Revista Jugando a ser...
Te interesa
Página principal > Te interesa
VIAJE A PANAMÁ CON LA RUTA QUETZAL.
No sé cómo explicar lo que la Ruta ha significado para mí; sólo sé que volvería a repetirlo. Todo comenzó como un juego, nunca pensé que lo conseguiría pero lo hice, y ¡vaya si lo hice!. Comencé a leer y a leer libros, y luego empecé a escribir, en dos fines de semana, estaba acabado. Por el día estudiaba y por la noche escribía. Acabé desquiciada de los nervios por eso no os recomiendo lo que yo hice Pero sí que lo intentéis. Si no, os arrepentiréis algún día , yo lamento no poder volver allí, y sobre todo no ver el resto de alimañas.
Ese es el nombre que me pusieron el 16 de Junio de 1999, y creo que siempre lo llevaré conmigo. Aún recuerdo con miedo la primera noche, reconozco que estaba aterrorizada, ¡no conocía a nadie, y el discurso de bienvenida no hacía referencia precisamente a eso. Nos describieron la Ruta como ocho duras semanas que juntos íbamos a pasar , la gente temblaba, ¿cómo no iba a hacerlo si el que hablaba era Vicente? os diré que Vicente ha sido el jefe de monitores más duro que he conocido, pero también el hombre más bueno También habló De la Quadra y nos hizo una exhibición de tiro con jabalina, la cosa se iba animando. Montamos las primeras tiendas y , tras conocer a la monitora, fuimos a dormir. Recuerdo que la primera noche no dormí Y no fue precisamente por extrañar mi cama, sino porque la chica que dormía a mi lado hacía unos ruidos muy extraños, y pensé que se asfixiaba Pero me acabé acostumbrando, ¿cómo no iba a hacerlo durmiendo dos meses con ella?. Además las tiendas no eran muy grandes; o al menos la mía. Dormíamos tres chicas y seis mochilas, tres sacos y seis pares de zapatos, la cremallera rota, y con cuatro piquetas. Hay que reconocer que mi tienda no era la mejor aunque me la cambiaron dos días antes de venirme ¡algo es algo!
En España pasamos 27 largos días, aunque ahora que lo piensas se hacen muy cortos. Andábamos y andábamos; Picos de Europa, Camino de Santiago kilómetros y kilómetros, la mochila a la espalda. Nunca sabías dónde estabas, y si lo hacías, no sospechabas dónde amanecerías mañana. Seguías viajando, y cada día, tenías una nueva historia que contar Aunque quien dice una
Poco a poco hacías nuevas amistades, y a la que considerabas tu mejor amiga, mañana era una más. Hablabas con todo el mundo, y en cada persona encontrabas un mundo sobre todo en los extranjeros ellos eran los que más notaban el cambio, al fin y al cabo, nosotros estábamos en casa aunque por poco tiempo. Los días pasaban rápidos, te acostabas rápido y te levantaban temprano, un día tras otro, y siempre con la misma canción Despertabas y tenías que desmontar las tiendas, formar la mochila y salir con el plato y poto a desayunar ¡Se veía cada cara a esas horas!. Algún día, si había suerte, nos dejaban darnos un baño en la playa antes del desayuno. Y, a pesar de que eran las seis y media o las siete de la mañana, la mayoría se bañaba ¿cómo no íbamos a hacerlo si era nuestra única ducha? eso, y los bomberos. La primera experiencia con los bomberos fue en San Millán de la Cogolla sacaban la manguera, te regaban y, sin apagarla, te enjabonabas y lavabas la camisa (que siempre llevabas puesta). Allí era dónde sonaban las canciones de la Ruta.
Pero no todo era así de duro; la comida buenísima, arroz con tomate y patatas: arroz con patatas, patatas con arroz, arroz con tomate, tomate con patatas y el agua siempre racionada nos iban acostumbrando para Panamá.
Y, por fin, llegó el gran día; al fín nos íbamos. La gente empezó a llorar cuando se volvía a despedir de sus padres en el aeropuerto, o quizás lloraban porque sabían que algún día volverían a casa. Diez horas de vuelo, y un concierto de música clásica en el avión ¿qué más se puede pedir? El caso era romper esquemas. Y ¡vaya si lo hacíamos!
Y ,al llegar allí, trescientos chicos iguales y todos con la banderita de Panamá; esperábamos el calor sofocante que nos habían dicho, y lo encontramos al subirnos a la guagua. Comenzó a llover como no habíamos visto nunca, y los de allí ni se inmutaban ¡la costumbre!. Llevábamos a la protección civil con nosotros y también a soldados de allí no nos faltaba de nada.
Lo que más me llamó la atención de las ciudades era el tráfico, siempre atascos, no había señales, ni semáforos Sólo mensajes de Cristo vive y cosas así. Y, por supuesto, Coca-Cola y huevos El Toledano (era lo que más me recordaba a casa). Y, aparte de eso (que era lo que yo conocía como civilización), sólo sed y agua de lluvia, calor y sudor ¡cómo olíamos!, si no te echabas nada, malo y si te echabas la Panamá Jack que te habían regalado, peor. Sólo éramos eso, Panamas Jacks. No podíamos hacer nada porque éramos publicidad. Además, si uno fallaba, fallaba el grupo; y si un grupo caía, la ruta al completo lo hacía se encargaban de recordárnoslo diariamente.
Y aparte de eso, selva y barro, barro y selva, sólo eso. Toda la ropa mojada, sucia o llena de barro, y mientras, un teniente del ejército nos daba clases de supervivencia; (puentes con cuerda, tiendas al aire libre) su lema: MÁXIMO DE INGENIO Y MÍNIMO DE ESFUERZO . El camino de cruces fue lo más duro. Caminar todo el día por pura selva, sin nada de oxígeno, y con Miguel detrás con complejo de Sandokán. Pero resistimos, quizás porque sabíamos que nos quedaba muy poco ¿y el huracán de Boca de Toro? Despertamos de madrugada, y sentimos que las tiendas cedían, las mochilas flotaban en el agua, y nosotros estábamos empapados mientras, mi compañera dormía. Nos sacaron a los del grupo nueve y sus tiendas, y nos metieron en las de otros grupos, dormíamos cinco en una tienda de tres. Pero después de estar dos horas bajo la lluvia, todo eso era perfecto. Me dejaron ropa, y a los dos días volví a mi tienda, pero tuve que salirme, había candelillas, hormiguitas rojas pequeñitas que te mordían y te clavaban una especie de aguijón y claro, tuvimos la coloradilla. Las tiendas A, B y C teníamos las tiendas entre árboles el resultado, coloradilla y picaduras de pulgas la idea de mi última semana perfecta.
Y a partir de allí llanto y más llanto. No había distinciones, chicos y chicas, e incluso monitores. Una noche dormimos al aire libre, era el final perfecto de la Ruta. Luego despedidas y abrazos, y el quizás de un recuerdo.
Ahora , lo único que esperas, es volver a ver a tu gente, que son los ruteros. Gracias a Dios, en España hay muchos encuentros, pero no ves a los extranjeros, y al final, tienes la mitad de tu alma extranjera.
Por eso os recomiendo que lo intentéis, si no os ha convencido lo que os he contado, id allí, y luego contádmelo, siempre tendré razón , estoy segura. Pero, intentadlo.
Pili