La dulce Emelinda.
29 de octubre de 2001
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"Como les prometí la semana pasada hoy les hablaré de Anteos Anasindrábides y de sus primeros trabajos en Barcelona ejerciendo la venta puerta a puerta. Al conocerle llevaba viviendo en España cinco años y había vendido de todo, incluso biblias. Era lo que llamamos un nómada, un trotamundos y sólo por sus cartas supimos que era de Cefalonia, esa isla griega que sirve de fondo a "La mandolina del capitán Corelli". Por cierto una película malísima. Como poeta creo que era un buen poeta, aunque reconozco que con esa definición desbarato todas sus ilusiones... ya sabemos que hay sustantivos que no pueden adjetivarse sin perder su razón de ser. Los poetas son poetas a secas y no los hay buenos o malos. Lo son o no lo son.
El día en que nos
conocimos acabó vendiéndonos un juego de cacerolas (que entonces eran novedad)
cuyo fondo difusor permitía cocinar con poco fuego y hacerlo todo muy natural,
algo así como al baño maría. La amistad fue posible solo por hablarnos de
Maiakovski, de quien sabía su vida y su muerte. En aquel español suyo, más
voluntarioso que inteligible logró trasmitirnos su devoción por el gran poeta
de la revolución rusa. "La poesía -dijo aquella vez- la verdadera, la
buena, la terrible poesía se escribe siempre desde la cárcel". Pensaba de
verdad que quien no pasa por las cárceles, como Miguel Hernández, queda
invalidado como creador.
Entonces, y recuerden que les hablo de los primeros años ochenta, con el
trabajito que nos estaba costando liquidar la dictadura, había temas que
resultaban progres por su naturaleza política y social y había una
tendencia, entre el proletariado universitario, a verlos con muy buenos ojos.
Anasindrábides conocía esa tendencia y la explotaba a fondo. Entonces era
joven, guapo, vestía con elegancia y ligaba con naturalidad.
Nos contó que había conocido, en París a la considerada mundialmente como la musa de Maiakovski, Lilí Brik a la que había servido como mascota, contando ella nada menos que la edad de ochenta y cuatro años. "La musa llegó a París -nos dijo él- con motivo de la exposición, allí celebrada sobre la obra del poeta y me impresionó verla maquillada como una joven Nefertiti con el cabello rojizo recogido atrás en una larga trenza. Me desmayé -contó- caí desplomado delante suyo en el momento en el que, como otros muchos parisinos, veíamos pasar a los representantes del París intelectual y artístico".
Se desmayó de hambre, claro, pero ella no lo llegó a saber. "París -dijo- puede llegar a ser una ciudad dura, muy dura y te puedes morir de frío contemplando el lujo de la ciudad reflejado en la silenciosa belleza del Sena". El caso es que Lilí se pasó tres meses allí y mientras tanto se ocupó de él. "Hablaba un francés perfecto -nos contó- y aunque yo no la entendía bien llegué a saber que se había casado tres veces y enviudado dos. Si hacía sol por las mañanas paseaba del brazo de Vassily Katanian, su último marido. Por las tardes, mientras fuera llovía a cántaros, recostada sobre una chaise longe, hablaba de su gran amigo, de la inteligencia y del suicidio: -No me casé con Maiakovski aunque vivimos quince años como marido y mujer. Por entonces -aclaró él mismo Anasindrábides- Lilí estaba casada con Brik su primer marido, el cual le rogó seguir juntos a pesar del poeta. Pero lo suyo no fue un menage a trois sino una convivencia basada en una profunda amistad".
Lo incluimos en el grupo de nuestras tertulias literarias y por lo menos durante dos años, las tardes que hacía frío y llovía con fuerza sobre Barcelona nos hablaba de Maiakovski, de la revolución, del paso del poeta por las cárceles zaristas y sobre todo de Lilí, viuda de Brik, viuda de Primakov... A su edad seguía siendo bellísima y una mujer... desconcertante. Nos aseguró entrecerrando los ojos como si aún pudiera verla reposada en el diván.
Ahora creo que para Anteos Anasindrábides, de Cefalonia, Grecia, aquellos tres meses fueron los más felices de su joven y sin embargo jodida existencia.
Hasta la semana próxima, un saludo cordial."