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Kierkegaard habla no sólo como si no pudieran darse
pruebas de la existencia de Dios, sino también como si hubieran de ser baldías, y aún
indeseables, en caso de que fuera posible formularlas.
Para él, todo lo que nos queda es "el
salto de la fe", la apasionada apropiación por el individuo de una
"incertidumbre objetiva". La verdad que importa es "mi verdad" (pues
la verdad es subjetividad), la verdad que yo he elegido, en la que me he comprometido, por
la que yo apuesto todo lo que tengo y según la cual me decido a vivir; y no la verdad
propiedad pública a la que se llega como conclusión de un razonamiento lógico.
Donde más claramente se advierte su
naturaleza es en el caso del hombre enfrentado con la alternativa de optar con ó contra
Dios.
Dios es trascendente, invisible e
indemostrable. Elegirse asimismo ante Dios, comprometerse a la fe, parece ser equivalente
a perderse a sí mismo; y el hombre retrocede ante esto.
En cambio si un hombre lo arriesga todo y da
el salto, se encuentra a sí mismo. Elige su verdadero yo, que es a la vez finito e
infinito, es decir un ser finito ordenado a lo infinito.
Quien no tiene a Dios queda enajenado de sí
mismo, cae en la desesperación. El que hace el salto de la fe se recobra así mismo, su
verdadero yo, después de la dispersión de fase estética. Kierkegaard dice a veces que
consiste en tener la idea de Dios, esto evidentemente, debe entenderse referido, no a una
especulación abstracta que tenga a Dios por objeto, sino a una actitud global del alma a
Dios como sujeto.
Quizás sería mejor decir que la primera
categoría es tener conciencia de estar en la presencia de Dios. En todo caso, se trata de
máxima interioridad, pues el yo que se constituye así no es ya un yo humano, sino el yo
teológico, que toma un acento o incluso podemos decir, una realidad infinita por el hecho
de tener a Dios por medida, la medida del yo es lo que tiene ante sí.
Pero la categoría de estar delante de Dios
es inseparable de la del pecado, que es también decisiva para la existencia religiosa.
Pues el hombre entra en relación con Dios al reconocerse pecador; cualquier otra actitud
sería falsa, puesto que el hombre nace pecador, y el pecado lejos de unir a los hombres
convirtiéndolos en una especie de masa pecadora, es, por el contrario, un principio de
dispersión ó individualización. Pues el pecado es la cosa mas personal, es la
"más fuerte autoafirmación de la existencia". De tal manera que en la
conciencia de pecado el individuo se hace consciente a la vez de su individualidad y de su
relación con Dios.
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