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Que
la Iglesia entre en ti.
Una mujer
creyente le decía continuamente a su hijo: "No basta que
vayas a la Iglesia, sino que la Iglesia entre en ti"
Aquella mujer
tenía toda la razón. Muchas veces, la aparente práctica
religiosa es fría y no sale de los límites del cumplimiento.
Son ritos vacíos que no arañan ni tan siquiera un trozo de
conversión en nuestro interior.
Jesús de
Nazaret lanzó grandes ataques contra esas posturas farisaicas
y faltas de interioridad. Él decía palabras tan fuertes como
éstas: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas,
que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y
descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la
misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar,
aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el
mosquito y os tragáis el camello!" (Mt 23, 23-24).
¡Por favor,
que la Iglesia entre en ti y puedas vivir el evangelio en toda
su densidad!
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El
valor de la mujer.
El Papa Pablo VI en la
clausura del Concilio Vaticano II lanzó un maravilloso
mensaje a las mujeres, que aún conserva toda su fuerza:
"La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de
haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho
resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la
diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el
hombre.
Pero llega la hora, ha
llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en
plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una
influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.
Vosotras, las mujeres, tenéis
siempre como misión la guarda del hogar, el amor a las
fuentes de la vida, el sentido de la cuna... Reconciliad a los
hombres con la vida...
Mujeres del universo todo,
cristianas o no creyentes, a quienes os está confiada la vida
en este momento tan grave de la historia, a vosotras toca
salvar la paz del mundo"
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