Alocución de Su Santidad el Papa Juan Pablo II a la Adoración Nocturna de
España
En la Vigilia Nacional Extraordinaria de las dos Ramas, celebrada en Madrid, en la Parroquia de Ntra. Sra. de Guadalupe, el 31 de octubre de 1982, con motivo de la visita de Su Santidad a España.
¡Dios está aquí! ¡Venid, adoradores!
¡Adoremos a Cristo Redentor!
Con estas hermosas palabras el pueblo fiel español canta su fe en la
Eucaristía.
Me alegré por ello al conocer vuestro deseo de que participase con vosotros
en una adoración eucarística. Gozoso me encuentro, junto a Jesús
Sacramentado, con vosotros, miembros de la Adoración Nocturna Española, que,
con tantos otros cristianos que se unen a vosotros en tantos rincones de
España, tenéis una profunda conciencia de la estrecha relación que hay entre
la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Sagrada Eucaristía.
Con vuestras veladas de adoración tributáis un homenaje de fe y amor
ardientes a la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en este Sacramento,
con su Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad, bajo las especies consagradas.
Esta presencia nos recuerda que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano,
sino un Dios muy próximo, cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres
(cf. Prov 8, 31). Un Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida y la
tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10). Un Hijo y hermano nuestro, que con su encamación
se ha hecho verdaderamente hombre, sin dejar de ser Dios, y ha querido quedar
entre nosotros "hasta la consumación del mundo" (cf. Mt 28, 20).
Se comprende por la fe que la Sagrada Eucaristía constituye el don más
grande que Cristo ha ofrecido y ofrece permanentemente a su Esposa. Es la raíz
y cumbre de la vida cristiana y de toda acción de la Iglesia. Es nuestro mayor
tesoro, que contiene «todo el bien espiritual de la Iglesia» (Presbyterorum
ordinis, 5). Ella debe cuidar celosamente cuanto se refiere a este. misterio y
afirmarlo en su integridad, como punto central y prueba de aquella auténtica
renovación espiritual propuesta por el último Concilio.
En esta Hostia consagrada se compendian las palabras de Cristo, su vida
ofrecida al Padre por nosotros y la gloria de su Cuerpo resucitado. En vuestras
horas ante la Hostia santa habéis advertido que esta presencia del Emmanuel,
Dios-con-nosotros, es a la vez un misterio de fe, una prenda de esperanza y la
fuente de caridad con Dios y entre los hombres.
El misterio de una fe, porque el Señor crucificado y resucitado está
realmente presente en la Eucaristía, no sólo durante la celebración del Santo
Sacrificio, sino mientras subsisten las especies sacramentales.
Nuestra alabanza, adoración, acción de gracias y petición a la Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se enraízan en este misterio de fe.
Esa misma presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo, bajo las especies de pan y
vino, constituyen una articulación entre el tiempo y la eternidad, y nos
proporcionan una prenda de la esperanza que anima nuestro caminar.
La Sagrada Eucaristía, en efecto, además de ser testimonio sacramental de
la primera venida de Cristo, es al mismo tiempo un anuncio constante de su
segunda venida gloriosa, al final de los tiempos.
Prenda de la esperanza futura y aliento, también esperanzado, para nuestra
marcha hacia la vida eterna. Ante la sagrada Hostia volvemos a escuchar las
dulces palabras: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados,
que yo os aliviaré" (Mt 11,28).
La presencia sacramental de Cristo es también fuente de amor. Porque
"amor con amor se paga", decís en estas tierras de España.
Amor, en primer lugar, al propio Cristo. El encuentro eucarístico es, en
efecto, un encuentro de amor. Por eso resulta imprescindible acercarse a Él con
devoción y purificados de todo pecado grave.
Y amor a nuestros hermanos. Porque la autenticidad de nuestra unión con
Jesús sacramentado ha de traducirse en nuestro amor verdadero a todos los
hombres, empezando por quienes están más próximos. Habrá de notarse en el
modo de tratar a la propia familia, compañeros y vecinos; en el empeño por
vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea
necesario. Será, de este modo, la Sagrada Eucaristía fermento de caridad y
vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo y propugnada por el
Concilio Vaticano II.
Termino alentándoos, queridos adoradores e hijos todos de España, a una
honda piedad eucarística. Ésta os acercará cada vez más al Señor. Y os
pedirá el oportuno recurso a la confesión sacramental, que lleva a la
Eucaristía, como la Eucaristía lleva a la confesión. ¡Cuántas veces la
noche de adoración silenciosa podrá ser también el momento propicio del
encuentro con el perdón sacramental de Cristo!
Esa piedad eucarística ha de centrarse ante todo en la celebración de la
Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la cruz. Pero tiene una
lógica prolongación -de la que vosotros sois testigos fieles- en la adoración
a Cristo en este divino Sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración
ante el Sagrario, además de los otros ejercicios de devoción, personales y
colectivos, privados y públicos, que habéis practicado durante siglos. Esos
que el último Concilio ecuménico recomendaba vivamente y a los que repetidas
veces yo mismo he exhortado(cf. p.ej. Dominicae cenae, 3; Homilía en Dublín,
29 de septiembre de 1979).
"La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico.
Jesús nos espera en este Sacramento de Amor. No escatimemos tiempo para ir a
encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a
reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra
adoración" (Dominicae cenae, 3). Y en esas horas junto al Señor, os
encargo que pidáis particularmente por los sacerdotes y religiosos, por las
vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada.
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!