Revista Jugando a ser...
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Alcohol
Era la primera noche de las ferias de septiembre, y teníamos botellón. Todo estaba preparado para ser una noche perfecta, éramos una multitud, y yo me quedaba a dormir con una amiga. No teníamos que estar en casa hasta las tres.
Hacía tiempo que me sentía algo extraña, tenía algunos problemas con mis amigas, y otros tantos con mi novio, y aquella noche me preopuse solucionarlos todos de golpe pasando una de las noches más locas del verano.
Sólo recuerdo que empezó a llover ligeramente, pero a mí no me importó, tenía un litro hasta arriba en la mano. Él y yo pasamos la primera hora de la noche hablando alocadamente con todos nuestros amigos, un rato después, parecía que mi lengua ya no formara parte de mi cuerpo, y me encontré relatando frases sin sentido, a alguien que prácticamente no conocía.
No estaba preocupada en absoluto, todo el mundo iba igual que yo y la situación empezaba a descontrolarse. Empujones, burradas, canciones de borracha, risas histéricas y todo lo que conlleva el deseado puntillo, pasaron demasiado rápido.
De pronto me di cuenta de que no podía sujetar la cabeza sobre mis hombros, y que unos minutos después no era capaz de levantarme. Dejé de fingir el estúpido estado de embriaguez que a todos se nos mete en el cuerpo cuando llevamos un par de copas, e intenté tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo, pero era incapaz. Fue la sensación más horrenda de mi vida, no me sentía dueña de mi cuerpo, ni de mi mente, y los pocos sentimientos razonables que tenía eran el de ridículo y culpabilidad.
Sólo quería que me dejaran de atender, dormir eternamente en uno de los húmedos montículos, y despertarme de nuevo sintiéndome como una persona, no como un mono de feria al que observan todos divertidos.
Comencé a ver a todos mis amigos como una mancha marrón, y curiosamente parecían tener un solo ojo en medio de la frente. Recuerdo a gente a mi alrededor, echándome agua en la cara y abofeteándome. Otros intentaban levantarme, pero todo fue en vano. La niña responsable se había convertido en una marioneta del señor ponche con coca-cola. Sólo podía llorar y repetir que lo sentía.
Mis amigas estaban al borde del ataque, y yo sólo veía manchas negras.
Al final, terminé vomitando con los dedos de un desconocido incrustados en la garganta, un pendiente menos, y la dignidad desparramada por el césped de la Alameda.
Al día siguiente y después de una noche en blanco, retorcida por las náuseas y con la cabeza dando vueltas frenéticamente alrededor de la habitación, me sentí absolutamente ridícula y me pregunté si de verdad era yo aquel trapo destrozado del que todo el mundo se rio aquella noche.
Un semana después, acompañaba a mi amiga en una ambulancia. El diagnóstico, intoxicación etílica. y el resultado, la pesadilla de mi estelar actuación triplicada en una de las personas que más me importan en este mundo. Mientras la veía semi-inconsciente y vomitando sangre en las manos del enfermero, tan solo podía repetir ¿¿por qué??
Ahora he encontrado la respuesta . Aparece cada fin de semana al doblar la esquina hacia el parque de la covacha:
Este viernes llegué al coche de mi padre borracha, y mi mejor castigo ha sido ver su cara al encontrar a su niñita en ese estado. ¿Hasta cuándo? ¿Qué me tiene que pasar para aprender que mi vida no es mejor con un litro como compañero de viajes?
Sinceramente me pregunto ¿merece la pena?