San Vicente Ferrer

Y Santa Teresa de Lisieux

¿Sendos Doctores de la Iglesia? 

 

 Hace pocos años comentaba la concesión de este doctorado eclesial, con un miembro muy destacado de la Diócesis Valentina, quien me afirmó:"Nadie más interesado que nosotros en poder proclamar Doctor de la Iglesia a San Vicente Ferrer, nuestro paisano y patrono, pero nos encintramos con la dificultad de que dejó pocos escritos".

Y sin embargo, recientemente Juan Pablo II ha proclamado y con todo merecimiento, Doctora de la Iglesia a Santa Teresa de Lisieux, a quien tambien llamábamos Santa Teresita del Niño Jesús, que solamente escribió un libro, con su relato autobiográfico sobre la vida espiritual: "Historia de un alma" y ello por obediencia al mandato de su Superiora.

Esta gran Santa era puro contraste entre lo humano y lo divino, siendo proclamada por Pío XI en 1927, Patrona de las Misiones, sin haber salido desde los 15 años, en que entró en la Orden Carmelita, de su celda monacal de estricta clausura o todo lo más hasta las tapias de su convento en Lisieux (Francia), pero que gran parte de su vida de oración y sacrificio estuvo consagrada a pedir por la evangelización del mundo infiel.

Y cuando en 1897, a los 24 años, su salud siempre enfermiza la precipitaba a una muerte próxima, era tal su entera confianza en que directamente gozaría de su Amado, Jesucristo, que la Superiora no pudo menos de preguntarle extrañada que ¿Cómo podría tener tal seguridad, ella una simple monjita de clausura?. A lo que le contestó, con tanta firmeza como santa ingenuidad, en ese sentido: No tengo la menor duda de que Jesucristo, cuya divina voluntad siempre seguí, consagrándole mi amor y estando en esta vida en perfecta y santa comunión con El, tan pronto muera vendrá a mi encuentro y en reciprocidad a mi total entrega, también en la otra vida prestamente me recibirá y me tendrá unida a El para siempre, con el mismo sano amor.

Puede que esta argumentación no tenga excesiva base teológica (aunque esta en la línea de nuestra mejor mística, cabe la gran Santa homónima de Ávila: "Vivo sin vivir en mí...") pero su gran espiritualidad y también humanidad es totalmente convincente y así tuvo que entenderlo su Superiora y, en su día, la propia Iglesia, cuando todas las probanzas pertinentes, con inusitada rapidez, la elevó a los altares canonizándola en 1925.

Y volviendo a nuestro Patrono San Vicente, él no sólo escribió un libro sino varios más y de importante contenido filosófico, teológico, eclesial y doctrinal, tal como los relaciona nuestro bun amigo y gran vicentino Baltasar Bueno Tárrega, en su magnífica y exhaustiva obra El Pare San Vicent Ferrer: "De sup-positionibus dialectis" ; "Quaestio solemnis de unitate universalis"; "Tratado de la vida espiritual", "Tratado de Cisma Moderno"; " Excelencias del Sacrificio de la Misa"; "Tratado de remedios contra las tentaciones espirituales";"Ordenaciones de los Penitentes"; y "Tratado contra los judios". Y también deben citarse sus Sermones conservados, que aunque su recopilación no fue obra suya directamente, son "reportaciones" de sus discípulos que le acompañaban en sus viajes.

Luego, si un solo libro, naturalmente que con el apoyo de sus grandes virtudes, permitió doctorar a Santa Teresita del Niño Jesús, ¿Por qué los varios e importantes que escribió San Vicente no van a ser suficientes, unidos a sus muchos otros y excepcionales méritos personales, para concederle igual categoría?.

Máxime cuando su formación y actuación fueron muy completas y ejemplares, llegando a ser durante bastantes años Profesor de Lógica y Teología, Prior en su Orden Dominica, además de Consejero y Confesor pontificio y real, asesor de Concilios Ecuménicos, decisor en cuestiones religiosas, sociales y políticas de gran complejidad y transcendencia, de lo que son una prueba más de actuación dinástica decisiva en favor de Fernando de Antequera en el Compromiso de Caspe (1412) e incluso resolutiva en el Gran Cisma de Occidente (1378 - 1418), gracias a su famosa predicación de Perpiñán (1416), anunciando que los reinos de la Corona de Aragón (Aragón, Valencia y Mallorca, con el Condado de Barcelona y otros) se sustraían a la causa aviñonesa; y sobre todo, cuando estando a las puertas de la muerte de Aviñón (1398), tuvo una visión de Jesucristo y haciéndole recuperar súbitamente la salud, le mandó, como si fuera su personal Delegado Apostólico, a misionar por Europa ("Legado a latere Christi" le confirió el Papa), combatiendo y sometiendo herejías y convirtiendo masivamente a quienes no profesaban nuestra fe.

Y aquí cabría hacerse una pregunta lógica: si San Vicente no fuera un conocedor muy profundo y al mismo tiempo excepcional predicador de la doctrina católica (como sin duda lo era), Jesucristo al encargarle directamente tan importante misión evangelizadora, como su deífico delegado personal, ¿No le habría enviado el Espíritu Santo, como hizo con aquellos sencillos pescadores, sus Apóstoles, en Pentecostés?.

Esta petición de la concesión del doctorado eclesial, a favor del Patrono de toda la Comunidad Valenciana, San Vicente Ferrer, aunque muy antigua, esta ahora de vigente actualidad. Baste recordar que también nuestras primeras Autoridades civiles, entre otras y recientemente, el Molt Honorable President de esta Comunidad, Eduardo Zaplana y la Alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, en sus intervenciones en actos vicentinos, así lo han postulado y nos consta que podemos contar con el decidido apoyo de nuestro Sr. Arzobispo, Agustín García-Gasco, tan entusiasta de todo lo vicentino e incluso están en la misma línea de sincera colaboración nuestras primeras autoridades militares.

Es, pues, en mi opinión el momento de que nuestra Asociación de la Pila Bautismal de San Vicente Ferrer, que en ningún momento tiene afanes de protagonismo y menos extra - religioso, abandere esta petición unánime, actuando, conjuntamente con otras instituciones vicentinas, como "primus inter pares", llegando si preciso fuera a movilizaciones populares (la bona gent que saludaba el Santo). No olvidemos que antiguamente en ocasiones ha sido el propio pueblo, con su encendido entusiasmo, el que ha motivado fundamentalmente importantes nombramientos y designaciones eclesiales e incluso alguna canonización.

 

Juan Antonio Vivar Delgado

 

 

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