JUNIO DE 2002

VENEZUELA: GOLPE DE ESTADO EL 11 DE ABRIL DE 2002
 

La revista Nuestro Tiempo publicó, en su número de junio, esta crónica escrita por Paco sobre los sucesos de abril. Para comprender mejor los hechos, el relato incluye las principales claves de la historia reciente de Venezuela.

 

Venezuela, dividida por dos, igual a equis

PACO SANCHO

Tres años después, frente al pelotón que le estaba prendiendo, el teniente coronel Hugo Chávez Frías debió recordar aquella fecha gloriosa en la que al jurar como presidente sintió tocar el cielo. Venezuela era entonces un pueblo desharrapado que se despedía de una década olvidable por la resaca de corrupción, miseria y desencanto que quedaba tras una borrachera de petróleo. La riqueza natural del país, con unas entrañas tan repletas de un oro negro que hacía soñar con un futuro feliz a veintidós millones de personas, se diluyó por unos pocos bolsillos. La historia se repetía y una madre de Carabobo, desesperada por intentar sacar adelante una familia numerosa sin los recursos más elementales, se alimentaba de cifras globales que pregonaban desde el púlpito de las estadísticas que su renta anual era superior, de largo, a los cuatro mil dólares americanos. Y lo grave es que esa madre representaba a tres cuartas partes del país.

Aquel 2 de febrero de 1999 que había de recordar, Chávez accedió al poder por la vía democrática, justo siete años después de pretenderlo por la fuerza con un golpe militar contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Su intentona lo mandó a la cárcel de Yare, donde participó en la redacción de la propuesta Cómo salir del laberinto. Era el primer paso que daba con la pistola enfundada, consciente ya de que sus aspiraciones de poder no las lograría por la fuerza sino a través de las urnas.

A pesar de errar el golpe, la Venezuela de 1992 estaba sumida en tal espiral de desesperanza que fácilmente aceptaría la llegada de un nuevo Libertador. Así que Chávez se embebió del espíritu de Simón Bolívar mientras asistía como simple espectador a la caída de un Carlos Andrés Pérez al que se lo comenzaba a engullir el desencanto social y la corrupción política... sin necesidad de ningún comensal militar. De hecho, los dos intentos de golpe que sufrió Pérez ese año --el de Chávez en febrero, el de dos contralmirantes y un general en noviembre-- no fueron sino simple guarnición de un menú intragable para un pueblo hambriento.

Fulgor y caída de CAP

¿Qué pudo ocurrir para que un hombre como Carlos Andrés Pérez cayera de forma tan estrepitosa tras haber hecho cumbre pocos años atrás? Un misterio que la historia resolverá siguiendo las pistas de su propia grandeza/torpeza.

Carlos Andrés Pérez, CAP para amigos y enemigos, llegó por primera vez a la Presidencia de su país como líder de Acción Democrática (AD, socialdemócrata) en 1974. Sus cinco años de mandato supusieron un salto cualitativo en el ordenamiento económico y social de Venezuela, que le aupó a sus mayores niveles de popularidad. Empeñado en su lema administrar la riqueza con criterio de escasez, su Gobierno pudo impulsar un programa de justicia social, empujado también por los sabrosos precios del petróleo en el mercado internacional.

Pero no todo fueron luces: el resplandor de progresos en la educación, en la creación de empleo, en los aumentos salariales, en la nacionalización del petróleo y del hierro cegaron a una sociedad que no vio cómo el gasto público se disparaba, la balanza comercial se escoraba por el aumento de importaciones y el consumo privado, a la postre, pagaba tal descontrol con una inflación que superaba el 20% anual al término de su mandato, en 1979.

Un mes después de la reelección de Carlos Andrés Pérez las calles estallaron en el histórico 'Caracazo' del 27 de febrero de 1989

El pueblo tardó en despertar y prueba de ello es que volvió a sucumbir ante su embrujo de estadista y lo asentó por segunda vez en el Palacio de Miraflores, en 1989. Pero, en esta ocasión, el sueño popular duró poco. No había pasado ni un mes desde su toma de posesión cuando las calles estallaron en el histórico Caracazo del 27 de febrero. CAP apenas había tenido tiempo para darse cuenta de que el país que volvía a administrar tenía muy poco que ver con el que había dejado diez años atrás: esta vez, con las arcas vacías tras la caída del precio del crudo y una deuda externa a galope desbocado, su otrora efectiva política paterno-proteccionista para con los venezolanos era imposible de aplicar. Empeñado entonces en corregir los profundos desequilibrios económicos, propone un asombroso giro de 180 grados: adiós al proteccionismo de la industria nacional, fin a los subsidios indiscriminados y un control mayor sobre salarios y precios. Un paquete de medidas macro y microeconómicas que calmó a los guardianes internacionales del dinero pero que colmó el vaso de la paciencia popular... hasta hacerlo rebosar con el anuncio del aumento del precio de la gasolina. Allí se prendió la mecha que, durante varios días, iba a destrozar un país ya de por sí destrozado y otra vez desesperado: algaradas, saqueos, asaltos, destrucción y una locura colectiva que costó la vida al menos a trescientas personas.

Era el principio del fin de CAP. Los tres siguientes años gobernó Venezuela con el paso cambiado, de modo que en 1992 vio dos veces el borde del precipicio con sendos golpes: el de Chávez en febrero y el de otros tres altos mandos en noviembre. Pero, cosas de la vida, lo que no pudieron los militares lo lograron dos periodistas, quienes ese mismo noviembre sacaron a la luz el presunto uso irregular de más de 14 millones de dólares por parte del presidente Pérez, a las pocas fechas de su toma de posesión. La denuncia periodística se confirmó con una sentencia de la Corte Suprema de Justicia que condenaba a CAP a dos años y cuatro meses de arresto domiciliario por malversación de fondos públicos.

¿Era su fin? Parece que no, a juzgar por su protagonismo --con casi 80 años a cuestas-- en los recientes sucesos de abril de 2002. En la mañana del jueves 11 (el ya histórico 11-A), desde su retiro dominicano, el golpeado golpeaba llamando a la rebelión militar a través de emisoras de radio venezolanas: "Por el bien supremo del país --se le escuchaba alto y claro en el taxi con el que atravesábamos una Caracas que comenzaba a hervir-- pido a los mandos militares que asuman su responsabilidad y destituyan al presidente Chávez porque está llevando a Venezuela a la ruina". Tal arenga no era un brindis al sol de un resentido sin más: Daniel Romero, su secretario privado, formaba parte del selecto grupo que corregía el Acta Constitutiva del Gobierno de Transición, redactado pocas horas después del derrocamiento de Chávez para legitimar a Pedro Carmona como nuevo presidente.

Caldera sin fuego

La sombra de Pérez siempre ha sido alargada. Arrestado, recluido o callado, su ascendencia sobre los adecos (así conocidos sus seguidores de AD, esparcidos por la sociedad y por puestos de responsabilidad) sigue siendo pública y notoria. O sea, que no es que CAP volviera a la actividad en este abril sino que, simplemente, se dejaba oír... pensando quizás que esta vez tenía las de ganar. Pero no. Su triste final parece definitivo, y su papel en este esperpéntico golpe se ha vuelto contra él. En 1993 no era querido, y ahora menos. "¿Cómo va a ser salvador de la patria --dice el taxista bajando el volumen de la radio-- alguien que nos ha robado?"

Ciertamente, lo de menos era si los 14 millones de dólares fueron a su bolsillo o sirvieron para ayudar a estadistas de su círculo, especialmente a Violeta Chamorro, entonces presidenta de Nicaragua. Había robado al pueblo, y esas cosas ni se olvidan ni se perdonan. Por primera vez en Venezuela, un presidente en ejercicio era apartado del cargo, procesado y condenado. Una mancha histórica que difícilmente conseguirán limpiar los logros sociales y económicos de su primer mandato.

Era tal el desencanto que dejó esparcido, que en las siguientes elecciones --diciembre de 1993-- la gran vencedora fue la abstención: casi cuatro millones de electores, casi el 40% del censo. El elegido por 1.710.671 votantes para dirigir el país fue Rafael Caldera, un intelectual que, a punto de cumplir los 78 años, accedía a la Presidencia también por segunda vez (la primera había sido en el quinquenio 1969-74). Caldera, fundador del partido Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI, socialcristiano) se presentaba por primera vez al margen de estas siglas por las que fue candidato en cinco ocasiones, y parecía romper el bipartidismo AD/COPEI que, durante cuarenta años, hab’a copado todas las opciones políticas de Venezuela.

Los de Caldera fueron cinco años de más de lo mismo. La grave crisis económica del país era imparable y, como había hecho su antecesor, las medidas que adoptaba gustaban más en el exterior que en el interior. Por citar un solo índice, la inflación anual durante este quinquenio fue de terror, con un techo histórico en 1996 del 103,2%.

Pero no sería justo culpar a Caldera de tanto deterioro; todo lo más, de no ser capaz de frenar la imparable caída de una sociedad que estaba pagando con creces los dispendios de quienes ¿administraron? las vacas gordas petrolíferas durante veinte años. La pobreza trajo el paro, el paro la miseria, la miseria la delincuencia, la delincuencia el caos y, por todo ello, la consigna tácita del sálvese quien pueda. No quedaban cimientos para un plan serio, a medio plazo, de reconstrucción nacional. Todo lo más, quedaba espacio para la aparición de ese salvador en que todo pueblo desesperado necesita creer.

Chávez en movimiento

Y, a lo mejor sin preverlo, Rafael Caldera fue quien abrió esa puerta a la esperanza del pueblo, al indultar a los condenados por la intentona golpista de febrero de 1992. Ante el asombro general, la salida de la cárcel de Yare de Hugo Chávez en 1994 se convirtió en una muestra de exaltación popular, un júbilo palpable en las caravanas de seguidores y en las ruedas de prensa multitudinarias. El ex militar golpista se sintió arropado por el pueblo y, por tanto, capaz de llegar a Miraflores sin necesidad de echar por la fuerza al legítimo inquilino. Él pasaría por las urnas para ser el próximo presidente del país.

Chávez no tenía preparación para sacar a Venezuela de la crisis, pero su innata vocación de líder y su convencimiento eran suficientes

Recién cumplidos los 40, Hugo Rafael Chávez Frías comenzaba así a gestar el Movimiento V República en torno al cual construiría la nueva nación. Era evidente que ni por preparación ni por capacidad tenía soluciones para sacarla de la crisis, pero su innata vocación de líder y un convencimiento de estar llamado a protagonizar grandes epopeyas eran suficientes. El Libertador estaba con él. Su verborrea populista, bañada en el constante recuerdo de Simón Bolívar, le bastaba para llegar a los venezolanos, muchos millones de los cuales, literalmente, no tenían nada que perder. Así que creyeron en el sueño de un nuevo enviado histórico, esta vez no para liberar al pueblo de las garras invasoras sino de las entrañas de la pobreza.

En las elecciones del 6 de diciembre 1998 arrasó con más del 56% de los votos. Su mensaje de revolución, revolución, revolución... eso sí, "democrática", contenía todos los ingredientes necesarios para recibir el apoyo no sólo de los pobres de solemnidad, sino también de otros sectores menos desesperados de la población; su frase de campaña ("se está acabando una época y está comenzando otra") servía para un roto y para un descosido; su discurso era capaz de mezclar citas del Papa con otras de Fidel Castro, pasando por menciones al proyecto de Blair o a las teorías de Galbraith, de modo que al final nadie sabía qué proponía. Pero sonaba bien. El único mensaje claro era el que le dictaba el espíritu de Bolívar: acabar con la corrupción. Era la gran esperanza.

Así que, llegado al poder, y sin más cortapisas, le faltó tiempo para dictar y aprobar toda una batería de leyes y disposiciones que le fueron otorgando el poder absoluto. Su primer año de gestión se cerró con una nueva Constitución --mayoritariamente refrendada-- y el camino abierto para ser presidente hasta el 2006. Un solo año de bonanza popular le sirvió para asentar todas las bases de un sistema político cuando menos curioso: democrático en las formas pero totalitario en el fondo, ya que conformó unos poderes legislativo y judicial fieles a su figura y a su mandato histórico, sin asomo de oposición.

A esas alturas, su mensaje ya era populista sin disimulos y Chávez no perdía ocasión de señalar con el dedo a las clases media y alta como causa de todos los males de Venezuela; si la herida social del país ya era entonces evidente, el primer mandatario estaba ayudando a mantenerla con su salero. Muchos de los que le votaron comenzaron en breve a despertar a la realidad: el presidente tenía el poder para amenazar a inversores y a empresarios porque no hacía distinciones. El presidente, de hecho, anunciaba su visita a una gran empresa y era capaz de detener su comitiva a doscientos metros de la cita, dejar plantados a sus anfitriones durante una hora y entrar en una casa del barrio para tomar un cafecico "con el pueblo, el verdadero pueblo de Venezuela".

Chávez lleva tres años hablando sin decir nada y, lo que que es peor, sin hacer nada. Nada que haga intuir una salida a la desesperanza

Populismo a chorros. Eso han sido los tres primeros años del presidente Chávez. Con una capacidad innata para hablar durante cuatro horas sin decir nada, se le ha terminado por ir la fuerza por la boca. Quizá tentado por la habilidad de su amigo Fidel Castro para eternizarse en discursos, Hugo Chávez ha elevado la verborrea a razón de ser de su mandato. Y, aunque suene a tópico, es un encantador de serpientes; un solo ejemplo: tras las terribles inundaciones que destrozaron el Estado Vargas en diciembre de 1999, el presidente dice que el Gobierno está con los necesitados. Lo dice y lo repite a lo largo de los dos años y medio en los que las víctimas no han recibido nada, los muertos siguen casi sin enterrar, los desaparecidos sin aparecer y las casas sin reconstruir. Hacer hoy una foto de Vargas es tirar el dinero porque sirve la misma que se hizo hace treinta meses. Pero sería sólo una foto de un largo carrete triste y decepcionante. Chávez lleva tres años hablando sin decir nada y --lo que es peor-- sin hacer nada. Nada que haga intuir una salida a la desesperanza.

Negro como el petróleo

Tres años después de su ascensión al poder, el 15% de la población total pasa hambre --literal--; la cesta de la compra es cuatro veces superior al salario mínimo; la economía sumergida --ambulante, informal-- ocupa a la mitad de la población activa, mientras otro 20% está en el paro absoluto; la mitad de la población escolar --hasta los 17 años-- está fuera del sistema, no recibe educación; la seguridad social no cubre las necesidades básicas; la delincuencia forma parte del paisaje habitual (un promedio de 20 muertes violentas diarias en el año 2000)...

Pero si no hay trabajo ni alimento ni vivienda ni infraestructuras ni educación ni seguridad, ¿adónde van a parar los 120.000-130.000 millones de dólares anuales que en los últimos ejercicios está generando Venezuela como Producto Interior Bruto?, ¿dónde están los cuatro mil dólares largos que le corresponden a la madre de Carabobo, y los de sus hijos? Porque al presidente Chávez se le acusa de muchas cosas, pero no de ser un corrupto. Así que él mismo dice tener la respuesta: son los ejecutivos de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA, pedevesa en la pronunciación local) y el resto de oligarcas quienes ordeñan al país; todos los males vienen de ellos; PDVSA es la gran vaca nacional pero de la que solo se nutren unos pocos.

Hay que ir a por ellos y el presidente va. Lleva meses avisando de que no va a permitir que la principal empresa nacional sea un país dentro del país. Chávez se atreve por fin a meter mano a uno de los asuntos más controvertidos: impedir que PDVSA siga siendo una república independiente dentro de la República, con un cuadro de dirigentes (la llamada nómina mayor) que siempre ha campado por sus respetos. El presidente de Venezuela, por ley, puede nombrar y destituir a los mandos; pero, en la práctica, sus antecesores no se atrevieron: todo lo más, a nombrar un presidente de la compañía petrolífera con un perfil más decorativo que ejecutivo. Y cuando, ahora, Chávez anuncia que va a por ellos, la caja de Pandora ya no habrá quien la cierre.

La gota que colmó el barril

El enfrentamiento de Chávez con la cúpula de PDVSA fue absoluto. A los nombramientos que impuso de una Junta Directiva --chavista y no profesional-- respondieron los gerentes y profesionales de la compañía anunciando una huelga. Y Chávez va a por todas. El domingo 7 de abril, en su tradicional programa de radio Aló, presidente --un programa que dirige y conduce todas las mañanas de domingo para mayor gloria suya, donde es capaz de estar hablando sin parar durante cuatro horas y más-- lanza la espoleta que a la postre sería el detonante de todos los sucesos de esa trágica semana: en directo y por las ondas anuncia el despido de siete de los más altos ejecutivos de PDVSA y avisa de que detrás irán más ("yo no tengo problemas de rasparlos a toditos, si tengo que hacerlo; el directivo que salga llamando a la huelga será despedido automáticamente"). El presidente no se conforma con eso y comunica a quien quiere escucharle --o sea, a todo el país-- que "la estrategia es recuperar PDVSA para los venezolanos, y no para unas élites que venían haciendo un uso grosero y en diciembre se repartieron 80 millones de bolívares [más de 100.000 euros] cada uno".

El presidente acababa de traspasar un punto sin retorno. Los dirigentes empresariales, agrupados en torno a la principal patronal del país, Fedecámaras, hicieron suyo el agravio y se lanzaron a la convocatoria de una huelga general para ese mismo martes, 9 de abril. Si ya de por sí era sorprendente ver a los patronos metidos a protestantes, no lo fue menos el hecho de que lo hicieran de la mano de los trabajadores, cuya principal central sindical, CTV, se sumó a la convocatoria. El pulso a Chávez estaba en marcha y costaba creer que fuera una improvisación de horas. Probablemente sea excesivo hablar de conspiración, pero no lo es constatar que, desde meses atrás, el ambiente estaba más que caldeado y, si no ruido de sables, se percibía cada vez mejor el descontento popular. "La incapacidad, el autoritarismo, la arbitrariedad, el amiguismo, la militarización, la corrupción, la concentración de poder, el despilfarro, el incumplimiento de promesas, la ambigua política internacional, el desmembramiento institucional, la desilusión de sectores pobres frente el desempleo, el estilo agresivo de gobernar, el enfrentamiento permanente; todos han sido factores que han hecho bajar la popularidad de Chávez de un setenta a un treinta por ciento", reflexiona a las pocas horas de los sucesos Luis Alvaray Dreyer, ingeniero de larga trayectoria política y reconocido analista de su país.

Durante los últimos meses, y coincidiendo con el progresivo deterioro del ambiente, se estaban celebrando reuniones más o menos clandestinas --más menos que más-- entre representantes de los sectores sociales, muy en especial de patronal, sindicatos y militares, las tres piezas básicas que debían casar en planteamiento y estrategia en busca de un fin común: encontrar el modo de echar a Chávez.

Sin señales de próxima salida

De los tres agentes, el empresarial era el último en tener la excusa perfecta --el ataque presidencial a PDVSA-- para justificar su apoyo a la operación; a Pedro Carmona, presidente de Fedecámaras, le faltó tiempo para lanzarse a la arena. Previamente, los militares, por boca de algunos de sus mandos, ya habían dado el paso de denunciar en público y ante los medios de comunicación internacionales a su jefe, incapaz de sacar adelante ningún proyecto político serio. Y los sindicatos llevaban meses enfrentados al Gobierno: no hacía mucho, el 10 de diciembre, habían llevado a cabo una huelga general; la capacidad y experiencia de la CTV, y en especial de su máximo dirigente, Carlos Ortega, eran esenciales para unos planes que poco a poco iban tomando forma. Curiosamente, fue el líder sindical el que más peros puso a lo que se estaba fraguando: en primer lugar, exigía una salida democrática a la situación, es decir, desechando de plano el golpe de Estado. Para ello había dos caminos: o conseguir la renuncia por escrito de Chávez a la Presidencia, o apartarlo del cargo en aplicación del artículo 350 de la Constitución, que contempla el relevo del Jefe del Estado por manifiestas muestras de incapacidad para el ejercicio de sus funciones.

Pero, ¿cómo obligar a Chávez a renunciar? Sencillamente, enseñándole que el pueblo, todo el pueblo venezolano, ya no estaba con él, y nada mejor que hacerlo con una huelga general que se presumía arrolladora al estar convocada por patronal y sindicatos. Pero no fue así. El paro del martes 9 de abril fue desigual, confuso, por zonas, por sectores; se podía interpretar de muchas formas, pero desde luego que no como de éxito arrollador. Atravesar Caracas ese día fue tan complicado como siempre; muchos comercios estaban abiertos... desde luego, la vida ciudadana no difería mucho de la de otras jornadas. Quizá por esta situación confusa, los convocantes, a última hora de ese día, decidieron ampliar la huelga 24 horas más. Más de lo mismo, o incluso menos; la respuesta del miércoles no fue la que se esperaba... Y entonces se decidió dar el gran salto: la huelga pasaba a ser indefinida y, como preámbulo, se convocaba al pueblo de Venezuela a una gran manifestación para el jueves 11 de abril en Caracas.

La marcha sí que fue todo un éxito. Cientos de miles de personas --un millón según los medios nacionales, medio según los internacionales-- salieron desde el Parque del Este camino de la sede de PDVSA en Chuao. Era el recorrido pactado. Pero el aluvión humano excitó a los organizadores y decidieron prolongar la riada hasta llenar la Avenida Bolívar, primero, y seguir hasta el Palacio de Miraflores, después, con el claro objetivo de pedir la renuncia de Chávez.

Y comenzó la tragedia. Pasado el mediodía, dos periodistas del diario Últimas Noticias regresaban a la redacción tras haber asistido hasta esa fase de la manifestación. En los alrededores de Miraflores ya vieron la que se venía encima. Un puñado de chavistas, apenas cientos, estaban esperando a los manifestantes con la cara pintada al estilo indio, armados de palos y bates y rompiendo las aceras para hacerse con piedras. El diálogo entre dos de los guerreros fue estremecedor y suficiente para entender lo que iba a pasar.

--¡Los vamos a matar a todos!
--Pero es que vienen miles...
--¡Pues a miles que mataremos!

El enfrentamiento era inevitable, pero con evidente desequilibrio entre manifestantes desarmados y seguidores de Chávez en pie de guerra.

Directo al corazón

Al final, lo de menos fueron los golpes que pudieron propinar estos escuadrones que buscaban el cuerpo a cuerpo. De repente, y sin que nadie escuchara nada raro --el griterío de los manifestantes tapaba cualquier otro sonido--, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece personas caían muertas de certero disparo en la cabeza o el corazón. Entre ellos, un fotógrafo de prensa y un miembro de la Disip, el servicio secreto venezolano. El hecho de que este agente estuviese camuflado entre los manifestantes con aspecto de fotógrafo --chaleco multibolsillos-- hizo pensar que la Prensa era objetivo de los misteriosos francotiradores --profesionales, sin duda, y muy buenos en su trabajo-- que estaban sembrando el pánico.

Ángel, fotógrafo de Últimas Noticias, llegaba al periódico con la camisa llena de sangre. "Tranquilos -dijo-, que esta sangre no es mía"

Ángel, fotógrafo de Últimas Noticias, llegaba al periódico con la camisa llena de sangre. "Tranquilos --dijo al ver las horrorizadas caras de sus compañeros--, que esta sangre no es mía". Ángel contó que acababa de hacer el típico gesto de echarse agachado hacia adelante para terminar un encuadre, cuando notó un golpe en la espalda: era el cuerpo de una las víctimas que estaba justo detrás y caía fulminada. Nunca se sabrá si esa bala era para Ángel.

De los misteriosos francotiradores nada más se supo. Las que sí dieron la vuelta al mundo fueron las imágenes de unos pistoleros de los Círculos Bolivarianos --una especie de escuadrones paramilitares, armados y amparados por el Gobierno-- disparando desde el puente de Carmelitas, cerca de Miraflores. ¿Contra los manifestantes? Es la opinión general, aunque ellos, una vez detenidos, lo negaran. "Lo cierto --reflexiona Andrés, un camarógrafo venezolano que trabaja para una cadena de televisión europea-- es que en las imágenes siempre se ve a los que disparan, pero en ningún momento contra quiénes disparan". Lo también cierto, al margen de cualquier especulación, es que la jornada se cerró con más de cien heridos, además de las víctimas mortales. Un macabro balance que, a juicio de los militares, era más que suficiente para presentarse en Miraflores y pedir la renuncia del presidente, a quien hacen responsable sin ambages de la matanza.

La noche más oscura

Lo que sucedió en la madrugada del viernes, minuto a minuto, pocos lo saben. Los hechos que se fueron encadenando --en el Palacio de Miraflores primero y en instalaciones militares después-- dieron pie a todo tipo de especulaciones, y hoy siguen sin resolverse muchas incógnitas. Para empezar, y después de horas de desinformación, el general en jefe, Lucas Rincón, compareció sobre las tres de la madrugada para anunciar que el presidente Chávez había aceptado renunciar al cargo, tal como se lo solicitó el Alto Mando Militar. Pero no había sido así, algo que no se comprobó hasta horas después. La situación creada era más importante de lo que podía parecer a simple vista: si Chávez no firmó su renuncia, entonces se trataba de un golpe de Estado por definición.

La reconstrucción de lo ocurrido --que solo se pudo hacer pasada la crisis-- mostraba este escenario. Frente al pelotón de mandos militares que le pedía la renuncia, Chávez se negó en principio para, poco después, aceptar con la condición de que se le facilitara la salida del país. Los militares niegan tal posibilidad porque advierten al presidente de que está acusado de las muertes de la tarde anterior, por las que deberá responder ante la Justicia. Le piden la renuncia sin condiciones. Chávez se niega y entonces es prendido y trasladado a las instalaciones del 35 Regimiento de Policía Militar Libertador José de San Martín, donde permaneció detenido toda la noche e interrogado por el fiscal militar.

A las nueve de la mañana se redacta y firma --por acusado, fiscal y dos testigos-- el primer documento que atestigua lo que estaba sucediendo. En él, el fiscal militar, que actúa de relator, escribe de su puño y letra que Chávez manifiesta "encontrarse en buen estado de salud, aunque un poco cansado". "Entre sus pedimentos --dice textualmente el acta-- solicitó a esta fiscalía comunicarse con sus familiares, los cuales desconocen dónde se encuentra y cómo está su salud, e igualmente solicitó ser asistido por un abogado, en virtud de las imputaciones que le están haciendo a través de los diferentes medios de comunicación. Se le informó si requería de la asistencia de un médico y dijo que no. Es todo". Pero no, no era todo: a pie de la firma del fiscal aparece con letra pequeña la anotación: "Manifestó que no ha renunciado". Mientras Chávez se deslizaba por el agujero negro militar que le tendría desaparecido por 48 horas, los provocadores de la situación movían a toda prisa sus piezas.

Las máscaras comenzaban a caer. Pedro Carmona es meteóricamente presidenciable para un Gobierno de transición que propicie el ínterin hasta nuevas elecciones. De existir un plan, era este: los militares apartan a Chávez por incapacidad manifiesta; pero ellos también se apartan --no quieren el poder, no quieren el golpe-- y se limitan a ser vigías para que se forme una especie de Junta, con todos los sectores sociales representados, para facilitar el relevo democrático... y sin tocar ni así a la Constitución. Pero ¿las ansias de poder? pueden más que los planes, y Pedro Carmona, que había sido uno de los participantes en el pulso, lejos de abandonar el panorama agarra la iniciativa como cabeza visible de un grupo de cegada ambición --empresarios tan ricos como jóvenes e inexpertos; enviados del fantasma del pasado; militares con sueños-- que le jalea y se erige en un salvador de la patria de serie B. El golpe más torpe de la historia de Venezuela se estaba escenificando. Sin que se supiera qué había sido de Chávez, a Carmona le falta tiempo para redactar un acta constitutiva del nuevo Gobierno al dictado de un puñado de esos interesados: de Isaac Pérez Recao, joven multimillonario del petróleo venezolano; de Daniel Romero, secretario privado de Carlos Andrés Pérez; y de algún general con aspiraciones de estrellas.

Pedro Carmona protagoniza la toma de posesión más esperpéntica que se recuerda desde Napoleón al jurar sólo ante sí mismo

Piel de cordero

Pedro Carmona Estanga, 61 años, economista, empresario y dirigente empresarial, protagoniza la toma de posesión más esperpéntica que se recuerde desde la de Napoleón. Levantando él mismo un folio con una mano y con la otra en alto y abierta, jura ante sí mismo --no hay notario, no hay representante de poder alguno frente a él-- como presidente de Venezuela y conductor del proceso hacia el futuro. Pero es solo el principio. Ante una audiencia presuntamente selecta de la sociedad venezolana --mucha de la cual sigue lamentando hoy haber salido en la foto-- dio lectura al decreto que hizo estremecer hasta al más antichavista: disolución del Poder Legislativo; facultad de destituir cualquier cargo político (gobernadores, alcaldes) elegidos en las urnas; modificación de la Constitución al cambiar el nombre de la República; poder de destitución de los miembros del Poder Judicial; anulación de 48 leyes vigentes...

A Carmona y sus mentores ni les hizo falta decretar la censura previa para que hasta el menos ducho en sistemas políticos comprendiera de inmediato que se estaba instaurando una dictadura de libro. Pero, a pesar de tal evidencia, hasta hubo comparsas dispuestos a hacer coro. Un grupo de presuntos representantes de la vida social venezolana --todos, menos los sindicatos-- refrendaron con su firma el decreto alucinógeno; presuntos, porque no faltó tiempo para saber que ningún sector se sentía representado ante lo que era no una curación de un sistema gangrenado sino una amputación de libertades en toda regla.

El aplauso internacional

Con todo lo que acababa de suceder, el estupor nacional parecía tocar techo, pero no: faltaba la guinda internacional. Cuando apenas habían transcurrido horas desde la consumación del revolcón político, comenzaron a llegar de otros mundos voces reconociendo la legitimidad de Carmona. De todos los apoyos destacaron dos, uno por sorprendente y otro por esperado. El sorprendente fue el del presidente español, José María Aznar, a la sazón presidente de turno de la Unión Europea. Su precipitación ayudó a aumentar el malestar de los --cada vez más-- venezolanos que estaban rechazando las formas indignantes y en absoluto esperanzadoras de los que ahora se presentaban como salvadores de la patria.

El apoyo estadounidense sí que era esperado, o al menos parecía lógico. Desde que Chávez accedió al poder, las relaciones entre ambos países han sido de continuo desencuentro. Lo de menos, en el fondo, era el rol teatralero del presidente venezolano, capaz de abrazarse ante los focos internacionales no sólo con su amigo del alma, Fidel Castro, sino con el mismísimo Sadam Hussein, bestia negra entonces de los Estados Unidos.

Las verdaderas amistades peligrosas de Chávez, para sus ricos vecinos del norte, eran dos: las de los países productores de petróleo cuya organización, la OPEP, fue capaz de liderar Chávez hasta imponer una política de recorte de producción que provocó el encarecimiento del precio; y las de la guerrilla colombiana, con la que Chávez flirteaba sin disimulo, permitiendo por pasiva la incursión de miembros de las FARC y de desplazados en suelo venezolano, lo que estaba dificultando sobremanera que Estados Unidos pudiera aplicar con toda su fuerza el Plan Colombia para acabar con la guerrilla y el narcotráfico. Las ventajas evidentes que para el Gobierno de Bush tenía la salida de Chávez hicieron sospechar desde el principio que Estados Unidos podía formar parte de la conspiración. Cuando menos, sí conocían la operación que se fraguaba porque miembros del Departamento de Estado confirmaron que mantuvieron reuniones con líderes antichavistas en los meses previos a los acontecimientos de abril. Pero, a juzgar por los resultados chapuceros de la intentona, cuesta creer que Estados Unidos interviniese de forma activa.

Desde dentro del país, las reacciones internacionales eran asunto de segundo plano: tan claro era que Estados Unidos sonreiría, como que Cuba frunciría el ceño porque le cerraban el grifo del petróleo que Chávez les estaba (está) regalando. Lo que preocupaba a los venezolanos era saber qué iba a ser de ellos. El viernes 12 todo eran fuegos de artificio, alegría indisimulada de insurrectos pese a los muertos, titulares de prensa pletóricos ("¡Se acabó!", titulaba a toda plana El Universal, uno de los periódicos que no se conformó con ser oposición sino que bajó a las trincheras) y coronación de un régimen que salía a la luz con tantas rémoras que nació muerto.

No es esto, no es esto...

La reacción militar fue relativamente inmediata. La lectura del manifiesto de Carmona encendió todas las luces rojas, y los mandos del Ejército entendieron, ahora, que estaban siendo utilizados, como antes lo supo el líder sindical Carlos Ortega. Todos eran figurines útiles de unos pretenciosos golpistas. Si antes fue el general Lucas Rincón, ahora era el momento del también general Efraín Vásquez para dar la cara el sábado 13 y anunciar que el Ejército no aceptaba, ni de lejos, la apisonadora de los trituradores.

El Alto Mando accionaba el freno y daba marcha atrás ayudado por una reacción popular y militar que fue creciendo a lo largo del sábado. Guarniciones levantadas --"el presidente no ha dimitido, no hay pruebas"-- y, a la postre, el chavismo que va apareciendo en las calles en forma de miles de personas que toman (del verbo tomar en todas sus acepciones) la capital.

Hay saqueos de comercios, barricadas y amenazas. El ambiente está al rojo. Rodean medios de comunicación --no fueron violentos con ellos, pero su actitud provocó que los periodistas de El Universal y El Nacional salieran para sus casas dejando sus diarios sin hacer--, toman el Palacio de Miraflores entre vítores de soldados chavistas y demuestran, a lo mejor sin quererlo, que son los más demócratas del momento porque solo piden justicia y ley. Es la cara política de una moneda con un reverso plagado de pillajes protagonizados por masas que roban y destrozan. Alguien dice que solo buscan comida, pero lo cierto es que arrasan hasta con tiendas dietéticas porque la estampida es irracional y absoluta. En la Torre de la Prensa, sede de los diarios Últimas Noticias y El Mundo, los periodistas rezan para que las riadas humanas pasen por inercia y no arrasen dos periódicos que, eso sí, tienen fama de chavistas; alguien dice que aún escucha las carcajadas del oficial de la centralita de la Guardia Nacional cuando llamó pidiendo protección para el edificio. "Pónganse a la cola, con mi respeto, señores".

El contragolpe es tan tremendo, espontáneo y contundente, que en un santiamén se adivina que el Ejército se encargará de reponer al que quitó. Carmona no tiene salida, dimite y pasa a la Historia como otro Pedro I El Breve. Chávez recibe disculpas, como quien dice, y regresa triunfal en la madrugada del domingo. Se siente feliz y, tanto es así, que le falta tiempo para retomar el micrófono y predicar más de lo mismo. Su sonrisa triunfal, sin embargo, sigue siendo la del populista que, lejos de aprender nada, niega la evidencia de que su pueblo sigue dividido por dos, con vecinos de escalera que se miran de reojo, con facciones del Ejército que están más pendientes de su jefe que de su país, de trabajadores sin trabajo y de niños sin que nadie les cimente la esperanza. Chávez dice haber aprendido la lección pero muchos se preguntan cuál. El tiempo pasa y el futuro del país sigue siendo una incógnita sin despejar: el jefe del Estado seguirá por años, ahora más tranquilo incluso que antes y sin un solo líder enfrente que le haga sombra. La oposición a Chávez es variopinta y por intereses muy dispares; acaso lo único que les aglutina sea su frase favorita: "Que alguien haga algo".


Reportaje gráfico: Últimas Noticias de Caracas.
Héctor Castillo, Andreina Mujica, Ángel Colmenares, Ángel Echeverría, Carlos Meza, Daniel Hernández, Gustavo Frisneda, José Díaz, Carlos Ramírez, Jorge Aguirre, Álvaro Álvarez, A. Hernández

 

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