|
Agosto en Tabarca
Agosto. La maleta, poca ropa; la cámara fotográfica, indispensable,
aletas y gafas. El coche: quince minutos de Alicante a Santa Pola, desde
allí el barco, un catamarán con vista submarina. Zarpamos;
en el horizonte una isla, Tabarca: "l'illa"; se acerca, sin asfalto, sin
coches. Su iglesia en el centro destaca a este lado marcando un perfil
peculiar.
Una casa de alquiler nos aguarda, fresca, de pueblo, con patio, mirando
hacia el mar por levante y por poniente. Nos cruzamos con veleros, pesqueros
y remos. En el espigón del puerto, algunos pescadores ordenan sus
redes con sus hijos, como lo hacían sus padres.
Instalados en la casa, un respiro, un silencio, cargamos con los bártulos
de baño y a una cala, la del francés. De camino una foto,
a un bote, a un reflejo a una ola, a la gente.
Me atavío de buzo con cámara submarina y me zambullo
en las aguas del mar, de cristal, mediterráneas, cálidas,
llenas de vida. Otro mundo; pulpos, doradas y sargos, silencio, profundo
silencio, tortugas, un manto de posidonia, estrellas de mar, una lata de
un turista irresponsable, inquietantes cuevas cuyos cimientos conviven
con los peces y emergen y me hacen recordar esas historias que cuentan
los isleños de piratas berberiscos, de invasores, pobladores genoveses...
Se terminó el carrete bajo el agua. La hora de comer, un restaurante,
este mismo, un caldero de arroz (comida de pescadores), pescadito frito,
calamares, un pecado, tan rico, flan casero, un café...
La siesta, larga, en un estremecedor silencio. Despierto, ¡Tabarca!,
No ha sido un sueño.
Más mar, la playa esta vez. Con gentes diversas, turistas de
un día comiendo en la arena, sombrillas, gaviotas, barquitos y barcos
y yates que vienen y van.
Las ocho. El último barco de vuelta. Desierta la playa, la isla.
Las gaviotas recogen las migas turistas de pan. Y su vuelo rasante... se
encaran al viento jugando, se paran flotando, se posan en una roca mojada
y repiten. Absorto las miro y disparo una foto.
La tarde se acaba. Corriendo a la antigua cantera. De rojo naranja
brillante se tiñen las casas, el faro, las calles, las caras. Empieza
"la peli", la puesta de sol, distinta, hechizante, envolvente, se apaga...
A la espalda, murallas erigidas por Carlos III despiden al sol. El
faro a lo lejos comienza sus guiños de luz y me llama.
Saliendo, hacia el este, hacia el faro, comienza el paseo. Pasamos
entre el puerto y la playa donde la tierra se estrecha y los mares se quieren
tocar.
Paso a paso se alejan las luces del pueblo y crece la noche. Algunos
conejos nos miran atentos, extraños. Reaccionan, un salto y se pierden
entre las verdes y oscuras chumberas. El faro, ya cerca, se crece, se siente
importante, desierto. Nos espera con ansia, su haz luminoso lo lanza con
fuerza y nos mengua. De lejos fue un guiño y de cerca un bastión
incólume.
Levanto la vista; millones de estrellas adornan la isla. Júpiter
y Saturno acompañan a Piscis. Más alta, Casiopea le ronda
a la estrella polar. ¡Una estrella fugaz!, un deseo..., volver a
Tabarca. Una uña de luna descansa en el mar que la mece y la duerme.
El camino termina donde, ausentes, antiguos de la isla descansan, afortunados;
vivieron su tierra y el mar desde niños hasta sus entrañas.
Más lejos, sin isla: la reserva integral, vestigio de naturaleza
intacta, universidad de biólogos.
De vuelta hacia el pueblo con luz de farolas siamesas de tierra y de
mar, se nota la calma serena, serena.
En las calles, a las puertas de sus casas, las sillas, la noche, la
calma, la gente; foráneos y extraños, se miran, se saludan,
se cuentan. Detrás de las casas, obscura muralla, una piedra formando
un sillón en lo alto, en el borde; me seduce, me siento y observo
la costa lejana engalanada de fiesta, vestida de luces. Al otro mirar,
faenando, puntitos de luz... Otro va, se le escucha al pasar y en la popa,
su estela, varía el ritmo del mar.
Bostezo. La tranquilidad relajante del día invita a dormir,
deprisa, mañana sigue, siempre, Tabarca.
Agosto de 1998
José Ignacio Mena
|
Tabarca: La isla de los nombres perdidos
"Frente a la ciudad de Alicante, a unas diez o doce millas, y cerca
del cabo de Santa Pola o del Aljub, se encuentra la isla de Tabarca, con
una longitud aproximada de mil ochocientos metros y una anchura máxima
de unos cuatrocientos.
A lo largo de los siglos, ha recibido diversos y curiosos nombres. Nombres
que le dieron los griegos focenses, los romanos, los árabes, los
historiadores clásicos y los cronistas de los siglos XVI al
XVIII. La pequeña isla estuvo, durante mucho tiempo, envuelta en
leyendas. Templo de Apolo, lugar donde desembarcó el apóstol
San Pablo, para la tradición cristiana, refugio de piratas turcos,
berberiscos, franceses.
En 1770, Carlos III, a instancias del conde de Aranda, la colonizó
con cautivos genoveses rescatados de Túnez y Argelia, después
de construir en ella, un poblado amurallado y guarnecido, con objeto de
impedir que los navíos corsarios la utilizaran como base, para sus
posteriores incursiones por la costa. Desde entonces se la conoció
por isla de Nueva Tabarca.
Son muchos los episodios que se sucedieron en aquel escenario inhóspito.
Los descendientes de los antiguos colonos, pescadores y calafates, le han
abandonado, en busca de trabajos menos rudos. Hoy, apenas si tiene docena
y media de habitantes. En verano, la visitan centenares de turistas.
Isla de un Mediterráneo de lengua franca, de pilotos, de aventureros,
de mercaderes, de mitos y prodigios, de mestizaje, ejerce una poderosa
fascinación."
Enrique Cerdán Tato
Conferencia Inagural del congreso La Isla Posible / Tabarca -
Marzo, 1998

|