El Gusto en la Moral de la Iglesia en la Bajada Edad Media segun Hernando de Talavera© |
INTRODUCCIÓN EL PUNTO DE VISTA: EL AUTOR ** LA OBRA ** EL CONTEXTO LA COMPRENSIÓN DEL SISTEMA: LO NATURAL Y LO ANTINATURAL COMO CONCEPTOS ** LO NATURAL Y ANTINATURAL EN EL CAMPO ALIMENTARIO LOS SENTIDOS Y LA NOCIÓN DE PLACER DE LA MORAL A LA GASTRONOMÍA CONCLUSIONES BIBLIOGRAFÍA NOTAS CUADRO I: ESQUEMA GENERAL CUADRO II-A. LO NATURAL CUADRO II-B. LO CONTRA NATURA ILUSTRACIÓN 1 CUADRO III. RASGOS DEL GUSTO EN POSITIVO Y EN NEGATIVO CUADRO IV. MOTIVOS CONTRA EL USO DE LOS VESTIDOS PROHIBIDOS
El fraile jerónimo Hernando de Talavera (1428-1507), estudiante y profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Salamanca, se ordenó sacerdote a principios de 1460, cuando estaba acabando su licenciatura; en agosto de 1466 ingresó en el monasterio jerónimo de San Leonardo de Alba de Tormes donde pronto adquirió fama de buen religioso, de modo que a los cuatro años de ingresar se lo disputaban dos casas para el cargo de prior: la suya y la de Nuestra Señora del Prado en Valladolid. Se decantó por esta última, donde permaneció 16 años ejerciendo una importante labor renovadora de la vida monástica de la orden con la reimplantación del ora et labora. Alrededor del año 1475 conoció a la princesa Isabel, futura Reina Católica, convirtiéndose pronto en su confesor. Talavera fue el inspirador del programa de reformas político-religiosas emprendidas tras el final de la guerra civil castellana, así como de aquéllas religiosas instauradas a partir del sínodo de Sevilla de 1478. A partir de 1485 ostentó el cargo de obispo de Ávila, destacando una vez más por su proximidad a las primitivas doctrinas de la Iglesia. Tras la conquista de Granada en 1492 ejerció de administrador apostólico hasta que en enero de 1493 recibió la bula que lo nombraba arzobispo. Su caída en desgracia empezó a producirse a partir de 1499, coincidiendo con el ocaso personal de la reina Isabel y de sus consejeros políticos. A fines de 1505 fue acusado de hereje por el inquisidor de Córdoba, Diego Rodríguez Lucero, pero finalmente y a pesar de la dureza del proceso y de las torturas, el papado no aceptó la acusación. Su muerte se produjo, no obstante, poco después, el 14 de mayo de 1507(1).
Fue su trabajo pastoral en Granada el que le hizo uno de los personajes castellanos más controvertidos de la última década del siglo XV, debido no sólo a la relevancia de su cargo eclesiástico o al hecho de ser el consejero de los reyes, sino también a su implicación directa en la política religiosa de los monarcas.
El deseo de la Corona castellana tras conquistar al-Andalus era que los musulmanes que permanecieran en el reino de Granada se integrasen totalmente en la nueva sociedad o se marchasen, y eso suponía primero segregarlos socialmente y segundo procurar que se convirtieran. En esos años finales del siglo XV la fe no era tanto una cuestión personal como un elemento de identidad social, de modo que la presencia de un grupo religioso no cristiano se consideraba, desde este punto de vista, un peligro subversivo. La Corona deseaba que ésta se produjera de forma sincera y pacífica, por lo que se eligió a Hernando de Talavera para conseguirlo. Su «mano blanda», su carácter moderado, la preocupación por la suerte de la comunidad musulmana y el interés por convertirlos mediante la predicación chocaron con la falta de resultados visibles y con la prisa de los reyes por acelerar el proceso. Ello condujo a su sustitución en 1499 por el cardenal franciscano Francisco Jiménez de Cisneros, cuya actuación, marcada por la intransigencia, provocó el inicio de la rebelión mudéjar y la posterior conversión forzosa y masiva de esta comunidad. Todo lo dicho contribuyó a la idealización del personaje frente a su más expeditivo sucesor. De este modo, en la Historia Eclesiástica de Granada escrita por Francisco Bermúdez de Pedraza en el año 1638 el personaje aparece casi santificado: se resaltan su sencillez, su austeridad, sus virtudes predicadoras, su accesibilidad, el amor que le profesaba todo el mundo en la ciudad de Granada, etc(2).
Si dejamos de lado las función político-religiosa, el fraile jerónimo fue un prolífico hombre de letras, estando su obra centrada en su labor de moralista y asceta. Hizo venir de Sevilla a los famosos impresores alemanes Meinardo Ungut y Juan Pegnizer, ya que consideraba el uso de la imprenta un elemento indispensable para difundir con rapidez y precisión su mensaje apostólico. Escribió un buen número de tratados, instrucciones y folletos dirigidos tanto a los religiosos como a los legos. Entre los primeros redactó una instrucción sobre cómo habían de visitarse la iglesias y conventos de monjas; un confesional; un ceremonial, donde se explicaban las ceremonias de la Iglesia, qué representaban y cuándo se celebraban; dos oficios sobre la toma de Granada, y dos más dedicados a la festividad de San Juan y la Expectación de la Virgen. Dentro de las obras de carácter divulgativo dirigidas a legos tenemos una instrucción hecha a instancia de la condesa de Benavente, María Pacheco, sobre en qué habían de gastar el tiempo las señoras de título; una especie de cartilla en las que enseñaba la ley de Cristo y un tratado contra la murmuración, aparte de la obra que estudiamos aquí. Finalmente, escribió una impugnación en defensa de la fe católica rebatiendo un libro herético publicado en Sevilla y enmendó la Vita Christi de Fray Francisco Ximénes.
El Tratado sobre el vestir, calzar, comer y beber aparece incluido junto a otros tratados del autor en el incunable 2489 de la Biblioteca Nacional de Madrid, clasificada bajo el epígrafe de su obra más conocida Breve y muy provechosa doctrina cristiana de los que deben saber todo cristiano. Nuestra obra comprende 46 folios -del 158 al 204-, de los 227 del conjunto, el cual fue impreso en Granada alrededor del año 1496 por los impresores antes mencionados. No obstante, cabe señalar que estamos ante un compendio de la obra original escrita en 1477, un ejemplar de la cual se conserva en la Biblioteca del Monasterio del Escorial.
El hecho concreto que motivó su redacción fue la edición en Valladolid de un decreto de excomunión a las mujeres que se vistiesen con gorguera y caderas anchas y a los hombres que llevasen camisones con cabezones labrados; el escándalo que este edicto creó entre los intelectuales y hombres letrados de la ciudad motivó la consulta de las autoridades eclesiásticas. Hernando de Talavera respondió por escrito dando su opinión, para lo cual redactó los capítulos que componen este tratado, apoyando la decisión de los religiosos vallisoletanos(3). Los argumentos expuestos pretendían demostrar que los eclesiásticos podían dar su opinión sobre el tema de la vestimenta y por supuesto legislar al respecto, y hacerlo de una forma sencilla y comprensible para todos sin que faltase el recurso tradicional a los ejemplos bíblicos y a la Patrística. El interés por la cuestión de la vestimenta dio pronto paso al de la comida de una forma no premeditada, tal como reconoce él mismo: «No era tanto de nuestro propósito dezir de los excessos del comer y del beuer mas como parece de lo susodicho, de lo vno e de lo otro, es quasi vna sentencia e vn mesmo juyzio».
Estamos ante la obra de un moralista ya que, parafraseando a Josep Hernando, al escribir pretendía dirigir la conducta de los fieles prescribiendo lo que debían hacer o evitar, y la conducta es examinada bajo el prisma de los mandamientos, los pecados capitales, los sacramentos o las directrices de los padres de la Iglesia. En lo tocante a la alimentación, al igual que todo lo creado por Dios, los alimentos son buenos pero las limitaciones no se centran en su naturaleza intrínseca sino en las circunstancias en que son tomados los alimentos (HERNANDO, 1994: 47). Aunque la obra que vamos a examinar no es un tratado dedicado a los sentidos ni tampoco al gusto o a la comida, lo cierto es que la información que proporciona sobre el comer y el beber nos permite afrontar el tema de la concepción del gusto dentro de la ideología imperante en la moral bajomedieval. Desde luego no puede esperarse que encontremos especificados, en lo tocante al sabor, las preferencias por lo dulce, lo ácido, el sabor fuerte o el suave, pero sí la concepción general del gusto, qué es y qué cualidades se le asimilan.
Es dentro de la comprensión del mundo como un todo, donde lo físico y lo espiritual, lo natural y lo sobrenatural encuentran un sentido en la Edad Media. Todo es un criptograma con una o varias claves de apertura que, una vez comprendidas, permiten la lectura global y, por tanto, su explicación comprensiva.
Aunque no podemos pretender que una concepción teórica del mundo tuviese un reflejo directo en la práctica cotidiana, lo cierto es que en el Medievo el peso de la Iglesia y de sus principios en la vida cotidiana eran decisivos y no se quedaban sólo en el ámbito de lo teórico. De hecho, cuando escribe este trabajo nuestro autor se encuentra inmerso en una sociedad -la granadina- en la que la presencia y labor moralista de la Iglesia eran un elemento activo de dominación política y social. La preocupación de Talavera por las cuestiones alimentarias estaba totalmente vigente en las fechas en las que compiló esta obra, dentro de su política de integración de los conversos y eliminación de sus peculiaridades alimentarias. Por ejemplo, en el Archivo Municipal de Granada encontramos una carta suya pregonada en marzo de 1498 en la que hablaba sobre la venta de vino a moriscos y el consumo de carne degollada; de estos años es también una instrucción hecha por él en respuesta a una petición de los vecinos del Albaicín sobre las prácticas cristianas que debían observar (AMG-LAC, Lib. I, fol. 60v-61r. y AGS-DC, Leg. 8, p. 114).
Con todo, la moral propuesta e impuesta por la Iglesia no fue la única, ya que alternó y se combinó con otras propuestas por las clases sociales dominantes. No debe olvidarse que a lo largo de toda la Edad Media se había ido produciendo un proceso de laicización, de modo que la incontestabilidad a los principios religiosos de siglos anteriores no existía; de hecho, debemos recordar que el motivo de la redacción de esta obra fue que: «Agora dubdaron algunas personas que en el junco buscan nudo y lo claro hazen obscuro: si se pudo esto vedar, e si el prelado touo para ello autoridad, y especialmente si se pudo poner sentencia de excomunión en las personas que lo vno o lo al se atreuiessen a traspassar». Y recuerda que «a los pueblos y a los subditos e inferiores pertenece obedecer simplemente, e bien hazer y executar lo que los mayores supieron o supieren mandar y ordenar».
Dejando de lado lo que sucede en el
reino de Granada, estos años finales del siglo XV y primeros
decenios del XVI se caracterizaron por la plena vigencia de las
llamadas «leyes suntuarias», destinadas a controlar el
comportamiento y consumo privados en un período histórico
marcado por una alta movilidad y flexibilidad socioeconómica y
en la que, por ello, los grupos sociales ascendentes tienden a
mostrar en sus gestos exteriores su riqueza económica o su nueva
posición social; de ahí el interés por recalcar los
privilegios, la artificialidad de lo que está sucediendo. De
hecho el propio Hernando de Talavera llega a afirmar: «porque
cada labrador e cada oficial, cada escudero, cada cibadano y cada
cauallero de pequeño y de grande estado excede manifiestamente
no de lo natural solamente mas avn de lo que es permisso e
tollerado a cada vno segun su estado»(4).
En esta obra nuestro moralista se apoya en tres principios o pilares básicos: Dios es inmutable y su obra (el mundo y la sociedad) también; la inmutabilidad significa aquí adaptarse sin remisión a la diversidad, incluir las diferencias en este orden de modo que lo que no cambien sean las diferencias: de sexo, de complexión física, de época del año, de clase social, etc. Partiendo de este principio universal, encontramos los otros dos pilares: lo que se ajusta a lo inmutable es natural y por tanto se consideraba virtuoso, y lo contrario antinatural y pecaminoso. Es en esta oposición natura-antinatura, virtud-pecado en torno a la que girarán las consideraciones sobre los sentidos.
1. Lo Natural y lo Antinatural como conceptos
Lo Natural (véase cuadro 2A), según el tratado de Talavera, se concibe como el resultado de la integración de cuatro elementos, los cuales a su vez pueden ser caracterizados por la presencia de unos rasgos determinados. Será natural todo aquello que sea invariable, o lo que es lo mismo, que no sea temporal sino espiritual y por tanto inmutable; en segundo, todo aquello que es necesario, o lo que es lo mismo lo que es simple, lo que no excede lo mucho ni lo poco, lo que no es superfluo. En tercero, todo aquello que es razonable, término que a su vez se asimila con el orden, la moderación, virtud está última que define asimismo al último elemento: lo virtuoso, que a su vez se asocia con la humildad, simpleza, discreción y prudencia.
Mucho más detallada es la información que confluye en la noción de no natural (véase cuadro 2B), ya que nuestro autor, en su calidad de moralista, presta una especial atención a la lucha contra lo pecaminoso. En efecto, por oposición a lo dicho anteriormente, es antinatural lo que es innecesario, es decir lo demasiado, lo excesivo. Tampoco lo es aquello que es complicado, lo que no es simple, y, por supuesto lo pecaminoso. Es dentro de esta categoría donde hallamos una mayor profusión de calificativos y explicaciones específicas, todas las cuales se pueden resumir en que se asimilan al pecado lo que es excesivo o defectuoso, lo que superfluo, el destiempo, el placer y la aparición de los pecados capitales, en especial la avaricia, la soberbia, la vanidad, la imprudencia y sus defectos asociados.
2. Lo Natural y lo Contra Natura en el campo alimentario
Si pasamos a los aspectos concretos relacionados con la alimentación obtenemos una imagen mucho más clara de la concepción de lo alimentario y de los sentidos. De acuerdo con los conceptos antes enumerados es natural comer, beber y vestir para conservar los cuerpos, la humanidad. Si lo espiritual es lo que debe prevalecer, dado que es necesario alimentarse, deberá comerse sólo lo necesario, lo que supone tener en cuenta las características físicas de cada persona (complexión, edad, temperamento), las circunstancias que rodean la vida de cada uno (la profesión, el tipo de vida que se lleva), el tiempo en que se está (estación del año, período litúrgico) pero también los condicionantes sociales en los que se desarrolla su vida social, esto es, su «estado»: «Ca el varón ha menester mayor mantenimiento que la muger porque tiene mas caliente complexion, y mas ha menester el mancebo que el viejo por essa messma razon; especialmente en tanto que cresce porque entonces es menester mantenimiento no solamente para conseruar e sostener mas tanbien para crescer; y mas han menester los que trabajan corporalmente que los que trabajan con el espiritu solamente, y aquellos mas rezias y mas gruessas viandas y aquestas mas sotiles y delicadas. Y en verano son mas naturales algunas viandas...Y es cosa natural y razonable que en tiempo de penitencia, de aflicion y de aduersidad vsemos de viandas pobres y desabridas con que el cuerpo sea afligido, y avn en tienpo de esterilidad y de mengua es cosa muy razonable que tengamos mas la rienda». Esta necesidad se identifica siempre con la virtud de la templanza, con lo ordenado, de manera que se deberá comer y beber lo que sea menester (en cantidad y variedad) para que el cuerpo esté sano. La templanza a su vez se asimila con la humildad y está estrechamente relacionada con otra virtud natural: la simpleza, identificada además con la sobriedad y la abstinencia(5). Para finalizar, están la discreción y la prudencia, que se consiguen cuando se ofrece de comer aquello que se espera.
Más explícitas son las afirmaciones que describen lo que no es natural. En contraposición a lo necesario está lo que no lo es, de modo que los excesos en el consumo, la complicación en el comer recurriendo a lo novedoso, lo colorista o lo muy elaborado conducen al mismo camino: el pecado. ¿Cuáles son las formas que adopta éste respecto al consumo alimentario? En primer lugar, se peca por defecto cuando no se toma cuanto no es necesario, y se peca en exceso de múltiples maneras: cuando se come demasiada cantidad, más veces de lo debido, más de lo que cada persona necesita o en tiempo indebido (antes de la hora, sin atenerse a los requerimientos del tiempo). También se incurre en culpa cuando se cede a lo superfluo, o lo que es lo mismo a desear viandas costosas y exquisitas, ansiar alimentos muy adobados y guisados o tomarlos con ardor y deleite. Los pecados capitales que tienen su reflejo en el consumo alimentario son: la avaricia, en la que se cae cuando no se pone freno al comer; la soberbia, cuando se obtiene placer y deleite de la comida; la vanidad se muestra en la prodigalidad, la lujuria y la disolución; finalmente, la imprudencia tiene múltiples caras: el miedo, la osadía, la temeridad, la avaricia y la prodigalidad, la presunción y la pusilanimidad, la soberbia y la pequeñez.
Aparte de lo dicho, hay que tener en cuenta que el placer de la alimentación es un símbolo de debilidad física, desde el momento en que tanto en el Paraíso Terrenal como en la época de los primeros profetas el consumo de alimentos rudos se identifica con la fortaleza física. Es una especie de ejemplo que testimonia la decadencia espiritual que sucedió a esa primera época dorada de la religión: «el santo Daniel propheta e sus religiosos conpañeros fueron mejor mantenidos e mas rezios y efforçados con las legunbres con el agua e con el pan baço que los otros donzeles del rey a los quales eran ministradas viandas costosas e mas sabrosas»
Los principios que sustentan su moral
son, por tanto, la permanencia de las creencias religiosas, la
estabilidad social y el control de los sentidos. Según Hernando
de Talavera: «las cosas naturales son inuariables y es algo
ad placitum y voluntario» y «régula se podria dar...que
gran defecto e gran excesso e apartamiento de lo natural e
razonable es pecado mortal».
LOS SENTIDOS Y LA NOCIÓN DE PLACER
¿Por qué ese interés por el control de los sentidos? Para responder a esta cuestión y enmarcar mejor todo lo dicho hasta el momento es de gran importancia conocer, siquiera a nivel general, las consideraciones filosóficas sobre las que descansaban la concepción de los Cinco Sentidos. El hecho fundamental a tener en cuenta es que el pensamiento filosófico medieval hasta fines del siglo XV es un desarrollo y reelaboración del de la Antigüedad, en especial del aristotélico, pasado por el tamiz de los comentaristas latinos cristianos y de aquéllos árabes. Así, los Cinco Sentidos eran concebidos como la base de todo conocimiento, pero también como instrumento del amor sensual, por lo que estaban sometidos a una especie de censura moral: la percepción sensorial proporciona al cerebro nociones indispensables para la continuidad de la actividad intelectual, pero al mismo tiempo es fuente de tentaciones que pueden inducir a violar las normas de la moral cristiana(6). Este último aspecto recorre claramente todo el discurso de nuestro autor y, como hemos visto, es la base de la identificación del placer con el deleite y de éste con el pecado y lo antinatural.
Si nos centramos en la cuestión del gusto, debemos por fuerza recurrir a los comentarios que Hernando de Talavera efectúa respecto al deleite, tal como recogemos en el cuadro III. De este modo, el gusto se descubre en todo aquello que produce placer: alimentos exquisitos, costosos, demasiado adobados o guisados; se identifica con el exceso, el desenfreno, la soberbia, la mollicie, el «aparato»; y se manifiesta en comer deprisa, a hacerlo sin masticar, o comer a dos carrillos. En cualquier caso, es la búsqueda de la sencillez o simpleza lo que se contrapone a la negatividad de los calificativos asociados al gusto. Junto a ello debe reconocerse el elemento fundamental: cuando las personas comen con deleite «ponen entonçes alli todo su sentido e intento, que ni oyen ni veen». Es la pérdida del control sobre los propios actos a través de los excesos, la victoria de los sentidos sobre el intelecto lo que pretenderse evitarse. La templanza supone, por tanto, el control, lo sobrio, lo simple, y lo natural y lo que hay que defender.
Si nos detenemos a examinar las 12 razones aducidas contra el uso de los vestidos prohibidos, recogidas en el cuadro IV, tenemos que tres son los motivos básicos que las explican: 1.- Se trata de un traje que enmascara las formas naturales y hace parecer lo que no se es, aparte de no servir para lo que fue pensado, para cubrir y proteger el cuerpo (§ 11, 12). 2.- Es un hábito que induce a la lujuria o que es usado para disimilar las consecuencias de la fornicación (§ 1-7, 9). 3.- Su origen es vil, y además es muy costoso (§ 8, 10). Como vemos, la base de toda la crítica es el hecho de que este tipo de vestido incita a la lujuria o es la causa de ella. Es la relación entre placer y sexo la base de la prohibición. Dado que el autor establecer un paralelismo explícito entre el vestir y el comer («Que el comer e vestir andan y deuen andar por vna manera o por vna regla», reza el título del capítulo noveno), y ambos elementos son sometidos a las mismas consideraciones, habrá que tener en cuenta asimismo este factor como elemento de lucha contra los sentidos y contra el gusto en particular.
Para ilustrar esta visión del gusto nada mejor que recurrir a una imagen. En los frescos que decoran la colegiata de San Gimigniano (Italia), pintados por Taddeo di Bartoldo en 1396, en concreto la imagen de los golosos en el infierno (Véase Ilustración 1). La escena nos muestra a una serie de diablos castigando a un grupo de personas, los golosos, maniatados o rodeados por serpientes que les impiden moverse a mirar una mesa finamente preparada en la que observamos un ave asada en el centro, unos vasos con vino tinto y unos panecillos. Los comensales, horrorizados por la posición forzada en la que se encuentran y por la imposibilidad de tocar estos manjares, son dos mujeres y cuatro hombres: los dos que se ven de cuerpo entero son un monje y un ricohombre con vientres prominentes, las mujeres lleva una el pelo suelto y otro recogido como si pertenecieran a dos clases sociales distintas; destaca sobre todo la figura masculina que ocupa la parte inferior central, un hombre arrodillado, azuzado en la cara por una serpiente, adoptando una posición totalmente antinatural (que puede deberse sólo a una mala técnica en la representación) con la mitad del cuerpo vuelta hacia atrás y la otra hacia adelante, con los genitales bien visibles en posición casi erecta. Encontramos, pues, recogidos la relación entre placer (gusto) e infierno (=pecado), entre golosería y sexo, hechos que afectan a todos los grupos y clases sociales.
Lo dicho se inscribe dentro de los parámetros morales defendidos en el conjunto del Occidente Medieval. Así, por ejemplo, San Vicente Ferrer (1350-1419) afirmaba en su Dirección e introducciones de los padres: «Si aconteciere estar el manjar desabrido por faltarle sal o por cualquiera otra causa, no se la eches tú, ni otra cosa alguna para adobarlo, considerando la hiel y vinagre que Cristo gustó por ti, y así resiste y haz fuerza a la sensualidad. Lo mismo digo de cualesquier salsillas, que no valen para otro que para despertar el goloso apetito, déjalas disimuladamente y no las comas. Siempre que al fin de la comida te sirvieran algo que te diera gusto, déjalo por amor de Dios y no lo comas. Asimismo, el queso, fruta y otras cosillas semejantes, las cuales para la salud del cuerpo humano no son necesarias; antes bien, las más veces son dañosas, o a lo menos no son de provecho alguno, aunque sepan bien y deleiten el gusto. Si estas cosas dejares de comer por Cristo, no hay que dudar sino que El te concederá una comida de consuelo espiritual de inefable dulzura en aquellos pobres manjares con los cuales te contentaste por su amor», (MARTÍN, 1994: 69). Tampoco podemos decir que sean típicos de los siglos finales de la Edad Media, pues en la obra de Hugues de Saint-Victor, De Institutione Novitiarum, escrita en el siglo XII descubrimos la misma repulsa hacia la excesiva delicadeza, la preferencia por las buenas viandas, adobadas, el gusto por los caprichos, la reprobación moral contra la golosería y en general la condenación de todo placer sexual (FLANDRIN, 1986: 15-16). Estamos pues ante una moral del disgusto, desde el momento en que la moral cristiana condena los placeres sensuales.
Creemos interesante llamar la atención sobre algunos puntos presentes en el texto que se remontan a la tradición aristotélica. El principal es la identificación entre el gusto y tacto, o al menos al paralelismo entre ellos, el situarlos al mismo nivel: en De Anima es incluso caracterizado como una forma de tacto, y ambos se identifican con el elemento tierra; a nivel más general, la sobrevaloración del tacto sobre los demás sentidos por parte de Aristóteles(7) o de la vista por Platón y los neoplatónicos, explicaría, aparte de las cuestiones de moral cristiana, por qué el gusto no podía ser, ni siquiera a nivel general un sentido demasiado valorado. No olvidemos que Hernando de Talavera era profesor de Filosofía moral y tampoco que desde Agustín se había producido una fusión de los principios precedentes y en general una espiritualización de los sentidos.
Aunque no tenemos suficientes datos para
establecer una jerarquización de los sentidos a nivel
alimentario, lo cierto es que al menos pueden intuirse. Está
claro que si el vestido y el alimentos se pueden poner a igual
nivel el tacto y el gusto también, pero estamos hablando de
alimentación solamente. Algunos comentarios del autor, como la
frase antes citada, abogan por una secundariedad del oído y la
vista respecto a los primeros. Se trata de una apreciación ideológica
de la interdependencia de los distintos sentidos; dicho de otra
manera, se establece que el sentido que más desencadena
reacciones en los demás es el gusto, porque fisiológicamente se
produce justo el efecto contrario.
Decía J. L. Flandrin que cualquier transformación significativa de las prácticas culinarias corresponde tanto a une evolución de las técnicas, de la economía, de las relaciones sociales como a un cambio del gusto alimentario. Por ello, para completar esta visión, debemos recurrir por fuerza a los datos contenidos en algunos libros de cocina, y a los detenidos análisis efectuados por este autor y por Bruno Laurioux sobre el tema (FLANDRIN, 1986; LAURIOUX, 1986).
Llama la atención sobre todo que, frente a la universalidad de los principios morales descritos, éstos no aparezcan reflejados en la alta cocina, aquélla que recogen los recetarios medievales; la de las clases bajas que no aparece codificada sería por fuerza mucho más escueta y por tanto más próxima a estos deseos. Así, frente a la reivindicación de lo natural, la cocina de la Edad Media se caracteriza por todo lo contrario; a decir verdad ninguna cocina, por definición, puede considerarse natural, ya que supone un mínimo de elaboración de las materias primas, pero está claro que la cocina medieval no se caracterizó ni por la mesura, ni por la sencillez, ni por la templanza, ni por la naturalidad, desde el momento en que el sabor auténtico de los alimentos se enmascaraba con mezclas de especias, hierbas aromáticas, acidulantes y edulcorantes, por la combinación de sabores opuestos, especialmente el agridulce, por la búsqueda del artificio en la presentación y la pasión por el exceso en la comida, sea en cantidad o más claramente en la calidad de lo consumido. Y es que la búsqueda de lo natural a nivel gastronómico se produjo según Jean Louis Flandrin a partir de finales del siglo XVI y sobre todo en los siglos XVII y XVIII. Según él, los libros de cocina en la Edad Media se caracterizan por la búsqueda del artificio a través sobre todo de lo visual, y por consiguiente por un sacrificio del gusto y un trasvase del interés culinario hacia el sabor.
Si, por el contrario, examinamos las
directrices contenidas en los libros de medicina encontramos unas
similitudes más que llamativas con las nociones morales antes
descritas. La noción de inmutabilidad y diversidad son la base
asimismo de la medicina europea medieval -heredera del
pensamiento griego y latino pasado por el tamiz de la medicina árabe-
que se basa en la consideración individual de la calidad de la
persona. Ello no responde a una casualidad. Se trata, como afirma
Massimo Montanari, de una teorización científica del privilegio
alimentario en la cual los intelectuales estuvieron prestos a
defender los intereses de los poderosos (MONTANARI, 1993: 90). A
esta teoría, que postula un paralelismo entre sociedad humana y
sociedad natural, se añadió pronto una jerarquía de los
distintos alimentos: aquéllos situados en la parte inferior eran
los más cercanas a la tierra y por ello el alimento
identificativo de las gentes rústicas, y los sitos en la parte
superior eran los adaptos al consumo de las clases nobles. Las
teorías científicas, por otra parte, se encargaron de atribuir
virtudes medicinales a aquello que se prefería en la mesa, de
modo que una vez difundidos entre las clases a las que iban
dirigidos auspiciaron aún más su utilización en la cocina; eso
fue al menos lo que ocurrió con las especias. En suma, se trata
de la identificación consciente hecha por científicos e
intelectuales de la época para soportar una concepción del
mundo marcadamente jerárquica.
Si partimos de la consideración de que el gusto es la exaltación ideológica del sabor o de la combinación de éstos -en el sentido de que la gradación y combinación de los distintos sabores conseguiría el gusto preferido- no es estraño que el análisis de obras de carácter moral nos muestra una concepción del éste muy alejada de aquello que lo define fisiológicamente.
La teoría moral de Hernando de Talavera sobre el pecado nos habla de que se lucha contra los excesos de cualquier sentido que sean, la falta de respeto por lo establecido y la entrega al placer. Todo conduce a la reafirmación de la naturalidad y obligatoriedad de consumir de acuerdo a la posición que se ocupa en la escala social, proponiéndose la templanza como el elemento santificador del consumo alimentario.
El gusto es asimismo entendido como
deleite y abandono a los sentidos, comportamiento moral
reprobable y por tanto pecaminoso, reflejo de una actitud no
natural. El gusto o el disgusto es, después de todo lo visto,
una expresión de la manera de ser de cada individuo, desde el
momento que su actitud hacia la comida (que es controlable física
y moralmente) favorece o no el placer alimentario, y por tanto da
rienda al disfrute o deleite, que es el gusto en sí mismo. Podría
decirse que es la expresión de la naturaleza interior, de la
idiosincrasia, pero no de la Naturaleza en sí misma.
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CUADRO III. RASGOS DEL GUSTO EN POSITIVO Y EN NEGATIVO
CUADRO IV. MOTIVOS CONTRA EL USO DE LOS VESTIDOS PROHIBIDOS
1. Para ampliar datos sobre la vida de Hernando de Talavera y su labor religiosa en Granada véanse: FERNÁNDEZ DE MADRID, 1992 y SUBERBIOLA, 1985.
2. BERMÚDEZ, 1989, pp. 183 y ss.
3. Para una descripción e historia de los diferentes elementos de la indumentaria en la época de los Reyes Católicos, y de los descritos por Hernando de Talavera véase: BERNIS, 1978: 37-56.
4. Estas leyes suntuarias, que ya se habían editado en el siglo XIII sin mucho éxito, se sucedieron en todos los países de Occidente a finales del Medievo. En el caso de Castilla parece que al menos en los años inmediatamente posteriores a la emisión de la primera Pragmática de los Reyes Católicos se puede hablar de una cierta eficacia. El 30 de septiembre de 1499 se emitió la primera carta por la cual se controlaba el uso de la seda y los adornos personales, ofreciendo tanto normas aplicables al conjunto de la población como concesiones a los caballeros armados, a las personas de las familias que mantenían caballo, así como a los maestros y patrones de naos. En enero de 1500 se publicó en Sevilla otro documento aclarando y corrigiendo la precedente, por el cual se exceptuaba a las mujeres de Asturias y Vizcaya en atención a lo antiguo de sus trajes, autorizándose además ciertos adornos al conjunto de la población. En 1506, sin embargo, los procuradores presentes en las Cortes de Valladolid hicieron una petición al rey -nunca atendida- solicitando una reforma de las pragmáticas anteriores con el fin de establecer diferencias mayores entre los distintos grupos sociales, ampliando las concesiones a los más poderosos y reduciendo o anulando los derechos de los más humildes. Véase para todo lo dicho BERNIS, 1978: 57-63.
5. Esta identificación la encontramos recogida igualmente en otro tipo de fuentes cuya intención no es para nada moralista. Nos referimos a las crónicas coetáneas, cuyo estudio afrontamos hace ya bastante tiempo. Basta echar un vistazo a DE CASTRO, 1996: 105-113.
6. Para un análisis más detenido de lo dicho y sobre todo de la evolución de la representación de los Cinco Sentidos en el arte, véase KONENY, 1997, espec. pp. 29-38.
7. El Tacto
ocuparía lo alto de la jerarquía pues en lo que respecta a la
existencia pura éste es el sentido principal ya que sin él no
sería posible ningún otro tipo de percepción: todo cuerpo que
tenga alma está dotado de tacto.
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X (2000). Suiza [En prensa
10/02/00