Xavier Ramoneda.
19 de noviembre de 2001
----------------------------------
"Hacia finales de septiembre de l981 apareció en la prensa: Julio Iglesias abriría un restaurante de superlujo en Barcelona y aquel sábado se habló en la tertulia de los cuarenta milloncetes que le iba a costar. De ahí pasamos a una discusión sobre la realidad y se vino a decir que la realidad no está hecha de sólidos sino de materiales imaginarios.
La realidad para el ministro de Trabajo, Sanidad y Seguridad Social (entonces iba todo en el mismo paquete) don Jesús Sancho Rof, eran unos bichitos microscópicos que había en el aceite de colza y para el presidente de gobierno, don Leopoldo Calvo Sotelo la realidad era una carta de dimisión del ministro. En cambio para Heribert Barrera la realidad era independentista y corría a favor del monolingüismo en Cataluña. Los que nos habíamos manifestado, con riesgo evidente, por el Estatut de autonomía, esa realidad nos sonaba a gran camelo nacionalista.
Quiero decirles que había mal de fondo y que las discusiones literarias empezaban en un poema de Gil de Biedma y acababan en el sentido de una democracia restringida a las clases altas, nacionalistas de un signo o de otro.
Xavier Ramoneda empezó a venir sin que nos diéramos cuenta. A las once de la noche, la hora en que las putas ocupaban la zona portuaria de las Ramblas, se dejaba caer y antes de que la tertulia se disolviera pasaba como una hora con la oreja puesta. Cuando Visi le dijo siéntate con nosotros ya venía aseado, lo hacía en unos baños públicos en Plaza de España y su aspecto no era el andrajoso de lunes a viernes. No se presentó como un mendigo profesional sino como un pobre universal. Su teoría era ser ese pobre que está en todas partes y siempre es el mismo, tiene la misma cara y la misma historia. "Estoy en todas las capitales de España -dijo- incluso de Europa y si viajaran por África o por Estados Unidos también me verían allí. Soy el mismo y aunque en cada lugar me llaman diferente mi pobreza es idéntica a todas las demás".
Esa respuesta nos sonó tan brutal y sincera que nos dejó un poco fuera de juego. Luego supimos que llevaba meses escuchándonos y que sin darse cuenta nuestra palabras le habían cambiado por dentro. "Soy otro -dijo apesadumbrado- me paso la semana ahorrando para darme un baño, ponerme ropa limpia y venir a escucharles. Esta noche incluso para estar en la onda adecuada duermo en una pensión". Los domingos por la mañana volvía a las calles pero ya no era igual. A su juicio la poesía escuchada de nuestros labios lo habían vuelto otra persona. "Voy camino de ser un pobre desgraciado". Dijo esa primera vez y de alguna manera nos dio a entender que su vida ya no era suya sino nuestra y de la poesía, por lo tanto venía para tratar de saber qué haría a partir de entonces.
Ramoneda, que ya frisaba los cincuenta y muchos, fue un mendigo desde joven porque no se le había ocurrido ser otra cosa y aquellas ideas sobre la universalidad de la poesía habían roto el ciclo de su miseria mental. Las discusiones sobre la realidad fueron recurrentes y aunque suene raro decirlo Ramoneda tuvo sobre el particular las ideas más claras. Un sábado llegó a decir que la realidad no es más que una metáfora de algo cuya existencia desconocemos y que un medio de acercarnos a ella es el uso de la ficción. "La realidad existe si la inventamos si no es cero".
Reconozco no haberle creído del todo, para mí la realidad era una sucesión de sólidos sobre los que se podía indagar acercándonos a su textura o conociendo la escala de su dureza.
Visi, que vivía sola acabó echándole el ojo y él se dejó querer. "No es amor -dijo ella- estamos solos, él en la calle y yo en el piso, es un buen hombre y ha soñado algo mejor... si no amor nos daremos compañía. Vivieron juntos un año poco más o menos y para cuando ella se encontró con sus verdaderos sentimientos él acababa de morir. Ya no había tertulias y esa tarde lloramos juntos después de atracarnos de pastelillos.
Un saludo y hasta la semana que viene".