La bohemia barcelonesa.
15 de enero de 2001
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"Querida audiencia de onda 8, atiendo una vez más al toque de mi amigo Paco Linares respecto a colaborar con su programa, Málaga por los cuatro costaos, y en la medida en que mi tiempo y posibilidades literarias lo permitan, cada semana les haré llegar por antena una carta que será el recuerdo actualizado de antiguas experiencias, escritas ahora con el deseo compaginar (en un contexto literario) un tercio de realidad, un tercio de imaginación y si fuera un buen poeta (que no lo soy) un tercio de poesía.

Tal vez algún oyente recuerde conmigo que en la Barcelona de los ochenta desaparecía con lentitud una vanguardia cultural cuyo vértice estuvo repartido por unos cuantos locales del barrio gótico, próximo al tasquerío juvenil y a las famosas tertulias culturales, sobre todo literarias. Els cuatre Gats, fue uno de esos lugares; un punto de reunión donde la bohemia exquisita de la gente del ensanche, más acomodada que inquieta o más inquieta que acomodada, ya no me acuerdo, se sustituía los sábados por una panda de currantes aficionados a la lectura, al debate y a la necesidad de poner por escrito cuantas vivencias, recuerdos e ilusiones llevaran en su interior la semilla de no llegar a nada.

Allí nos conocimos, españoles de diversas áreas geográficas: andaluces, gallegos y murcianos, sobre todo, pero también trabamos amistad con una cierta clase de franceses (bohemios de muy diverso pelaje) artistas italianos (pintores y escritores), alemanes estudiantes universitarios de español y otros que no declaraban abiertamente su procedencia porque eran aventureros sin fronteras, parias apátridas o judíos errantes a la búsqueda de sueños verdaderos o imposibles.

De aquellos encuentros quedó, con el tiempo, un núcleo de unas diez o doce personas que continuamos viéndonos, en otros lugares, cuando el nacionalismo emergente hizo presión para ejercer su control sobre cualquier manifestación cultural no autóctona. Aquella vidilla interior de las noches barcelonesas, en especial la de los sábados, se fue muriendo y los que habíamos participado en ella nos fuimos retirando de las primeras líneas hacia locales más recónditos y apartados.

Pero también aquello languideció y cuando la divergencia se presentó de pronto porque uno del grupo regresaba a su país (en ese momento supimos que era griego) la emoción de la despedida nos hizo que reaccionar proponiéndonos la única forma de contacto compatible con la distancia: la carta. Hubo muchas ideas sobre cómo, porqué escribirnos y qué título genérico daríamos a esa correspondencia. La discusión no fue larga y al final se decidió que aquellas cartas debían tener unas reglas que las diferenciaran de las cartas comunes. Entonces surgió un título que gustó a todos: cartas legendarias. Con esa premisa nuestros escritos debían ser como una coctelera donde realidad e imaginación se mezclaran de tal modo que en su lectura nadie pudiera distinguir qué fuera verdadero y qué no lo fuera. Ahora sé que la intención de escribirnos no bastaba, necesitábamos seguir reproduciendo aquel ambiente, más fantástico que real, en el que la amistad había crecido y se había hecho fuerte dentro y fuera de nosotros.

Nos despedimos en la Estación de Sans un viernes a las nueve de la noche; nuestro amigo, Anteos Anasindrábides partía en tren para hacer un primer trayecto Barcelona-París, donde pasaría algunas semanas, luego pensaba llegar a Italia por sus propios medios y por último a Grecia, aprovechando la posibilidad de trabajar en algún barco de los que hacen las líneas regulares. Tuvimos la primera carta suya seis meses más tarde, estaba en Sapporo, una ciudad japonesa situada en el suroeste de la isla de Hokkaido y trabajaba en la industria textil.

Pero antes de hablarles de esa carta, y de las despedidas que se sucedieron, dejo para abordar en la semana que viene un breve recuerdo de quién fue Anteos Anasindrábides, al que Aurora y yo conocimos vendiendo cacerolas en reuniones organizadas por las comunidades de vecinos.

Hasta la semana próxima, un saludo cordial".

 

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