De la lengua como referente del imaginario que creamos |
©José Guillermo Anjel R.- |
A Samuel Cabanchik, que encontró en Wittgenstein el revés de la filosofía y el sentido limitado del
lenguaje: el escepticismo. O sea esa verdad que niega la certeza. La limitación
Inducción:
En el libro del génesis (Bereshit), primera referencia que el hombre semítico tuvo del concepto ciencia y
del lenguaje como generador de imágenes referentes, se lee: en el principio Dios creó los cielos y la tierra
y la tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el espíritu de Dios
se movía sobre la faz de las aguas. Y Dios dijo, sea la luz y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena y
separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas noche. Y fue la tarde y la
mañana un día.
Este inicio del texto plantea tres cosas muy interesantes a nivel de lenguaje: la cosa o accidente, el nombre
o clasificación y la definición o ingreso en los partes de la cosa. Es un algo que se crea u objetiza, se
nomina o referentiza y de inmediato de ubica en sus limitaciones estructurales para generar una primera
definición por las materias y formas (cuantificación y cualificación) componentes del todo representado por
la palabra inicial.
En primera estancia, el escritor bíblico va de lo general a lo particular y tejiendo las nominaciones las
define por su contenido y al final las establece como la conclusión de un hecho. Pero no se queda ahí el
texto - denominado Tanaj, sigla que en sí contiene tres nombres: la Torá (la instrucción), neviím (los
profetas) y jetuvím (los escritos) -, que éste sirve como elemento base para que comience un ejercicio del
lenguaje, o sea, el descubrir y organizar, a través de las palabras, una historia, una tradición, una
legislación, unas esperanzas y una identidad. En suma, una cosa en sí, desde sí y para sí.
Dentro de la tradición judía e islámica, la palabra tiene una gran importancia, porque no es sólo la suma de
fonemas lo que indica el significado sino los grafismos que componen la palabra misma, valorándola e
indicando un cripto-significado que amplía el concepto sobre la acción, la nominación y el sujeto. Frente a
la prohibición coránica de dibujar figuras, se recurre a la estética de la forma de las palabras, lo que genera
una interpretación en dos direcciones: la una por la lectura y la otra por la admiración de esto que está
escrito: leer y poetizar, razonar e imaginar, memoria y maravilla. Algo similar ocurre en los rollos y libros
iluminados del ritual judáico, donde la palabra no sólo es un ingreso por lo razonable-convencional al
mundo sino por la admiración. Y al ensoñarse la razón, la concepción de lo leído se convierte en un
imaginario que lleva a las esferas del intelecto carente de palabras para ser codificado en la medida de su
ilimitación. En este punto, el lenguaje cripto-referencial se convierte en una máquina de imaginar, lo que
permite la creación en la recreación, o sea el aspecto lúdico de lo intelectual mediante el juego infinito de
valoración y reubicación de la palabra significada en otro significado. Un plano borgiano para entender el
juego de los espejos y la posición de Almutazìn.
Las lenguas primitivas requieren de palabras muy precisas para designar los componentes del entorno a fin
de poderlas significar sin que se presenten ambigüedades. En el caso del hebreo (y en algunos casos el
árabe clásico), la palabra no sólo está compuesta por sonidos sino por valores matemáticos adscritos a
cada letra (del uno al cuatrocientos en línea, hasta el cuatro en esencia) con el fin de obtener significados
que trasciendan el contexto y enriquezcan el debate que exige el ejercicio del lenguaje en calidad de
conocimiento de contenido. Los rabinos llaman Pil-pul a este ejercicio dialéctico. En otras palabras, la
lengua no sólo designa la cosa sino que valora lo designado en la cosa, ya por el uso y las leyes que la
rigen, ya por el límite de especulación que resiste. De aquí entonces, que la matematización del
nomenclador se justifique, porque la palabra no es apenas lo que nombra y significa sino la esencia
matemática que contenga. De esta manera el accidente admite otra accidentalidad: es decir, un nuevo
significado. Es lo que los cabalistas llaman guematría, donde el discurso de una frase o un párrafo, de una
hoja o un libro se reducen a una sola intencionalidad, la de la esencia o al menos la de la direccionalidad
pactada como un reinicio de la definición.
El lenguaje nos sigue asombrando con las variables que brinda para abrir nuevas posibilidades. Y si la
inteligencia se define como la capacidad de leer hacia dentro y así encontrar la solución a un problema, la
lengua es la ordenadora del inteligente del hombre, de su capacidad de ensayo error, de su poética y su
lúdica.
Con base en lo anterior, planteo esta ponencia sobre el lenguaje como generador de convenciones e
imaginarios que permiten avanzar dentro del plano límite aristotélico.
DE LAS DEFINICIONES A LOS IMAGINARIOS.
Filón de Alejandría llegó a la conclusión de que el mundo existía en la medida que las palabras lo
nominaban. Toda palabra pronunciada llevaba a un entendimiento de lo visto y lo sentido. Y la memoria
guardaba los hechos sucedidos, los acontecimientos probados, las acciones y las designaciones, porque
tenía palabras y códigos gramaticales para ello. Para él, la memoria y la imaginación nacían de la
codificación debida de palabras, direcciones y significados. Y eran estos referentes de memoria e
imaginación los que le daban un valor al mundo. Valores que iban de lo general a lo particular o viceversa,
según se usaran el referente, los significantes y los significados: Para la memoria, el lenguaje era
meramente deductivo. Para la imaginación inductivo.
En el siglo XI y XII, Los gramáticos de Córdoba, liderados por la familia Tibbón, establecieron la teoría de
que las palabras simples designaban un mundo a los sentidos y a la inteligencia. Para estos gramáticos y
traductores, una palabra simple era aquella que permitía una definición científica o sea, una designación de
las partes y su funcionamiento. Pero, esas palabras simples permitían una diagramación y un ordenamiento
creativo, a veces en forma de animal, en otras de planta, permitiendo una criptografía que traspasaba lo
sensorial y facilitaba el ejercicio de lo intelectual poético. No era la palabra un mero vehículo para designar
la cosa sino también un estrado para representar una obra oculta. Un imaginario que se iniciaba en la
memoria visual..
Moshè ben Maimòn, conocido como Maimònides, en le Morè Nebujim (la Guía de Perplejos), establece
que las palabras ordenan la naturaleza y ubican al hombre en el centro de ésta para que él las reciba a
manera de nominaciones y acciones y él las devuelva a manera de preguntas. El hombre como centro del
universo que ve y pregunta. En este caso, la palabra básica, la que desprende el concepto simple, cuestiona
al ser y lo lleva a buscar respuestas ordenadas, deductivas e induccionadas, que magnifiquen la esencia de
lo nominado mediante la intelectualización de la definición primera. Porque las preguntas no sólo buscan
encontrar una ley sino la causa de la ley. Para Maimónides, al igual que para Bertran Russell, el
conocimiento empírico es la primera manifestación de la nominación. Pero cuando la nominación crece y a
través de las palabras se busca la causa de sí misma y en sí misma, empieza a producirse el conocimiento
positivo. Conocimiento lento que comprueba la información y la convierte en legislación o norma de
comportamiento invariable para un entorno dado en un tiempo dado (una verdad normativa). Lento este
conocimiento, porque las palabras deben redefinirse en las distintas estancias del hecho informado. Prueba
ensayo, hasta dar con la limitación y ahí si, parametrar el conocimiento para ponerlo en funcionamiento,
como dirìa Popper. Deber ser, deber estar, deber hacer.
Si para la edad media la palabra rosa contenía todo aquello que significaba y construía una rosa, además
de su poética y su contrario, o sea la no-rosa, para Maimònides la palabra rosa encerraba también su
prototipo en el silencio, algo así como una sombra del arquetipo platónico, permitiendo concebir la rosa en
el vacío de la nada en calidad del inicio de la rosa. En hebreo, nada es ain y yo es aní, o sea que la nada es
el yo inicial (la nominación primera) sin forma, pero ya con el espíritu de la palabra habitando el caos
necesario para toda ordenación. De acuerdo con esta idea, todas las palabras existen en una especie de
huracán (la naturaleza denota y connotativa) y corresponde al hombre hacerlas reposar para ordenarlas,
conocerlas y poetizarlas. Silencio primitivo, luego las palabras que son sólo un salir de este silencio para
integrarse a otros mundos en ampliación. Por esta razón, siempre la palabra está en crecimiento, porque es
un mundo que se amplía en la medida en que se crece el contexto de lo percibido. El Rambam
(Maimònides), entonces, y para no caer en el caos de ese crecimiento descontrolado, aplicó para el
lenguaje la limitación aristotélica: Las cosas existen en un límite, cuando se las define y significan en su
limitación. Y el límite se agranda cuando la imaginación aparece y permite una redefinición de la cosa,
alimentada ya por las palabras de la primera definición en sí y para el entorno: toda aplicación de lo
nominado permite una nueva acción y, por lo tanto, una nueva definición. Los significados tienen una
moral variable, ajustándose siempre a las exigencias y expectativas de los nuevos entornos físicos e
intelectuales, es decir, estableciendo acuerdos con las evidencias y los imaginarios, con los pasados y las
proyecciones, que resultan siendo otros imaginarios, los unos tamizados por el código de memoria, los
otros impulsados por las estructuras del deseo.
En el siglo XIII, aparece también Moshé de León que le aporta a la palabra que define e imagina, dos
libros: el séfer ha-Zohar y el séfer Yetzirá, donde la Torà (instrucción) y el origen de las letras cobran un
significado diferente. Ya no son las nominaciones y las acciones las que determinan la imagen del mundo,
de igual forma lo son los valores matemáticos concentrados en cada palabra. La cosa es en dos sentidos: la
convención y la cripto-definición. Todo tiene cuerpo y alma. El cuerpo se puede diseccionar, ordenar,
estudiarse en la evidencia de la forma y el efecto, de la materia y la composición. El espíritu hay que
intelectualizarlo. Ahora, los sentidos descubren la materia y las formas (Telesio diría que todo se descubre
mediante el uso del tacto), pero no el lenguaje oculto de las cosas. Lenguaje, entonces, que hay que
matematizarlo para poder tener una dirección a seguir en la especulación. Los sentidos siempre verán la
superficie, no importa que tan pequeña haya sido la disección (atomización) de la cosa. El intelecto verá la
sustancia, pero en este caso ya el lenguaje no es sonido sino lógica matemática. Todo hay que sumarlo y
algebraizarlo. Y poetizarlo, para salirse de la razón evidente e ingresar en la razón especulativa o poética.
El lenguaje, bajo esta óptica, es una lente que, al ampliar el concepto, lo muestra también distinto. Y esa
ampliación sólo es controlable a través de los números, valores perennes, como los sonidos.
Un concepto de verdad:
El lenguaje, elemento de nominación y definición, de búsqueda y debate, tiene como finalidad establecer
los códigos de verdad (la normativa y la que se construye). Y siendo la verdad absoluta una construcción,
también lo es el lenguaje, que en último término es una representación del crecimiento de la inteligencia
humana, pues entendemos lo existente mediante la ampliación de los significados y el corpus intelectual
que alcance a establecer (Aprender-saber-reflexionar-entender). Por ejemplo: en hebreo, la palabra verdad
está conformada por las tres letras madres del alefato: por alef. mem y tav, o sea por aquellas que soportan
la totalidad del sentido de la lengua en su función de explicadora del mundo. Esta palabra es única en
hebreo, dando entender que la verdad es una y que hay que construirla con las palabras del inicio, el
presente y el final, es decir con las definiciones primitivas (los referentes iniciales), las definiciones
actuales (las comprobadas y tenidas como conocimiento positivo, las que son verdades normativas) y las
futuras (las especulaciones). Cuando falta la letra alef, la palabra verdad (emet) se convierte en muerte
(met), indicando que toda faltante en una definición acaba con la definición misma. Y no es la definición,
como se dijo, la definición presente (fundamentada en el pasado), lo es también la futura, la poetizada..
Para Abuchafar Abentofail, la verdad es la comprobación sensorial e intelectual de la cosa. Se pregunta
este filósofo del medioevo islámico-andaluz: ¿cómo saber si algo es dulce sin haberlo probado? No está la
verdad pues en la concepción sino en la comprobación, de aquí la importancia que para él tiene el filósofo
autodidacta que se ve en la obligación de vivir la experiencia en sí (verdad subjetiva como base para el
pacto con la verdad objetiva) y no en la explicación de otro. Y esta experiencia está en el lenguaje, en la
traducción de hecho vivido, y en la necesidad imperiosa de trascender el concepto de lo humano para
adentrarse en lo puramente intelectual. En última instancia, el ejercicio del lenguaje, por su significación,
es proclive al sentimiento metafísico. Esta explicación es lógica para los sufìes y para los anifun,
buscadores de Dios. Y al igual que Maimònides, Abentofail acepta la limitación de la lengua y, por lo
tanto, de la definición. De aquí que toda idea o concepción de Dios (que para el semitismo es la totalidad
del lenguaje, ver el Yo y el Tù de Martin Buber y remirar el sentido de sustancia de Baruch De Espinosa)
esté limitada porque está dentro del marco de lo humano, el lenguaje humano y la inteligencia humana, y
no por fuera de ella, donde el lenguaje nuestro no está pero si está la lengua metafísica, única opción de la
real concepción de la divinidad. Lo esencial lo limitamos a la esencia humana, por esto todo se parece al
hombre y a sus limitaciones de expresión.
La verdad, entonces, está más allá del sentido actual de las palabras y por ello se hace necesario ampliar
los conceptos y sus definiciones para ir avanzando en la verdad que se construye. Ahora, de esta
refinación, de las palabras precisas en la búsqueda de un concepto preciso, nace el lenguaje científico que,
para funcionar como es debido, requiere de modelos inamovibles y de cifras exactas que lo valoren dentro
de unos límites establecidos que permitan todo tipo de controles y ordenamientos lógicos que certifiquen la
presencia inicial de la certeza. Lenguaje sin especulación, definitivo para el momento y la cosa de ese
momento. Un lenguaje fundamentado en la razón de los elementos y regido por los componentes del
lenguaje matemático, que es demostrable y se ajusta a unas leyes que, no importa el entorno ni las
condiciones de éste, se cumplen y dan un mismo resultado. La norma positiva aplicada al lenguaje, es el
lenguaje de la ciencia. Y la ciencia (verdades normativas y morales) es la posibilidad más cercana para la
construcción de la verdad.
En la concepción de Emilio Lledó, el lenguaje es comunicación que, en su estructura, se convierte en una
historiografía de la ciencia y de la historia o sea en una retro-alimentación permanente entre contenedores y
contenidos, entre movimiento y espacio, entre tiempo real y tiempo virtual.. En otros términos, que el
contenido de la función ordenadora de las palabras es la ciencia misma, ya sobre la definición del mundo,
ya en la cosa en sí que es parte y total de lo definido. Y llega esta conclusión estableciendo el siguiente
modelo, bajo la premisa de que más que en un universo de objetos, la mente humana se mueve en un
universo de definiciones:, como de alguna forma decía Filón de Alejandría. Ahora, esta definición lleva a
pensar que el mundo gira en torno a la connotación que, bajo el significado, multiplica las formas y la
materia de la denotación
El modelo de Lledò, es como sigue:
A. Sentidos palabras objetos.
(lenguaje) (mundo)
Aquí el lenguaje denota. Inicio del mundo.
B. Sentidos palabras palabras.
Aquí el lenguaje define. Limitación del mundo.
C. Sentidos símbolos estructuras lógicas.
El lenguaje se convierte en ciencia. Verdad normativa.
D. Sentidos Complejos de colores, palabras intereses.
sonidos etcétera; distribución del sociales
espacio, formas materiales.
El lenguaje como construcción de la verdad.
El mundo es mi mundo, decía Borges parodiando a Schopenhauer (la realidad es mi realidad). Todo
depende de los sentimientos y las limitaciones que tengamos para la connotación, limitaciones todas de
lenguaje a las que es necesario adicionar imaginarios que permitan nombrar y definir por analogías y
opuestos, o sea, volver al inicio y entender así la circularidad del lenguaje como una opción para la
redefinición, que es en última instancia la nueva definición.
La poética, y en este sentido Gastòn Bachelard encontró la verdadera opción del lenguaje, crea el
imaginario. Y a partir de este, nacen las palabras y las conceptualizaciones. Y se crea de nuevo el mundo.
Vamos y venimos, hacemos y rehacemos, referenciamos y codificamos. No es entonces una mala
definición de Dios la que tenían los hombres del hiperbóreo (quizás los sumerios, tal vez los persas, en
última instancia los griegos): Dios es un demiurgo, o sea un artesano. Labra y a cada labrado la materia y
el espacio se le muestran distintos. Por eso crea en los sentidos y en el intelecto.
Decía Isaac el cec, cabalista de Girona: Una letra contiene a todas las otras y para existir, una cosa son
todas las cosas, igual que una palabra son todas las palabras.
Muchas Gracias.
Escrito en Medellín. Julio de 1997.
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