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Casa mortuoria de Jovellanos
Casa de D. Antonio Trelles Osorio, que dio refugio al enfermo y huido Jovellanos y en la
que expiró un 28 de Noviembre de 1.811. En la fachada Este de la casa tiene el escudo de
armas y dos placas conmemorativas, ambas dedicadas al insigne polígrafo asturiano. La
más grande se colocó en el año 1.892 por disposición de D. Acisclo Fernández Vallín,
y la otra con motivo del primer centenario de su muerte.
Actualmente en la Iglesia de Santa Marina una placa conmemorativa, colocada por la
Asociación Amigos de la Historia en el año 1.996 junto al Altar Mayor, nos recuerda
donde estuvo enterrado Jovellanos, antes de ser trasladados sus restos a Gijón. |
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Plaza de Cupido
Frente a la casa de Trelles Osorio, al otro lado de la calle Jovellanos se abre un
callejón muy estrecho a través del cual accedemos a uno de los lugares más pintorescos
del pueblo, lugar que posee también un hermoso nombre: Plaza de Cupido.
En esta Plaza se encuentran dos casas de las más antiguas del pueblo, que aún se
conservan en la actualidad: la "Casa de la Plaza" y la "Casa de las
Columnas".
La "Casa de la Plaza", a cuatro aguas y de grandes dimensiones, presentaba,
hasta hace poco, corredor con ménsulas y voladizo en cantería figurada, balaustrada y
pasamanos de cantería tallada, molduras, esquinas y ventanales al estilo de las
construcciones del siglo XVII. En esta casa nació D. Antonio López Oliveros un 18 de
Septiembre de 1.878. Ilustre periodista y escritor fue director del semanario
"Despertar Obrero" de Gijón y el periódico "Noroeste" de Gijón. Fue
también veterano de la guerra de Cuba y autor de varias obras literarias, destacando la
que publicó en 1.935 "Asturias en el Resurgimiento Español".
En esta casa existió una Escuela de Primeras Letras, y en su salón, el profesor D.
Eusebio Baltar, contable y rulero, dio clases hasta principios del siglo XX a todos los
que se disponían a emigrar a América y a los que aspiraban al título de patrón o
querían aprender un oficio.
La casa conocida como de las columnas, posee también una gran tradición, pues en sus
almacenes se depositaba la sal que los barcos importaban de Francia y Portugal para ser
distribuida por el occidente asturiano.
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