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VENEZUELA: GOLPE DE
ESTADO EL 11 DE ABRIL DE 2002
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La revista Nuestro Tiempo publicó,
en su número de junio, esta crónica escrita
por Paco sobre los sucesos de abril. Para comprender mejor
los hechos, el relato incluye las principales claves de la
historia reciente de Venezuela.
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Venezuela,
dividida por dos, igual a equis
PACO SANCHO
Tres
años después, frente al pelotón que le estaba
prendiendo, el teniente coronel Hugo Chávez Frías
debió recordar aquella fecha gloriosa en la que al jurar
como presidente sintió tocar el cielo. Venezuela era entonces
un pueblo desharrapado que se despedía de una década
olvidable por la resaca de corrupción, miseria y desencanto
que quedaba tras una borrachera de petróleo. La riqueza natural
del país, con unas entrañas tan repletas de un oro
negro que hacía soñar con un futuro feliz a veintidós
millones de personas, se diluyó por unos pocos bolsillos.
La historia se repetía y una madre de Carabobo, desesperada
por intentar sacar adelante una familia numerosa sin los recursos
más elementales, se alimentaba de cifras globales que pregonaban
desde el púlpito de las estadísticas que su renta
anual era superior, de largo, a los cuatro mil dólares americanos.
Y lo grave es que esa madre representaba a tres cuartas partes del
país.
Aquel 2 de febrero de 1999 que había de
recordar, Chávez accedió al poder por la vía
democrática, justo siete años después de pretenderlo
por la fuerza con un golpe militar contra el presidente Carlos Andrés
Pérez. Su intentona lo mandó a la cárcel de
Yare, donde participó en la redacción de la propuesta
Cómo salir del laberinto. Era el primer paso que daba
con la pistola enfundada, consciente ya de que sus aspiraciones
de poder no las lograría por la fuerza sino a través
de las urnas.
A pesar de errar el golpe, la Venezuela de 1992
estaba sumida en tal espiral de desesperanza que fácilmente
aceptaría la llegada de un nuevo Libertador. Así que
Chávez se embebió del espíritu de Simón
Bolívar mientras asistía como simple espectador a
la caída de un Carlos Andrés Pérez al que se
lo comenzaba a engullir el desencanto social y la corrupción
política... sin necesidad de ningún comensal militar.
De hecho, los dos intentos de golpe que sufrió Pérez
ese año --el de Chávez en febrero, el de dos contralmirantes
y un general en noviembre-- no fueron sino simple guarnición
de un menú intragable para un pueblo hambriento.
Fulgor y caída de CAP
¿Qué pudo ocurrir para que un hombre
como Carlos Andrés Pérez cayera de forma tan estrepitosa
tras haber hecho cumbre pocos años atrás? Un misterio
que la historia resolverá siguiendo las pistas de su propia
grandeza/torpeza.
Carlos Andrés Pérez, CAP para amigos
y enemigos, llegó por primera vez a la Presidencia de su
país como líder de Acción Democrática
(AD, socialdemócrata) en 1974. Sus cinco años de mandato
supusieron un salto cualitativo en el ordenamiento económico
y social de Venezuela, que le aupó a sus mayores niveles
de popularidad. Empeñado en su lema administrar la riqueza
con criterio de escasez, su Gobierno pudo impulsar un programa
de justicia social, empujado también por los sabrosos precios
del petróleo en el mercado internacional.
Pero no todo fueron luces: el resplandor de progresos
en la educación, en la creación de empleo, en los
aumentos salariales, en la nacionalización del petróleo
y del hierro cegaron a una sociedad que no vio cómo el gasto
público se disparaba, la balanza comercial se escoraba por
el aumento de importaciones y el consumo privado, a la postre, pagaba
tal descontrol con una inflación que superaba el 20% anual
al término de su mandato, en 1979.
| Un mes después de la reelección
de Carlos Andrés Pérez las calles estallaron en
el histórico 'Caracazo' del 27 de febrero de 1989 |
El pueblo tardó en despertar y prueba de
ello es que volvió a sucumbir ante su embrujo de estadista
y lo asentó por segunda vez en el Palacio de Miraflores,
en 1989. Pero, en esta ocasión, el sueño popular duró
poco. No había pasado ni un mes desde su toma de posesión
cuando las calles estallaron en el histórico Caracazo
del 27 de febrero. CAP apenas había tenido tiempo para darse
cuenta de que el país que volvía a administrar tenía
muy poco que ver con el que había dejado diez años
atrás: esta vez, con las arcas vacías tras la caída
del precio del crudo y una deuda externa a galope desbocado, su
otrora efectiva política paterno-proteccionista para con
los venezolanos era imposible de aplicar. Empeñado entonces
en corregir los profundos desequilibrios económicos, propone
un asombroso giro de 180 grados: adiós al proteccionismo
de la industria nacional, fin a los subsidios indiscriminados y
un control mayor sobre salarios y precios. Un paquete de medidas
macro y microeconómicas que calmó a los guardianes
internacionales del dinero pero que colmó el vaso de la paciencia
popular... hasta hacerlo rebosar con el anuncio del aumento del
precio de la gasolina. Allí se prendió la mecha que,
durante varios días, iba a destrozar un país ya de
por sí destrozado y otra vez desesperado: algaradas, saqueos,
asaltos, destrucción y una locura colectiva que costó
la vida al menos a trescientas personas.
Era el principio del fin de CAP. Los tres siguientes
años gobernó Venezuela con el paso cambiado, de modo
que en 1992 vio dos veces el borde del precipicio con sendos golpes:
el de Chávez en febrero y el de otros tres altos mandos en
noviembre. Pero, cosas de la vida, lo que no pudieron los militares
lo lograron dos periodistas, quienes ese mismo noviembre sacaron
a la luz el presunto uso irregular de más de 14 millones
de dólares por parte del presidente Pérez, a las pocas
fechas de su toma de posesión. La denuncia periodística
se confirmó con una sentencia de la Corte Suprema de Justicia
que condenaba a CAP a dos años y cuatro meses de arresto
domiciliario por malversación de fondos públicos.
¿Era su fin? Parece que no, a juzgar por
su protagonismo --con casi 80 años a cuestas-- en los recientes
sucesos de abril de 2002. En la mañana del jueves 11 (el
ya histórico 11-A), desde su retiro dominicano, el golpeado
golpeaba llamando a la rebelión militar a través de
emisoras de radio venezolanas: "Por el bien supremo del país
--se le escuchaba alto y claro en el taxi con el que atravesábamos
una Caracas que comenzaba a hervir-- pido a los mandos militares
que asuman su responsabilidad y destituyan al presidente Chávez
porque está llevando a Venezuela a la ruina". Tal arenga
no era un brindis al sol de un resentido sin más: Daniel
Romero, su secretario privado, formaba parte del selecto grupo que
corregía el Acta Constitutiva del Gobierno de Transición,
redactado pocas horas después del derrocamiento de Chávez
para legitimar a Pedro Carmona como nuevo presidente.
Caldera sin fuego
La sombra de Pérez siempre ha sido alargada.
Arrestado, recluido o callado, su ascendencia sobre los adecos
(así conocidos sus seguidores de AD, esparcidos por la sociedad
y por puestos de responsabilidad) sigue siendo pública y
notoria. O sea, que no es que CAP volviera a la actividad en este
abril sino que, simplemente, se dejaba oír... pensando quizás
que esta vez tenía las de ganar. Pero no. Su triste final
parece definitivo, y su papel en este esperpéntico golpe
se ha vuelto contra él. En 1993 no era querido, y ahora menos.
"¿Cómo va a ser salvador de la patria --dice
el taxista bajando el volumen de la radio-- alguien que nos ha robado?"
Ciertamente, lo de menos era si los 14 millones
de dólares fueron a su bolsillo o sirvieron para ayudar a
estadistas de su círculo, especialmente a Violeta Chamorro,
entonces presidenta de Nicaragua. Había robado al pueblo,
y esas cosas ni se olvidan ni se perdonan. Por primera vez en Venezuela,
un presidente en ejercicio era apartado del cargo, procesado y condenado.
Una mancha histórica que difícilmente conseguirán
limpiar los logros sociales y económicos de su primer mandato.
Era tal el desencanto que dejó esparcido,
que en las siguientes elecciones --diciembre de 1993-- la gran vencedora
fue la abstención: casi cuatro millones de electores, casi
el 40% del censo. El elegido por 1.710.671 votantes para dirigir
el país fue Rafael Caldera, un intelectual que, a punto de
cumplir los 78 años, accedía a la Presidencia también
por segunda vez (la primera había sido en el quinquenio 1969-74).
Caldera, fundador del partido Comité de Organización
Política Electoral Independiente (COPEI, socialcristiano)
se presentaba por primera vez al margen de estas siglas por las
que fue candidato en cinco ocasiones, y parecía romper el
bipartidismo AD/COPEI que, durante cuarenta años, hab’a copado
todas las opciones políticas de Venezuela.
Los de Caldera fueron cinco años de más
de lo mismo. La grave crisis económica del país era
imparable y, como había hecho su antecesor, las medidas que
adoptaba gustaban más en el exterior que en el interior.
Por citar un solo índice, la inflación anual durante
este quinquenio fue de terror, con un techo histórico en
1996 del 103,2%.
Pero no sería justo culpar a Caldera de
tanto deterioro; todo lo más, de no ser capaz de frenar la
imparable caída de una sociedad que estaba pagando con creces
los dispendios de quienes ¿administraron? las vacas gordas
petrolíferas durante veinte años. La pobreza trajo
el paro, el paro la miseria, la miseria la delincuencia, la delincuencia
el caos y, por todo ello, la consigna tácita del sálvese
quien pueda. No quedaban cimientos para un plan serio, a medio
plazo, de reconstrucción nacional. Todo lo más, quedaba
espacio para la aparición de ese salvador en que todo pueblo
desesperado necesita creer.
Chávez en movimiento
Y, a lo mejor sin preverlo, Rafael Caldera fue
quien abrió esa puerta a la esperanza del pueblo, al indultar
a los condenados por la intentona golpista de febrero de 1992. Ante
el asombro general, la salida de la cárcel de Yare de Hugo
Chávez en 1994 se convirtió en una muestra de exaltación
popular, un júbilo palpable en las caravanas de seguidores
y en las ruedas de prensa multitudinarias. El ex militar golpista
se sintió arropado por el pueblo y, por tanto, capaz de llegar
a Miraflores sin necesidad de echar por la fuerza al legítimo
inquilino. Él pasaría por las urnas para ser el próximo
presidente del país.
| Chávez no tenía preparación
para sacar a Venezuela de la crisis, pero su innata vocación
de líder y su convencimiento eran suficientes |
Recién cumplidos los 40, Hugo Rafael Chávez
Frías comenzaba así a gestar el Movimiento V República
en torno al cual construiría la nueva nación. Era
evidente que ni por preparación ni por capacidad tenía
soluciones para sacarla de la crisis, pero su innata vocación
de líder y un convencimiento de estar llamado a protagonizar
grandes epopeyas eran suficientes. El Libertador estaba con él.
Su verborrea populista, bañada en el constante recuerdo de
Simón Bolívar, le bastaba para llegar a los venezolanos,
muchos millones de los cuales, literalmente, no tenían nada
que perder. Así que creyeron en el sueño de un nuevo
enviado histórico, esta vez no para liberar al pueblo de
las garras invasoras sino de las entrañas de la pobreza.
En las elecciones del 6 de diciembre 1998 arrasó
con más del 56% de los votos. Su mensaje de revolución,
revolución, revolución... eso sí, "democrática",
contenía todos los ingredientes necesarios para recibir el
apoyo no sólo de los pobres de solemnidad, sino también
de otros sectores menos desesperados de la población; su
frase de campaña ("se está acabando una época
y está comenzando otra") servía para un roto
y para un descosido; su discurso era capaz de mezclar citas del
Papa con otras de Fidel Castro, pasando por menciones al proyecto
de Blair o a las teorías de Galbraith, de modo que al final
nadie sabía qué proponía. Pero sonaba bien.
El único mensaje claro era el que le dictaba el espíritu
de Bolívar: acabar con la corrupción. Era la gran
esperanza.
Así que, llegado al poder, y sin más
cortapisas, le faltó tiempo para dictar y aprobar toda una
batería de leyes y disposiciones que le fueron otorgando
el poder absoluto. Su primer año de gestión se cerró
con una nueva Constitución --mayoritariamente refrendada--
y el camino abierto para ser presidente hasta el 2006. Un solo año
de bonanza popular le sirvió para asentar todas las bases
de un sistema político cuando menos curioso: democrático
en las formas pero totalitario en el fondo, ya que conformó
unos poderes legislativo y judicial fieles a su figura y a su mandato
histórico, sin asomo de oposición.
A esas alturas, su mensaje ya era populista sin
disimulos y Chávez no perdía ocasión de señalar
con el dedo a las clases media y alta como causa de todos los males
de Venezuela; si la herida social del país ya era entonces
evidente, el primer mandatario estaba ayudando a mantenerla con
su salero. Muchos de los que le votaron comenzaron en breve a despertar
a la realidad: el presidente tenía el poder para amenazar
a inversores y a empresarios porque no hacía distinciones.
El presidente, de hecho, anunciaba su visita a una gran empresa
y era capaz de detener su comitiva a doscientos metros de la cita,
dejar plantados a sus anfitriones durante una hora y entrar en una
casa del barrio para tomar un cafecico "con el pueblo, el verdadero
pueblo de Venezuela".
| Chávez lleva tres años hablando
sin decir nada y, lo que que es peor, sin hacer nada. Nada que
haga intuir una salida a la desesperanza |
Populismo a chorros. Eso han sido los tres primeros
años del presidente Chávez. Con una capacidad innata
para hablar durante cuatro horas sin decir nada, se le ha terminado
por ir la fuerza por la boca. Quizá tentado por la habilidad
de su amigo Fidel Castro para eternizarse en discursos, Hugo Chávez
ha elevado la verborrea a razón de ser de su mandato. Y,
aunque suene a tópico, es un encantador de serpientes; un
solo ejemplo: tras las terribles inundaciones que destrozaron el
Estado Vargas en diciembre de 1999, el presidente dice que el Gobierno
está con los necesitados. Lo dice y lo repite a lo largo
de los dos años y medio en los que las víctimas no
han recibido nada, los muertos siguen casi sin enterrar, los desaparecidos
sin aparecer y las casas sin reconstruir. Hacer hoy una foto de
Vargas es tirar el dinero porque sirve la misma que se hizo hace
treinta meses. Pero sería sólo una foto de un largo
carrete triste y decepcionante. Chávez lleva tres años
hablando sin decir nada y --lo que es peor-- sin hacer nada. Nada
que haga intuir una salida a la desesperanza.
Negro como el petróleo
Tres años después de su ascensión
al poder, el 15% de la población total pasa hambre --literal--;
la cesta de la compra es cuatro veces superior al salario mínimo;
la economía sumergida --ambulante, informal-- ocupa a la
mitad de la población activa, mientras otro 20% está
en el paro absoluto; la mitad de la población escolar --hasta
los 17 años-- está fuera del sistema, no recibe educación;
la seguridad social no cubre las necesidades básicas; la
delincuencia forma parte del paisaje habitual (un promedio de 20
muertes violentas diarias en el año 2000)...
Pero si no hay trabajo ni alimento ni vivienda
ni infraestructuras ni educación ni seguridad, ¿adónde
van a parar los 120.000-130.000 millones de dólares anuales
que en los últimos ejercicios está generando Venezuela
como Producto Interior Bruto?, ¿dónde están
los cuatro mil dólares largos que le corresponden a la madre
de Carabobo, y los de sus hijos? Porque al presidente Chávez
se le acusa de muchas cosas, pero no de ser un corrupto. Así
que él mismo dice tener la respuesta: son los ejecutivos
de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA, pedevesa en la
pronunciación local) y el resto de oligarcas quienes ordeñan
al país; todos los males vienen de ellos; PDVSA es la gran
vaca nacional pero de la que solo se nutren unos pocos.
Hay que ir a por ellos y el presidente va. Lleva
meses avisando de que no va a permitir que la principal empresa
nacional sea un país dentro del país. Chávez
se atreve por fin a meter mano a uno de los asuntos más controvertidos:
impedir que PDVSA siga siendo una república independiente
dentro de la República, con un cuadro de dirigentes (la llamada
nómina mayor) que siempre ha campado por sus respetos.
El presidente de Venezuela, por ley, puede nombrar y destituir a
los mandos; pero, en la práctica, sus antecesores no se atrevieron:
todo lo más, a nombrar un presidente de la compañía
petrolífera con un perfil más decorativo que ejecutivo.
Y cuando, ahora, Chávez anuncia que va a por ellos, la caja
de Pandora ya no habrá quien la cierre.
La gota que colmó el barril
El enfrentamiento de Chávez con la cúpula
de PDVSA fue absoluto. A los nombramientos que impuso de una Junta
Directiva --chavista y no profesional-- respondieron los gerentes
y profesionales de la compañía anunciando una huelga.
Y Chávez va a por todas. El domingo 7 de abril, en su tradicional
programa de radio Aló, presidente --un programa que
dirige y conduce todas las mañanas de domingo para mayor
gloria suya, donde es capaz de estar hablando sin parar durante
cuatro horas y más-- lanza la espoleta que a la postre sería
el detonante de todos los sucesos de esa trágica semana:
en directo y por las ondas anuncia el despido de siete de los más
altos ejecutivos de PDVSA y avisa de que detrás irán
más ("yo no tengo problemas de rasparlos a toditos,
si tengo que hacerlo; el directivo que salga llamando a la huelga
será despedido automáticamente"). El presidente
no se conforma con eso y comunica a quien quiere escucharle --o
sea, a todo el país-- que "la estrategia es recuperar
PDVSA para los venezolanos, y no para unas élites que venían
haciendo un uso grosero y en diciembre se repartieron 80 millones
de bolívares [más de 100.000 euros] cada uno".
El presidente acababa de traspasar un punto sin
retorno. Los dirigentes empresariales, agrupados en torno a la principal
patronal del país, Fedecámaras, hicieron suyo el agravio
y se lanzaron a la convocatoria de una huelga general para ese mismo
martes, 9 de abril. Si ya de por sí era sorprendente ver
a los patronos metidos a protestantes, no lo fue menos el hecho
de que lo hicieran de la mano de los trabajadores, cuya principal
central sindical, CTV, se sumó a la convocatoria. El pulso
a Chávez estaba en marcha y costaba creer que fuera una improvisación
de horas. Probablemente sea excesivo hablar de conspiración,
pero no lo es constatar que, desde meses atrás, el ambiente
estaba más que caldeado y, si no ruido de sables, se percibía
cada vez mejor el descontento popular. "La incapacidad, el
autoritarismo, la arbitrariedad, el amiguismo, la militarización,
la corrupción, la concentración de poder, el despilfarro,
el incumplimiento de promesas, la ambigua política internacional,
el desmembramiento institucional, la desilusión de sectores
pobres frente el desempleo, el estilo agresivo de gobernar, el enfrentamiento
permanente; todos han sido factores que han hecho bajar la popularidad
de Chávez de un setenta a un treinta por ciento", reflexiona
a las pocas horas de los sucesos Luis Alvaray Dreyer, ingeniero
de larga trayectoria política y reconocido analista de su
país.
Durante los últimos meses, y coincidiendo
con el progresivo deterioro del ambiente, se estaban celebrando
reuniones más o menos clandestinas --más menos que
más-- entre representantes de los sectores sociales, muy
en especial de patronal, sindicatos y militares, las tres piezas
básicas que debían casar en planteamiento y estrategia
en busca de un fin común: encontrar el modo de echar a Chávez.
Sin señales de próxima salida
De los tres agentes, el empresarial era el último
en tener la excusa perfecta --el ataque presidencial a PDVSA-- para
justificar su apoyo a la operación; a Pedro Carmona, presidente
de Fedecámaras, le faltó tiempo para lanzarse a la
arena. Previamente, los militares, por boca de algunos de sus mandos,
ya habían dado el paso de denunciar en público y ante
los medios de comunicación internacionales a su jefe, incapaz
de sacar adelante ningún proyecto político serio.
Y los sindicatos llevaban meses enfrentados al Gobierno: no hacía
mucho, el 10 de diciembre, habían llevado a cabo una huelga
general; la capacidad y experiencia de la CTV, y en especial de
su máximo dirigente, Carlos Ortega, eran esenciales para
unos planes que poco a poco iban tomando forma. Curiosamente, fue
el líder sindical el que más peros puso a lo que se
estaba fraguando: en primer lugar, exigía una salida democrática
a la situación, es decir, desechando de plano el golpe de
Estado. Para ello había dos caminos: o conseguir la renuncia
por escrito de Chávez a la Presidencia, o apartarlo del cargo
en aplicación del artículo 350 de la Constitución,
que contempla el relevo del Jefe del Estado por manifiestas muestras
de incapacidad para el ejercicio de sus funciones.
Pero, ¿cómo obligar a Chávez
a renunciar? Sencillamente, enseñándole que el pueblo,
todo el pueblo venezolano, ya no estaba con él, y nada mejor
que hacerlo con una huelga general que se presumía arrolladora
al estar convocada por patronal y sindicatos. Pero no fue así.
El paro del martes 9 de abril fue desigual, confuso, por zonas,
por sectores; se podía interpretar de muchas formas, pero
desde luego que no como de éxito arrollador. Atravesar Caracas
ese día fue tan complicado como siempre; muchos comercios
estaban abiertos... desde luego, la vida ciudadana no difería
mucho de la de otras jornadas. Quizá por esta situación
confusa, los convocantes, a última hora de ese día,
decidieron ampliar la huelga 24 horas más. Más de
lo mismo, o incluso menos; la respuesta del miércoles no
fue la que se esperaba... Y entonces se decidió dar el gran
salto: la huelga pasaba a ser indefinida y, como preámbulo,
se convocaba al pueblo de Venezuela a una gran manifestación
para el jueves 11 de abril en Caracas.
La marcha sí que fue todo un éxito.
Cientos de miles de personas --un millón según los
medios nacionales, medio según los internacionales-- salieron
desde el Parque del Este camino de la sede de PDVSA en Chuao. Era
el recorrido pactado. Pero el aluvión humano excitó
a los organizadores y decidieron prolongar la riada hasta llenar
la Avenida Bolívar, primero, y seguir hasta el Palacio de
Miraflores, después, con el claro objetivo de pedir la renuncia
de Chávez.
Y comenzó la tragedia. Pasado el mediodía,
dos periodistas del diario Últimas Noticias regresaban
a la redacción tras haber asistido hasta esa fase de la manifestación.
En los alrededores de Miraflores ya vieron la que se venía
encima. Un puñado de chavistas, apenas cientos, estaban esperando
a los manifestantes con la cara pintada al estilo indio, armados
de palos y bates y rompiendo las aceras para hacerse con piedras.
El diálogo entre dos de los guerreros fue estremecedor y
suficiente para entender lo que iba a pasar.
--¡Los vamos a matar a todos!
--Pero es que vienen miles...
--¡Pues a miles que mataremos!
El enfrentamiento era inevitable, pero con evidente
desequilibrio entre manifestantes desarmados y seguidores de Chávez
en pie de guerra.
Directo al corazón
Al final, lo de menos fueron los golpes que pudieron
propinar estos escuadrones que buscaban el cuerpo a cuerpo. De repente,
y sin que nadie escuchara nada raro --el griterío de los
manifestantes tapaba cualquier otro sonido--, una, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece personas
caían muertas de certero disparo en la cabeza o el corazón.
Entre ellos, un fotógrafo de prensa y un miembro de la Disip,
el servicio secreto venezolano. El hecho de que este agente estuviese
camuflado entre los manifestantes con aspecto de fotógrafo
--chaleco multibolsillos-- hizo pensar que la Prensa era objetivo
de los misteriosos francotiradores --profesionales, sin duda, y
muy buenos en su trabajo-- que estaban sembrando el pánico.
| Ángel, fotógrafo de Últimas
Noticias, llegaba al periódico con la camisa llena de
sangre. "Tranquilos -dijo-, que esta sangre no es mía" |
Ángel, fotógrafo de Últimas
Noticias, llegaba al periódico con la camisa llena de
sangre. "Tranquilos --dijo al ver las horrorizadas caras de
sus compañeros--, que esta sangre no es mía".
Ángel contó que acababa de hacer el típico
gesto de echarse agachado hacia adelante para terminar un encuadre,
cuando notó un golpe en la espalda: era el cuerpo de una
las víctimas que estaba justo detrás y caía
fulminada. Nunca se sabrá si esa bala era para Ángel.
De los misteriosos francotiradores nada más
se supo. Las que sí dieron la vuelta al mundo fueron las
imágenes de unos pistoleros de los Círculos Bolivarianos
--una especie de escuadrones paramilitares, armados y amparados
por el Gobierno-- disparando desde el puente de Carmelitas, cerca
de Miraflores. ¿Contra los manifestantes? Es la opinión
general, aunque ellos, una vez detenidos, lo negaran. "Lo cierto
--reflexiona Andrés, un camarógrafo venezolano que
trabaja para una cadena de televisión europea-- es que en
las imágenes siempre se ve a los que disparan, pero en ningún
momento contra quiénes disparan". Lo también
cierto, al margen de cualquier especulación, es que la jornada
se cerró con más de cien heridos, además de
las víctimas mortales. Un macabro balance que, a juicio de
los militares, era más que suficiente para presentarse en
Miraflores y pedir la renuncia del presidente, a quien hacen responsable
sin ambages de la matanza.
La noche más oscura
Lo que sucedió en la madrugada del viernes,
minuto a minuto, pocos lo saben. Los hechos que se fueron encadenando
--en el Palacio de Miraflores primero y en instalaciones militares
después-- dieron pie a todo tipo de especulaciones, y hoy
siguen sin resolverse muchas incógnitas. Para empezar, y
después de horas de desinformación, el general en
jefe, Lucas Rincón, compareció sobre las tres de la
madrugada para anunciar que el presidente Chávez había
aceptado renunciar al cargo, tal como se lo solicitó el Alto
Mando Militar. Pero no había sido así, algo que no
se comprobó hasta horas después. La situación
creada era más importante de lo que podía parecer
a simple vista: si Chávez no firmó su renuncia, entonces
se trataba de un golpe de Estado por definición.
La reconstrucción de lo ocurrido --que
solo se pudo hacer pasada la crisis-- mostraba este escenario. Frente
al pelotón de mandos militares que le pedía la renuncia,
Chávez se negó en principio para, poco después,
aceptar con la condición de que se le facilitara la salida
del país. Los militares niegan tal posibilidad porque advierten
al presidente de que está acusado de las muertes de la tarde
anterior, por las que deberá responder ante la Justicia.
Le piden la renuncia sin condiciones. Chávez se niega y entonces
es prendido y trasladado a las instalaciones del 35 Regimiento de
Policía Militar Libertador José de San Martín,
donde permaneció detenido toda la noche e interrogado por
el fiscal militar.
A las nueve de la mañana se redacta y firma
--por acusado, fiscal y dos testigos-- el primer documento que atestigua
lo que estaba sucediendo. En él, el fiscal militar, que actúa
de relator, escribe de su puño y letra que Chávez
manifiesta "encontrarse en buen estado de salud, aunque un
poco cansado". "Entre sus pedimentos --dice textualmente
el acta-- solicitó a esta fiscalía comunicarse con
sus familiares, los cuales desconocen dónde se encuentra
y cómo está su salud, e igualmente solicitó
ser asistido por un abogado, en virtud de las imputaciones que le
están haciendo a través de los diferentes medios de
comunicación. Se le informó si requería de
la asistencia de un médico y dijo que no. Es todo".
Pero no, no era todo: a pie de la firma del fiscal aparece con letra
pequeña la anotación: "Manifestó que no
ha renunciado". Mientras Chávez se deslizaba por el
agujero negro militar que le tendría desaparecido por 48
horas, los provocadores de la situación movían a toda
prisa sus piezas.
Las máscaras comenzaban a caer. Pedro Carmona
es meteóricamente presidenciable para un Gobierno de transición
que propicie el ínterin hasta nuevas elecciones. De existir
un plan, era este: los militares apartan a Chávez por incapacidad
manifiesta; pero ellos también se apartan --no quieren el
poder, no quieren el golpe-- y se limitan a ser vigías para
que se forme una especie de Junta, con todos los sectores sociales
representados, para facilitar el relevo democrático... y
sin tocar ni así a la Constitución. Pero ¿las
ansias de poder? pueden más que los planes, y Pedro Carmona,
que había sido uno de los participantes en el pulso, lejos
de abandonar el panorama agarra la iniciativa como cabeza visible
de un grupo de cegada ambición --empresarios tan ricos como
jóvenes e inexpertos; enviados del fantasma del pasado; militares
con sueños-- que le jalea y se erige en un salvador de la
patria de serie B. El golpe más torpe de la historia de Venezuela
se estaba escenificando. Sin que se supiera qué había
sido de Chávez, a Carmona le falta tiempo para redactar un
acta constitutiva del nuevo Gobierno al dictado de un puñado
de esos interesados: de Isaac Pérez Recao, joven multimillonario
del petróleo venezolano; de Daniel Romero, secretario privado
de Carlos Andrés Pérez; y de algún general
con aspiraciones de estrellas.
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Pedro Carmona protagoniza la toma de posesión más
esperpéntica que se recuerda desde Napoleón
al jurar sólo ante sí mismo
|
Piel de cordero
Pedro Carmona Estanga, 61 años, economista,
empresario y dirigente empresarial, protagoniza la toma de posesión
más esperpéntica que se recuerde desde la de Napoleón.
Levantando él mismo un folio con una mano y con la otra en
alto y abierta, jura ante sí mismo --no hay notario, no hay
representante de poder alguno frente a él-- como presidente
de Venezuela y conductor del proceso hacia el futuro. Pero es solo
el principio. Ante una audiencia presuntamente selecta de la sociedad
venezolana --mucha de la cual sigue lamentando hoy haber salido
en la foto-- dio lectura al decreto que hizo estremecer hasta al
más antichavista: disolución del Poder Legislativo;
facultad de destituir cualquier cargo político (gobernadores,
alcaldes) elegidos en las urnas; modificación de la Constitución
al cambiar el nombre de la República; poder de destitución
de los miembros del Poder Judicial; anulación de 48 leyes
vigentes...
A Carmona y sus mentores ni les hizo falta decretar
la censura previa para que hasta el menos ducho en sistemas políticos
comprendiera de inmediato que se estaba instaurando una dictadura
de libro. Pero, a pesar de tal evidencia, hasta hubo comparsas dispuestos
a hacer coro. Un grupo de presuntos representantes de la vida social
venezolana --todos, menos los sindicatos-- refrendaron con su firma
el decreto alucinógeno; presuntos, porque no faltó
tiempo para saber que ningún sector se sentía representado
ante lo que era no una curación de un sistema gangrenado
sino una amputación de libertades en toda regla.
El aplauso internacional
Con todo lo que acababa de suceder, el estupor
nacional parecía tocar techo, pero no: faltaba la guinda
internacional. Cuando apenas habían transcurrido horas desde
la consumación del revolcón político, comenzaron
a llegar de otros mundos voces reconociendo la legitimidad de Carmona.
De todos los apoyos destacaron dos, uno por sorprendente y otro
por esperado. El sorprendente fue el del presidente español,
José María Aznar, a la sazón presidente de
turno de la Unión Europea. Su precipitación ayudó
a aumentar el malestar de los --cada vez más-- venezolanos
que estaban rechazando las formas indignantes y en absoluto esperanzadoras
de los que ahora se presentaban como salvadores de la patria.
El apoyo estadounidense sí que era esperado,
o al menos parecía lógico. Desde que Chávez
accedió al poder, las relaciones entre ambos países
han sido de continuo desencuentro. Lo de menos, en el fondo, era
el rol teatralero del presidente venezolano, capaz de abrazarse
ante los focos internacionales no sólo con su amigo del alma,
Fidel Castro, sino con el mismísimo Sadam Hussein, bestia
negra entonces de los Estados Unidos.
Las verdaderas amistades peligrosas de Chávez,
para sus ricos vecinos del norte, eran dos: las de los países
productores de petróleo cuya organización, la OPEP,
fue capaz de liderar Chávez hasta imponer una política
de recorte de producción que provocó el encarecimiento
del precio; y las de la guerrilla colombiana, con la que Chávez
flirteaba sin disimulo, permitiendo por pasiva la incursión
de miembros de las FARC y de desplazados en suelo venezolano, lo
que estaba dificultando sobremanera que Estados Unidos pudiera aplicar
con toda su fuerza el Plan Colombia para acabar con la guerrilla
y el narcotráfico. Las ventajas evidentes que para el Gobierno
de Bush tenía la salida de Chávez hicieron sospechar
desde el principio que Estados Unidos podía formar parte
de la conspiración. Cuando menos, sí conocían
la operación que se fraguaba porque miembros del Departamento
de Estado confirmaron que mantuvieron reuniones con líderes
antichavistas en los meses previos a los acontecimientos de abril.
Pero, a juzgar por los resultados chapuceros de la intentona, cuesta
creer que Estados Unidos interviniese de forma activa.
Desde dentro del país, las reacciones internacionales
eran asunto de segundo plano: tan claro era que Estados Unidos sonreiría,
como que Cuba frunciría el ceño porque le cerraban
el grifo del petróleo que Chávez les estaba (está)
regalando. Lo que preocupaba a los venezolanos era saber qué
iba a ser de ellos. El viernes 12 todo eran fuegos de artificio,
alegría indisimulada de insurrectos pese a los muertos, titulares
de prensa pletóricos ("¡Se acabó!",
titulaba a toda plana El Universal, uno de los periódicos
que no se conformó con ser oposición sino que bajó
a las trincheras) y coronación de un régimen que salía
a la luz con tantas rémoras que nació muerto.
No es esto, no es esto...
La reacción militar fue relativamente inmediata.
La lectura del manifiesto de Carmona encendió todas las luces
rojas, y los mandos del Ejército entendieron, ahora, que
estaban siendo utilizados, como antes lo supo el líder sindical
Carlos Ortega. Todos eran figurines útiles de unos pretenciosos
golpistas. Si antes fue el general Lucas Rincón, ahora era
el momento del también general Efraín Vásquez
para dar la cara el sábado 13 y anunciar que el Ejército
no aceptaba, ni de lejos, la apisonadora de los trituradores.
El Alto Mando accionaba el freno y daba marcha
atrás ayudado por una reacción popular y militar que
fue creciendo a lo largo del sábado. Guarniciones levantadas
--"el presidente no ha dimitido, no hay pruebas"-- y,
a la postre, el chavismo que va apareciendo en las calles en forma
de miles de personas que toman (del verbo tomar en todas
sus acepciones) la capital.
Hay saqueos de comercios, barricadas y amenazas.
El ambiente está al rojo. Rodean medios de comunicación
--no fueron violentos con ellos, pero su actitud provocó
que los periodistas de El Universal y El Nacional
salieran para sus casas dejando sus diarios sin hacer--, toman el
Palacio de Miraflores entre vítores de soldados chavistas
y demuestran, a lo mejor sin quererlo, que son los más demócratas
del momento porque solo piden justicia y ley. Es la cara política
de una moneda con un reverso plagado de pillajes protagonizados
por masas que roban y destrozan. Alguien dice que solo buscan comida,
pero lo cierto es que arrasan hasta con tiendas dietéticas
porque la estampida es irracional y absoluta. En la Torre de la
Prensa, sede de los diarios Últimas Noticias y El
Mundo, los periodistas rezan para que las riadas humanas pasen
por inercia y no arrasen dos periódicos que, eso sí,
tienen fama de chavistas; alguien dice que aún escucha las
carcajadas del oficial de la centralita de la Guardia Nacional cuando
llamó pidiendo protección para el edificio. "Pónganse
a la cola, con mi respeto, señores".
El
contragolpe es tan tremendo, espontáneo y contundente, que
en un santiamén se adivina que el Ejército se encargará
de reponer al que quitó. Carmona no tiene salida, dimite
y pasa a la Historia como otro Pedro I El Breve. Chávez
recibe disculpas, como quien dice, y regresa triunfal en la madrugada
del domingo. Se siente feliz y, tanto es así, que le falta
tiempo para retomar el micrófono y predicar más de
lo mismo. Su sonrisa triunfal, sin embargo, sigue siendo la del
populista que, lejos de aprender nada, niega la evidencia de que
su pueblo sigue dividido por dos, con vecinos de escalera que se
miran de reojo, con facciones del Ejército que están
más pendientes de su jefe que de su país, de trabajadores
sin trabajo y de niños sin que nadie les cimente la esperanza.
Chávez dice haber aprendido la lección pero muchos
se preguntan cuál. El tiempo pasa y el futuro del país
sigue siendo una incógnita sin despejar: el jefe del Estado
seguirá por años, ahora más tranquilo incluso
que antes y sin un solo líder enfrente que le haga sombra.
La oposición a Chávez es variopinta y por intereses
muy dispares; acaso lo único que les aglutina sea su frase
favorita: "Que alguien haga algo".
Reportaje gráfico:
Últimas Noticias de Caracas.
Héctor Castillo, Andreina Mujica, Ángel Colmenares,
Ángel Echeverría, Carlos Meza, Daniel Hernández,
Gustavo Frisneda, José Díaz, Carlos Ramírez,
Jorge Aguirre, Álvaro Álvarez, A. Hernández
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| SEMANA
DE INFARTO EN VENEZUELA |
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Testimonio
Paco cuenta en una
entrevista cómo vivieron tan intensos días
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Crónica
Texto del reportaje
publicado en la revista Nuestro Tiempo
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