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Siguiendo a los primeros Padres de la Orden, vemos en la Regla de San Benito la interpretación concreta del Evangelio para nosotros. Impregnada del sentimiento de la trascendencia divina y de la soberanía de Cristo, que es el alma de toda la Regla, nuestra vida está enteramente orientada hacia la experiencia del Dios vivo. Llamados por Dios, le respondemos buscándole verdaderamente en el seguimiento de Cristo, por la humildad y la obediencia. Purificado el corazón por su Palabra, por las vigilias, los ayunos y por una incesante conversión de vida, nos preparamos para recibir la oración pura y continua. Esta búsqueda de Dios anima toda nuestra jornada, que se distribuye entre el Opus Dei, la Lectio divina y el trabajo manual. La tónica general de nuestra vida cisterciense es la sencillez y la austeridad, verdaderamente pobre y penitente, en el gozo del Espíritu Santo. Mediante la hospitalidad puede la comunidad compartir con los demás el fruto de su contemplación y de su trabajo. Pretendemos vivir buscando a Dios bajo una Regla y un Abad, en una comunidad de caridad plenamente responsable, en la que nos incardinamos por la estabilidad. La comunidad vive en un clima de silencio y de separación del mundo que favorece y expresa su apertura a Dios en la contemplación, a ejemplo de María, que guardaba y consideraba en su corazón los misterios. A través de nuestra vida entera deseamos responsabilizarnos con la misión que la Iglesia nos confía: dar claramente testimonio de la mansión que espera todo hombre en los cielos y mantener vivo en medio de la familia humana el deseo de esta mansión..., rindiendo testimonio a la majestad y al amor de Dios y también a la fraternidad de todos los hombres en Cristo. (Capítulo General 1.969)
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