Antonio Vidal.
Sevilla, hacia 1885 - Buenos Aires, 19??. Bailaor.
Vicente
Escudero le consideraba "el bailaor más enterao de
todos los tiempos". Fue hijo de un modesto bailaor y
guitarrista al que llamaban Niño de la Feria. Con su
verdadero nombre debutó en Madrid cuando tenía ocho, en el
Circo de Parish, pero pasó casi desapercibido. Sería en el año
1906, y ya él con veintiuno de edad, cuando en el Café de la
Marina causó sensación en una actuación improvisada. Una
noche que Antonio el de Bilbao acudió al local acompañado de
unos amigos, éstos le pidieron que bailara. Entonces eran
frecuentes tales actuaciones espontáneas, y el bailaor subió
al tablado y le pidió a Montoya
que le acompañara por alegrías. Su aspecto no inspiró
ninguna confianza al guitarrista -"Iba metido debajo de
una boina que traducía su origen vasco..." (apreciación
en la que se equivocaba)-, quien comenzó a tocarle en broma,
a lo que el de Bilbao le replicó con dignidad: "¡No,
toque usted bien, que yo sé bailar!". Y en efecto bailó
admirablemente, por lo que el dueño del café dijo a Montoya
que le contratara, lo que hizo por lo que el triunfador pidió,
doce pesetas, que era un buen salario entonces. Pepe de la
Matrona también recordaba el episodio, y la
desconfianza del empresario al ver a aquel tipo
"chaparrete, con los brazos muy cortos, las piernecillas
muy cortas también", pero los que acompañaban al
bailaor, aficionados a los toros, armaron tanto escándalo que
le dejó subir a actuar porque era la hora del cierre y
quedaba poco público. Los camareros estaban recogiendo las
mesas, y algunas de ellas tenían ya las sillas encima. Pero
nada más subir al tablao el de Bilbao hizo un redoble y
algunas de las sillas cayeron al suelo. Así que contrataron
al bailaor, que pasó a formar parte del cuadro con Faíco y
Mojigongo.
Había dado sus primeros pasos en conciertos por los pueblos,
acompañado de su padre, lo que era frecuente entre los
artistas sin trabajo. En uno de estos bolos llegaron a
Linares, donde Antonio vio bailar a Enrique el Jorobao, que
era quien mejor hacía el zapateado hasta entonces, y el de
Bilbao comenzó a estudiarlo y acabó superándole, "lo
llegó a hacer como no lo ha llegao a hacer ninguno de lo que
yo he alcanzao". El zapateado de Antonio el de Bilbao era
"casi una filigrana gótica", según Vicente
Escudero, quien añadía que había aprendido todo lo que sabía
del Jorobao de Linares, aunque éste era un hombre muy
reservado a quien había que sacarle las palabras, y más aún
los secretos del baile, "a gancho". El mismo
Escudero declaraba haber aprendido junto a Antonio el de
Bilbao "todo lo que el flamenco tiene de misterio".
Pero si los autores están de acuerdo en las excelencias del
baile de Antonio el de Bilbao en lo que concierne al juego de
pies, no lo están menos en dejar constancia de sus
deficiencias respecto al resto del cuerpo.
A partir de 1914 Antonio el de Bilbao tuvo una carrera
internacional considerable. Ese año actuó en el Teatro
Alhambra de Londres en el espectáculo El embrujo de Sevilla,
con la Argentina,
Faíco y Realito. El guitarrista Amalio Cuenca lo llevó a París
a su colmao La Feria, y después al cabaret de Pigalle La Rata
Muerta, donde hizo célebre su versión de La corrida, que
después Antonia Mercé la Argentina incorporaría a su
repertorio como uno de los números de más relieve. Hacia
1915 el de Bilbao volvió a Sevilla, trabajando en el
Novedades y en otros locales. En 1917 tuvo actuaciones en La
Habana. Por fin, ya en la década de los veinte, fue
contratado por el director y empresario teatral Eulogio
Velasco, formando trío con Adriana Carreras y Julia Verdiales
(ésta mujer del bailaor en la vida real), recorriendo Europa
y América. Terminaron este periplo en Buenos Aires, donde el
artista se dedicó a la enseñanza de su arte, y donde debió
fallecer en fecha no conocida.