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La Habana, 1886
Si el siglo XIX europeo se caracterizó por su florecimiento
económico e intelectual, en las colonias americanas el esplendor
no fue menor. En Cuba, los negocios prosperan, las culturas americana y
europea se funden y surge un vivo interés por lo que sucede al otro
lado del océano. Fruto de ese interés por todo lo que llegue
de la metrópoli nace en Cuba la afición por los toros. Los
cinco cosos de la capital habanera acogen regularmente festejos taurinos,
pero es la plaza construida en 1867 entre las avenidas Infanta y Carlos
III la que consigue un mayor prestigio. Allí acuden cada temporada
las grandes figuras de la Fiesta; los toreros que triunfan tanto en España
como en América no pueden dejar de estar en La Habana. |
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Mazzantini llega a Cuba
En estas circunstancias llega a Cuba Luis Mazzantini. Don Luis, como
era popularmente conocido por su educación, elegancia y saber estar,
no era como la mayoría de los toreros de su época: de familia
de clase media, había estudiado Bachiller en Artes, y viajó
por el extranjero para aprender idiomas y estudiar música antes
de hacerse torero. En 1884 tomó la alternativa en Sevilla de manos
de Frascuelo, y desde ese momento fue aclamado como uno de los grandes
matadores de la época, admirado tanto por su valor ante el toro
como por su desenvoltura ante la vida. |
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La diva y el torero
Quiso el destino que el debut de Mazzantini en La habana coincidiera
con la estancia en la ciudad de Sara Bernhardt, la bella actriz francesa
que reinaba por aquella época en los escenarios europeos; magnífica,
pero, como corresponde a una gran diva, excéntrica, temperamental
y caprichosa. El entusiasmo de la Bernhardt por la fiesta nacional española
la llevó a la plaza de toros, y la apostura y entrega del matador
Mazzantini hicieron el resto. La sociedad habanera empezó a dar
alas al romance entre las dos estrellas, y el rumor llegó a Europa,
viéndose reflejado en las páginas de los principales periódicos
españoles y franceses. La crónica de la corrida a puerta
cerrada que el torero organizó para la actriz fue publicada en Le
Figaro, e incluso hubo quien llegó a escribir sobre el fastuoso
anillo de perlas y brillantes que la Bernardt lucía a su vuelta
a Francia. |
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El fin del romance
Nunca sabremos si, como ese anillo, el romance fue más allá
de las costas cubanas. Ninguno de los dos dio nunca explicaciones sobre
su idilio: paseaban juntos, acudían a fiestas y él dedicaba
a ella muchas de sus faenas.
De ella, sabemos que agradeció más el beso del matador
que cualquiera de sus regalos. El, pasados los años, se refería
a la actriz como “una antigua amiga, respetada y querida”.
Sara Bernardt murió tres años antes que Don Luis, y ambos
se llevaron a la tumba la versión más auténtica de
lo que sucedió en La Habana en aquellos días de 1886. |