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Barcelona,
1913 - Bagur (Barcelona), 1963. Bailaora.
Pilar López ha evocado la extraordinaria impresión que tanto a
ella como a su hermana les produjo la primera vez que la vieron bailar en Nueva York:
"¿Era el suyo baile de mujer?, ¿era de hombre? Nada
importa: era único y la dimensión incalculable. Con la bata
era tal la fuerza, el brío que ponía, que se diría imposible
en una mujer; pero con su pantalón de talle, su blusita con su
chaleco, la pequeña cabecita como una naranja de azabache, su
tacón de siete centímetros, su cara de pantera hermosa, en su
irrepetible baile por alegrías ponía la fuerza y el brío de
un muchacho de veinte años resultando, al mismo tiempo, de una
feminidad exquisita, no obstante. Y ahora ¡a bailar! ¡Y qué
manera de bailar!, qué pies más flamencamente 'colocaos', qué
piernas más armoniosas, qué zapateados los suyos de fuerza,
ritmo, claridad y musicalidad. Y luego los flamenquísimos
brazos, las vueltas prodigiosas. En fin ese arte donde se dan
cita duende y ángel, tan difíciles de conjugar. Todo eso y más
tenía esa mujer"
Carmen Amaya era ya entonces una artista
consagrada. Había nacido en una barraca del Somorrostro. Su
padre fue Francisco Amaya "el Chino", un guitarrista
que se ganaba la vida "a salto de mata por las tabernas, en
permanentes madrugadas de vino agrio y vomitonas espesas".
Cuando tenía no más de cuatro años y era una gitanilla
escuchimizada y negruzca, Carmen comenzó a salir con su padre
de noche a buscarse las habichuelas. El hombre tocaba la
guitarra y la pequeña cantaba y bailaba. Después pasaban la
mano, o simplemente recogían las monedas que un público de
paso arrojaba al suelo. Paralelamente comienza a aparecer en
teatruchos de tres al cuarto. José Sampere, un avispado
empresario de variedades, fue el primero que la llevó a una
sala de cierta categoría, el teatro Español de Barcelona. Pero
por su corta edad no podía trabajar legalmente, y ello forzaba
a una constante tensión, no exenta de picaresca, para hurtar el
cuerpo a la policía. Fue por los tiempos de la Exposición
Internacional de Barcelona (1929), cuando su nombre apareció
por primera vez en letra impresa, gracias a que la vio y habló
de ella, en el semanario Mirador, un crítico sagaz: Sebastián
Gash: "Imagínense ustedes a una gitanilla de unos catorce
años de edad sentada en una silla sobre el tablado. Carmencita
permanece impasible y estatuaria, altiva y noble, con indecible
nobleza racial, hermética, ausente, inatenta a todo cuanto
sucede a su alrededor, solita con su inspiración, en una
actitud tremendamente hierática, para permitir que el alma se
eleve hacia regiones inaccesibles. De pronto, un brinco. Y la
gitanilla baila. Lo indescriptible. Alma. Alma pura. El
sentimiento hecho carne. Movimientos de un descoyuntamiento en
ángulo recto que alcanza la geometría viva".
También por entonces la vio bailar Vicente
Escudero, quien comentaría con las personas que le acompañaban:
"Esta gitanilla hará una revolución en el baile flamenco,
porque es la síntesis de dos grandes estilos fundidos
genialmente: el de la bailaora antigua, de la cintura a la
cabeza, con un braceo imponderable y ese raro fulgor de sus
ojos; y el estilo trepidante del bailaor en su variaciones de
pies, prodigiosas". En 1935 la contrató el empresario
Carcellé y la presentó en el Coliseum de Madrid.
Probablemente, ésta fue la auténtica consagración de Carmen a
nivel nacional. El cine llama también a la puerta de su arte.
Un pequeño papel en La hija de Juan Simón, con Angelillo
de gran protagonista. Después, María de la O, ya en plan de
figura, junto a Pastora Imperio.
Cuando se produjeron los acontecimientos del
18 de julio de 1936, Carmen y los suyos se encontraban en el
Teatro Zorrilla de Valladolid, trabajando en la compañía de
Carcellé. Por entonces las cosas les rodaban bien económicamente,
y había adquirido su primer coche, para conducir el cual, fue
contratado Ramírez, quien sería ya siempre uno más de la
familia. Tenían que ir a Lisboa para cumplir un contrato, pero
el coche les fue requisado el primer día. Sin medio de locomoción
ni documentos para cruzar la frontera, hasta noviembre no
pudieron pasar a Portugal. Tras no pocos contratiempos y
problemas consiguieron embarcar hacia América en un buque que
tardó quince días en cruzar el Atlántico. Escribe Alfredo Mañas:
"Fue un viaje épico, lleno de miedo, de terror, de aquél
y otros viajes a América Carmen guardaba un terror cósmico. A
mí me lo expresó con una frase simbólica en un momento de
apuro: '¡Qué vida ésta, Mañitas: en la tierra los civiles y
en la mar los tiburones!'". En Buenos Aires el triunfo de
Carmen Amaya y los suyos superó todas las previsiones. Sabicas,
que llegó después, dejó testimonio de primera mano: "Ya
estaba, entonces, Carmen en Buenos Aires y tenía formado un escándalo.
Fue por cuatro semanas, y estuvo nueve meses a teatro lleno. Se
vendían entradas con mes y medio, con dos meses de antelación.
Ya después nos juntamos y estuvimos juntos como siete años. Sólo
en EE.UU. estuvimos juntos desde el 40 al 45".
Cuando Carmen Amaya volvió a España en 1947
era ya una figura mundial indiscutible. Los largos años
americanos le habían servido no sólo para asentar firmemente
su arte, sino también para que su leyenda creciera imparable.
Se contaban de ella ya, y se han seguido contando después,
cosas que parecen difícilmente creíbles. Y sin embargo
pudieron ser ciertas, al menos algunas de ellas, dada la calidad
humana de esta genial gitana. Comenzaron a circular en torno a
su sorprendente personalidad las más peregrinas historias
imaginables. Por ejemplo, lo del pescaíto frito en sus lujosas
habitaciones del Waldorf Astoria.
Era ya, por entonces, su baile "el
flamenco más bravo que ha subido al teatro. La fuerza y el
coraje que imprime a sus bailes hacen insignificantes otros
aspectos. Los pies hacen vibrar el tablao. Su larguísima bata
de cola es como un látigo, recta y firme después de las
revoleras. Los brazos musculosos se agitan constantemente para
dar impulso a las contorsiones del cuerpo". Y es una
personalidad fascinante, que seduce a cuantos entran en contacto
con ella, tanto por su baile como por sus casi siempre
imprevisibles comportamientos. Su generosidad, por ejemplo, fue
casi patológica. Decía en una entrevista periodística:
"No; de verdad que no he manejado nunca plata; me estorba,
y no creo que se haya dado el llegar a casa a acostarme con
dinero encima. Hay muchas desgracias por el mundo, y si por
casualidad lo tengo, al primero que me lo pide se lo doy, o si
no me lo pide nadie, pago por un paquete de cigarrillos diez
veces más de lo que vale, pero ya me voy sin la preocupación
de tener ni una perra chica encima y me duermo a gusto".
Parece cierto que durante una buena parte de aquellos años
americanos la bailaora mantuvo un idilio con Sabicas, quien
declaró poco antes de su muerte, que Carmen y él habían sido
novios en América durante nueve años, y que se habían
separado en México. Carmen, cuando se le hablaba del tema, solía
mostrarse un tanto displicente: "Yo le estimaba. Se había
enamorado; le pidió mi mano a mi padre y allí se acabó todo
(...) Porque mi padre se echó a llorar (...) Pensar que se
quedaba sin su hija Carmen tenía que dolerle. Mis padres han
sido siempre para mí lo primero del mundo y hasta entonces yo
no le había visto a él lágrimas en los ojos".
En América Carmen Amaya conoció a mucha
gente de la más influyente de su tiempo. Estuvo varias veces en
Hollywood, para rodar unas cuantas películas. Las
personalidades más destacadas del cine, la música y la cultura
fueron a verla bailar. Toscanini tuvo que dejar un día su
orquesta para ver bailar a Carmen, y después entró a saludarla
al camerino y le dijo: "¡Yo no he visto en mi vida una
artista con más ritmo ni con más fuego que tú!". Su compás
era de acero, con un sentido prodigioso del ritmo, con un tempo
implacablemente riguroso, que deleitaba por su perfecta
exactitud en un torbellino de movimientos. Nunca nadie ha dado
las vueltas como ella, con tanta rapidez como perfección,
proponiéndoselas además todavía más difíciles cuando se
permitía su formidable vuelta quebrada hacia atrás que nadie más
que ella ha hecho. Improvisaba continuamente, siempre creaba
algo sobre la marcha, de pronto sincronizaba con los demás en
el momento de la llamada esos golpes más intensos que invitan a
pararse en el momento más crucial (...)
Patrick Shupp (bailaor) en declaraciones a
Mario Bois, indicaba: "Hacía lo que le daba la gana,
guiada únicamente por su propio instinto; en escena siempre se
le ocurrían nuevas ideas de forma espontánea, era la
personificación de la creatividad (...) Nunca olvidaré su
forma de entrar. Descendía al proscenio ondulando ligeramente
las caderas y hacía sonar sus dedos con pitos secos y rotundos
que marcaban una especie de 'ritmo interior'. Inmediatamente se
quedaba quieta, colocaba la planta del pie un poco avanzada y
comenzaba su zapateado infernal, trágico. Todo en ella era trágico".
Y el propio Bois, autor de un libro sobre ella en 1994, habla de
la impresión que le causó la presentación en París de la
bailaora después de su regreso de América, en el 48: "¡No
vi más fuego! ¡Eso es lo que puedo decir! Me acuerdo de una
mujer con pantalones bailando sola en el centro del escenario, y
a su alrededor todos sus gitanos animándola con gritos salvajes
y con palmas como ametralladoras (...) Era como una llama en el
centro de un brasero, una llama que se retorcía, que crepitaba,
una llama negra, incandescente, que fascinaba; no se podía
dejar de mirarla. Para el muchacho que yo era entonces tenía
algo de pavoroso, a la vez peligroso y atractivo, sí,
efectivamente, como el fuego. Su zapateado sonoro era increíblemente
rápido y preciso en el ritmo y en las variaciones de intensidad
de la percusión. Ardiente, llameante, verdaderamente 'quemaba
las tablas'. Terminaba bruscamente cada fragmento de su danza
transmitiendo su fuego al público, levantando orgullosamente la
cabeza, momento en el que la sala entera se inflamaba de
aplausos y de clamores".
En 1952 contrajo matrimonio con Juan Antonio
Agüero, guitarrista en su compañía, payo perteneciente a una
distinguida familia de Santander. Vivieron, sin duda, una bella
historia de amor. Una boda íntima. Años más tarde el marido
declararía: "Dicen que no tuvimos luna de miel, pero no es
verdad. Nuestra luna de miel duró desde el momento en que nos
casamos hasta que Carmen murió once años después". En
1959 Carmen vivió otro de los momentos más felices de su vida,
cuando se celebró la ceremonia de inauguración de la fuente a
la que habían puesto su nombre en el Paseo Marítimo de
Barcelona, que atraviesa el barrio de Somorrostro, los mismos
lugares y la misma fuente por donde ella había paseado, los
pies descalzos, sus hambres y sus miserias de niña. El último
decenio de su vida puede decirse que lo vivió en olor de
multitudes, literalmente santificada. No sólo por el público,
sino por quienes trabajaban con ella, por quienes más cerca de
ella se encontraban. Su genio era instintivo, animal, tenía
poco que ver con los aprendizajes académicos. Y así Fernando
Quiñones recuerda que cuando la vio al término de su última
actuación en Madrid, lo único que ella le dijo fue: "¿Qué
quieres, que te hable de mi baile? ¡Pero si yo no lo sé,
oye!" Carmen Amaya estaba ya enferma de muerte. Una especie
de insuficiencia renal que le impedía eliminar debidamente las
toxinas que su cuerpo acumulaba. Y la ciencia no tenía solución
alguna.
Hizo una extensa filmografía, pero el rodaje
de su última película, Los Tarantos de Francisco Rovira Beleta
junto a Antonio Gades, en la primavera de 1963,
fue especialmente duro. Carmen lo sobrellevó con ejemplar
entereza. Tenía que bailar descalza, con un frío insoportable;
cada vez que se paraba el rodaje se ponía inmediatamente el
abrigo, y nunca hubo que repetir un plano por su culpa. Terminó
el rodaje de la película, aunque ella no llegó a verla
montada, después hicieron la gira de verano y el 8 de agosto,
hallándose trabajando en Gandía, Carmen no pudo terminar su
actuación. Estaba bailando uno de sus números y le dijo a
Batista: "Andrés, terminamos".
Su baile desconcertaba a veces a los
entendidos, pues raramente se atenía a la ortodoxia
establecida, y sin embargo se la aceptaba sin buscar demasiadas
explicaciones, como se acepta un fenómeno de la naturaleza,
algo que está sobre el bien y el mal, un milagro. "Nació
con el baile dentro, un baile hecho de oro añejo", escribió
Vicente Marrero.
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