Los Sermones de San Vicente Ferrer

 

San Vicente Ferrer, predicador itinerante reclamado por pueblos y ciudades, maestro de espiritualidad, incansable sembrador de la divina palabra, caminó por toda la Europa occidental. "Hizo veredas hasta hoy inimitadas ni seguidas", escribió uno de sus biógrafos. "Fueron tantos sus caminos que se han de cansar los números de contarlos", dijo otro. Entregándose a los caminos de su apostolado el año 1376, y los corrió con feliz carrera hasta el de 1419, en que murió. A los 58 años se le hizo una llaga en la pierna por lo que le fue preciso valerse de un jumentillo los 12 últimos años de su vida, es decir, desde el 1407 hasta 1419.

 

San Vicente Ferrer, Predicador

Imagen de San Vicente Ferrer

La predicación itinerante fua la actividad más peculiar de San Vicente Ferrer, sobre todo desde que comenzó a recorrer toda la Europa occidental como legado a Latere Christi. Vicente Ferrer, estudiante de filosofía, de teología, se ha transformado en el Predicador. Si en sus años mozos el ideal de la claridad de ciencia regía su vida y su obra filosófica y teológica, después la santidad de vida informa todo su ser y su obrar. Destacó sobre todos los predicadores de su época, como nos dice Huizinga en su famosa obra "El Otoño de la Edad Media".

Grande era la decadencia de la oratoria sagrada en aquella época. Las órdenes mendicantes eran las únicas que aportaban algo substancial desde los púlpitos. En los sermonarios de aquellos tiempos sólo encontramos, o áridos tratados de escolástica o composiciones retóricas de ningún valor, repletas de citas religiosas y profanas. Al pueblo en general sólo le interesaban las maneras del predicador, su voz, sus gestos, la pompa con que desarrollaba su declamación. Se predicaban sermones extravagantes, superficiales, repletos de citas de Cicerón, Séneca, Virgilio, Horacio, Petrarca, mezclando en mostrenco conglomerado las cosas sagradas y las profanas. San Vicente Ferrer se quejó repetidas veces, en primera persona del plural, de tamaña decadencia.

 

La jornada de San Vicente Ferrer

San Vicente Ferrer se presentaba en cada pueblo como un enviado de Dios. Su entrada era solemne y multitudinaria. Siempre rechazó los honores personales, pero aceptaba los que se le tributaban como enviado del Señor.

Predicaba por las mañanas, después de la misa, siempre cantada, pues le acompañaban unos músicos. Y después de la comida, predicaba, a puerta cerrada, a los religiosos y eclesiásticos.

Su conocimiento y aplicación de la Biblia dejaba a todos, sabios e ignorantes, perplejos. De tal manera la conocía y traía a colación, que cundo citaba algún pasaje parecía como que la estaba leyendo. Sus frutos eran ubérrimos: renovó las costumbres, desterró la blasfemia y el juego, las discordias familiares y procuró la santificación de la familia cristiana y la restauración del espíritu de penitencia.

Después de comer, si no predicaba a los religiosos, se entregaba al estudio y la oración.

A media tarde iba a visitar a los enfermos, curando a muchos de ellos. Entre sus seguidores se decía que sonaba la hora de los milagros, cuando el Santo anunciaba con una campanilla la visita a los enfermos.

Y a la hora de vísperas, si no se trasladaba de lugar, se hacía la procesión de disciplinantes.

Después de una modesta colación, se clausuraba la jornada vicentina.

Dormía sobre un jergón de paja el poco tiempo que concedía al descanso. Pasaba la mayor parte de la noche orando y estudiando. Los sermones los componía mientras iba de camino, según relató al Superior General de su Orden en una carta.

Se dirigía al pueblo en su idioma nativo, el valenciano que se halaba en Valencia por aquellos tiempos, y todos le entendían. Les hablaba de cosas elevadas pero conduciéndoles a la comprensión de lo sustancial mediante un lenguaje tan familiar y corriente, que todos comprendían.

 

Estructura de los sermones de San Vicente Ferrer

Tomaba el motivo para su sermón de la festividad del día o del tiempo litúrgico. Sus ideas, tan bien ordenadas, discurren a través de una férrea lógica interna, siempre en armonía con las más clásicas conclusiones teológicas. La predicación - decía el Santo- es comparable a una red, en la que un hilo está atado a otro, y cuando de esta manera tiran de ella, toda la red viene detrás. Así la predicación debe estar tejida: un ejemplo con otro, una cita con otra. Con el tema central se arrastra todo el sermón, si este va bien ordenado.

La Biblia y la Suma Teológica de Santo Tomás eran los libros que le acompañaban siempre.

La estructura, pues, de cualquier sermón vicentino es sencilla y lógica:

- Proposición del tema, brevísima, casi siempre concretada en una frase de la escritura leída en la Misa.

- Después intercala indeflectiblemente la salutación a la Virgen, el "Ave María".

- Sigue una introducción doctrinal acomodaticia para dividir el tema en tres, cuatro o más partes. En la exposición de estas partes siempre desarrolla tres puntos: el primero es doctrinal, el segundo la aplicación a un misterio divino, de la vida de Cristo o de sus santos. Y en el tercero se entretiene desglosando las consecuencias morales para los oyentes.

- En último lugar, vienen los lirismos, los diálogos y los ejemplos, el lenguaje repleto de anécdotas, el temperamento oratorio....

 

No se han conservado sermones escritos por la propia mano del Santo, ni tampoco transcripciones literales de sus palabras. Los textos conservados tienen su origen en las reportaciones, notas tomadas por diversos escribas.

Nadie se cansaba aunque su prédica durara ordinariamente tres o más horas. Durante los últimos años de su vida aparecía achacoso y envejecido. Pero durante la predicación parecía rejuvenecerse, impresionando a todos por la fuerza y limpieza de su maravillosa voz.

En suma, predicaba con palabra arrolladora, pero sobre todo evangelizaba con el ejemplo de la santidad de su vida. Se edifica a la Iglesia no solo con la palabra, sino con el ejemplo.

 

José Pardo Enguer

 

 

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