
El dandysmo de Baudelaire es
un tema fascinante. En primer lugar porque es el sello distintivo que recubre
toda su producción literaria, cual brillante y lujoso ropaje, y
que le confiere ese encanto tan especial, ese aroma etéreo , esa
ligereza aun con los temas más graves. Y, en segundo lugar, porque
el dandysmo representa un ideal de vida, que Baudelaire, para su desgracia,
intentó obstinadamente llevar a la práctica, lo que originó
no pocas contradicciones a su pensamiento y no menos inconvenientes a su
vida doméstica (esta confluencia entre el ideal i la realidad de
su vida ha sido tratada por Sartre en su tendencioso pero magnífico
libro sobre Baudelaire). Pero,¿cuáles son los ejes fundamentales
del dandysmo baudeleriano? y ¿qué implicaciones tiene para
su visión del mundo?
Dos son los conceptos fundamentales
en los que se basa toda filosofía del dandysmo, i en especial la
de Baudelaire pues representa la depuración ideológica de
todas las anteriores (de Byron a Barbey d’Aurebilly pasando por Stendhal
y Balzac): el artificio en el plano estético y la inutilidad
en el plano moral. Sobre estas dos ideas Baudelaire edificará
toda su obra; de ellas se derivan, por ejemplo, sus opiniones sobre la
moda, las drogas, la fotografía, el juego... Cierto que posteriormente
el dandysmo será revisitado por otros autores que intentaran ir
un poco más allá en la evolución de la filosofía
del dandy, pero no cualitativamente sino por el exceso; la novedad que
representa un Huysmans o un Raymond Rousell responde más bien a
una frenética exacerbación hasta el límite de la más
desatada locura de una cosmovisión que ya en Baudelaire había
recibido la máxima sofisticación ideológica.
Artificio e inutilidad en
el objeto, falsificación y actos gratuitos en el sujeto son las
dos caras de la misma moneda y la base de la filosofía baudeleriana.
El sujeto perfecto será, lógicamente, el dandy, que Baudelaire
convirtió en el símbolo vivo del Artista, un ser extravagante
y distinguido que fijará para siempre la tipología del artista
y de la star (no en vano una star del hollywood dorado declaraba:
"una star no puede ser como una persona normal porque entonces ya
no sería una star"); el objeto perfecto, por otra parte,
no puede ser otro que el Ideal, el objeto artificial e inútil por
excelencia, ese espacio mítico que Benjamin define como "fuerza
del recuerdo" en contraposición a la realidad física del
tiempo. Pero la forma de este Ideal puede adoptar en Baudelaire muchos
rostros, pues se trata de una abstracción polivalente: en su correspondencia
y en sus escritos íntimos, por ejemplo, Baudelaire habla incesantemente
de salvación, busca esta salvación aunque no sepa muy bien
de qué quiere salvarse, de manera que esta nueva forma del Ideal
en su progresiva descomposición (indefinición) se vuelve
cada vez más inútil y artificial. En su obstinada búsqueda
de este Ideal, con sus constantes y renovados propósitos de trabajo,
oración, sacrificio que aumentan con los años y a medida
que el Ideal se vuelve cada vez más abstracto e inaprensible, Baudelaire
parece el equivalente puramente poético de aquel otro famoso artista
que preguntado acerca de su asistencia a misa los domingos contestó:
"yo soy practicante ma non creyente". No debe extrañarnos,
por otra parte, que Baudelaire en su búsqueda de salvación
apele de forma constante a los viejos valores, a cual más reaccionario,
"aquel perverso adopta de una vez por todas la moral más vulgar
y rigurosa" en palabras de Sartre, remitiéndose a un mundo ya desaparecido
para siempre con la revolución francesa; el mundo de un Joseph de
Maistre (el escritor favorito de Baudelaire) que postulaba la ciega obediencia
al Papa y a los reyes como representantes, espiritual y mundano, de Dios
en la tierra. Baudelaire, en su indiferencia radical hacia todo lo que
le rodea, se aferra al territorio mítico del mundo aristocrático,
"no hay gobierno razonable y firme como el aristocrático", confundido
con artificiosa ingenuidad con cierta aristocracia del espíritu.
Es en este mundo establecido agonizante, parcialmente envilecido aunque
todavía no derrotado por la democracia, donde el dandy puede afirmar
su singularidad. El dandy, sin embargo, no quiere cambiar el mundo, no
busca la superación hacia el porvenir, hacia un nuevo orden de valores
(el acto revolucionario es demasiado útil y embrutecedor); el dandy,
en realidad, se ocupa de mantener intactos los abusos que padece con los
valores establecidos para poder rebelarse contra ellos, sin la esperanza
real de destruirlos o superarlos, en un círculo vicioso estéril
y gratuito: "el dandysmo es el último destello del heroísmo
en las decadencias". El dandy no puede querer cambiar nada porque no cree
en nada, y por tanto no tiene ninguna ambición: "en mi no hay base
para una convicción", nos dice Baudelaire.
Ideológicamente el
dandysmo es una filosofía basada en el artificio y la inutilidad.
En cuanto a su caracterización superficial el dandysmo es, por encima
de todo, un culto del yo. Se trata de un desdoblamiento gracias al cual
el dandy se transforma a sí mismo en objeto; esto significa que
el dandy (Baudelaire) realiza un constante trabajo sobre su yo, una manipulación
caprichosa y fabuladora, tanto en el plano físico como en el plano
espiritual. Pero es un trabajo sin frutos, un trabajo que no conduce a
ninguna parte, o mejor dicho, que le devuelve siempre al mismo punto de
partida, la pura y simple afirmación del yo: en palabras de Baudelaire,
el dandysmo es "una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir
a la búsqueda de la felicidad que se descubre en los demás,
por ejemplo en la mujer, y que hasta puede sobrevivir a todo lo que se
suele denominar como ilusiones." En este sentido, en lo que tiene de eterno
retorno, el dandysmo es, como no dejó de insistir el propio Baudelaire,
un ceremonial, en el que el dandy es su sacerdote y su víctima.
"El dandy no hace nada", sentencia Baudelaire, o al menos no hace nada
productivo, excepto trabajar sobre sí mismo. Pero, ¿en qué
consiste este trabajo?
En el plano físico
el trabajo consistirá en crearse una originalidad a través
de una toilette impecable de refinamientos extremadamente rebuscados o
de una simplicidad glacial; pero esta inmoderada afición a la elegancia
material en el dandy, advierte Baudelaire, no es "más que un símbolo
de la aristocrática superioridad de su espíritu". En su pasión
por la superficie de los objetos, siempre y cuando ésta sea un disfraz
que falsifique lo que hay debajo, el dandy se convierte a sí mismo
en un objeto, en una cosa , se construye, se decora, se ornamenta
y se comporta como tal: adopta "un porte escultórico, de muñeco
mecánico", y una actitud distante e indiferente a todo, de resonancias
estoicas y senequistas. Pero no debemos confundirnos, ya que "para quienes
son a la vez sus sacerdotes y sus víctimas, las complicadas condiciones
materiales a las que se someten, desde la toilette irreprochable a cualquier
hora del día y de la noche hasta los lances más peligrosos
del deporte, no son en realidad más que una gimnasia apropiada para
fortificar la voluntad y para disciplinar el alma." (¿Con qué
objetivo? Evidentemente ninguno.) De ahí la fascinación de
Baudelaire, tantas veces repetida, hacia el militar y su porte bizarro,
varonil: "El militar, ser acostumbrado a las sorpresas, se sorprende difícilmente.
Así pues, el signo particular de la belleza será aquí
una especie de indolencia marcial, una mezcla singular de placidez y de
audacia: es una belleza que se deriva de la necesidad de estar dispuesto
para morir en cada instante." El dandy es, en definitiva, "el placer de
sorprender y la satisfacción orgullosa de no ser sorprendido jamás",
el placer de ser el objeto más cool de la ciudad. Si en su
estética literaria Baudelaire proponía la desaparición
del yo en el poema, es decir, la sustitución de la presencia personal
del autor por la pura lógica interna de la obra regida según
su ley compositiva (a partir de Baudelaire la poesía ya no hablará
más del poeta sino de la Poesía misma), ¿cómo
no ver en la desaparición de la persona física del dandy
bajo esa obra de arte que es su propio cuerpo trajeado un equivalente simbólico
de esta estética?
Respecto al trabajo sobre
su yo psíquico, no cabe decir más que el dandy sólo
busca la completa y perfecta posesión de sí mismo. Baudelaire,
nacido en una época marcada por el pensamiento determinista y positivista,
"tuvo la intuición de que la vida espiritual no se nos da, sino
que hay que construirla" (Sartre), y que el hombre sólo es él
mismo en el punto extremo de máxima tensión entre el bien
y el mal. La fascinación de Baudelaire por el tema del pecado original
y de la redención por el trabajo, el sacrificio y la oración,
así como su horror hacia faltas como la apatía, la dejadez,
la relajación de las costumbres... deben circunscribirse dentro
de esta búsqueda activa de posesión de su propio yo (para
la cual las drogas, el juego y las prostitutas le ofrecerán inmejorables
ocasiones de profundizar). Y ésta es una búsqueda que no
admite descanso; el dandy es un ser en eterna vigilancia, necesita todas
las horas del día y todos los días del año para no
hacer nada, para no distraerse en algo que podría sacarle de su
propio yo. Es la moral de la no-realización, de la insatisfacción
permanente, ya que el no hacer nada no tiene final posible, es un continuo
derroche sin fin. En este punto de vacío absoluto, sin embargo,
la lucidez se agudiza hasta el delirio. Así, el acto sexual le producirá
a Baudelaire horror y asco infinitos porque "copular es aspirar a entrar
en otro, y el artista no sale jamás de sí mismo"; o justificará
los exagerados precios que paga el dandy por un objeto lujoso, diciendo
que éstos no valoran el objeto sino el capricho del que lo compra.
Conclusiones lógicas para aquél que trabaja sin desmayo su
carácter, llevado por la "inamovible resolución de no dejarse
conmover." En este sentido, nada más apropiado para un enfermo de
spleen, o más baudeleriano, que tener ya todas las ideas
perfectamente elaboradas a los veintitrés años (y ser consciente,
además, de su perfección y de la imposibilidad de cualquier
progreso futuro) como, nos dice Sartre, le sucedió a Baudelaire.
Como acabado arquetipo del dandy la existencia de Baudelaire es una de
las más estancadas que pueda concebirse: literariamente, en La
Fanfarlo, obra de su primera juventud, ya está todo, las ideas
y el estilo que después no dejará de remedar, a juicio de
mucho críticos, con peor fortuna. Y en su correspondencia no paramos
de ver repetidas siempre "las mismas querellas con su madre, las mismas
quejas, los mismos juramentos; siempre las mismas luchas con sus acreedores;
siempre las mismas discusiones por dinero con Ancelle; incurre siempre
en las mismas faltas que le llevan siempre a las mismas condenas; en el
seno de la desesperación lo iluminan siempre las mismas esperanzas"
(Sartre): Baudelaire o el hombre siempre solo con su propio yo.
Hemos visto como los actos
gratuitos y la falsificación eran los dos ejes fundamentales sobres
los que descansaba toda la filosofía del dandy de Baudelaire, hasta
el punto de convertirse en el "hombre sin immediatez". El implícito
odio hacia todo lo natural que conlleva esta concepción es una constante
en toda su obra; y la mujer (o mejor, la psicología de la mujer,
pues en otra parte, en el "Elogio del maquillaje", alaba el talento de
ésta para ornamentarse) se convierte en el blanco de todos sus ataques
hacia la vulgar naturalidad (extensible además a todo lo que tiene
que ver con la naturaleza): "La mujer es lo contrario del Dandy. Así
pues, debe provocar horror. La mujer tiene hambre y quiere comer. Tiene
sed y quiere beber. Está en celo y quiere copular. Vaya mérito!
La mujer es natural, es decir, abominable. También esto es siempre
vulgar, es decir, lo contrario del Dandy." Así como la mujer representa
la naturalidad, el dandy (él) representa todo lo contrario: "Hombre
de muy honrada cuna y un tanto bribón por pasatiempo -comediante
por temperamento-, representaba para sí mismo y a puerta cerrada
incomparables tragedias o, mejor dicho, tragicomedias. Si se sentía
algo alegre y excitado, tenía que comprobarlo y nuestro hombre se
ejercitaba en reír a carcajadas. Si una lágrima le brotaba
del rabillo del ojo por cualquier recuerdo, iba al espejo para verse llorar",
confiesa en La fanfarlo ; y en
Mi corazón al desnudo
leemos: "El gusto precoz por las mujeres. Yo confundía el olor del
abrigo de piel con el olor de la mujer. Recuerdo... En fin, amaba a mi
madre por su elegancia. Era, pues, un dandy precoz." Baudelaire introduce
aquí un tema, la moda, muy afín a la ideología del
dandy, por los motivos que ya conocemos (es algo artificioso e inútil),
y muy relacionado con otro tema al que dedicó todo un libro y con
el que tiene no pocas cosas en común, las drogas.
En efecto, ¿no podríamos
considerar la moda y las drogas como trasuntos, realizaciones más
o menos concretas del aquel Ideal, abstracto e inalcanzable, quintaesencia
del objeto del deseo del dandy? ¿No son ambos algo artificial e
inútil? La inutilidad de estos objetos está claramente relacionada
con aquel estado de ánimo, retratado con precisión por Benjamin,
del jugador (y del obrero asalariado) que no puede atesorar experiencia
y que se encuentra permanentemente en el vacío ante la imposibilidad
de poder concluir. El dandy, que rechaza cualquier actividad y en especial
las que implican cierto progreso productivo, se aferra a la moda y las
drogas como estados en esencia transitorios y forzosamente reversibles.
El "hecho de comenzar siempre de nuevo es la idea reguladora del juego
(como del trabajo asalariado)" y lo es también de la moda, que se
caracteriza precisamente por imponer un estilo nuevo que rompe siempre
con el anterior, del que no puede ser nunca una evolución sin arriesgarse
a convertirse en clásico, cosa que el dandy aborrece por encima
de todo por ir en contra de la imperativa obligación de ser moderno.
Los baudelerianos "paraísos artificiales", que no por casualidad
se llaman así, acusan también esta imposibilidad de acumular
experiencia; Félix de Azúa lo define de forma magistral como
un "estado intermitente: obliga a regresar. Satanás, o la transgresión
permitida sólo con el fin de demostrar su imposibilidad, devuelve
siempre a la posición de salida, con una huella (remordimiento,
resaca, castigo, o, simplemente, sed) que mantenga la presencia del viaje
en la tierra como lo permanentemente imposible." De forma análoga,
Baudelaire, en el famoso poema "A une passante", celebra la "Belleza fugitiva"
de una mujer con la que se cruza en una calle de la gran ciudad (el dandy
es, efectivamente, esencialmente urbano; a los originales de un pueblo
se los tiene por personajes pintorescos o por xiflados), y poetiza precisamente
el hecho de desvanecerse en un instante, de ser solamente una visión
fugaz ("relámpago") que de nada sirve pues en seguida (ahora ya
está "muy lejos de aquí") nos devuelve al sofocante estado
pretérito colmado de spleen. La continua presencia de estos
dos temas en la obra de Baudelaire nos da una idea de su capital importancia
(en especial, la moda) para entender la figura del dandy, el ser al que
"el cuadro de la vida externa le embargaba de respeto y se apoderaba de
su cerebro: la forma le obsesionaba y le poseía, la predestinación
asomaba apenas precozmente, y la condenación quedaba ya de
alguna manera consumada." Para Baudelaire las formas obsesionan tanto al
dandy porque, al ser un efluvio de lo espiritual, siempre representan a
este fondo espiritual del que derivan (por este motivo, "todas las modas
son encantadoras"); es decir, se da la paradoja que la moda contiene lo
poético y eterno en lo transitorio, y no duda en afirmar que la
moda representa para el artista moderno (dandy) lo que la religión
para el artista hierático de la Edad Media: la belleza eterna sólo
podrá maniferstarse bajo el permiso y las reglas de la moda o el
traje visto como la puerta de acceso hacia el yo personal. El mismo criterio
de artificiosidad, una vez más, le servirá a Baudelaire para
condenar la fotografía, disciplina de invención reciente.
Ésta, convertida en vehículo de la constante disponibilidad
del recuerdo voluntario, "discursivo" (Benjamin), reduce drásticamente
el ámbito de la fantasía, ofreciendo de forma inmediata y
plana, aquello que el artificio de la memoria involuntaria (la visión
artística en Proust) nos devolvería enriquecido con todas
las representaciones subjetivas (experiencia) que "tienden a agruparse
en torno" al objeto. Una vez más, Baudelaire prefiere el objeto
artificial, es decir, modificado por "el velo delicado que el amor y la
devoción" de los admiradores que han posado sus miradas sobre él
y de las que el objeto, sin duda, algo conserva; la fotografía,
en cambio, recupera un objeto natural, que no ha sido moldeado por la experiencia.
Lo natural, en Baudelaire, pertenece siempre al vulgar mundo de las necesidades,
de lo útil, un mundo por completo ajeno al dandy, cultivador del
diletantismo y la pereza, aficionado al lujo y la moda, a la pompa de
la vida, por pertenecer al mundo del placer.
El dandy es para Baudelaire
el artista más puro porque no corrompe su Arte con una obra, porque
víctima de "la necessidad, tan infrecuente hoy en dia, de combatir
y destruir la trivialidad" no sale jamás de su yo, lujosa estancia
donde sólo reina su aristocràtica superioridad moral bajo
la grave aspiración, escrita en letras de oro en el frontispicio
de su alma, de ser "ininterrumpidamente sublime." El barón de Charlus,
Des Esseintes, Marcel Duchamp, Salvador Dalí, Andy Warhol..., han
sido diferentes formas de buscar la realización de este mismo ideal:
el Dandy o el Arte encarnado.