Enseñanza y Laicismo |
©Juan Pedro Viñuela |
Pretendo en este
breve ensayo hacer una primera reflexión sobre el estado actual de nuestra democracia en
lo que se refiere a la enseñanza pública y la religión. Creo que a casi todo el mundo
le parece evidente que vivimos en un estado democrático y laico. Es más, creo que la
gente considera que éste estado laico es una realidad hoy en día. Que existe una
libertad religiosa; y que, por lo demás, la religión cristiana católica -que en otros
tiempos fue hegemónica- hoy en día, aunque mayoritaria, no es de carácter obligatorio.
Dícese, también que la religión cristiana y católica -en particular, por lo que a
nosotros os concierne- ha sufrido un proceso de democratización. Pues bien, creo que
todos estos juicios no son más que el producto del desconocimiento. No vivimos en un
estado plenamente laico. Y tampoco la Iglesia católica ha sufrido un proceso de
democratización. NI aquí en España; ni mucho menos en países subdesarrollados, que se
han transformado, por lo demás, en el caldo de cultivo de las "prédicas
fundamentalista" de este papa prototipo de "fin de siglo".
Creo que estas afirmaciones puede que levanten ciertas ampollas entre amplios sectores
de nuestra población, dada a tomar por evidente los asuntos más oscuros; que, a su vez,
permanece atada a los oscurantismos más arraigados de una tradición religiosa que sigue
haciéndose omnipresente. Por supuesto que mis afirmaciones tienen que ser suficientemente
demostradas. Para seguir un proceso argumentativo medianamente serio quiero partir de un
ejemplo que tiene que servirnos como contrastador de nuestra tesis general; esto es, el
laicismo no es una realidad en nuestra España actual. Lo que nos servirá como ejemplo
es, precisamente, la educación.
El presupuesto de una constitución aconfesional y laica lleva consigo aparejado el
establecimiento de una enseñanza, así mismo, laica y aconfesional. ¿Existe esto en
nuestro país?. Creo que es absolutamente evidente que éste no es el caso. Nuestra
enseñanza fomenta y defiende la enseñanza religiosa; favoreciendo, por otra parte, la
enseñanza de la religión cristiana y católica. La materia de enseñanza religiosa sigue
siendo, tanto en la enseñanza primaria como secundaria; e, incluso, el bachillerato, una
disciplina del curriculo. Si partimos del ideal laico la enseñanza religiosa -en manos de
los clérigo- no tendría que tener ninguna presencia en la enseñanza pública financiada
con el dinero de todos los españoles. Pero lo curioso y exasperante de todo el asunto es
que la Iglesia se atrinchera en las implicaciones de la democracia para mantener la
enseñanza de la religión en los centros públicos. Intentándose alzar con el estandarte
de la libertad de conciencia. Considerando que la enseñanza religiosa hoy en día, al
presentarse como optativa, está en situación de discriminación con respecto a otras
áreas del conocimiento. ¡Qué cinismo! Precisamente la Iglesia hablando de libertad y de
discriminación. En verdad que una democracia mal entendida nos puede llevar al peor de
los relativismos.
En un estado laico, que todavía no ha sido conquistado, siendo un ejemplo de ello lo
que venimos comentando, la religión tiene que quedar relegada -definitivamente- al
ámbito de lo privado. El Estado democrático debe garantizar la libertad de expresión y
de creencias de todos los ciudadanos. Ahora bien, las creencias religiosas son "sui
géneris" y particulares. No pueden establecerse como una enseñanza pública, por
muy mayoritaria que sea. El único estudio de la religión que sería de carácter
necesario y obligatorio en los centros de enseñanza pública es el de su consideración
como fenómeno social, histórico y filosófico. Ahora bien, esto lo hacen ya los
profesores de Historia, Literatura y Filosofía. No entiendo, pues, qué hace un sacerdote
en un instituto si no es "adoctrinar"; actitud absolutamente opuesta a la
democracia. No negamos, ni mucho menos, el derecho que todos tenemos de intentar convencer
a los demás de nuestras creencias; y el derecho (y su deber particular) que tiene el
sacerdote de evangelizar a sus catecúmenos; lo que sí afirmamos es que el lugar propio
de esta "loable" tarea no son los centros de enseñanza pública; sino las
diferentes iglesias. El problema tampoco se soluciona presentando como alternativa a la
religión católica y moral otras posibles religiones.. Queriendo presentar así el
carácter democrático de nuestra enseñanza. Y esto, por dos razones. La primera es de
carácter eminentemente práctico: nunca será esto realidad en todos los centros; ni
siquiera, en la mayoría. Los que estamos en la enseñanza conocemos muy bien los
requisitos de horario. Si no hay un número mínimo de 15 alumnos no se forma grupo; y si
no hay un mínimo de 18 horas de la asignatura no se contrata a un nuevo profesor. Así
que echen ustedes las cuentas y verán qué difícil será que un mahometano o, incluso,
un evangelista, que son muy abundantes en nuestra ciudad, puedan tener sus clases de
religión. A éstos se les mandará al famoso estudio asistido. En segundo lugar -por lo
que comentamos más arriba-, la enseñanza de la religión no es lo democrático; sino su
no enseñanza "en los centros públicos".
Por ello, considero necesario y urgente la eliminación de la enseñanza religiosa de
los colegios e institutos públicos. Si no ¿por qué no íbamos a poder impartir y
reivindicar la enseñanza de cualquier conocimiento esotérico: astrología, quiromancia,
etc? Me parece que la actitud de la Iglesia en este debate es altamente intolerante.
Aunque esto no puede sorprendernos. LO que sí puede colmar nuestra paciencia es que
adopten un barniz democrático con el que pretenden despistarnos. La doctrina de la
Iglesia es, por desgracia antidemócrata. Su estructura interna también.
Juan Pedro Viñuela. AZOGUE nº 3 1996
|