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UN SOL LITERARIO Existen grandes y buenas editoriales que editan, a pesar del esfuerzo, a escritores noveles, pero también hay demasiado material editado. A mí, lo que más me sorprende es que Antonio Gala se meta a escritor de poemas de amor, lo suyo es el entendimiento entre el animal y la especie, si cabe, narrar un cuento. Pero es que los que esperan que la poesía se convierta en género de moda y puedan vender así muchos libros, se equivocan un gran rato, porque los libros de poesía que un poeta puede vender son escasos, como los dedos de su alma, siempre suele regalarlos. Los escritores ciertamente famosos son piezas del poder, aunque a veces ellos lo nieguen, cuando hay una vorágine de publicidad, editoriales, tv y fama se debe de pagar algún precio, quizás la falta de tiempo para enriquecer la intimidad. A pesar de todo, este siglo está lleno de excelentes poetas y novelistas en lengua castellana que disfrutan del amor al lenguaje, de la soledad frente a una fuente, de la ficción y del espacio tras la noche, como un hacedor de paisajes que cruzan un puente, y no se sabe a qué suerte se entregará. Arrabal, Sánchez Dragó, Armiñano, Martín Morales, especímenes todos de un gran ejército de naves a la deriva. Los mejores poetas son los que no se notan. La Editora Regional comete un gran error al no editar y publicar más materiales y obras de escritores de la región, se sacrifica la calidad a la falta de presupuestos e interés, de hecho no funciona ninguna publicación que pueda dar un espaldarazo a la calidad de los buenos creadores que convivimos por estas tierras. También es cierto que en el mundo literario, escritores, poetas, "idealistas"... no funciona un buen sentido gremial y de colegueo, existe un narcisismo epíteto en los personajes, en el yo continuo como centro del universo, pequeño y efímero como la propia ciudad. Si juegas a esa dinámica entrarás en un perfecto mundo de trueques, de sonrisas forzadas, de a-veces-sentimientos; pero es que los artistas no saben (sabemos) ir juntos. Silvio Perurena |

“La luz se ha vuelto negra y se ha borrado el mar”
Dicen que sus libros son huellas de un itinerario por la
vida, sus poemas hablan de serenidad, de contador de emociones; asegura
que el poeta no escribe de lo que él quiere, sino de lo que quiere
la poesía. A Francisco Brines habría que considerarlo como
un poeta inmerso en la experiencia; nació en Oliva (Valencia) en
el año 1932, y más tarde se le consideró miembro de
la Generación de los 50, sus versos son poemas de un voyeur que
mira hacia él mismo y hacia el mundo, alguien que desde un balcón
observa, impunemente, lo que ocurre en el exterior.
Brines, sabedor de muchos interrogantes de la vida, al que le pica el cogote
cuando va de conferencias, dice que en la creación hay un misterio,
un enigma, sobre todo para el poema, que es una aventura prodigiosa y su
resultado es siempre desconocido: “a mí me interesa la poesía
en función de la vida, y creo que la poesía es, en último
término, una revelación del hombre, del hombre en general.
De ahí que el proceso creativo, además de intuición
y construcción, sea esa lucha por hacer que la expresión
alcance su significado más hondo. La poesía surge del mundo
personal y de las obsesiones del poeta, pero yo no puedo escribir desde
la plenitud ni desde el dolor, necesito un distanciamiento con respecto
a la experiencia. La poesía desvela una visión del mundo,
una cosmovisión de la vida como pérdida, que me ha concedido
la poesía, y así surgen los poemas: del amor y de la pérdida,
de la luz y de la sombra. La poesía, secretamente da a conocer aquello
que está en uno y no se conoce y, además, es un retrato opaco
del escritor”.
“En todos mis libros hay una dualidad entre la realidad física y
la realidad moral, cuando perdemos la infancia, perdemos la naturaleza
del dios, porque el niño se siente inmortal y, quizá, inocente.
Inmortalidad y no culpabilidad son las características del dios,
mientras que el hombre es conciencia de temporalidad. Luego vienen las
pérdidas del asombro, quizá la pureza del entusiasmo, cuando
uno entra en un principio crepuscular, en un declive vital, puede encontrar
la sabiduría que le viene del escepticismo, la felicidad. La felicidad,
por desgracia, no es siempre deslumbrante y constante; hay una felicidad
doméstica, más modesta, que otorga un esplendor al crepúsculo.
Hay que abrir los ojos y los sentidos para percibirlo”. “Yo sé que
olí un jazmín en la infancia, una tarde, y no existió
la tarde.” “El tiempo es mal ladrón: sólo le roba al hombre
sus posesiones de infeliz mendigo.”
Claudio Rodríguez,
Premio Nacional literatura 1983.
Libros: “Don de la ebriedad,
Conjuros”, “Alianza y Condena”, “El Vuelo de la celebración” y “Casi
una leyenda”.
“Un poeta puede calibrar el valor de la palabra, mostrar la esencial
ambigüedad del lenguaje y necesitar ante este cierta sensibilidad”.
A Claudio Rodríguez, poeta de paisajes interiores, de aventuras
y búsquedas; conciso, de escueta voz; creador de metáforas
y paseante del silencio, le viene la poesía como algo que contiene
tanta vida que, incluso, nos salva. “La poesía es participación,
experiencia sobre el lenguaje, un modo peculiar de conocer una realidad
cambiante, la aventura de la experiencia expresada. Un poema sólo
es válido si tiene intensidad y emoción”.
Para Claudio Rodríguez las palabras se deben de apurar y convertirlas
en pasión, en pasión contenida, en aventura; para que cada
uno de los poemas sean una rara conquista, una hazaña. “Me preocupa
el distanciamiento, la falta de solidaridad, que cada vez es más
intensa, quizá propiciada por las nuevas tecnologías, quizás
el hombre se está alejando del hombre; de todas formas la poesía
nos salva y nos condena, es la vieja historia entre el bien y el mal. Personalmente
creo que la poesía y la palabra humana son una forma de salvación,
no una forma de catarsis, sino una manera de atrapar la realidad. Aunque
el poeta hable de la muerte, de la angustia y del dolor, la poesía
da vida. La vida no es poesía, pero la poesía es vida. Lo
que importa es el estilo, las palabras son lo decisivo, el estilo es el
hombre, la personalidad, la forma de autoafirmación”.
Aunque él da vueltas con su mirada lúcida y sonriente alrededor
de la sala, junto a una copa elegante y esbelta de intenso vino tinto,
como la sangre. Confía en todos y escucha a todos, se ríe,
ironiza, enseña pequeñas verdades. Se considera un poeta
lento, que ha publicado lo suficiente, Claudio Rodríguez ocupa desde
1987 el sillón “Y” (en el que se sentó Gerardo Diego) en
la Real Academia de la Lengua.
Juan Antonio
Rubio
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El pasado día 30 de enero se presentó en
Cartagena en el Restaurante “Mare Nostrum”, “El Palacio de la Sífilis”,
la primera novela de la escritora natural de Monesterio (Badajoz) que actualmente
reside en Albacete, Francisca Gata Amate. En la presentación estuvo acompañada por su editor, Ramón Aguilar, que dentro de la Colección “OdaLuna” ha publicado también a otros novelistas como Fernando Lalana (con “Tras la Frontera”), Rodrigo Rubio (“Fábula del Tiempo Maldito”) y Luis Leante (“Al final del trayecto”), entre otros. Con El Palacio de la Sífilis, su autora ha quedado finalista en el premio de novela “OdaLuna” de 1997. Paca Gata cuenta también con varias obras inéditas de teatro, como “La Mecánica del Amor” y “Tríptico Agónico”; de poesía, “El Bar de los Vagabundos”, “La Celda y el Mar” y también las novelas “Fin del Lamento”, “Manantial en las Sombras” y “Tras el Canal”, de próxima aparición en la misma colección anteriormente señalada. La Gata nos visitó y nos involucró a todos
sus amigos con ese desparpajo cachondo y fresco que hacen de la autora
una buena tertuliana, llena de plática y cariño; al final,
en sintonía con todo lo que significa la edición de una primera
novela (como parir al primer hijo), las presentaciones, los despistes de
los vasos y los libros firmados como flores a los amigos, Francisca Gata
nos brinda un conocimiento de su realidad de mujer escritora: como un paso
a paso que se va labrando desde aquellos primeros poemas iniciales, con
la ciudad como espejo y la oscuridad como signo de que “la muerte también
tiene su punto de belleza”. La novela la podemos encontrar en la librería “Espartaco”, en dura contraposición, también, con el estilo de macroventas tipo “Corte Inglés” y “Círculo de Lectores”, a los que la autora (de momento) no tiene la osadía en intentar conquistar.
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De niño, en las tardes de luz del verano, me sentaba
en una mecedora de la terraza de mi casa con una batería de tebeos
y algo para beber al lado... un montón de “zipi-zapes”,
“mortadelos”, “pulgarcitos”... mezclados con
los super-heroes americanos y los inevitables “capitán trueno”
y “jabatos” (por aquello de hacer patria), que me mostraban
sus portadas a colores y me decían “léeme, léeme”...
el botones Sacarino se colaba por la oficina de Anacleto, que resolvía
misterios con Mortadelo y Filemón, Vázquez aprovechaba la
ocasión para meterle un sablazo al “jefazo”, el profesor Tragacanto
corría detrás de sus díscolos discípulos, mientras
que en el ático de la Rue 13 del Percebe...
¡Lo que me deben de haber alegrado la vida! esa época de mi
vida ha dejado
en
mí una pasión por los dibujitos con “bocadillos” que no me
ha abandonado nunca (¿qué quieres?, debilidades que tiene
uno), luego, con la edad, el simple amor por los personajes se convierte
en una curiosidad creciente por todo aquello que rodea a estos seres mágicos,
uno empieza a darse cuenta que detrás de todas las locuras encerradas
en esos cuadernillos en blanco-y-negro-y-color hay gente, personas, muchas
veces tan locas y geniales como sus creaciones, muchas veces malviviendo
por su devoción un tanto extraña, siempre anónimos...
en la sombra.
Quizá nunca llegues a conocerlos en persona, pero, aunque sólo
sean “simples dibujantes de cómics”, llegas a conocerlos tan bien
como crees conocer a tus escritores favoritos; sabes de su vida, donde
nacieron, cómo trabajan, cómo son... Martz Schmidt,
Gustavo, era de aquí, de Cartagena, del Barrio de Santa Lucía
(no, no era de Hannover, ¿qué te creías?) pero si
quieres ubicarlo quizás te suenen de algo los nombres de “Deliranta
Rococó”, “El Profesor Tragacanto y su clase que es un espanto”,
“El Doctor Cataplasma”, “Doña Urraca”... ¡Ah!, ahora sí,
sí bueno, pues no, porque hace poco nos ha dejado, y en su memoria
escribo este artículo, en su memoria y en recuerdo de esas tardes
al sol, de niño, hace mucho tiempo.