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Un día, en Estados Unidos, la coincidencia de un atasco en
la carretera y de una parálisis del tráfico ferroviario impedirá
que el personal de relevo llegue a un gran aeropuerto. Los
interventores, sin relevar, vencidos por la tensión mental,
provocan la colisión entre dos aviones a reacción, que se
precipitan sobre una línea eléctrica de alta tensión, cuya
carga, repartida por otras líneas ya sobrecargadas, provoca un
apagón como el que ya conoció Nueva York hace unos años. Sólo
que esta vez es más grave y dura varios días. Como nieva y las
calles permanecen bloqueadas, los automóviles crean desórdenes
monstruosos; los empleados de oficinas encienden fuegos para
calentarse y se declaran incendios que los bomberos no pueden
sofocar por no poder llegar hasta ellos. La red telefónica
queda bloqueada a consecuencia del impacto de cincuenta millones
de aislados que intentan comunicarse telefónicamente unos con
otros. Inician marchas por las calles nevadas y llenas de
muertos.
Los viandantes, privados de toda base de suministros,
intentan apoderarse de refugios y artículos, entran en acción
las decenas de millones de armas de fuego vendidas en América,
las fuerzas armadas se hacen cargo de todos los poderes, pero
también ellas son víctimas de la parálisis general. Se producen
saqueos de supermercados, en las casas se acaban las reservas de
velas, aumenta el número de muertos de frío, de hambre y de
inanición en los hospitales.
Cuando se restablezca la normalidad trabajosamente algunas semanas después, millones de cadáveres dispersos por la ciudad y el campo comenzarán a
difundir epidemias y a producir nuevos azotes de proporciones
semejantes a las de la peste negra que en el siglo XIV acabó con
las dos terceras partes de la población europea. Surgirán
psicosis parecidas a las que se habían producido en el pasado con
respecto a los ®untadores¯ * y se consolidará un nuevo
maccartismo mucho más cruento que el primero, La vida política,
presa de una crisis total, se subdividirá en una serie de
subsistemas autónomos o independientes del poder central, con
milicias mercenarias y administración autónoma de la justicia.
Mientras dure la crisis, los habitantes de las zonas
subdesarrolladas, preparados ya para subsistir en condiciones de
vida y de competencia elementales, serán quienes consigan
superarla con mayor facilidad, y se producirán amplias
migraciones con fusiones y amalgamas raciales, importaciones y
difusiones de ideologías. Al declinar la fuerza de las leyes y
haber quedado destruidos los catastros, la propiedad se apoyar
exclusivamente en el derecho de usurpación; por otra parte, la
rápida decadencia habrá reducido las ciudades a una serie de
ruinas alternadas con casas habitables, y habitadas por quien se
las adueñe, mientras que pequeñas autoridades locales podrán
conservar cierto poder constituyendo recintos y pequeñas
fortificaciones. En ese momento, la estructura será ya
totalmente feudal, las alianzas entre los poderes locales se
apoyarán en el compromiso y no en la ley, las relaciones
individuales se basarán en la agresión, en la alianza por
amistad o comunidad de intereses, renacerán costumbres
elementales de hospitalidad para el viandante.
Frente a esa
perspectiva, nos dice Vacca, no queda más remedio que empezar a
pensar en planificar instituciones equivalentes a las
comunidades monásticas que, en medio de una decadencia tan
grande, se ejerciten para mantener con vida y transmitir los
conocimientos técnicos y científicos útiles para el advenimiento
de un nuevo renacimiento. Los capítulos finales (y en gran
medida discutibles) del Medio Evo prossimo venturo (Una Edad
Media en un futuro próximo) tratan, entre otros, los problemas
de cómo organizar dichos conocimientos, cómo impedir que se
vayan corrompiendo en el proceso de transmisión o que ciertas
comunidades los utilicen con fines de poder particulares. Pero
la cuestión (como decíamos al principio) es diferente. Se
trata, sobre todo, de decidir si el de Vacca es un escenario
apocalíptico o la exageración de algo que ya existe. Y, en
segundo lugar, se trata de liberar el concepto de Edad Media del
aura negativa con que la han envuelto ciertos publicistas
culturales de inspiración renacentista. Así, pues, intentemos
comprender lo que se entiende por Edad Media.
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