CAPÍTULO UNO


1938: LA INVASIÓN DE LOS MARCIANOS

 

En 1938, la compañía Mercury Theatre compuesta por Orson Welles y su amigo Houseman, efectuaron una recreación radiofónica de la novela de H. G. Wells "La guerra de los mundos". La víspera de Todos los Santos salió en antena la invasión de los marcianos al planeta Tierra, contando Welles y sus ayudantes con todo detalle cómo éstos destruían sistemáticamente todas las ciudades. El terrible rayo calorífero que era capaz de destruir los cañones y tanques del poderoso ejército norteamericano, sumió en el terror y la desesperación a los hasta entonces, pacíficos ciudadanos. Presos de pánico salieron a la calle en demanda de ayuda, tratando de evitar ser víctimas del poderío marciano. Pero allí no había ni marcianos, ni naves extraterrestres, y mucho menos rayos destructores; solamente la voz de Welles en antena advirtiendo cada quince minutos que se trataba de una novela radiofónica.

Una vez tranquilizados los asustados ciudadanos, no faltaron voces de protesta exigiendo responsabilidades a quienes habían sido capaces de aterrorizar a toda una nación en plena histeria de invasiones extraterrestres. Con el planeta Marte más cerca que nunca de la Tierra, y las apariciones de ovnis mezcladas con los supuestos ataques de los rusos, el miedo contenido de la población no necesitaba muchos estímulos para salir a flote. Por eso y ante la amenaza de serias denuncias por lo que se consideraba un fraude gigantesco con ánimo de notoriedad y lucro, el realizador Orson Welles se vio en la necesidad de convocar una conferencia de prensa, a la cual asistió igualmente el creador de la novela "La guerra de los mundos", el señor H. G. Wells.

El lugar elegido fue el National Arts Club, un club privado situado cerca del Gramercy Park, concretamente en la East 20 ND Street de Nueva York. Allí estaban representantes de las revistas Variety, Photoplay y Metronome, además de los columnistas E. Wilson y Louella Parsons, famosos ambos por sus mentiras sobre el comportamiento de la gente del espectáculo.

Aunque compartían, casi, el mismo apellido, ni Herbert ni Orson se conocían y ni siquiera eran parientes, pero pronto surgieron multitud de rumores que afirmaban que en realidad eran hijos de la misma mujer pero distinto padre, lo que sin lugar a dudas no era cierto. Cualquier biógrafo sabía que ambos habían vivido durante la mayor parte de sus vidas en países diferentes, pero la prensa canalla sabía que inventando historias venderían más noticias que diciendo la verdad.

-Bien, señores – comenzó Orson Welles dirigiéndose a los periodistas – antes de empezar esta rueda de prensa debo aclararles que me he visto presionado por el fiscal del condado para convocarla. No tengo ningún interés en explicar al público los motivos para radiar la novela "La guerra de los mundos", ni mucho menos para disculparme por haberles entusiasmado. Si han existido situaciones de pánico colectivo es solamente porque sé contar historias en la radio. Del mismo modo que a un padre no se le puede sancionar por contar eficazmente la historia de "Caperucita Roja", hasta el punto de hacer temblar de miedo a su hijo cuando el animal se come a la infeliz abuelita, no encuentro razonable que se alcen voces pidiendo mi cabeza.

-Pero señor Welles – le cortó E. Wilson – usted no se ha limitado a contar la historia de una manera eficaz. Lo que en realidad ha hecho es hacer creer a los oyentes que estaba narrando una noticia, tal y como se hace en los noticiarios.

-Es que la historia es así. Nos narra un suceso ocurrido en nuestros días y emplea situaciones y personajes reales. Pero eso ya lo hicieron anteriormente Arthur Conan Doyle o Edgar Alan Poe y hasta ahora nadie les ha condenado a la hoguera.

-Creo que en realidad – insistió Wilson – usted sabía que confundiendo al oyente lograría un mayor impacto y empleó ese truco deliberadamente. Es como si mañana saliera en antena el Presidente de los Estados Unidos anunciando el ataque de los rusos y luego dijera que había sido una broma.

-Me halaga comparándome con el Presidente, pero creo que no tengo tanta influencia como él.

-¿No cree que a partir de ahora su popularidad haya alcanzado cotas similares? A fin de cuentas, usted nos ha demostrado que sabe mentir tan hábilmente como cualquier político (Risas)

-(Sensiblemente enojado) Veo señor Wilson que es usted tan imbécil en persona como escribiendo, así que ahora concédame la satisfacción de no volver a oír su voz y deje hablar a sus compañeros.

En ese momento y quizá a causa de la gran cantidad de murmullos, algunos insultantes para Orson Welles, se levantó H. G. Wells y con las manos alzadas pidió silencio a los periodistas.

-Por favor, señores, no convirtamos esta conferencia en un enfrentamiento personal. La historia original es mía y, por tanto, si existe algún responsable sobre esa histeria colectiva soy yo. Es a mí a quien deben hacer sus críticas.

-Pero señor Herbert – habló conciliadora Louella Parsons – nadie ha criticado la validez de su novela, tan extraordinaria que creo que todos nosotros la hemos leído. Personalmente escuché la recreación que hizo Welles en la radio y debo admitir que me fascinó, aunque por supuesto nunca pensé que se trataba de un hecho real. El problema estuvo en que solamente se habló de que se trataba de una novela al principio, pero desde ese momento todo se narró como si fuera un hecho real. Por eso aquellos oyentes que sintonizaron su emisora después de la introducción cayeron en la trampa y creyeron que se trataba de un noticiario.

-Bueno, eso no es condenable. Espero que si radian mi novela "El alimento de los dioses" o "La isla del doctor Moreau", no caigan ustedes en la misma trampa. La radio es un medio de expresión en el cual la imaginación del oyente es vital para lograr su interés, pero para estimular esa imaginación hay que utilizar algunos trucos como los de mi amigo Orson. Cuando los protagonistas se besan en la radio todo el mundo sabe que es pura ficción, lo mismo que cuando oímos el vuelo de Supermán o las aventuras de Flash Gordon. Creo que ustedes deben aplaudir al señor Welles en lugar de criticarle por haber logrado confundir al oyente.

-Por lo que creo entenderle – dijo levantándose de su asiento el delegado de Variety – usted afirma que todo es válido en la radio con tal de conmocionar al oyente. Eso me parece infame, puesto que justifican todo si con ello ganan audiencia.

-¡Es usted – dijo Orson Welles furioso – el menos indicado para criticarme! Usted pertenece a una revista que disfruta inventándose historias sobre los actores y actrices, no dudando ni un momento en calumniarles si con ello consigue vender más ejemplares. Yo al menos no he calumniado a nadie y mis personajes son ficticios, a no ser que considere reales a los marcianos (risas en el auditorio)

-Mi revista publica habitualmente notas de rectificación cuando hemos dado alguna noticia falsa, pero...

-(Welles, interrumpiéndole) Pues van a necesitar un número extra cada semana para pedir disculpas. Usted es el que tendría que estar en mi puesto respondiendo a los ataques. Yo soy un profesional de la radio que sabe hacer perfectamente su labor, lo mismo que lo supo hacer H. G. Wells cuando escribió su novela. Las personas como usted, ávidas siempre de publicar noticias falsas, son las que realmente causan daño a la población.

En aquel instante la totalidad de los periodistas estaban ya levantados de sus asientos, gesticulando fuertemente, y las llamadas a la concordia que efectuaba H. G. Wells no surtían efecto. Solamente la presencia de los dos policías que vigilaban los acontecimientos impidieron que los puñetazos sustituyeran a los insultos, especialmente porque Orson Welles insistía en boxear con el representante de la revista Variety.

Todavía sensiblemente alterados, ambos colegas salieron a la calle por la puerta trasera donde les esperaba un coche que les llevaría a sus domicilios.

-Esos cretinos – siguió hablando Orson Welles – creen que tienen derecho a poder calumniar a quienes deseen. Al menos he podido disfrutar diciéndoles lo que opino de ellos.

-Sí – le contestó Herbert – pero mañana su nombre estará en las portadas de todos los periódicos y no precisamente para hablar de su trabajo en la radio.

-Lo importante es que hablen, aunque sea mal. Habría sido mucho peor que mi programa hubiera pasado desapercibido. Ahora al menos, y de una manera gratuita, todo el mundo sabrá que existe un realizador llamado Orson Welles.

-(Profetizando) Me da la impresión, amigo mío, que no será la única vez que su nombre aparecerá en las portadas de los periódicos.

-Ese comentario, viniendo de un escritor que habla tanto del futuro, me parece aleccionador. Espero que sus pronósticos se cumplan. Ciertamente, estoy convencido de que tanto sus pronósticos científicos, como los de Julio Verne, terminarán por ser una realidad.

-(Sonriendo) ¿Incluida la invasión de los marcianos o la máquina del tiempo?

-No sé si serán los marcianos o alguien procedente de una galaxia cercana, pero del mismo modo que los pueblos de la Tierra han sido invadidos en numerosas ocasiones, es muy posible que algún extraterrestre sienta los mismos impulsos. El universo entero tiene que estar regido, lógicamente, por los mismos principios, técnicos y morales. Lo que no acabo de creer posible es eso de los viajes en el tiempo. ¿Cómo se puede viajar a un futuro situado a miles de años de distancia simplemente poniendo una fecha en un reloj?

-Bueno, lo del reloj lo he incluido en mi novela para que el viaje fuera exacto y más fácil. Mi idea principal era hablar de la cuarta dimensión, ese lugar que nunca se modifica aunque cambien las fechas y las circunstancias.

-¿Pero usted está convencido de la posibilidad de viajar en el tiempo?

-Ir al futuro no le veo muchas posibilidades, pero sí al pasado.

-¿Y dónde radica la diferencia?

-El futuro es algo que no existe y posiblemente no exista nunca. Nadie sabe si mañana estará vivo y si esa gran ciudad seguirá allí o habrá sido destruida por un terremoto. Sin embargo, el pasado es algo real, algo físico que existió y que aún permanece presente. Todos los sonidos de años atrás, las luces, el calor y el frío, o los movimientos de las personas, han sido transformaciones de la materia, no han desaparecido. Se encuentran dispersos en algún lugar del universo esperando que alguien los restituya a nuestra época.

-(Poniendo cierto interés en la conversación) Entiendo. Sería como escuchar en un magnetófono una voz grabada años atrás. La persona que habló en ese momento quizá esté muerta ya, pero su voz permanece allí, tal y como fue expresada.

-(Comenzando a entusiasmarse al oír la respuesta de Welles) Exacto. El cine y las grabaciones sonoras son un ejemplo perfecto para explicar mi teoría sobre la máquina del tiempo. Esos dos sistemas en cierto modo nos llevan al pasado una y otra vez, al pasado real, puesto que eso que ha quedado impreso o grabado fue auténtico, no es ficción. Las películas han sido impresionadas por fenómenos luminosos emitidos por los personajes o los elementos, mientras que la voz es también una transformación de la materia y puede ser recogida en un soporte adecuado. Dentro de mil años, la Humanidad podrá ver y oír realmente lo que sucedió en el pasado y estarán realizando así un cómodo viaje a través del tiempo.

-Pero, aún así, todavía falta algún elemento para que esa experiencia sea real. Tenemos la vista y el oído, pero no hay posibilidad de tocar, oler y saborear nada del pasado. Personalmente, me gustaría poder tener un romance con la reina Cleopatra, preferentemente dentro de ese baño con leche de burra.

-(Esbozando sin entusiasmo una sonrisa) Ese salto en el tiempo tan lejano es ahora imposible, pero existe la posibilidad de viajar a épocas más cercanas.

-Querrá decir que encuentra factible que en el futuro alguien pueda inventar esa máquina del tiempo.

-(Se endereza y dice orgulloso) Amigo Welles, creo que ha llegado el momento de que me sincere con alguien y estimo que es usted la persona más adecuada.

-Me habla de una manera que me hace sentir miedo. ¿Qué me está ocultando?

-Nada que su fértil imaginación no haya presentido ya. La máquina del tiempo que describí en mi novela no es ficción, ni mucho menos una utopía. Ahora mismo está totalmente terminada en el sótano de mi domicilio.

-Amigo Herbert, veo que pretende venderme algo, pero le debo advertir que después del desastre de esta noche no creo que me pueda sacar ni un centavo. Es usted una persona agradable a quien admiro, pero todavía no he entrado en ese delirio de confundirle con un dios.

-(Comenzando a encogerse de nuevo, aunque conservando su orgullo) Señor Welles, soy ya un anciano de 72 años algo cansado de vivir en un mundo de fantasía y deseoso que se me tenga en cuenta por algo más que ser un visionario que escribe novelas sobre el futuro. Llevo mucho tiempo esperando encontrar a alguien que se merezca compartir conmigo la gran experiencia de viajar en el tiempo y esa persona elegida es usted. ¿Cree acaso que he acudido a su conferencia de prensa solamente para defenderle ante los periodistas?

-Bueno, en cierto modo usted también es culpable de la crisis de histerismo de esa novela radiofónica. Si su relato no hubiera sido tan descriptivo e inquietante, nadie hubiera creído que mi recreación en la radio era un hecho real. De todas maneras, me gustaría que siguiera hablándome de esa máquina del tiempo que dice ser una realidad.

-(Cogiéndole del brazo) Si dispone de tiempo, venga conmigo y se la enseñaré. Mi apartamento no está muy lejos de aquí.


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