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LOS NOMBRES EN A LA RECHERCHE DU TEMPS PERDU
"Por fin Andrea pudo oírme: "Vendrá
usted a buscar a Albertina mañana?", y al pronunciar este nombre de Albertina pensaba yo en la envidia
que me inspiró Swann cuando me dijo, el día de la fiesta de la princesa de Guermantes: "Venga
a ver a Odette", y yo pensé que, a pesar de todo, había fuerza en un nombre que para todo el
mundo y para la misma Odette sólo en boca de Swann tenía aquel sentido absolutamente posesivo".
La prisonnière
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"La verdadera vida, la vida al fin descubierta
y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura" ; es ésta una
de las máximas más famosas de la Recherche , la conclusión a la que llega Proust en el Tiempo
recobrado, después de miles de páginas de reflexiones, implícitas muchas de ellas en el mismo
acto de escribir, sobre el hecho literario, y que en este último volumen convierte en objeto casi exclusivo
de su pensamiento. El origen y la esencia de la literatura, así como sus relaciones con la vida (esto es,
con el Tiempo) son los temas fundamentales de las últimas páginas de la Recherche en las que se despliega
con toda su fuerza el rigor analítico del pensamiento proustiano, y con las que, por otra parte, cierra
admirablemente el libro conduciéndonos de nuevo al principio del mismo con un Narrador que, por fin, ha
"decido" (cuando ha encontrado los mecanismos) comenzar a escribir una gran obra, que no es otra que
la que acabamos de leer. En efecto, para Proust la literatura es la vida esclarecida, la vida que habita en todos
los hombres, y no sólo en el artista, pero que en la mayoría de los casos permanece oculta; es esa
realidad lejos de la cual vivimos, esa realidad profunda que se vuelve cada vez más espesa a medida que
nos acercamos a ella y que, por impotencia, sustituimos por el conocimiento convencional: la literatura es la revelación
de esta realidad, es decir, "de la diferencia cualitativa que hay en la manera que se nos presenta el mundo,
diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno." El verdadero arte es
pues el complejo instrumento gracias al cual podemos desvelar un misterio que no puede descubrirse por medios conscientes
y directos como pretende la literatura realista; porque las cosas carecen de significado por sí mismas y
pretender reproducirlas tal cual es un vano ejercicio que conduce al vacío, a la representación llana
de una realidad simple, inmóvil y sin belleza. Las cosas por sí mismas no tienen significado pues
éste debe "deducirse" de ellas, esfuerzo que sólo el verdadero arte es capaz de soportar,
con el Estilo (que para Proust no es una cuestión de técnica sino de visión) como portador
del mensaje revelado. Como ha observado Deleuze, la Recherche es de hecho una búsqueda de la verdad y si
se ha denominado búsqueda del tiempo perdido es "sólo en la medida que la verdad tiene una relación
esencial con el tiempo", con nosotros mismos y con nuestro interior, que es donde debemos buscar el significado
de las cosas.
Así como para Proust la verdadera vida no es la realidad sino la literatura, análogamente, podemos
considerar que no son las cosas sino sus nombres (entidades inmateriales, aparentemente formales, de una naturaleza
similar a la literatura, incapaces en apariencia de contener en su seno la verdadera realidad de las cosas, como
incapaz puede parecer la literatura de ser más real que la realidad misma) el verdadero objeto de ésta,
el depósito en el que habrá que buscar incansablemente la verdad de los lugares y las personas. Deleuze
ya apuntó que la obra de Proust es un continuo aprendizaje que consiste en "interrogar vivamente los
signos" en un repetido proceso que conoce siempre dos momentos: una ilusión y una decepción.
En su espléndido ensayo Proust y los signos, Deleuze distinguió cuatro tipos de signos en la obra
de Proust: los signos mundanos, los signos del amor, los signos sensibles y, por último, los signos del
arte, que se corresponden, más o menos, con los cuatro grandes temas (inmersos en ese gran tema que lo abarca
todo, el Tiempo) de la obra de Proust. Pero, Àno son los nombres propios los verdaderos protagonistas de
la Recherche , los que indirectamente desencadenan todos los demás signos, los que en el fondo estructuran
toda la obra proustiana, los que le dan vida? Roland Barthes, en su maravilloso ensayo "Proust y los nombres",
más maravilloso aún si tenemos en cuenta que está dedicado a Roman Jakobson y que apareció
en un libro que conmemoraba el septuagésimo aniversario del gran lingüista ruso, ya intuyó la
capital importancia de los Nombres -así llamaré a partir de ahora al nombre propio- en la gestación
y desarrollo de la obra de Proust; incluso llega a otorgarles un poder fundacional en la medida que sólo
en el momento en que el Proust escritor encuentra los Nombres la Recherche empieza a cristalizar (y algo de verdad
hay en ello pues en el Jean Santeuil ya encontramos personajes, relaciones, disquisiciones, episodios enteros incluso,
que más tarde conformarán la base de la gran obra de Proust). El descubrimiento de los Nombres sería
para el Proust escritor un hallazgo paralelo al que para el Proust narrador supone el descubrimiento de la reminiscencia.
Para Barthes los Nombres tienen al nivel poético (no al nivel existencial como en el caso de la reminiscencia,
de nada serviría eso al Proust escritor, y, de hecho, la reminiscencia sólo puede ser útil
al Proust narrador que, de momento, sólo "quiere" escribir pero sin decidirse a empezar todavía)
el mismo poder que la reminiscencia "para constituir la esencia de los objetos novelescos": poder de
esencialización (el nombre designa a un solo referente), poder de citación (se puede convocar la
esencia del nombre profiriéndolo) y poder de exploración (el nombre puede desdoblarse). El camino
que el Proust escritor recorrerá para ir dotando de significado a todos estos nombres, codificándolos,
llenándolos de una esencia y de una realidad poética, el mismo camino deberá recorrerlo también,
pero al revés, el Proust narrador, cuyo trabajo consiste precisamente en descifrar, en descodificar esos
mismos nombres, para ir descubriendo, en tentativas sucesivas siempre más o menos abortadas, el misterio
de su esencia. De la fuerte presencia del nombre y de los incansables esfuerzos del narrador para ir profundizando
su secreto la Recherche nos ofrece incontables ejemplos: así, por ejemplo, de la duquesa de Guermantes nos
dice el narrador que "era incapaz de comprender lo que yo había buscado en ella -el hechizo del nombre
de Guermantes- y lo poquísimo que en ella había encontrado: un resto provinciano de Guermantes"
; y hasta tal punto es importante el nombre, que no percibir su misterio, la dulce esencia que lo colma, no puede
entenderse sino como una afectación: "Naturalmente que ya había oído a la señora
de Villeparisis, a Saint-Loup, a gentes cuya inteligencia no tenía nada de extraordinario, pronunciar sin
preocupación alguna ese nombre de Guermantes, sencillamente como si fuese una persona que iba a venir de
visita o con la cual hubiese uno de almorzar, sin que parecieran percibir en ese nombre aspectos de bosques amarillentos
y todo un misterioso rincón de provincias. Pero eso debía de ser una afectación suya (...)
afectación que también yo me esforzaba en imitar diciendo en el tono más natural la duquesa
de Guermantes, como un nombre que se hubiera parecido a cualesquiera otros."
Para Proust el nombre no es sólo un signo que designa sin significar, como un índice cualquiera,
sino que es una realidad más "significativa" incluso que la realidad misma y que permite ser explorada,
descifrada, redescubierta: "porque como para mí los nombres no eran un ideal inaccesible, sino un ambiente
real donde yo iba a hundirme, la vida intacta y pura que en ellos me figuraba daba a los placeres más materiales
y a las más sencillas escenas la seducción que tienen en los cuadros primitivos". Esta preeminencia
del nombre, que es, ya lo hemos visto, un "medio ambiente", una flor preciosa que hay que desflorar para
descubrir bajo sus capas superpuestas todo el encanto de su perfume, esta preeminencia del nombre sobre el referente,
para el que cumple funciones de ascendente es el eje que estructura toda la obra de Proust. En la Recherche es
la realidad la que se adecúa y se adapta a las necesidades del nombre y no a la inversa ("y por lo
menos si no llegaba a integrar en ella el nombre de Guermantes acusaba de ello a la impotencia de mi espíritu
para llegar hasta el final del acto que yo le exigía" ). El nombre en Proust es anterior a la cosa,
que sólo es un débil reflejo de todo su potencial significativo, sugestivo y alienante para el narrador
impotente ante su fuerza expansiva: el cuerpo, la persona, la ciudad son la parte formal del signo, función
que en la concepción tradicional del mismo era desempeñada por el nombre, mientras que ahora es este
mismo nombre el que contiene la verdad esencial del objeto. Tan fuerte es este poder significativo del nombre que
en uno de los primeros encuentros con la duquesa de Guermantes el narrador debe convencerse a sí mismo que
la persona que tiene ante él es efectivamente la duquesa: "mi ardiente atención volatilizaba
inmediatamente lo poco que hubiese podido recoger y en que hubiera podido volver a encontrar algo del nombre de
Guermantes. En todo caso me decía que era realmente ella lo que designaba para todo el mundo el nombre de
duquesa de Guermantes: la vida inconcebible que ese nombre significaba la contenía realmente aquel cuerpo";
y en otro momento, a propósito del príncipe de Agrigento, el narrador reflexiona: "era tan independiente
de su nombre como de una obra de arte que hubiera poseído, sin llevar sobre sí reflejo alguno de
ella, acaso sin haberle hechado nunca una mirada. (...) era cosa de suponer que su nombre, enteramente distinto
de él, no ligado por nada a su persona, había tenido la facultad de atraer a sí cuanto de
vaga poesía hubiera podido haber en aquel hombre como en cualquier otro, y de encerrarlo, después
de esta operación, en las sílabas encantadas." Para Roland Barthes, de este movimiento que traslada
el grueso de la investigación del narrador hacia los nombres puede derivarse una importante consecuencia
respecto al discurso poético del Proust escritor: por primera vez el imaginario del novelista es "ubicado"
sobre el significado y no sobre el referente, como venía haciendo la literatura realista que consideraba
que el nombre no era nada (pero, "Àqué es, en realidad, la duquesa de Guermantes?" se preguntaba
Barthes: evidentemente, nada). Con su énfasis sobre el nombre, Proust le rescata su naturaleza de signo,
capaz de contener infinitos significados y renueva el viejo problema del realismo: en palabras de Roland Barthes,
"el escritor trabaja no sobre la relación de la cosa y su forma (lo que se llamaba en el clasicismo,
su pintura y más recientemente, su expresión), sino sobre la relación del significado y el
significante, es decir sobre un signo." No hace falta decir que este nuevo camino inaugurado por Proust, en
el que la compacta identidad entre las palabras y su referente se ha diluido enormemente o borrado por completo,
será una de las vías de experimentación de la narrativa moderna, entre las que cabe destacar,
por su radicalismo y originalidad, las aportaciones del nouveau roman, hoy injustamente un tanto olvidadas, a causa
precisamente de su radicalismo formalista que, en realidad, prolonga la senda abierta por Proust.
Hemos visto como el nombre en Proust es un signo con un secreto, es decir, con un significado, la búsqueda
del cual ocupa toda la Recherche. Sin embargo, el nombre proustiano es un signo complejo, voluminoso, irreductible
a un solo uso. El nombre proustiano es siempre polisémico, cargado con las más diversas significaciones,
por él incorporadas desde diferentes ámbitos (el recuerdo, el uso, la cultura...); no conoce, a este
respecto, "ningún tipo de restricción selectiva, siéndole indiferente el sintagma donde
está ubicado". Provisto de la mayoría de características del nombre común, en
cambio, puede funcionar como el nombre propio en cualquier tipo de sintagma: se convierte así en un recipiente
vastísimo en el que puede alojar múltiples "semas". Estos "semas" o "figuras",
que a menudo son "imágenes" (recuérdese el famoso ejemplo del nombre de Guermantes, que
para el narrador significa al mismo tiempo un "torreón sin espesor", "una torre amarillenta
y cubierta de florones que atraviesa las edades", un hotel en París, unos escudos de armas en los vitrales
de Combray, unas tapicerías "medievales y azules, un poco gruesas", etc.) están dotados
de perfecta validez semántica a pesar de su naturaleza imaginaria, lo que, siguiendo a Roland Barthes, "prueba
una vez más la necesidad de distinguir el significado del referente." El desprestigio definitivo del
referente, que lo es a su vez de toda la literatura pretendidamente realista, lo analiza Proust de la siguiente
forma: "Indudablemente, los nombres son caprichosos dibujantes y nos ofrecen croquis de gentes y tierras tan
poco parecidos, que luego sentimos cierto estupor cuando tenemos delante en lugar del mundo imaginado el mundo
visible (el cual, por lo demás, tampoco es el mundo verdadero, porque nuestro sentidos no tienen el don
de adueñarse del parecido más desarrollado que la imaginación; tanto es así, que los
dibujos, aproximados por fin, que se pueden lograr de la realidad difieren del mundo visto en el mismo grado por
lo menos que éste difería del imaginado."
Por lo demás, el nombre que puede contener tantísimos semas es "catalizable", es decir,
estos semas pueden ir apareciendo y desapareciendo con el paso del tiempo; no son siempre fijos e idénticos
a sí mismos, sufren con rapidez decisivas mutaciones que el narrador debe ir descubriendo en su búsqueda
de los significados (aparte claro, que los nombres también se relacionan entre ellos y crean unas redes
en las que aparecen indirectamente nuevos semas fruto de esta movilidad espacial, efecto que podemos observar con
especial nitidez en la transmisión de títulos nobiliarios) . Tan fuerte es esta sensación
de inestabilidad que acompaña la circulación de los significados que se apoderan del nombre que el
narrador acaba por preguntarse si el nombre de duquesa de Guermantes no era un nombre colectivo, no sólo
"en la Historia, por la suma de todas las mujeres que lo habían llevado, sino a lo largo de mi corta
juventud, que había visto ya en esta sola duquesa de Guermantes superponerse tantas mujeres diferentes,
desapareciendo cada una de ellas cuando la siguiente había cobrado suficiente consistencia. Las palabras
no cambian de significación, durante siglos, tanto como cambian para nosotros los nombres en el espacio
de unos años." Con Balbec también le sucede al narrador algo parecido: "en cuanto entré
allí [es decir, cuando se abre simplemente un nueva perspectiva en el conocimiento del objeto, pues para
Proust la experiencia material de un objeto no implica un acercamiento a su naturaleza verdadera] ocurrió
como si hubiese entreabierto un nombre que había que tener herméticamente cerrado y como si, aprovechándose
del portillo por mi abierto, se hubiesen introducido en el interior de sus sílabas, irresistiblemente empujados
por una presión externa y una fuerza neumática, un tranvía, un café, la gente que pasaba
por la plaza, la sucursal del Banco, arrojando de aquel nombre todas las imágenes que hasta entonces contuviera."
Y ahondando en la idea ya expuesta que es el nombre la fuente primigenia del conocimiento, la que realmente determina
los cambios que se producen en la "realidad", la cual es el envoltorio formal que encierra la verdad
del nombre, al hablar del Swann de Combray al que ahora el narrador, unos años después, ha vuelto
a tratar, éste no puede dejar de constatar que está ante otra persona, no porque haya envejecido,
cosa que sería muy natural, sino porque "como las ideas con que yo entroncaba ahora su nombre eran
muy otras que aquellas que formaban la red donde antes se encerraba, y que ahora ya no utilizaba nunca cuando tenía
que pensar en él, se había convertido en un personaje nuevo." El nombre contiene pues una gran
riqueza de semas, de "escenas" que lo envuelven, surgidas de forma inconexa y discontinua pero que han
acabado por "federarse y formar así un pequeño relato, pues contar no es más que ligar
entre ellas por un proceso metonímico un número reducido de unidades plenas" (Barthes). El nombre,
a partir de este momento, no solamente "ocultará" varias escenas, sino que además se erigirá
en el instrumento poético que puede reunirlas en un mismo sintagma narrativo dentro de unas pocas sílabas;
considerada esta capacidad para almacenar infinidad de significados no es exagerado afirmar, como lo ha hecho Roland
Barthes, que "poéticamente, toda la Recherche ha salido de algunos nombres."
Sin embargo, los "semas" no equivalen exactamente al significado (concepto a medio camino entre el significante
y el referente) profundo de los nombres. Este significado, su "esencia", sólo puede revelarlo,
en última instancia, como ha señalado Deleuze, el Arte de Proust, que deducirá de cada signo
de la vida, signo material y por tanto inexplicable desde el momento en que está vacío de una realidad
espiritual, "una diferencia, la Diferencia última y absoluta". Para Deleuze esta diferencia es
el punto de vista que adopta el artista al expresar el mundo, mundo siempre diferente pues no existen dos artistas
iguales; pero este mundo evidentemente no existe fuera del sujeto que lo expresa (es sólo un punto de vista)
y lo que llamamos mundo exterior es para Deleuze una mera "proyección engañosa, el límite
que confiere uniformidad a todos estos mundos expresados". Pero el mundo expresado no se confunde con el sujeto,
se distingue de él (el punto de vista no tiene porque confundirse con el sujeto que en él se sitúa):
"No existe fuera del sujeto que lo expresa, pero está expresado como la esencia, no del sujeto, sino
del Ser, o de la región del Ser que se revela al sujeto. Por esto cada esencia es una patria, un país.
La esencia no se reduce a un estado psicológico, ni a una subjetividad psicológica, ni siquiera a
una forma cualquiera de una subjetividad superior. La esencia es la cualidad última en el corazón
del sujeto; pero esta cualidad es más profunda que el sujeto, de un orden distinto: Cualidad desconocida
de un mundo único" (Deleuze). En estas reflexiones está implícito todo el mecanismo poético
que opera en la Recherche. En efecto, en la génesis de la obra de Proust encontramos para la creación
literaria un sistema (esto es, una "poética") análogo al que explicó Kant en su
teoría del conocimiento. Para Kant, como para Proust, la sensación surgida de la percepción
de la realidad material del mundo no tiene en sí misma ningún valor en el orden del conocimiento,
de la "verdad" artística en el caso de Proust (vuelvo a preguntar, Àqué es, en realidad,
la duquesa de Guermantes?); para formar el verdadero conocimiento la sensación debe acoplarse (labor que
realiza la inteligencia) a los conceptos del entendimiento en Kant (los "semas" de los nombre proustianos)
con la ayuda de unas estructuras apriori, anteriores a la realidad material, que garantizan la objetividad del
conocimiento (de la "verdad" artística en Proust): los nombres, equivalentes poéticos de
las categorías kantianas. Cuando falte alguno de estos elementos desgraciadamente sólo podremos atisbar
algún tipo de conocimiento parcial, sesgado, que en ningún caso podrá revelar el verdadero
secreto del nombre, su esencia o diferencia última; éste es el caso de la etimología.
Esta disciplina, que ocupa no poco espacio en la Recherche y que está representada principalmente por el
académico Brichot, al que el narrador siempre escucha con fruición, podría considerarse como
una réplica menos evolucionada del arte proustiano; en efecto, la etimología, al igual que Proust,
se pregunta por los significados de los nombres, pero a diferencia de éste sólo los busca en la realidad
material del lugar (sea la historia, la geografía, el folklore...) sin tener en cuenta para nada la realidad
subjetiva, los "semas" más o menos imaginarios, más o menos arbitrarios que inevitablemente
se asocian a un nombre. En la etimología no se produce ese acoplamiento de las dos realidades, el contenido
derivado del estudio y observación de la realidad material permanece vacío, de tal manera que, si
procede, sus resultados podrán adquirir cierta relevancia en un ámbito de erudición lingüística,
cultural incluso, pero no podrán erigirse jamás en verdad poética. Pues la etimología,
al sustituir el verdadero misterio del nombre por el razonamiento, degrada al nombre de su condición de
signo complejo a la de mero índice, instrumento al alcance de todo el mundo que sirve para designar un espacio
geográfico delimitado: "Incluso antes de las estaciones mismas, ya sus nombres (que tanto me habían
hecho soñar desde el día en que los oyera, la primer noche que viajé con mi abuela) se habían
humanizado, habían perdido su singularidad [la "Diferencia última y absoluta" de Deleuze]
desde la noche en que Brichot, a ruego de Albertina, nos explicó circunstanciadamente las etimologías."
Otro tipo de investigación, relativa a la motivación del signo y que parece penetrar mejor en la
realidad profunda que se esconde bajo los nombres es la que busca en el nombre, en su significante, siguiendo una
tradición que se remonta al Crátilo de Platón, el fiel reflejo, la perfecta simulación
de la cosa representada y lo hace mediante la fonética simbólica cuando se trata de motivaciones
naturales, y de modelos fonéticos cuando las motivaciones del signo son "culturales". En el primer
caso nos encontramos con los herméticos (directamente emparentados con el soneto de las vocales de Rimbaud)
ejercicios en los que a partir de la fonética y la grafía de un nombre se pretende reconstituir su
significado esencial; ahora, todo lo contrario que la etimología, de puro subjetivismo poético nos
hallamos en el abismo de lo inefable, con una carga de significación en esencia incomunicable: "Bayeux,
tan alto, con su noble encaje rojizo, y la cima iluminada por el oro viejo de su última sílaba; Vitré,
cuyo acento agudo dibujaba rombos de negra madera en la vidriera antigua; el suave Lamballe, que en su blancura
tiene matices que van del amarillo de huevo al gris perla; (...) Lannion, silencio pueblerino, roto por el ruido
de la galera escoltada de moscas; Questambert, Pontorson, sencillotes y risibles, plumas blancas, picos amarillos,
diseminados en el camino de aquellas tierras fluviátiles y poéticas; Benodet, nombre aguantado por
una leve amarra que parece que se la va a llevar el río entre sus algas", etc. En el segundo caso,
el de las motivaciones culturales analizadas sobre la base de comparaciones de modelos morfemáticos, se
vuelve a olvidar el elemento subjetivo que debe unirse a la investigación puramente "material";
así, sólo podemos atisbar conclusiones generales del tipo que un nombre determinado remite a Francia,
o a una determinada provincia o, incluso, a una determinada posición social -llana o elevada-. Pero en ningún
caso nos acercamos a esa diferencia cualitativa última que es el misterio de todos los nombres.
Descubrir el modo cómo se pueden encontrar los significados últimos de los nombres, con ese acoplamiento
de inspiración kantiana de dos realidades -puntos de vista- completamente distintas con la participación
mediumínica del nombre, descubrir este sistema como lo descubre el narrador -lector también él,
aunque de su propia historia- a lo largo de la novela, es propiamente poder leer la Recherche : o sea, "poseer
las significaciones esenciales del libro, la armadura de sus signos, su sintaxis profunda". A partir de este
momento, leer el libro o narrarlo es comprenderlo en la totalidad de su esencia, es penetrar poco a poco en la
red de significaciones del nombre (cuya estructura coincide con la de la obra misma) y, porque no, formar parte
de ella, en implícito y quijotesco homenaje a todos esos seres, desde el niño que escribe en su cuaderno
mil veces el nombre de la chica que le gusta en lugar de buscar los medios para conquistarla, o el viajero que,
en lugar de emprender un viaje largamente acariciado, se conforma con leer en la guía de ferrocarriles los
nombres de las ciudades que quiere visitar1, o el amante del cine que ya no va a las proyecciones y sólo colecciona los carteles,
o el triste y apasionado lector de novelas, seres todos ellos para los cuales entre la realidad y su apariencia
siempre habrá un espacio para el sueño.
1
De hecho, viajar, según Proust, no consiste sino "en
hacer la diferencia que existe entre la partida y la llegada no todo lo insensible que nos sea dado, sino lo más
profunda que podamos; en sentir esa distinción en toda su totalidad, intacta, tal y como existía
en nuestro pensamiento cuando la imaginación nos llevaba del lugar habitado a la entraña del lugar
deseado de un salto milagroso, y milagroso no por franquear una gran distancia, sino porque unía dos individualidades
distintas de la tierra llevándonos de un nombre a otro nombre."
© Albert Serra
Juanola
Polítiques de la modernitat II
10/ IX/ 99
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