "marxista" y "estatista" en el seno del anarcosindicalismo, ante la que aclaró de nuevo su aprecio crítico de la obra de Marx:

 

"Yo no soy ni he sido jamás marxista; yo soy un hombre que leyendo a Marx acepta lo que es aceptable y rechaza lo que es rechazable. Más que por la teoría, he de hablar por la práctica. Yo sé que el capitalismo se concentra (CNT, 1932, p. 141)."

 

Además de discrepar con las conclusiones políticas de Marx, Peiró también se mostró contario a su interpretación del determinismo materialista, ya que el libertario consideraba los factores económicos sólo como un conjunto de condiciones que debían tener en cuenta los obreros a la hora de actuar, pero hacía descansar la acción en última instancia en la voluntad de los individuos.

 

"Las posibilidades de éxito de la huelga están subordinadas a los determinismos económicos. (...)

Entre los anarquistas y sindicalistas ha sido un vicio, tal vez lo es aún, el calificar de resabio marxista la atención de esas realidades. (...)

Hemos querido hacer estas ligeras observaciones y con ellas decir que a la huelga sólo debe de irse cuando se está en condiciones para ello. Mas, contrariamente al pensamiento marxista, que todo lo subordina a las condiciones de existencia, agregamos que el proletariado está siempre en condiciones de defender su dignidad de clase, ya que ésta a nada se subordina ni admite dilaciones que puedan dejarla indefensa (J. Peiró, 1945, pp. 26-27)".

 

A fin de procurar una formación teórica completa, que pusiera a los trabajadores en condiciones de comprender la complejidad de las relaciones sociales contemporáneas, Peiró recomendó a los libertarios la lectura de la obra de Marx, que echaba de menos en las bibliotecas de sus sindicatos, ateneos y centros culturales, al igual que la de otros economistas ajenos al campo ácrata:

 

"Objetivamente, los autores anarquistas producen muy poco sobre cuestiones económicas y sobre todos los problemas creados por las modernas manifestaciones del capitalismo industrialista y agrario, en cuyo alrededor giran todos los fenómenos morales y políticos y cuyo todo, puesto en estudio y asimilado conscientemente, provoca grandes inquietudes espirituales y determina nuevas fuerzas y constantes renovaciones de los métodos de lucha. Pero ese defecto de producción, que en parte podría ser subsanado recurriendo a la producción de autores no anarquistas, se agrava tanto más cuanto mayor es la aversión a todo lo que no sean letras anarquistas.

«Dudar es el principio de toda sabiduría », ha dicho Volney, y la generalidad de los anarquistas no sabe o no quieren dudar, y de ahí su anquilosis intelectual. Si supiera dudar, las bibliotecas no tendrían una librería homogénea, sino todo lo contrario, y al lado de los libros de un Reclús y un Kropotkin estarían los de Marx y Saint-Simon, y al lado de los volúmenes de los economistas socialistas -aceptados en su acepción verdadera- estarían los de un Adam Smith y un Henry George" (J. PEIRÓ, 1945, pp. 43-44).

 

Las palabras de Peiró ponen de relieve que gran parte de anarquistas se mostraban reacios a reconocer valor formativo y práctico, al menos parcial, a otras corrientes ideológicas; pero también sirven para describir una tendencia a la síntesis peculiar del movimiento libertario, denominada "eclecticismo", que orientó el trabajo de algunas publicaciones y editoriales, como la revista Estudios, de Valencia (J. Navarro Navarro,  1997, y J. Navarro Navarro, 2004, pp. 147-197).

Tal y como apunta Javier Paniagua (1982, pp. 182-190, y 2001), una de estas publicaciones eclécticas, Orto, dirigida por el valenciano Marín Civera, se distiguió dentro del panorama del movimiento libertario por su pretensión de sintetizar los enfoques marxistas y los sindicalistas revolucionarios en el análisis de la realidad económica contemporánea y en la tarea de trazar, a partir de dicho estudio, proyectos que sirvieran de guía para acometer una nueva organización de la sociedad. Según precisa el mismo autor, el propio Marín Civera, en sus aportaciones teóricas al sindicalismo, adoptó las formulaciones de Marx sobre el funcionamiento de la explotación capitalista y la dinámica de la evolución histórica, aunque (al igual que Peiró) sin asumir sus propuestas políticas, en particular la dictadura del proletariado, y desde el convencimiento de que la transformación social dependía en última instancia de la voluntad de los trabajadores. Así, conforme al principio de que el pensamiento original de Marx constituía un método de análisis, y no una ortodoxia, Marín Civera se declaró "neomarxista", habiendo atribuido antes a la tesis sindicalista revolucionaria el carácter de "neomarxismo", síntesis superadora del original.

El análisis de la crisis económica mundial constituyó un tema constante en las páginas de Orto, y de hecho la revista decidió inaugurar su trayectoria con un monográfico dedicado a dicha cuestión. El ejemplar contaba con los teóricos del sindicalismo revolucionario más destacados e influyentes a escala mundial, Pierre Besnard y Christian Cornelissen, cuyos análisis económicos frecuentaron las páginas de la revista (J. Paniagua, 1982, pp. 115-156, y J. Paniagua, 2001). Besnard advertía en su contribución del peligro inminente de una nueva guerra mundial, desatada por la rivalidad entre "los imperialismos de todo el mundo por la conquista de los mercados", perpectiva de ruina y destrucción que sólo podría evitarse por medio de la revolución[5]. Las mismas conclusiones a las que llegaba  Ángel Pestaña, aún Secretario del Comité Nacional de la CNT, en su correspondiente artículo.[6] Por su parte Cornelissen, economista que asumió, aunque de modo crítico, algunos de los análisis de Marx, tal y como se ha ocupado de señalar J. Paniagua (1982, pp. 140-141, y 2001, pp. 46-50), subrayaba en su colaboración que el proyecto sindicalista revolucionario ofrecía, ante la crisis mundial, la única forma de organizar la economía que no conducía a un régimen opresor, como los instalados en la Rusia soviética y en la Italia fascista[7]. De acuerdo con la vocación ecléctica de la revista, al lado de ellos también se dio cabida al análisis sobre las causas de la crisis mundial de dos teóricos marxistas, que así mismo volverían en repetidas ocasiones a las páginas de la publicación, Lucien Laurat[8] y A. Minard.[9]

El propio Marín Civera se encargó de abrir este primer número con un artículo "a modo de introducción" en el que trazaba las líneas generales de su interpretación del fenómeno. El desempleo, el cierre de fábricas, la destrucción de mercancías que no encuentran compradores, mientras "hay tanta hambre en todo el mundo", ponían de manifiesto la ineficacia del sistema capitalista, basado en el ánimo de lucro en lugar de en el beneficio para la colectividad. La inmensa capacidad de producción alcanzada gracias al desarrollo científico y técnico no servía para atender a las necesidades de la humanidad, y la máquina, que podía emplearse para procurar la prosperidad de los hombres, servía para esclavizarlos. Tales factores convertían al régimen capitalista en insostenible, desde un punto de vista ético: "No puede tolerarse que un reducido número de personas tenga en sus manos la vida y el destino de todos los humanos". En calidad de "sistema social que pugna con los sentimientos humanos y con la evolución general", el capitalismo sólo se sostenía por la fuerza. Sus responsables, en la búsqueda de poner fin a la crisis, amenzaban con "llevar a la Humanidad a una nueva guerra que beneficie sus mercados, antes que buscar el remedio más humano", por una parte, y por otra, conscientes de los propios defectos, ensayaban formas de "economía dirigida" que, no obstante, dejaban en pie "la explotación del hombre por el hombre". Todo ello lleva a Civera a concluir que la única alternativa al sometimiento de la Humanidad pasaba por una revolución que pusiera los resortes de la producción y distribución en manos de los órganos sindicales, y que estuviera basada en la solidaridad, humanizando la economía y poniéndola al servicio del bienestar colectivo. La evolución histórica conspiraba en favor de la llegada de la nueva sociedad, entre otras cosas a través del fenómeno de la concentración del capital, pero a juicio de Civera ésta "no hace superflua la intervención de la consciencia social encarnada en la masa proletaria", por lo que se haría necesario instaurarla por medio de un acto de voluntad revolucionaria[10]. Los principios enumerados desempañaron un papel central en el pensamiento de Marín Civera, quien seleccionó este mismo artículo, destinado a presentar la andadura de Orto al lector, en sustitución de la habitual declaración de intenciones, cuatro años después, y ya convertido en dirigente del Partido Sindicalista, para dar comienzo a su obra El Sindicalismo y la economía actual (M. CIVERA, 1936, pp. 8-16). Del mismo modo sus colaboraciones en El Sindicalista, órgando del partido político fundado por Ángel Pestaña, estuvieron dedicadas casi en exclusiva a repetir el anterior razonamiento, siempre en torno al tema de la bancarrota del capitalismo[11].

La crisis económica mundial se mantuvo omnipresente a lo largo de todos los números de Orto, no sólo explícitamente, sino también bajo otras formas íntimamente relacionadas con el enfoque de crítica expuesto. Por una parte se reiteraron los artículos antibelicistas, aspecto en el que destacaron las numerosas colaboraciones del rumano Eugen Relgis, promotor de una Internacional Pacifista, de signo obrero, que publicó sus entrevistas con destacados dirigentes del movimiento pacifista internacional, como Romain Rolland y Henry Barbusse. Y por otra parte se prestó atención al análisis de aquellas fórmulas que pretendían ofrecer alternativas al régimen capitalista. Así en sus páginas se analizaron las realizaciones de la Unión Soviética, frente a la que no faltaron quienes acusaran el carácter dictatorial del régimen[12], aunque se concediera cabida a abundantes artículos que ponían de manifiesto los logros económicos y sociales alcanzados por Rusia. Y también se dedicaron reiterados artículos a analizar, en este caso para concluir en una condena unánime e invariable, las características de los regímenes fascistas de Italia y Alemania, así como al ensayo de economía dirigida emprendido en Estados Unidos por Roosevelt.

Tras el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania, las concepciones fascistas pasaron a ser consideradas por la revista como el derrotero escogido por la burguesía para conjurar de un modo más expeditivo y eficaz las agitaciones provocadas por la crisis mundial. En septiembre de 1933, Marín Civera dedicaba un editorial a advertir del avance internacional del fascismo, nueva fórmula de organización social que venía a salvaguardar los intereses del capitalismo a costa de su transformación en "un Estado sindical" de corte autoritario, adaptado a las nuevas condiciones económicas: "(...) El fascismo (...) no es una simple reacción, sino que es un régimen nuevo construído sobre la línea de la evolución histórica, aunque produciendo una desviación". El fascismo quedaba así definido ahora como único antagonista frente a la revolución obrera, "el auténtico y formidable enemigo, directo y único, del proletariado mundial", frente al que el editorial reclamaba, antes de que acabara volviéndose inexpugnable, y en aras de evitar una nueva derrota ante su poderoso avance, la unión de todas las organizaciones obreras: "A enemigo único, frente único"[13].

El eclecticismo de la revista acabó provocando el rechazo de un importante sector del movimiento libertario, que no comprendió el respeto que mostraba la revista hacia los análisis marxistas ni la presencia de artículos de admiración hacia la Unión Soviética, a pesar de las advertencias de la Redacción, destinadas a "obviar posibles interpretaciones inexactas sobre la fijeza de criterio de Orto", sobre la necesidad de conocer con exactitud los resultados de la experiencia rusa[14]. Tal y como proclamaba la primera de las notas publicada por Marín Civera sobre el boicot que estaba promoviéndose entre sus lectores libertarios, "quisimos llevar la duda al pensamiento dogmático (...) y vemos que se nos ha interpretado mal"[15]. El descenso de suscriptores agravó los problemas financieros que arrastraba la revista, y probablemente precipitó su desaparición, a pesar del decidido apoyo que prestó a Orto desde el primer momento la Federación Sindicalista Libertaria, agrupación de la tendencia sindicalista revolucionaria que solió anunciar en sus órganos de prensa la salida de cada nuevo número[16].

 

3. Conclusión

El estudio de aquellos libertarios que asumieron elementos marxistas en sus análisis de la crisis económica mundial pone de relieve con mayor fuerza la peculiaridad del diagnóstico sobre la bancarrota del capitalismo en el seno del movimiento ácrata: el reconocimiento de que la victoria de la revolución dependía de la voluntad de la clase obrera como sujeto histórico, y podía ser postergada por la clase explotadora, mediante el recurso a una nueva guerra mundial o a la imposición de nuevas modalidades de organización social de carácter colectivista y autoritario; un discurso en cuyo marco el agotamiento del régimen capitalista, que había alcanzado niveles de inhumanidad intolerables, desempeñaba el papel de imperativo moral, que impelía a destruir un sistema social opuesto a la marcha de la evolución histórica. La fidelidad a tal interpretación radicó en el hecho de que los libertarios "eclécticos" emplearon el marxismo sólo como herramienta de análisis de las relaciones sociales y rechazaron las conclusiones del materialismo histórico, poniendo énfasis, frente a éstas, en la libertad de los agentes sociales, por encima de supuestas leyes históricas destinadas a sujetar su conducta, y en el carácter decisivo de la acción consciente de los obreros en el proceso revolucionario.

Desde finales de 1933, a raíz del triunfo nacionalsocialista en Alemania y del avance del fascismo en Europa, el discurso objeto de estudio de la presente ponencia acabó siendo sustituido por uno nuevo, mucho más vigoroso y aún más acuciante, el antifascismo, igualmente extendido de modo unánime entre todas las corrientes obreras. Un planteamiento que, tal y como señalara E. P. Thompson, condujo a los sectores marxistas, incluido el comunista ortodoxo, a abandonar la confianza en leyes históricas indefectibles para pasar a hacer descansar la revolución en un acto heroico, que en última instancia dependía de la voluntad de los hombres (1981, pp. 121-122).

A partir de entonces la disyuntiva entre barbarie o comunismo libertario quedaría reformulada en otra: fascismo o revolución social.


NOTAS

[1] "Panoramas. Frente a frente", Solidaridad Obrera, Barcelona, 30 de junio de 1931, p. 1.

[2] PESTAÑA, A.: "¿No hay, pues, solución?, La Libertad, Madrid, 21 de septiembre de 1932, reproducido en PESTAÑA, A., 1974, pp. 698-702.

[3] "Grandioso acto de afirmación de libertad humana", Solidaridad Obrera, Barcelona, 13 de enero de 1932, p. 8. Junto al orador francés intervinieron también los anarquistas Alberola, Cano Ruiz, Durruti y García Oliver.

[4] J. L. M.: "El peligro de una nueva guerra mundial. Hay que combatirlo en el terreno de la producción", El Libertario, Madrid, 1 de mayo de 1932, p. 4.

[5] BESNARD, P.: "¡Momento decisivo!", Orto, marzo de 1932, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp 29-30.

[6] Ángel PESTAÑA, "Presente y futuro del Sindicalismo", Orto, marzo de 1932, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp 18-23.

[7] CORNELISSEN, C.: "La crisis del capitalismo", Orto, marzo de 1932, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp 59-62.

[8] LAURAT, L.: "Las leyes de la economía capitalista y las crisis", reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp 6-10.

[9] MINARD, A.:"Teoría de la crisis", Orto, marzo de 1932, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp 6-10.

[10] CIVERA, M.: “El sentido humano de la economía”, Orto, marzo de 1932, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp. 1-5.

[11] CIVERA, M.: "Ciencia y dolor", El Sindicalista, Barcelona, 30-III-1935, p. 4, CIVERA, M.: "El obrero ante la realidad económica. Del mito soleriano a la nueva mística del plan", El Sindicalista, Barcelona, 27-IV-1935, p. 4, CIVERA, M.: "La geografía y el hombre. La entraña económica del mundo", El Sindicalista, Barcelona, 18-V-1935, p. 1, CIVERA, M.: "Hambre de pan y de oro. El hambre contra el dinero", El Sindicalista, Barcelona,  29-VI-1935, p. 2, y CIVERA, M.: "El fin de la economía liberal", El Sindicalista, Madrid, 28-IX-1935, p. 3.

[12] Destacó en este sentido la serie de artículos dedicada por el anarquista Camilo Berneri a la Unión Soviética. Ya en el primero de ellos este autor concluía con rotundidad que "la URSS no disfruta de una libertad política mayor que la existente bajo un régimen fascista"; BERNERI, C.: "URSS. Moscú y Berín", Orto, agosto de 1933, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp. 989-993.

[13] "Por un «frente único» contra el fascismo internacional", Orto, septiembre de 1933, reproducido en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp. 1017-1019.

[14] El mensaje de la redacción apareció precediendo al artículo, ya citado, BERNERI, C.: "URSS. Moscú y Berín", Orto, agosto de 1933, un texto poco sospechoso de indulgencia hacia la dictadura soviética.

[15] "A nuestros lectores", abril de 1933, y, para la persistencia de la campaña en contra desde algunos medios libertarios, "A nuestros lectores", agosto de 1933, ambos reproducidos en PANIAGUA, J. (ed.), 2001, pp. 881-882 y 949-950, respectivamente.

[16] En pleno boicot, y cuando conseguía volver a salir tras haber permanecido tres meses suspendida, la revista apareció recomendada en el órgano de la Federación Sindicalista Libertaria: "Orto", Sindicalismo, Barcelona, 11-VIII-1933, p. 2.


 

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