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Valladolid,
1887 - Barcelona, 1980. Bailaor y bailarín.
Escudero Urive, Vicente. Uno de los bailarines más representativos
de su generación. Restableció la pureza y la dignidad del flamenco
gracias a la dedicación de toda su vida a ese tipo de danza.
El
universal vallisoletano, coreógrafo, bailador-bailarín e ilustre
Vicente Escudero Urive, genio de la danza española, nace el 27
de octubre de 1888 en la calle Tudela, número 19, distrito de
Cervantes, barrio de San Juan, fruto del matrimonio entre Petra
y Lorenzo, castellanos, como así mismo los abuelos, familia que
en nada tiene que ver con la etnia gitana.
Su infancia transcurrió entre los gitanos. Los primeros "redobles"
producidos por sus pies los hizo en las tapaderas de las bocas
de riego de su ciudad natal, tomando tal afición a ese ejercicio
que se pasaba el día corriendo de una a otra tapa para comprobar
los distintos sonidos. "En todas era diferente, y por eso
las prefería al suelo que no sonaba o a las maderas de las mesas
que tenían una vibración más opaca". Afición que confiesa
le produjo muchos disgustos, y a su padre el tener que pagar algunas
multas, ya que sus taconazos eran tan fuertes que las tapas se
rompían. La vigilancia de los municipales sobre él se hizo tan
estrecha que hubo de buscar otros "tablados". Así dio
con el tronco de un árbol derribado sobre el río Esgueva, en el
que comenzó a ensayar sus zapateos. "Allí tenía que luchar
no sólo con la dificultad del sonido, mucho más apagado que en
las chapas, sino también con el equilibrio, lo cual era para mí
un nuevo aliciente, que me costó más de un chapuzón". A los
diez años ya se ganaba el sustento con su arte, bailando por pueblos
y ferias de toda España. Trabajó como tipógrafo, pero en dos meses
pasó por tres imprentas: "El ritmo de las máquinas me gustaba,
éstas tenían un estribo de madera y yo bailaba en él, daba vueltas,
y mientras daba vueltas se me olvidaba meter el papel y se organizaba
un laberinto de miedo".
Después decidió ya dedicarse al baile, contra los deseos de su
padre, haciendo sus primeras escapadas por los pueblos de la provincia
para actuar en plazas y cafés durante las fiestas. Viajaba frecuentemente
con torerillos, y quizás de esta convivencia con ellos le surgió
su afición a la fiesta nacional. "Bailaba un baile que llamaba
el tren por habérmelo inspirado, en mis constantes viajes de polizón,
el ruido que producían las ruedas según iba variando la velocidad
en las curvas y rectas del trayecto, sobre los rieles. A las gentes
de los pueblos les entusiasmaba, sobre todo cuando reproducía
con los pies las entradas y salidas en las estaciones. Arrancaba
de un pianísimo y matizando en crescendo la velocidad, alcanzaba
el máximo". Escudero narra las fatigas que pasó en esos sus
primeros tiempos de bailaor, las dificultades que tuvo con los
guitarristas porque
al
principio él no sabía bailar a compás. Así hasta los diecisiete
años, en que ya con pretensiones de contratarse en un café cantante
se hizo su primer traje corto completo. El sastre le dijo que
había oído hablar de él, "de uno que baila por los pueblos
que está como las gaviotas, que parece un palo bailando, y que
no hay guitarrista que te pueda seguir, porque tan pronto corres
como un tren, como te paras, cortándoles todas las falsetas y
haciéndoles un verdadero churro". A lo que Escudero le contestó:
"Al que se lo diga, le dice usted que yo prefiero estar loco
que idiota, y a los guitarristas, que a mí no me gustan los cementerios.
Sí, señor; porque tocan a muerto y a un loco no se le puede tocar
así. Y puede añadirles, para que se enteren de una vez, que yo
no les necesito para nada, como ya lo tengo demostrado muchas
veces. Pues lo mismo bailo con guitarra que sin ella, al son del
frote de dos piñas, al rugido de los leones, al compás del martillo
de un zapatero remendón y mejor todavía con los ruidos de una
herrería. Y cuando no, me 'formo' yo mi ruido, con los pies, las
manos, las uñas, la nariz, la boca y con todo lo que encuentre
a mano".
Estuvo en perenne rebeldía contra los bailaores que bailaban siempre
al mismo toque rutinario, sin ninguna capacidad de improvisación:
"El que baile sabiendo anticipadamente lo que va a hacer,
está más muerto que vivo". Y decía a veces -se lo dijo a
Carmen Amaya-, que "había aprendido
a bailar de los gatos y mirando moverse las hojas de los árboles".
Consiguió entrar en el Café de la Marina, pero duró tres días
aunque su baile gustó al público. Y es que sus compañeros exigieron
el despido, amenazando con irse todos si no se hacía así; alegaban
que al lado del vallisoletano no se podía tocar, ni bailar, porque
quería estar todo el tiempo batiendo palmas y como no sabía estropeaba
la fiesta. "En realidad tenían razón, ya que entonces se
llevaba un ritmo medido y cualquier variación en el sonido de
las palmas o el compás desorientaba a todo el mundo". Así
fue Vicente Escudero dando tumbos de un lado a otro por aquellos
tiempos, hasta caer en el Café Las Columnas, de Bilbao, donde
encontró al gran Antonio de Bilbao, "una
persona sincera y buena que no tenía inconveniente en enseñar
los secretos del flamenco, cuando veía en un muchacho afición
y facultades". Pero el trabajo en los cafés tampoco acabó
de gustarle, con sus clientes juerguistas, y decidió cambiar de
aires. Arregló una farruca y un tanguillo cómico y recorrió España
actuando en los cinematógrafos de reciente invención, es decir
las barracas donde se proyectaban películas y en las que se daban
unos fines de fiesta en que actuaban algunos artistas en vivo.
El siguiente paso fue el extranjero. Lisboa primero, y después,
aunque siempre había actuado en público en su país natal, en 1920
hizo su presentación oficial en Francia con
Carmita García, quien sería su pareja sentimental y artística
hasta que murió, en el teatro Olimpia de París. Allí tuvo gran
éxito y se quedó largo tiempo, viéndose en la necesidad de ampliar
su repertorio; fue cuando comenzó a introducir los bailes clásicos
españoles. Más tarde, en 1924, presentaba en el Teatro Fortuny
de París una compañía de ballet, la primera netamente española.
Aquel mismo año Escudero abrió en la capital francesa un estudio
de bailes españoles, que pronto se vio desbordado de alumnos.
Era famoso, y en
1925 había llevado a cabo su triunfal aparición en el papel de
Carmelo con su compatriota La
Argentina (Antonia
Mercé), una bailarina cuya destreza igualaba y complementaba la
suya, en el ballet El amor brujo de Manuel
de Falla en
el Teatro Trianon-Lyrique de París.
En 1930 estaba metido hasta el cuello en el vanguardismo y el
surrealismo que dominaban el mundo artístico de París. Escudero
ha explicado cómo esa inquietud por no seguir los caminos trillados
estaba ya en él antes, en su rebeldía intuitiva que le hacía presentir
la existencia de algo más importante, en el baile, que la perfección
mecánica de los pasos. Y decía a sus compañeros: "Yo no quiero
seguir vuestra música ratonera como un perrito. Prefiero bailar
con el ruido del viento". Le contestaban que no sabía lo
que hacía, y él contestaba que estaba muy contento de ello, "porque
el día que lo sepa me pondré muy triste por haberme vuelto máquina".
Contagiado por el ambiente en que se movía, el bailaor comenzó
a hacer sus primeros dibujos. Y en seguida pintaba los bailes
antes de bailarlos. A partir del momento en que Escudero descubrió
el mundo del arte más adelantado de su tiempo, su baile estuvo
decisivamente influido por él. Lo señala, entre otros, Vicente
Marrero: "Desde sus primeros tiempos en París, sufrió, a
todas luces, la influencia cubista del más castizo cuño español,
influencia que encaja bien con su figura netamente castellana,
varonil y seca, porque todo son rectas en el más agudo e inteligente
de nuestros bailadores: rectas, su baile; recta su figura".
Él mismo dejó páginas sumamente interesantes sobre cómo sintió
ese proceso: "Fue entonces cuando descubrí el barrio de Montparnasse
y empecé a frecuentar sus cafés: La Rotonda, Closerie des Liles
y el Daume. Me impresionaban los cuadros de todas las tendencias
y de toda clase de valores que decoraban sus paredes, y de entre
ellos empecé a fijarme en aquellos que no comprendía y en los
que no veía claro. Sobre todo los que tenían influencias cubistas,
fuesen malos o buenos; los demás, en cuanto descubría el asunto,
ni los miraba. Pronto se dieron cuenta de mi inquietud y mi interés
un grupo de pintores españoles que podríamos llamar discípulos
de Picasso, por estar muy influidos por la obra de este pintor,
y me admitieron en su tertulia. Era quizá el momento más interesante
de la época moderna en lo que se refiere a las artes plásticas.
El cubismo, el dadaísmo y el surrealismo se disputaban la supremacía
artística con una fuerza y un afán de buscar el más allá, que
daba gusto vivir. Empecé a abandonar mis contratos para poder
asistir a sus peñas. Alquilé en el último piso de un caserón de
Montmartre, en el número 12 de la calle de Víctor Masse -donde
antiguamente estuvo situado el cabaret "Gato Negro"-
unas habitaciones destartaladas, en las que, con la única compañía
de mi madre, empecé a vivir una vida de auténtico bohemio local.
Y solamente cuando ni "Muso" (gato que llegó a ser conocido
por todos los artistas plásticos de París) ni nosotros teníamos
nada que llevarnos a la boca, buscaba un contrato para poder ir
tirando. Así viví tres años en aquel ambiente de arte puro, en
el que conocí a Metzinger quien, al mismo tiempo que Picasso,
presentaba en París las primeras manifestaciones del cubismo.
También traté a Fernand Leger, Juan Gris y otros pintores de esta
tendencia. Más iniciado ya en los secretos de la pintura, trataba
de traducir su emoción en mis bailes. Del cubismo me interesaba
sobre todo la coincidencia con una gran preocupación mía: conseguir
el equilibrio estético entre cada una de mis actitudes con una
total despreocupación por todo lo que perciben y deforman directamente
los sentidos.
Con un amigo, alquilé un minúsculo teatro que había pertenecido
a la gran actriz francesa Emilianne d'Alençon, al que denominamos
teatro Curva. Nunca en mi vida he bailado tan a gusto, ni he conseguido
comunicar tanta emoción a mis bailes como en este escenario. En
aquella sala tan mínima, que nunca conseguimos llenar, sentía
la impresión de bailar para mí solo, o mejor aún, aunque parezca
pretencioso, para toda la humanidad presente y futura. Creaba
mi propio ritmo y sentía el placer de dominar y someter la música
escrita a mi capricho, demostrando que el baile es anterior a
ella como forma de expresión artística. Interpretaba una farruca
geométrica y en ella dejaba resbalar las notas musicales a través
de cada actitud, hasta que a mi antojo reanudaba de nuevo el movimiento
entrando otra vez en el ritmo musical con que sin yo buscarle
siempre me encontraba. A pesar de mi cerebral preocupación por
la línea, toda mi actuación era espontánea, sin ningún trabajo
anterior de laboratorio y, por tanto, llena de vida, siempre interpretando
sin eludirlas las normas flamencas. Como no iban a verme más que
los que se interesaban por el arte avanzado, que por desgracia
eran entonces muy pocos, mi socio y yo perdimos los pocos francos
que
teníamos y tuvimos que apagar las velas (...) El fracaso
de público lo consideré un éxito e íntimamente me alegré, pues
pensé que si hubiera venido mucha gente hubiera sido la prueba
de que no valía nada lo que hacíamos. La calidad de los artistas
que acudían me dio ánimos para mirar más largo y más hondo, y
fue entonces cuando empecé a simpatizar con el movimiento surrealista.
Conocí a Louis Aragón, André Bretón, Eluard, Buñuel, el fotógrafo
Man Ray y el pintor Joan Miró con quien
me une una muy sincera y fiel amistad y cuya pintura influyó también
grandemente en mi baile. Admiraba en él la pureza de líneas, su
ritmo sin música y la libertad del sujeto sin intención de hacer
gracia.
La pintura surrealista fue la que me inspiró bailar arquitectónicamente.
Veía en ella en unos momentos solidez, y en otros una sutileza
que, sin embargo, estaba muy lejos de la blandura. Acepté la consigna
surrealista: la habilidad artística se parece a una mascarada
que compromete la dignidad humana. Desde entonces yo bailo con
el corazón y sigo sus dictados tenga o no razón, pues pienso que
en arte es preciso decir algo sin que las palabras tengan arrugas
(...) Durante mi fiebre pictórica estaba tan influido por todas
las teorías nuevas que me pasaba las noches sin dormir, y cuando
lo hacía mis sueños estaban también sugestionados por ellas. Así
una noche soñé que bailaba con el ruido de dos motores y al poco
tiempo lo convertí en realidad, llevándolo a la escena de la sala
Pleyel, de París, en un concierto en el que presenté un baile
flamenco-gitano, con el acompañamiento de dos dinamos de diferente
intensidad. Yo, a fuerza de quebrar la línea recta que producía
el sonido eléctrico, compuse la combinación rítmico-plástica que
me había propuesto por voluntad, y que para mí representaba la
lucha del hombre y la máquina, de la improvisación y la técnica
mecánica. En parte del público esta demostración causó gran desconcierto.
No se daban cuenta de que el baile era el mismo que tanto me habían
aplaudido otras veces, pero realizado con una mayor belleza estética,
conseguida precisamente por la libertad con que podía desenvolver
mis movimientos y mis impulsos".
Siguió un largo periodo de giras que afianzó su fama. Empezó a
alcanzar el nivel de estrella, bailando con la bailarina rusa
Anna Pavlova
en 1931.
Hurok, el empresario que llevó a Escudero a Estados Unidos en
1932, le describe "pequeño, tieso como un alambre, de cutis
moreno y nariz aguileña". Llegó a Nueva York acompañado de
su pianista, su guitarrista y dos jóvenes gitanas. Una de ellas
Carmita García, su pareja durante tantos años. Instalados junto
a su compañía en el decoroso Hotel Barbizon-Plaza, al cabo de
una hora las habitaciones daban la sensación de un campo de batalla.
"Escudero tenía hambre y pidió algo que comer. Cuando se
le sirvió la comida, se sentó a la mesa, pero desdeñó el cuchillo,
el tenedor y la servilleta, sirviéndose de sus dedos de una manera
rápida y eficiente. A la misma hora, Carmita iba de un sitio para
otro, desenvolviendo los paquetes. Su sistema era colocarlo todo
fuera de las maletas y echarlo sobre la cama, las sillas y, a
menudo, sobre el suelo. Medias y faldas, de cualquier modo, sobre
la mesa, mezclándose con la comida de Escudero. A él no le importaba
(...) Su conversación era una especie de fantásticas referencias
de tipo más o menos erótico, combinadas con alusiones a una variedad
de incestuosas relaciones". A Hurok se le ocurrió dejar su
sombrero sobre la cama y Escudero, que andaba por el cuarto con
un pollo asado en una mano, lo cogió y lo tiró al suelo, "profiriendo
las más horrendas predicciones de muerte próxima como una conclusión
de mi ignorancia". Pese a tales comportamientos, Hurok confiesa
que Escudero
fue uno de los artistas más firmes y de confianza que había dirigido;
él y su gente eran una tropa disciplinada, el telón se levantaba
siempre a su hora y las representaciones seguían el curso previsto.
Ante las candilejas, Vicente Escudero se electrizaba. "El
atractivo máximo de esta función fue su farruca (...) Bailaba
a los acordes nasales de una simple guitarra, y ello representaba
algo furiosamente felino, algo de la ferocidad de un animal no
civilizado mantenido a raya por la exacta perfección de su estilo.
Cuando Escudero bailaba su farruca, no había ningún ojo en el
público que no devorase su hercúlea figura en sus pantalones de
piel fina, siguiéndole en sus movimientos con la delicadeza de
un gato cuando se encoge, cuando se estira y se inclina hasta
el suelo y se incorpora de nuevo con rapidez que a uno le suspende
el aliento en la garganta, o incluso cuando se pone en pie sin
vacilación en menos de un segundo de tiempo". Escudero pocas
veces perdía el control sobre sí mismo, pero ocurría a veces debido
a su superstición, y Hurok narra un episodio con un electricista
que puso una escalera en el espacio donde él estaba paseando en
el escenario antes de la representación. Su creación del baile
por siguiriyas provocó ásperas controversias. Tuvo sus detractores,
pero también partidarios incondicionales de lo que fue una verdadera
gesta artística. Su sequedad sarmentosa, ese ascetismo incluso
físico que no se ha dado seguramente en ningún otro bailaor, fue
en seguida señalado por quienes gustaron de su arte. Escribía
su paisano Francisco Javier Martín Abril: "Salía al escenario
y todo se ordenaba. Se elevaba señero. Fuste, columna, llama.
Alambre de oro esbelto y elocuente. Y sus gestos viriles. Y sus
manos palomas. Y sus pasos precisos, contados y cantados".
El músico Xavier Montsalvatge lo veía "seco como una astilla,
cortante el perfil, afilada la nariz, la punta de los dedos cuyas
uñas triscaba haciéndolas sonar como diminutas castañuelas, contraídos
los finos labios de los que se escapaban de vez en cuando extraños
chiflidos que emitía con un rictus de violencia contenida todo
él vibrante y tenso como una lámina de acero".
Caballero Bonald, por fin, se equivocaba al considerar gitano
a Escudero, pero no en los conceptos sobre su baile: "Sus
zapateados, sus largas, angustiosas alegrías, sus dramáticas invenciones
de seguiriyas, son un ejemplo de justeza en el ritmo, de libre
y luchadora intensidad en el gesto y en el sentido.
Las manos giran de dentro afuera, como es de ley. Y todo el
cuerpo -todo el estilo- de este gitano de Castilla, ofrece en
cada ademán la más desnuda y vieja significación jonda".
El 21 de marzo de 1935 en el Radio City Music Hall de Nueva York,
interpretó nuevamente el papel de Carmelo con La
Argentina (Antonia Mercé), en el ballet El amor brujo de Manuel
de Falla.
La década de los 40 fue probablemente la del mayor apogeo artístico
de Vicente Escudero, en España y en todas partes; Extracto de
un artículo de prensa de 1942: "Este año, Vicente Escudero
ha cumplido 50 años, la mayoría de los cuales ha estado consagrado
a una actividad: el baile. Reconocido en los principales teatros
de Nueva York, Londres, París o Berlín, Escudero empezó a bailar
desde muy pequeño, cuando le obligaron a trabajar en una imprenta
en su Valladolid natal. Después, en el Sacromonte granadino, perfeccionó
sus movimientos. En 1931 obtuvo un gran éxito en Londres en la
gala homenaje a la Paulova. Vicente Escudero es, sin duda, en
este momento el nombre señero de la danza española."
En Norteamérica
se le consideraba el mejor bailarín del mundo, y él estaba convencido
no sólo de que era así, sino de que estaba llamado a ejercer una
especie de suprema autoridad moral sobre todo lo concerniente
al baile flamenco. Todo ello, más su compleja personalidad y un
intrincado universo de sentimientos, filias y fobias incluidas,
le inspiró su Decálogo del Baile Flamenco.
A partir de entonces Escudero estuvo muy presente en la vida cultural
española, sin cesar su actividad en el extranjero, con giras por
Estados Unidos, Canadá y Cuba (1954-1955), y otras por distintos
países de América y Europa (1961-1962). Sin embargo, en ciertos
ámbitos flamencos de España nunca fue plenamente comprendido,
ni aceptado. Su carácter, su forma de comportarse arrogante a
veces, quizás el haberse afincado en Barcelona un tanto al margen
de los centros en que se tomaban las decisiones sobre este arte,
condicionaron las actitudes hacia él.
Su breve discografía incluye un Long Play grabado por COLUMBIA
y editado en Estados Unidos, en el que colaboran Pablo Miguel
al piano, Mario Escudero a la guitarra, maestro del gran Guillermo
Salazar, y como no, su amada Carmita García con las castañuelas.
Vicente Escudero trabajó en varias películas, en Hollywood y después
en España, pero tampoco sus relaciones con el cine fueron muy
estimulantes, pues él pensaba que la gran mistificación que exige
el rodaje de una película casi nunca permite al bailarín expresarse
espontáneamente. Este radicalismo en su filosofía del baile, su
independencia y su orgullo rabiosamente defendidos, era lo que
le granjeaba animosidades no siempre justificadas. Desde joven
fue un rebelde que proclamó a los cuatro vientos la verdad del
baile, su verdad. Odiaba el aprendizaje de las academias, y a
quienes copiaban un baile les llamaba ladrones.
Después
de retirarse como bailarín en 1961, año en el que nació su sobrino
Carlos Sepúlveda, continuó desempeñando una importante labor
docente a través de sus conferencias y escritos.En esos años,
mientras vivía en la Plaza Real de Barcelona, se vió
aquejado de un serio problema en sus piernas que le obligó
a abandonar todo tipo de actividad; Se trataba de una patología
física compatible con la sintomatología de una enfermedad
llamada Esclerosis Múltiple, bastante desconocida en aquellos
años tanto en España como en el Mundo.
Hoy en día, la Esclerosis Múltiple sigue siendo una enfermedad
incurable.
Cuando
Escudero comenzó su carrera, el flamenco adolecía de un exceso
de florituras y falsos dramatismos. Escudero eliminó todo eso
y, al hacerlo, recuperó la esencia y el corazón de esta forma
de danza. La negativa de Escudero hacia las concesiones y su fe
en su visión de la danza, dieron nuevo vigor a esa forma de arte
que es el baile de flamenco.
El 4 de Noviembre de 1974, la Dirección General de Teatro y Espectáculos
del
Ministerio de Información y Turismo de España, al fin reconoce
públicamente la figura de Vicente Escudero y le da un homenaje
en el Teatro Monumental de Madrid. En el mismo participan, con
el ballet folklorico de festivales de España y la Compañía de
baile español de Antonio Gades, entre otros geniales artistas
del momento y de años posteriores, María del Sol, Angeles Chacón,
Alicia Carrión, Angela del Moral, Liliana Luz, Carmen, Mario de
la Vega, Félix Granados, Conchita Cerezo, Manolo Segura, Esperanza
Piera, Rafael Torres, Luis Porcel, Curro Landa, Pilar Cárdenas,
Juan Antonio, Conchita Montán, Cristina Hoyos,
Sara Lezana, Luisillo, Pilar López,
Rosa Durán, Mariemma, Rosario, y el mismo
Antonio Gades, además del grueso de las citadas compañías al completo.
Con 87 años de edad, el maestro Vicente Escudero asiste al evento
permanentemente acompañado por su querido
Carlos Sepúlveda Viejo,
quien le llega incluso a sacar de la sala, aconsejado por el médico,
en el momento en el que Antonio Gades
y su compañía de baile español interpretan "Bodas de Sangre".
Vicente
Escudero murió en Barcelona en 1980, mientras vivía
en compañía de la bailaora María Marquez
en la Plaza Real. Falleció
el 4 de noviembre de 1980, a los 92 años de edad.
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