Los tres días
pasados en el Cebrero me tonificaron. Recuerdo las buenas peripecias conversacionales de
sobremesa. Contra las pallozas, junto a la albergueria, crujía la nieve y el lobo. Antes
de ponerme a recordar aquellos gratos momentos en que pasamos lista a gran parte de los
sucedidos de la peregrinación, he de deciros que ya se presiente el tufo, la luz, la
niebla, y la lluvia jacobea. Ahora me golpean, más insistentemente que nunca, los rostros
de mi mujer y de mis hijos.
Las primeras tretas de los albergueros de Compostela han comenzado a
resabiarnos en Triacastela y en Barbedelo. Por cierto que, cada uno, ha cogido una piedra
de cal, que llevaremos hasta Castañeda, donde los arquitectores la recogen, porque
continúan trabajando en la Catedral de Compostela. Es la vieja tradición que no he
querido interrumpir. Y conmigo, los demás. Ya se acercan algunos de los azabacheros de
Compostela, ofreciéndonos chucherías y mercancía de "souvenires". Transportan
conchas, o veneras, aunque estas baratijas acaso las habríamos podido adquirir
igualmente, a lo largo del camino, en algunas tiendas de ocasión y, principalmente en los
puntos de parada más frecuentados, donde se restablecen puestos de quincallería. Por el
pupilaje, en Compostela, hemos de entregar una prenda particular, si deseamos conseguir
reserva de la habitación. Me he negado, en principio, a tal operación, pero los criados
son duchos y logreros. Hay que andarse con cuidado con ellos porque por menos de nada te
birlan lo poco que llevas.
Comentaba yo con mis amigos las picardía de la peregrinación. Nos vamos
enfervorizando más, al notar que se acerca ya la presencia de ese
"gran gallego sin cabeza" que es Santiago, el primo de Cristo. Desistí
de quedarme en Samos, a pesar de que nos ofrecían la misma ración que a los monjes, y
eso a lo largo de tres días. Pude repostar, y me socorrieron con algún dinerillo para
compensar mi indigencia. Tengo los pies deshechos y en pura llaga. A veces ni los siento.
Es curioso, en Sarria, a los que vuelven de la romería, si están sanos y presentan un
certificado, les regalan ocho maravedises; si enfermos, a más de procurarles un
sapientísimo cirujano y un buen enfermero, les proporcionan cama, luz y 24 maravedises.
Vaya esto en compensación de las violencias que otros, por estos mismos parajes, cometen
contra los peregrinos. ¡Hay que ver cómo es de escarpada y de inasequible esta tierra de
Galicia! Muchos castaños la siembran, y también viñedos. Apenas si se encuentra pan.
Abunda la "borona". No se me oculta que al llegar a Portomarín, el Miño
resulta otro peligro. Pude zafarme de pagar el portazgo. Unos aldeanos, que pasaban unas
bestias por el puente, hubieron de pagar seis cornados a los comendadores del portazgo.
Verdad es que a su vez portaban suculentas mercaderías.
Pasé un buen miedo al atravesar la sierra de Reira, que empieza a suavizarse
en Ferreiros. ¡A loq eu iba! Los dos o tres días que me quedé en el Cebrero, teniendo
en la punta de la mano todo el territorio de Lugo, pude hacer como un balance de la
peregrinación jacobea. He visto llevar amuletos a los borgoñones; me han enseñado sus
autorizaciones oficiales de tránsito, me han hablado de los boticarios, de los cirujanos
y sus servicios en los hospitales. He compendido que éste de Santaigo es un romeraje,
favorecedor también de una vía comercial, que nos mezcla a los francos con los
indígenas, que transporta a distancia leyendas de juglares, que comunica de un lugar a
otro los estilos del arte y pone en común la maestría de los arquitectos de la Isla de
Francia. Escuché canciones de peregrinos. Uno reproduce un romance español, sobre la
fornicación en el camino francígena. Es leonés, de por las tierras que hemos pasado.
Al conde lo llevan preso
al conde Miguel al prado
no le llevan por ladrón
ni por cosas que ha robado
por esforzar una niña
el Camino de Santiago
Como era hija del Rey
sobrina del Padre Santo,
Como era de tal linaje
a muerte le sentenciaron.
Por cierto que, en
estas fogatas del Cebrero, supe que hay mozos franceses empleados, como pinches en las
hospederías de Compostela. Tal un llamado Escoufle, que pasa unos cuantos años,
ganándose la vida a cuenta del viajero fuera de su patria. No deja de ser buen negocio
este de los hospederos de Compostela. Una de las impagables cosas que se logra, en la
terrena Vía Láctea a Galicia, es el conocimiento de amistades. Los que salimos juntos de
París, nos estrechamos, vivimos más unidos en la amistad, porque hemos sufrido juntos
los peligros, aunque también las satisfacciones. Es mal visto el abandono de un
compañero de peregrinación, si ambos se han juramentado no soltarse nunca. A este
propósito, se cuentan casos "milagrosos", en los que interviene Santiago,
trasportando -en una noche-, al amigo fiel, que se quedó con el enfermo, hasta el mismo
altar del Apóstol. Es muy tarde. Y hemos de madrugar. Mañana es el gran día.
Desde Puertomarín ya es coser y cantar hasta Compostela. Si bien me aseguran
que hemos de pasar por un paraje, Felpos -no lejos de Palas de Rey-, en que hace pocos
años
"las gentes de
Alvaro Sánchez de Ulloa asaltaban a quienes transitaban por el Camino de Santiago,
sometiéndolos a todo género de violencias y exacciones, hasta que el arzobispo don
Berenguel decidió poner sitio a aquella guarida de malhechores"
Espero que si
mañana sucediera tal cosa, los Ulloa del monte Losorio nos defenderían, porque estos
Monterrey, según mis cuentas, son los que han fundado el hospital de Libureiro. También
tengo que hacer memoria para no olvidar, en la hospedería, la piedra de cal que
depositaré en Castañeda, después de pasar por Mellid. Cuando se transite el puente de
Castañeda, poca cosa nos alejará de avistar las torres de la Catedral del Maestro Mateo.
Voy a dormir a prisa, porque mañana es el gran día. Tampoco lucen mucho estos aguzos.